jeparramoran José Ernesto Parra

Un hombre busca ansiosamente su nombre en una lista de afortunados para recibir la vacuna que le protegerá de un mortal virus. Un amigo y una comunidad enardecida serán el escenario para que este hombre demuestre que el derecho humano a la vida priva por encima de los intereses de grupos particulares. CON ESTA HISTORIA PARTICIPO EN EL CONCURSO AMISTADES SIN FRONTERAS.


Histoire courte Tout public.

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Buscando mi nombre

No pude dormir bien en toda la noche. Di vueltas en la cama halando la madrugada. Los pensamientos me bombardeaban incesantemente. Miré el techo de la habitación y comencé a buscar defectos en él. Detallé unas grietas que parecieron moverse; pensé que alucinaba así que tomé el teléfono para ver la hora y terminé paseándome por el estado de todas mis redes. Buscaba y no encontraba nada. Pensé que este sería el día más anhelado y que ya pronto podría ser libre de nuevo. Sin embargo, en las redes no había noticia alguna. Hacía calor. Un haz de luz que entró por la ventana como reloj despertador, iluminó toda la habitación y entonces me levanté para asearme.

Llegué a la cocina y me asomé por la ventana para ver cómo el sol bañaba todo con su luz. Volví a tomar mi teléfono y entonces, encontré lo que tanto buscaba: la lista. Comencé a revisar cada cédula, nombre y apellido de una lista de ochocientas líneas. Cuando veía cada nombre, mi mente cambiaba las letras intentando que aparecieran mis datos. No había orden, así que tenía que leerlos todos y eso aumentaba mi ansiedad. Mientras revisaba cada línea hervían pensamientos en mi cabeza: poder salir, viajar, bailar, visitar amigos, hacer la vida en el ambiente urbano como lo hacía antes. Hice una pausa para hervir un café y luego sentarme a seguir leyendo la lista en mi ansiosa búsqueda. Habían publicado veinte listas, una por día; casi tres semanas sin aparecer en ellas.

Puse la taza sobre la mesa y miré por la ventana. Me daba cuenta de que mi nombre no aparecía en la lista y que afuera el peligro aumentaba. Sudaba y sentía calor. Envié un mensaje de texto a un compañero de deporte preguntando por su suerte en la lista. Me respondió efusivamente indicando que su nombre había aparecido en ella. Yo no lo había notado pues cuando revisaba la lista me engolosinaba con mi propio nombre. Lo felicité y le deseé una feliz jornada.

Encendí la radio para orear mi frustración y mientras preparaba algo para desayunar escuchaba a una periodista hablar del Grupo Autoritario de Total Orden, GATO como se le conocía. Un grupo político que se acreditaba el derecho de elaborar la lista. La periodista hizo referencia a un pacto de lealtad que el GATO hizo con otros grupos políticos para llegar a acuerdos sobre la forma en la cual elaborarían las listas. Aseguraban que de esa manera brindarían el derecho a cada ciudadano. A mi parecer, era una patraña evidente de la hipocresía de ese grupo para dominar y controlar a la ciudadanía.

Hacía calor, así que me tomé un jugo de naranja helado para refrescarme. Me asomé a la ventana y a pesar de que era media mañana no había nadie en la calle. Todo estaba desolado. De vez en cuando escuchaba el motor de un vehículo, pero no alcanzaba a verlo, tendría que salir y caminar hasta la acera, sin embargo, sabía que era un peligro hacer eso.

La periodista continuaba su incisivo discurso criticando al GATO, dado que el acuerdo parecía no cumplirse. Difundió un audio de una mujer que afirmaba que había sucedido una traición por parte del GATO. Decía que tenía pruebas fehacientes de la falta de lealtad y que el referido grupo manejaba las listas a su favor, aventajando a algunos ciudadanos más que a otros. Razón por la cual planeaban una venganzaal respecto, asegurando que tampoco respetarían el pacto y se lanzarían a la calle. No podía creer lo que escuchaba, así que me asomé de nuevo por la ventana y vi a mi compañero al otro lado de la acera caminando en dirección al centro cívico.

Me llené de impotencia al saber que un grupo de personas decidían el futuro de todos y violentaban el derecho a la libertad de algunos. Cerré mis puños y golpeé la puerta con mucha fuerza. Transpiraba de rabia mientras caminaba de la sala a la cocina, para dar rienda suelta a mis ideas sobre cómo vacunarme. Me senté agotado por la sobredosis emocional y pensé que todo era inútil, que desde la casa no podría hacer nada para resolver. Decidí salir a pesar del peligro que había afuera. Tomé un baño para refrescarme por el calor y busqué un atuendo que fuera lo suficientemente protector del sol inclemente.

Me asomé temeroso al portal de la entrada de mi casa y miré a ambos lados de la calle. Noté que las pocas personas que transitaban lo hacían con máscaras en la cara así que me coloqué la mía. Caminé como un borracho por la calle; cambiaba de acera eludiendo el cruce frontal con otras personas. Veía a lo lejos el centro cívico y cómo se congregaba la gente alrededor del pequeño edificio. El miedo se acrecentaba en mi interior y sólo pensaba en buscar refugio. Estaba a pleno sol y aun faltaban doscientos metros para llegar al centro cívico. Alcancé a ver a mi compañero que se adentraba en el tumulto de gente. No podía creer la osadía de muchos para juntarse sin temor a contagiarse.

Llegué hasta el frente del edificio del centro cívico y avisté una venta de tacos llamada El Asado de las Serpientes. Un pequeño restaurante que dispensaba comida sin siquiera tener sillas para los clientes. Sus propietarios habían sido miembros del GATO, pero los habían expulsado por diferencias internas. Me detuve debajo del techo del restaurante y observé el fenómeno. Mientras algunas personas compraban tacos en el restaurante, otros cientos se agolpaban frente al centro cívico exigiendo que se les colocara una vacuna contra el virus que mataba cerca de diez personas diarias en el pueblo. Un funcionario del GATO vociferaba con un parlante que sólo aquellos que aparecían en la lista podían recibir la preciada vacuna, que debían esperar hasta el día de mañana que sería el último para vacunarse. Las personas gritaban exigiendo su derecho y comenzaban a caldearse los ánimos. Cada vez la gente se alteraba más y lanzaban objetos hacia los funcionarios del GATO. Yo estaba debajo del tejado frente al restaurante y escuché cuando uno de los propietarios de El Asado de las Serpientes le decía a un empleado que esa era su venganza, por haberlos expulsado. No podía creer lo que escuchaba; me quedé pensando qué clase de venganza tan estúpida. Mi mente se ofuscó y sentí una ira que hacía hervir mi sangre. Creo que tanta espera infructuosa colmó mi paciencia. Caminé hacia ellos y les grité llamándolos inconscientes. Les dije que era inadmisible que fomentaran el caos en un momento tan frágil para la salud de todos; que si bien tenían diferencias no era el pueblo quien debiera pagarlas; sus motivos eran individuales y si algo nos había enseñado la pandemia que vivíamos era la solidaridad y la igualdad de condiciones en la que todos estábamos. Todos teníamos el mismo derecho y con el caos sólo conseguiríamos más contagios y muertes. Les dije que la incompetencia del GATO era evidente y no era necesario mostrar lo obvio. Que si estábamos en la situación que estábamos era por la ineptitud de un grupo que asumió arbitrariamente el control de un derecho de todos y que al final, si morían todos hasta sin clientes se quedarían.

Al terminar, todo quedó en silencio y noté que el tumulto de gente ya no vociferaba. Me di vuelta y vi que todos me miraban. La acústica del techo hizo resonar mi pleito y éste fue escuchado por la multitud. Mi compañero aplaudió desde lo alto de una tarima y el resto hizo lo propio. Inmediatamente, comenzaron a hacer las filas mientras otros se retiraban cuidadosamente del lugar. Mi compañero me guiñó el ojo y me hizo una señal de ok.

La gente del restaurante se limitó a cerrar y exigir que me saliera del lugar. Abandoné la escena algo desconcertado y acalorado. Volteaba la mirada de vez en cuando para ver la reorganización del lugar y seguía mi ruta hacia la casa. Una anciana se acercó a mi y haciéndome la Señal de la Cruz, me bendijo diciéndome que mañana sería mi gran día, pues sería el último y era mi turno de recibir la vacuna. Agradecí y continué caminando.

Ya el sol comenzaba a ocultarse. Así que entré a la casa para refrescarme por el calor. Me recosté al sofá y recordé lo sucedido. Me sentía extraño por haber generado el cambio de conducta en las personas. Imaginé si eso podía llamarse política o verdadera influencia. Por largo rato abstraje mi mente pensando en lo acontecido en la tarde y olvidé la lista. Preparé mi cena y luego me fui a la cama. Aún sentía calor. Esa noche concilié el sueño.

Antes de que amaneciera un timbre en mi teléfono me despertó. Era un mensaje de mi compañero indicándome que yo había salido en la lista y que estaba de primero en ella. No podía creerlo. Corrí al baño para asearme y luego puse a hervir agua para hacer café. Me vestí y preparé todo para ir al centro cívico a vacunarme. Al llegar a la cocina me serví una taza de café y comencé a beberlo frente a mi ventana. Hacía calor. Mis ojos estaban fijos, no podía pestañear, el corazón latía aceleradamente e imaginaba un escenario futuro distinto de lo que pensé en las mañanas anteriores. No era calor, era fiebre. No podía oler el café y la bebida no me sabía a nada. Ya estaba contagiado.

6 Juillet 2021 12:41:51 1 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

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