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mavi-govoy Mavi Govoy

Una aprediza de pocionista tiene que estar preparada para enfrentarse a lo imposible. Muriel no va a acobardarse solo porque de la marisma en la que caza sapos surjan brazos. Ella hubiese preferido que surgiese un caballo alado o un dragón de sombra, incluso un príncipe azul habría sido más útil, pero no por eso va a rechazar ayudar al loco que emergió del fondo de la marisma. * * * Aunque esta historia participa en el reto de noviembre 2021, también es parte de la historia larga "Tormentas de polvo".


Aventure Tout public.

#magia #InkspiradosChallenger
Histoire courte
3
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Terminé
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Superviviente

Muriel se sujetó la larga falda de lana gruesa con una mano para alejarla de las posibles salpicaduras, aspiró hondo el aroma a lodo y hierbas en descomposición y chapoteó con precaución en el mismo borde de la marisma. No le quedaba más remedio que embarrarse las botas de agua si quería atrapar a un sapo-roca venenoso.

En primavera, el deshielo inundaba algunos valles y depresiones de la helada Septentrión, en el norte del continente del Pergamino. Había zonas donde el suelo, helado y duro como piedra en invierno, se transformaba en blanda marisma con el calor. La mayoría de los habitantes de Septentrión evitaban esos lugares, pero para el gremio de los pocionistas, una marisma era un vergel, un huerto de temporada y una despensa que les proveía de muchas de las hierbas y sustancias que precisaban en su oficio.

Nadie le sacaba más provecho a la marisma que Muriel. Esa mañana, su canasta estaba llena de juncos helicoidales, hojas rabo de liebre, flores lágrimas de fuego y raíces de apresadora. Todo recién cosechado. Solo le faltaba el veneno de sapo-roca y sabía que había uno cerca. No lo había visto, pero reconocía el peculiar tufillo dulzón que exudaba, con el que atraía a las libélulas de cristal y a los tábanos rabiosos, que eran sus presas favoritas.

Delante de ella, cerca de la orilla pero dentro de la marisma, brotaba un montículo con forma de magdalena gigante. Los hierbajos cubrían el monolito y caían por sus bordes como una encrespada cabellera verde pálida que rozaba el agua fangosa. A los sapo-rocas les gustaba camuflarse entre las hierbas colgantes.

La regordeta y vivaracha Muriel había preparado su trampa y solo le faltaba obligar al sapo-roca a abandonar su escondite. Podría haberse conformado con lo que ya llenaba su cesta, pero no en vano ella era la ayudante más aventajadas de la vieja Odilia, la pocionista más reputada de todo Septentrión. Necesitaban veneno de sapo-roca para fabricar las lociones cosméticas que tan bien se vendían entre la nobleza de Pergamino y no estaba dispuesta a dejar pasar la ocasión de ser ella quien lo proveyera, aunque tuviese que chapotear en la legamosa y resbaladiza marisma.

Con la ayuda de un largo bastón y la falda bien remangada, dio un rodeo para acercarse al montículo desde la parte más alejada de la orilla. Sus pasos lentos y cautelosos quedaban opacados por los trinos y cantos entremezclados de pinzones, alondras, estorninos y cuclillos, pero era imposible evitar las ondas sobre el barrizal. Por eso era necesario el rodeo, por eso y para que la amenaza de su bastón surgiese desde atrás y encaminase al sapo-roca hacia la orilla, donde le esperaba la trampa.

Con las piernas bien afirmadas sobre el légamo y el agua por los tobillos, Muriel estaba a punto de hurgar con el bastón entre las hierbas que caían por la ladera del montículo cuando un brillo verdoso captado por el rabillo del ojo atrajo su atención.

Al girarse, contempló admirada una aurora boreal que emergía del fondo oscuro de la marisma, una ondulante banda de brillos verdes, azules y violetas que surgía del agua, serpenteaba entre la hojarasca que cubría la superficie y se diluía al contacto con la atmósfera. Hacía dos horas que había amanecido, en el interior de bosque la luz no era intensa, pero aun así Muriel sabía que no se veían auroras durante el día ni a ras del suelo, mucho menos bajo el agua. Pero a despecho de sus conocimientos, sus ojos presenciaban la luz de una aurora boreal que brotaba como un surtidor sinuoso y mudo.

De repente el brillo se volvió más intenso y la ondulación más acelerada y caótica, el morado y el azul desaparecieron y parte del verde se transformó en amarillo. El agua parecía a punto de hervir y Muriel echó un pie hacia atrás.

Antes de que diese otro paso, del agua surgió una mano teñida por los tonos verdes y amarillentos de la aurora. Tras la mano vino un brazo y a continuación, una cabeza y un torso.

Con los ojos como platos y el bastón bien aferrado con ambas manos, Muriel permaneció inmóvil y sin hacer el menor ruido mientras observaba al individuo que, casi de espaldas a ella y muy ocupado en toser, escupir barro y aspirar a grandes bocanadas, no la había visto. Los brillos danzarines habían desaparecido y, bajo el pálido resplandor del sol matinal, el sujeto que la aurora subacuática había arrastrado consigo se veía decepcionantemente normal.

O, por lo menos, lo que veía de él se le antojaba a Muriel de una normalidad decepcionante. Que era varón lo decían sus luengas barbas enmarañadas, también tenía el pelo largo, oscuro, chorreante y enredado, estaba empapado, como no podía ser de otro modo, y tiritaba y, entre jadeos, le castañeteaban los dientes. Su camisa adherida al cuerpo delataba una constitución huesuda y hombros estrechos. Debía estar de rodillas o sentado sobre el fondo de la marisma, por lo que solo lo veía de cintura para arriba, pero a partir del largo de sus brazos, Muriel estimó que era alto, bastante más que ella.

Aún dudaba entre acercarse o mantener la distancia cuando el hombre levantó los brazos por encima de la cabeza, juntó las manos con los dedos estirados y musitó algo ininteligible. Y sin más, mientras él intentaba ponerse en pie sin éxito, su ropa y su cabello empezó a desprender vapor al tiempo que se secaba.

–¡Eres un hechicero!

Aunque no había gritado, la voz inesperada hizo dar un bote al hombre, se resbaló y cayó de nuevo sentado. El agua estancada salpicó su rostro y una hojilla se escurrió por su nariz larga y delgada. Tenía las cejas espesas y el rostro alargado.

Con un suspiro resignado, Muriel levantó la falda por encima de las rodillas, la sujetó bien y avanzó tanto como pudo, es decir, hasta el límite en que el agua legamosa amenazaba con superar la altura de sus botas. Entonces tendió el bastón hacia el hombre, que chapoteaba y soltaba vapor sin acertar a sostenerse sobre los pies.

–Eres un hechicero –repitió.

En Septentrión los hechiceros eran tan raros como las frutas tropicales, un artículo de lujo, codiciado, envidiado y, con frecuencia, denigrado. Muriel había oído hablar en infinidad de ocasiones en contra de los hechiceros, pero también había escuchado decir barbaridades en contra los pocionistas.

–Gracias –musitó el hombre cuando consiguió ponerse en pie con la ayuda de la joven. Tenía un acento raro, pero lo sorprendente hubiese sido que no lo tuviera, con su pelo oscuro, su piel olivácea y sus ojos verdes y brillantes como esmeraldas saltaba a la legua que no era de Septentrión.

Lo condujo con cuidado fuera de la marisma. Cuando alcanzaron la orilla, su ropa y su cabello estaba casi seco y el vapor que lo rodeaba había desaparecido. Aparentaba unos treinta, quizá alguno menos, y no hubiese sido feo de no estar tan flaco, aunque las barbazas no le quedaban bien, le daban aspecto de loco.

–Me encantaría saber hacer eso de secar la ropa –comentó Muriel para romper el silencio.

–¿Qué día es? –preguntó el hechicero.

–Día veintitrés de la estación de verano.

El hombre puso cara de concentración

–En el calendario normalizado eso equivale a…

–A mediados de la tercera semana del primer mes de primavera –se anticipó, solícita, ella.

–¿De qué año?

–¡Qué más da el año! En todos los años el veintitrés de la estación de verano ártico se corresponde con la mitad de la tercera…

–Pero ¿en qué año estamos? –insistió él.

La miraba con tanta intensidad como si su vida o su cordura dependiesen de su respuesta. Quizá su mente tuviese algún daño, pero no parecía agresivo y, por otra parte, era posible que la locura fuera una condición indispensable de la hechicería, como afirmaban sus detractores.

–Año 213 de la dinastía Tramañón. Lo que en el calendario normalizado se corresponde con el año setecientos sesenta y dos.

Dado que no le quitaba el ojo de encima, Muriel advirtió el escalofrío que sacudía al hechicero y la sombra que oscurecía su semblante.

–Nueve años, casi diez –musitó tan quedo que ella apenas captó las palabras.

–¿Qué?

Los ojos verdes la atravesaron como brasas encendidas.

–Nueve años atrapado, nueve años encerrado, nueve años dado por muerto… Pero eso puede ser bueno, él no sabe que he sobrevivido. Ni que he escapado.

–¿De qué hablas?

–De nada y de todo. De mi pasado y de mi presente. De quien fui y de quien soy.

–Ya que estamos, ¿quién eres?

El hombre se enderezó y levantó la barbilla, la miró desde arriba; le sacaba casi treinta centímetros de altura.

–Soy Rona Zaban. Recuerda mi nombre. Es posible que en el futuro lo oigas mencionar como el de quien desenmascaró a Onel Tuel.

–¿Qué? ¡Onel Tuel es el mayor hechicero de todos los tiempos! Que Septentrión esté muy lejos no significa que no nos lleguen noticias de otros sitios.

El tipo la apuntó con un dedo huesudo. No parecía que bromease, estaba muy serio.

–Recuérdalo. Rona Zaban. Yo lo derrotaré.

De repente el aire rugió y arremolinó hojas, barro, gotas de agua y polvo en torno al hechicero. En cuestión de segundos, las hierbas arrancadas y el légamo en suspensión formaron una larguísima cinta que se enroscaba a su alrededor y que parecía culebrear y agitarse como si tuviese vida propia, como lo haría un dragón de aire. Muriel no tuvo más remedio que cubrirse los ojos con la mano para que no le entrase tierra. Cuando volvió a mirar, el hombre había desaparecido.

4 Novembre 2021 20:16:03 2 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
8
La fin

A propos de l’auteur

Mavi Govoy Estudiante universitaria, defensora a ultranza de los animales, líder indiscutible de “Las germanas” (sociedad supersecreta sin ánimo de lucro formada por Mavi y sus inimitables hermanas), dicharachera, optimista y algo cuentista.

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Denis Angueira Denis Angueira
Muy buena historia. Interesante y muy bien escrita. Me quedé con ganas de conocer más sobre Muriel y el misterioso mago que conoció. Saludos!!
December 11, 2021, 07:13

  • Mavi Govoy Mavi Govoy
    Me alegro de que te haya gustado. December 11, 2021, 09:11
~