lihuen Lihuen

Tercer relato de la serie caras ocultas: El amor y la confianza de una pequeña familia de pescadores se pondrá a prueba cuando un secreto familiar salga a la luz.


Fantasía Todo público.

#leyendas #secretos #mitos
Cuento corto
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La transformacion

“Por amor, tanto mujeres como hombres sufren una especie de metamorfosis, como si una fiebre los cegara, y ya nada importara excepto el amante”


En una casucha gris, de estructura precaria, vivían los Sánchez, una familia de pescadores, con apenas tres integrantes: el padre, un hombre fornido de espalda algo arqueada y la piel oscurecida por haber trabajado casi una vida bajo los rayos del sol, su joven hijo, de complexión delgada y ojos risueños que se había convertido en su fiel discípulo, y la hermosa Dania, una tierna adolescente, que con solo sonreír alejaba de ellos las penurias que de tanto en tanto empañaban su existencia.

Corría el año 1955 y la crisis económica aun golpeaba fuertemente a España. Los miembros de la familia Sánchez, sin embargo, acostumbrados a la supervivencia, se las rebuscaban como podían: padre e hijo pescando mar adentro mientras que Dania les esperaba con la comida lista para saciar el estómago hambriento.

Era admirable como aquel rancho se veía acogedor, entre cortinados de caracolillos colgantes y otras tantas artesanías que la niña elaboraba en sus tardes solitarias. Y era tanto su talento, que a veces hacía cosillas para otras familias, lo cual agregaba un poco de pan a la mesa.

No obstante, un día aquel vínculo amoroso comenzó a decaer. Al principio la alteración fue imperceptible, y solo provenía por parte del padre, cuyos gestos se fueron endureciendo de manera inexplicable en contra de la muchacha. En los pocos momentos en los que se reunían, el hombre apenas si le dirigía la palabra, concentrándose en masticar su comida, casi sin mirarla. La joven, por su parte, también se iba distanciando. Parecía algo distraída, como ajena, no solo a los cambios de humor de su padre, sino también a cuanto ocurría a su alrededor. Si bien continuaba con sus rutinas diarias—los quehaceres domésticos o alguna que otra visita al mercado del pueblo—, su corazón no parecía estar en ello: los movimientos mecánicos de su cuerpo y la mirada perdida eran señal de que su mente habitaba en otro mundo. De esta forma, en pocos meses, aquel nido de amor se fue deteriorando. Allí donde antes había reinado el calor de hogar, se sentía frío; donde había habido entrega y devoción, se percibían miradas de sospecha y sentimientos de reserva.

Una tarde, la rutina a la que la familia venía acostumbrada dio un giro improvisto. El padre le pidió a su hijo en tono solemne que se sentara junto a él pues deseaba hablarle de algo de suma importancia.

—Sabes que hace mucho que no veo a tu abuelo Ignacio.—Los ojos grises del hombre brillaron con un tinte de nostalgia—. Y no es que deseara ver a ese viejo canalla—continuó desviando su mirada para encender su pipa—pero lamentablemente ha llegado la hora de que nos dé una vista y tú serás el encargado de buscarlo.

Samuel se quedó mudo de desconcierto; el sólo oír aquel nombre le dio escalofríos, un par de recuerdos oscuros le bailotearon por lo mente; memorias o quizá pesadillas de un par de ojos de mirada asesina enterrados en un rostro agrietado, lo habían acompañaban desde pequeño.

—Lo último que he sabido de él, es que vive en Escocia—continuó el pescador mirando fijamente al fuego del hogar que apenas si tenía las fuerzas para seguir ardiendo—. El viaje es largo y no lo podemos pagar, sin embargo tengo unos muchos conocidos que me deben favores, como bien sabes, y uno de ellos te ha conseguido un puesto en un barco carguero como cadete de cocina.

—¿Cuándo he de partir?—preguntó Samuel reticente, sin atreverse a hacer más preguntas.

—En un par de días.

—Dania cumple sus quince en este mes…

—El barco parte pasado mañana—le respondió ignorando lo que su hijo acababa de decir. Luego se levantó de la silla y abrió u viejo baúl de donde extrajo un pequeño cofre—. Necesito que le lleves esto─ dijo mientras lo desempolvaba— Es un presente que le envío a tu abuelo como señal de reconciliación; es algo que él conoce muy bien porque tu no tendrás que decirle ni convencerlo de nada, solo procura que le llegue

Luego del breve intercambio, el hombre le dio algo de plata a su hijo para el uso de los transportes. Samuel, lo recibió en silencio, consciente de la presencia de su hermana quien lo observaba impasible desde una esquina. Para quien no la conociera, su rostro inexpresivo podría confundirse con indiferencia, pero para su Samuel no era así. El leve latido de la sien y la línea apretada de los labios la delataban, revelando cuanto le afectaba que él se marchara.

Días después, Samuel ya se encontraba en el mar; entre el sol y las olas mecedoras, los días parecían ancianos arrastrándose con lentitud. El tener que encontrarse con su abuelo, a quien no veía hacia casi quince años y al que presuntamente, su padre había repudiado por tanto tiempo, sumado a la extraña encomienda que debía entregarle, lo ponían en sobre aviso de algo, pero ¿de qué? No se lo explicaba. Como tampoco se explicaba tantas otras cosas, desde la extraña actitud de su padre hacia su hermana, hasta el halo de silencioso misterio que rodeaba a la chiquilla, como si de pronto viviera inmersa en un sueño.

Un día, al finalizar la primera semana, cuando la tripulación ya había entrado en confianza, el cocinero del barco, quien alegraba a todos con sus bromas y divertidas anécdotas, pareció percatarse de sus aflicciones internas, y acercándose a él, le ofreció compartir un bebida:

—Parece afligido, amigo—dijo palmeando su hombro. —Es un efecto común cuando se está en alta mar por muchos días ¿sabes?; Pero no te preocupes, aquí arreglamos todo con un buen trago. —Destapó una botella que parecía ser de licor y del bueno—. Toma, sírvete uno que te hará bien.

Samuel bebió un sorbo y sintió al líquido espeso y dulce pero una vez dentro le incendió la garganta y le acaloró el cuerpo. Al cuarto trago, en cambio, le brebaje ya parecía agua, pero algo tenia aquella bebida que fue aliviando sus tensiones, y poco después, y casi sin darse cuenta, ya había comenzado a confesar en alta voz todas sus preocupaciones, como si encontrara en compañía de sus mejores amigos. De pronto, el hombre, que lo venía escuchado pacientemente, lo interrumpió dejando escapar una carcajada:

—Creo que lo que ocurre aquí amigo, con tu pequeña hermana —le explicó risueño —, es algo que le pasa a todas las muchachas cuando se convierten en señoritas.

— ¿A qué te refieres?—preguntó el chico.

—Bueno, tengo una hija, y cuando estaba entre sus 15 o 16, no recuerdo bien, comenzó a comportarse de forma extraña. Así tal como tú describes a tu hermana, y un buen día ¿sabes lo que ocurrió?

—Qué—preguntó Samuel. Su interlocutor lo tenía cautivado.

—Apareció con un mozo bajo el brazo. Aparentemente este chico había sido la causa de todos sus suspiros

—¿Un novio?, ¡vaya!,— exclamó el joven desconcertado. —¿Entonces insinúas que mi hermana está enamorada?—preguntó Samuel. Aquella declaración le parecía una barbaridad pues jamás la había visto con nadie.

—Sé que piensas que es algo imposible, pero estas cosas ocurren todo el tiempo; es la ley de la vida–afirmó su compañero, dando bocanadas de humo con aliento a alcohol.

La conversación se volvió más interesante cuando otras camaradas se fueron acercando a contar sus propias historias, quizá por la oportunidad de compartir un trago; lo más sorprendente para Samuel fue escuchar tantos relatos similares al del cocinero en que daban rienda suelta a todo tipo de experiencias amorosas, ya sea sobre sus hijas, hermanas o novias y hasta de sus vecinas. Y para el asombro del muchacho, todos coincidían en que tanto mujeres y hombres sufrían una especie de metamorfosis al enamorarse. Como si de repente una fiebre los cegara, y ya nada más le importara a las personas en cuestión, que encontrarse con su amante.

—Y no solo eso, también es normal que los padres enloquezcan—comenzó a decir uno de los marineros—. Mi suegro, por ejemplo, me tuvo en la mira en dos oportunidades. De no ser porque en aquellos años yo era bastante rápido, ya estaría muerto.

Todos rieron con aquella anécdota, y las siguientes a esa.

Aquella noche, el muchacho se sintió satisfecho. Parecía que todo lo expresado, ya sea por uno o por otro, finalmente cobraba sentido para él y las piezas del rompecabezas, que por tanto tiempo lo habían mantenido desvelado, comenzaban por fin a acomodarse.

A la luz del alba, cuando ya no quedaba más alcohol que beber, todos se marcharon a la tranquilidad de sus camarotes. El vaivén de las olas los fue adormeciendo, y los ronquidos fueron remplazando al arrullo del mar. Samuel, en cambio, permaneció despierto. El extraño cofre que debía entregar a su abuelo aún no encajaba en el resto del cuadro. ‹‹Debo abrirlo, pensó››, aunque sabía que con hacerlo rompería un juramento. ‹‹Lo siento, padre, se disculpó para sus adentros, pero no podré estar en paz hasta saber el motivo de este viaje››, y bajando del lecho, se encaminó hasta donde guardaba su maleta. Hasta ese día, nunca había desobedecido una orden de su padre, y se sentía mal al reaccionar de este modo, pero era cierto también que nunca antes había recibido un mandato de aquella naturaleza.

El recipiente donde se hallaba el recado estaba cerrado. Era obvio que su padre había tomado los recaudos necesarios para asegurar el secreto de modo que no le sería fácil abrirlo.

Mientras tironeaba de la tapa de madera y consideraba la forma de como destrabarla, se le vinieron a la memoria las últimas vivencias con su abuelo. ¡Habían pasado tantos años! ¿Unos diez, quizá? Él era un chiquillo cuando su padre había echado al anciano de la casa. Por lo que vagamente recapitulaba, la discusión se había centrado en su hermana recién nacida –que, al parecer molestaba al viejo— y en la madre de ésta, quien había sido la segunda esposa de su padre y que aparentemente lo había abandonado poco después de dar a luz. Entonces, por alguna razón, su abuelo había deseado deshacerse de la pequeña. Pero, ¿por qué?, no tenía respuesta.

Mientras aquellos episodios borrosos giraban en su mente, el cansancio le fue nublando los sentidos y, echando el cuerpo hacia atrás, comenzó a dormitar. Apenas apoyado contra la pared, dando cabezazos entre consciente y subconsciente, continuaba desenrollando un hilo interminable de dudas tales como por qué debía buscar a su abuelo, o qué tenía que ver aquel cuchillo de plata que su padre le había arrebatado de su manos callosas justo cuando el anciano…

El finalizar este pensamiento un sacudón brusco lo arrancó de su estado de somnolencia. Anonado se quedó sentado con el cuerpo rígido mientras la cabeza le daba vueltas. Otro bamboleo lo arrojó nuevamente contra la pared y de pronto, el piso osciló violentamente y uno de los hombres resbaló del camastro, cayendo a su lado.

—Maldición—se quejó al hombre golpeado—. ¡Malditas tormentas del demonio!

El barco continuó hamacándose y esta vez él rodó hacia el otro extremo del recinto como si fuera una pelota; a su lado otros marineros caían de los camastros y aullaban adoloridos.

—¡Sujétense, sujétense!—gritaban algunos. En cuestión de segundos, Samuel, al igual que los demás, se vieron envuelto en cascadas arremolinadas que se adentraban por todos lados sumergiéndolos en sus brazos helados.

Como pudieron abrieron la puerta y bucearon hasta salir a la proa. Arriba la tempestad arrastraba todo lo que hallaba a su paso mientras las olas zarandeaban al navío de un lado a otro como si fuera de juguete.

La tripulación se defendía como podía, algunos eran arrojados a las fauces del océano que los devoraba hambriento, otros perdían el equilibrio resbalando por el suelo y dando tumbos mientras buscaban algo a que aferrarse.

En medio de aquel caos, el capitán impartía órdenes que Samuel apenas entendía pues el estruendo del mar ahogaba su voz. Ya en el corazón de la tormenta, los zarandeos bruscos desgarraban las chimeneas y arrastraban contenedores de un lado al otro. En un instante, una estructura de hierro se desplomó quitándoles la vida a dos hombres y quebrando las piernas de otro.

Samuel, aterrado y desconcertado, boqueaba mientras se aferraba a las barandillas. Alguien lo auxilió arrojándole un chaleco salvavidas a la vez que lo animaba a que se acercara a los botes salvavidas. Mientras avanzaba, Samuel se acercó a un hombre que yacía aplastado con un caño. Intentó destrabarlo con todas sus fuerzas pero el golpe de otra olea lo arrojó hacia el océano cuyas olas parecía competir unas con otras en un intento por ahogarlo; afortunadamente el salvavidas lo mantuvo a flote hasta que unos marinos lo subieron a unos de los botes.

Atrás quedaba el gigante con su mercancía, sus camarotes y lo más valioso, las vidas de muchos que se marchaban al abismo silenciosos, sin despedida ni flores, sin ceremonia ni plegarias.

Varios brazos fornidos remaban contra el oleaje que poco a poco fue menguando; Samuel, aun aturdido, agradecía a Dios haber sobrevivido en aquella inmensidad azulina. Sepultado en las profundidades quedaba el pequeño cofre y sus secretos, que ya no le importaban, ahora solo imperaba el deseo de volver a ver su familia y estrecharlos en sus brazos.

Dos días después de navegar a la deriva fueron rescatados por un buque mercante y llevados de regreso a las orillas de un pueblo, que no quedaba muy lejos de donde Samuel residía. Al preguntar en qué fecha se encontraba, se alegró al saber que aún estaba a tiempo de llegar para el cumpleaños de Dania. Sabía que a su padre no le agradaría verlo, pero el naufragio no había sido culpa suya. Afortunadamente, el alcalde del pueblo al cual arribaron hizo los arreglos para que pudieran viajar en tren a sus casas y, en menos de tres horas y media Samuel y otros marinos de su pueblo ya arribaban a la estación donde algunos se reencontraron con sus seres queridos; en su caso, le quedaban unas cuantas horas cruzar los acantilados que lo separaban de su morada.

Mientras bordeaba la playa, a paso apresurado, le volvieron a asaltar los recuerdos de ese pasado que por tanto tiempo lo había atormentado. Su abuelo sosteniendo el cuchillo, aproximándose a la cuna mientras él lo espiaba, desde las cortinas, temblando de miedo.

Sacudió la cabeza tratando de borrar aquella escena tenebrosa. Era muy probable que todo fuera producto de su imaginación, o parte de alguna pesadilla que el confundía con la realidad. Pero entonces, ¿porque solo evocaba ese acto?, y además ¿por qué no podía recordar que había pasado después? Debería preguntarle a su padre. Aunque parte de él podía afirmar que aquel cuchillo había tenido que ver con partida del viejo de la que su padre nunca les había querido hablar.

Por fin divisó el techo agrietado de la casa, que asomaba por detrás de las rocas, y luego, al avanzar, aparecieron las ventanas extrañamente atravesadas con barrotes de madera clavadas. ¿Qué diablos estaba ocurriendo?, pensó a la vez que se apresuraba hacia la entrada; Al encontrar la puerta cerrada comenzó a golpearla llamando a Dania quien pareció responderle desde la parte de atrás de la casa. Aturdido hizo un rodeo hasta llegar a la ventana del cuarto de su hermana y cuando la llamó nuevamente, escuchó que su voz le respondía entre sollozos.

—Samuel, Samuel, aquí estoy, ¡no puedo salir!

¿Qué estaba pasando?, se volvió a preguntar abrumado, al momento que le daba varias patadas y puñetazos a los barrotes de madera hasta que logró introducirse en el cuarto donde la joven corrió a recibirlo echándosele en sus brazos.

—¿Dania que ocurre? —Al estrechar el cuerpo tembloroso de la muchacha lo atravesó una punzada de angustia de tan solo pensar en lo que ella estaba sufriendo—. Vamos Dania cálmate, dime algo por favor.─ Ella nada respondía hasta que él, poco a poco, comenzó a desprenderla de su cuerpo.

—¿Dónde está papá?—, le preguntó descorriéndole el cabello húmedo y tratando en vano de que ella lo mirara – y ¿por qué estabas encerrada? ¿Él te encerró aquí?

Demasiadas preguntas y ninguna respuesta. Samuel recordó de pronto la conversación con los marinos, esto parecía oler a romance no podía ser otra cosa. Pensó preguntarle pero al verla en aquel estado de histeria se arrepintió. Era mejor resolverlo por su cuenta.

Voy a buscar a papá —decidió—. Quiero que te quedes justo aquí, no tardo. Alguien tiene que explicarme que está pasando–, agregó saliendo a toda carrera.

Bajando y subiendo por los acantilados, sus pies parecían volar. En menos de media hora había cruzado el pueblo hasta llegar al puerto, donde, al ver algunos pescadores conocidos les fue preguntando por su padre. El viejo Tom fue el único que recordó verlo adentrarse en el mar.

Pues si m’ hijo, estaba con Timoteo, Ramírez y unos dos más que no recuerdo quienes eran… en la barca de Ramírez creo o quizá en la de tu padre.. pues sí ...iban en la de tu padre. —El alcohol que despedía su aliento se olía muy fuerte y sus palabras eran difíciles de entender aunque a pesar de que el hombre hablaba despacio─. En fin se han ido a la noche …o en la madrugada..

—Gracias Tom, me ayudas bastante.

El hombre esbozó una sonrisa complacida, y volvió a desplomarse como si su cuerpo le pesara demasiado.

Samuel continuó recorriendo las playas, corriendo a veces, y en otras ocasiones caminado lento y agitado, preguntando por su padre a quien se le cruzara y cuando se hallaba sin compañía, dando rienda suelta al torbellino de pensamientos que le oscurecían el ánimo y le retorcían el estómago de los nervios. Así pasó media tarde, yendo de una punta a la otra, hasta que por fin lo vio regresar en su barca, con otros pescadores, arrastrando unas inmensas redes repletas de pescado.

Desde lejos Samuel noto una sombra de preocupación en las líneas de expresión de su padre. Parecía mucho más avejentado, como si de pronto le hubiera pasado la vida por encima.

Al ver a su hijo, el pescador se quedó atónito.

—¿Qué haces aquí?–carraspeó saltando de la barca—. Y ¿dónde está tu abuelo?

—Nunca llegué a verlo, papá…el barco naufragó—. Luego, mirándolo fijo, agregó con cautela–Vengo de casa, de estar con Dania.

—Es por ella que necesitaba ver al viejo. —Se volvió hacia sus compañeros por un momento para explicarles que debía marcharse. Cuando regresó Samuel no espero ni un segundo para largar sus recriminaciones.

—¿Porque la tenías encerrada?

—No puedo hablar ahora—, y luego lo miró preocupado—No la has soltado, ¿o sí?

—Por supuesto que sí, ¿acaso estás demente? ¿Qué te pasa?—se enfureció el muchacho. En su vida se hubiera sentido capaz de reaccionar de aquella manera, pero el hecho de que su hermana sufriera le hacía perder los estribos—¿Es porque tiene novio? ¿Es por eso que actúas así?

—¿Novio? ¿Te ha dicho algo?, dímelo—gritó su padre, sacudiéndolo por los hombros

—Estás loco—reaccionó el muchacho empujándolo.

—Ojalá lo estuviera—le refutó su progenitor, con voz apagada—ven vamos, debemos encontrar a tu hermana—, dijo apresurando el paso mientras los demás pescadores lo miraban atónitos.

Samuel apenas si le seguía los pasos…

—Puedes si quiera decirme algo de lo que pasa. Estoy harto de los silencios; el viaje que sale de pronto, el cofre secreto, y que me dices de aquella noche cuando el abuelo quiso matar a Dania.—El esfuerzo por seguir el paso a su padre le quitaba el aliento, a esas alturas después de andar de aquí para allá lo habían agotado en extremo—Al menos dime porque querías que el abuelo regresara—agregó en un último intento por averiguar algo.

─No hablaré ahora, debo darme prisa o será tarde.

El hombre aceleró el trote y Samuel ya no pudo seguir hablando; el naufragio, las noches sin dormir y las carreras de aquel día estaban causándole náuseas, la cabeza, además, le punzaba fuertemente dificultándole el paso. Por fin divisaron su vivienda y el joven fue aflojando la marcha hasta que un reflujo ganó paso por su garganta y quedó de rodillas vomitando sobre unas rocas. Al cabo de un rato su padre regresó.

—No está— dijo agitado

—Pues no andará muy lejos—le respondió Samuel limpiándose el resto del vomito con el dorso de la mano.

—Debo encontrarla. Tú espérame aquí. —La ansiedad en la voz combinaba con los ojos enloquecidos.

—No de ningún modo, yo iré también—decidió Samuel incorporándose de inmediato. Se veía a la legua que su padre estaba actuando como un endemoniado, animado por alguna razón que hasta ahora no podía descifrar.

Bordearon acantilados y playitas con rumbo incierto hasta que Samuel sugirió ir hacia la bahía de piedras blancas que tanto le gustaba a Dania. Las sombras de la noche, le venían pisando los talones, por lo que su padre sugirió empezar a correr si deseaban arribaban al lugar al lugar a tiempo. De pronto, al ver unos pescadores conocidos, su padre se detuvo para interrogarlos.

—Dania, mmmm, si la vimos hace una media hora; estaba con el hijo de los Martínez. Iban de la mano—dijo sonriendo confidencialmente—. Luego se internaron en el mar en el bote del chico, un deteriorado ¿vio? Espero que no se les hunda.

El padre maldijo por lo bajo, mirando hacia el horizonte que destilaba rojo fuego.

El muchacho imaginó que su padre estaba loco de celos o quizá no confiaba en el joven. Las palabras del marinero del barco retumbaron en sus oídos: “mi suegro, de haberme tenido en la mira, me habría matado”.

—¡Padre debes calmarte!—exclamó Samuel. —Debe ser solo un amigo, nada más.

—No, nada de esto es normal. ¡Tú no entiendes nada!—, bramó su padre. Volviéndose al pescador le pidió que le prestada su barca. El individuo lo miró extrañado, pero al ver el apuro que tenía, accedió.

—Deberían llevar estos salvavidas por si acaso—les aconsejó el sujeto, arrojándole al joven dos chalecos. En ese instante, mientras Samuel luchaba por cazarlos en el aire, su padre impulsó la embarcación mar adentro a toda velocidad, y dando fuertes remadas se alejó rápidamente de la orilla. Afortunadamente, el joven era un buen nadador, pues de no ser así, nunca lo hubiera alcanzado.

Mientras se desplazaban, un silencio perturbador se instaló entre ellos. Samuel nunca había visto a su padre tan fuera de sí, lo cual lo atemorizaba bastante, pues no sabía que planeaba hacer llegado el momento.

Por fin, después de unas cuantas horas, avistaron a la joven pareja balanceándose bajo una luna amarillenta.

El joven estaba inmóvil reclinado en la barca, boca arriba, como mirando las estrellas mientras que Dania, erguida, se limpiaba la boca con el dorso de la mano. Al acercarse más, ella les sostuvo la mirada sin parpadear. Sus ojos ya no poseían el color azul zafiro que a Samuel le fascinaba tanto: ahora parecían algo amarillentos, como pequeñas llamas de fuego ardiente que le daban una apariencia felina y sensual mientras una sonrisa maliciosa curvaba sus labios carmesí; antes que ellos la abordaran, se zambulló en las aguas dejando a su paso un rastro rojizo.

Padre e hijo siguieron con los ojos la figura femenina que se sumergía en las profundidades, hasta que, de pronto, advirtieron asombrados como las dos piernas de la joven adquirían la forma a una enorme cola de pez plateada, que se meció sigilosa antes de desaparecer.

—Demasiado tarde—musitó el padre arrojando el cuchillo que empuñaba—, se ha cobrado otra víctima. Y luego suspirando agregó con voz apenas audible:—Solo tu abuelo hubiera tenido la fuerza para detenerla, tal como lo hizo una vez con la que fuera su madre...

30 de Abril de 2020 a las 23:42 11 Reporte Insertar Seguir historia
7
Fin

Conoce al autor

Lihuen Me gusta escribir novelas de misterio, fantas�a y ciencia ficci�n tambi�n me encanta escribir cuentos. Leo todo tipo de g�neros. Me fascinan los cuentos de misterio y terror.

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German Martinez Lobo German Martinez Lobo
Sin lugar a dudas estamos ante un excelente trabajo. Como siempre, Lihuen, Un placer leerte.

  • Lihuen Lihuen
    Muchas gracias!! que bueno que te gusto! 1 week ago
Nilson Vanegas Nilson Vanegas
Wow! Lihuen es la primera vez que te leo y me encantó, es una historia que se lee con avidez. Voy a seguir tus historias. Un saludo.
May 19, 2020, 15:41

  • Lihuen Lihuen
    que bueno que te haya gustado, un saludo! y si también escribes espero leer alguna tuya May 19, 2020, 16:26
  • Nilson Vanegas Nilson Vanegas
    Claro, te invito a leer La chica noruega, mi primer historia en inkspired, es un cuento con clima existencial. Nos leemos pronto. May 19, 2020, 20:22
Carlos Jimenez Duarte Carlos Jimenez Duarte
Wow!!! Que bonito relato. Concuerdo con Ayatan Mestre. El relato que escribes nos deja irnos hasta el final, gracias a la sensación de misterio. Es un tipo de relato donde se juega con lo natural, mientras lo misterioso va creando el espacio para que el final sea convincente. Es decir, el misterio va creando el peso necesario para que el final no sea tan aturdidor, para que en realidad sea creíble y nos permita asombrarnos por completo. A mi personalmente, me fascinó mucho el modo en que la sirena ingresa al mar. Ah por cierto, encontré dos frases que me gustaron mucho: "los días parecían ancianos arrastrándose con lentitud" "mientras las olas zarandeaban al navío de un lado para otro como si fuera de juguete" Muchas gracias por tu relato, muy encantador. Seguiré atento a nuevas entregas.
May 07, 2020, 17:08

  • Lihuen Lihuen
    muchas gracias por tu apreciación, y por destacar las frases, y si la verdad que ya es mi estilo jugar con el misterio y los sobrenatural, por eso tu libro me esta gustando ya que también tiene sus misterios. May 07, 2020, 20:27
Ayatan Mestre Ayatan Mestre
Jajajajaja exelente narración, me encanta el juego del misterio, arremetiendo contra la realidad, transformndola en algo sobrenatural. Cuando nombraste la barcaza, imagine que algo tenia que ver con sirenas, aunque ya venias diciendolo, siendo un relato en el mar, jugoso y muy bien estructurada tu narración, me encanta tu caracterizacón. Eres muy buena! un saludo y un abrazo!
May 02, 2020, 16:49

  • Lihuen Lihuen
    que bueno que te haya gustado, si este relato es parte de una serie en la que abundan los secretos, y si, me encanta jugar con el misterio. Gracias por leer y comentar genio May 02, 2020, 17:44
W. E. Reyes W. E. Reyes
Misterio hasta el final con un desenlace inesperado.
May 01, 2020, 05:28

  • Lihuen Lihuen
    si esa es la idea jajaja gracias por pasarte por acá May 01, 2020, 17:42
~