agiali Agia Li

Existen miles de millones de significados para el amor... Como el amor a tu mascota, a tu familia, amigos, pareja, incluso a los objetos materiales. Es un hecho natural que los seres vivos necesitamos del amor para vivir, sin importar qué. No obstante, cuando ese amor está mal manejado, nacen sentimientos como el odio, rencor, envidia... Y aquí se demostrarán ese tipo de sentimientos, tanto dulces como amargos.


Cuento No para niños menores de 13.

#desamor #relatoscortos #amor
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Agridulce

De entre todos mis vecinos, al que más odiaba era al de la puerta de enfrente.

¿Razones? Sobraban.

Coincidíamos todos los días cuando salíamos o llegábamos a casa, nos topábamos en el elevador y, como no nos conocíamos lo suficiente, sólo nos saludábamos cordialmente y no hablábamos más. Pero, cuando entrábamos al departamento, él me daba una sonrisa de oreja a oreja y se despedía de mí como si fuéramos los mejores amigos del siglo. Después, se apresuraba a entrar a su hogar, lo más rápido que podía, evitándome como si yo tuviera la peste. Ni siquiera me daba tiempo de responder a su despedida. ¿Qué se creía?

Además, los domingos, a las ocho de la mañana, él ponía su música a todo volumen, despertándome de mis dulces sueños. Eso sí que era tedioso. Siendo mi único día de descanso, ¿por qué él se empeñaba en arruinarlo?

Lo más irritante era que cada martes por la mañana, él golpeaba mi puerta tres veces. Cuando salía, me mostraba su mejor cara de inocencia para que yo le regalara una taza de azúcar. Una vez intenté evadirlo, fingiendo demencia cuando él tocó mi puerta, pero insistió tanto que juraría que abolló la madera de tantos golpes rápidos y fuertes que le dio. Entonces, me rendí y le di la bendita azúcar.

Y, lo que fue peor: este martes.

Como de costumbre, me levanté temprano en la mañana para tomar una ducha. Me vestí y desayuné con calma el último plato de cereal que me quedaba. Vi la hora cuando llevé la segunda cucharada a mi boca. Entonces, la puerta sonó tres veces.

«6:53. Justo a tiempo» pensé con pesar, levantándome lentamente de la silla. Lo mejor era desistir, abrirle y darle la maldita azúcar, para terminar con esto de una buena vez.

Abrí la puerta, ya con el tarro de azúcar en la mano, y me desencajó ver que esa mañana no tenía su taza de tulipanes.

—Buenos días —saludó con una sonrisa asimétrica.

Sin poder creerlo, miré por todos lados, por el pasillo. Tal vez se trataba de una mala broma. Pero, al cabo de no ver ninguna cámara, me volví a él, quien aún no había deshecho su sonrisa.

—Hola —respondí por fin—. ¿Qué sucede? —pregunté cuando él no contestó.

—Ah, sí. Este... ¿Tienes planes el domingo?

—¿Qué? —recalqué la pregunta con incredulidad, sin entender nada.

—El domingo, ¿lo tienes libre?

—¿Por qué la pregunta?

Alzó dos boletos que no había visto que tenía en la mano.

—Por esto —indicó—. Tengo unos boletos para el zoológico. Los gané en el trabajo, y no tengo con quién ir.

—¿Y por qué me invistas a mí?

—Quería agradecerte por lo del azúcar. Me has compartido desde hace meses y supuse que podría pagártelo así. ¿Qué dices?

—No.

Cerré la puerta en su cara. Estaba tan nerviosa por su abrupta invitación que no pude evitar sentirme cohibida.

Creí que con mi agresiva reacción él dejaría de insistir, fui una ingenua. A los días siguientes, cada vez que nos topábamos en el pasillo o el elevador, mi vecino seguía invitándome al zoológico. Después de su tercera propuesta, supe que él no estaba interesado en mí, no de una forma romántica, pues ¿quién invita a una chica al zoológico con intereses amorosos? Seamos honestos, un lugar donde hay cientos de animales que huelen mal, hambrientos y gruñones, no es el mejor para pasar el rato con tu pareja. Eso, sumándole a los montones de niños gritando y chillando, es la peor combinación para una cita.

Supuse que él quería que yo fuera porque no tenía más remedio. Tal vez sus amigos no estaban interesados en ir allí, su novia mucho menos, y yo era lo último que le quedaba como esperanza. De tan sólo pensar en ello, me hacía rabiar más y no querer ir a ese lugar.

Pero él me mostró cuán poderosa era su determinación aquel domingo.

Yo iba saliendo de mi apartamento, cargando dos bolsas negras con basura, las cuales solté por el impacto de ver a mi vecino desfallecido a mitad del pasillo. Él lucía lúgubre y débil, como si estuviera a punto de desmayarse. Al notar mi presencia, alzó la mirada lastimosamente.

—Oye, ¿estás bien? —Cada palabra temblaba fuera de mi boca. Realmente estaba preocupada por él.

—Ah, hola —se limitó a decir, completamente débil, dándome una pequeña sonrisa enfermiza que parecía tomarle mucho esfuerzo.

—¿Qué te sucedió? —pregunté alarmada. Me hinqué frente a él e inconscientemente apoyé mi mano sobre su cabeza. Todo mi cuerpo temblaba.

—Yo... —Tosió realmente fuerte, colocando su puño en la boca— creo que no me siento bien.

—¡Ay, por Dios! ¿Estás enfermo? ¿Quieres que te lleve al médico, o a un hospital? —Yo hablaba con tal rapidez que algunas de mis palabras chocaban con las otras, convirtiendo mis preguntas en algo casi irreconocible.

Él negó con extrema lentitud, tosiendo de nuevo y entrecerrando sus ojos. Parecía como si algo le doliera mucho.

—No, gracias. Ya es demasiado tarde para mí —dijo en un susurro, para después mantenerse en silencio por unos segundos que a mí me parecieron eternos—. Aunque, tal vez sí haya algo que puedas hacer.

—¿Qué es?

—Acompáñame al zoológico.

Me erguí de inmediato, mirándolo con furia. Vaya bromita de mal gusto.

Lo observé con un aura completamente oscurecida. Pero, antes de que pudiera decirle de lo que se iba a morir si volvía a jugar de esa forma, continuó:

—Ese es mi último deseo... por favor.

Inspiré hondo, sin quitarle la mirada. Entonces, le di una patada en el brazo.

—¡Levántate ya!

A decir verdad, mi neutra expresión era una máscara para no demostrarle mis inmensas ganas de reír. Debía admitirlo: era un buen mentiroso.

—¿Eso es un sí? —Levantó la cabeza sin despegarse del suelo. Ya no parecía el moribundo de hacía unos segundos, al contrario, sus ojos destellaban con alegría, y su sonrisa asimétrica iluminó su rostro.

—Sólo déjame tirar esto, ¿de acuerdo? —respondí molesta, señalando las bolsas que había tirado—. Te veo en veinte minutos.

—¡Genial!

De un salto se levantó y entró deprisa a su departamento cerrando la puerta con fuerza.

«Espero no arrepentirme por esto más tarde», pensé rendida, aunque un poco curiosa por cómo sería convivir realmente y por primera vez con mi vecino, que ahora entendía no era muy normal.

Decidí que no me pondría ropa especial, que vestiría como lo hacía siempre; no obstante, al verme al espejo y sentir que me faltaba algo, no pude evitar sentir las ganas de maquillarme. Está claro que no quería impresionar a un hombre que desconocía, pero tampoco deseaba verme simplona.

Yo estaba muy rara ese día.

Cuando salí de casa, me sorprendió verlo esperándome fuera de la puerta, con una sonrisa emocionada y apretujando los boletos en su mano.

—¿Estás lista? —Por su tono de voz, intuí que estaba intentando contener su alegría. Pero eso no me molestó; lo que me enojo realmente fue que yo pensara que él era adorable. ¿Estaba jugando? Mi vecino nunca me había agradado, ¿por qué lo consideraba adorable ahora? Efectivamente, yo estaba enloqueciendo.

—Nací lista.

Durante el camino él habló de varias cosas, sobre todo de lo emocionado que estaba por llegar. Yo no me consideraba una fanática de ese tipo de lugares, pero la emoción de mi vecino era tan contagiosa que, de un momento a otro, yo también estaba ansiosa por llegar.

Minutos después, cuando el autobús se detuvo frente a la entrada, respiré hondo. Me sentía otra vez como una niña en medio de una excursión, esa emoción infantil estaba ahí presente.

Desde que entramos él no paró de hablar. Me llenó la cabeza de datos curiosos sobre cada animal que veíamos, y bufaba cuando alguno de esos animales estaba dormido. Incluso en la sección de arácnidos opacó por completo al guía cuando aportaba datos que al hombre treintañero se le habían pasado por alto.

No obstante, cuando entramos al espectáculo de tiburones, él no abrió la boca ni un segundo. Observaba estupefacto y sin parpadear a esos gigantescos animales, como si los animales que habíamos visto antes no fueran lo suficientemente impactantes como ellos.

Su fascinación hacia ellos era tan grande que, cuando salimos, se compró un peluche en forma de tiburón blanco. En el resto de la visita no soltó a Tiburoncín —como él mismo lo había nombrado— y estaba de mejor humor que al principio, si eso era posible.

Siendo totalmente franca, me divertí. A pesar de que yo casi no hablé, no fue necesario, porque él supo cómo destruir los silencios incómodos para convertirlos en datos curiosos que me dejaron sorprendida.

Al caer la tarde regresamos a casa en autobús, y cuando llegamos a nuestros departamentos nadie tuvo nada que decir. Todo ese silencio incómodo que fue desconocido en nuestra excursión apareció en ese justo momento lleno de incomodidad. Ambos estábamos parados, uno frente al otro, sin saber cómo despedirnos.

No lo entendía. Pasamos la mayor parte del día juntos, entonces ¿por qué nos incomodábamos justo ahora?

—Bueno... llegamos —comencé a decir, pero él me interrumpió cuando extendió a Tiburoncín en mi dirección. Eché un poco la cabeza hacia atrás, confundida.

—¡Te lo daré con una condición! —exclamó muy seguro de sí, pero ocultando un poco su rostro.

—No lo quiero.

—Sal conmigo el próximo domingo. —No quiso escucharme.

—¿Qué? ¡No! Sólo descanso los domingos.

—Es por eso mismo que te estoy invitando el domingo.

Bajo su peluche, ahora mirándome serio. Yo resoplé frustrada. Sabía que por más que intentara negarme, él no se rendiría. No así de fácil. Me lo demostró la semana pasada.

—Bien —canté fastidiada—. ¿A dónde iremos entonces?

—Lo pensaré —respondió con simpleza.

El muy digno se fue hacia su puerta, luego se volvió hacia mí, recordando lo que había prometido, me extendió el peluche y, antes de que yo pudiera advertirlo, me besó.

Nunca me gustaron los besos robados, y este no fue la excepción. Odiaba aquella sensación incómoda que permanecía después de separarnos. Cada vez que me robaban un beso dejaban un cúmulo de emociones que agitaban mi mundo, mezcladas con adrenalina. Y eso no me agradaba para nada.

Estaba tan aturdida por su repentina acción que no me moví.

—Te veré luego —susurró cuando se separó de mí, manteniendo una de sus sonrisas asimétricas; pero, en lugar de parecer un niño travieso, ahora lucía demasiado bien. Demasiado genial y atractivo.

No respondí nada, dejé que huyera dentro de su departamento mientras yo seguía procesándolo todo. Mi corazón estaba agitado, tanto como mi respiración, haciendo que mi pecho me doliera. Mi boca permaneció entreabierta durante varios segundos, inclusive después de entrar a mi casa.

No sabía cómo sentirme al respecto. Detestaba a mi vecino desde siempre, pero ahora ese mismo desagrado se combinó con un sentimiento excitante y desconocido para mí. Mis sentimientos de repudio se mezclaron con un deseo intenso de verlo de nuevo, para convertirse así en un sentimiento agridulce.

En definitiva, de entre todos mis vecinos, al que más odiaba era al de la puerta de enfrente.

2 de Mayo de 2020 a las 04:55 4 Reporte Insertar Seguir historia
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Om Garcia Om Garcia
Me dejó gratamente complacido. Una redacción breve y cotidiana, con personajes interesantes. ¡Qué loco ese vecino! Sin duda muchas personas se enamoran de esa simpatia, antes que su aspecto fisico. Cuéntame también como tu futuro seguidor.
May 08, 2020, 17:41

  • Agia Li Agia Li
    Agradezco tan lindo comentario y tu follow ;) Espero que sigas disfrutando de ello. ¡Saludos! May 09, 2020, 00:19
Jancev Jancev
¡Hola! Que linda historia, muy buen inicio realmente. Tienes buena redacción y gramática, tus personajes son muy entrañables, sin duda seguiré esta historia. ¡Saludos!
May 07, 2020, 17:50

  • Agia Li Agia Li
    ¡Hola! Gracias por tu comentario tan agradable. Espero que sigas disfrutando de la historia en los siguientes capítulos. ¡Saludos para ti! :D May 08, 2020, 01:04
~

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