andres_dm Andrés Díaz

Un cuento para la cuarentena. Pienso en ella conforme veo la lluvia caer. Las nubes cruzan el cielo, arriba, muy alto, y la noche se hace más oscura. Los recuerdos de cuando ella aún estaba aquí me embargan en noches como esta, y el borrador del viejo cuento que he estado escribiendo sigue aguardando sobre el escritorio. Una reflexión escrita a modo de cuento. Nacida de momentos de verdadera nostalgia pero con un mensaje para cuando termine el confinamiento por la cuarentena. © TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS, 2020 No reclamo derecho alguno por la imagen original usada para la portada: todos los derechos son para el/la autor/a de la misma.


Cuento Todo público.

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Lluvia de recuerdos



¡Este va por todos y todas!


El reloj está por marcar las ocho y empiezo a escuchar las pequeñas gotas de lluvia cayendo sobre la ventana. Hace ya algunos momentos que la cerré porque el viento juguetón hizo volar las hojas garabateadas de papel blanco sobre mi escritorio. Tuve que recoger y reacomodar el borrador de mi último relato, pero este tendrá que esperar antes de que pueda añadir el final. Casi nada es más importante en mi vida que escribir, excepto asomarme a ver el cielo cuando las vastas nubes, cargadas de lluvia y de sueños, empiezan a cubrir la ciudad y las oscuras ramas de los cedros y pinos se agitan en el aire allá afuera, en la avenida. Pero, incluso más importante que disfrutar de días y noches así, son los recuerdos que tengo de ella. Hoy es el último día de abril y me acordé de su hermoso rostro. Ay… Las tardes como esta, estos ocasos tan majestuosos y grises, siempre me ponen melancólico y me llenan la mente de recuerdos, como si la lluvia no solo limpiara el aire sobre la metrópoli, sino también los estrechos callejones que van del corazón hasta la memoria.

Me asomo nuevamente a la pared de mi casa y descorro totalmente las cortinas. ¡Ahí está! Ese hermoso cielo gris y su tono homogéneo, casi blanco, casi negro, y al final tan limpio. ¡Allá van las nubes, flotando muy alto, y la fugaz luz de un relámpago se refleja sobre los autos aparcados en la acera! El asfalto comienza a oscurecerse con diminutas manchas que se aglutinan, una sobre otra, conforme las gotas lo humedecen.

¡Es una tarde espléndida, el clima no podría ser más perfecto! Pero no puedo salir. Nadie puede. El último par de meses en confinamiento han sido demasiado calurosos. Recuerdo que hubo otros años en que el sol no solía ser tan abrasador pero eso ya quedó muy atrás: lo de hoy son los días con ese calor excesivo que quema la piel y se adhiere a la ropa, a los muebles, a todo. No hay un solo cuerpo ni un solo objeto en esta urbe que no lo padezca. Pero hoy no. ¡La primavera nos regala un respiro de aire fresco! El viento ha soplado fuerte desde poco antes del ocaso, hace ya casi un par hora. Las nubes estuvieron merodeando constantemente desde las alturas cada rincón del cielo, cubriéndonos a todos bajo su tranquilo y apacible faldón claro-oscuro.

Ahora el cielo empieza a oscurecer y siento un estremecimiento en el pecho. “¿Siempre te ha gustado la lluvia?”, me preguntaba ella con curiosidad al verme en tardes como hoy tan absorto en la ventana. “Desde mi infancia”, respondía. En realidad, recuerdo que, de niño, una tormenta eléctrica me dio el susto de mi vida. Tenía cinco años, estaba solo asustado dentro de una pequeña habitación que me parecía varias veces más grande de lo que en realidad era. El rugir de los truenos hacía cimbrar cada pared, mientras el aguacero comenzaba a inundar el patio de la casa y mis padres luchaban afuera por sacar el agua de la casa. Me aterraba que un rayo fuera a colarse por la ventana o a destruir la puerta de madera para luego alcanzarme y hacerme añicos. Luego de eso duré varios años temiendo al estruendo de los relámpagos.

Sin embargo, y como suele pasar muy a menudo, la causa de mi fobia se volvió la causa de mi cura cuando, mucho después, mi familia y yo hacíamos un viaje cuando nos quedamos varados en una carretera, a campo abierto y a mitad de la peor tormenta eléctrica de ese año. En esa otra ocasión ya redoblaba mi edad. Tuvimos que orillarnos y salir del camino para evitar un accidente pues la gruesa cortina de lluvia era prácticamente impenetrable a la vista desde el volante, a pesar de las luces de los faros. La tempestad se cernió sobre nosotros y no podíamos oír nuestras voces por encima del ruidoso repiqueteo de las enormes gotas, mezcladas con granizo, que caían imparables sobre las láminas metálicas de la carrocería. Algunos árboles se mecían hasta casi doblarse y partirse a la mitad ante la poderosa fuerza del viento. Luego, un estruendo nos dejó momentáneamente sordos cuando un rayo golpeó el suelo a los pies de solitario huizache a menos de cien metros de nuestro coche. El piso bajo el auto retumbó por completo y la opaca tarde se convirtió en un claro día durante una fracción de segundo. Mis hermanos gritaron pero apenas los oí. Y, por irónico que parezca, en esa ocasión me curé del miedo a las tormentas: desde entonces me quedé fascinado con los días lluviosos y el asombroso rugido de los truenos.

Hoy, en cambio, el clima es tranquilo y apacible. Las plantas de helechos en mi balcón se mecen constantemente en el amable viento de abril, y la lluvia es apenas más fuerte que una brisa. Empieza a oscurecer. Quisiera que la noche no avanzara tan rápido, pero los minutos se van y mi vista, cansada por las horas frente a la computadora trascribiendo ese borrador escrito a mano, se apaga conforme se fuga el resto del atardecer y las escenas de momentos pasados me inundan la imaginación.

Recuerdo su voz risueña y sus ojos alegres, tan bellos como en ella. “No sé qué le ves al cielo cuando llueve”, me dijo durante una tarde nublada, “si para mí es la cosa más triste”. Siempre diferimos en opinión sobre el clima: a ella le encantaban los días cálidos y soleados, mientras que yo me consideraba un amante empedernido de las noches frías. “¿Sabes qué es lo más triste de los cielos grises y lluviosos?”, le pregunté en esa ocasión. “¿Qué?” Miré por la venta y añadí: “Lo más triste de los cielos grises y lluviosos es no poder contemplarlos en su totalidad”. Ella soltó una breve risa. También miró hacia afuera. Seguramente notó como el marco de la ventana y el horizonte citadino, lleno de picos y columnas, recortaban el paisaje. Luego posó su mano sobre mi mejilla con esa ternura tan suya.

Han pasado varios años desde entonces. La ciudad ha crecido más de lo que me hubiese gustado. Ah… Hoy puedo corregir esa frase: he aprendido que lo más triste de ese bellísimo cielo lluvioso es no poder mirarlo porque un enorme edificio de oficinas te estorba el panorama. Ahora sé que no hay cosa más triste y gris que un tonto rascacielos de concreto y sus miles de ojos negros de cristal que te observan en silencio, como gigantes impertinentes e indiscretos, solo agradables a la soberbia de sus arquitectos o la pedantería de sus propietarios. Siempre me han parecido monumentos inertes. La lluvia ofrece, en cambio, el consuelo de la vida y el alivio del aire fresco. Cosa más dichosa que, lamentablemente, la gente ha ido olvidando conforme el paso de los años. Muy pocos son los que aún levantan la vista al cielo y se fascinan con el espectáculo del atardecer, mientras que a muchos les sobrecoge la idea de tener vidas ostentosas que implican la pérdida de otras maravillas.

Recuerdo que ella siempre soñó con vivir en un departamento en los últimos pisos de un lujoso rascacielos para poder contemplarlo todo. “No sería justo”, le decía. “¿Por qué?” interrogaba ella, molesta por mi amargura, diciendo que era un aguafiestas. “Porque vivir allá arriba siempre deja en desventaja a los que viven acá abajo, esos que no puede ni siquiera soñar las cosas que tú sueñas ahora. Y eso justificaría, además, seguir construyendo más de esos armatostes. Sería como decir que es correcto obstruir la mirada al cielo para los que solo pueden soñar con comer tres veces al día”. Después de eso ya no me respondía nada y, en cambio, hacia rodar los ojos y volvía al quehacer. Ambos terminábamos de cocinar la cena y después nos sentábamos a la mesa para disfrutar de un plato de humeante pasta acompañada con ensalada de verduras. “¿No te cansas de pensar en los demás o de vivir en este sitio?”, me preguntó cierta ocasión. “Uno no puede solo olvidar al resto de la humanidad para vivir sus sueños… ¿Acaso el éxito sabe mejor o se disfruta más al pretender que la pobreza no existe?” Tuvimos una discusión poco después. Otra discusión más antes de que ella partiera.

Las nubes siguen cruzando por el cielo. Las veo mientras un hilo de viento cruza por la pequeña rendija entreabierta de la ventana y me acaricia las mejillas. Las cortinas bailan. He puesto una engrapadora sobre las hojas del borrador que aguardan en el escritorio. Son casi veinte cuartillas que saqué en limpio. La última semana había tenido una buena racha de inspiración pero… hace dos días que se le acabó el combustible a mi pluma y, aunque llena, pareciera que la tinta se secó desde mi mano. Apenas he logrado escribir un par de párrafos desde entonces. Hoy intenté trabajar directamente en la computadora y me pasé casi treinta minutos frente a la pantalla, sin poder teclear más de dos palabras seguidas antes de borrarlas y aguardar de nuevo en silencio durante otros diez o quince minutos para volver a empezar. Y nada. Me he mesado los cabellos un par de veces. Sentí los párpados pesados a media tarde y acudí al lavabo del baño para mojarme el rostro y secarme con una toalla. De regreso a la silla me embargó el silencio de la habitación. Desde que ella ya no está, ese silencio se ha vuelto más denso que nunca. El zumbido de mi viejo refrigerador apenas me hace algo de compañía pero no me es suficiente. Ya nada lo ha es.

Ella solía pararse a mitad de la noche para hurtar algo de comida que guardábamos para nuestros fines de semana. No importaba si era lunes o jueves, cada mañana el vaso de helado que escondía hasta el fondo del congelador amanecía más vacío. Luego llegaba nuestro “domingo de gordura” y yo me asomaba a la nevera para tomar el recipiente. Evidentemente que lo sentía más ligero de lo que recordaba y entonces, cuando miraba de vuelta al sofá, donde ella me esperaba, la veía haciéndose la loca, evitando cualquier contacto visual o escondiendo el rostro detrás de una almohada. Tomaba un par de cucharas de un cajón, me sentaba con ella en el sillón y ambos reíamos juntos. “Así nunca nos va a servir la dieta”, le regañaba a modo de broma para luego darle un beso en la frente. “No es mi culpa que el helado que compras esté tan rico…” Y la tarde se nos iba entre carcajadas y viejas películas de fantasmas o crímenes por resolver. Siempre fueron nuestras favoritas.

Sonrío. Luego suspiro y una lágrima tibia escapa de mi ojo izquierdo.

La lluvia empieza a caer con más fuerza en la avenida. Bajo la mirada. Los autos pasan con los faros encendidos y salpican las aceras al cruzar encima de los charcos, levantando pequeñas cortinas de agua del tamaño de un gnomo de jardín. Los escasos árboles de los vecinos se siguen meciendo. Antes eran más verdes, pero el deterioro del aire no les ha venido nada bien. El alumbrado público ilumina las gotas que caen y caen, una detrás de otra. Veo las siluetas del vecino de enfrente y su esposa, abrazados y compartiendo una taza de café. ¿O chocolate? No sé… A mí ya casi no me gusta el té. Y los años de las cervezas se acabaron en este último par de años cuando el doctor me alertó de los primeros síntomas de la diabetes.

Tal vez debí hacerle caso a ella.

“¡Ya no bebas tanto!”, me decía, mirándome con esos ojos oscuros y hermosos con que siempre me vigilaba antes de emboscarme con un ataque sorpresa de cosquillas o… con esos sermones sobre los males del alcohol. “Está bien”, le respondía. Entonces guardaba la lata casi recién abierta (¡nunca entendí cómo lograba atraparme tan pronto!) y la guardaba en el refrigerador. Me la bebía ya entrada la noche cuando ella se preparaba para ir a dormir, o en las mañanas antes de irme a trabajar. Media lata de cerveza me relajaba lo suficiente para animarme al lidiar con los clientes y el estrés de la cocina en el restaurante donde trabajaba. En mi trabajo nadie lo notaba: un par de mentas en el camino o mi cigarro de las mañanas y el aroma a cerveza desaparecía. Claro que, optar por lo segundo siempre acarreaba otro regaño más de parte de ella recién cruzaba la sala. Si algo la caracterizaba, aparte de la belleza y la ternura, era su severidad… No podía abrazarla una vez que llegaba a la casa sino hasta después de que me duchara y pusiera una camisa limpia con aroma a recién lavada. “Ese aromatizante de la lavandería huele delicioso” decía para tratar de animarla, pero ella mantenía su serio semblante y los brazos cruzados sobre el pecho, en signo de desaprobación, hasta que pudiera cerciorarse de que el aroma a cigarro hubiese desaparecido. Esos enojos pasaban un par de veces al mes, cuando el regaño de la cerveza me llevaba al regaño del tabaco y las duchas casi obligadas. No obstante, juro que sus abrazos valían la pena esas visitas exprés a la regadera tras las duras jornadas en el trabajo y los mil pretextos diarios de los clientes o las quejas constantes sobre la comida de hombres y mujeres pedantes que se creían críticos expertos de cocina. Peor aún eran los personajes déspotas que se sentían en derecho de gritar a los meseros cuando la orden estaba equivocada o llegaba ligeramente fría. “Vaya si la gente es cruel cuando es quien paga”, decía a mis compañeros en la cocina, limpiándome las manos en el mandil para empezar a preparar un nuevo estofado o preparándome para usar los gruesos guantes de hule y sacar una bandeja con piezas de carne del horno de metal. Uno de mis colegas de cocina solía decirme: “Dale un poco más de dinero a la clase media y verás cómo se desquitan con el resto de la clase media y los de más abajo”. Y así era. La gente esperaba cada quincena para llevar a su familia o a sus parejas al restaurante casi que con el objetivo de pretender ser más adinerados y sentirse obligados a rebajar a los empleados como sus empleadores los rebajan a ellos el resto del mes. Y así, la cadena se repetía sin el más mínimo reparo en detenerla…

No sé cómo le esté yendo ahora a toda esa gente. Durante marzo mis colegas y yo tuvimos que seguir saliendo a trabajar aunque el negocio apenas y recibía un par de comensales; después, a inicios de abril prácticamente nos despidieron y cerraron el restaurante… Estos treinta días sin trabajo han sido difíciles. Pero, más que extrañar mi salario, y aunque este empieza a hacerme falta lentamente, extraño a mis amigos, charlar con ellos, reír con ellos. Pese a que he dicho ya que amo los climas fríos, extraño la cálida compañía de otra alma humana. Extraño salir de casa. Este encierro involuntario solo me hace añorar los paseos por los parques, las tardes de los viernes quedándome a platicar sobre partidos de futbol o algún tema de política. Últimamente me he puesto a pensar en esa falsa ilusión de libertad, esa que todo el mundo perjura poseer auténticamente pero que solo se existe escrita en un papel como un derecho humano. Recuerdo que a inicios de año las calles estaban llenas de ruido por las múltiples marchas de protestas… Hoy las avenidas están muy calladas. Y aunque silencio es sobrecogedor, no puede ser peor que la memoria de corto plazo: la gente olvidó muy pronto los logros obtenidos por el sacrificio colectivo a cambio de la comodidad individual de la que otros tantos carecen.

Un relámpago desgarra el negro velo de la noche y veo mi reflejo en el cristal de la ventana. Me sorprende lo viejo que me veo. Apenas ayer seguía teniendo cincuenta, pero ahora luzco de más de setenta. Me siento así de viejo en realidad. Sé que la edad no es cuestión de años, sino de madurez y de experiencias, de sabiduría (y aclaro que conozco niños más sabios que muchos ancianos…) Siento la cara llena de tenues arrugas, mi cabello cada vez está más ralo y mi expresión cada vez más cansada. ¿Cómo se me ha ido la vida tan pronto? ¿Cómo es que el tiempo se escurre entre las manos sin siquiera notarlo? Siento que he envejecido demasiado rápido. Probablemente sí. La rutina, las tristezas y el estrés restan más vida de la que uno quisiera. Mis ojos pierden su brillo y se asemejan progresivamente a las oscuras e inertes ventanas de los tontos edificios que se erigen altos frente a mi domicilio, detrás de las manzanas donde viven mi vecino y su mujer.

Me comienza a preocupar lo que pasará después de la pandemia. Mis empleadores dijeron que volverían a llamarnos… pero dudo que nos den preferencia a mis colegas y a mí cuando resulta más barato contratar a gente más joven y enérgica. No es que seamos precisamente obsoletos: conozco ancianos con más vitalidad que los zombis universitarios a los que explotan desde tan temprano. Y aún con todo eso, los muchachos apenas y consiguen trabajos dignos cuando egresan. Dicen que “la juventud es la cara de los negocios”: me pregunto si en verdad les muestran en clase que vivimos en un limbo extraño que consume la vida como una flama, una llama que roba el aire a los sueños y los asfixia. Vaya mundo que hemos construido en vías del “progreso”, a los jóvenes los explotan y a los más viejos nos dejan de lado. Mucha gente tiene todo para dar de sí mismos desde muy chicos o hasta casi el final de sus días, pero los buenos trabajos en esta ciudad están reservados para solo unos cuantos. Varias de esas personas con mejores talentos y décadas de experiencia vagan en las calles pidiendo dinero, aún hoy, en medio de la pandemia, porque cierta gente decidió que no eran aptos para trabajar. Otros tantos más, los que en verdad ya no pueden seguir, están encerrados como prisioneros dentro de sus hogares. A veces abandonados. A veces en condiciones peores.

La energía se me agota y mi creatividad también. Qué cosa tan más compleja. Y el mundo sigue insistiendo en simplificarlo todo para consumirlo más rápido. Aún nadie ha entendido que parar al mundo hace falta también detenerse, salirse del ajetreo y respirar. Pero para todos, las cosas siempre urgen. Por eso el tiempo marcha tan aprisa. Corre cada vez más rápido y es más fugaz que los relámpagos en el cielo negro de la noche.

La lluvia sigue cayendo afuera en la ciudad. Las voces se siguen callando dentro de casa…

Pienso en ella.

Todos esos años en los que tuve la dicha de compartir a su lado: dos décadas y media se pasaron volando. Fue muy poco tiempo. Menos del que hubiera querido. Menos del que en verdad esperaba. Pero… quizá fue el tiempo justo antes de que ella se marchara. La vi crecer durante más de veinte años y siempre me sentí orgulloso de ella. Desde el día en que su madre me la entrego en brazos y todavía cabía entre las palmas de mis manos. Su pequeño cuerpo envuelto en una sábana para bebé. Ese día me volví a enamorar de la vida. Mi hija había nacido sana y salva. Me sentí dichoso como nunca antes lo había estado. Nuestra familia estaba completa. Mi esposa, mi hija y yo compartimos la alegría e hicimos un hogar cálido, lleno de risas y juegos. Aunque el trabajo apremiaba y debíamos saldar algunas deudas para pagar la hipoteca, siempre intentamos hacernos un espacio para poder estar juntos.

Que época tan dichosa compartí con las dos mujeres que más amé en mi vida.

Desafortunadamente, mi esposa partió de este mundo cuando nuestra hija tenía tan solo seis años. Se llevó un cachito de nosotros el día en que falleció por una complicación cardiovascular. Por eso es que empecé la dieta en la que mi hija intentó acompañarme y… aunque el helado doblegaba su solidaridad, ella fue mi motivo para seguir adelante todo este tiempo que su madre no ha estado en casa para decirnos la hora de ir a la cama. Su apoyo incondicional, pese a los berrinches por mi olor a cerveza o a cigarro o mi renuencia a mudarnos a un departamento, nunca mermó hasta el día en que decidió independizarse e irse a vivir a otro país por una jugosa beca que obtuvo en su carrera universitaria. Ahora está en Italia.

Me comentó por teléfono que, a mediados de marzo, las cosas estuvieron complicadas por allá. Hace unas semanas me indicó que la situación empezaba a recomponerse y, aunque aún no se levanta la cuarentena, ya es posible salir a hacer la despensa. Eso sí, todos bien tapados como debe ser.

Y yo, por mi parte, sigo esperando a que todo esto pase para que ella pueda volver a verme y visitarme. Para enseñarle ese cuento que estoy escribiendo para ella y para su madre pues, fueron ellas quienes siempre me instaron a comenzar a escribir. Mi hija me “heredó” esta vieja computadora, la misma que le compré para sus años de preparatoria. Tuvo que enseñarme a usarla, pero después de un tiempo me volví medianamente hábil. En cuanto a las palabras, ya sabía cómo manejarlas… Siempre fui muy elocuente. Además de los libros de cocina, me leí un par de cuentos de Cortázar y Amparo Dávila. Además, solía escribirle cartas a mi esposa desde que éramos novios y hasta antes de que falleciera. Aún a la fecha le he escrito un par de versos. Los recito a veces a solas y espero que le lleguen hasta donde sea que se encuentre porque sé que le encantarían.

Estos días de confinamiento me han servido para por fin comenzar a escribir una historia larga. El borrador sigue sobre el escritorio, esperando a que le otorgue un digno final al cuento en el que he estado trabajando con tanto esmero. Ojalá que valgan la pena todos estos días de encierro, privado de los paseos en los parques después del trabajo, de esas charlas divertidas con mis compañeros en la cocina del restaurante. Quién sabe. Quizá, así como hoy la primavera nos recompensa con una noche de lluvia por todas esas tardes de fastidioso calor, tal vez también vengan cosas más amenas cuando pase toda esta situación. Pero para ello, tendríamos que aprender a ver que lo más gris de las tardes lluviosas es el hecho de no poder disfrutarlas con la compañía adecuada, y que siempre será más triste un duro edificio de concreto un cielo nublado pues, aunque se vea gris, sigue siendo un milagro de la naturaleza, rebosante de vida. Habría que aprender también a oír que el silencio de las calles aún repite el eco de las protestas y que, si algún día se hicieron marchas llenas de gritos, es para que algún día suenen más fuerte las risas entre amigos que los insultos. Además aún nos falta descubrir que, si de pequeños las habitaciones nos parecen más altas, conforme crecemos el mundo se nos revela infinitamente enorme, y que además, la edad no determina la sabiduría, pues para ser sabios hay que madurar, y madurar implica primero aprender a ser empáticos y que no se trata de vivir más alto para ver el cielo, sino que todos puedan verlo para disfrutar de él.

Hoy es treinta de abril y mi hija cumple veintiséis años. Mientras la lluvia sigue dando vida a los campos en las afueras de la ciudad, voy a llamarle de nuevo por teléfono para felicitarla. Y también para preguntarle si sigue guardando la dieta… o ha vuelto a hurtar del helado que compró a inicios de semana, tras su primera salida a la calle en días.



Nota: escrita durante la lluviosa tarde del 30 de abril y corregida el 1 de mayo. Cuando empecé a escribir esta historia, la lluvia del abril me hizo sentir melancólico. Al mirar por la ventana, no pude evitar sentir nostalgia y algo de enfado por ver apenas una mínima fracción del magnífico cielo debido a las construcciones de las casas vecinas. Lo demás vino por añadidura y la reflexión fue constante mientras me dejé llevar por las súbitas emociones encontradas. Espero que hagan eco en cada persona que lo lea. ¡Un abrazo para lo que queda de la cuarentena!
2 de Mayo de 2020 a las 01:42 6 Reporte Insertar Seguir historia
7
Fin

Conoce al autor

Andrés Díaz Si buscas historias que te hagan estremecer, llegaste al sitio correcto. Soy psicólogo clínico. Escribo terror y ficción desde los 12 años. Mis mayores referencias literarias son Poe, Lovecraft, King, Verne, Sade, Conan Doyle, Pacheco, Rulfo, entre otros. Cuenta en inglés: andres_dm_eng Wattpad: Andres22DM Sweek: AndresDM Instagram: andresdiaz_escritor

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Nataly Calderón Nataly Calderón
¡Hola! tu historia es muy buena y conmovedora. Da mucho que pensar, me encantò. Saludos.
May 25, 2020, 23:07

  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Muchísimas gracias, significa mucho el comentario. Que bueno que te haya gustado y sobre todo que deje una reflexión. Si te gustan las historias así, te invito a leer "El enredo", también en mi perfil. Te aseguro que te puede sorprender. ¡Nos leemos pronto! May 26, 2020, 15:27
W. E. Reyes W. E. Reyes
Una reflexiva y muy buena lectura, evocativa, melancólica, como una crónica en prosa poética.
May 16, 2020, 04:48

  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Muchísimas gracias por la lectura y por el comentario. Me agarró la melancolía ese día y no me soltó hasta que terminé de escribir. ¡Te mando un enorme saludo! May 26, 2020, 15:22
Paul Larios Paul Larios
Buen relato y resuena con algo que platique con una amigo hace unos días de que la gente añora regresar a la normalidad pero no es porque realmente quieren estar con su familia sino porque quiere gastar dinero en cosas que no necesitan.
May 06, 2020, 16:16

  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Es impresionante las prioridades que tienen hoy día las mis personas. Pero con suerte ojalá que esta pandemia sirva de lección para apreciar más las cosas que verdaderamente valen la pena. ¡Te mando un saludo enorme! May 25, 2020, 23:11
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