aldahir-mendoza Aldahir Mendoza

En un pueblo dentro del reino de Felldrack, la gente ha comenzado a desaparecer. Un hombre alejado de toda la civilización recibirá una visita del pasado y se le encomendará investigar la extraña situación. En medio de esta nueva aventura, recordará un pasado oscuro y rojo, y volverá a saber que las monstruosidades de los viejos tiempos aún pueden mantenerse con vida.


Fantaisie Fantaisie sombre Interdit aux moins de 18 ans.

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Preludio

El pueblo estaba ardiendo. Las crepitantes llamas pintaban a la noche de un anaranjado refulgente, despedían chispas que surcaban los vientos como hojas secas en otoño. Los caballos escapaban de los establos ardientes, las crines prendidas en fuego que rostizaba sus cuellos poderosos. Los lugareños gritaban, corrían, tropezaban y caían de bruces en el suelo, lloraban, gemían. Una madre gritaba por su niño, un anciano pedía ayuda para levantarse. ¡El rey!, gritaba alguien, ¡¿dónde está el rey?!

Solo tres hombres se mantenían firmes ante todo el caos que les rodeaba, protegidos por armaduras de placas que reflejaban los ondeantes y lumínicos cuerpos de las llamas, se iban adentrando cada vez más en el pueblo. Sus yelmos con visor impedían ver sus rostros, no parecían tener miedo. Sus manos, cubiertas por acerinos guanteletes articulados, sostenían espadas largas cuyas hojas iridiscentes dibujaban el anaranjado caos en sus filos, espadas cuyos pomos imitaban la forma del rostro de un ave extraña. Los pasos metálicos que realizaban estaban coordinados, parecían ensayados, practicados; no vacilaban. El terror que dominaba aquel lugar no lograba infectarlos.

De entre la humareda que los tres hombres tenían en frente salió un campesino que, al verlos, se arrodilló. En el rostro de aquel hombre había una expresión de miedo como ninguna otra, pero lo que en verdad llamó la atención fue su brazo izquierdo, una extremidad que se sostenía al resto del cuerpo por unos delgados filamentos de carne sanguinolenta.

—¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Tienen a mi pequeña!

El único soldado que bajó la mirada hacia el desgraciado fue el de la derecha; el campesino buscó los ojos de su posible salvador en la oscuridad que las rendijas del visor dejaban ver. No había ojos allí, solo oscuridad e incertidumbre.

—Mirada al frente. —dijo el soldado de en medio.

El soldado de la derecha levantó el rostro al instante, no habló, no soltó ademán alguno, nada. El campesino volvió la mirada hacia atrás, lágrimas corrieron de sus ojos.

—Perdóname… —soltó antes de echar a correr, pasando de los soldados.

Los tres soldados se quedaron en silencio. Alrededor, el crepitar de las llamas parecía hacerse más intenso. El humo formaba una niebla densa y asfixiante, no dejaba ver el cielo nocturno y estrellado; los soldados apenas podían reconocer sus extremidades y a sus compañeros.

—Espadas. —dijo el líder.

Coordinado, el trío levantó las armas. Las hojas terminaron apuntando hacia una nada fantasmal.

Y algo empezó a diferenciarse entre la niebla, una forma humana y pequeña que renqueaba, que gruñía, que lanzaba arañazos al aire, y que no estaba sola. Humanoides más altos, con los mismos pasos renqueantes, avanzaban detrás suyo. Se acercaban a los soldados.

—En la profunda oscuridad… —comenzó a recitar el soldado del medio.

—Nuestras espadas relampaguearán. —añadió el de la derecha.

—Y con nuestro fuego arcano… —El soldado de la izquierda apretó con más fuerza el mango de su arma mientras recitaba.

La forma pequeña no estaba ni a dos metros de los hombres cuando se lanzó hacia ellos con velocidad, liberando chillido inhumano. El soldado del medio dio un paso adelante y blandió su espada con una fuerza que hendió el aire.

—Los libraremos del mal. —concluyó el que había empezado con el Juramento; el lema de los Guardianes.

Salpicó una sangre negra. La mitad del cuerpo de una niña cayó al suelo, sus entrañas destrozadas expulsaban volutas de humo. Tenía una piel pálida y recorrida por venas negras e hinchadas, sus ojos parecían dos piedras de azabache, su boca, sus manos y sus ropas destrozadas estaban empapadas de sangre roja y fresca. Los otros dos hombres se quedaron viendo el rostro infantil e inerte. «Manchados», pensaron al instante.

—¡Espadas! —gritó el líder de nuevo—. ¡Esto aún no se termina! ¡Más manchados vienen!

Como respondiendo a la mención de su nombre, las formas entre la niebla se lanzaron al ataque. Los tres Guardianes blandieron sus espadas, destrozaron estómagos y rostros, atravesaron cuerpos y cercenaron cabezas. Poco a poco, sus espadas iban encendiéndose al rojo vivo, como si hubiesen sido sacadas de la forja hace apenas unos segundos.

De repente, una ráfaga de viento ahuyentó a la niebla. Entre la multitud de manchados que se lanzaban hacia los Guardianes, unas alas membranosas se batían, alzando un cuerpo gigantesco en el aire, una forma demoníaca que expulsaba un brillo dorado en donde se suponía estaban sus ojos. La forma parecía ver a los tres hombres desde las alturas.

El Guardián del medio decapitó a un manchado más antes de darse cuenta de que aquella forma se lanzaba hacia ellos, blandiendo una lanza negra.

22 Février 2021 16:51:56 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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