gnmultidimensiones Gastón Medina

El joven Martín Farías comienza su infiltración en la Policía para ampliar su misión de asesinar a todos los criminales del mundo. Esta nueva etapa en su vida lo lleva a investigar a dos poderosos carteles de droga, quienes manejan dos de las super drogas que busca. Esta misión se ve obstruida por la detective Melanie Méndez, hija de Horacio, quien irónicamente va a trabajar al lado de Martín para atrapar a La Ley. Comenzó: 16-feb-2020 Finalizó: 2-ago-2020 Orden Cronológico: 65 Precuelas: LLAVE X - El Asesino Justiciero (Libro) El Negocio De Hank (Extra) Historia registrada en Safe Creative.


Action Déconseillé aux moins de 13 ans.

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1- Asesino Uniformado

Un hombre de traje gris camina por los pasillos de la comisaría, acomoda la corbata y ese cabello rebelde y canoso, que pone detrás de la oreja. Es el detective Horacio Méndez al que todos saludan con cordial respeto.

―Buenos días detective.

―Buenos días ―alza la mano derecha, saludando a la distancia.

Cierra la puerta de su oficina, se quita el sombrero y lo cuelga, así como su traje en su sillón. Camina de un lado al otro viendo y escuchando las agujas del reloj. Sirve una copa de bourbon y se sienta finalmente.

El silencio incómodo en aquel cuarto hace dar vuelta sus recuerdos de todo lo sucedido noches atrás.

El fuego intentando salir por las ventanas, el humo negro recorriendo infinidad de pasillos, un hombre con el traje de la Ley, en llamas. La figura de aquel hombre enfrentando a la auténtica Ley, la imagen de aquel cuerpo carbonizado que alguna vez fue su mejor amigo.

Las lágrimas brotan de sus ojos, el detective Horacio Méndez, quiebra en llanto por su amigo muerto, Dante Ramírez.

....

Pasan los meses y los asesinatos de la Ley continúan por el país, criminales muertos en sus casas o en las calles, ladrones con las manos rotas suplicando ayuda en los hospitales, violadores colgados de sus genitales en las plazas de la ciudad. Y el único tras ese traje, no está ejerciendo esos ataques.

En una sala de enormes proporciones, miles de cadetes esperan sentados, vistiendo el uniforme, varios fotógrafos toman imágenes del momento, el jefe de la Policía Federal, Rogelio Leguizamón sube al escenario rojo, acompañado por dos porta―estandartes con la bandera Argentina y la bandera bonaerense.

Se quita la gorra y acomoda el poco cabello cano que tiene sobre sus orejas.

―Buenos días a todos, como jefe de la policía estoy en mi entera satisfacción, de entregar los debidos reconocimientos a los aspirantes a oficiales del año 2016. Antes que nada debo agradecer a las autoridades presentes, que nos acompañan este día, 24 de febrero.

Abro un paréntesis para dar unas palabras de aliento a los aspirantes en estos tiempos difíciles, como sabrán tanto en La Plata como acá en capital, las muertes aumentaron y la Ley, como se hace llamar, no hace más que instaurar el miedo en los ciudadanos. Ustedes van a ser policías y su misión está más que sabida. Cada ciudadano merece la protección total, porque nunca se sabe, cuando van a enfrentar una situación de vida o muerte...

Martín esta entre ellos, vestido con su uniforme azul y su gorra de plato perfectamente acomodada en su cabeza, su mirada se mantiene penetrante en su jefe y piensa.

―La Ley, es la justicia que le falta a este país... Si ustedes no hacen nada para impedir los asesinatos, robos, hurtos, violaciones y saqueos, ahí voy a estar yo... Con mis dos armas listas para limpiar el camino, regresar al infierno a esa gente que no merece vivir.

Le dan un codazo y este deja de pensar para ponerle atención a su compañero, de corte militar y perfecto, piel pálida y con una sonrisa incomoda, igualmente vestido.

―Che, ¿estas prestando atención? ―dice como si se estuviese riendo.

―Si, ¿por qué decís? Restom...

―¿A vos te parece lo que está diciendo? Parece que le tuviese miedo a ese boludo de la Ley.

―Como no le va a tener miedo chabón... ¿Viste lo que paso después del asesinato en esa mansión?

―Por supuesto que lo sé ―susurra para no llamar la atención―. Me prepare estos meses, entrene mucho con mi pistola, mucho más de lo que me exigieron y hoy te puedo decir... Que estoy listo para atraparlo ―le guiña el ojo― vos dejamelo a mi "Fari".

―Martín Farías ―dice el jefe, invitándolo a pasar al escenario.

El joven se levanta y camina con un gesto de seriedad y satisfacción, riéndose por dentro mientras el resto de los aspirantes le aplauden.

―Detective Méndez... Seguro que hoy ya no va a tener sospechas de mí, yo, gano...

Recibe el diploma y saluda a su jefe tanto militar como normalmente.

Mientras se va a sentar el jefe llama a su compañero.

―Franco Restom.

El joven de estatura media se levanta y por el mismo pasillo se cruza con su amigo, dando a entender que a partir de ese día, comenzarían a caminar por polos opuestos.

Salen juntos por la puerta rejada que da a la calle y su compañero palmea su hombro con entusiasmo.

―¿No estás feliz? Ahora somos canas, encima nos mandaron a la misma comisaría.

―Sí, estoy feliz ―dice serio.

El joven niega con la cabeza y hace ruidos con su lengua diciendo.

―No, no, vos no estás bien... Seguro estás pensando en esa chica, ¿cómo dijiste que se llamaba? Jesica.

―Si ―sonríe― es una chica hermosa y siempre cumple con todos mis pedidos.

―Ah, te entiendo ―golpea con el codo y le hace guiño―. Bueno acá nos separamos, nos vemos mañana en la comisaría.

―Dale Restom ―le da un abrazo.

Ni bien se va la mirada de Martín vuelve a ser fría y sería. Camina por las calles de capital, buscando el auto y lo ve en una esquina, dentro lo esperan sus amigos. Ni bien sube al asiento del conductor, su amigo lo saluda desde atrás.

―Ey ¡por fin saliste de ahí! ―se ríe― tardaste mucho boludo.

―Hola corazón ―le guiña el ojo Jesica, le da un beso y él sonríe.

―¡Hola papi! ―salta la joven rubia a su cuello, con un fuerte abrazo.

―Hola Dalma, hija... Jesica, Charly... ¡Qué bueno que los veo de nuevo! ―dice con alegría―. Estuve viendo en la tele todo lo que paso en estos meses, vi que mataron a muchos.

―Así nos dijiste cuando salimos de la mansión Salas ―dice Jesica―. Yo no hago excepciones ―se ríe― mate a muchos usando tu traje, era muy divertido.

―Gracias por cubrirme ―dice serio―. Ahora el problema es el detective. Mañana voy a empezar mi trabajo en la comisaría y lo primero que voy a hacer, es pegarme a Méndez y sacarle toda la información que tiene de lo que paso en esa mansión. Seguro está trabajando en los asesinatos de la Ley, más que nunca.

―Esto es una muy buena idea ―dice Charly― ser policía para que nadie sospeche de vos, mientras hay asesinatos por todos lados. Ese viejo no nos va a descubrir tan fácil.

Horacio Méndez ingresa a su oficina como todos los días y cuelga su sombrero en el perchero. Esta vez más animado en encontrar todas las pistas posibles, se sirve una copa y una vez en su asiento, se inclina a su derecha para abrir un cajón de metal en su escritorio.

Dentro tiene una carpeta color madera, la abre y allí se encuentra toda la información hasta el momento, las imágenes no tan nítidas de los que están tras la Llave X, las fotos de la mansión Salas, el incendio y por último el derrumbe de la misma. Están también los datos al margen de la foto de Ramiro Vélez, la segunda "Ley", quien se encontró carbonizado entre los escombros.

El hombre bebe un poco de bourbon y recuerda lo que vio. La Ley, peleando contra Rafael Salas.

―Esa espada que lastimo a la Ley... ¿Dónde está? No pude encontrarla entre los escombros. Estoy a muy poco de encontrarte y creo que saber quién sos.

Golpean la puerta y su concentración se mantiene vigente.

―Pasa ―dice sin mirar.

Abre la puerta una mujer de al menos treinta años, viste una falda gris y un traje del mismo color, debajo una camisa blanca desabotonada en el cuello. Se quita los anteojos luego de leer el nombre que figura en el sobre color madera que trae. Su color de cabello pelirrojo llama la atención de Horacio, quien sólo levanta la vista y dice sin expresión alguna.

―Melanie, hija... ¿Qué haces acá?

―No estamos muy lejos entre las comisarías, puedo venir a visitarte ¿o no me extrañas viejo?

―Ey ―la señala― nada de viejo, voy a cumplir cincuenta años, es apenas la mitad de mi vida. Ahora andate por favor.

―Ay, papi, papi... ―suspira― tenés que dejar un poco de lado ese caso de la llave, estas cada vez más amargado, aparte... Tenés que ser bueno conmigo ―se abanica con la carta―. Tengo algo especial para vos.

―Dame... ―estira la mano.

―Ah, ¿que se dice?

―Por favor hija, no juegues ―dice serio.

Le da la carta y el tironea para abrirla rápido.

―Es Sebastián... ―lee con detenimiento.

―Hola, mi buen amigo, después de tanto presionar a mis superiores, pude conseguir algunas de las filmaciones de lo que sucedió esa noche en la mansión Salas, no sé si aporte mucho a la causa, pero es lo más que puedo hacer, te mando un abrazo desde misiones.

Deja caer lo que hay en el sobre y son los pequeños CD que llevan las cámaras.

―Es estupendo ―sonríe― ahora estoy más cerca de descubrir la verdad de todo esto... Gracias Melanie.

―De nada papi, yo te traje el sobre no más, vamos a ver las filmaciones.

El hombre guarda todo en su carpeta y lo deja en el cajón.

―Primero tengo que ir a comprar algo para comer y para tomar, ¿necesitas algo hija?

Ella lo mira insinuando que ya sabe que quiere.

―Ya lo sabía, un paquete de diez y una cajita de fósforos.

―Sí que me conoces... Ni que fueses detective viejo.

Él sonríe, se pone su traje y su sombrero para salir a la calle en ese día soleado.

En ese momento y sin que se diese cuenta llega un vehículo color negro, con la música a todo volumen.

Franco y Martín vistiendo de traje azul oscuro con camisa blanca y corbata azul. El joven de piel pálida tira el cigarrillo por la ventana y dice sonriendo.

―Bueno, llegamos.

―Bajemos rápido, ya quiero instalarme ―dice Martín.

Ingresan a las oficinas y se presentan al jefe de la comisaría.

―Comisionado, soy Franco Restom.

―Yo Martín Farías, somos la nueva incorporación de oficiales.

El hombre calvo, asombrado por este último lo saluda y dice.

―Soy Eduardo Milano, estuve muy al tanto de usted oficial Farías y pensar que hace meses era el sospechoso número uno de ser La Ley.

Franco lo mira y retrocede un poco.

―No me contaste nada de eso ―la sonrisa que siempre tiene desaparece.

―Si, el detective Méndez, estaba con ese caso, investigando de dónde provenía y llegó a mí... Pero.

―Pero es inocente ―dice el comisionado― Méndez no pudo ofrecer pruebas de tu culpabilidad y por eso no tenés causas penales.

Franco lo saluda a ambos y dice.

―Gracias por todo comisionado, ahora voy a ver dónde me instalo.

―Ayudalo Natalia ―le dice a la secretaria.

La mirada de sospecha de Franco se fija en el rostro de frialdad de Martín, que lo ve de reojo.

―Vos vení conmigo ―le dice el comisionado a Martín―. Vamos a hablar un poco.

―Si señor ―dice un tanto incómodo.

El detective camina por las calles de capital, llevando consigo una bolsa de papel con una botella de bourbon, un recipiente plástico con pastas y el cigarrillo con los fósforos.

En el camino solo piensa en el caso, todo lo ocurrido hace meses.

―Sólo puedo sospechar de alguien... Ver a la ley en llamas y después ver a otro más peleando contra ese mafioso, me lleva a pensar en que tal vez sea el, quien yo creo que es. ―recuerda el auto y recuerda la imagen de un joven que justo voltea a ver―. Esa chica, se me hace muy conocida es... La señorita Aguilar.

De pronto oye una frenada al lado de él, voltea a su izquierda y ve una camioneta tráfic blanca, abren la puerta y a punta de pistola es acorralado por varios hombres vestidos de militares con un cubrecabeza completo, lo llevan a arrastras y Horacio como puede intentar liberarse de ellos.

Uno de los que está en la cabina saca un pequeño bate y con su voz altanera y con otro acento le dice.

―Dele un calmante.

Uno de sus hombres toma el bate y con violencia lo noquean de un golpe.

―Súbanlo ―se ríe y recibe su bate―. Arranque, buen hombre.

La puerta se cierra y aceleran a toda velocidad rumbo al norte, esquivando a todos los autos yendo en contramano.

En la oficina del comisionado, el señor se ríe frente a un Martín que intenta acompañar su gracia, con una forzosa sonrisa.

―Entonces el tipo que viene a buscarme en el supermercado me dijo, "¿a cuánto tenés el litro de leche?" y yo le dije "no trabajo acá, amigo".

Suelta una carcajada y Martín simula una risa diciendo.

―Disculpe señor, sé que nos fuimos de tema, pero ¿me podría decir en donde voy a trabajar?

―Por supuesto, vení, vení ―se levanta― vos vas a trabajar con el detective Méndez, el perdió a su compañero Dante hace varios meses. Vos como oficial y además amigo, vas a estar muy cómodo con él.

Lo lleva a caminar por la comisaría y juntos pasan a la oficina del detective, pero ahí se encuentra su hija mirando por la ventana, voltea a verlos y le llama la atención.

―¿Ustedes quiénes son?

―Yo soy el comisionado Milano ―dice imponiendo presencia― ¿Usted es...?

―Melanie Méndez señor comisionado, soy de la comisaría 23.

―Te presento al oficial Martín Farías, él va a trabajar en el caso Llave X, al lado de tu padre.

La mujer lo mira con cierta desconfianza y le da la mano para saludarlo. El joven le da la suya mostrando un rostro serio y preocupado al mismo tiempo.

―Es un gusto oficial Farías...

―El gusto es mío oficial Méndez.

―Detective ―hace una leve sonrisa― así que mi papá estuvo trabajando con vos todo este tiempo ¿no?

―Si, ¿por qué lo decís?

―Bueno, los dejo, que se conozcan un poco ―se va el comisionado y le guiña el ojo antes de cerrar la puerta.

―Es curioso... ―dice Melanie.

―¿Qué cosa? ―pregunta Martín con interés.

―Es curioso como estuviste bajo sospecha de mi papá, un hombre que nunca falla en eso y cuando está a punto de cerrar el caso, apareces, vistiendo el uniforme de la policía y además te asignan a trabajar con él.

Martín enmudece y ella palmea su hombro para despedirse.

―Bienvenido, Martín ―se va con una leve sonrisa en su rostro.

El joven se queda nervioso, camina de un lado a otro y de reojo observa como ella, se va un tanto satisfecha de haberlo conocido.

―Maldita... Hija del padre. ―dice entre dientes, con rabia.

21 Mai 2021 14:57:21 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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