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daavidr David Ramírez

Una historia para leer mientras te tomas una Piña Colada. Durante un momento, fue una pesadilla, pero las ganas que tenía de relajarme, pudieron conmigo. Fuí feliz por un instante.


Historias de vida Todo público.

#playa #canoa #pesadilla #tropical #océano #miedo #mar #amor
Cuento corto
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A la mar

Estaba yo tomando agua de coco mientras miraba los pequeños turrones de arena que se formaban a la orilla. Las palmeras daban una sombra reconfortante, y ya me había acostumbrado lo suficiente al bochorno como para que me molestase. Lo único que había conocido hasta entonces era la piña colada y a Gabriel García Márquez, y unos meses después descubrí mi faceta playera. Esa felicidad que me había guardado en el frío, era la rutina de estos días, donde la gente se sienta contigo a platicar "porque sí". Las calles eran desniveladas, y los andenes incómodos, pero eso hacía más hogareño a este pueblo.


Había venido de un viaje de estudios bastante tortuoso, con ganas de hacer las prácticas e irse. Durante ese paseo, vio el monumento central del pueblo; unos jeroglíficos que le decían lo rupestre que era la ciudad por aquellos entonces. Los botes pesqueros se guiaban mirando a la luna, y ver la silueta de los marineros partiendo siempre daba escalofríos.


Eso intuía cuando hablaba con ella. Descubrí como 4 tipos diferentes de daiquirí por su culpa, mientras estaba intentando no quedar mal en aquella discoteca. No recuerdo nada, pero su "buenos días" me dice que sí le gustó cómo me caí mientras bailaba con ella. Nos encantaba la noche, así que salíamos hacia todo tipo de lugares. Ibamos al paseo marítimo, nos sentábamos en el parque principal, ibamos a las ferias, y teníamos dos amuletos tiki con nuestros nombres en la muñeca del otro. Nuestra navidad fue con un ventilador en cada rincón de la casa mientras tomábamos varios "Cuba Libres", al tiempo que recordábamos cómo nos volvíamos al vernos por una siguiente vez en aquellos entonces: ambos sudando, aunque fueran las 00:00 horas.


Cuando descubrimos el bote que Ramiro nos había prestado, nos volvimos más felices que nunca. Nos tomábamos fotos viendo al bote y al firmamento.

— Aquí estará una cantimplora, y mientras nos sentamos, aquí podemos poner esa barbacoa que compramos hace 2 meses — imaginábamos compulsivamente—.


Cansado de buscar utensilios para dilatar mis pocas ganas de emprender en mar abierto, un fin de semana que me invadió la locura, le dije de salir. Recuerdo aun sus leves ojeras y su cara de "hay veces que quiero odiarte" mientras le llevaba el desayuno a la cama para intentar convencerla, como un niño intentando limpiar la casa para que le compren el juguete; si ese juguete fuera una montaña rusa y el niño tuviera 5 años.


Una vez que la logré persuadir, salimos a buscar el bote. No podía ser en otro momento que de noche, y no podía ser de otra manera que caminando, hablandole de las cosas como si mi boca tuviera taquicardia.

— Es que... no sé. Sí quiero, pero tengo algo dentro que me dice que nos va a comer un tiburón. No sé, pero estoy decidido a hacerlo. Venga, va, estoy motivado. O no. No sé. — espetaba cada vez que ella intentaba calmarme—.


Como era de costumbre, ella muy comprensiva me escuchaba. Que amor era; sus ojos marrones me miraban fijamente, como si todo lo que estuviera expresando fuera importante, como necesitando una opinión "super elaborada" para replicar a mis sólidos argumentos. Cuando por fin llegamos, nos encontramos con Ramiro, muy puntual por cierto, y un libro bastante grande. Intuí de inmediato para que significaba; era de esas pocas veces que ser pesimista me servía. No contento con darnos aquella guía, nos daba instrucciones que de largas, abrumaban más. Ya ensordecido, me concentraba en la mirada de Sofía que me decía que todo iba a estar bien.


Subirnos fue un acontecimiento que prefiero no recordar (principalmente porque no puedo). Sólo tengo lagunas mentales que me dicen que me subí, y la consecuente alarma en forma de mar. Trajimos todo, como lo ordenamos: su cantimplora, la barbacoa, el juego de cartas, su vestido que parecía de pcnic y mi sombrero. Nos la pasábamos genial hablando sobre la vida, debatiendo acerca de las personas, y sintiéndonos sabiendo que estábamos a solas: total, ese libro nos iba a salvar la vida en el peor de los casos.


Cuando nos dormimos, cometimos un error que de estúpido avergüenza. Ninguno se molestó en quedarse pendiente mientras el otro dormía, y eso obviamente hizo que nos perdiéramos. Despertamos con sólo mar a los costados. No había rastro de tierra alguno, y cuando abrí el libro, no entendí ninguna de sus indicaciones. No sé que es "popa", ya voy a saber cómo llevar esta lancha a la casa. Por fortuna, estamos en tiempos de marea baja y no hay mucho de que preocuparse, pero los recursos son limitados.


Cuando el silencio la despertó, se encontró con el paisaje monocromático que la rodeaba, y su cara se volvió casi tan pálida como el cielo, para acto seguido caer en el bote, pegándose en la cabeza con uno de los intentos de silla que había.


En ese momento me di cuenta de la situación. Si yo me muero haciendo estupideces, a quien le importa; soy yo. Soy mi responsabilidad, y eso no me lo quita nadie. El problema es que vine con ella. Yo sabía que no teníamos que estar ahí, y siempre supe que era un problema. ¿por qué no me escucho a veces? soy un desastre.

— No puedo perder así a la persona que amo. ¡No puedo! — murmuraba mientras golpeaba mi pierna suavemente para que ella no despertara— y se me hizo un nudo en la garganta. Me senté como buenamente pude e hice mi mejor intento de reacomodar a Sofía. Lo único que podía hacer era llevarme las manos a la cabeza y cerrar los ojos. Mi respiración incrementaba y estaba empezando a sudar.


Cuando me asomé al mar para vomitar, me di cuenta de que yo conocía esos peces que estaban ahí, y eso no sería un detalle importante de no ser porque me acuerdo de una conversación que tuve hace meses con un cocinero de la playa.


Cuando estuve pescando en lo que podría ser, mi inducción a la ciudad costera, conseguí mi primer pez; algo sumamente poco común, según lo que me contaba. Para celebrar, me dijo entusiasmado "¿por qué no lo cocinamos?" A lo que respondí que me daba pena porque ese pez podría estar en peligro de extinción o algo por el estilo. El me responde, me acuerdo perfectamente:

— Usted tranquilo, esos peces son de playa. Si quiere, yo mismo le doy mi cañita que tantos años he tenido para que pesque todo lo que quiera, que esos peces jamás se van a acabar. Seguro le habrán dicho que estos peces que ve son todos de esta playa, ¡pero usted tampoco sabe cómo se reproducen esos desgraciados! son como conejos. Entonces, ¿le hago su almuerzo o qué?"


Y ahí me calmé. Hiciera lo que hiciera, sabía hacia dónde volver. No sabría dónde volvería, pero por Dios; llevo 4 años aquí, seguro que me ubico. En esa pose tan denigrante, se me ocurrió detallar los peces y cazar alguno que otro. Total, tenía cómo cocinarlos...


Eran lilas con rayas negras, de una forma que se asemeja a las puntas de una flecha, pero mucho más suave. Sus aletas eran cortas y nadaban en grupo, asemejándose a las gotas de agua que caen de una fuente.


Un grito me sacó de mi sueño pesquero.


— ¿¡Y ahora como vamos a salir de aquí!?

Y por alguna razón eso me calmó más. No inmediatamente, obvio, pero sentía que conforme le explicaba, encontraba más maneras para salir de aquí. Cuando contamos anécdotas en las navidades, a ella le gusta decir que me parecía a un marinero experto dando indicaciones a un cadete.


Pues así la convencí que, a los 15 minutos, volvimos a estar en calma. Ella se quitó el vestido y se sometió a bucear, pidiendo varias veces que la acompañara. Probamos los peces y nos dieron malestar un par de días, pero eso jugó a mi favor para hacer varias bromas unas horas después. Nos tomamos de la mano y nos reímos como nunca, viendo el atardecer caer así como cayeron nuestras ideaciones catastróficas unas horas antes.


Cuando quisimos irnos, tomé los remos y me desplacé en dirección a los peces. Volví a sudar frío y las manos me temblaban, "por el malestar, obviamente", hasta que se me pasó cuando vimos tierra. Luego, "el malestar" me atacó de nuevo por pensar que estaba en otro pueblo, siendo una persona que hacía una semana se había perdido camino a casa en el pueblo que tanto conocía. Conseguí calmarme por resignación y cerré los ojos imaginándome el peor escenario posible mientras nadaba en, lo que sospechaba, línea recta.

Ramiro se rió cuando me estampé la cabeza contra el bordillo del bote, después de tocar tierra de manera un poco... abrupta.

18 de Mayo de 2020 a las 00:00 4 Reporte Insertar Seguir historia
8
Fin

Conoce al autor

David Ramírez Me fascinan los relatos cortos, las mini novelas y los poemas (más que todo de romance). Si tu eres así de apasionado, cómo estaría de bien que te pasaras por mis textos. Por último, procura reseñar mis textos contándome qué te parecieron: no sabes como me sentaría de bien leerte. Publico relatos algunos domingos para ver si así se pasa mejor la semana.

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Helena Nin Helena Nin
Wow, me encanta me llego... Sigue así.
July 02, 2020, 01:52
MR Maryuri Reyes
pues Daniel es algo bello no te imaginas como me gusto leerlo
June 29, 2020, 17:23

~

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