I
Ignacio jimenez


Andreas suele encontrarse con distintas versiones de sí mismo en el espejo, y pronto comenzará a observar allí el reflejo del rostro de la persona a quien siempre debió amar. Un viaje íntimo y muy honesto por los miedos e inseguridades que nos habitan, pero también por la valentía que escogemos alimentar para salvarnos.


Ficción adolescente Sólo para mayores de 18.

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El grano

Dicen que la universidad es la mejor etapa de tu vida, el tiempo donde mejor la pasas. Aquí es donde encuentras a esos amigos que tendrás por siempre, y donde probablemente encuentres al amor de tu vida rondando por algún pasillo de los miles que tienen esos monstruosos edificios. Dicen muchas cosas, pero, la verdad, dudo que me pase alguna de ellas.

Voy a extrañar la preparatoria. Bueno, no todo lo que ella implica, sino más bien a mis amigos. Ellos hacían mis días más simples, me alejaban de mis pensamientos y me daban felicidad.

Ese era mi primer gran día de universidad, sin embargo, de grande no tenía mucho. Aun ni me levantaba. Se supone que mi primera clase comenzaba a eso de las once con treinta de la mañana, pero ahí seguía, encallado como una ballena en mi cama, sin ganas de moverme. La verdad, estaba bastante cómodo, podría estar toda una vida en mi cuarto, en mi refugio, donde nadie me juzga.

Mi habitación no era muy grande, pero me encantaba. Tenía una cama de plaza y media, con un cubrecama rojo, mi color favorito, por cierto. Un velador blanco donde guardaba cosas que jamás usaba, pero estaban ahí por alguna razón. En un rincón tenía mi pequeño escritorio, en donde estaba mi computadora. Mis padres me compraron una nueva, por todo eso de la universidad, que nunca les pedí. Con la que tenía antes me bastaba, soy una persona sencilla, práctica. Tenía una ventana sobre mi cama, muy linda, circular. Mis padres la habían puesto hace tres años ya, eso sí se los pedí yo. ¿Qué vista me daba, se preguntarán?, pues daba directo a la casa de mi vecino de al frente. Franco, todo un personaje, en el buen sentido, era uno de mis mejores amigos de toda la vida. Lo quería demasiado. En la casa siguiente a la de él, estaba Simona, la que era como mi segunda mamá, pues me cuidaba tanto o más que ella. Una amiga increíble la verdad. Los tres habíamos sido inseparables desde pequeños, y realmente esperaba que esta nueva etapa de nuestras vidas no nos separara.

Oh, creo que no les terminé de describir mi cuarto, ¡Faltó la mejor parte!: el baño. Si señores, tenía baño propio. Ahí es donde hacía de todo, literal de todo. Cantar, bailar, ducharme, hacer ya saben qué… también, mirarme en el gran espejo que poseía, pero sin dudas, mi practica favorita era pensar.

Me gustaba pensar, aunque a veces creo que lo hacía demasiado. Era como si mi cerebro fuese mi novio o novia, pero no teníamos una relación sana, pues era más bien tóxica. Siempre estaba ahí acosándome, asechándome, juzgándome, mirándome en menos. En fin, estábamos en una relación complicada básicamente desde el inicio de mi pubertad.

Junté ganas, muchas ganas, y me dirigí al baño. Si no me levantaba, mi mamá iba a regañarme, y lo que menos quería eran más problemas. Siempre que entraba al baño, lo primero que hacía era mirarme. Veía todos mis defectos: mi nariz grande, mis ojos pequeños, mis dientes chuecos, ese kilo que gané por comer comida chatarra, todo. Era una rutina sagrada, pero ese día pasó algo inesperado. Era como si algún antepasado me estuviese jodiendo la vida, porque la suya no resultó como esperaba. Tenía un enorme, apoteósico grano entre mis frondosas cejas negras. Esta cochinada había llegado a terminar de arruinarme el día. Hace mucho tiempo no me salía uno, y tuvo que elegir ese preciso momento para aparecer en ese lugar tan visible. Era como si el mundo me dijera “¿sabes qué? ¿por qué no te mueres y ya?”. Lo pensé por un momento, pero dije “nah”, Andreas, aún estás muy joven. Por cierto, ese es mi nombre, Andreas José Riquelme Suarez. Vaya nombre, ¿no? originales mis padres.

Busqué por los cajones de mi baño para ver si me quedaba un poco de la base que solía usar para ocultar esos asquerosos granos que me salían por montones a principios de la secundaria. Pero no tuve éxito, no la encontré. Mi segunda alternativa era preguntarle a mi mamá si me prestaba la suya, pero probablemente se reiría de mí, y no le daría la importancia necesaria. También pensé en mi hermano, pero después recordé que siempre ha tenido un cutis hermoso, no sé a quién salió. La verdad, los genes familiares se ensañaron conmigo.

Lo único en que pensaba mientras bajaba por las escaleras hacia la cocina, era en mis futuros compañeros de carrera mirándome, pero no precisamente a mí, sino a mi estúpido y enrojecido grano. Quién sabe cuántos días se llevaría el protagonismo. Es más, no me conocerían como Andreas, un chico cualquiera, sino como una especie de Frida Kahlo, pero en lugar de bellos entre las cejas, tendré a ese horrible y sucio huésped. Ya podía imaginar esos ojos, mirándome, riéndose de a mis espaldas. Sentí pánico de solo pensarlo.

Al entrar en la cocina me encontré con mi papá haciendo el desayuno, como siempre, siendo el esclavo personal de mamá. Ella jamás ha movido un dedo para cocinar, aunque no la culpo, también lo odio. Lo único que había preparado en mi vida fueron un par de huevos revueltos. Me siento orgulloso al contarlo, aunque hayan quedado tan malos que ni el perro del vecino los consideró.

-Hola hijo, ¿Cómo dormiste? – Preguntó, con expresión de “no me importa realmente, pero mi rol como padre me obliga a hacer este tipo de cuestionarios sin sentido”.

-Bien, supongo - Respondí.

-Hoy es tu primer día, yo estaría más emocionado si fuese tú. Mi primer día de universidad fue fantástico. Ese mismo día conocí a tu madre que, por cierto, era mucho más bonita por esos días.

- ¿Cómo que “por esos días”? ¿acaso ya no valoras la mujer que soy? – dijo mi madre, en tono de broma, mientras hacía su entrada a la cocina.

-Oh no, me expresé mal, mi amor. Quería decir que por esos días estabas hermosa, pero hoy lo estas incluso más. A otro nivel, despampanante diría yo.

-Está bien, suficiente. No estoy de ánimo para oírlos alabarse el uno al otro. Estoy lidiando con mis propios asuntos internos. - Dije, en un tono que sonó más bien duro. No podía sacarme ese estúpido grano de la mente.

- ¿Ah sí? ¿y cuáles serían esos asuntos internos con los que estas lidiando? Cuéntale a la clase, hijo. - Señaló la madre con una pequeña sonrisa.

- ¿Es que no ves mi cara? Está completamente deformada hoy, parezco un unicornio de feria -Señalé con mi dedo la frente, justo entre mis frondosas “Frida” y “Kahlo”, mientras guardaba un par de frutas en mi mochila. Sabía que no tendría tiempo ya para desayunar en casa.

- ¿Lo dices por eso entre tus cejas? – respondió, apenas vislumbrando lo que, para mí, era una tragedia – ni siquiera lo había notado, estas sobre reaccionando, amor.

En medio de una incomprendida queja con el universo, bajó mi hermano Cris, el perfecto adonis de la familia. Parado junto a él, parecía un Gremlin. De esos a los que ya habían mojado, por supuesto. No parecíamos hermanos. Solía pensar que me adoptaron siendo pequeño. No, peor, que me recogieron de una zanja, o algo por el estilo. Bueno, Son especulaciones la verdad, pero vaya cada día me las creo más.

Aunque no lo parezca, le tengo mucho cariño a mi hermano. Es dos años mayor que yo, y siempre me ha defendido. En la escuela, cuando veía que alguien me molestaba, corría a protegerme. Incluso, un día, lo suspendieron por golpear a un niño que me molestaba a diario en primaria. En fin, dejando a un lado la frustración que me provocaba el que llevemos la misma sangre, pero, a diferencia de mí, él fuese tan canónicamente “guapo”, es el mejor hermano que alguien podría tener.

-Hola familia, buenos días, muero de hambre. No como desde hace... ¿cuatro horas? - Exclamó Cris, haciendo su gran entrada.

Ah sí, olvidé un pequeño detalle. Puede comer toda la comida del mundo y no engordar ni una talla. A veces pensaba que hizo algún pacto con el diablo, o algo así.

-Ahora ya sé quién acabó con los pancakes que dejé preparados ayer en la noche - Dijo papá, revolviendo cosas sobre el mesón delante de él.

-Bueno, tu hijo está en periodo de crecimiento – rio – ¡Hey hermanito! ¿cómo te sientes para tu primer día de universidad? ¡ya eres todo un adulto!

Casi pude oír al grano responder por mí.

-Uf, estoy explotando de emoción por dentro - Dije, mientras ponía la sonrisa más falsa del universo.

Cris rio con amabilidad.

-Puedo notarlo, ¿Quieres que te lleve? Tu universidad queda de camino a la mía.

¡Está loco, no puedo llegar en mi primer día con un familiar, y menos con mi hermano!

-No gracias, paso, tomare el bus, me deja bastante cerca. Además, tus clases inician antes que las mías, no quiero estar solo en el campus esperando a que empiecen. Sería totalmente agobiante e innecesario.

-Bueno, como quieras, hermanito. Me marcho. ¡Nos vemos en la noche familia, se me cuidan! Y tú, Andreas, éxito en tu primer día. La universidad es una gran etapa, vívela al máximo, porque después podrías arrepentirte de no haberla disfrutado en su momento.

-Wow, ¡que inspirador está hoy, señor Cristopher! Muy buen consejo y todo, pero no sé si lo tome. Creo que hoy estaré más concentrado en no morir, gracias.

-JAJA! Como sea, pero no me digas después que tenía razón. Camina hacia la puerta, y sale hacia su auto.

Cris me regaló una jovial y nueva sonrisa, amable como siempre, llena de comprensión. No era extraño, me conocía muy bien. Lo vi desaparecer por la puerta lateral de la cocina luego de tomar un par de paquetes de galletas para el camino.

Para cuando me di cuenta, luego de un resto de conversación paternal incómoda y continuar oyendo al grano hablar en mi cabeza, tenía una hora para llegar a la universidad. Sesenta minutos me separaban de mi nueva vida como estudiante. ¿Y si llegaba tarde? ¿Y si me perdía en el campus? ¿A quién le preguntaría? Y lo peor, ¿Qué pasaría si alguien se reía de mi maldito grano? Ahí sí que mi vida social se arruinaría. ¡Ahg, era agobiante de solo pensarlo!

Me despedí de mis padres y salí de casa. Cuando estuve fuera, miré hacia las ventanas de mis amigos, pero ya ambos se habían marchado. Ojalá la universidad no los cambie, pensé. A muchos les pasa, entran a la universidad y se olvidan de sus viejos amigos. No quería quedarme solo, los quería demasiado como para dejarlos ir. Pero basta, ¡debía dejar de pensar negativo! Ese día tenía que ser la positividad en persona, Andreas, que no te importara nada, ni siquiera el grano. Pronto comencé a pensar en que quizás mamá tenía razón, y solo estaba exagerando.

Fue un viaje bastante aburrido camino a mi futura casa de estudio. El bus tardó más de lo que creí. Era como si el chofer supiera que iba con el tiempo justo y dijese “Veamos… ¿a quién debería de arruinarle el día hoy?”, pero ¡Ja!, no lo consiguió. Llegué cinco minutos antes de que la clase comenzara. Andreas uno, chofer cero.

Al bajarme del bus la vi. Lucía aún más grande que en fotos, y no, no hablaba de mi grano, sino de la gran, inmensa, apoteósica universidad en la que ya era un alumno más. Me quedé pasmado como un tarado por dos minutos y pensé, ¿Y ahora qué?

Revisé mi celular y, según él, mi clase de la mañana tenía lugar en el aula Y-202. Ok, ¿y qué mierda sabía yo dónde quedaba eso? tendría que buscarla lo más rápido posible, pero me negaba a correr, no quería ser “Andreas, el perdido y ansioso”, sino “Andreas el relajado alumno normal y corriente”.

Claro, no la encontré, y ya estaba tres minutos tarde. Tenía dos opciones, enterrarme vivo y que nadie supiese nunca más de mí o, más difícil, preguntarle a alguien. Me quedé con la segunda, porque enterrarse a sí mismo debía ser casi imposible, y tampoco tenía una pala.

Comencé a mirar a mi alrededor buscando a esa persona que me pudiese indicar en dónde estaba mi salón. Ese alguien tenía que verse buena gente, y no un tarado. Ojalá no fuese más alto que yo, para que mi estúpido cerebro no reaccionara sintiéndose intimidado.

Me di cuenta de la presencia de una chica sentada en una banca a la entrada del edificio P, donde creía que se impartían clases de psicología. Estaba leyendo un libro, se veía bastante despreocupada y, a la vez, enfocada en lo que estaba leyendo. Tenía aspecto de ser unos años mayor que yo, pero junté valor y fui a preguntarle.

- Hola, disculpa, ¿sabes dónde queda el salón Y-202?, soy nuevo y no puedo encontrarla - dije con la sonrisa más nerviosa del mundo.

Agh, soy un tarado, no debí haberle dicho que era nuevo. Además, estaba seguro que lo primero que vio fue mi enorme grano.

- ¡Hola!, sí, mira, queda a unos seis minutos caminando. Tienes que pasar por el edificio O, el U, el F y después de eso veras el Y. Tranquilo, yo estaba igual que tú el primer día. Esta universidad es muy grande, casi parece un laberinto. - Su mirada era gentil, igual que su sonrisa.

-Muchas gracias, ojalá toparnos de nuevo.

¿Por qué dije eso? siempre hablaba demás.

-De nada, y sí, nos vemos por ahí.

Ya iba quince minutos tarde, pero era normal, ¿no? Quiero decir, todos se pierden dentro de la universidad el primer día de clases. Quizás hasta no sea el único que llegue tarde. Podría toparme a algún compañero fuera de la puerta en mí misma situación, nos miraríamos, reiríamos y entraríamos juntos como dos estrellas de rock llegando tarde a su concierto.

Claramente, eso no pasó. Al encontrar la sala, nadie estaba fuera. Vi por la pequeña ventana en la puerta que la clase ya había comenzado. Incluso podía escuchar cómo el profesor hablaba.

No les voy a negar que pensé en ir a comprar esa pala. Sin embargo, no había opción, tenía que entrar. Además, era la primera clase. Si me iba, perdería contenido importante, probablemente iba a estar absolutamente desconectado la siguiente clase o peor, ¿qué pasaría si pedían algún trabajo grupal con exposición? ¿con quién presentaría yo? Iba a quedarme solo y me llevaría una pésima primera evaluación como agregado.

Tenía el corazón completamente desbocado. Respiré profundo y di vuelta la manija de la pesada puerta.

– Hola – dije, asomando mi cabeza – disculpe, profesor, ¿puedo entrar? tengo clase aquí.

En el acto, todos mis compañeros se voltearon a verme. Horror. Aun así, el profesor no se molestó en responderme. Quedé con cara de estúpido por cinco segundos, esperando, rojo como un tomate. Al no recibir respuesta, asumí que podría entrar. Abrí la puerta por completo y busqué rápidamente con la mirada un asiento disponible, y por suerte quedaban varios. Mientras caminaba sigilosamente a uno, el señor detuvo la clase por completo, inundando la sala de un silencio total. Quedé petrificado.

- ¿Disculpe cuál es su nombre? - Preguntó el profesor.

¡Mierda, hoy no, por favor! ¡¿Por qué?! ¡Debí comprar la pala!

-A-Andreas señor – Dije, con más miedo que voz. Todos en la sala estaban mirándome. Algunos se reían en silencio. Pero ¿por qué se reían? ¿Por la situación? ¿Por mi grano? ¿Por la cara de estúpido que puse al hablar? Trágame tierra.

-Bien, señor Andreas, ya que llegó usted tarde, le pediré que responda una pregunta para entrar a mi clase. Si falla, se retira, si acierta, se puede quedar.

¿Preguntarme qué? ¿Cómo dormí hoy? ¿Qué desayuné? ¡A penas era el primer día! Aquello definitivamente era abuso de poder, solo era un pobre alumno con la mejor disposición de ir a clases para aprender e intentar ser un profesional exitoso.

- ¿Cuál es su sabor de helado favorito, señor Andreas? Con la clase estábamos discutiendo sobre cuál es el sabor que más se repite entre nosotros.

¿Qué? ¿Era una especie de test? ¿Me está midiendo de algún modo? ¿Debería decirle mi favorito o responder otra cosa?, ahg, ya reprobé esta clase.

-Mi sabor favorito es el chocolate, profesor.

- ¡JA! Lo sabía, el chocolate gana- dijo un alumno sentado atrás de la sala mientras levantaba sus manos en señal de victoria.

-Bueno, ustedes ganan, serían veinte para chocolate, diez para vainilla, cinco para frutilla y otros cinco repartidos entre lúcuma, manjar, avellanas, Nutella y limón. Creo que los fans del limón en los helados somos pocos, ¿No es así Andreas?

-Supongo- Respondí, intentando sonreírle. La verdad, lo que menos me esperaba era una pregunta de ese tipo.

-Bien, señor Andreas, puede quedarse con nosotros. Comenzaremos con el contenido correspondiente a la clase hoy, así que le recomiendo tomar nota. Ah, y una cosa más, bienvenido a la Universidad Ricardo Aguirre.

Asentí con la cabeza y me senté. Al fin estaba ahí, en mi pupitre, en clases, como todo un universitario normal. Agarré mi cuaderno y comencé a tomar notas. Era una clase sobre cámaras y sus tipos de plano. Había varios, el plano general, americano, plano detalle, primerísimo primer plano y uno que otro que, bueno, no alcancé a anotar.

De pequeño siempre me gustó el cine. Amaba ir a ver películas con mi familia. Siempre que estas terminaban, les preguntaba a mis padres como se había hecho alguna escena en particular, aunque claro, como ellos no eran muy instruidos en el tema, siempre me respondían “pantalla verde, hijo”. Y claro que les creí por mucho tiempo, hasta empecé a investigar acerca de cómo se ejecutaban esas escenas tan mágicas que me dejaban impactado. Divagando por internet comencé a encontrar las respuestas que tanto buscaba. Mis géneros favoritos son la ficción mezclada con acción, también las de terror. Bueno, las de amor se llevaban el tercer puesto. Mi mayor meta era ser un cineasta famoso, creador de muchas películas que emocionaran en distintos niveles a los espectadores. Deseaba que mis creaciones marcaran generaciones, que haya un antes y un después de ellas. Pero bueno, del dicho al hecho hay un gran tramo, y ese día recién había comenzado.

El resto de la clase estuvo bien. Para ser la primera del semestre, fue bastante intensa. Podía ver que tenía un profesor apasionado. Su nombre era Alfonso, y había participado en la filmación de importantes películas. No develó cuales, pero me intrigaba y pensaba investigar.

Bueno, la clase fue muy bonita y todo, pero al momento de terminarla pasó lo que tenía que pasar. Nadie se conocía con nadie, así que cuando el profesor salió de la sala, ésta quedo con un silencio un poco extraño. Pero claro, siempre hay alguien que rompe el hielo y termina con esa incomodidad. Por supuesto, ese no fui yo. Ese día estaba en modo “desapercibido”, entre menos personas notaran mi existencia, mejor. Al menos hasta que ese cochino grano desapareciera.

La persona que rompió el silencio fue el mismo chico que se volvió loco por que respondí que mi helado favorito era el de chocolate. Parecía tener bastante personalidad, porque gritó a viva voz preguntando quién quería hacer un grupo de generación por redes sociales para estar todos conectados. La verdad, fue una buena idea de su parte. Habíamos llegado a un punto en que eran necesarios ese tipo de grupos para estar al día con lo que ocurría en el campus, compartir pensamientos y, por qué no, para conocernos mejor. Incluso, pensándolo bien, por chat la gente no me vería, así que me daría menos vergüenza opinar sobre algo o hablarle a alguien. Muy bien, chico chocolate, una jugada muy inteligente de tu parte.

- ¡Yo puedo crear el grupo! - Dijo una chica sentada en los primeros puestos.

-Genial, ¿les parece si hacemos correr una lista con nuestros números? - dijo el chico chocolate.

-Sí, buena idea- señalaron varios.

Mientras la lista corría, pude ver como ya había personas hablando entre ellas. Otros, como yo, aún observaban el panorama en silencio. Debería interactuar, pensé. Pero la inseguridad con respecto a cómo me sentía físicamente, más la vergüenza que pasé al inicio de la clase, me detenía. Así que cuando llegó la lista a mi mesa, anoté mi nombre completo, mi número de teléfono y salí de la sala sigilosamente.

28 de Abril de 2020 a las 02:40 0 Reporte Insertar Seguir historia
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