andylocares Andy Locares

«Ya no pensaba en su esposo que sin duda alguna llegaría en cualquier momento. Si lo encontraba daba igual.»


LGBT+ Sólo para mayores de 21 (adultos).

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Sé su nombre

Miguel se encontraba exhausto acostado sobre su cama. En esta semana se había decidido por colocar sobre ella un edredón color café con felpa por la temporada de frío. Cero grados Celsius se podía leer en las noticias. Se encontraba en calzoncillos. No había ningún problema ya que ahora se encontraba en su propia casa: La que él y su pareja habían conseguido juntos. Faltaba poco para que Luis llegara y quería sorprenderlo. Además ya tenía la libido muy alta y las ganas de tener intimidad con él ya eran insoportables. Se dirigió a su armario y se puso en cuclillas para poder alcanzar los cajones que se encontraban en la parte inferior. Abrió el que había designado para su ropa interior y rebuscó por debajo. Por costumbre, lo que pensaba usar lo coloco debajo de toda la demás ropa interior. Al fin encontró lo que buscaba y procedió a ponérselo encima. Le excitó a un más la sensación de la minúscula tanga subir por sus piernas. Sentir el elástico ajustarse a sus muslos y al subir un poco más la tira trasera introducirse por en medio de sus glúteos. Esa era la sensación que más le gustaba porque en su caso, esa era de sus zonas más erógenas. Sabía que a Luis le encantaría: sobretodo después de varios meses de ejercicio de pierna en el gimnasio. Se puso sus pantalones y su playera y se sentó en su cama para mirar su celular disfrutando la sensación de la tanga tensarse por en medio de sus nalgas y apretando justo ahí. Miró la pantalla de su celular y revisó sus mensajes: Luis llegaría en cualquier momento.

Justo cuando colocó el celular sobre la cama escuchó el tintineo de las llaves al ser sacadas de los bolsillos y el inconfundible paso de Luis en la sala de estar después de abrir la puerta principal. Bajó a paso apresurado las escaleras para abalanzarse sobre él y al llegar a la sala de estar se quedó petrificado: El hombre que se encontraba en la sala de estar no era Luis.

La persona que se encontraba enfrente era mucho más alto que él y tenía el aspecto de haber salido hace poco del taller mecánico que estaba a unas pocas calles de su casa. Con una voz grave y gutural se acerco a Miguel con una mano en sus bolsillos. Miguel se quedó inmóvil; era seguro que lo que el hombre pretendía sacar de sus bolsillos era un arma o incluso peor: una navaja. Siempre había bromeado con sus amigos y familiares que una de las maneras más horribles de morir era siendo quemado o acuchillado. Parecía que su final sería de la segunda manera.

—El dinero está en la habitación principal. En el segundo piso –dijo Miguel de forma apresurada y con voz temblorosa. El hombre solamente gruñó y siguió caminando en su dirección. El muchacho seguía inmóvil.

De pronto Miguel vio como las manos de aquel se extendían hacia él a la altura de su cintura. No había nada que pudiera hacer. El hombre lo tomó y lo atrajo hacia él con una fuerza increíble y comenzó a besarle el cuello agresivamente. La cabeza de Miguel daba vueltas sin parar: se suponía que debía tener miedo por su vida, pero no era así. Detestaba admitirlo pero aquello había encendido algo en él que no conocía o quizá tenía reprimido. Todos sus miedos desaparecieron y surgió la pregunta: ¿Si aquel individuo no pretendía hacerle daño, qué buscaba? La respuesta era bastante obvia pero ¿por qué?

Miguel seguía sin tener control sobre su cuerpo y sus manos seguían pegadas a sus costados. El hombre deslizó sus gigantescas manos por su espalda y comenzó a introducirlas debajo de su pantalón y sintió como tanteaba con los dedos el elástico de la ropa interior que llevaba puesta y con ello una flama incontrolable se encendió dentro de él: Ya no pensaba en su esposo que sin duda alguna llegaría en cualquier momento. Si lo encontraba daba igual. Aquel momento era demasiado excitante y como decían por allí “Nadie le quitaría lo bailado”. El hombre metió su mano derecha debajo de su pantalón y al mismo tiempo tomó el elástico por ambos lados y tiró hacia arriba mientras Miguel escuchaba un gruñido en la garganta del hombre. Sintió como con ese tirón su ropa interior se metía aún más entre sus nalgas y rozaba con fuerza allí: en su zona erógena más sensible. No lo pudo evitar: De su boca surgió un gemido, tenue pero audible después de todo.

—Sabía que te gustaría —dijo aquel con una voz sumamente gutural—. Desde afuera te ves muy sofisticado, pero sabía que serías una perra caliente si alguien tocaba tus teclas de la forma correcta.

Aquel ser siguió estirando su tanga mientras succionaba el cuello de Miguel y dejó que el elástico se posara por encima de los huesos de sus caderas. Después Miguel pudo sentir como la piel rasposa de las extremidades de ese tipo lamía sus nalgas. Pudo sentir cada uno de sus dedos y sin pensarlo rodeó el torso del hombre con sus brazos. El intruso apretó aún más fuerte sus glúteos y lo levantó del suelo y Miguel pudo estar más consciente aún de la fina tira que se estiraba entre sus nalgas. El invasor lo llevó hacia la segunda planta como si supiera donde se encontraba la habitación donde él y Luis dormían. Al llegar presionó a Miguel sobre la fría puerta del dormitorio que estaba entreabierta y la atravesó rápidamente para después arrojar a Miguel de espaldas sobre la cama. El ladrón, como comenzó a llamarlo Miguel en su mente, puso sus manos detrás de sus rodillas mientras se abría paso entre sus piernas para colocarse encima de él. Miguel pudo sentir cada músculo de sus abdominales a través de su playera y dejó que el tipo le quitara su camiseta. El hombre después hizo algo que Miguel no esperaba: Le besó la boca y mordió su labio inferior.

Miguel se encontraba en éxtasis. De no haber sido porque su cabeza daba vueltas en ese momento ya se habría venido. El ladrón se separó por un instante de él para desabotonarle los pantalones y despojarlo de ellos. Acto seguido, le quitó despacio su ropa interior y Miguel pudo sentir como el elástico de su tanga se iba enrollando mientras la tira que iba entre sus glúteos iba saliendo poco a poco de su escondite. Cuando aquel hombro hubo aventado las ropas al suelo, procedió en quitarse la camiseta y a desabotonar sus pantalones. Miguel se dio cuenta que el ladrón no llevaba ropa interior cuando comenzó a bajar sus pantalones y decidió desviar la mirada para que no lo descubriera mirándolo tan fijamente.

Ya desnudo, el intruso levantó la playera de Miguel hasta sus costillas y comenzó a besar su estómago y fue bajando poco a poco hasta llegar al pene de Miguel que en aquel momento se encontraba totalmente erecto. Para su sorpresa, el ladrón no se detuvo ahí sino que siguió bajando hasta sus partes más intimas hasta llegar a su parte trasera. Miguel pudo sentir un cosquilleo húmedo ahí y contuvo una risilla. El invasor siguió haciendo lo suyo mientras Miguel se mordía los labios. Aquella sensación era totalmente nueva para él. Con su pareja nunca lo había hecho.

—Sigue —dijo sin poder contener más sus palabras.

Miguel sintió que algo un poco más tibio y seco se abría paso. Puso la barbilla sobre su pecho para poder ver mejor y vio al hombre manipulando aquella parte tan sensible con uno de sus dedos. Lo retiró y procedió a introducir dos. Miguel pudo sentir la pequeña resistencia que ofrecía su cuerpo al contacto con un objeto extraño pero no había dolor. Aún.

—Todavía estás muy tenso, chamaco.

El fortachón comenzó un movimiento de vaivén con su mano y después poco a poco comenzó a introducir ahora tres dedos. Miguel sintió un poco de dolor pero se fue acostumbrando. El ladrón introdujo un poco más sus dedos dentro de Miguel y giró un poco su mano haciendo que Miguel no pudiera contener un sonido hecho por su garganta. Ya no ofrecía resistencia. El hombre retiró su mano dejando dentro solo la punta de tres dedos y procedió a introducir un cuarto, esta vez empujó un poco más su mano girándola de forma que su palma quedará volteada hacia el techo y con el pulgar comenzó a masajear, ejerciendo poca presión, esa área entre las partes íntimas de Miguel y su área trasera. Miguel apretó sus dedos alrededor de la orilla del colchón y se mordió los labios. Quiso liberar una mano y comenzar a masturbarse mientras disfrutaba de todo aquello, pero quiso alargar ese momento de placer y se contuvo.

—Sé que te gusta —dijo el intruso, y enseguida se detuvo y comenzó a retirar su mano—, pero esto te gustará más.

El hombre se irguió y esta vez Miguel pudo apreciar el aparato reproductor del hombre en su totalidad. Lo tenía totalmente erecto y pudo notar que se curvaba ligeramente hacia su ombligo. El intruso tomó las piernas de Miguel por detrás de las rodillas y las empujó hacia su pecho manteniéndolas separadas a la altura de sus hombros. Después movió sus caderas para acariciar con su miembro el ano del chico, mientras Miguel también levantaba sus caderas para contribuir también a aquel excitante masaje. El hombre se detuvo de repente y empujó un poco y la punta de su miembro encajó perfectamente en el primer esfínter de Miguel.

—Para —objetó Miguel mientras ponía una mano sobre las abdominales del hombre, el cual lo ignoró por completo; no siguió empujando pero con una mano se sostuvo su pene y comenzó a hacer movimientos circulares para que Miguel se acostumbrara. Parecía determinado a que el muchacho disfrutara de todo aquello.

Después de unos segundos siguió empujando y una vez que los esfínteres de Miguel dejaron de ofrecer resistencia y un poco más de la mitad de su miembro ya estaba dentro de él, dio una embestida que sacó un gemido de la boca de Miguel, que por su intensidad podía llegar a confundirse con un grito. El joven estaba totalmente consciente de esa parte íntima de su cuerpo, podía sentir la presión que ejercía el miembro de aquel hombre sobre las paredes de su ano, sobretodo en las frontales que se encontraban más cerca de su aparato reproductor; también podía sentir en sus testículos los vellos púbicos del intruso y sobre sus nalgas como rozaban sus testículos. Las ganas de masturbarse eran casi insoportables y tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para contenerse. Miguel sintió después una sensación incómoda mientras el hombre robusto retiraba su miembro completamente para después embestirlo de nuevo. Era tanta la fuerza con la que lo hacía que el pene de Miguel se movía un poco como cuando las piernas rebotan cuando golpean con un pequeño martillo las rodillas y ahora no podía parar de gemir.

El ladrón siguió haciendo lo suyo por unos minutos y después se inclinó hacia adelante para besar el cuello de Miguel. Éste pudo sentir un pequeño tirón en ambas piernas al tener que doblarse un poco más soportando el peso del intruso. Ahora estaba completamente sobre él e instintivamente arqueó un poco su espalda para que el otro pudiera rodearlo con sus enormes brazos. El hombre lo hizo como si leyera sus pensamientos. Miguel quería sentirlo todavía más dentro de él, si eso era posible, y lo rodeó con sus piernas y brazos mientras el ladrón seguía besándole el cuello. Aquello probablemente le dejaría marcas, las cuales después tendría que ocultar a su pareja, pero eso sucedería después, no tenía cabeza para preocuparse por eso ahora. El momento era tan excitante.

El hombre lo apretó más hacia sí y comenzó a doblarse ligeramente por la espalda, para que sus caderas subieran y bajaran y así poder mantener el movimiento de vaivén. Miguel podía sentir las partes íntimas del intruso totalmente contra él y también todo el resto de su cuerpo. Todo era de una forma tan íntima.

—Creo que me voy a venir —dijo Miguel cuando el hombre lo apretó más contra sí y el movimiento de vaivén hacía que las abdominales del intruso rozaran con el pene del joven.

El fortachón se detuvo y se irguió nuevamente sin retirar su miembro.

—Voltéate manteniéndome dentro de ti.

Miguel sin dudarlo pasó con cuidado una pierna por enfrente de él para quedar boca abajo solamente sostenido por sus rodillas y codos.

—Quiero que pongas tu mejilla en el colchón y tus manos delante de tu cabeza. Quiero verlas todo el tiempo porque no quiero que te toques —le dijo a Miguel.

Una vez que Miguel se colocó en esa posición de una forma totalmente sumisa, se sintió expuesto y vulnerable. El hombre lo tomó por sus caderas y siguió embistiéndolo varias veces ahora aún más fuerte. Con cada embestida Miguel lanzaba un gemido cada vez más fuerte y sentía como su pene se bamboleaba con todo aquel ajetreo. Cuando sintió el cuello entumecido por estar en esa posición con la mejilla sobre el colchón, apoyó su frente y después la parte superior de su cabeza y desde ese ángulo pudo ver como un líquido transparente escurría desde su miembro y caía sobre el colchón. Lo volvió loco ver como los testículos del hombre chocaban contra los suyos mientras el miembro grande del intruso desaparecía por detrás de él.

—Ahora comienza a masturbarte. Ya estoy por venirme —le ordenó el hombre musculoso mientras abría un poco más sus nalgas y llegaba más profundo con cada embestida.

Miguel se apoyó en uno de sus codos y obedeció. Aquel hombre siguió embistiéndolo aún más rápido y comenzó a gemir cada vez más fuerte.

Miguel comenzó a eyacular primero y pudo notar la contracción de sus esfínteres alrededor del hombre mientras aquel lanzaba un último y sonoro gemido y pegaba sus caderas a los glúteos de Miguel como si quisiera que todo su cuerpo estuviera dentro de él. El joven pudo sentir el ligero bombeo que hacía el miembro del hombre dentro de él al eyacular.

Gimiendo y jadeantes los dos se quedaron así por unos instantes hasta que el intruso retiró su miembro del joven. Miguel tuvo una sensación extraña al principio y después una sensación de vacío en su ano.

Miguel se volteó boca arriba y después se sentó al borde de la cama mientras observaba como el hombre recogía sus pantalones y se los volvía a colocar encima.

—Te gustó ¿verdad? —preguntó el hombre mientras lanzaba una risa burlona.

Ahora era la vergüenza lo que invadía a Miguel. ¿Cómo le iba a explicar todo a Luis si se llegaba a dar cuenta? ¿Debía decirle? A final de cuentas había tenido sexo con un completo desconocido en toda la extensión de la palabra. Había dejado que alguien que había entrado a su casa, un intruso, lo tocara y tuviera sexo con él. Había dejado que alguien más lo dominara.

—Sí me gustó. Pero ¿quién eres? ¿Cómo te llamas?

–No te lo puedo decir. Solamente debes saber que todo está bien. No necesitas decirle nada a Luis. Créeme.

—¿Cómo sabes el nombre de mi pareja? —preguntó Miguel sobresaltado.

—No hagas preguntas y disfruta —dijo mientras terminaba de vestirse—. Vístete y actúa como si nada hubiera pasado. Luis pronto llegará —dijo mientras recogía algo del suelo—. Yo creo que debes ir a guardar esto —y le entregó a Miguel su tanga.

Miguel observó mientras el hombre salía de su recamara y pudo apreciar nuevamente su espalda ancha y sus poderosas piernas. Luego escuchó como se cerraba de golpe la puerta del piso de abajo.

25 de Abril de 2020 a las 16:01 4 Reporte Insertar Seguir historia
4
Fin

Conoce al autor

Andy Locares Escritora. Psicóloga. Cat mom.

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Marce Marcee Marce Marcee
Wao, quedé sorprendida con que una mujer haya escrito eso. Exitos de veras te quedó super
May 31, 2020, 20:07
Marce Marcee Marce Marcee
Wao, te quedó super. El ladron.
May 31, 2020, 20:06
Jorge F. Carrero Jorge F. Carrero
Interesante historia, aunque el final me pareció muy abierto. Me encantó como describes las situaciones. Saludos cordiales.
May 06, 2020, 23:11

  • Andy Locares Andy Locares
    Muchas gracias por tu comentario y me da muchísimo gusto que te haya gustado. Te invito a que también leas el otro relato Entre Notas y Teclas. Un abrazo. May 07, 2020, 23:49
~

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