angelicaplaza Angélica Plaza

La historia de amor de todos los tiempos NOTA: Relato Fanfic de la serie de todos los tiempos CANDY CANDY. Todos los derechos reservados ©


Fanfiction Anime/Manga Tout public.

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NUNCA ME DE DEJES IR.

NUNCA ME DE DEJES IR.

Fanfic: Serie Candy Candy.


Dos años después de que Candy, se alejara de Terry de manera definitiva; decide dedicarse en cuerpo y alma, a la recuperación de su tío. Quién diría que el hombre herido en la guerra que ella había atendido, y que sufría de amnesia fuese el que la adoptó; el Tío Abuelo William Albert Ardley.

Sinceramente ella se esperaba, que fuese un poco más mayor, jamás se imaginó, que él se había convirtió en jefe de la familia Ardley, a la escasa edad de diecisiete años, y que decidiera que ella formaría parte de ella, cuando tenía doce años.

Cinco años habían pasado desde que se conocieron, en aquel hospital improvisado en medio de la guerra. Un sentimiento de compromiso hacía aquel desconocido, creció en ella. Estuvo a su lado cuidándolo, Candy sentía un poco de pena por él, porque era tan joven y con ese vacío en su cabeza; que sabía que era lo que más le molestaba. No saber quién era realmente, de dónde provenía, y sobretodo quién era su familia.

Todo se había aclarado la noche que terminó con Terry, quién la presionó para que tomara una decisión, y ella le dijo que tenía que quedarse con Susana Marlowe; fue totalmente desgarrador para ambos porque se amaban profundamente.

Esa noche la Tía Abuela Elroy, reconoció a Albert como el Tío Abuelo William, para todos fue una conmoción, sobre todo para él mismo, ya que sabía lo miserable que fue esa familia con Candy.

Por eso, le propone a ella un viaje para curar las heridas de ambos. Las del corazón de Candy, y las que quería olvidar Albert. Estaba comprobado según los estudios, que su amnesia era producto de un bloqueo provocado por él mismo.

En ese momento se encontraban viviendo en Swansea, una ciudad de Wales. Tenían instalados ahí alrededor de dieciocho meses, Candy trabajaba en el HMT Santa María Hospital, mientras Albert había adquirido una vivienda, y la convirtió en un pequeño hotel, en donde ofrecía servicio de excursión tales como: Coasteering, Gorge Walking, Barranquismo, Escalada, Aventura en Rápel; entre otros. Es decir; todo los deportes extremos, cosa con lo que Candy no estaba muy de acuerdo.

Algunas personas de la ciudad, no veían muy bien la relación entre ellos, puesto que la diferencia de edad no era mucho, apenas siete años. Candy tenía veintiséis años y Albert treinta y dos, pero próximo a cumplir los treinta y tres.

—¿Qué le regalarás a tu tío por su cumpleaños? —pregunto Agatha, una compañera de trabajo de Candy.

—Realmente no lo sé, aunque puedo decirte que Albert se conforma, solo con el detalle.

—Por más que me expliques, Candy no entiendo la relación entre ustedes. ¿Es tu tío o no?

Candy soltó una risa, no era la primera persona que le hacía esa pregunta.

—Es una larga historia, y para resumirla te diré que él me adoptó cuando tenía doce años.

—Ahora entiendo porque la señora Montgomery, te mira de esa forma.

—Por mí, ella puede pensar lo que quiera. —Replicó Candy encogiéndose de hombros, y continuó caminando por la tienda por departamento. Estaba organizando una pequeña celebración por el cumpleaños de Albert.

—Yo también pienso como tú, ya sabes que aquí se aplica el refrán: “Pueblo chico; infierno grande”.

—Sé perfectamente de que hablas. Ya he terminado aquí, vamos a pagar.

Agatha era su única amiga en aquel lugar; extrañaba a Annie, pero estaba de recién mamá por tercera vez. Su pecho se oprimió porque tal vez, ella no tendría esa dicha. Sacudió la cabeza, cuando a su cabeza había llegado la imagen de un niño con los cabellos rubios como el sol, y los ojos tan azules; y profundos como el mar.

Últimamente estaba pensando más de la cuenta en Albert, desde que había llegado herido de nuevo de una de las excursiones. Se molestó tanto con él que no le habló en cuatro días, pero solo faltaban unas doce horas para su cumpleaños, así que tendría que de dejar su enojo a un lado.

Tenía que sincerarse y aceptar, que estaba desarrollando sentimientos hacía él, y lo extraño era que para nada eran del tipo familiar. Su amiga Agatha le acompañó hasta la parada de taxi, luego se despidieron; y quedaron con verse al siguiente día por la tarde para culminar con los preparativos.

Al llegar al hotel, suspiró de cansancio. El portero le ayudó con las cosas, y ella le pidió que dejase algunas en su habitación, preguntó por Albert, y le informaron que se encontraba en la playa, con un nuevo grupo de huéspedes del hotel.

Cuando llegó a su habitación, se dio una ducha rápidamente, y se cambió de ropa. Siempre que se hospedaba un grupo nuevo de personas, ella les daba la bienvenida, a la hora de la cena. Se colocó un vestido color turquesa recto hasta cinco dedos más debajo de la rodilla, de tiros gruesos, y el escote también recto, recogió su cabello rubio, y hasta la altura de los omoplatos con una cola baja, se maquilló de manera sencilla, aunque sus grandes ojos verdes siempre resaltaban. Sus sandalias de finas tiras, del mismo color del vestido, completó la vestimenta.

Salió de la habitación, y se dirigió hasta al gran salón, desde lejos se podía escuchar las carcajadas, pero había una… y femenina, que le llamó la atención porque además de forzada, era escandalosa.

—Buenas noches. —Saludó a los presentes, y enarcó una ceja a donde se encontraba Albert, pues la mujer estaba al lado de él, cerca. Demasiado para su gusto.

—¡Oh, estás lista! —Albert se levantó del asiento en donde se encontraba, y soltó de golpe el brazo que lo tenía sujeto y caminó hasta ella, con sus grandes manos encerró su delicado rostro, y le dio un beso sonoro en la frente. Luego la atrajo hasta él colocando la mano en su baja espalda. —Damas y caballeros… ella es Candy.

—¿Tu sobrina? —preguntó la mujer de la voz chillona, mirándola de pies a cabeza.

—Sí, esa misma soy. —Respondió Candy con una sonrisa de suficiencia, que solo ponía cuando no soportaba a alguna persona.

—Con esa manifestación de afecto, queda sobrentendido, Helena —manifestó una rubia con desdén.

—Bueno… ellos son el nuevo grupo de huéspedes —Albert le explicó a Candy. —Helena, Margot, Nancy, Charles, Jimmy, Daniels, y Tim.

—Es un placer tenerlos en nuestro hotel —expresó sinceramente Candy.

—El gusto es mío —Tim se levantó y se acercó a hasta para besar su mano.

Cuando Albert vio aquel gesto, arqueó una ceja. En ese momento iba a decir algo, pero Irina, la encargada del personal de mantenimiento, hizo acto de presencia para anunciarles que la cena estaba servida.

Todo el grupo pasó al gran comedor, y quedaron sorprendidos con el banquete que se había preparado para darles la bienvenida. Helena no perdió tiempo para sentarse muy cerca de Albert. Una furia creció en ella en oleadas, que no supo de dónde había salido. Tal vez si, se estaba sentanda en su puesto, quería ocupar su lugar.

Sin embargo; Candy se comportó todo lo que las normas de etiqueta, que había aprendido sugerían. La velada continuó un poco tensa, era demasiado obvio el interés de la chica llamada Helena por Albert.

Por otro lado Tim, no paraba de entablarle conversación. Le comentó que era de Inglaterra, y que conocía a su primo Archie Cornwell de la universidad. También le pidió que le diera una excusión por la ciudad. Tuvo que sonreír cuando el rostro de Albert se puso de un rojo escarlata.

Al cabo de media hora, Candy se excusó diciendo que estaba cansada. Lo cual era cierto, estaba cansada… pero de ver a Helena queriendo obtener un pedazo de Albert, y se retiró a su habitación.

Ahí desató su irá, ¿qué pasaba con ella?, se preguntó. Tenía semanas así, no quería ninguna chica alrededor de Albert; que no fuese ella. Había un nombre para eso, y eran celos, pero por ningún concepto lo aceptaría.

La noche fue muy larga, y con insomnio así que decidió bajar a la cocina, para prepararle un desayuno especial a Albert, iba a paso confiado cuando escuchó unos susurros por el pasillo.

—Helena, no cometas una locura.

—No estoy haciendo nada malo, Margot. Albert me gusta mucho, ¿qué tiene de malo que quiera un poco de su atención?

—Ese hombre no es para ti, ¿te has dado cuenta como mira a su supuesta sobrina? Es obvio que tienen una relación.

—Pues, no me importa. Quiero a Albert para mí.

Candy no pudo aguantar más, y caminó hacia ellas.

—Buenos días, ¿qué temprano se han levantado?

Ambas chicas iban a decir algo, pero llego Irina. Candy le pidió el desayuno preferido para Albert, y no le quedó de otra que contarles lo planeado, y de paso invitarles a la celebración.

Ese día Candy decidió, no ir a trabajar. Con la pobre excusa de que tenía muchas cosas que hacer, disimuló que lo que quería saber era más de las intenciones de Helena.

A las ocho de la noche, todo estaba listo. La casa decorada con todos los adornos respectivos a la celebración. Música, comida y bebidas, hubo por doquier.

El primer baile Albert lo pidió a Candy, peor los que siguieron Helena se encargó, de que solo fuesen con ella. Ella estaba muy molesta, también los pies le dolían, no soportaba los tacones altos, porque tenía los pies hinchados.

Desapareció por los pasillos, que daban a la cocina, y salió al patio a fumarse un cigarro, solo lo hacía cuando estaba muy molesta.

—¿Puedo saber que te tan enojada que estás fumando? —aquel tono grave detrás de su espalda, desde hacía unos meses, le ocasionaba una serie de escalofríos.

—Estoy algo cansada —dio una calada, y se giro para encararlo—. ¿Qué haces aquí?, deberías estar bailando, y celebrando dentro tu cumpleaños.

—Te agradezco el detalle, pero no me sirve si no estás a gusto, y no estás conmigo.

—Albert… he decidido en este momento regresar a Londres —soltó de golpe.

—¿Qué has dicho? —tuvo que preguntar, pues creyó que no había entendido bien.

—Es lo lógico… piensa… hoy estás cumpliendo treinta y tres años, es hora de que formes una familia —no supo el porqué se le hizo un nudo en la garganta, al decir aquello.

—¿Desde cuándo sabes lo que es bueno para mí o no? —espetó furioso.

—Te mereces un hogar, una mujer que te haga feliz.

Albert caminó hacia ella con paso firme, y amenazante le tomó por lo hombros.

—No entiendo a qué viene esto, menos hoy. ¿Este era tu real regalo de cumpleaños para mí?

—No… noo —sacudió la cabeza—. Para nada, esto lo organicé con mucho cariño, Albert.

De pronto en el cielo se iluminó con una serie de rayos, como si estuviese furioso también por su decisión.

—Entonces habla… —le presionó.

—Es mejor que vayamos dentro de la casa, pronto comenzará a llover.

—Como si no supiera, que te encanta bañarte bajo la lluvia.

Ella se alejó de su lado caminando hasta la casa, pero se detuvo en seco cuando él habló.

—Entiendo, no has podido olvidar a Grandchester. ¿Le buscarás? ¿Por eso es que quieres volver a Londres?

—¿De dónde has sacado tal disparate? —preguntó caminando de nuevo hacía él.

—Es obvio —se escuchó un poco de ira en él.

¿Cómo podía pensar eso? Hacía más de un año que no penaba en él, y como por arte de magia no dolía como antes que mencionaran su nombre.

—Estás equivocado.

—¿Entonces estás huyendo?

Cuando iba a responderle comenzó a llover.de pronto, y comenzaron a mojarse.

—Yo. No. Huyo. —respondió con los dientes apretados, y golpeando su pecho con el dedo índice.

Sin pensarlo dos veces Albert tomó la iniciativa. Le tomó de la mano la jaló hasta su cuerpo, y con la libre tomó su barbilla, inclinó su rostro, y cubrió sus labios con los suyos.

Jamás se había sentido de esa forma, el único hombre que había besado fue Terry, pero lo que estaba sintiendo no era ni parecido. El beso era suave, pero firme, demandante y al mismo tiempo delicado. Sus lenguas acariciándose como si bailaran.

De repente… ella reaccionó, rompió el beso y le dio una bofetada. Albert quedó sorprendido.

—No vuelvas a hacer eso… —se alejó, solo tres pasos, se detuvo, y se volteó.

Albert estaba parado, a pesar de la oscuridad podía ver el reflejo, de dolor y tristeza en su rostro, también el desconcierto. Parecía como si estuviera resignado recibiendo un castigo debajo del agua.

Candy temblaba, pero no era por el frio de la noche lluviosa, era porque sentía que lo había perdido, fue entonces cuando lo supo… con el tiempo se había enamorado de Albert.

Así que corrió hacia él, y se lanzó en sus brazos. Albert la recibió, y la alzó inmediatamente para acercarla un poco más a su cuerpo, ella enroscó sus piernas alrededor de la estrecha cintura masculina. Fue ella, quién con sus manos encerró el rostro cincelado y lo beso.

Ya no importaba nada, ni los invitados que les esperaban en el salón, la noche, la lluvia, la tormenta eléctrica que se estaba creando. Solo les importaba aquel beso, la manera en que sus labios se decían tantas cosas, sus lenguas se batían a duelo, y al mismo tiempo bailaban una danza erótica. Mil sensaciones, y tan solo un sentimiento. El más puro y el más destructivos de todos… el amor.

Albert rompió el beso, y pegó su frente a la de ella.

—Nunca te dejaré ir, Candy —su voz era más ronca de lo normal.

—Eso espero, Albert… nunca me dejes ir.

Con esas palabras, sin saberlo hicieron una promesa de amor.

***Fin***

31 Octobre 2020 23:31:10 10 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Angélica Plaza La vida es como una bicicleta, para mantener el equilibrio tienes que seguir adelante. ****** Una aprendiza de escritora, que te hace vivir en sus letras, fantasías.

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Om Garcia Om Garcia
¿Y por qué le cedió tantas piezas a Helena? Era lógico que Candy se molestará. Por la forma en la que quedaron los personajes secundarios, todavía podría continuar.
November 26, 2020, 15:47
Jancev Jancev
¡Muy lindo fanfic Angélica! Al fin tiene un final feliz esta chica.
November 07, 2020, 20:14

EM Edith Martínez
Que lindo es el amor, me encanto, ❤️❤️❤️
November 05, 2020, 23:41

  • Angélica Plaza Angélica Plaza
    Bueno... Eso es miente perversa jajaja imaginando como sería el verdadero final de Candy jaja gracias 💋 November 05, 2020, 23:44
Heidy Ortiz Heidy Ortiz
Hermoso 😍😍
November 01, 2020, 06:05

KF Karla Fabiola
Me encanta como escribes 👏👏
November 01, 2020, 00:16

~