criandomalvas Tinta Roja

Hay relaciones que son como una cerilla. Basta una pequeña fricción para que estallen en una combustión, una llama intensa que, sin embargo, enseguida disminuye y se consume poco a poco, hasta que, de no arrojarla, lo único que consigues es quemarte.


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Una velada inolvidable.

Creo recordar haber leído en algún lugar, tantas son las cosas que se pueden encontrar en internet, que hay relaciones que son como una cerilla. Basta una pequeña fricción para que estallen en una combustión, una llama intensa que, sin embargo, enseguida disminuye consumiéndola poco a poco hasta que, de no arrojarla, lo único que consigues es quemarte. No es este mi caso, salvo, quizás, en lo referente a achicharrarse los dedos.

Tantas son las cosas que se pueden encontrar en internet... Noticias, entretenimiento, compras de todo tipo, gangas, estafas, virus, incluso personas a las que jamás soñaste que llegarías a conocer.


En nuestro primer encuentro, después de varios meses de contactar al otro lado de una pantalla, solo se retrasó dos horas. Hasta ese momento ella tenía una vida, yo apenas un trabajo que era lo único que, por obligación, conseguía sacarme cada día de la cama.

Ella era tal como la había intuido. Inteligente, sofisticada, pero, sobre todo, increíblemente guapa.

Me miro en el cristal de unos grandes almacenes mientras la espero y me pregunto qué ha podido ver en mí. Desgarbado, los hombros caídos y el pecho encogido. Una alopecia galopante y la exacerbante miopía que me obliga a llevar unas gafas con cristales de culo de botella. “Soy alérgico a las lentillas” le tuve que aclarar en una de nuestras primeras citas. En realidad soy alérgico a tantas cosas, que sería más práctico y rápido enumerar aquellas otras que no me provocan asma y el que se me hinche todo el cuerpo. Ella, por el contrario, goza de una vitalidad y una salud envidiable. Un cuerpo esbelto y bien formado, moldeado en innumerables sesiones de gimnasio.

Yo paso por alto todos sus defectos, que ella también los tiene, y sin embargo no pierde la oportunidad de señalar los míos. Recuerdo nuestra primera cita, compré unos bombones que acabé devorando durante la espera. Dos horas de retraso dan para mucho, incluso para acabar con todo un paquete de tabaco. La incertidumbre de si me daría plantón hizo el resto, y a falta de nicotina que aliviara mis nervios, ataqué sin piedad a los bombones.

La espera valió la pena. Cuando la vi tan bella, tan elegante y decidida, no pude dar crédito a mi suerte. Miró las colillas que me rodeaban y me recriminó. “No soporto a la gente que fuma”. Yo solo fui capaz de acercarle la caja vacía de bombones.


Desde entonces me cuido mucho de que no me pille en un renuncio y fumo a escondidas, incluso he comprado caramelos de menta para camuflar el aliento, lo mismo que cuando de niño comencé a fumar y temía que al volver a casa mis padres descubrieran mi nuevo vicio.

En esta ocasión he optado por un ramo de flores para ahuyentar la tentación de tragarme los dulces. Podría llegar más tarde de lo acordado. Retrasarme, por ejemplo, una hora y así solo tendría que esperar una o dos más. Así lo hice una vez, la vez que ella fue puntual y a poco me cuesta no volver a verla. Aprendida la lección, me oculto mientras fumo un cigarro tras otro y cuando por fin la veo llegar asomo de mi escondrijo, me meto en las fauces un par de caramelos y me alejo del lugar del delito dejando el suelo sembrado con los cadáveres de decenas de colillas.


Ahí viene, no puedo evitar sonreír. Tan guapa como siempre, tan bien arreglada. Con ese caminar seguro de modelo de pasarela luciendo ropa de marca.

Aunque vivimos en lugares opuestos de la ciudad nunca ha querido que la recogiera en su barrio. Asegura que es mejor quedar en un lugar intermedio, en “tierra de nadie”, que es como llama a la zona “guapa” del municipio. También se ha negado en redondo a acercarse al mío, como si le disgustara conocer a mis amigos, como si se avergonzara de que los suyos la vieran conmigo.


En nuestras citas nos limitamos a pasear. Ella habla y habla de cualquier tema con supina erudición, yo me limito a escucharla abrumado por su dominio de las ciencias y de las artes. No soy ajeno a cómo nos miran mientras caminamos por la avenida, sobre todo ellos, seguro que intrigados. “Qué carajo hace una diosa como esa con un tipejo como ese”, es seguro que se preguntan la mayoría. Yo intento sacar pecho y erguir los hombros. “Si, está conmigo. ¿Pasa algo?” Enseguida me hago diáfano, invisible, y me he de morder la lengua cuando alguno se acerca a flirtear con el mayor de los descaros ignorándome por completo.


Cuando llega la hora de cenar siempre es ella la que elige el restaurante. Yo soy dado al bocadillo de lomo con queso, a los berberechos y a los callos con garbanzos. Ella, de morro más fino, no considera siquiera mis ofertas. La verdad, no sé dónde echa lo que come y si es a vomitar a donde en realidad va cuando, con la excusa de arreglarse, se pierde media hora en el excusado y me deja a solas con la cuenta.

Acabada la velada la acompaño hasta su coche, acerco mi cara a la suya con los labios en modo beso. Ella me dice adiós, me da la espalda y ahí me quedo con expresión de besugo.


Nada de esto importa, ella está conmigo y es más de lo que he tenido nunca. Por eso esta vez va a ser diferente, en esta ocasión le demostraré que no soy un fracasado, que también soy capaz de tratarla como a una reina, de comportarme como un auténtico caballero.

Hace semanas que pedí mesa en el restaurante más exclusivo de la ciudad y ha llegado el día en el que el metre me encontró una vacante. Ella no sabe nada, será mi sorpresa, mi declaración de intenciones.

Antes he comprobado mis ahorros y el fondo de pensiones de la empresa, me rio por no llorar. No importa, ella lo merece con creces, ella se merece una cita inolvidable.

Como de costumbre llega tarde, un par de horas, nada que se salga de los “protocolos” habituales, pero en esta ocasión estoy impaciente por darle la noticia y el tiempo ha corrido mucho más despacio.

Su cara es un poema, irradia felicidad ante la inesperada revelación, arroja mis flores a una papelera y me abraza. Pronto cambió su actitud, entrecierra los ojos y encoge el ceño en un gesto de desaprobación. “¿Vas a presentarte con esa chaqueta vieja en el restaurante más elegante de Barcelona?” Mis explicaciones de que mi mejor chaqueta está en el tiente por culpa de un desafortunado accidente con un café no la convencen. Medio enojada nos dirigimos a mi coche.

Un Ford Fiesta de 19 años no es la carroza de cuento de hadas en la que desplazarse a tan distinguido castillo, pero estando el restaurante apartado en mitad de una montaña, en un lugar al que se accede por una carretera que más parece un camino de cabras, no ha tenido a bien arriesgar su bmw.


Es cierto que el acceso es difícil, pero el restaurante tiene renombre más que suficiente para que eso no intimide a los bolsillos más incontinentes de la ciudad y los alrededores. El parking está atestado de vehículos de alta gama. Ella no cabe en sí de felicidad al entrar en la antesala. Cuando nos dirigimos al metre, este me mira con cara de asco sin ningún reparo. Nos acompaña a nuestra mesa, le ayuda a ella a despojarse de su abrigo y lo pone con cuidado en el respaldo de la silla, a mí me ignora como si fuese un apestado. Raudo y solicito aparece un pingüino a ofrecernos la carta.

Estoy mareado, todo comienza a darme vueltas. Ante mí, las letras de la carta desaparecen, solo prevalecen los números, unos números que bailan y se ríen, que me atacan con saña. Mientras que yo intento no perder el control, ella hace lo propio por no extraviarse entre tanta “delicatessen”. Siquiera entiendo el idioma en el que están escritos los platos, solo la larga fila de números que los acompañan son inteligibles para mí.

La lista de vinos no tiene mejor aspecto, ella elije por ambos los platos y el pingüino nos aconseja el mejor “bouquet”. “Mejor” siempre va asociado con “más caro”, me importa un cojón y parte del otro que cuelga la cosecha o el “pedigrí” de la botella. Respiro hondo, no importa, ella merece esto y mucho más.

El tamaño de las raciones es inversamente proporcional al beneficio del chef. “Degustación” lo llaman, “su puta madre” es todo lo que alcanza mi cartera a responderles. Pero no importa, ella se lo merece.

Me es suficiente con contemplar el como se relame, como se deleita en cada bocado. Nunca antes había disfrutado tanto en mi compañía y eso remonta mi ánimo. Verla feliz me hace feliz a mí.

No quiero ver el precio de los postres, solo tengo ojos para ella. No habla y esa también es toda una novedad, solo engulle los bocaditos de... de lo que coño quiera que sean esas cagadas de mosca. Yo, por mi parte, apenas he probado bocado, y eso que no he dejado nada en el plato. En cuanto llegue a casa me tendré que zampar una lata de caballa con media barra de pan.

Que es una velada si no la rematas con champaña, nada de cava. A fin de cuentas, la única diferencia entre el vino gasificado gabacho y el patrio es de dos insignificantes ceros. En esto si le echo una ayuda, he de reconocer que esta mierda está buena de cojones. Una lleva a la otra y cuando nos damos cuenta ya nos hemos “pimplado” cuatro botellas. No sé porque me ha dado por lo taurino, pero no hay quinto malo, acude el pingüino con otro Don Perignon cosecha incunable y precio desorbitado, junto con la “dolorosa”.

Tanto líquido ha debido de hacer mella en la delicada vejiga de mi acompañante que se disculpa y se dirige al baño. Es el momento que siempre aprovecho para salir y echarme un cigarrito, que sin nicotina no hay cena, por “pija” que sea, que se precie como tal.

Busco entre los bolsillos de mi chaqueta que reposa colgada en el respaldo de la silla hasta que encuentro el tabaco junto a un mechero y me dirijo a la puerta. En el exterior me encuentro con algunos otros comensales apurando sus puros. Hace mala noche, el aire corre tan frio que me corta la piel de la cara, echo de menos la chaqueta. Miró el cielo, se puso negro. Tal como pronosticó el hombre del tiempo esta noche caerá la madre de todas las tormentas. Una gran gota me cae justo en la nariz, no tardan en caer muchas otras hasta convertirse en un aguacero. Se me ha mojado el ducados. El resto de adictos corren a refugiarse dentro del restaurante cuando el viento se transforma en un vendaval helado.


Me dirijo a mi destartalado Ford Fiesta. Una vez dentro enciendo otro cigarro y sonrío mientras el motor se pone en marcha. No esperaba semejante diluvio cuando planeé la velada, pero he de reconocer que es el broche de oro para concluir la noche perfecta.

Todo ha salido a pedir de boca. le prometí una cita inolvidable y seguro que esta no ha de olvidarla en décadas. Apenas veo un pijo al otro lado del parabrisas con la tormenta, he de tener cuidado. ¿Habrá un taxista dispuesto a acudir a la llamada de una noble dama caída en desgracia desafiando a este Despeñaperros al que algún optimista llamó carretera?

Enciendo otro cigarro, que gustito todo este humo sin tener que escuchar reproches.

Buenas noches.

1 Novembre 2020 15:10:57 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Tinta Roja ¿A qué viene todo este teatro? No expondré el por qué, el cómo ni el cuándo. Condenado de antemano por juez y jurado, me voy caminando despacio hacia el árbol del ahorcado. Mira el verdugo la hora y comprueba la soga, que corra el nudo en lugar del aire. Se hizo tarde y el tiempo apremia por silenciar mi lengua. Y ahora ya sin discurso, ni me reinvento ni me reescribo, solo me repito. Y si me arrepiento de algo, es de no haber gritado más alto.

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