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Alfonso Ortiz


Una historia inesperada. No es sobre lo inicialmente pensado.


Fantaisie Épique Tout public.

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La bella alemana


Por: Alfonso Ortiz Sánchez

La belleza física y la inteligencia delatan su ascendencia alemana; la elegancia, el porte al caminar, semejan el andar de una reina en pasarela. Sus ojos verdes y la elevada estatura, piernas largas y torneadas, y su piel de seda, reflejan auténticamente la herencia recibida de la familia del duque de Weimar en Alemania. Sus exquisitos y sensuales movimientos despiertan la atracción libidinosa de muchos, y la envidia soterrada de muchas. Su particular atractivo físico se complementa con el mote de “reina” como se le conoce en el barrio.

Desde muy joven su familia la educó como si estuviera predestinada a ser modelo; le pagaron un curso de etiqueta y protocolo; un gourmet se encargó de enseñarle las buenas y elegantes maneras en la mesa, y, desde París y Milán, le envían atuendos de última moda diseñados por las mejores marcas del momento. Su forma de caminar le da el toque de distinción cuando, oronda, se pasea por los exclusivos centros comerciales de la ciudad de Hilarco. Definitivamente su belleza física la convierte en el centro de las miradas de todos, quienes, con cualquier pretexto, vuelven sobre sus pasos para contemplar semejante beldad.

Sus exquisitos gustos musicales, y su agudo oído, solo le permiten descansar con la Pequeña Serena de Mozart, el Mesías de Händel, la Sonata Claro de Luna de Beethoven, y los Caprichos Italianos de Tchaikovsky. La familia tiene muy claro que sin esa música la Bella Alemana no puede dormir; solo esa música sublime le permite el verdadero descanso, y la hace soñar con un Príncipe Azul al que, si aparece, amaría con toda la pasión propia del amor que se profesaron sus ancestros alemanes. Seguramente sus antepasados se divirtieron con los conciertos de Viena, Brandeburgo, Salzburgo donde nació el inmortal Mozart. Por sus venas corre sangre de lo mejor del pueblo Alemán; de ese pueblo que nos legó a Schiller, Goethe, Thomas Mann, Günter Grass, Bertolt Brecht, Marx, Leibniz, Habermas, Einstein, Hannah Arendt, Hegel, y otros tantos que representan lo más ilustre del pueblo Alemán que nada tienen en común con los que pregonaban el concepto de raza pura.

Cuando la Bella Alemana pasea por las playas del río Magdalena, miles de rostros, de mirada libidinosa, convergen en su esbelto cuerpo y su caminar cadencioso, como si estuviera interpretando los sublimes actos del ballet el “Lago de los Cisnes” de Tchaikovsky que eleva a cimas casi inalcanzables la espiritualidad expresada en el inmortal amor de la linda Odette y el príncipe Sigfrido. En efecto, las largas y torneadas piernas de la Bella Alemana junto a su garboso caminar, y su mirada cautivadora forman un conjunto digno de las mejores representaciones de ballet.

Un día festivo, cuando en la playa había mucha gente, en un descuido de los padres, un niño fue arrastrado por la corriente del río; todos se asustaron; pero nadie hacía nada por salvar a la criatura; la Bella Alemana, decidida y valiente, se lanzó al agua dispuesta a rescatar al niño. En medio de la angustia los espectadores no sabían si admirar la elegancia de la nadadora, o agradecer el gesto solidario y desafiante del peligro que ofrecía la impetuosa corriente del río. Arriesgándolo todo zambulló y buscó al niño hasta que lo encontró y salió a flote, y nadando con un solo brazo, pues con el otro asía al niño, llegó a la orilla donde, por un instante, las miradas no fueron eróticas sino de admiración por su valentía.

Cuando iba de cacería con la familia la Bella Alemana exhibía su exuberante belleza, vestida para la ocasión con estilizado atuendo que resaltaba, una vez más, sus curvilíneas formas, y provocaba silenciosos suspiros. Rápidamente demostraba su habilidad innata para la caza, se camuflaba muy bien en el bosque; y por el color del traje seleccionado confluía, en hermosa simbiosis, en la espesa maleza, con toda la flora del oscuro y tupido bosque. Tan perfecta era su simbiosis en la selva que las distintas clases de flores, arropados por el espectro multicolor de las mariposas ocultaban la majestuosa figura de “diana la cazadora” como coquetamente la bautizó un joven enamorado.

Sus delicados modales se complementan con la forma de tomar sus alimentos, y la manera cómo selecciona y toma cada plato. Nunca ingiere carbohidratos, y sus proteínas preferidas son la carne y el pescado. Las frutas no pueden faltar en su mesa, y bebe considerables cantidades de agua, especialmente después de sus largas caminatas diarias. Como es el centro de atención de la familia se ha vuelto engreída y un poco prepotente. Cuando llegan visitas y se siente desplazada manifiesta su desagrado encerrándose en la habitación, o cuando la familia acaricia a su primo alemán, ella desdeñosamente se retira en silencio frunciendo el ceño con innegable gesto de envidia y soberbia. Con alguna frecuencia su egolatría la hace displicente como si estuviera destinada a reinar en un ambiente donde todos se rinden a sus pies. No concibe un mundo de iguales y considera natural la diferencia de estratos donde los de abajo le rinden pleitesía a los de arriba. En eso se parece a la mentalidad de su familia mayor que en el ámbito laboral miden con raseros opuestos: para los estratos altos solicitar un trabajo es ofrecerle “servicio a la Patria”, en cambio cuando los de abajo solicitan trabajo están buscando puesto, o quieren que un patrón les de alguna chamba.

Los atardeceres son, para la Bella Alemana, momentos de ensoñación. Permanece varias horas en el balcón de su casa ensimismada, escudriñando el horizonte, como si en lontananza estuviera ese amor que por una inexplicable razón espera en las horas del resplandor crepuscular. Sueña, sueña, y suspira como si por algún efecto magnético la fuerza de ilusión del amor atrajera a su lado el Adonis que tanto ambiciona. Las horas vuelan y la oscuridad del anochecer desvanece, o mejor aplaza, sus ensoñaciones. Muy temprano se va a la cama que le ofrece unas tersas almohadas de pluma con las que siente como si la acariciaran con ternura.

Todos los días, desde el balcón de la casa, observa el desfile de admiradores que, uno a uno, pasan por la calle y le dirigen amorosas y tiernas miradas como invitándola a pasear por el parque cercano; pero ella los mira con coquetería y delicadamente les niega la posibilidad de paseo alguno. Diariamente, frente a su casa, desfilan apuestos jóvenes con la ilusión de ser correspondidos en su amor. Un día uno de sus admiradores es un apuesto y joven alemán, esbelto, de ojos azules y pelo rubio; elegantemente vestido se pasea varias veces frente al balcón pero la Bella Alemana lo mira con poco disimulado desdén ante lo cual el joven sigue su camino sin poder esconder la frustración. Otro día el admirador es un francés de caminar lento y desgarbado con mirada de poeta; pero corrió la misma suerte del alemán. En los siguientes días los enamorados son hoy un inglés, mañana un belga, otro día un hermosos y robusto siberiano, y, por último, un elegante negro brasilero que camina como si danzara zamba salida de la más profunda alma de las favelas de Brasil.

Definitivamente ningún pretendiente fue aceptado por la Bella Alemana; todos pasan y pasan por la casa y ninguno es correspondido más allá de una discreta sonrisa. Pero un día, para sorpresa de su familia, mejor para desilusión, para tristeza y rabia al mismo tiempo ,se enamoró de un habitante de calle, sucio y mal oliente, desgreñado y gruñón como guapo de barrio; con ínfulas de cantante y de poeta bohemio; cuando canta o declama más parece que emite sonidos guturales, estridentes y fastidiosos, pero el jura que su voz se compara con la de los mejores tenores del mundo; su fealdad y su actitud de guapo buscapleitos espanta a sus congéneres quienes, acobardados, se alejan de la cuadra y del barrio. Borrachín empedernido, un día le declamó , o mejor emitió sonidos guturales, una hermosa poesía de Paul Valéry:

Tus pasos, por el silencio creados

avanzan santa, lentamente,

hacia el lecho de mi impaciente

vigilar . Fríos, callados.

Queridos, adorados pasos mudos

que sin oir, mis ansias adivinan.

¡Qué regalos celestes se encaminan

hacia mi lecho, en unos pies desnudos!

Si para mi sueño obseso

tu boca haces avanzar,

yo preparo el paladar

al alimento de un beso.

No lo apresures, ten calma,

dulzura de ser no siendo,

que de esperar voy viviendo

y son tus pasos mi alma.

La Bella Alemana se enamoró perdidamente del habitante de calle, y nunca más volvió si quiera a mirar los pretendientes de estratos 5 y 6. Disgustada, su familia la encerró bajo llave; pero un día, a las 6 de la tarde en un descuido, la Bella Alemana se escapó y se fue con su amado a un lugar recóndito donde fue imposible encontrarlos no obstante minuciosa búsqueda.

Al otro día, a las 7 de la mañana, regresó en estado lamentable: sucia, desgreñada, mal oliente, irreconocible por la cantidad de hojas y espinas enredadas en su taje y en su collar. Su aspecto físico dejaba mucho que desear, pero el rostro irradiaba inconmensurable felicidad; miraba todo en su derredor con mirada de ternura como si en la noche hubiera absorbido la felicidad del mundo entero.

De esa noche de amor la Bella Alemana resultó embarazada, y a los meses de gestación nacieron 7 hermosos cachorritos; 7 perritos que trajeron la felicidad y la alegría de la familia.

8 Juillet 2020 21:50:49 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

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