reader_unicorn Yvette Vidal

Aed, Gutsy... La Cambia nombres. Todas ellas un mismo ser en un cuerpo palpitante de veneno. Nadie entre las catervas sabe su verdadero nombre, mucho menos a ella le gusta recordar quién es esa parte de sí misma que no se atreve a tocar para no contaminarla. Ella sabe que existe un precio qué pagar y cobrar. Conoce los matices de la Vida, más no su lado bonito. La Muerte, y su encantadora sonrisa a la que ella está acostumbrada. La habilidad de desechar partes de sí misma, aferrándose a la sangre, los secretos y el dolor. A la constante transformación. Ella se convertirá en todo y a la vez en nada, trazando sus planes y cobrando vidas. Es la mentira y la verdad. No importa los zócalos de guerra que ella haya escuchado durante toda su vida cuando creará el suyo propio. No cuando ella es asesina, hija y amiga con un plan de venganza que no ha acabado. Mentiras. Juegos. Hipocresía. Honestidad. Verdades y secretos que emergerán desde las entrañas aún sangrantes de Roses West Valley. De su pasado, de la Guerra de las Rosas en la que ambos bandos, Humanos como No-Humanos, han mermado y cuyas armas peligrosas usadas en guerra desaparecieron y debe recuperar. Y con ello, detener un veneno llamado Strigoi. Y para lo que está por suceder... ¿Quién conseguirá la gloria? ¿Será la salvación o la destrucción de ella, de todos o de sus enemigos?


Fantaisie Fantaisie sombre Interdit aux moins de 18 ans. © Todos los derechos reservados

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HACE UN TIEMPO ATRÁS...

La arraigada veracidad



Algún lugar de encuentro no especificado


Si hace un tiempo le hubieran dicho lo que realmente era, no lo hubiera creído.

Hubiera tomado una espada y hubiera cortado la cabeza de la persona por mendaz. Por creer en oscuros cuentos que nadie debería creer.

Ahora ella lo sabía. La persona no tuvo reparos en haberle dicho la verdad en cara directamente cuando preguntó. No se preocupó por su reacción, tan solo dejó que se marchara esa noche para que la veracidad de lo que escuchó se sujetaran con fuerzas bajo su carne y su mente, aquello que era lo más frágil en cada persona.

La propia autodestrucción. Ahora sería su propia autodestrucción.

Chocó contra las personas que le gruñían en respuesta en la calle. Se apoyó en cada pared, tropezando sobre sus propios pies mientras sus pensamientos iban más allá de la complejidad, del dolor, de las mentiras y las verdades, de cómo su vida cambiaría de ahora en adelante…

Simplemente se marchó a casa.

Individuos, tantos sujetos que rodeaban su vida… y ahora debía mirar más allá de sus almas, confiscarles la lengua y que soltasen la verdad. Incluso de sus pares más cercanos, pero ¿quiénes? ¿Quiénes tendrían la osadía completa para mentirle en cara cuando ha dado tanto por muchos y jamás haber recibido nada a cambio?

Debía buscar, encontrar hasta que le doliesen los huesos y sus dedos ardieran por lo que muchos osaban obtener y hacer arma de guerra. Dos armas, dos potentes armas.

Un ajedrez. Era un juego. Y por el momento ella sería el peón.

Pronto, pronto… Pronto sería lo que todos debieron temer.

Todos clamarían por misericordia cuando el caos se desatará sobre ellos y por ella.




HACE UN AÑO ATRÁS...

Dos tentaciones asesinas



Capital Roses West Valley

Refugio de las Protervas


Gutsy se adentró a la pequeña habitación del refugio que consistía en la oficina de su líder. Cerró la puerta a sus espaldas y dio un paso hacia adelante, mano derecha sobre su corazón y cabeza gacha en formal saludo y respeto. Sus ojos mirando bajo, pero con la sensación de la intriga caminando como hormigas por cada onza de su cuerpo. Curiosa de saber por qué se encontraba ahí, alzó su mirada.

―Líder Mereya, ¿me ha mandado a llamar?

―Pasa y pon tu culo en la silla, Aed ―señaló la silla de madera oscura al otro lado de su escritorio abarrotado de papeles, copas, joyas y un mapa―. ¿Estabas por salir? ―sonsacó, apoyándose en su asiento toda holgazana pues la noche recién estaba comenzando para la vida de los seres nocturnos. La emoción se sentía en el aire y aquello emocionaba a las Protervas.

Muchas de las hermanas de Gutsy habían salido para vigilar los territorios que les pertenecían, las calles que hicieron suyas a costa de dignas peleas. Otras ya estaban listas antes del anochecer para cazar a sus siguientes presas. Gutsy ―o Aed, que es como también solía ser llamada entre otros varios apodos― era una más de entre las Protervas con ganas de salir y encargarse de su siguiente objetivo. Y no era cualquiera, ya que con él llevaba años de resentimiento y venganza. Sin embargo, había sido interrumpida por Ruth, la segunda al mando de las Protervas antes de salir del refugio cuando la fue a buscar.

Ahora ahí se encontraba, sentada, ansiosa y curiosa de saber por qué Mereya la habría llamado. Sin muchos preámbulos, ella tomó asiento y se acomodó en la felpa de lana. Miró la oficina, rústica, cómoda y con lo necesario, pero con un par de compartimientos ocultos.

―Estaba a nada de salir ―respondió―. ¿Qué es lo que necesitas de mí?

La líder de las Protervas le dirigió una simple mirada.

― ¿Quién es tu objetivo esta noche, Aed? ―interrogó.

Ambas, en aquella oficina de solo una chimenea que crepitaba, se zambulleron en una conexión silenciosa entre miradas. Iban vestidas del mismo uniforme que las diferenciaba de las demás catervas, pues parte de su atuendo consistía en pantalones, cueros y túnicas para hacer la distinción. Su pelo sujeto en trenzas, la capa marrón sobre sus hombros y hombreras de acero, la capucha para disminuir la posibilidad de ser identificadas por la Guardia Real, así como también el porte de cuchillas y espadas.

Mereya jugó con la pequeña cuchilla que tenía entre sus manos, una manía que ella tenía para quitarse la suciedad bajo las uñas tal cual felino que prefiere mantenerse siempre limpio. Pero no así su escritorio que sostenía sus botas que llegaban hasta las rodillas, polvosas y sucias.

Un surtido de lámparas iluminaba la lóbrega habitación silenciosa, ya que el candelabro sobre ellas toda sucia, polvosa y telarañosa no servía para nada más que crujir por el viento que a veces se colaba por entre las ventanas.

Eso y que ninguna de las Protervas tenía el arte de la mantención del refugio como lo tendrían las mujeres educadas. Ellas, que no eran para nada educadas, mantenían a pie y flote el refugio, limpio, pero con ese aire de misterio y antigüedad que tanto a Mereya como Aed les gustaba. Pues el aroma a roído, antiguo y de años transcurridos les proliferaba una clase de satisfacción y relajo.

―Major ―fue su concisa respuesta, buscando en los ojos de su líder la esperada reacción. Y así fue.

Mereya, al oír el nombre del general en jefe de la Guardia Real, acentuó sus turqueses ojos en los plomizos de Aed. Detuvo su juego con la pequeña cuchilla, bajando las botas del escritorio con grácil gracia, sigilosa y tan armoniosa como una Proterva femenina podía ser. Apoyó sus codos en la mesa de madera barnizada y dibujó un gesto de... no sabría explicarlo. ¿Repudio? ¿Asco? ¿Una mezcla de eso y más?

― ¿Hablamos del mismo Major, o es que me perdí el expediente de alguien que se llama igual que ese misógino cerdo?

Gutsy asintió, complacida de que su líder sintiera la misma aberración por ese hombre.

Mereya soltó una maldición recargándose en su asiento, masajeando su mentón pensativa. Aed notó que no llevaba su capa encima, tampoco las correas para las armas, lo que le indicó que esta noche no saldría.

― ¿Deseas hacerlo? ―miró a su lacaya con severidad.

―Lo deseo.

― ¿Por qué siempre lo has deseado o porque también han llegado acusaciones?

Gutsy suspiró.

― ¿Qué hizo, Aed?

Y todo lo que Major hizo le provocó tan malos recuerdos que el sabor amargo en su boca volvió con desazón. Dioses, ella no podía odiar tanto a una persona como lo hacía con él, pero tenía sus razones, cuentas que saldar, una venganza en nombre de alguien muy especial que debía concluir. Todo concluía con la vida de Major y tan muerto como deseaba que estuviera. Entonces, dijo:

―Maltrato, abuso y violación en los territorios de los Hermanos Huesos. Exactamente con una de sus mujeres Huesos y un caso en un prostíbulo. Apenas una jovencita.

―Ese hijo de puta ―se levantó en un soplo de aire y clavó la cuchilla en la mesa con brutalidad―. Prosigue.

―Major se movió hace una semana a los territorios de los Hermanos Huesos, se quedó allí antes volver para pasar por los Joak y finalmente los nuestros. Está vigilando las cosas, aumentando la vigilancia durante el día y la noche con más Guardias Reales. Tampoco los Hermanos Huesos quieren tener nada que ver con él. Quisieron encargarse de Major, pero se había ido de sus territorios y no pudieron cobrar su ofensa. Venir a matar a Major de sus territorios a los nuestros es una violación si se hace sin permiso y precipitadamente. Si una de mis hermanas ven que ellos vienen hacia aquí, supondrán que vienen a atacarnos en vez de avisarnos.

―Inteligente, Aed. Inteligente ―orgullosa de Aed, comenzó a caminar lento de un lado a otro.

Y más allá de eso, era porque Mereya sabía que Major estaba con alguien rondando por los territorios de la capital Roses West Valley. Cada minúsculo rincón de esta olvidada y pequeña capital que no atraía la atención de nadie, excepto de algunos que eran los esquemas importantes en su tabla de ajedrez.

Para destruir, claro.

― ¿Cuánto viene haciendo de esto, Aed?

Gutsy, mirándola caminar con su gesto pensativo y su mente maquinando Dios sabe qué, sintió que tenía información valiosa que dar, por lo que obedeció con seguridad.

―Más de una semana, antes de lo sucedido con los Hermanos Huesos.

―Claro... porque el muy imbécil quiere hablar y contar sobre lo que realmente sucede en la capital. Y eso provocará que lleguen noticias a... ―se interrumpió, dándose cuenta de que hablaba en voz alta y que Gutsy la miraba con expresión confusa, y lo más peligroso de todo era su curiosidad innata que a veces llegaba a ser inminente.

― ¿De qué hablas?

―De nada ―atajó―. Hablo sola.

― ¿Entonces a qué me has mandado a llamar? ―preguntó curiosa. Mereya tomó asiento nuevamente y cargó sus codos en la mesa.

Gutsy siempre se sentía en una caja de pandora con su líder, pues podía salir con una cosa y otra, y de entre esas sorpresas, hacer una conexión que no tendría razón de ser hasta que tarde descubrías su detallado plan. Porque así es ella, pensó Gutsy, y deseaba seguir sus pasos para ser como o mejor que ella. Porque Gutsy sabía en el interior de su ser y más allá de las cargas que llevaba hace tiempo encima como las verdades y las mentiras, que tenía el potencial para lograrlo.

―Tengo algo importante qué encargarte.

―Está noche tengo algo más importante de lo que quiero encargarme. Es mi oportunidad de acabar con Major. Lo vengo deseando hace un buen tiempo...

―Sé cuánto deseas acabar con él, Aed ―la interrumpió con comprensión. Sabía del pasado de su lacaya como el de todas las demás una vez se unían a su caterva. No eran cosas que pasaba por alto, y a pesar de que no las juzgaba, respetaba la privacidad de cada una de sus integrantes para que hablasen cuanto quisiesen. Era importante saber con qué tipo de mujeres ella iba a lidiar antes de entrenarlas y saber su verdadero potencial―. Sin embargo, incluso repudiándome a mí misma, no podrá ser esta noche la que puedas tomar la vida de Major como tanto deseas.

Gutsy se levantó con la negación a su respuesta en sus facciones. Descolocada, la sorpresa en sus ojos grises y una emoción iracunda viajando a través de sus iris para demostrarle que no estaba de acuerdo con lo que acababa de decir.

Llevaba años de su vida deseando el alma de este tipo hasta que por fin tenía la oportunidad en las palmas de sus manos. Todo ahora para que su caza fuera rechazada y quitada como si nada. ¿Y por qué? Se preguntó Gutsy, intentado controlar sus peores emociones; ira, frustración, incluso la impotencia de saber que de sus manos haya sido quitado una oportunidad tan valiosa vaya a saber alguien por qué.

¿Es que acaso la creía insuficiente para encargarse de Major? ¿Acaso era realmente incapaz? ¿Quería su líder encargarse de la vida de él cuando realmente no le pertenecía?

―Veo lo que tus ojos dicen, Aed. Y estás equivocada con cada pensamiento arrebatador que estás teniendo, créeme.

― ¿Por qué? ―farfulló, negando y negando―. ¡Exijo saberlo!

―Aed, pon tu trasero nuevamente en la silla y te calmas ―tan serena cómo podía ser su voz y encantar hasta el más salvaje animal, Gutsy sabía que escondía una clara amenaza que no debía pasar por alto.

Resignada e inquieta, obedeció.

― ¡Dime la maldita razón de por qué me niegas esto a mí! Vengo años esperando por esto, ¡y vienes y me lo arrebatas, maldición!

― ¡Cálmate, maldita sea! ―golpeó la mesa con sus palmas y el enfrentamiento silencioso comenzó. La lámpara sobre el escritorio tembló como si se hubiera asustado, amenazada de que las manos a caer iban directas a ella para destruirla y no sobre la mesa lisa. Incluso Gutsy se impacientó.

La puerta se abrió para revelar a Segunda, quien inspeccionó a las dos mujeres con profundo detalle, buscando señales de riñas y palizas.

―Nada de lo que tengas que preocuparte, Segunda. Solo es un reloj explosivo que no tiene tolerancia a la paciencia ―miró a Aed con una ceja arqueada, preguntándole si se estaría quietecita y escucharía todo lo necesario que tenía para decirle. Al ver que su lacaya asentía, Mereya despachó a Ruth.

―De acuerdo. Estaré afuera ―cerró la puerta.

― ¿Por qué?

―Porque no quiero que acabes con Major esta noche por más que se lo merezca, Aed ―explicó la líder, mirándola fijamente, la luz de la lámpara acentuando su morena piel tostada por el sol. Mereya más que nadie sabía cómo de horrible Aed podría brindarle la muerte a un cerdo como Major. No dudaba de su potencial para encargarse de él por sí misma, ni mucho menos la creía incapaz. Ella también quería verlo muerto por una extensa lista de razones que iban de las más deplorables a las más horribles. No obstante, existían prioridades en cuanto a objetivos se referían.

Esa noche era una a la que a ese imbécil la muerte no iría a visitarlo lamentablemente. Había un objetivo mucho más interesante justo en Roses West Valley, y estaría rondando las calles tal como Aed había dicho. Tenían que encargarse de él lo antes posible e interponerse ante cualquier plan que tuviera trazando.

Lo que fuera a conseguir Aed con aquel objetivo, sería algo importante a perseverar durante el tiempo que fuera necesario. Cuando lo tuviera entre sus dedos y la oportunidad de ganguear llegara.

―Quiero...

―Sé lo que quieres. Pero quiero que mates a otra persona esta noche ―concluyó, sabedora que no desobedecería―. Olvida la vida de ese insignificante ser y céntrate en el que te daré ahora ―de un fajo de papeles, deslizó una foto antigua que enmarcaba el rostro perfectamente de un anciano que podría estar en su límite de vida si no fuera porque Mereya lo conocía y sabía que los años mostraban el disfraz de un verdadero monstruo asesino oculto. Lo deslizó a su lacaya, y dejó que Gutsy lo analizara entre sus manos.

Sus ojos se movían de acá para allá, sus dedos rozando los contornos del hombre como si pudiera sentirlo en las yemas de sus dedos.

― ¿Qué debo saber de este hombre?

Mereya negó y dijo: ―Nada que sea necesario. Nadie lo recordará una vez acabe muerto ―chasqueó.

―De acuerdo. ¿Qué tiene de importante? ¿Robó a alguien? ¿Es abusador, violador o esclavizador? ¿Es...?

―Posee un objeto que necesito que traigas. Del porte de una moneda de plata, liso al tacto y blanco. Tiene el diseño perfecto de una rosa blanca, Aed. Un material único, déjame decirte. Búscalo y tráemelo.

Gutsy, no comprendiendo del todo el objeto que debía obtener del hombre, preguntó:

― ¿Me pides que lo mate por un objeto insignificante? ―arqueó sus cejas oscuras.

―Y porque es un asesino como todo aquel que vive de día. Lleva en sus hombros el peso de cientos de muertes de personas inocentes. Mátalo sin cuestionar, mátalo antes de que diga cualquier palabra y tráeme lo que te ordeno. Olvídate de Major esta noche para cobrar tu venganza. Este anciano es más importante que un soldado.

― ¿Cómo lo encuentro entonces?

Mereya sonrió.

―Fácil. Porque donde esté Major, estará él.

Una doble tentación de muerte, pensó Gutsy con disgusto. Un juego que a Mereya le gustaba imponer a sus lacayas; la tentación. Pues si bien sabía que cosas deseaba cada una de sus integrantes, también era capaz de poner dos estímulos en su camino y hacerlas decidir. Una más tentativa que la otra, sean las razones que fuesen. Una decisión que para ella decía mucho y guardaba en lo silencioso de su impenetrable mente, midiendo la lealtad y nobleza de las Protervas.

Gutsy la miró y supo inmediatamente que esta era una orden y un juego a la vez para su líder, la sonrisa surcando sus comisuras y sus ojos brillantes.

―Lo haré ―dijo aceptando el desafío.

―Bien, sal de mi vista.

Gutsy se levantó y fue a marcharse cuando las últimas palabras de su líder la detuvieron.

―Recuerda, Aed. Déjalo para el final, lo disfrutarás más. Siempre es mejor al final.

Gutsy asintió y se marchó.

―Bien, Mereya ―se dijo Mereya a sí misma con una sonrisa―, sigamos con la diversión ―penetró la mesa con la cuchilla, atravesando el rostro del hombre en la fotografía.


* * *


El pestilente aroma de Major entre aquella multitud nocturna llegó a las fosas nasales de Gutsy.

Y ahí estaban todas las catervas vigilando las entradas a sus territorios en la plaza central, cobrando vidas lentamente, haciéndose responsables de muertes cuyas personas nunca se enterarían del por qué junto con las cabezas descansando podridas en picas en el puente de la capital.

Gutsy, abrigada de su capa y su rostro oculto bajo la capucha que ensombrecía aún más su rostro, fue saltando por sobre los tejados de las moradas. Las voces de la gente nocturna llegando como un cántico a sus oídos al sentir la alegría y la emoción que durante el día no vivían. Pues Gutsy creía que la vida misma se apreciaba en esos momentos en que la crueldad humana durante el día no hacía presencia durante las noches más tranquilas de aquellos inocentes que todas las catervas protegían.

En su correr por los techados y llegar lo más cerca posible a su objetivo, las luces de las lámparas llegaban a las facciones de Gutsy para entintarla de tonos dorados.

A sus oídos, amaba el sonido de los borrachos felices que se tambaleaban entre ellos para buscar apoyo, sonrientes y de mejillas y narices sonrosadas por el alcohol que más que achisparlos no podía hacer. Miró con desdén a otros individuos, aquellos que nunca faltaban para crear un pequeño problema, pero solucionable. Se enterneció con la imagen de niños jugando entre ellos, exaltados de alegría e infancia, de las madres sonriendo entre ellas, mirándolos con eterno amor y otros abrazando sus faldas. Los bazares, los mercaderes que abrían a esta hora para adentrarse a la vida bajo las brillantes luces de estrellas, animando a los comensales a adentrarse ante su variedad de productos.

Ese era el verdadero Roses West Valley, pensó Gutsy con tristeza.

Sentía que volaba sobre los techos, ligera como una pluma, libre, tan libre como podía sentirse. La capa siendo sus alas extendidas, tan abiertas cómo podía para sentir la brisa en sus mismísimos pliegues y demostrar que su capa no era tan negra como creía.

La frescura de verano finalizando, del aroma primaveral y los capullos liberando sus más exóticos y embriagadores olores... Ese era el aire que llenaba por completo sus pulmones al respirar profundamente.

Exhalar todo y sentirse viva.

Se detuvo, y respirando, abrió sus brazos a la noche para alzar su rostro finalmente. Las hebras rebeldes despejadas de su cara serena y aclamando por una bella luna encantadora, gimiendo por lo bajo. Y en ese gemido de tristeza, esperanza y lucha, saludó a su madre en una de las estrellas que pertenecía al cielo.

Bajó los brazos con lentitud, y con la decisión tomada en su mirada se acercó al borde del techado en el que se encontraba para ver más cerca la plaza de Roses West Valley. Palpó con las yemas de sus dedos la correa sujeta a su muslo derecho con las cuchillas, la otra oculta en la bota alta y la más especial de todas, su espada.

Bajó sujetándose de vigas sobresalientes, la piedra y la madera que le proporcionaban un firme agarre. Tocó suelo y Gutsy siguió aquel aroma inconfundible.

Confundida entre la multitud, admiró a las personas, familias completas en perfecta armonía, la alegría a pesar de que la Guardia Real vigilaba hasta sus pesadillas en señal de traición.

Sin embargo, Gutsy sabía que ellos nada era contra la calidad de las catervas que vigilaban sus propios cuellos, ya sea de las sombras como presente frente a ellos. En desventaja contra los números contra las pandillas que podían unirse en un segundo solo para acabar con ellos. Sus ojos no solamente puestos sobre aquellos delincuentes que siempre solían buscar problemas, pues el verdadero enemigo eran aquellos que poseían armaduras plateadas y grandes banderines de la Guardia Real que portaba con orgullo los cientos de muertes de inocentes.

Más allá dejó pasar todo ser que no le interesaba. Reconociéndolo al instante desde su escondite, Gutsy recibió asentimientos de cabeza que demostraba respeto por el lugar en el que se encontraban por otras catervas.

Solo los que vivían en la sombra sabrían dónde encontrar otra para hallar luz.

Donde estuviera Major, estaría su verdadero objetivo esa noche, había dicho su líder Mereya. Gutsy prolifero una maldición, puesto que nunca había deseado desentrañar tanto a alguien con sus propias manos y ver cómo sus tripas eran devoradas por la peor cosa existente.

No obstante, Gutsy creía en las palabras que su líder le había dicho antes de marchar de su oficina hace un momento atrás: que su venganza sería incluso mucho más deliciosa si solo aguardaba. Pues al final no existirían interrupciones, se sentiría feliz de oír los gritos de misericordia de Major.

Allí, dónde quizás nadie se atrevería a cruzar por los Guardias Reales que se encontraban a su alrededor junto a otro hombre, Major hablaba efusivamente con el mismo uniforme de sus soldados. Alegre incluso, señalando con gestos varios lugares de la plaza, caminos que llevaban a territorios específicos, riendo mientras a carcajadas. Pues para ser algo viejo, había presenciado su forma de luchar, las energías que acumulaba mientras se codeaba con el hombre de la foto.

Justo ahí estaban las dos estimulaciones que Mereya le ofrecía esa noche, sus dos tentaciones. Major, quien era su deseo de venganza desde que tenía conciencia solo Dios sabía por qué. Y por otro lado su objetivo, la orden de la líder Mereya. Conseguir lo que desde la distancia refulgía al brillo de las luces.

El hombre era demasiado viejo como para que siquiera siguiera en pie. Los pliegues de su rostro se encontraban tan arrugados con bolsas marcadas bajo sus ojos por los años, la piel colgando de su cuello, su nariz pronunciada al estar doblada en un ángulo nada favorecedor y su escaso pelo, tan blanco y casi inexistente en su cabeza casi calva. ¿Quién era realmente él? Gutsy observó sus ropas, de talle negro de pies a cabeza. Traía sobre su traje un manto que llegaba hasta sus codos de un color hueso con pliegues en los bordes. Telas de calidad que no veías por la capital, de eso Gutsy estaba segura. Casi pensaba ella que con ese atuendo planeaba llamar la atención, lo que hizo pensar a Gutsy: ¿acaso ese era el plan? ¿Llamar la atención de cualquier caterva y que le atacaran?

No dudó en pensar que quizás podría ser una trampa, muchas cosas se esperaba ella si un ente como ese viejo se relacionaba con un tipo como Major.

― ¿Quién eres? ―susurró. Intrigada, confundida de los contactos que Major solía poseer. El viejo parecía que no poseía sabiduría, al parecer no necesitaba de eso si un dote descomunal colgaba de sus bolsillos y aquello podría apoyar a la Guardia Real. ¿Acaso era eso?, indagó para sí misma.

Todo eso le causaba curiosidad tal como los colores que portaba, creyendo que lo había visto en algún sitio.

Retrocedió en una calle oscura y se adentró a la comodidad del silencio que ella conocía tan bien. No iría directo a ellos de cara, daría la vuelta y tomaría a su objetivo por detrás cuando Major menos se lo esperara. No querría arruinarles la noche a sus vecinos nocturnos, no quería enfrentar a la Guardia Real cuando sería una pérdida de tiempo derribarlos. Major y aquel hombre viejo saldrían corriendo si sabían quién se les acercaba y su guardia montaría un bloqueo para protegerlos.

Gutsy tenía solo una oportunidad para interceptar al viejo.

Cuando finalmente estuvo a espaldas de los hombres desde una distancia prudente, pudo ver lo que su líder quería que consiguiera y de paso diera muerte a su portador.

Un dije.

Cada paso tan precisamente cuidadoso para no provocar ruido alguno. Sus dedos deslizándose con cariño por la superficie de la pared a su izquierda mientras ralentizaba su propia respiración para convertirla en un susurro casi inaudible.

Su cuerpo oculto por su uniforme tan a la perfección que la llenaba de satisfacción, pero no más que acabar con su objetivo. Esa noche ella era otra vez una Proterva, una asesina. La capucha solo mostrando la parte inferior de su rostro para desenmascarar una sonrisa viperina.

La emoción corría por sus extremidades junto con los dedos juguetones en las cuchillas en su muslo, casi rogándoles a su dueña que las portara entre sus callosos dedos y lo sostuviera directo en la yugular de uno de ellos.

Vio el dije con más detalle desde donde se encontraba: sobre el pecho del demacrado hombre. Brillaba contra las luces para dar atisbos de oro blanco y dorado, un diseño bien perfeccionado y hermoso de una rosa blanca.

¿Por qué algo como eso podría ser de importancia para su líder Mereya?, pensó Gutsy sin esperárselo.

Solían conseguir dinero, dotes aclamados por tantas personas que finalmente era repartido entre la gente pobre que reía ahora en las calles. Obras de artes robadas no solamente por las catervas, sino por aquellos que regían Roses West Valley durante el día. Vidas, sí, vidas de personas que realmente merecían morir; violadores, raptores de niños que hasta el día de hoy no aparecían para aquellos padres que morían desconsolados. Abusadores de aquellos que no podían defenderse, cuyos vivían bajo la tutela de poderosos malvados para conseguir una oportunidad de vida más favorecedora que cualquier otro lugar les brindaría, pues serían indiferentes al dolor y al abuso con tal de no caer en la peligrosa calle. Peor que el trato a una prostituta incluso.

Desvió sus ojos a Major con un odio que jamás nadie debía sentir. Ese odio que la llevaba a hacer muchas cosas para descargar su rabia, su repudio, el asco que su estómago sentía al saber que él seguía vivo e impune ante sus horrores.

Y sin pensarlo aprovechó la oportunidad que el general en jefe le ofreció al hablar con uno de sus guardias. Puso una mano en la boca del anciano, imposibilitándole luchar y arrastrarlo bien lejos de ese callejón. Su enemigo pronto lo comenzaría a buscar y debía terminar rápido con la tarea. Fue y vino por callejones, creando un laberinto. Por allá y por acá, confundiendo sus pasos y a los del hombre para que no recordara por donde vinieron.

Entre forcejeos que sorprendió a Gutsy al ver lo brusco y fuerte que era, lo mantuvo sujeto con su boca cubierta por su mano mientras gritaba y sus ojos oscuros la fulminaban. Tomó una cuchilla y fue directo a su cuello, la parte favorita de Gutsy para acabar con las vidas. Sin embargo, no cortó su carne, no todavía.

Con el hombre contra la pared y con su vida en las manos de la Proterva, Gutsy lo observó. Mereya le había dicho que terminara con la vida del hombre sin hacer preguntas ni contestarlas. ¿Qué se lo impedía?

― ¡¿Quién eres?! ―masculló cuando Gutsy lo soltó y lo vigiló. Se masajeó el mentón dolorido, impresionado de la fuerza que la mujer poseía. ¿Quién era esa mujer?―. ¡Contéstame!

Ella tan solo tuvo una respuesta que dar. Volvió a poner el cuchillo contra su cuello y el hombre tan arrugado cómo podía estar a pesar de la furia en sus ojos, palideció. La nuez de Adán subió y bajo por su garganta. El aroma a antiguo y a mal cuidado profanó las fosas nasales de la Proterva.

― ¿Qué tanto te ha dicho Major? ―susurró rabiosa, cerca de su rostro para que sus ojos grises centellearan.

La sonrisa socarrona del hombre fue suficiente para ella. Arrancó el dije de su manto, guardándolo en un bolsillo.

― ¡Chiquilla impertinente! ¡Te arrepentirás de hacerme cualquier daño! ¡Vendrán por... Agh!

Lentamente, pasó la hoja de la cuchilla por el cuello del hombre que se abrió al corte con facilidad. La sangre liberándose y cayendo espesa por su piel opaca. La vida yéndosele lentamente de los ojos mientras se deslizaba de espaldas por la pared, cayendo al suelo para hacer un charco de sangre bajo él. Aquella expresión de sorpresa y dolor, de intentar respirar…

―Una Proterva jamás se arrepiente ―fue todo lo que le dijo al cadáver.

Al volver al refugio, fue Segunda quién la recibió en la oficina de Mereya. Aquello sorprendió a Gutsy, deteniéndose a medio camino.

Ruth la miraba con preocupación, abriendo y cerrando la boca como pez fuera del agua. No estaba segura de cómo afrontar aquella situación frente a una Proterva de rango menor. Pero con una mirada y una negación de cabeza, Gutsy supo que nada estaba bien. Que algo realmente malo había ocurrido.

¿Dónde estaba Mereya? ¿Dónde estaba la líder? ¿Por qué no estaba allí?

― ¿Dónde está? ―Ruth no contestó de primeras, inquieta, angustiada y turbada―. ¡Dime dónde está, Ruth! ¡Contéstame! ―tomó un paso adelante, preparada para sacudirla si fuera necesario, pero Ruth se mantuvo firme.

A Ruth jamás le había costado tanto dar una noticia como aquella. Apretó los puños en la mesa de la oficina, maldijo tantas veces que se había cansado y negó cabizbaja afligida y ansiosa.

Susurró:

―Aed… Han encontrado el cuerpo de Mereya en la calle. Pero ha desaparecido, su cuerpo desapareció y sólo quedó su rastro de sangre…

Aquella noticia fue una cachetada que congeló el cuerpo de Gutsy. ¿Cómo? Ella no podía entenderlo puesto que no habían pasado más de dos horas. Ruth se acercó y le entregó una nota que no leyó. Gutsy apenas sostuvo en sus manos temblorosas la nota que decía lo siguiente:

Las muertes tienen un costo.

3 Janvier 2021 08:15:05 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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