svamr SVA MR

Soy Ana García. Nací en un pueblo que no contaba con demasiada infraestructura. Soy hija menor, y mi misión en este mundo era compensar los fracasos de mis hermanos para que mis padres se sintieran mejor. Y aunque ninguno de mis logros era suficiente, de alguna forma comencé a sentir que era mejor que la mayoría. Desarrollé, sin darme cuenta, una soberbia fundada sobre el simple hecho de que los demás se equivocaban, pero yo no podía. Ese fue el mayor traspié de mis padres. Porque, como no me dejaron equivocarme de chica, lo hice de grande… y cuando uno es adulto, los errores se pagan muy caro. Así fue como cometí el primer peor error de mi vida sin notarlo. Y los errores vienen en manada: cuando uno se equivoca una vez y no lo reconoce, seguirá equivocándose. Me hice adicta a fumar. Y me es muy borroso ahora reconocer el momento en el que me di cuenta que esa ya no era yo. Lo dejé por un tiempo, y el resultado fue que terminé internada por intoxicación alimentaria. Pasé dos días en el hospital, y eso me regresó la razón. Apenas salí de allí, fui a Alcohólicos Anónimos. Me preguntaron hacía cuánto tiempo bebía y cómo fue que toqué fondo, y les contesté que yo fumaba, no bebía. No quisieron admitirme, pero les di un buen discurso y creo que esas palabras los convencieron. Ese fue el segundo peor error de mi vida. La rehabilitación consistió en reunirnos, contar anécdotas, sentirnos miserables, que nos den esperanzas inútiles y… una buena dosis de pastillas que reemplazaban el alcohol (o tabaco): Antidepresivos, ansiolíticos, sedantes, calmantes, una gama amplia y surtida. Ninguno de nosotros se dio cuenta de que esa ONG estaba patrocinada por una farmacéutica. Al final, terminamos rehabilitados y caímos en otra adicción. Nos engañaron. La recuperación no era más que una trampa para beneficiarse a costa de gente débil y desesperada como nosotros. Pero los problemas no vienen solos. como no pude continuar mis estudios y conseguí un trabajo que no pagaba mucho, hace poco, mi familia me dio un ultimátum. O consigo mantenerme sola, porque ellos ya no pueden mandarme dinero, o regreso al pueblo en diciembre y para siempre, como una fracasada. No puedo avanzar siendo una adicta, así que debo purgarme rápido y conseguir un buen trabajo, antes de las fiestas de diciembre... Estamos a finales de octubre. A partir de ahora, echando todos los medicamentos que tenía en mi casa, voy a encerrarme un mes completo y me curaré de esa adicción… sin caer en otra.


Drame Déconseillé aux moins de 13 ans.

#retoembajadores #embajadorinkspirado #adicción #drama #encierro #depresión
4
172 VUES
En cours - Nouveau chapitre Tous les 30 jours
temps de lecture
AA Partager

Primera semana.

Los cambios no son fáciles, pero cuando pude determinar hacia dónde quería llegar, empezar resultaría más sencillo por un pelo. Estaba segura de que cualquier persona, incluso una parte de mi mente, me diría que lo que pretendía era imposible, pero con esa actitud nunca lo lograré. Y no solo tenía que intentarlo, tenía que conseguirlo. No debo pensar a medias. Este fue el primer día de lo que esperaba que fuese el comienzo un montón de cambios para bien, o eso es lo que quería creer, ya que necesitaba algo que me motivara, que me impulsara, que me impidiera ser perezosa y derrotista.

El primer día de esta semana encontré una estimulación extra: después de que comprara los víveres, y procurase regresar lo más rápido posible para no distraerme, y para no ver a los fumadores, a los que consumen pastillas legales, ni publicidades de medicamentos, básicamente mis debilidades; una vez que llegué a casa, me encontré con que habían respondido a mi correo electrónico.

Hace poco tiempo, encontré un panfleto en la calle, de camino a casa. Tenía un mensaje extraño, pero parecía que hablaba conmigo. Ahora mismo no recuerdo lo que estaba escrito, pero se refería a adicciones socialmente no reconocidas, haciendo una convocatoria por e-mail. Yo escribí rápidamente la dirección electrónica en el ticket de la tienda, ni pensé en tomar una foto o hacer algo más rápido. Regresé a casa casi sin darme cuenta. Fue como si caminara en piloto automático mientras mi mente estaba ocupada, preocupándose por el panfleto que leí. Me preguntaba a qué se refería, de qué se trataba, qué sucedería si les enviaba un correo, qué me dirían, estaría equivocada, ya que me nació la idea obsesiva de que eso tenía una gran relación con mi propósito.

Me obligué a ignorar los pensamientos de alarma cuando me senté frente a la notebook. Redacte tres borradores y ninguno de ellos me convenció. Uno parecía demasiado personal y detallista, otro muy frío y lejano que no transmitía nada, y el último era un saludo y una pregunta, así que, finalmente, opté por este, y agregué más interés, pero tratando de que no pareciera necesitado o desesperado, sino curioso. Antes de mandarlo, lo revisé seis veces, indagué en los pros y los contras de hacerlo, pero ese es mi problema. Lo pienso demasiado. Lo pienso, lo pienso y aun así me equivoco.

Decidí enviarlo por fin. Era solo un correo, yo no tenía nada que perder, o eso es lo que pensaba. El tiempo me terminaría revelando si esta vez acerte, o si, de tanto pensar, había vuelto a equivocarme.

Y aquí estaba, un día después, con una alerta en mi correo. Abrirlo o no, descubrir la verdad o ignorarla a conciencia, y dejar que se transforme en una espinita que me pique la cabeza, cuyo tamaño aumentará con el pasar de los días.

Lo dejé un momento, pero parecía llamarme constantemente. Quería verlo, leerlo, pero, al mismo tiempo, me aterraba. Decidí, al final, ingresar a la bandeja de entrada para ver, aunque fuese las primeras palabras... Que resultaron ser una cálida bienvenida al grupo... ¿de apoyo? ¿Es que eso se hace aquí?

Por fin, me decidí abrirlo. El corazón me latía rápido y fuerte. Lo sentía en mis oídos y el cuello. La cara me ardía y me temblaban las manos cuando iba a apretar la tecla énter. No tardó nada en cargar el contenido. Me han invitado a una reunión ese mismo día, a las seis de la tarde.

Me gire a ver el reloj. Faltaban siete horas, las cuales estarían llenas de pensamientos trágicos, ideas macabras sobre todo lo malo que podía pasar. Me conocía bien, y sabía que en mi cabeza estaba mi peor enemigo. Tenía miedo de cometer un error al ir, y de equivocarme al ignorar la invitación. Me encantaría que existiese una forma de tomar los dos caminos, para saber cuál de ellos escoger al conocer las consecuencias de cada uno. Pero eso no pasaba en la vida real sino en los videojuegos.

Puse música para no pensar, pero no funcionaba. Luego, traté de ver una película de esas estúpidas, aunque entretenidas, a las cuales, si les prestara demasiada atención, las odiaría, y dio resultados hasta que me dio sueño, después de comer. Mi almuerzo era de lo más irregular. A veces, solo arroz, o pasta, o una hamburguesa; en algunas ocasiones, solo consumía té con galletitas o helado. Los únicos días en los que comía bien eran cuando me invitaba la vecina, Laia. Cuando eso pasaba, me daba cuenta de que extrañaba la comida buena, pero no tenía ánimos para hacerla. Capaz creía que no me remecía ese esfuerzo.

Aparté la colcha y la sábana para acostarme y no demoré. Podía estar preocupada hasta por mi cabello, cosa que nunca pasaba, pero jamás me faltaba sueño. Supongo que se debía a mi mala alimentación. Siempre estaba desganada y me ganaba el sueño con facilidad. Siquiera puedo decir que le daba pelea. Por fortuna, la falta de pastillas no me afectó en ese aspecto. La única diferencia es que sí sueño, sí se me vienen imágenes raras y que a veces no quiero ver.

Me desperté esa tarde porque había olvidado poner el despertador. El sol todavía se colaba a través de las persianas, por lo que deduje que no era muy tarde, pero me equivoqué. Hacían ya las cinco y media. Tenía que vestirme y correr. Apenas alcancé a darme una ducha rápida, ya que recordé que el día anterior no me había bañado. Al llegar la noche se me pasó por completo.

Dejé que el pelo se me secara en el camino, aunque eso significara que mi rizado natural, que no era bonito y ordenado, sino una suerte de afro medio caído, se mostraría ante todos en su máximo esplendor.

La ropa limpia que me quedaba, porque otra vez olvidé lavarla, era bastante ridícula. Pero no me quedaba otra opción. Era eso o no ir, y ya había postergado demasiadas cosas. Creo que me puse una joggineta con una remera de recuerdo de las sierras que compré en mi viaje de fin de curso y unas zapatillas de lona. De seguro me veía ridícula… y más con la mata de pelo rizado. Y lo comprobé por las miradas de las personas a mi alrededor en la vereda, en la cola para abordar el colectivo, y dentro de este. Me la pasé casi todo el camino convenciéndome de que su modo de verme no me importaba, no me hacía daño, que solo era por esa vez, que para la próxima lavaría la ropa con anticipación, que sí, lo había prometido antes y al fin no lo hice… y que esa vez sería diferente, aunque en el fondo sabía que no. Y esperaba que sí. Que algo cambiara. Necesitaba que algo cambiara. No quería regresar.

Al fin llegue. Descendí del colectivo y comencé a caminar hasta un centro social o algo así. Había varios salones, con gente aprendiendo crochet, manualidades, pingpong, lenguaje de señas, entre otras cosas. La gente era muy alternativa, así que no me hacían sentir como si fuese un fenómeno o como si me hubiese vestido mi enemigo. Casi todos los que pasaban me saludaron con cortesía, algunos incluso sin conocerme, me desearon buena noche y buenas vibras. Yo solo levantaba una mano y trataba de hacer una mueca parecida a una sonrisa.

El salón al que tenía que ir estaba cerca de los baños, lo cual me pareció muy conveniente. Me acerqué a la puerta y escuché algunas voces. Mierda, ya habían comenzado. Corrí al baño a mirarme en el espejo por última vez. Se llevarían una pésima primera impresión. Al fin, volví al salón y entré. Sentí que los segundos que demoró en abrirse la puerta fueron horas, como si esto fuera un drama de la India. Había cinco personas, yo sería la sexta. Solo cinco… Pero parecían de buen humor. Noté a tres mujeres y dos hombres. Una de ellas tenía el pelo rubio, largo y un poco desordenado, además de la piel tan blanca que se le marcaban unas leves ojeras. fijó en mí sus ojos claros, al igual que todos.

Otra de las mujeres tenía una cara preciosa, pero facciones ligeramente masculinas. Solo pude suponer que era transgénero. Su cabello era negro y muy lacio, como me gustaría tenerlo a mí, y estaba recogido con una pinza que podía ver desde mi lugar.

La última estaba parada frente a los demás. Era castaña, de pelo ondulado en las puntas, lo que se notaba en los mechones que le quedaban sueltos de su semirrecogido, con cachetes que tentarían a cualquier abuela. Tenía un arito en la nariz y la ropa totalmente negra… quizás para estilizar su figura, ya que parecía tener un muy ligero sobrepeso.

En cuanto a los hombres, uno era delgado, al parecer no muy alto, y tenía el cabello algo largo, por arriba del cuello, y con bucles desordenados. Su rostro era lampiño, exceptuando las cejas, lo cual lo hacía lucir como el más joven del grupo.

Y el último era un hombre castaño también, pero casi rubio. Por su pelo y estilo, tenía el tipo que le solía gustar a una buena porción de la población femenina. Ya saben, de esos que tienen rasgos agradables en la cara, visten bien pero no muy formal, y básicamente parecen modelos por la altura y contextura física.

—Bienvenida —me dijo la castaña, acercándose a mí y dándome la mano. Me miraba de un modo que evidenciaba que estaba midiendo mi reacción—. Soy Vanessa. Vos sos Ana García, ¿no?

—Sí —le dije, aceptando su saludo—. ¿Llego tarde? —pregunté después, más por cortesía que por preocupación real. Una parte de mí quería decir que no y alejarme rápido de allí.

—No, si recién estamos por comenzar —me indicó el salón—. Sentate donde quieras.

Recorrí el lugar con la vista, notando que todos allí se sentaban con una distancia de una silla entre cada uno. No sabía si imitarlos o sentarme entre medio. Supuse que hacían esto por alguna razón, así que decidí la primera opción, pero tuve que acarrear un nuevo asiento hasta el semicírculo.

Sentía sus miradas encima de mí, y trataba de fingir que no me daba cuenta. Ojalá me hubiese dado cuenta antes de que este grupo existía, así no era la nueva. O tal vez no debería haber venido...

—Chicos —comenzó a decir Vanessa—, ella es Ana y hoy se une a nuestro grupo. Esperamos poder ayudarte y que nos sigas acompañando. Si querés, podes hacer una breve presentación. Solo te pido que no menciones cuál es tu adicción. No queremos autodefinirnos por eso.

Yo asentí, pero pensé que diría algo más, y me quedé callada… mientras me seguían viendo con expectación.

Al fin, me aclaré la garganta. No sabía con exactitud qué debía contarles… ¿Mi nombre y edad? ¿Si tenía trabajo? ¿Mi origen? ¿Mi grupo sanguíneo?

—Bueno… Soy… O sea, mi nombre es Ana García… Tengo veintiséis años y… vivo en esta ciudad hace ocho años —hice silencio un momento, para controlar los temblores de mi voz. Sentía la garganta seca—. No sé qué más decir, así que, si tienen alguna pregunta...

Los demás se miraron, como si intentaran decidir quién iría primero.

—¿De qué país sos? —me preguntó la rubia.

No puede evitar blanquear los ojos, ya que me encontré con esa pregunta miles de veces. Como si fuese que en toda la gente de pelo rizado fuese extranjera. ¿Se creen asiáticos?

—Nací acá, pero mi mamá es colombiana —le dije, tratando de no sonar grosera.

—Oh, es que... —se sonrojó— como dijiste que te habías mudado acá hace ocho años...

—Me refería a la capital. Yo vengo de una ciudad pequeña del interior.

—¿De qué signo sos? —preguntó la chica de pelo negro y lacio.

Los demás blanquearon los ojos, pero yo no me inmuté.

—Si mal no recuerdo, de Aries.

—¿Trabajás o estudiás? —preguntó el chico de cabello ondulado.

—Soy auxiliar administrativo en un estudio y me faltan algunas materias en la carrera de administración.

Luego de que le contesté, los demás se vuelven hacia el que tiene look de galancito. Este parecía distraído, lo que me hizo entrecerrar los ojos.

—Sigo yo, ¿no? Es que no sé qué preguntar... —comenzó a decir, rascándose el mentón, y creo que estaba fingiendo.

—¿Puedo preguntar otra cosa yo, entonces? —inquirió la rubia, levantando la mano.

—No, no... Ya sé. ¿Estás en pareja?

—Marco... —murmuró Vanessa, que vendría a ser la consejera o algo así. Esta blanqueó los ojos y le habló en tono de regaño... ¿o serían acaso celos? Ay, no, ¿dónde me vine a meter?

—¿Qué? Es una pregunta cualquiera, igual que... cuál es tu color favorito o sos team verano o team invierno.

—El verde agua y me gusta más el invierno —le respondí al fin, evitando la otra pregunta.

—¿Y tenés un peor es nada o no? —me preguntó la rubia. Esta chica sonreía demasiado.

—Yo preferiría no hablar de eso —respondí, tratando de no ser muy seca.

Lo demás lanzaron algunas risitas, mientras la rubia se mostraba decepcionada. Vi, con a la vista periférica, que Vanessa le sonrió burlona al galancito… no podía seguir poniéndoles apodos.

—Ehm… Si no les molesta, podrían decirme como se llaman ustedes.

—Claro que no es molestia —dijo la castaña y se acomodó en el asiento—. Como ya te dije, soy Vanessa. Tengo veintinueve años y soy psicóloga. Trabajo en el área de recursos humanos en una empresa y estoy haciendo un postgrado también.

—Yo soy Brisa —dijo la rubia, levantando la mano—. Tengo veintitrés años y soy mesera en un restaurante.

—Yo soy Pilar —dijo la de pelo lacio y negro—. Trabajo en un centro de estética, haciendo pedicura y manicura y uñas esculpidas.

—Podes pedirle cupones de descuento si te interesa —me anunció Brisa, causando la risa de los demás.

—Eh, bueno, yo no soy de maquillarme, pero tengo una amiga a la que le encanta eso de hacerse las uñas.

—Claro, no hay problema —respondió Pilar.

—Bueno —comenzó a decir el chico de pelo ondulado—, yo soy Iker y soy arquitecto —calló un momento y los demás lo quedamos viendo—. Y tengo veintiocho años.

—Y yo soy Marco —dijo el galancito—, y soy cocinero en un restaurante.

¿Cocinero? Sí, supuse que eso debía atraer a algunas mujeres. Pero que no quisiera decir su edad era sospechoso, aunque en realidad, no me importaba.

—Bien, ya que terminamos con las presentaciones, comencemos la sesión de hoy —anunció Vanessa.

Los demás se acomodaron en el asiento, y traté de hacer lo mismo, pero sentarse mal era tan cómodo que no cambié demasiado de posición. Ella comenzó a preguntar que habían hecho en la semana, aclarándome que no era necesario que participara aún, pero que podía compartir con ellos si me apetecía. Yo solo asentí, aunque no tenía intenciones de comentarles nada.

En ningún momento alguno de ellos mencionó su adicción, solo que se habían sentido tentados. Yo los escuchaba, tratando de adivinar cuál era el problema de cada uno. Vanessa me dijo que no teníamos que definirnos por eso, pero mi mente no le hizo caso. Indagada sin preguntarme, sin pedir permiso. Mis pensamientos siempre fueron rebeldes, se iban por lugares que no me gustaban y me traían cosas que no deseaba, imágenes que no quería ver, voces que odiaba escuchar. Era como si me odiaran y no tuvieran miedo de decírmelo.

Y eso era algo que no sabía si podía compartir con ellos.

Lo que sí entendí de ellos, fue que, igual que yo, tenían problemas de autocontrol. En los momentos de calma, en los que no sabían qué hacer, el deseo volvía a ellos como una necesidad, como siempre me pasaba a mí también.

—A veces uno si tiene cosas que hacer —dijo Vanessa—, pero parecen demasiado difíciles, o que nos llevarían demasiado tiempo. Por eso nos sentamos un rato, o miramos televisión, o escuchamos música, esperando que es apague nuestra mente. Y cuando nos damos cuenta, perdimos más tiempo en eso que en nuestras obligaciones. Y luego viene la culpa, la autorrecriminación… es un ciclo que parece no tener fin y solo empeora cada vez. Pero qué diferente sería si en vez de pensar esa gran, esa inmensa obligación, la dividiera en pasos, en momentos, en pequeñas tareas de un rato apenas. ¿Han escuchado alguna vez sobre la técnica pomodoro? —nos preguntó, y todos negamos con la cabeza— Bueno, esta consiste en asignarse veinticinco minutos de actividad y cinco de descanso. ¿Limpiar la casa parece mucho? Pues si se ponen el propósito de limpiar veinticinco minutos al día la tarea no se siente tan cuesta arriba, ¿verdad? Cuando se den cuenta, no solo tendrán la casa limpia, sino que también la mantendrán así. Lo importante es que se pongan en movimiento de una vez, pero dando pequeños pasos…

Vanessa se levantó de la silla y fue hasta la pizarra blanca, donde dibujó una escalera. Nos dijo que, si no hubiese escalones, nadie querría ascender al piso de arriba, y que tal vez deberíamos ver nuestras tareas difíciles de esa manera, un paso a la vez. Parecía algo sencillo, que podría haber pensado por mí misma… pero quizás necesitaba que alguien me lo dijera.

La reunión terminó luego de una hora y media. Yo no dije nada más allá de mi presentación, y cuando empezábamos a retirarnos, luego de acomodar las sillas y recoger alguna que otra cosa, Vanesa se me acercó para darme una especie de ficha confidencial. Me pidió que, si decidía acompañarlos el próximo sábado a la misma hora, rellena los papeles y se los entregara.

Yo asentí y me fui. Saludé a los otros chicos, que caminaban más despacio hacia la salida, y los pasé como si fuera una carrera. Tenía que apurarme para llegar a tomar el colectivo, que, por fortuna, se encontraba en la parada, dejando a la corta hilera de personas subir escalos por escalón. Corrí hasta allí, pagué el boleto y esta vez pude sentarme. Si tocaba irme en el próximo coche, no tendría esa suerte.

Estaba sentada cerca de la ventana, en uno de los asientos individuales. Miraba como avanzaba el colectivo, contando los postes de luz, los autos al pasar, las bicis, sintiendo como el viento que se colaba en una ventanilla ligeramente abierta me pegaba en la cara y me movía el pelo. Paso a paso, pensaba una y otra vez.

Cuando llegué a mi destino, la parada a unas cuadras de mi casa, me sentía mentalmente agotaba. Hacía mucho que no hablaba con personas nuevas, más allá de contestarle a algún desorientado en donde quedaba la sección de limpieza en el supermercado.

Me acerqué a la puerta del edificio y antes de abrir, miré para todos lados, procurando ver si alguien sospechoso de acercaba. Metí la llave en la cerradura mientras notaba que, en pasando la calle, en una torre de departamentos, el galancito estaba haciendo lo mismo que yo. Casi se me cayó la mandíbula de la impresión. Él también me vio y levantó la mano para saludarme a lo lejos. Yo hice lo mismo, con el mínimo interés y noté que Laia se acercaba, fumando un cigarrillo, que tiró al suelo y aplastó con el pie apenas me dio. No llegó a usar su spray bucal.

Ella notó mi mano levantada y miró hacia el frente, para luego dirigirme una sonrisa burlona. Yo bajé el brazo y abría la puerta al fin, sin mirar atrás. Las dos ingresamos por el pasillo y fuimos hasta las escaleras.

—Te busqué antes de ir por helado —dijo Laia—. ¿A dónde fuiste? ¿Tiene que ver con el bombón que estaba en frente?

—¿Pero vos no sos lesbiana? —le pregunté, extrañada por el comentario sobre Marco.

—Pero si no lo miro para mí, sino para vos. A ver, ¿hace cuánto no te das una sacudida en la cama?

—Prefiero comprarme un vibrador, gracias.

—Oh, qué bien. Vamos…

—No ahora. No estoy tan bien de plata…

—¿Ves? Si el tipo compra los forros, te sale gratis.

—Ay, ya —me quejé, y con eso le causé risa—. No me interesa nada con nadie. Ni siquiera estoy bien conmigo misma. Y después te cuento donde estuve.

Llegamos al tercer piso y las dos caminamos a nuestros departamentos, que quedaban uno al lado del otro.

—Cenamos a las nueve y media —dijo Laia, y levando la bolsa de la heladería—. Ya tenemos postre.

Dicho esto, se metió a su departamento y cerró la puerta. Yo hice lo mismo, encontrándome con mi desastre. Esto me quitaba la poca energía que tenía. Había ropa tirada, que no sé si está sucia o no, cosas esparcidas por ahí, polvo, incluso telaraña. Solo me daba ganas de tirarme al sillón y mirar tele o entrar a redes sociales y simplemente evadir… pero no. Lo que dijo Vanessa me caló de alguna manera, así que… decidí comenzar por lavar la ropa que tenía, así fuese solo por tandas pequeñas.


Continuará.

Ayuda a la imaginación:

Ana.


Laia.



30 Novembre 2021 23:53:58 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
4
Lire le chapitre suivant Segunda semana

Commentez quelque chose

Publier!
Il n’y a aucun commentaire pour le moment. Soyez le premier à donner votre avis!
~

Comment se passe votre lecture?

Il reste encore 1 chapitres restants de cette histoire.
Pour continuer votre lecture, veuillez vous connecter ou créer un compte. Gratuit!