danielacriadonavarro Daniela Criado Navarro

🔞ATENCIÓN, ESTA HISTORIA ESTÁ CATALOGADA COMO MADURA. 🔞 Desde el primer capítulo contiene escenas de sexo explícito y mucha adrenalina, está contraindicada para menores y para personas cardíacas. Si le preguntan a alguien que lo conozca bien por qué Darien Ferrars no debería acercarse a ninguna muchacha impresionable, habría que hacer una lista enumerando uno por uno los motivos: 💪 Es guapísimo y posee un cuerpo increíble. Lo que es peor, se lo tiene muy creído. 💰 Se ha hecho billonario gracias a que inventó cantidad de programas de ordenador muy exitosos y la red social más utilizada. 🧎‍♀️Está acostumbrado a llamar la atención y a que todos se rindan a sus pies. 🎥 Chicas hermosísimas suelen enviarle fotos y vídeos eróticos y pornográficos. 🔥Las mujeres se comportan igual que las groupies con las estrellas de rock, a quienes les tiran sujetadores, tangas y se les escabullen dentro de las camas. Samantha Bardsley, en cambio, es el polo opuesto: ingenua, lectora empedernida, dulce y buena persona. Todavía se mantiene virgen porque desde siempre ha estado colada por su colega inseparable, Adrian Potter. Sin embargo, el destino está empeñado en que Darien y Sam se choquen. Porque sí hay algo que ambos tienen en común: ☠ la muerte los ronda... ☠ VE A MI PERFIL DE SAFECREATIVE, verás que esta historia está terminada y registrada. Tengo todos los derechos sobre ella.



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DARIEN. Noche de desenfreno.



«Dinero, poder y mujeres son tres manjares que nunca hartan».

Noel Clarasó.

—¿Qué me cuentas, Darien? —le preguntó su amigo Rick, esbozando la sonrisa de sátiro, en tanto abría los brazos como si abarcara con ellos la concurrida sala; traspasaron el acceso de la elegante discoteca y luego añadió, guiñándole el ojo—: ¿A que tenía razón? —Y le señaló con la cabeza a varias chicas, parecía el periscopio de un barco antiguo de guerra—. Tía guapa rubia a las doce en punto. Pelirroja despampanante a las cuatro; morena cachonda con minifalda a babor… Yo las vi primero, ¡me las pido!

Darien largó una carcajada. Mientras, se sentaban en dos taburetes a la barra del bar y su colega pedía para ambos dos vasos de bourbon Jack Daniel’s. Conocía a Richard Varnham, Rick para los amigos, desde que habían sido compañeros en el bachillerato.

—¿Quieres acaparar justo a las tres que están más buenas? —inquirió, sonriendo—. ¡De eso nada! Como mucho te concedo que esta noche me voy solo con una de ellas, te dejo para ti a las otras dos.

Lo cierto era que siempre se divertía estando con él. Las personalidades se complementaban y por este motivo desde la época de los estudios se habían hecho inseparables. El carácter alegre, entusiasta y chispeante del otro hombre lo estimulaba para vivir el presente y alejarse de tanto análisis acerca de la dimensión de alguna de las decisiones. Su propensión a centrarse en los programas de ordenador, las matemáticas, las carreras de coches y la vida al límite no evitaba que se relacionara con un sinfín de personas y que fuese un play boy, un conquistador, pero sí tendía a considerar a cada una de ellas como una ecuación de estado a la que meramente tenía que formular y resolver hasta dar con las incógnitas. En definitiva, era un escéptico, un cínico.

A Rick, en cambio, se le daban mejor los seres humanos, y, por esta causa, ahora era el director comercial de su multinacional, en contacto permanente con los grandes inversores y clientes. En el trabajo era el mejor, solo contaba con un punto débil: las mujeres lo volvían loco… Igual que al propio Darien. Ninguno de los dos tenía un prototipo, querían montárselo con todas las jóvenes guapas…

—Tú te ríes porque no necesitas esforzarte, se te tiran en los brazos y te siguen como si fueras El flautista de Hamelin. —Y le dio un sorbo a la bebida.

Darien volvió a lanzar una risa pronunciada.

—¡Como si tú tuvieses que esforzarte demasiado! —se burló.

Rick medía más de metro ochenta, era rubio, atlético y solía emplear los ojos verdes para llamar la atención de la conquista de turno, como si fuese un perrito mendigando cariño. Esto, unido al atractivo que desprendía, determinaba que todas terminasen en su cama antes de la primera cita o en el baño del pub o sobre el asiento del coche.

—Ya, seguro que sí, Darien, ¡mira ahí! —y luego exclamó, simulando que lo decía con pesar—: ¡Adiós a la morena! Te está observando fijo y viene caminando hacia aquí. Aprovecha, se nota que es una tía lanzada y que esta madrugada lo vas a pasar de vicio.

—¿Ah, sí? —Y estudió las curvas sensuales, las piernas interminables que la falda corta destacaba y el rostro de rasgos simétricos, perfectos, donde un par de ojos agrisados lo enfocaban como si fuese el objetivo sobre el que lanzar las flechas—. Tienes razón, es impresionante. ¿Seguro que no te importa que me vaya con ella, Rick?

—Me quedan las otras dos, a esas sí no te les acerques y ni siquiera gires en dirección a ellas. —Y efectuó un gesto con la mano como si se la cediera—. A ver si las puedo convencer y me las llevo juntas.

La muchacha que se aproximaba debía de tener la misma edad de los dos compañeros de juerga, veintiséis años, y avanzaba hacia ellos como si estuviese desfilando en la New York Fashion Week, consciente del interés que despertaba. Rick babeaba y Darien la miraba fijo como un depredador a la presa. Esbozó una sonrisa cínica puesto que justo sonaba la canción Everybody wants to be famous, de Superorganism.

—¿Te conozco de algún lado? —le preguntó la chica a este último en el instante en el que llegó hasta ellos—. Tu cara me resulta familiar, creo que nos conocemos de otro sitio.

Rick hizo una mueca irónica y contestó por el amigo:

—¡Por supuesto que sí, corazón, claro que lo conoces! Darien es el accionista mayoritario de Advanced Programs & Networks Corporation y el creador de la red social Ties, la número uno en este momento. Seguro que lo has visto miles de veces en los periódicos y en la tele. Está soltero, aunque te advierto, cariño, que si esperas pescarlo para algo serio con él estás lista, solo conseguirás un rollo rápido —y mirándola con ojos de cordero degollado, agregó—: Mi nombre es Rick y puedes estar segura de que yo, en cambio, te convertiría en la mujer de mi vida. ¡Piénsalo bien antes de elegir, ricura! Él, algo imposible, o yo, muy fácil y accesible para ti.

Los tres se carcajearon del chiste, ya que se notaba a la legua que Richard estaba cortado por el mismo molde que el amigo.

—¿Qué hay de malo en un rollo de una noche? —le preguntó ella cuando dejaron de reír, mirándolo brevemente antes de dedicar, otra vez, la atención a Darien—. No es nada personal, Rick, simplemente me atraen los hombres de pelo castaño y ojos miel, guapos como tu colega… ¿Eres de aquí, de Malibú?... Mi nombre es Susan...

—Encantado, Susan, soy Darien Ferrars, y sí, vivo en Malibú —y le dio la mano sin explicarle que en Santa Bárbara o que en realidad era australiano, por si terminaba siendo una acosadora de las que se hacían pasar por mujeres liberales y terminaban comportándose como novias celosas o groupies[1] locas de atar, ya había conocido unas cuantas de esta especie; aprovechó, en tanto la escrutaba y se recreaba con los puntitos verdes en los iris grises azulados, para acariciarle con sensualidad la palma y a lo largo de los dedos, mientras el perfume de la joven, mezcla de jazmines y de nardos, lo excitaba, al igual que la suavidad del tacto—. A mí esta noche solo me atraes tú, eres hermosa… ¿Qué te apetece beber? Te invito una copa.

—Gracias, Darien —le susurró ella en el oído, rozándole el rostro cuando la soltó y perdió el contacto; se mordió el labio inferior con picardía, y, en dirección al camarero, ordenó—: Un Cinque Stelle, por favor.

—Los dejo, chicos, ¡diviértanse mucho y hagan todo lo que haría yo! —se despidió Rick, dándole una palmada en el hombro al camarada y un beso en la mejilla a Susan, a quien dijo—: Ha sido un placer conocerte. Desde el otro extremo de la barra la rubia guapísima reclama mi presencia. —Levantó el vaso hacia la chica que lo miraba y caminó hasta ella.

—Dime, ¿a qué te dedicas? —le preguntó Darien, como si la interrupción del amigo no hubiese tenido lugar.

No era que le interesara demasiado, puesto que las palabras sobraban para lo que tenía en mente hacer con ella en las próximas horas. Pero le pareció justo, ya que era una persona pública y la muchacha lo sabía todo sobre él... Bueno, casi todo. El misterio que encerraba su rechazo a salir más de una vez con una chica era el más hermético de los secretos, inclusive para Richard. Por eso había abandonado su tierra natal y vivía en Estados Unidos.

—Estudio el máster en Política Pública y Educación de la Universidad de Stanford —le comentó con orgullo.

—En cuanto te he visto he percibido que no solo eres una cara y un cuerpo hermosos —la halagó Darien, alargando el brazo para agarrarle de nuevo la mano.

—¿Lo dices porque se nota que sé lo que quiero? —lo interrogó ella haciendo un mohín coqueto, y, taladrándolo con la mirada, agregó—: Porque no tengo la menor duda de que esta noche te quiero a ti…

—Bueno, clara en tus objetivos no se puede negar que eres. —Y él se aproximó para rozarle la mejilla con los labios, igual que lo había hecho Susan antes, pero con más contundencia.

—Me bastó echarle una ojeada a los hombres que hay aquí para saber que tú eres el único que despierta mi interés. —La muchacha apartó la boca hacia el costado derecho y lo besó en los labios.

Estuvieron así durante un par de minutos, probando el sabor del otro y profundizando el beso. El perfume de los jazmines se hizo más intenso y sintió la necesidad de poseerla ahí, en medio de la sala. A Darien le extrañó que no se hubiese activado la alarma antiincendio, rociándolos con agua para bajar la temperatura de los dos. La atracción le resultaba irresistible, aunque sabía que en cuanto se acostara con ella la olvidaría en un segundo y pasaría a la siguiente. ¡Había tantas mujeres impactantes en California! La mayoría aspirantes a actrices de Hollywood. Y todas se le servían en bandeja de plata.

—Dime, Susan. —Respiró agitado y se alejó unos centímetros para observarla mientras hablaba—. ¿Qué te parece si nos vamos ya mismo a un sitio en donde estemos solos?

—¿Mi casa te parece una buena opción? —La joven apoyó el cuerpo contra el de él todo lo que el taburete de la barra de la discoteca se lo permitía—. Vivo cerca de aquí, en Point Dume State Beach…

—Pues salgamos disparados hacia allí —la invitó Darien, apremiante; poniéndose de pie y sujetándola del brazo, en tanto le mordía con suavidad el lóbulo de la oreja, le susurró—: Te deseo ya mismo, ¡eres impresionante!

Hasta ahora Susan lo había visto sentado, así que cuando el hombre se paró y quedó pegado a ella pudo contemplarle la ancha espalda, que culminaba en una cintura bien proporcionada y muy masculina. Los muslos fuertes, de deportista, y, contra la cremallera, la abultada evidencia de que en verdad la deseaba. No había modo de esconderlo porque el cuerpo lo delataba. Darien consideró que poco faltaba para que la joven tirara de él y se lo llevase a rastras. Agradeciendo, encima, su buena fortuna.

«¡Si supiera!», reflexionó, ¡cómo odiaba cuando los pensamientos acerca de su verdad le venían a la mente! «¡Saldría corriendo, pero en la dirección contraria a mí!» Y, objetivamente, habría que reconocerle que estaría en lo cierto. No obstante intentar su entrometida conciencia arruinarle la madrugada de sexo, consiguió bloquearla con el mejor argumento: su secreto estaba a salvo. Se dijo que Susan y que cualquiera lo ignoraban, y, asimismo, que ella no corría el menor peligro. Era una mujer de mundo, liberal y sin complejos. Si hubiese sido una muchacha inocente, pues ahí sí que se hubiese metido en un buen lío solo por toparse con él.

Abandonaron la discoteca y caminaron con pasos apresurados hasta el vehículo de Darien. Él ni siquiera esperó hasta que el aparcacoches del local se lo trajese.

—¡¿Es tuyo?! —Se asombró Susan cuando, comportándose como un caballero a la antigua usanza, le abrió la puerta del Lamborghini Veneno, que le había costado cuatro millones y medio de dólares.

—Sí —le respondió con sencillez y la ayudó a acomodarse dentro de él—. Me alegro de que te guste.

—¡Por favor, písalo a fondo! —gritó ella, bajando la ventanilla y permitiendo que la brisa cálida y con aroma a mar jugara con la cabellera negra, en tanto Darien salía del parking derrapando.

Por supuesto no lo puso a fondo. Trescientos cincuenta y cinco kilómetros por hora sería excesivo para conducir entre colinas y después de haber bebido alcohol. Pero sí pisó el acelerador lo suficiente como para impresionarla, mientras zigzagueaba siguiendo las curvas de la ruta. El motor ronroneaba igual que un tigre antes de clavar las garras sobre las víctimas. Susan le daba indicaciones con pequeños grititos de felicidad, y, poco después, aparcó en la entrada de una coqueta casa de dos plantas desde la que se divisaba la playa. Alrededor de ella no había ninguna otra construcción cerca.

La joven bajó apresurada. Una vez fuera del aerodinámico vehículo, que la había abrazado como si fuese un amante apasionado, ciñó por la cintura a Darien, besándolo como si no hubiera un mañana. Él respondió de inmediato a los avances, a pesar de que con ironía pensó que era el Lamborghini el que más la excitaba de los dos. Pero no tenía intención de competir con su automóvil, sino de utilizarlo para conseguir el objetivo, frenético por la necesidad de satisfacer allí mismo sus apetitos.

Deseoso, la giró y le mordió el cuello con cuidado. Le pasó la lengua por la zona, deleitándose con la suavidad de la chica. Aspiró con lentitud la esencia a nardos y a jazmines, que le nublaba el cerebro, haciendo que le fuese imperioso poseerla. Así que la empotró sobre el capó del coche italiano, que parecía mimetizarse a la perfección con la vestimenta de ella. Disfrutó al apreciar cómo los abundantes pechos se apoyaban sobre la superficie templada y daban la impresión de desbordarla. El metal los empujaba hacia arriba y podía ver las aureolas rosadas que sobresalían de la tela, llamándolo para que pusiera los labios y la lengua allí. Después lo haría…

Gracias a la luz del porche que llegaba hasta ellos en suaves ondas, acariciándolos, pudo recrearse con estas imágenes mientras le subía la minifalda y acariciaba el trasero, enfundado en una sexy tanga negra ribeteada por encajes.

—Mmm, hermoso —le susurró Darien, en tanto se agachaba para mordisqueárselo.

—¡Por favor, no te demores, hazme el amor ya mismo! —le imploró ella, retorciéndose contra el cuerpo de él y frotándolo.

—¡Quédate quieta! —le ordenó, dándole una pequeña palmada que la excitó más.

Luego se demoró bajándole la ropa interior. Con mucha lentitud hacía que le rozase la piel, acariciándola al mismo tiempo que los dedos.

—¿Seguro que me deseas ahora mismo, princesa? —la interrogó el hombre con un susurro burlón, en tanto la recorría hábilmente con las manos, justo en la zona que sabía que más la excitaría; la pregunta era innecesaria porque se hallaba muy mojada y se abría como pétalos de rosa.

—¡Ahora, Darien, sí, por favor, ahora! —exclamó Susan, lloriqueando.

Él estuvo de acuerdo, en vista de las circunstancias era imposible demorarse más. Aun así volvió a agacharse y la recorrió con la lengua, deteniéndose especialmente donde sabía que la enloquecería con la finalidad de tentarla y de que nunca lo olvidara. La recorría con pausa, degustándola igual que si fuese miel, con toques intermitentes que la dejaban sin resuello. Y, cada tanto, soplaba con suavidad para que se estremeciera, obligándola a suspirar, a correrse, a jadear y a derretirse, ahí encima del capó, tal como si estuviese haciendo el amor con el deportivo. Le gustaba dejar su sello y que anhelaran las atenciones, aunque nunca repitiese con la misma; quedarse con el verdadero aroma y con el tacto de cada conquista. Como si se apropiase de ellas para siempre, catalogándolas dentro de la mente, igual que los archivos electrónicos de una biblioteca o las muestras del vino más exclusivo en el botellero de una bodega.

—¡Te lo suplico, por favor, házmelo ya! —gritó ella, llevando el brazo hacia atrás e intentando desprenderle el pantalón sin conseguirlo.

Como respuesta Darien se apartó un poco. La escrutó, inmortalizando la imagen sensual en la memoria. Rápidamente se bajó la cremallera y dejó libre el miembro. Sacó un preservativo del bolsillo delantero, lo abrió y se colocó la goma. Se zambulló dentro de ella, sintiendo cómo se iba adaptando a su grosor. Después empezó a moverse con embestidas delicadas, las que con el transcurso de los segundos se fueron haciendo más vigorosas.

Pasaron horas, luego, encerrados en el dormitorio de Susan, teniendo sexo en todas las variantes imaginables. A las ocho de la mañana, saciado, se despidió de ella mintiéndole al decirle que pronto la llamaría.

Se subió al Lamborghini. La muchacha le hacía adiós con la mano desde la ventana del dormitorio. Aceleró utilizando la máxima potencia, moliendo la grava del camino, y sin mirar ni una vez hacia atrás por el retrovisor. Deseaba regresar con rapidez a Santa Bárbara y continuar hacia adelante después de este breve impasse: sus obligaciones aguardaban por él.

Cuando llevaba manejando menos de un minuto, escuchó que recibía un whatsapp. Retiró la vista de la carretera para comprobar si era algo importante relativo a Silicon Valley. Se lo enviaba Susan.

—¡Para qué le habré dado mi número! —masculló, fastidiado—. Ya está molestando.

No obstante ello lo picó la curiosidad al apreciar que, junto a un vídeo, decía:

Para que no me extrañes hasta que nos volvamos a ver.

Lo puso. Ella había utilizado un trípode para grabar de cerca. En las imágenes estaba Susan, desnuda y con el pelo desordenado, metiéndose en la ducha. Abría el agua y se acariciaba los senos, mientras un par de gotas salpicaban la pantalla. Luego juntaba los pechos y parecían pomelos, jóvenes, de piel suave, pidiendo a gritos que los frotara. El cuerpo perfecto brillaba como si se lo hubiese rociado con aceite, resaltando el bronceado. Reflexionó acerca de que el jabón que utilizaba olía a jazmines y recordó cuánto lo estimulaba. Sintió la necesidad de volverlo a oler en cada recoveco de su silueta, hasta en los más ocultos. Cuando la mano bajaba y la llevaba en dirección al pubis se dijo que, quizá, en esta oportunidad podría repetir y volver a catar la esencia. Una única ocasión, tal vez en un hotel de lujo. La chica le había despertado las ganas de volver a intercambiar fluidos con ella, no se podía negar que tenía chispa y desvergüenza. Luego, a través del móvil, le mostró el dedo mayor. Se lo lamió y descendiendo por el monte de Venus se lo colocó en la…

Pero no pudo seguir mirando el teléfono. Una bocina le recordó algo que había olvidado: que estaba conduciendo. Levantó la vista de inmediato. Una furgoneta le hacía señales desesperadas con las luces largas, ya que Darien había invadido el carril contrario y a punto se encontraba de darse de frente contra ella.

Dio un volantazo hacia la derecha, casi por instinto. Era tanta la velocidad que derrapó, llevándose por delante la señal que indicaba el lugar, Point Dume State Beach… Y, lo peor de todo, también a la muchacha que en esos momentos esperaba apoyada sobre ella…

[1] Persona que busca un acercamiento sexual y emocional con un cantante famoso.


AUDIO DEL CAPÍTULO.

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