scaip Scaip

Historia muy personal que escribí el año pasado para un concurso y ahora subo acá. Una chica se siente sola en medio de la cuarentena mientras va perdiendo a sus amistades y convive con una pariente de edad que no es exactamente afectuosa, pero termina encontrando apoyo y sororidad de una manera poco convencional. -------------------------------------------------------------------------------- La ilustración de la portada viene de Picsart y tiene licencia para uso personal.


Paranormal Lucid Déconseillé aux moins de 13 ans.

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Las Víboras no se Callan

Hay un refrán que dice que las personas que no tienen cabeza para pensar, tienen que tener espaldas para aguantar. Bueno, mi respuesta al postulado previo es que pensando mucho, las cosas también pueden terminar mal.

La primera vez que la ví el cielo se ponía gris y el frío era húmedo, de ese que te cala hasta los huesos. Era bajita y llevaba un barbijo estampado con figuras serpenteantes. Iba en su propio mundo, los ojos negros miraban sin ver adelante, el cuerpo se le movía como autómata. Las personas la miraban de reojo al pasar y yo no podía culparlos: solo se le veía parte de la cara, pero había algo raro en su presencia.

La segunda vez la ví a la misma hora, mientras hacía la fila para entrar al supermercado. Todos estábamos parados con nuestras nociones subjetivas de metro y medio, mirando la calle en busca de entretenimiento. Ella caminaba encorvada y llevaba la capucha puesta, podía ver los tonos terrosos de la tela del barbijo por el costado. Se tropezó con un hombre y pidió disculpas, él le respondió de mala manera que era una boluda y por respuesta, ella se encogió más y apuro el paso.

La tercera vez íbamos por la misma calle juntas, en silencio. Nadie más compartía la vereda con nosotras, tampoco se veían personas enfrente ni delante nuestro. En ese momento me dí cuenta que nunca la había visto en el barrio, pero tampoco sentía una gran sorpresa: creo que no fue hasta la cuarentena que empecé a notar a las personas en la calle.

Me encontraba sumergida en mis cavilaciones cuando noté que ella ya no estaba delante mío. Estaba pasando por la fachada de un edificio abandonado. Ese edificio siempre me había llamado la atención: tenía unos portones viejos de madera, grandes y toscos, de esos que ves en películas de la Edad Media.

Después de eso, no la ví por muchas semanas.

Esos días los pase ponderando acerca de la naturaleza de la soledad y las amistades. Al principio de la cuarentena, todo eran memes, mensajes de voz y texto. Con el paso de los días, creo que todos se fueron sumiendo en sus cavilaciones y vivencias personales. Las respuestas tardaban en llegar, primero horas, después, días. Venían seguidas de disculpas por olvidarse.

La parte paciente en mí intentaba entender la situación, pero con el paso del tiempo una sensación agridulce se asentó en mi estomago. Tarde en darle un nombre a ese sentimiento, pero se afianzó en mí como niebla fría y no pude ignorarla más. Era un presentimiento.

Nunca fui muy popular con la gente, pero quería a mis amigas. Con los días, comencé a notar sutilezas en los cambios de tono, los gestos y las miradas. Yo quería pensar que estaba un poco paranoica, que era la soledad, que era algún defecto de los celulares. Pero esa sensación no se alejaba, y pronto entendí que algo iba a pasar.

Una tarde, vi una imagen de ellas en plena videollamada. Me sentí incómoda porque no me invitaron, pero después lo consideré una estupidez. Esto no podía ser análogo a ver que tus amigas salieran a pasear, no te invitaran y te enteraras por fotos, ¿no?

Si estábamos todas en nuestras casas. Eso no podía cambiar, ¿cierto?

Un día me anime a preguntar y dijeron que esas cosas no pasaban. Que eran imaginaciones mías y preguntaron si yo estaba bien.

A la semana me dio la noticia de que estaba fuera de mi grupo de amigas. Así fue en la práctica, porque la teoría expresada fue que una de ellas no se sentía cómoda conmigo y las otras dos no hicieron nada más. No opinaron y se quedaron calladas. Pronto comencé a ver historias de ellas en redes sociales, capturas de videollamadas y fotos.

Decirlo así lo hace superfluo, pero no puedo expresarlo de otra manera. Estas son las palabras que tengo: inexactas, incorrectas, inapropiadas. No tengo la lucidez suficiente para expresar las cosas de manera sucinta y espontánea, como demandan la corrección política y la excelencia académica.

En realidad, creo que hay varias cosas mal conmigo. La primera, es que me cuesta tener amistades de mi edad. ¿Quién no tiene amigos de su edad? Hay algo raro en mí. La segunda es el duelo: cuando alguien termina una amistad, lo que veo es a la gente quejándose y cerrando el tema con orgullo. Cuando fallece alguien que queremos, lo apropiado es llorar y expresar dolor. Lo mismo con un noviazgo.

Pero hay amistades que duran más que muchos amores románticos. ¿Esas relaciones no cuentan? Es como si encontrar el amor fuera el fin con el que nos desenvolvemos en la vida. Con el paso de los años, se empezó a sentir artificial. Era como forzar la realidad para que pasen cosas: las cosas se dan y listo.

Alguna vez me enamore, pero las cosas no se dieron. Y ahí termina mi experiencia con el tema. Mis antiguas amigas tuvieron sus experiencias, pero sonaban bastante alarmantes.

Lo peor es que no puedo hablar mucho. Tengo otras amistades, pero no es lo mismo. Una incluso me dijo que si no me pelee con un novio, que me olvide, que era raro, que no era necesario. Que no era lo mismo. Pero Marta, mi compañera de trabajo, tiene 46 años y tres hijos. No puedo pretender que me entienda, si se crió en otro tiempo.

En conclusión: soy una persona rara. Lo peor es que me lo han dicho. Pero forzar las cosas para que sean de otra manera es peor, así que acá estoy.

Y fue que andaba en esas cavilaciones, que no vi la baldosa floja mientras volvía del supermercado. La pise, se movió, me resbale y entonces todo se puso negro.

Lo primero que sentí fue humedad pegajosa y una gran presión en la espalda.

Me incorporé con dificultad y adolorida.

Ya no estaba en la calle. Me desperté en un gran recinto derruido, con baldosas pintadas, cuadros rotos y limitaba a un especie de patio interno. Había un árbol inmenso y un bebedero para aves.

  • Mira, tenemos una nueva - dijo una voz grave.

Me gire con dificultad y acomode el barbijo en mi cara con torpeza.

¿Dónde estaba?

‘‘Esto va mal’’

Me quedé helada cuando vi a la mujer detrás de mí. Llevaba ropa abrigada de colores y un barbijo elegante, tengo que admitirlo: era rosa pálido y estaba forrado en encaje. Su rostro era de tez pálida y hermosas facciones. Y ahí terminaba lo normal: de la cabeza se extendían largas serpientes, algunas yacían laxas y otras se retorcían. Salían del mismo lugar, pero parecían existir de manera individual.

Me quedé observando el macabro espectáculo, hasta que ella habló.

  • Veo que no te asusta volverte de piedra -.

‘‘Ay, dios. ¡La medusa!’’

Entonces estalló en risas.

  • Tu cara - carcajeo - va para un meme -.

Su voz de contralto era camuflada por el barbijo, pero el lenguaje gestual demostraba que se estaba desternillando de risa.

Oí otra voz, pero no entendí lo que dijo. Se trataba de otra segunda mujer: bajita y morena, llevaba el largo cabello canoso recogido con una trenza y vestía un precioso poncho rojo.

  • ¿Qué le pasa a ella? -.

Tenía una voz que transmitía calma, pese a que también era tapada por el barbijo. Me miró con ternura, observe sus rasgos indígenas y adivine una sonrisa detrás de la tela. Me ayudó a incorporarme y no supe qué decir.

  • Nena, cerra la boca - me dijo la mujer de la trenza.

Y ahí entendí que mi mandíbula colgaba. Que imbecil debí parecer. Entonces, un cosquilleo recorrió mi espalda

¿Cómo se había dado cuenta si llevaba la boca tapada?

Pregunte donde estaba y tuve que repetirlo porque me dijeron que no se entendía lo que decía. Sentía la tela contra los labios mientras formulaba la pregunta.

Imaginen mi expresión cuando respondieron que estaban ahí para escucharme.

Si yo no tenía para decir.

  • Esto va a llevar tiempo - dijo la medusa con impaciencia.
  • Hace mucho que no hablas con nadie, ¿no? -.

¿Hablar? Vivo con mi tía y hablo con ella. Al lado mío estaba la bolsa de tela del supermercado, y me apresure a controlar que el contenido estuviera bien. Pare cuando me di cuenta que estaba ignorando a las mujeres, y tuve un escalofrío cuando entendí lo ridículo de toda la situación.

  • Está absolutamente confundida -.
  • Hoy hable con la cajera del supermercado - dije.

Pero yo sabía que no era eso lo que querían.

  • ¿Cuántos años tenes? - preguntó la mujer de la trenza.
  • Veintiséis -.
  • ¿Y hace cuánto que no hablas con alguien? - me miró fijo - y me refiero a hablar en serio -.

Sentí una punzada en el pecho. Sabía a qué se refería.

  • Antes de la cuarentena, creo -.
  • Entonces, tu problema viene de antes -.
  • Y ahora se hace peor - dijo la medusa. Miro a la otra mujer - Maria, ¿Te parece que llamemos a Noelia? Capaz la puede ayudar -.
  • No, por ahora es mucho, Helena. - respondió Maria -.

Entonces me miró con ternura. No eran malas personas, pero me sentí confundida. Y vulnerable. No me gustaba eso.

  • Estamos para ayudarte -.
  • ¿Por qué?, ¿por qué quieren hacer eso? -.
  • Porque te sentimos sola. Acá no vienen las personas si no necesitan ayuda -.

‘‘Me estoy volviendo loca’’

Helena, la medusa, fue quien tomó la palabra.

  • Sabemos que tus amigas te dejaron porque decías cosas que no les gustaban. ¿Te gustaría contarnos que paso? -.

Y me dí cuenta que con lo raro de la situación, ya daba igual qué cosas dijera.

  • Una vez fui a una marcha y no les gusto. Les parecía raro. Entonces empecé a leer cosas y tampoco les gusto mucho -.

Recordé las caras fruncidas. En especial, a esa ex amiga que decía sentirse incómoda conmigo.

Y las palabras salieron como un torrente de mí. Que eran amigas que tuve en la secundaria, que quería mucho, pero sabía que una sola persona puede manejar un grupo y así pasó. Lo peor es que no me di cuenta de nada, ay, tendría que haber sido más viva. Cómo dolió el proceso de darme cuenta. Que me dijeran que no tenían tiempo para hablar, cuando solo dos de nosotras trabajamos y las otras dos sólo tenían que estudiar y hacer tareas domésticas. ¿Qué más iban a hacer? Todas hablaban y se respondía. Cuando a mi se me daba por tomar la iniciativa, solo veía sucesivas indicaciones de que mi mensaje era visto. Y jamás una respuesta.

Una vez les dije que me sentía sola, y una respondió si no tenía a alguien más cercano para hablar.

Para ese momento, me había echado a llorar. Eran personas que conocía hace mucho, y me dolía hacer ese duelo. También me sentía estúpida y torpe por llorar por algo así, soy una adulta, por Dios. Otra parte de mí sabía que era lo mejor: es horrible estar en un lugar donde no te quieren. Una tercera parte de mí decía que dejara de ser tan cliché, me daba asco lo trillado de la frase.

Me sentía sola. Era eso.

Mi cara era un desastre: saliva y mocos adentro del tapaboca, pero sentía que me si lo sacaba iba a ser peor.

Maria me indico que la siguiera a una habitación y Alejandra abrió la puerta y encendió las luces: era un baño desvencijado. Cerraron la puerta y yo me lave y limpie con torpeza. El barbijo me lo puse mojado, pero era mejor que nada.

¿Qué era todo eso?, ¿me estaba volviendo loca?

‘‘La gente me decía que soy rarita. ¿Y si en realidad era que en serio estaba loca?’’

Un terror atroz se adueñó de mí. Yo no quería estar loca.

Pero si estaba loca, ya no había mucho más para cambiar. Una bizarra sensación de tranquilidad se adueñó de mí. Mucho tiempo de tensiones empezaba a aflojarse adentro mío. Así que salí del baño dispuesta a enfrentar lo que me esperara.

Otra mujer me esperaba junto a Maria y Alejandra. Con el paso de los días, había aprendido a observar mejor el lenguaje gestual de la gente, era intuitivo, pero note que se aprehenden muchas cosas de los mensajes de las personas cuando analizas voz y cuerpo. Así noté dos cosas:

La primera, es que tercera mujer era la chica que veía dando vueltas por el barrio, la del barbijo de serpientes. Si, eran serpientes, ¿por qué no me había dado cuenta antes? Era extraño, juraría que las veces que ví ese barbijo, eran patrones abstractos, no serpientes.

La segunda es que María y ella se desplazaban de manera extraña, los muslos se movían con distancia, parecían cangrejos.

Las tres me miraron apenas ingresé y me sentí intimidada. Era obvio quienes llevaban las riendas de la situación, así que me quede callada. No tenía un mal presentimiento de todo esto, más allá de la rareza de la situación.

A todo esto, ¿hasta las medusas también se contagian de coronavirus? No sabía que estaba mal con las otras dos mujeres, pero definitivamente había algo raro ahí. Las tres usaban barbijo.

Me miraron, la tercera con timidez.

  • Si, hasta nosotras lo necesitamos - dijo Alejandra.

Note una extraña sorna en sus palabras.

‘‘Ellas saben lo que pienso’’

Un escalofrío recorrió mi espalda. Ahora ya no me sentía tan cómoda.

Alejandra y María sonrieron con complicidad.

  • Nos estamos quedando sin tiempo - Anunció Maria -.

Sentí un cosquilleo extraño a mi costado. Ella siguió hablando:

  • Así que vamos a redondear esto.

A veces, los duelos también se extienden a las amistades. Y eso no esta mal. Son cosas válidas. Los amigos van y vienen. Sobre todo cuando sos joven: el paso de los veinte a los treinta años es complicado y la gente pretende que tengas las cosas resueltas. Pero eso no pasa siempre -.

Yo sabía que lo decía para hacerme sentir mejor, pero sentí la amargura dispersandose adentro mío. No lo había pensado de esa manera.

La soledad tampoco iba a irse con tanta facilidad.

La medusa tomó la palabra a continuación.

  • Mira, estamos acá para ayudar a las que están solas. No es lindo ni suave el proceso, pero acá estamos -.

Alejandra había comenzado a acercarse a mí a medida que hablaba y sentí una somnolencia apoderándose de mí. Inconscientemente, estire la mano para agarrar la bolsa de tela del supermercado, pero ella habló con más rapidez:

  • La vas a tener al lado tuyo cuando despiertes -.

Percibí a las serpientes moviéndose alrededor mío y trague saliva de manera inconsciente. Ella levantó la mano y hundió el dedo índice en mi frente. Abrí mucho los ojos y la boca para hablar, pero todo se puso gris.

Lo siguiente que supe fue que me dolía mucho la nuca y tenía el cuerpo frígido. Una voz de hombre hablaba muy rápido y con agresividad, yo no entendía qué pasaba.

  • Se está despertando - dijo otra voz malhumorada.

Creo que la que habló fue una mujer. Percibí negatividad, pero estaba muy aturdida para entender que me pasaba: la voz masculina no paraba de insistir, pero yo no podía deshilvanar las palabras, porque iba muy rápido, muy fuerte y los sonidos se mezclaban y difuminaban entre ellos, así que mi cabeza no llegaba a separar las oraciones…

Yo quería decirle que pare, pero encontraba las fuerzas para incorporarme ante la agresividad de su voz.

Entonces, sentí una suave mano en mi hombro. Era la chica de mi barrio, con su barbijo de serpientes. Discerní una suave voz femenina; al principio todo se volvió confuso de vuelta, pero la voz de hombre se silencio. Por suerte.

De a poco, abrí los ojos y vi el cielo gris. Y personas mirándome. Me incorporé con dificultad, temblando y aturdida. Por el rabillo del ojo miré a mi derecha, en busca de la bolsa de tela.

  • ...Acá la tenes, mi amor - dijo una mujer.

Apreté la manija y me sentí mejor. No estaba en situación de chequear el contenido, pero tenerla cerca me tranquilizaba. Días de estar encorvada frente a la computadora dando atención al cliente y soportando gritos agotan, pero también ayudan a pagar las cuentas.

Me dieron espacio y empecé a percibir el entorno con mayor claridad. Entonces reconocí a la muchacha del barbijo de serpientes, me estremecí por la sorpresa pero no pude recordar su nombre. Lo habían dicho una sola vez, creo. Ella dijo que iba a acompañarme a mi casa y por alguna razón, no me resistí. Me apoyé en ella obedientemente y la seguí. La gente alrededor nuestro era curiosa, debían ser vecinos y tuve una vaga sensación de ansiedad pensando que debía agradecerles la atención, pero ella me llevó más rápido.

Le indiqué vagamente cómo llegar a mi casa. Después de eso, recuerdo las cosas con confusión. La voz alarmada de mi tía y los vecinos. Agradecimientos a la chica que me llevó a casa y caer en el sillón con confusión. Una neblina de aturdimiento se desenvolvía en mi cabeza.

Lo único que recuerdo con claridad, fueron las palabras de sorpresa de mi tía.

El tapaboca que llevaba puesto ahora tenía un estampado de víboras.


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Esta es una historia muy personal que escribí el año pasado durante la pandemia. La hice para un concurso (spoiler alert: no gano) y ahora la dejo subida acá.

11 Juin 2021 02:09:13 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Scaip College student, hobbyist barista and part-time writer. Currently uploading all of my work here, both fanfiction and original stories.

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