jamnihil Jam Carlos

La estancia en un lugar en contra de la voluntad personal, es algo terrible, y cuando se mezcla con una serie de acontecimientos que hacen dudar a más de uno, es insoportable.


Horreur Tout public.

#245 #misterio #relato #terror #militar #295
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Noches de vigía

Me llamo Pedro Hernández, tengo 22 años y terminé mi Servicio Militar hace tres años, y aún no puedo olvidar lo que viví allí dentro. Y no me refiero a las típicas quejas de la comida mal cocinada o las agotadoras clases de infantería bajo el sol –aunque también- sino a los extraños sucesos ocurridos durante mi estadía en esa unidad militar –cuyo nombre no debo revelar por asuntos de seguridad-.


Pasaba el año 2015 y fui reclutado para formar parte del ejército por el tiempo de un año. Estaba en mi entrenamiento previo y todo transcurría mal -lo típico en el ejército- el cambio radical de vida, los entrenamientos, la comida, los trabajos.


Al terminar fui enviado a esa unidad militar. Su entrada puedo decir era agradable, altos árboles alrededor de la carreta, esta última un poco agrietada y sin mantenimiento evidente desde hace años. Su paisaje primaveral inspiraba hasta confianza –nada más lejos de la realidad conociendo el lugar donde se encontraba-. De a poco fui conociendo el lugar, hice amigos –y enemigos-.

Todo parecía la misma monotonía desde que había comenzado. Días previos a comenzar a realizar nuestras guardias de vigía nocturno en los alrededores de la unidad, varios soldados ‘viejos’ nos contaron las típicas historias de miedo que se cuentan en los campamentos escolares –aunque alguno que otro de nosotros se quedó pensativo-, estas historias narraban hechos ocurridos en estas guardias, sucesos raros y quizás hasta extravagantes. Esa noche cuando puse la cabeza en la cama pensé un poco en lo previamente escuchado, aunque no le presté mucha atención y rápidamente cedí al cansancio.


Días después comenzamos a realizar las dichas guardias, las cuales poseían él mismo básico algoritmo todos los días: seleccionar a los encargados de realizar las guardias, se dividían en dos relevos –estos se realizaban cada cuatro horas- y luego entregar el armamento necesario –el conocido fusil AKM-. La unidad contaba con cinco puntos de vigilancia en donde se encontraban enormes silos con material bélico, el objetivo de la custodia.


En aquellos paisajes nocturnos rurales un tanto inhóspitos solo teníamos de compañía a la luna –dependiendo de su fase - y a algún que otro perro vagabundo de los que habitaban la unidad. Era fácil asustarse las primeras veces con el crujir de una hoja o con algún pequeño animalillo que rondara la zona, aunque luego de varias guardias solíamos llegar a la garita y acostarnos a dormir –con el fusil como almohada-.


Mi primera vez de guardia aún la tengo grabada en la memoria, punto de vigilancia número tres, a unos ciento cincuenta metros de la unidad, dentro del monte. Yo caminaba junto a los relevos de los restantes punto, íbamos bromeando acerca de cosas sin sentido para calmar los nervios un poco. Llegamos y realizamos el relevo, y luego ellos se marcharon. A lo lejos sentía como se alejaban sus pisadas de botas sobre las hojas secas caídas, ya no tenía nadie a mi alrededor, nadie con quien bromear y calmar los nervios. En ese momento sentí un fuerte escalofrío y mi corazón se aceleró. Era una noche sin luna –apenas veía mis manos- , mi viejo reloj marcaba las diez de la noche y sería relevado a las dos de la madrugada, sin dudas estas cuatro horas prometían mucho.


Intenté calmarme pensando solo es una guardia, además tengo un fusil conmigo, ¿quién se atrevería a tan siquiera acercarse? A medida que pasaba el tiempo me desesperaba más, y el reloj parecía no avanzar, y es en estos momentos, de terror y desconocimiento, que el cerebro humano agudiza sus sentidos y se abre a los más desagradables y turbios pensamientos. Comenzaron a venir a mi mente las palabras de aquellos viejos soldados y sus relatos de terror para niños de campamento escolar -aunque ahora no me parecían tan infantiles- y comencé a recrear en mi mente imágenes vívidas de aquellas historias, sentía el sudor correr por mi frente y espalda, el más mínimo sonido me alarmaba, incluso creí ver sombras y personas moviéndose a mi alrededor. Ahora solo recuerdo que mi mente se canalizó en un relato, la anciana del café, algo infantil y estúpido, pero para mí en ese momento era algo de extremo terror.


El cuento de los viejos soldados narraba la historia de una anciana de apariencia horrorosa con un intenso y repugnante olor a café que recorría los puntos de vigilancia ofreciendo este último a los soldados y si te negabas, te asesinaba, y vuelvo a repetir que esto no parece tener nada de aterrador, pero para quien está en la noche, en un bosque, solo, aterrado y sin ver ni siquiera sus pies, la visita de una anciana no es lo más agradable que te puede suceder. Incluso creí sentir un tenue olor a café -mi mente no me ayudaba mucho a sobrellevar el shock-.


Cuando miro mi reloj, sentí una inmensa sensación de alivio, eran las dos de la madrugada, ya el relevo debía venir a por mí. Oí simultáneas pisadas de botas y supe que ya era el momento de relajarse e ir a descansar. Llegados al campamento de guardia compartimos nuestras primeras experiencias, algunos aterrados iguales que yo y otros ‘valientes’ decían que no era nada, una simple guardia.


Así sucedieron los días y las guardias, con el tiempo íbamos perdiendo el miedo y aprendiendo algún que otro truco para pasarla mejor en esa unidad. Hice buenos amigos, éramos un grupo de cuatro –Rivero, Plasencia, Madruga y yo- muy unido y siempre tratando de aliviar el estrés robando alimentos del almacén, ideando fugas de la unidad y un sinfín de inventos juveniles.


Un día, por elección nuestra, decidimos todos hacer guardia juntos, y así quizás escaparnos de un punto de vigilancia a otro a pasar la noche en compañía humana.


Todo transcurría igual que siempre, la misma monotonía y protocolos militares. De camino a realizar los relevos, nos encontrábamos nosotros cuatro juntos y una quinta persona que no recuerdo. Llegué al punto de vigilancia número uno, el más cercano a la unidad, apenas cincuenta metros. Mi reloj marcaba las 10:32PM y la noche parecía transcurrir como siempre lo solía hacer, los sonidos lejanos, los pequeños animales crujiendo las secas hojas. Lo curioso es que, si recuerdo bien, a las 11:00PM –mi continua ansiedad durante las vigilancias me hacía comprobar la hora cada cortos periodos de tiempo- comencé a sentir ese tenue y esta vez repulsivo olor a café, el cuál no sentía desde aquella primera guardia, pensé entonces que quizás sería mi olfato jugando conmigo o que lo habría confundido con un olor similar.


Mi plan de ir hasta el punto de vigilancia número dos, donde estaba Madruga, se vio frustrado por mi creciente miedo, así que decidí quedarme y esperar que el sueño acudiera a mí. Pasados diez minutos ya estaba casi adormecido y con mi fusil tirado en la tierra, la destartalada gorra encima de la bayoneta, y mi camisa desabrochada, me proponía arrimarme a un árbol a dormir un poco, al menos para que el tiempo pasara un poco más a prisa, apenas acostarme, me dormí.

Súbitamente siento repetidos campanazos, tres para ser exactos, y eso solo significaba una cosa en las guardias militares, intruso en el área –cabe destacar de que el único puesto de vigilancia con teléfono al puesto de mando era el mío, por lo que los demás debían utilizar este rústico método-, por un momento pensé que se trataba de una broma -algo común-, pero a los pocos segundos vuelvo a escuchar repetidos campanazos desde ese punto de vigilancia, el número cinco - el más alejado-, quizás a unos cuatrocientos metros de distancia y me asombró la claridad con la que escuchaba los campanazos, sin duda había que golpear fuerte para ello y esperaba se detuviera en tres, pero no fue así, fueron incontables campanazos por alrededor de treinta segundos.


Ahora todo está en calma, absoluta calma, siento ese irritable pitido en mis oídos a causa del abismal silencio. El olor a café esta vez se intensifica, ya no tengo duda de que sea eso lo que mi olfato distingue. Son cerca de las 11:30PM y aún en ese intenso silencio escucho proferir un grito con el típico ‘‘¿¡Alto, quién va!?’’, intuyó por la voz que se trata de Rivero, su voz es desgarradora y de notable desesperación. Seguido de este grito oigo el no tan común ‘‘¡Alto o disparo!’’, llegados a este punto solo el miedo y la ansiedad invaden mi cuerpo, atino a correr al teléfono, que en otra situación nunca hubiese ido, puesto que se encuentra en un camino a lo profundo del monte rodeado de siniestros árboles que a estas horas de la noche parecen tomar formas antropomórficas. Llego, sin fusil, sin mi gorra, la camisa abierta y mi cuerpo empapado en sudor, levanto el teléfono y este llama automáticamente, y de pronto, lo que nunca me había sucedido en una guardia, oigo un disparo, siento el sonido de la bala avanzando a través del aire y una sensación de lentitud y de silencio absoluto de nuevo, solo oigo el sonido de timbre del teléfono.


Por fin el jefe del puesto de mando responde y me pregunta ¿¡Qué coño fue eso!?, yo en mi ansiedad logro decir unas cuantas palabras:

–Oficial es… esc… -tartamudeaba- escuché una serie de campanazos en la cinco, después todo… tod... estuvo en silencio y ahora… ¡mierda! No sé qué está pasando, Rivero que está en la cuatro gritó las voces de mando y luego disparó.


A lo que él solo me responde ¡Ese anormal siempre está en lo mismo!, y después unas risas de burla, en ese momento vuelvo a sentir los disparos, pero esta vez una ráfaga intermitente, y le digo ¿Oyó eso…? Y varias palabras más, de magnitud, que la rabia y el coraje me hacen decir. Vamos a movilizar al batallón, pero esas palabritas te van a costar, me responde con voz arbitraria.


Cuelgo de un tirón el teléfono y salgo corriendo a buscar mi fusil, no veo ni tan siquiera a un metro de mí, la luna no me favorece esta noche, me tropiezo con cuanta piedra y ramas me encuentro a mi paso, incluso cayéndome varias veces. De pronto oigo otro grito más y esta vez más cerca aún, provenía del puesto número dos. Es raro ¿por qué no había sucedido nada en la tres? Ahora recuerdo que quizás Plasencia fue a hacerle compañía a Madruga a la dos –no hay más de treinta metros entre ambas-.


Estoy cerca de donde había estado durmiendo minutos antes, logro distinguir el fusil por un débil brillo plateado reflejado en la bayoneta debido a la luz de la luna. Recupero mi fusil, y en el proceso de arreglarme comienzo a sentir las voces de dos personas –Plasencia y Madruga, o eso pienso- y estas alzan su tono entablando una discusión que no logró descifrar, de pronto oigo un ´´ ¡Cállate carajo!´´ y después la manipulación del fusil para introducir una bala en su recámara.


De lo que paso luego tengo destellos en mi memoria, luego de la manipulación recuerdo haber oído una serie de ráfagas, gritos y sonidos indescriptibles. Tengo en mi memoria aún la imagen de Madruga arrastrándose hacia mí, ensangrentado, moribundo y detrás de él la silueta de una anciana, con ropa de dormir, un bastón y un termo de café en su mano. La cual con voz desagradable me preguntó ¿Quieres café? Después todo se apagó.


El informe policial concluyó de que fue un suicidio en masa, incluyendo a Madruga que lo vi arrastrándose hacia mi pidiendo ayuda. ¿Suicido en masa? ¡Que estupidez es esa! Ahora me toman por loco, incluso me realizan pruebas psicométricas semanales, pero yo sé lo que vi, esa figura espectral nunca se borrará de mi cabeza, ese olor repugnante que aún hoy sigo sintiendo espontáneamente. Una persona –relacionada con la investigación- cercana a mi familia, le comentó a mi madre con un tono de voz raro y misterioso:

-La escena del crimen era brutal, dos de ellos con la bayoneta clavada en la garganta, otro con varios tiros en la sien y el que se arrastró hasta donde estaba tu hijo murió desangrado por cortadas en los muslos. Tienes suerte de que tu hijo saliera ileso. Aun así seguimos investigando, lo que no acaba de encajar es que en el lugar donde estaba cada uno de ellos muertos se podía sentir un tenue olor a café.



10 Mai 2020 07:10:39 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Jam Carlos Estudiante de Filología y guitarrista. Amo la literatura en general, sobre todo los clásicos y el horror. Uno de mis escritores preferidos es H.P. Lovecraft

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