1566617928 Francisco Rivera

¿La felicidad es una arma caliente? O, ésta tiene muchos filos, tantos como los seres humanos consideren: ¿Y, tú...?


Humour Humour noir Tout public.

#Compartiendo #felicidad
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Felicidad es de humanos "errar la"...


1.- ¿Te has preguntado últimamente por qué ser feliz, para qué y en qué momento dejar de serlo?


Estas cuestiones me asaltaron la tarde en que se agolparon en mi mente, tales preguntas.

Revisaba las posibilidades de platicar contigo, sin personas intrusas de por medio.

Por razones ajenas a mí, creí que te aburriría, pues hasta ahora, los intentos acometidos para ese propósito -junto a esa tripleta de interrogantes- me dejaron dudando sobre tu escasa paciencia para preguntar y contestar, no desde mí, sino entre ambos...


¿Cómo decirte que el amor tenido en principio, de parte mía, resultaba dudoso para llenar expectativas que, desde mi perspectiva, imaginaba que podía cumplir una vez viéndote de frente?

Impasible en esa mirada difícil de alcanzar desde la manera en que sostenía el cigarrillo y envolviendo en propias ondas el cabello, el rostro, la punta de la nariz y los tremendos ojos que acostumbran mirarme, sin observar lo que trato de representar para ti: tu faldero enamorado siguiendo tu sombra y al acecho de toda tú...

Es viernes y no tengo posibilidad de llamarte al móvil. Por ahora, habré de esperar en este lugar, donde empezó todo, o casi todo...



2.- Un día, mi padre me instruía sobre el valor de la felicidad y el sentido de mantenerla como la hoguera de casa, encendida todo el tiempo, lo más que fuera posible.

Entonces era un chico de once años y pude constatar que mis padres otorgaban sentido de valor cronológico no cuestionado. Mi hermana contaba con catorce años y se encontraba a cinco meses de cumplir quince años.

Si, también ellos y por separado, antes de conocerse, lo descubrieron en propias circunstancias; luego, se dieron a la tarea de generarla en pareja.


Para cada uno, tal valor era mantenido de forma individual; la felicidad fue factor de decisión para unir sus vidas y procrear una familia.

Tal clan hubo de constituir el fin propicio para hacernos llegar al mundo tanto a Sara, mi hermana, como a mí, Samuel.

Recuerdo bien que desde temprana edad, insistían todo el tiempo, que nuestro lugar en la vida debía representar un mantenimiento del estado de felicidad.


Que ésta, dentro de circunstancias opuestas a ello no debería ser razón de más para experimentar negatividades personales mientras crecieramos en casa; que, llegado el momento, tendríamos que hacerlo en la escuela, ante los amigos y en el trato general con el mundo; que, la recarga de felicidad individual dentro del hogar sería, siempre, un primer objetivo a conservar.

Después, al crecer y mantener relaciones con el mundo, deberíamos evitar en lo posible que ésta se disipara de casa y cada cual habría de evitar que ocurriera entre quienes vivíamos en ella. Y, eso, era un código de familia a toda prueba.


3.- Al paso de los años, todos constatamos que ese objetivo no se enfriara y tampoco llegara a faltar en nuestras vidas; en nuestras horas y en todo tiempo transcurrido entre nosotros y los propios estados emocionales desenvueltos y diferenciados entre sonreir y reir, pese a las situaciones de la vida; y entonces llegó un momento crucial para todos: en minutos previos a la hora de comida, nuestro padre lanzó una duda que hizo efecto en mi hermana y mío, hasta quedarnos en silencio desde la pregunta siguiente:


— ¿Cuántas horas han podido ser felices el día de hoy? —, dijo así, en el momento en que tomando una de sus pipas favoritas preludiaba el momento de azoro de ambos, mientras pasaba a interrumpir la lectura de un libro y dedicaba unos segundos a compactar su tabaco depositado sobre la oquedad de ese artículo de uso personal.


— ¡Mmm! ¡Papá...! —, respondió mi hermana, con una sonrisa juguetona, moviéndose desde el espacio que mediaba entre la mesa del comedor y la sala de reunión.

— ¡Oh, Sara, te has vuelto a adelantar a tu hermano... ! —, contestó mi padre, sonriéndole a ella, mientras que con tranquilidad adulta, inhalaba y exhalaba por la boquilla de su pipa, hasta lograr encender el tabaco; hecho esto, soltó una bocanada del aromático "rubio" y propagó círculos ascendentes sobre su cabeza, envolviendo la cima de esta, ascendiendo por su coronilla para, finalmente, disiparse antes de llegar a la altura del techo.


— ¡Mmm, papá: pese a que trato de estar feliz durante el día, he de reconocer que no estoy ajustada a horas de duración de mi propia felicidad! —, contestó ella, ahora desprovista de su sonrisa acostumbrada.


Ante lo cual, me animé a decir lo siguiente:


— ¿No hay fórmulas a modo para ser y estar feliz, todo el tiempo, o sí? —, dije con cierta duda, dando pasos hasta un asiento próximo a mi padre, quien reviró las palabras un tanto extrañas para mí:


— ¡Les propongo un plan, mismo que debe ajustarse a la siguiente indagatoria por parte de ambos! —, expresó papá, contando con la aprobación de mamá, limitándose ella a colocar el menaje del comedor para disponernos a ese hábito ceremonioso, a como lo habíamos hecho desde pequeños.


En dicha disposición, ella no interrumpe nunca su demanda del aseo de manos -que debía cumplirse, sin más para luego pasar a ocupar nuestros lugares-, verificando que todo se encuentra colocado para dar cumplimiento formal a la toma de alimentos en armonía festiva y sonriente.

Ella, en su serena complacencia daba pie a ser "cómplice" de lo que diría papá en cierto instante; asentía con conocimiento de causa desde prudente silencio.

Y, rodeando con la mirada a mi progenitor, le envió un gesto amoroso: un beso entregado por su dedo índice, colocado en posición vertical, cruzando sus labios, acompañado por la muestra orgullosa de la sortija de bodas, colocada por él tras desposarla en esa lejana ceremonia de dieciséis años atrás.

Mi padre devolvió el gesto mediante aspiraciones de humo, imitando el escape de un barco de vapor y luego expuso su planteamiento:

— Deberán descubrir dos tipos de felicidad: la eudaimónica y la hedónica... —, y agregó lo siguiente:


— ¡Les propongo un plan, mismo que debe ajustarse a no sólo la indagatoria por parte de ustedes! ¿Qué les parece? —, expresado así, mi hermana y yo nos miramos desconcertados; consideramos que nuestras pláticas en común hasta esos días, se habían atenido a solo el término de "felicidad".


Papá, volviendo a contar con la aprobación de mamá, fue al grano:


— Por razones de experiencia, su madre y yo tuvimos ese reto cuando decidimos unirnos, primero; luego, "embarazarnos" de ustedes, buscando el estado de felicidad a cada momento, sin tregua de por medio... — , dijo así, y se levantó para traer unas copas.

Y continuó diciendo lo siguiente:


— Ella, desde deberes de cuidado, alimentación y crecimiento, entre otras misiones; yo, en el trabajo de oficina y de oficios diversos, para garantizar las misiones a cumplir por parte de mamá, debido a que tuvo que interrumpir su trabajo de docencia —, comentaba así, mientras sostenía una botella de vino tinto, mostrada con orgullo y para degustación inmediata. Luego, con su sonrisa franca, agregó:


— Además, hube de admitir la necesidad de aprender a hacer ajustes a mi estar, a mi ser y a mi quehacer dentro de casa, pues la labor de pareja no se sujetó a lo que sólo le correspondiera a ella, pues me encontraba unido a una mujer no por lo exquisito de su trato o de su amor y pasión sensual, sexual y emocional, sino de quien hizo de mí un mejor sujeto, un compañero, un esposo y padre de ustedes en todo sentido —, y prodigó un gran beso en la frente de mamá, para continuar comentando:


— Pero la felicidad tuvo que descubrirse, compartirse y repartirse entre nosotros y ustedes... —, dicho esto, y sorprendidos por la exposición, mi hermana y yo mantuvimos silencio, hasta que Sara habló, comentando lo siguiente:


— ¡Papá, algo conocen mamá y tú de ésa propuesta, lo intuyo! —, y él miró a ambos. En ese momento, mamá dijo:

— Bien que sí. Las fórmulas para ser felices son muy antiguas y ésta no se consigue en ninguna tienda departamental, pero sí en nuestro "departamento" mental y acaso también, sensorial — , luego, mirándonos con su serenidad habitual, agregó lo siguiente:


— No se tiene por generación espontánea y tampoco se obtiene por vía ajena a nosotros como personas — , a lo que mi padre agregó, a su vez:


— Tampoco es un don que se adquiere por capricho, es una posibilidad de hacerla parte de cuanto emprendemos y de cómo estamos dispuestos a ser, a hacer y a estar haciendo: primero, con nosotros mismos; después, si es conveniente, con los demás; con el ser humano más inmediato, sea otro hombre u otra mujer que se cruce en nuestro camino —, y concluyó sólo para tomar unos segundos y volver a fumar con gusto, sonriendo para sí y sonriendo a nuestra madre, quien había dado señal para prepararnos al descorche del tinto, pues la comida estaba servida y nosotros, en familia, nos disponíamos a comer.


Dicho esto, en la disposición de los alimentos, mamá comentó lo siguiente:

— ¿Recuerdas, Roberto cuando decidimos compartir nuestras ideas de felicidad en los primeros días y meses? ¡Qué difícil nos resultó aprender a ser sensibles con la felicidad que llegó hasta nosotros, antes del nacimiento de Sara! —, dijo mamá, mientras hablaba amorosa a papá y le daba golpes cariñosos en la espalda. A lo que él respondió en el acto:

— ¡Así fue Sonia! Tuvimos que interponer nuestras circunstancias de felicidad, pequeñas e insignificantes para nuestros propios familiares, para nosotros resultaron todo lo contrario...—, expresó papá, dejando la pipa encendida a cierta distancia de nosotros tres, como un gesto de empatía del cual, con cierto ánimo festivo, agregó en la mesa, lo siguiente:

— ¡Como aquella vez en que constatamos que las circunstancias de felicidad de nosotros dos, en ese "cuarto redondo" donde empezamos a vivir en pareja, nos aportaba seguridad y privacidad; convivencia dentro de ciertas e indeterminadas circunstancias de felicidad individualizada, sumada entre nosotros para darle a la entonces, pequeña Sara, su propia felicidad individual, y que ella desarrolló dentro de un sentido de estar segura, amada, protegida, alimentada y lúdica en todo momento...! —, concluyó, en esta parte, con su característica muestra de serenidad adulta y resuelta.


Sara, por su parte, expresó emociones afectivas bajo distorsiones y muecas infantiles a manera de bromas que nuestra madre celebró, no sin antes reponer lo siguiente:

— La felicidad no debe estar bajo ilusiones de ningún tipo u orden. Debe corresponder a una capacidad de disfrute en cuanto se haga algo; se esté en algo y se desee luchar por la felicidad a toda costa... Y, en esto no debe confundir ser o estar alegres, respecto de ser y estar felices... —, dijo a mamá, mientras ella servía ensaladas y carne, en tanto que papá colocó una botella de tinto, preparada para brindar con el copeo limitado a ese contenido, pese a que mi hermana con doce y yo con once años bebimos sólo una mínima cantidad.


Sin embargo, mamá tuvo la idea de festejar nuestra anticipada transición de pubertad y adolescencia a través de esa pequeña pero significativa ceremonia de convivencia hogareña.

Sara, previendo ese momento seleccionó un fondo musical apropiado de buena música: "Deep House Party Mix de Pete Bellis" para ambientar la reunión, que no quedó supeditada a la comida del día, pues esa acción habitual resultó de interés para la propuesta de papá, quien volvió a tomar la palabra, expresando ciertas nociones generales sobre tal distinción:

— ¡Sara! ¡Samuel! La felicidad es un estado de permanencia convencida desde ustedes y deben preservarlo; éste debe ser permanente pese a circunstancias adversas y ajenas que, por envidia se opongan contra tal estado; o bien, desde ustedes, sus principales protagonistas, cuando flaqueen y no reflexionen sobre las causas que ocasionan lo contrario, la infelicidad... —, comentaba papá, y sonriendo de manera pícara, agregó lo siguiente:


— Es efímera y se desvanece en todo momento, pero ustedes deben hacerla intermitente aún en medio de emociones opuestas y a ese estado necesario a todo ser humano —, aclarado esto, tomó un copa y brindando por nuestra adolescencia propuso aprender a aprehender la felicidad a partir de su significado, para las acciones de cada cual desde ese momento y ante la mesa, cuyos testigos fueron nuestros padres.


Luego, al recordarnos que no debe estar expuesta a ideas erróneas de suponer que lo material y lo que se utilice para desarrollar la vida hace la felicidad o bien, el pensar o el actuar de acuerdo a pensamientos de mera felicidad aparente sólo hace felicidad fragmentada en esa proporción o medida —. Hasta ese punto, papá dejó su intervención.

En tanto Sara y yo, nos miramos y creímos conveniente preguntar a papá respecto a esa diferencia entre felicidades, quizá complementarias, quizá contrapuestas. Entonces, papá comentó lo siguiente:


— Ambas tienen por meta o finalidad el bienestar de los seres humanos por una u otra vía, pero: ¿Basta sólo en uno o en otro sentidos o bien, en ambos? Eso, ustedes deberán indagar, investigar y experimentar de ahora en adelante...y a propósito, les comunicamos que mamá y yo, haremos un viaje de aniversario de bodas y estaremos fuera de casa tres meses, por lo que tía Corina se hará cargo de ustedes, pasando a verlos cada semana... ¿De acuerdo? —, concluyó él, mientras nosotros, entre sorprendidos, complacidos y escasamente preocupados nos miramos y "leímos cual cintillo eletrónico" nuestro azoro, desplazándose sobre nuestras frentes; la tía Corina, hermana de mi papá, nos depararía sorpresa tras sorpresa en noventa días de ausencia: ¡Y, al por mayor! —, tras esa intervención de papá, todos confiamos en poner su parte; se requeriría conjuntarnos para hacer invariable la felicidad de todos y de cada uno, incluyendo, claro, a tía Corina, tan impredecible y diferente a papá...

Y, ella, en verdad, era sobre todo la mejor amiga de mamá... ¿Algo extraño, no? Pero, eso es parte de la historia dentro de esta historia, como a continuación intentaré narrar.


4.- La mañana siguiente Sara se aprestaba al quehacer de casa y había dejado otros implementos de aseo para que la apoyara. Nuevamente y a ritmo de "Deep House Party Mix de Pete Bellis", limpiamos y concluimos esas tareas y para desayunar, miramos cada lugar donde nuestros padres solían sentarse, pues ellos tuvieron que salir a las cinco de la mañana hacia el aeropuerto internacional, rumbo a California, Estados Unidos de Norteamérica, en el vuelo de las siete de la mañana. Quizá al arribar a esa ciudad también volverían a recorrer otros destinos reservados para rememorar sus vidas dieciséis años antes de llegar Sara al mundo, en tanto que cinco años en mi caso, y estaba a punto de cumplir mis doce calendarios.


Quedaba de determinarse qué esperar de tía Corina, tras las pasadas vacaciones en Puerto Vallarta, donde todo nos permitió, no sin recomendaciones de papá en el sentido de abstenerse de beber, salir a bailar, flirtear y sobrepasar sus estados emocionales de felicidad troncal ante circunstancia propias como ajenas.

Como primer experiencia, ambos dividimos áreas de casa para mantenerlas aseadas, ordenadas e intocadas. Por mi parte, tuve que llegar a un acuerdo con ella: hacer una reunión con amigos de la secundaria, a la que ambos atenderemos, desde los recién llegados como de los últimos más remisos en retirarse.


Reservándome si ella no hiciera lo mismo, en el caso de sus amigas. ¿Y se preguntarán quién es tía Corina, verdad? Bien, ahora la presento...


5.- Tía Corina, frisaba los treinta años. De porte agraciado, su cabello suelto de caída natural y lustre caoba hacía perfecta simetría con los ojos expresivos, semi almendrados en su configuración y tono color miel; llamando la atención de los hombres por la risa no del todo discreta y su figura esbelta, firme y bien marcada en su interesante busto, sus piernas y caderas dignas de una "playmate", cuyo porte quedaba sobre visto, ´roncipalmene por las miradas varoniles dirigidas a su trasero que, a manera de poderoso imán, inquietaba no verlo cada cinco a seis segundos. Conocedora de su movilidad de gata, hacía pasarela por donde ella se disponía a transitar, dando lecciones orales a Sara, quien a cada momento pasaba de la sonrisa a la risa, sobre todo cuando los hombres de casi todas las edades le dedicaban miradas deseosas más al observar sus desplazamientos sinuosos y sensuales, sugerían otros pensamientos a los que ella, con un guiño coqueto, le decía a Sara:


— ¡Cárnico, hija, cárnico...!" — , y estallando en risas, ambas, al unísono.

Así, en una reciente visita a un "mall" en Santa Fe, Cuajimalpa, tía Corina invitaba a comer pasta italiana en una cadena muy famosa que contaba con varios establecimientos en la Ciudad de México. Accediendo gustosos entre la espera y el disfrute del lugar, planteaba la necesidad de no medir nuestras vidas sólo en horas, minutos y segundos. Las emociones humanas contaban por encima de todo eso.


Siendo positivas resultaban incluso benéficas a nuestra propia salud: mental, y fisiológica, y, sin mediar sorpresas, empezó a sugerir que pasara cada quien al baño, antes de la toma de alimentos; asear manos y, si en dado caso alguno dispusiera hacer nuestras deposiciones, a como Dios manda, también era acto de justicia al cuerpo y a sus funciones inherentes permanecer levantados de los bordes de los sanitarios, quizá a veinte centímetros, para evacuar con mayor fuerza y tino, mucho tino. Aún recomendó esa altura que nuestros intestinos habrían de agradecer. Luego, volvió a mencionar su "Breviario Cultural" al informarnos que las grafías "W" y "C", le parecían un eufemismo cuya ostentación sobre la puerta de acceso del sanitario destinado a cada género, abreviaba ("Water Close") y aún dos representaciones serigráficas indicaba a quien no supiera leer ni escribir, cuál baño era cuál...


A partir de ese momento, empecé a considerar mis visitas al baño como un depurativo a disfrutar. Y, esa tarde, ella hizo explícita demostración de romper el molde de esa posición asumida, sin más, en el momento de sentarse sobre un bendito retrete imaginario, cuando aseveró, en medio del estupor de algunos parroquianos que, sin mención consecuente, representó esa posición al momento de llevar a cabo tal función, pero encubriendo con la posición de sus manos, como si manipulara los manubrios de una motocicleta...


Como si fuera un acto de mímica, Sara secundaba a tía Corina y tomando una silla imaginaria adoptó esa posición. La esbeltez del cuerpo de tía Cori dio preeminencia a la flexión de sus piernas; los muslos quedaron revelados desde su traje sastre.


Sólo se limitó a ejemplificar conociendo el efecto de la redondez proverbial de su trasero, expuesto en esa flexión, sugerente y agradecida por los comensales hombres y una que otra desaprobación femenina. Sin importar el qué dirán, la flexión dejó de ser la acostumbrada y sugirió levantarse un poco más, sin llegar a adoptar la posición de "águila", para establecer que nuestros intestinos quedaran a una distancia de poco más, poco menos, veinte centímetros por encima de los bordes del imaginado retrete porcelanizado. Acto seguido, mostró su mano derecha y levantó el dedo pulgar dirigiendo una mirada feliz y satisfecha.


Luego, dejó un intervalo de segundos y se llevó el dedo índice hasta la sien comunicando la intención correcta como parte de una práctica, desde ese momento en lo sucesivo. Sara comentó, no sin regocijo, lo siguiente:


— ¡Órale, tía Cori´, la voz y la usanza de la experiencia, nos lo recomiendan...! —, dijo ella. A lo que tía Corina respondió:


— ¡Sarita, tus intestinos lo agradecerán para toda la vida! ¡Fuera estreñimientos del cuerpo y de la mente; del alma y la existencia toda! —, expresó ella, al regresar a su asiento físico de la mesa donde nos encontrábamos. Y para evitar dudas, remarcó lo siguiente, pero sólo audible para nosotros:


— ¡Ea, chicos! Antes de que la mesa esté servida, he de sugerir, no imponer, que depongan desde "más altura", evitando sorpresas desagradables ante cualquier mala puntería...! —, y argumentada en esa forma concluyente, los tres reímos ante ese giro de la plática.


Casi al instante, el mesero que nos asistió desde la entrada a ese local, se dirigió a Sara, que, comiéndola con la mirada, no quitaba la vista pero siempre dirigiendo a ella su mejor sonrisa. Ella, intuyendo cortesía excesiva, dijo a tía Corina si podía beber un poco de tinto para el plato principal, a lo que asintió en el acto, solicitando al mesero que aparte de la toma de la Carta, trajera una botella de vino con descorche en nuestra presencia. Hecha la orden, se retiró y pudo decirle a Sara, sin ocultamientos de ninguna índole que prefería sacarlo de sus semi cubiertos senos, pues en el acto y al no dejar ocultas sus insistentes miradas sobre las de su querida sobrina, la celebraba porque reconocía que ella, la pequeña "Sari", empezaba a ser tan sugerente como ella, sobre todo desde ese estar de "balcón" terso que Sara mostraba con delectación y voluptuosidad innegables.


Hecha esa aseveración, tía Corina argumentó que no le gustaban "tan chicuelos, pues no era nodriza para amamantar críos", y que mejor dejaba por la paz algún indicio de flirteo con hombres hechos y derechos, mayores a diez o a quince años respecto de su edad, según sus cálculos femeninos, pues ella se encontraba "rebasando apenas los veintiséis años de edad..., a lo que alegraba con picardía propia:


— ¡En un pie, verdad! ¿Pero... qué importa si ya tengo treinta cumplidos...? — , dijo así, soltando una risa controlada que sólo la brindó a nuestra mesa...


Sin evitarlo del todo, volvimos a reír y nos dispusimos a celebrar el viaje de nuestros padres, que se encontraban a punto de llegar a la ciudad de Los Ángeles o quizá alojados en un confortable hotel para un descanso y recorrido a esa ciudad donde, sin duda, al día siguiente estarían camino a California para su segunda luna de miel... Tras esa comida y brindis, tía "Cori" nos sugirió control en casa y evitar alcohol, fumar cigarrillos "normales" o marihuana y, sobre todo, no dejar parejas en el baño o en la recámara de nuestros padres, sin olvidar, por supuesto la de nosotros...


6.- Por la tarde, mientras Sara sostenía conversación desde su móvil en el chat de amistades de confianza, me dediqué a indagar vía Internet sobre ambos tipos de felicidad, puesto que ni en la escuela se había planteado tal tema, tanto por parte de ningún docente, como tampoco entre conversaciones con mis amigos. La única posibilidad de conversar, fuera de mis padres, era con la tía Corina, pero ahora no deseaba hacerlo. Quería enfrentar ese dilema y descubrir sus características o bien, dedicarme a ello por mi parte o, en último recurso, con Sara.

Ella, por su parte, hacía variantes de lo impropio con sus amigas. Recién hecha las respectivas invitaciones a reunión en casa, solicitó pedir permiso a sus padres de cada una; en garantía había requerido apoyo de tía Corina, quien asistirá en lo necesario, estando atenta a que todo se resolviera sin problemas de ningún tipo. Anfitriona reconocida por las amigas de Sara, dispuso comida apropiada para una reunión; esta iniciaría a la una y concluiría a las seis de la tarde.


Después, a esperar a los padres de unas la recogieran; en tanto que a otras saldrían para sus casas, avisando a sus madres desde el teléfono de casa y siendo tía Cori, quien las despedía, proporcionando a las madres el número de móvil particular por si algo se llegara a ofrecer. Habían sido invitadas varias chicas por la estrecha relación sostenida a lo largo de la educación primaria y a que, también, se frecuentaban con regularidad; todas ellas la recordaban con cariño por ayudarlas tanto en tareas, lecciones, investigaciones y salidas a museos y bibliotecas para redondear trabajos en grupo. Mamá decía que en ella existía una maestra de convicción que por cuestiones no venidas a cuento la hicieron dedicarse al trabajo social que no concluyó cuando descuidó estudios por hacer proselitismo en favor de las mujeres de colonias populares, a las que dedicó tiempo, dinero y apoyo.


Unida a la causa de las de mayor problema de tipo social y económico, conformó un grupo de estudio con puras chicas, si bien, no todas acudían a la misma secundaria que Sara, formaban parte de un entorno perimetral del barrio, donde las "clase medieras" aprendieron a no guardar diferencias con las de colonias populares. Todas eran residentes de lugares entrañables de la ciudad de México: unas, viviendo en lo que habían sido antiguos pueblos (Tacuba, Tacubaya, Santa María la Ribera, Romita y la que fuera la Antigua Garita de San Lázaro); otras, en cambio, vivían en colonias( Juárez, Roma y dentro del perímetro del Centro Histórico, en el antiguo Barrio Universitario); así, tales condescendencias pese a ocasionales diferencias socio económicas que Sara, principalmente tenía a bien sanjar a la mayor brevedad o al menor impulso de censurar las formas de hablar, vestir o tratarse entre ellas, las hizo más amigas que alumnas de sus escuelas y grupos educativos.


De ese grupo, precisamente Alicia, Mirna y Sonia, integradas a colonias populosas y anteriores residentes de barrios, resultaron ejemplos de superación educativa y deseos de trasponer sus estados de bienestar, poco afortunados, pues su experiencia era mala y bastante subdesarrollada en términos de calidad de vida, como a su vez respecto de oportunidades y ascenso a una desenvolvimiento humano, siempre supeditado bajo constantes apuros económicos y no menores discriminaciones sociales padecidas entre sus familiares como en sus respectivas personas. Ninguna de ellas contaba con experiencia alguna de plantearse problemas como el siguiente: ¿En qué momento de sus vidas habían dejado de sentir dolor por la forma en que vivían?


Sin saberlo, quedaban situadas en un tipo de bienestar no alcanzado, no gozado, no placentero a sus sentidos y estados de ánimo, pero eso sí, con evidente dolor y dolerse de vivir así, desde sus nacimientos y ante las privaciones de confort, privacidad, educación y alimentación esmerada. Tal estado de pobreza se extendía al vestido y calzado, bastante discordante en sus años de etapas infantil a adolescente. Resultaban generalmente insatisfechas principalmente con esas formas de vivir pero a la vez revelando algo muy notorio para mi inquietud; sabían reír y sonreír y tener momentos de felicidad...


Opuestas a ellas en lo económico y social, Ruth, Isela, Martha y Sofía, compartían un poco más de bienestar. La autorrealización educativa de sus padres y familiares nucleares, como también de sus conocidos, alojados en edificios de departamentos de mayor confort, amplitud, servicios adecuados y contando con Internet, telefonía móvil y autos de uso particular de sus padres, mostraban sus desempeños profesionales en franco ejemplo de realización e incluso, de autorrealización. Daban a sus estados de bienestar una media mayor de expectativas e información pertinente, la cual aplicaban a un ser y un hacer, como a un saber hacer autosuficiente, sin mediar dependencias educativas formales, pues una vez cubiertos sus desarrollos profesionales se encontraban generando alternativas de capacitación laboral por su cuenta.


Si bien, contaban con empleos mejor remunerados siempre acomodaba expectativas de mediano plazo a las circunstancias cambiantes del entorno, aún dentro de crisis cíclicas de ascenso y descenso de rentabilidad de profesiones y empleos; en cambio otros con menos expectativas y acostumbrados a zonas de confort, preferían depender de sueldos gubernamentales o de la iniciativa privada. No fue sino hasta que mi investigación logró sacar en claro que quien nace con "estrella" o nace "estrellado" se apoya en un enfoque de felicidad que no parece tomar en cuenta sus propios desarrollos educativos, como los que habían logrado sus padres. Quise entenderlo en términos de dedicarse a como lo que le gustaba hacer su padre: llegar a ser un profesional como administrador de capacitación en recursos humanos o bien, en mantener una actividad docente en idioma inglés, modalidad americano, como era el ejemplo de su madre.


7.- Pese a lo alcanzado a discernir, no tuve más opción que apoyarme en tía Corina. Me sentía insatisfecho y sin claridad adecuada para avanzar en ese enfoque por mi nula experiencia que, a mis escasos años habría de desentrañar. Esa tarde, aprovecharía la ocasión para solicitar su auxilio.


Así lo hice y entonces le entregué un juego de fotocopias respecto de la búsqueda de información. La tía Corina sugirió comentarlo al día siguiente, desde la hora del desayuno, pues era viernes, accediendo a presentarse ése sábado muy temprano, por la mañana. Sabía bien que ese día, el mejor día de ella y para ella, lo pasaba dedicada a escuchar música, leer autores en pdf, ver películas, preparar sus asuntos personales y comer y beber, si bien, con moderación, y sin descartar algún momento para encontrarse en acompañada de amigos ocasionales con quien prolongar el sueño, antes o después del sexo...


Tía Corina era un ejemplo acabado de felicidad hedónica, contrario al de su hermano, para quien las metas a largo plazo y el apoyo ofrecido a personal de labores de relativa educación formal, requerían de su capacitación. A través de establecer ese tipo de asociaciones pude empezar a crearme un mapa mental y seguir el hilo de cada tipo de felicidad... La educación de Sara y mía respondía a esa inclinación; en lo personal testificamos como hermanos lo que, nuestros padres no escatimaron recursos económicos afectivos y valorales, sumando a esto su grado de preparación educativa para hacer de ambos, mejores hijos, mejores ciudadanos y mejores seres humanos, si bien, en preparación constante, inacabada y siempre alertas en términos de disponernos a apoyar a quienes menos tuvieran.


En mi carácter de Samuel, hube de empezar a comprender lo que Sara me recordaba a cada momento: la sociedad en México no siempre parece sumar dentro una promoción de propio bienestar, semejando actuar como los partidos políticos que en ese momento existían, viviendo del presupuesto que, derivado de impuestos de la gente que labora y declara en todo tiempo y en toda forma, siempre buscaban su beneficio según la pesca electoral y la manera de conducirse bajo principios de democracia no necesariamente encasillada en sus marcos de principios que, casi siempre, dejaban fuera las realidades de vida de quienes menos tienen. Al respecto, y llegado el momento, la tía Corina me interrogó sobre mis dudas, de modo preparatorio:


— "Sami", tienes una conducta de muchacho que apenas se ha puesto a preguntar a qué tipo de felicidad se refería tu padre: ¿Cierto, o me equivoco? — , dijo así. A lo que respondí:


— ¡Mmm! ¡"Tía Cori", creo que mi conducta, por mi forma de ser es o me parece ser de emociones positivas, como me lo ha inculcado mi madre, pero hasta antes de esto, nunca me había cuestionado si me encontraba satisfecho sobre como vivo y como vivimos en familia... supongo que sí, sí estoy satisfecho... —, respondí, sintiendo por vez primera una sensación extraña del tipo: "¿Qué-tan-satisfecho-estás-tú-con-la-forma-en-que-vives-en-verdad?"


Ella me observó y me pidió llevar a cabo una investigación "participante", a propósito de la reunión entre amigos míos y, sobre todo, de las amigas de Sara: las chicas tendrían mucho qué decirme... Además, las condiciones de unas y otras, comparándolas con la manera de vivir nuestra, marcaba contrastes bastante evidentes. Gracias a ella, pude esbozar un plan para establecer ambas felicidades y tras esa primer pista, me dispuse a trabajar...


8.- Antes de investigar una lista entregada por tía Cori, me pidió que platicara con ella sobre lo que entendía respecto de la felicidad, intentando "visualizarla" de las siguientes maneras: como Samuel; lo que yo veía en Sara; la felicidad que empezaría a observar en personas ajenas a la familia. Esto me costó trabajo debido a que en la escuela, en los libros de texto e incluso en las pláticas con amigos, nunca lo había enfocado de esa manera. Según tía Cori, representaba un primer piso respecto de otros que debería intentar tener presente a partir de mi inminente entrada a la adolescencia.


Me acerqué con titubeos al terreno de la psicología. Encontré dos concepciones de felicidad: la hedónica y la eudaimónica. Por primera vez tuve que aclararme qué era cada una. Después, tía Cori expuso su felicidad como persona: era hedónica, a diferencia de la de mi padre, que era eudaimónica. Para asimilarlas mejor, tía Cori planeó que ambas se relacionan con el bienestar humano, más allá de lo material pero más posible con aspectos que no se ven, que se sienten y que todos los seres humanos podemos aspirar a conseguir. Aún así, me dejaba lagunas para capar esto.


Tía Cori, trató de aclarar mis ideas. Ella, por ejemplo, tendía por naturaleza de mujer a ser hedónica, a lo tía Cori; como persona de ese sexo, no lo generaliza a todas las mujeres como hedónicas. El ideal de bienestar humano, tanto para mujeres como para hombres era ser felices la mayor parte de la cora vida que ambos poseen dentro del género humano. Lo hedónico en ella, por ejemplos aportados fueron, entre otros, los siguientes: hubo de hacer conciencia de ser un ser humano en lucha constante para ser y tener felicidad sin renunciar a momentos de bienestar, materiales y de valores e incluidos los de tipo espiritual, siendo creyente religiosa o no siéndolo.


Otro aspecto revelador para mí, lo significó evitar dolerse de la vida; evitar sólo condolerse de los demás sin hacer algo que los demás estén dispuestos a recibir en términos de apoyo de múltiples formas, solidaridad, acompañamiento pero sin predominar como padre o madre sustitutos; en cambio, como seres humanos en reciprocidad de seres humanos: ante desastres naturales, como terremotos, inundaciones, incendios, etcétera, estar dispuestos a ayudar sin recibir nada a cambio. Un siguiente ejemplo consistió en la manera en que estemos dispuestos a realizar nuestras metas en la vida a través de la escuela y el estudio; una actividad económica, social, comercial, cultural o de la que más nos motive a hacer lo que nos guste, pero que no nos lo impongan desde la familia o del núcleo social donde pertenezcamos. Tampoco por acciones de gobierno, de partido político o de sectas, religiones o sociedades de la índole de que se trate. Tras esto, ella definió como "autorrealización" de cada persona, indistintamente de su sexo.


Ante esto, pregunté a tía Cori, lo siguiente:


— ¿El bienestar personal y de todo ser humano, no se consigue de un día a otro, no es así? —, y esperé su respuesta, llegando ésa de manera inmediata:

— "Sami", tú has recibido de tus padres no sólo afecto y amor desde pequeño; no te habías dado cuenta que muchas cosas: ropa, alimento, juguetes, diversiones... ya "estaban ahí", listos para su consumo, uso, disfrute...y así, dispusiste de un modo u otro y, tal parece que "todo eso" son bases -han sido bases- para "entrenarte", muy a propósito, para tu bienestar como persona... —, dijo de un modo, que me volvió a sorprender, puesto que esto no lo había pensado, imaginado o supuesto. En consecuencia, le pregunté lo siguiente:


— Tía Cori, en eso que has mencionado, encuentro rasgos de felicidad hedónica; es decir, para mi placer, más "en corto"... ¿Es así?—, y esperé su comentario...

— Sí. Y entonces, sin nombrarla, la felicidad eudaimónica está asociada al largo camino donde, por ejemplo, recibimos de los padres: valores, rasgos de conducta, rutas adecuadas para sobrellevar la manera de comportarnos en familia y ante los demás. Hace un momento me has dicho que, en la ayuda al prójimo, importa el dar sin recibir nada a cambio...entonces, obtenemos algo intangible como la gratitud del necesitado o apoyado. Eso, "Sami", no tiene precio entre los seres humanos. ¿Estás de acuerdo?


— ¡Yá! ¡ía Cori, es el tipo de felicidad más dilatada, ésta no ocurre de modo inmediato! ¿Es así? —, expresé en una forma inmediata y certera, aguardando la reacción de ella...

— ¡Así es, "Sami! Tal felicidad está en un estado latente; surge de inmediato en momentos extremos y puede ser regulada para aprender a ejercerla no sólo para apoyar o auxiliar a los demás; es una forma de auto educación extra para ayudar de manera periódica o constante a los demás... —, comentó con interés y satisfacción de lo que se planteaba. Acto seguido, me pidió seguir conversando mientras preparaba un desayuno para nosotros tres, pues Sara estaba por incorporarse a la plática que sosteníamos desde las siete de la mañana: bastante increíble para mí, acostumbrado a levantarme tarde los sábados...


— Como te das cuenta, en este momento en que preparo el desayuno para nosotros tres, asistes a un tipo de felicidad. ¿Me podrías decir, de qué tipo se trata...? —, dijo ella, al preparar una ensalada de frutas de la estación, un omelette de huevos y pan tostado con mermelada baja en azúcares...

— ¡Mmm! ¿Hedónica, tía Cori? —, contesté, con esperanza de acertar..., mientras dispuse cubiertos, servilletas y tazas para beber café, una debilidad hedónica en ella.

— ¡Cierto, "Sami"! —, contestó satisfecha. Luego, agregó algo más, con lo cual, empecé a asociar ejemplos de la vida cotidiana experimentados en mis hábitos más arraigados...


— Como verás, el placer humano es vasto, infinito. Ahora nos damos placer, preparando este desayuno para tres; me daré placer como tía Cori al desayunar juntos. En cuanto Sara se incorpore con nosotros, nos daremos placer al comer en común, dispensando una charla o sobremesa muy temprano...quizá, algo de música vaya bien: ¿te parece escuchar ahora a un ídolo de mi etapa de niñez, como Michael Jackson, en el CD de tu padre -"Off The Wall", de 1979... pero aclarando: nacida en 1990, él lo escuchaba de manera incesante desde ese año final de los setentas... ¿Que conste, eh? ¡Soy diez años más jóven que tu padre...! —, dijo en ese tono tan peculiar, que, recordando palabras de mi progenitor respecto a ella, siempre decía lo siguiente: — "¡A buen entendedor, pocas palabras!"... Y, como por acto de magia, apareció Sara, intrigada por cuanto había escuchado, sin haber hecho ruido, ni evidencia de que estaba despierta. De inmediato se sumó a la mesa y agradeció a tía Cori, su acción de preparar el desayuno. Desde ese momento, acordamos atender de mejor forma nuestro tipo de felicidad...a lo que comentó, mientras tomaba asiento:

— Tía, ahora sé que Samuel tiene rasgos de felicidad hedónica al comer y al dormir...pero yo más le "tiro" a la primera, esperando no esté mal...¿cierto? —, dijo así, y la evidencia es trucha, empezó a desayunar como si no lo hubiera hecho en días... a lo que ella, con boca llena, saboreaba lo preparado minutos antes y gesticulaba con rostro placentero. Para concluir, comentó lo siguiente:

— Chicos, los seres humanos llevamos ambos tipos de felicidad en nuestro ser. No podemos ser sólo de una concepción. Priva una sobre la otra y viceversa, según experiencias de nuestras etapas de vida e intensidad de estarse viviendo. En consecuencia, deben preparar su bienestar pese a que no siempre logren estar felices. Pese a momentos desagradables, la felicidad debe ser ajustada y ajustable. Deben acostumbrarse a tenerla, dejarla ir y volver a buscarla. Nunca es suficiente. Aprender a regular en soledad o compañía; buscarla, compartirla o defenderla con propósitos de bienestar humano puede ser una estrategia: debemos aprender a mezclar o combinar ambas. Así, podremos preservar nuestro bienestar humano, personal o de pareja... —, y diciendo todo esto, Sara y yo aceptamos el reto para equilibrar nuestras felicidades, aprovechando la reunión de la tarde a noche, donde recibiría cada quien a nuestras amistades a las que por separado cada uno trataría de ofrecer lo mejor nuestro...


Amistades Lectoras:


Ante el escenario de pandemia actual: ¿Debemos renunciar a la felicidad planteada en este relato?

27 Juin 2020 16:22:04 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Francisco Rivera Escritor activo en varios géneros que desea dar a conocer su producción y llegar a público masivo monetizando en debida oportunidad sus creaciones propias, con apoyo de Inkspired.com/es

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