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Puede que Fobos haya tenido pocos amigos, pero ellos fueron los mejores. Esos pocos valían más de mil grullas. Puede que no le arda la epidermis, pero su cabeza se tortura. Las calles parecen hechas de memorias, que son alegres, tristes y arrulladoras. Unas alegres, tristes y arrulladoras… Que son el intento de un adiós.


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« Éramos inseparables hasta que un día lo mataron entre cuatro policías. Mi alegría sigue rota, se apagaron las luces en el parque de pelota. »

− Residente, René




Sentado en una banca, mirando los vacíos peatones urbanos, soltando suspiros llenos de sentimiento, jugando con una moneda que ya no existe; Fobos estaba muy perdido. Su cuerpo temblaba como si no tuviese ropas encima. Su piel era blanca, al igual que su cabeza en ese momento. Tenía unos ojos marrones que, alguna vez, habían brillado como el propio sol de aquella corta vida. Además, el chico era muy delgado y alto, por lo que lo confundían con un adulto cada vez que salía a la calle. Sin embargo, su credulidad como mayor de edad desaparecía cuando confesaba que nunca se depilaba ni se rasuraba.


—Eres lampiño, entonces. —Resumió su mejor amiga, Jisoo. Era una pelinegra de cara redonda y labios rojos. Era hija de extranjeros.


—Sí... —el chico se sonrojó. Le daba un poco de vergüenza, ya que eso era un punto menos como hombre.


— ¿Por qué pones esa cara? —protestó Jisoo, revolcando su cabello, que estaba sostenido en una alta coleta. El chico la observó, anonadado.


—Se supone que soy un hombre. —Susurró.


— ¿Y qué? —sentenció— Las mujeres también tenemos bosques y no somos hombres... ¡El vello no nos hace ni menos ni más!


—Yo...


—Nada de 'yos' —le interrumpió Jisoo—. Alza esa mirada. Que, si a mí me dicen gorda y sin talento, a ti te dirán el sin sueños. ¡Levanta la cabeza, que las batallas no son derrotas! ¡No te vayas a morir a los catorce años!


Fobos sonrió inconscientemente. Sus ojos marrones volvieron a tener ese hermoso brillo. Recordaba cómo soltaba risotadas con Jisoo cada vez que ella le subía el ánimo y la autoestima. Sin embargo, su semblante y sus recuerdos de felicidad se esfumaron cuando vio el humo que escupía una fumadora. Ella estaba a varios metros de la banca. La observó, sin mucho ánimo, hasta que otra chica se le acercó con unos tacos entre las manos. Ellas dos desaparecieron como vapor, lanzando el cigarrillo por los aires.


Hacía frío a pesar de que el sol estaba muy picante. Varios viandantes se ocultaban de él con sombrillas, como gatos escapando del agua. El parque estaba desocupándose a causa de la temperatura, por lo que las cajas de arena eran abandonadas por niños que se despedían haciendo una promesa. El chico de buena vestimenta los admiraba cual pobre deseando comida.


— ¿Sabes?


— ¿Qué sé? —cuestionó el lampiño mientras tomaba una limonada helada. El clima frío no lo sentía mucho.


—Estoy enamorada. —Dijo sin más Jisoo. En aquella mesa con una sombrilla en el centro, la calidez era muy buena.


— ¿De quién? —averiguó Fobos. Miraba fijamente a los ojos de su amiga, quien no mostraba cobardía, pero sí nerviosismo.


—Viviana... —confesó. Bajó la mirada y jugó con su malteada de chocolate con arequipe. La bebida bailaba al son de su personalidad.


— ¿La del tatuaje de estrella en su hombro? —preguntó, muy curioso. Estaba examinando a cada persona que conocía con ese nombre: no quería que Jisoo saliera con el corazón hecho cristal.


—Ella misma. —aclaró. Bebió su malteada rápidamente.


—Está bien. Gracias por decirme. —Jisoo deslumbró de felicidad. Sin embargo, el rostro de su amigo decía que no había terminado de hablar y, por lo tanto, aún no se debía hacer fiesta— Pero prométeme que no me olvidarás ni me dejarás plantado si la atrapas con tus redes. Tampoco dejarás de ser tú: no tengas vergüenza de tu persona.


—Estúpido, me robas las palabras. —Soltó. Extendió su mano con todos los dedos doblados, excepto el meñique— Es un pacto.


—Un pacto. —Hizo lo mismo. Luego, enredaron sus meñiques para dar por finida la promesa.


Se levantó de la banca una vez no había más críos en el arenero. Tenía los pies como los glaciares de la Antigua Antártida. Caminó con pasos de bebé, pensando sobre el débil cenit que parecía languidecer con cada segundo. Unos peatones pasaron a su lado a gran velocidad y sin tener cuidado de sacarle a alguien un ojo con su sombrilla; algunos avanzaban con los estómagos hinchados, tal vez porque la hora del almuerzo ya había pasado. El chico, antes de abandonar el casi solitario parque, volteó para ver las añosas tablas del banco. Sus ojos perdieron más brillo: las lágrimas aparecieron.


Las dejó caer. Pensaba que era muy sano sentir ese dolor que ni la traición le había regalado. Su corazón estaba desbocado, era como si su interior fuese un naufragio. Las tripas estaban retorciéndose en su tumba, con vida; la sangre recorría su cuerpo porque quería inundarlo; el corazón no dejaba de bombear, ya que, si paraba, jamás moriría. Sus penas, sus quejidos y su semblante de muerto nunca dejarían de vagar por las calles de sus memorias. Era inevitable, de alguna manera.


Era imposible arrullar por completo la nostalgia que carcomía su vida.


—Apestas como humano, Fobos. —Juzgó una Jisoo de dieseis años. Estaba sentada al lado de su novia, Viviana. Esta era morena, algo regordeta y simpática.


—No lo sé. —Susurró el chico. Estaba llorando como un lunático sin luna.


—No, sí lo sabes— continuó su mejor amiga. Viviana tan solo escuchaba con atención—. Lo sabes, pero lo niegas. Fobos, no eres estúpido ni vil. ¿Por qué no fuiste?


—Era su último día... —plañó Fobos. Sus ojos marrones eran melancolía y arrepentimiento.


—Eso no justifica tu ausencia. —Le gritó, con mucha rabia, Jisoo. Su novia le agarró la mano para calmarla— ¡Es tu hermana y tú la has dejado! ¡Poco importaba que su tiempo hubiese acabado!


—Jisoo...


—Me vale una lombriz si te dolía ir a verla—Cesó de gritar. Respiró profundo para continuar—. Me importa poco... pero ella, tu hermanita, quería estar contigo.


—Jisoo, fue de repente, muy abrupto. —Confesó Fobos, aún con su vista hacia abajo y nublaba por la lluvia interna— Me siento muy responsable de su muerte.


—Fobos, —interrumpió la conversación Viviana. Su voz era grave y melodiosa. Tenía el tono de una diosa— tu hermana quería un adiós.


—Pero yo no quería perder a una amiga ni a mi primera familia. —Confesó Fobos— Es mi culpa.


Jisoo soltó lágrimas, perdonándose por su frialdad e inmaduro control del dolor. Viviana, su novia y el chico lloroso se abrazaron, sintiendo la compañía y el sentimiento de estar acompañados.


Sin embargo, Fobos estaba solo, cubriendo su escuchimizada figura de los fuertes vientos. Un hombre muy barbudo le preguntó si quería compañía, pero el joven lo rechazó con su nostálgico silencio. El desconocido tan solo asistió con desdén y se fue, pensando que tan solo era otro mendigo más. "Parece un cementerio", reflexionó el chico de ojos marrones. Aquel banco viejo le recordaba a Jisoo. Ella había sido una estrella de su actual solitario universo. "Un universo sin vida", concluyó.


Se movió sin muchas ganas. Llegó, como un zombie, a la plaza donde había una estatua de una ancha mujer en vestido de bodas. Fobos soltó una risita tímida cuando su mente se transportó a una época donde aún no conocía la culpabilidad.


—Leí que es un hombre, esta estatua. —Le informó su hermana. Fobos tenía dieciséis; ella, catorce.


— ¿Y cuál es la historia? —demandó. Las pupilas de Amen se agrandaron y soltaron chispas de alegría y entusiasmo.


—Su compañero destinado, Louis, siempre amó cómo se vestía. — Empezó la historia la pequeña Amen, quien tenía el cabello muy corto y la imaginación, larga— Aunque, los demás lo juzgaban por ser afeminado. Louis siempre le susurraba al oído: "¿por qué no lo haces? ¿Por qué no muestras cómo eres?" Y su amante siempre le respondía que su interior sería mal visto. "Nada está mal y menos si lo haces tú", le dijo como respuesta.


—Este chico, el de la estatua, ¿cuál es su nombre?


—Es un secreto. —Amen llevó su dedito a sus pálidos labios. Luego, susurró: —Dicen que, si lo llamas, él cobrará venganza; que él vendrá y te cumplirá cualquier venganza.


— ¿Por qué está en vestido de novia?


—Porque asesinaron a Louis en la entrada de la casa donde se iban a casar de forma secreta. Los dos usaban vestido de novia para mostrar que los parámetros de género y de sexo no importan. Ellos pensaban que todos somos dignos de usar y de actuar cómo queramos, mostrando nuestro yo, mientras no hagamos daño.


—Amen, ¿tú muestras tu yo?

—Siempre, hermano. —Le respondió enseguida.


— ¿No te da miedo? —demandó Fobos, con la voz temblorosa.


—Ser uno mismo no debería dar miedo. —Amen dejó de observar la estatua. Luego, admiró al pálido Fobos y le sonrió —Hermano, que no te de vergüenza ni miedo mostrar cómo eres... No importa qué, yo estaré allí, al igual que tú estarás para mí.


— ¿Qué hizo el amante de Louis después del asesinato? —cambió de tema Fobos, totalmente sorprendido por las palabras de su hermana menor.


—Lloró.


— ¿Y luego?


—Nadie lo sabe y ningún humano lo sabrá.


Saber que aquellas hermosas historias habían sido calladas por una bala, que se había sacado y aún así había quitado alegría.


Fobos suspiró con fuerza, ya que se le dificultaba respirar. Se sentó en las escaleras que llevaban a un centro comercial. Lo atisbó por un buen rato hasta que se atrevió a admirarlo. Era enorme, precioso y maldito. Su fachada no mostraba nada de su interior, al igual que la lealtad del chico hacia sí mismo: era falso, engañoso.


Probablemente, Amen tenía razón: la libertad de ser 'yo' no debería ser privada por uno mismo ni por los miedos.


—Quiero una serpiente. —Chilló Jisoo aquel sábado.


— ¡No! —le negó Fobos, quien no podía creer que, en ese centro comercial, vendieran serpientes como mascotas.


— ¡Niégalo si quieres! —rio malvadamente— ¡Yo soy la que paga!


Efectivamente, Jisoo compró una serpiente amarilla y se la llevó a casa. Fobos estuvo siempre con ella, ya que temía que el animal devorase a su amiga. En la habitación de la chica de dieciocho años, soltaron a la bestia. Esta se arrastró por todos lados, provocándole náuseas al de ojos marrones.


—No vayas a vomitar.


—Está sobre tu cama...


El gusano que moría en la acera, tal vez porque lo partieron en dos y lo pisotearon, le recordaba a la serpiente de Jisoo. Fobos no sintió náuseas esta vez; al contrario, le causó algo de gracia la muerte de aquel animal rastrero. "Me da cierta felicidad lo que, antes, no puede disfrutar", reflexionó.


Permaneció sentado en las gradas hasta que el gusano murió. Luego, al mismo andar lento, entró al centro comercial de fachada mentirosa. Adentro, al contrario de afuera, era muy llamativo, colorido y variado. Caminó por un buen rato hasta que ingresó a una tienda de peluches. Los miró por encima al principio, pero terminó admirando uno en específico. Era una zanahoria muy pequeña. Su naranja chillón, casi neón, hacía espantar a más de un cliente y aún así Fobos vio algo en él que los demás jamás sospecharían: recuerdos.


Eternos recuerdos.


Frustrantes recuerdos.


Lindos recuerdos.


Breves recuerdos.


Dulces recuerdos que tan solo proclamaban el adiós.


—No me agradezcas. —Le dijo Jisoo después de que Fobos le agradeció por todas las carreras que su amiga hacía por él— Los amigos estamos para apoyarnos. Tú me apoyas con mi sueño de ser bailarina; yo, con el que sea que tengas. Además, me consentiste cuando mi relación amorosa terminó.


—Igualmente, gracias por ayudarme. —Afirmó Fobos.


—Bueno... —Suspiró Jisoo. Se había rendido— ¿Quieres torta de zanahoria? Vi una en una tienda a unas cuadras.


La zanahoria de peluche aterrizó en el suelo. Fobos agachó la cabeza y observó, borrosamente, el objeto.


—Claro, —dijo Fobos, muy alegre y con ganas de comer torta— ¿voy o vas?


—Yo invito. —Jisoo sacó su billetera.


— ¡Ten cuidado! —le gritó Fobos al recordar las noticias. Tuvo un impulso de seguirla.


— ¡Ya nos vemos! —Jisoo se fue y nunca regresó.



Aquella había sido su última conversación.


12 Juillet 2021 13:15:12 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
1
La fin

A propos de l’auteur

KIWI Me he perdido y no sé dónde. Me dicen Kiwi; siempre por mi verdadero nombre. Escribo sobre todo cuentos, porque la cabeza no me da para más. El perfeccionismo me describe y la contradicción me desvalora. Bienvenidos a este conticinio. Disfruten el silencio del exterior y el ruido de sus cabezas.

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