denise-aylen1558723047 Deni Leyn

En internet, cualquiera puede jugar a ser una víctima, o un juez, o un jurado, o un verdugo, elegir a quién perdonar y a quién castigar, en quién creer y en quién desconfiar. La presunción de inocencia es un mito más. ─Creación del manuscrito: 07/08/2020 ─Reedición: 19/03/2021


Histoire courte Déconseillé aux moins de 13 ans. © https://www.safecreative.org/work/2008074963229-la-caceria-de-brujas

#cuento #corto #reflexión #sociedad #no-ficción #persecusión #critica #contemporáneo #libertinaje #linchamiento
Histoire courte
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Comienzo

Me costó observar lo que ocurría en la casa del frente, las luces verdes de la ambulancia entorpecían un poco mi campo de visión. No me atreví a correr del todo las cortinas, estaba conforme con echar una pequeña mirada abriéndolas con el dedo índice y el pulgar de la mano derecha. Alcancé a ver una camilla transportando una bolsa negra, había alguien dentro de ella.

Escuché a una mujer adulta romper en un llanto desgarrador que, inexplicablemente, perforó como cuchillas a mi corazón. Un hombre, mayor que ella, la detuvo abrazándola por la espalda, evitando que se acercara más a la camilla para tocar la bolsa. También lloraba.

Esa noche, un único pensamiento rondaba por mi mente: «¿Saben por quién lloran, acaso? ¿Cómo se atreven a lamentar la muerte de un violador y derramar lágrimas? Es entendible que se trató de su hijo, de tan sólo diecisiete años, pero ¿en serio están destrozados por él después de lo que le hizo a esa pobre chica?»

La ambulancia se marchó y los padres subieron a una patrulla de policía. Supuse que para interrogatorio.

─Miriam ─llamó mi madre, preocupada y triste, asustándome.

─Mamá, no has tocado la puerta ─le recordé y me alejé de la ventana─. ¿Pasa algo? ─Me acerqué a ella, viéndola alterada, y la abracé.

─Álvaro Silva, el hijo mayor de los vecinos del frente, oí que su padre lo encontró ahorcado en su dormitorio ─contó, notando cómo su voz se quebraba.

«Era de esperar», pensé decepcionada pero satisfecha al mismo tiempo. Aunque sí me frustró que mi propia madre se sintiera muy mal por aquella persona que consideraba una escoria. ¿O lo estaba por los padres? Sea por quien fuera, sabía lo que opinaba al respecto, y me hubiera dado uno de sus sermones sobre esos temitas si abría la boca.

En la mañana del siguiente día, las redes sociales habían hecho lo que los noticieros no: Eco de tan trágico suceso. Y, como es costumbre, no tardaron en aparecer publicaciones de Facebook o hilos de Twitter culpando, ¡cómo no!, por el suicidio de Álvaro, a la víctima, Jessica Montero, y a las personas que la estuvimos apoyando:

«¿Por qué esta chica no presentó una demanda contra el presunto violador, en vez de exponer su caso en la redes, donde todo el mundo se enteraría y lincharía al joven sin prueba alguna? ¡Nunca se mostraron pruebas! ¡Sólo palabras de una persona de internet! ¡Y ustedes la siguieron como borregos y actuaron como simios contra este muchacho!»

«Otra víctima del escrache público, una persona que la mayoría de los chismosos jugaron a ser jueces y verdugos no conocieron ni se atrevieron a conocer antes de condenarlo. Que en paz descanses, viejo amigo.»

«Hablan de creerle a la víctima antes que a un presunto violador. ¿Incluso si dicho acusado podría ser un inocente más? ¿Son conscientes de cuán peligrosa es esta postura? ¿Qué hay de la presunción de inocencia? Si la tal Jessica en verdad fue víctima de una violación, ¿por qué hablar recién ahora y no hacer los procedimientos que corresponden? Internet no es una comisaría ni tampoco una fiscalía. Si la justicia es una porquería, ¿por qué no hacer algo para cambiarla por la seguridad y bien de todos los ciudadanos, en vez que quejarse y hacer nada, que todo permanezca igual y atacar a diestra y siniestra a una persona que no conocen y defender a capa y espada a la otra que tampoco conocen?»

Los defensores de la víctima no se quedaron atrás:

«La víctima presenta una demanda contra su agresor cuando se sienta preparada, no cuando a ustedes les plazca. ¿Qué tal si la tenía amenazada y por eso no se atrevió a hablar? Y aunque fuera a poner una denuncia, la justicia ni haría nada, a menos que ella hubiese acabado en una bolsa de plástico.»

«Un violador menos en la calle. Escrachen lo que más puedan, porque ¡nosotros estamos con las víctimas! ¡Basta de defender al victimario y castigar a la víctima! ¡Prefiero creerle a una mentirosa que a un violador!»

«¿Por qué se mató, si tan inocente era? Aquel que no cargue con culpa no cometería tal acto, ¿no?»

Sentí esa necesidad de unirme a la discusión y compartir mi postura, pero algo me detuvo y me hizo considerar que mantenerme alejada de ese pleito era una buena idea, dejando que ambos bandos se mataran entre ellos. Creo que fue la mejor decisión que pude haber tomado ese día.

La confesión de Jessica comenzó a hacerse viral cerca del anochecer, dejando atónitos e indignados a los que estuvieron siguiendo de cerca el caso.

Desconocía cómo debía de estar sintiéndome, cuando lo más razonable es… es… el enfado, engañado y sentirte estúpido contigo mismo. ¡Vaya! Sí me siento estúpida, ahora que rememoro ese suceso, el haber estado pegada a la computadora, leer ese hilo y… no haber sentido nada.

Recuerdo que escribió en su Twitter:

¡Se suponía que fuera una broma pesada!

Jamás busqué manchar su imagen ni mucho menos conducirlo al suicidio. Me dejé influenciar por mis amigas, envenenaron mi mente y consiguieron que aceptara crear una mentira tan asquerosa como “Álvaro Silva me violó en la fiesta de XV de mi amiga” e inventar sucesos que nunca existieron. Ni siquiera tengo pruebas de semejante…

Pedir disculpas a la familia y padres de Álvaro, quien fue un buen compañero de secundaria, sería insultarlos, porque nada les devolverá a su único y amado hijo y lo que hice no tiene perdón de Dios.

No me siento orgullosa de lo que hice y me duele en el alma que una “broma” haya llegado a tales extremos.

Si me lo preguntan, ese mensaje no ha hecho ninguna diferencia en nuestro mundo.

Sonando exageradamente realista, denunciar en un establecimiento será cosa de otra época. Lo de ahora son las redes, acción que se está normalizando y, paradójicamente, repudiando. Comparan esta pesadilla con lo que fue la cacería de brujas: las pruebas que se presentan son extrañas y la gente cree en estas ciegamente. No todos cuestionan la información que obtienen. Tampoco les interesa indagar más, quedándose con una sola versión de la historia o con un resumen de los hechos. Sabiendo que vivimos en tiempos de tecnología, es triste el nivel de desinformación que abunda y es lamentable que se utilice el internet para estos fines. Peor aún: provocarle la muerte a alguien por la presión social, o porque un grupo de ignorantes pensó que sería una excelente idea ir a por el presunto sólo porque vieron su foto publicada en una plataforma con un cartel en grande siéndole acusado de un delito que ni ellos mismos pueden confiarle a la policía de su veracidad.

En ese entonces, no entendía la gravedad de la situación… Hasta que me tocó.

Pasaron tres meses del suceso. Mi hermano mayor, David Khaled, fue la próxima presa.

Victoria Fernández, su última ex novia, lo acusó por Twitter de haberla perseguido y abusado sexualmente, y compartió un audio que, según ella, pudo grabar y presentarlo como evidencia.

Las manos me temblaron, un intenso escalofrío recorrió mi médula espinal y el miedo se apoderó de mí cuando escuché dicho audio. ¡Esa no era la voz de David! El tono era similar, sí, pero no el mismo. Y el horario y fecha que no coincidían con el mío: Dos días antes, el jueves 5 de agosto, a las 6:30pm, él ya estaba en casa y nos contó que había terminado con ella, al ser incapaz de continuar soportando su toxicidad. Mi madre y yo éramos testigos. David siempre fue respetuoso con las mujeres, Ángela y Mica, sus ex novias y mejores amigas, lo saben perfectamente.

«Se hubiera esforzado, porque tiene las de perder», quise pensar.

Nadie creyó en mi testimonio ni en la evidencia que, minutos tarde, presenté en mi hilo. Me llamaron mentirosa y «defensora de violadores». Las mismas mujeres me dieron la espalda y me hicieron a un lado, tratándome como si fuera una traidora o una villana. Los hombres decidieron apoyar a la presunta víctima y no a una testigo del acusado; otros, como ya esperaba, optaron por una postura imparcial.

David se alejó de internet. Los comentarios que le dejaban no eran para nada agradables. Incluso le desearon la muerte. Y estuvo faltando a la universidad por miedo. Ni para hacer las compras se atrevió a salir de la casa.

«Esto tiene que parar», me dije. Así que tomé toda la evidencia posible y comuniqué a mi madre ir a poner una denuncia contra Victoria por incitar al odio, difamar y acusar falsamente.

Lamentablemente no pudimos contar con la policía ni con un abogado. Los que antes llamamos amigos se pusieron en nuestra contra. Estábamos solos y rogamos porque esto no terminara de la peor forma.

Los días transcurrieron y Victoria cruzó la línea: Hizo pública nuestra dirección, excusándose con que las autoridades no hacían nada y que nosotras, su única familia, lo protegíamos.

Una muchedumbre histérica destruyó nuestra casa mientras gritaban que le entregáramos a David, o sufriríamos las consecuencias por estar escondiendo a un «depredador sexual». Desesperados y asustados, intentamos comunicarnos con la policía y su silencio fue su única sincera respuesta. Los vecinos tampoco ayudaron. Ingresaron a la vivienda y comenzaron a separarnos: A mi madre la arrastraron a la cocina sujetándola del cabello; a mí, tironeándome de los brazos a la sala, y a mi hermano, por querer salvarnos, a la calle…

Una patrulla de policía, que casualmente apareció en nuestro vecindario porque estaban vigilando algunas zonas de la ciudad, llegó varios minutos tardes a poner orden.

Ahora, mi madre está internada en un hospital por fracturas de cráneo; yo, con un brazo roto y raspones; David, en una cámara mortuoria frigorífica. Las lesiones con las que llegó al edificio fueron graves, varios de sus órganos vitales se dañaron y los médicos hicieron lo que pudieron por mantenerlo atado al mundo de los vivos.

Algunos periodistas empiezan a interesarse en nuestro caso ─para el morbo, por supuesto─ y acepto llevar a cabo las entrevistas con la esperanza de poder limpiar la reputación de mi hermano y la de mi familia y quitarle la máscara a Victoria, la sinvergüenza que ha estado desprestigiándonos y atacado aún a David siendo ella consciente de haber sido la causante de su asesinato.

… Nada, absolutamente nada.

Ya he perdido la cuenta de las tantas veces que intenté demandar a Victoria y de estar presentando la evidencia y repitiendo el mismo testimonio como si fuera un loro. Tampoco puedo recurrir a las redes porque me han quitado voz y arruinado mi imagen. Ya ni soy un ser humano, vaya. Sólo una bolsa de basura. Y porque quise proteger a mi hermano y ahora querer limpiar su nombre.

Esto que he vivo lo puede padecer alguien más… ¿Y si el próximo eres tú, o un conocido o familiar tuyo? ¿Qué harías si un grupo de personas de internet escogen cuándo y cómo terminará tu vida o la de un tercero? Si alguien acusase a una persona que no conoces, ¿irías a defender a la presunta víctima y castigar al presunto victimario? ¿Defenderías al presunto victimario y castigarías a la víctima? ¿Preferirías ser indiferente, el creer en la presunción de inocencia y ─exigir─ que el caso se resuelva en los tribunales y no en internet?

19 Mars 2021 15:29:06 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Deni Leyn La autora desea transmitir todo tipo de emociones con sus manuscritos, cada uno ofreciendo una historia diferente y con una latente crítica. Su forma de trabajar es no recurriendo a clichés para facilitar el desarrollo de un libro sino que permite que sus personajes cuenten sus historias a los lectores, intrigándolos y con un toque de originalidad. También busca rescatar la esencia de la leyenda vampírica y mejorar algunos géneros literarios.

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