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Robert Sonja


Jessica McGonagall, a sus 14 años el destino le ha hecho una mala jugada, y deberá enfrentar un infierno completamente sola, al encontrarse de repente huérfana de madre. ¿Pero después de que un día su mundo se vuelve patas arriba, será capaz de plantarle cara al destino con la misma valentía? Entre pétalos,sangre y espinas el amor nacerá, en medio de relaciones incluso tóxicas e inclusive hasta ser en algún momento mezquinas y letales, algo que no cualquiera podría soportar, ¿en quién podrá realmente confiar? ¿Será capaz el amor de curar todas las heridas del pasado? ¿Jess será capaz de perdonar aquel horror que la persigue como una sombra sin piedad?


Romance Suspense romantique Déconseillé aux moins de 13 ans.

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Prólogo

A Vicky...

Para que nunca se extinga

la luz de tus sueños

- ¿Ya has preparado tu equipaje? - preguntó Hennrietha con sus simpáticos hoyuelos en el rostro. Subió una mano manchada y áspera deslizándola por mi mejilla, ya no lograba estremecerme ni huía se sus continuas demostraciones de afecto, ella había sido parte imprescindible en mi infancia ayudando a mi madre, algo de lo cual ella disfrutaba puesto que era huérfana y yo retribuía. En el orfanato muy al sur de Italia alguien había escogido ese nombre para ella.

- Casi he terminado - respondí con voz ahogada.

Mis ojos se humedecieron y mi garganta se cerró presa del pánico por lo que me depararía en mi futuro, pero respire profundo para que ella no lo advirtiera, eso haría las cosas más difíciles para las dos. Ella asintió y se inclinó un poco a mi oído para susurrar.

- Recuerda que el viejo Doménico te quiere lejos de aquí antes del atardecer, y sería mejor hacerle caso esta vez. Desde muy temprano comenzó a beber y ya sabes cómo se pone, niña. No quiero ver que te de otra zurra como la de la otra noche, creo que esta vez no lo soportaría y me echaría encima de él.

- Eso me encantaría verlo - curve mi boca en una sonrisa imaginándome la escena.

Hennrietha era mucho más alta que mi antiguo padrastro Doménico -y anémico, como yo lo llamaba a sus espaldas-, y mucho más pesada. Los trabajos forzados desde muy niña la habían amoldado un cuerpo no muy ligero, de músculos fuertes y desarrollados, siempre cortando caña de azúcar en compañía de otros hombres y algunas mujeres, y luego en la plantación de café.

Seguramente de no haber necesitado tanto su trabajo y su cochino dinero, hace tiempo le hubiera devuelto con tantísimo gusto una buena zurra a aquel hombre, pero yo tampoco se lo permití. No quería llevar muy lejos el cargo de conciencia de su incierto y desastroso destino, no quería ser directamente la culpable de eso, ya era suficiente todos los malos ratos que el viejo Doménico la hacía pasar por mi causa día y noche, a razón de que era la única que se atrevía a apoyarme constantemente de toda su barbárica crueldad.

- No te preocupes, sólo me falta cerrar esta maleta y recoger algunas cosas y estaré lista. - ella asintió sin mirarme y desapareció cerrando la puerta.

Yo me encogí de hombros e intenté fuertemente absorber el aire de la valentía en mis pulmones, tenía miedo de ir a vivir con mi padre, luego de toda una vida sin recordar su rostro casi traslúcido ni su voz, estaba segura de que no sería nada fácil, incluso, aun sabiendo que tenía cinco medios hermanos y una prima -por parte de él, ella también vivía con ellos según me contó Hennrietha una vez- luego de que mi madre iniciara una búsqueda incansable para localizar su paradero, aunque se suponía que yo nunca debía conocerlos pero el caso es, que mamá cayó en cama con una enfermedad terminal, luego quedó postrada en una silla de ruedas y hasta hace sólo veintitrés días que por fin encontró sosiego en el camposanto familiar, entre las miles de hectáreas de la plantación y la casa.

Habíamos sido una familia de renombre, de muy buena posición e incluso, todavía lo era. En la ciudad y en el pueblo y sus alrededores, resultaba muy importante el apellido Giordano, -aunque yo no llevaba-, no era su hija y mi madre nunca se casó con él, por lo que realmente la fortuna, la casa, los autos, la plantación y todo lo demás, permanecería con Doménico Giordano y su primogénito y único hijo, Giancarlo Giordano hijo de su primer matrimonio, que tenía diecisiete años -tres años más que yo, que contaba catorce-, un adolescente mezquino y engreído al igual que su padre. Sabía que nada de eso era mío o de mi mamá, tampoco lo desee alguna vez y la oscura realidad nunca llegó a sepultarme, clavar los ojos al suelo con vehemencia cuando salíamos a cualquier actividad social, era lo más inteligente para mí, parte de un Kit de supervivencia para el día a día, siempre caminando detrás de ellos, siendo la sombra en cada rincón de la casa o simplemente algo útil en los campos para no estorbar. Pero a pesar de todo lo malo que representaba para mí vivir allí, tenía que agradecer mis estudios en uno de los mejores colegios católicos, para niños ricos y de posición cerca de la provincia de Benevento, el señor Doménico lo pagó por petición por supuesto, de mi madre, por lo que no era una niña inculta, sabía leer y escribir, era dada también a los números, y gracias a mi madre, hablaba tres idiomas, Inglés que era su idioma nativo, Italiano por los diez años de vivir en aquella provincia. Mamá tenía descendencia del continente del sur por lo que me enseñó algunas palabras en español en los ratos en que la podía ayudar en la cocina, me contó que tenía allá dos hermanos, uno mayor y otro menor que ella, pero su madre la llevó a Estados Unidos después del divorcio y creció y estudió allí el resto de los años, desde ese remoto tiempo, nunca más supo de ellos.

Terminé de recoger en mi maleta, mis recuerdos y me dispuse a cerrar con fuerza el cierre de la peor historia de mi vida, mientras me auto-convencía de que, un paso adelante sería mucho mejor a eso, siempre sería mejor. Detallé a una chica delgada de pómulos altos, ojos verdes pero muy tristes y cabello rubio, Sus labios permanecían pálidos y en otras circunstancias, tal vez me hubiera atrevido a decir que era bonita, tal vez si en vez de un vestido largo, suelto y negro, no colgara a su alrededor como una bolsa, tal vez... quizás... pero me mantenía de luto y permanecería de esa manera por largo tiempo.

La puerta se abrió de par a par, hasta que golpeó fuertemente la pared, era Giancarlo. Se detuvo a mirarme con sus ojos inexpresivos, como dos castañas grandes y pestañas espesas, mientras se apoyaba del marco de la puerta. Tenía el cabello haciendo juego con sus ojos, y ese día lo llevaba peinado de un lado.

- Ya es hora de que te vayas, - dijo luego de sorber un poco de su bebida de malta - ellos ya están aquí y han venido a recogerte. Esperan fuera de la propiedad por supuesto, no los dejé entrar aquí, no dentro de mi casa, así que es mejor que te des prisa, puesto que perderán el avión, y en realidad... no me imagino cómo podrían gastar tanto dinero en un boleto de avión con alguien como tú, quizás es porque tendrás que pagarlo con creces al llegar allá, pero si mi hubieran preguntado, les hubiese aconsejado mandarte en barco, entre los baúles y roedores, tal vez alguno que otro marinero sea capaz de lanzarse esa aventura contigo y hacerte un favor. - rió de una manera vulgar con su boca ancha. Mis ojos me aguijoneaban detrás por la impotencia que sentía.

- Pero no te preguntaron, ¿no es así? - rebatí casi furiosa, mientras intentaba pasar el umbral, pero Giancarlo me detuvo por el hombro. Su mano fue como chocar contra una roca, casi disimulé una mueca de dolor y me volví a mirarlo imprudente y casi altiva -lo que la experiencia siempre me dijo que era lo menos recomendable en una situación similar con alguno de ellos-. Sus labios gruesos estaban en una línea fina ahora sin inmutarse.

- Permíteme que baje tus maletas. No sería capaz de parecer descortés delante de esas personas americanas, suficiente con que el apellido Giordano se encuentre mezclado de una manera accidental contigo, pero... a pesar de todo lo que signifiques tú o mejor dicho, lo que no signifiques, no voy a permitir enlodarlo al final, aún más, sabiendo que el final siempre es el más... suculento. - eso último lo dijo clavando la mirada en mí y yo la desvié está vez. Su mano sobre mi hombro comenzó a presionar, yo negué con la cabeza tratando de pasar con mi maleta pero no lo logré -como de hecho lo suponía-.

- Dame tu maleta, Jess. - ordenó con una voz gruesa y gélida que me hizo erizar los vellos del cuello, conocía perfectamente a Giancarlo, y lo cruel que podía ser cuando se lo proponía o se le llevaba la contraria. ¿Y finalmente, qué importancia tendría complacerle una vez más, cuando ya toda relación entre su familia y yo había concluido? Apenas mi madre murió, ellos me echaron fuera de su casa, tan sólo esperaban la respuesta de mi padre después de la rápida correspondencia. Luego de hoy nunca jamás los volvería a ver, suspire y asentí.

- Te extrañare Jessica Becca McGonagall, recordaré nuestros mejores momentos juntos. - dijo mientras caminábamos por el corredor hacia la escalera de madera, y yo parpadee.

- ¿Cuáles? - dije atreviéndome a ser un poco irónica, aunque en mi voz era evidente el miedo que sentía hacia él - Ah sí... cuando me tenías bajo tu bota presionando mi cuello en medio de una tormenta, cubierta toda de lodo en el cañaveral, o más bien, cuando me golpeaste con tus amigos luego de salir de clases, dejándome tirada en el camino. No le dijiste a tu padre la verdad de lo que habías hecho tú, sino que esperaste que el moliera mi cuerpo a golpes por haber llegado tarde. Supongo que me hablas sobre esos memorables momentos, ¿no es cierto?

- No te hagas la importante ahora - respondió secamente cuando llegamos al pie de la escalera y se detuvo a mirarme - porque no eres y nunca vas a ser nada especial. Esos momentos siempre los mantendré en un lugar exclusivo, recuérdalo Jess, confórmate con que me divertí plenamente gracias a ti, pequeña basura blanca.

¡Lo odiaba! Era un chico definitivamente repugnante y me volví para mirarlo a la cara, deseaba recordar su rostro refinado, altivo y muy bastardo, mis ojos se clavaron en él como dos centellas parpadeantes. Con un ligero movimiento Giancarlo volcó a propósito la bebida de malta en mi pequeño escote del vestido negro, traté de esquivarlo dando un paso atrás pero fallé el escalón y lo único claro que logré recordar, era que él había lanzado su brazo hacia adelante, ¡me había empujado!

Rodé escaleras abajo mientras intentaba frenar una caída inminente, pero de nuevo fracasaba. Mi cabeza golpeó con algo y luego todo se tornó en oscuridad.

28 Juillet 2020 05:10:47 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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