dissentproducer Oscar M. Jordan

Ramón y su pareja, Miguel, sufren un terrible accidente que deja a este primero adherido a una camilla dentro del hospital Juárez, allí será testigo de la presencia, acompañada del baño de emociones, de un personaje popular en la cultura mítica mexicana. Una enfermera particular.


Paranormal Todo público.

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TURNO NOCTURNO

―No sé cómo el auto terminó por dejar de tener los frenos y estrellarse frente a ese muro, lo único que recuerdo es que le grité a Miguel que no soltara mi mano, habíamos discutido unas horas atrás y nunca imaginé encontrarme casi frente a la muerte. Aun así era inútil cambiar la velocidad ―dijo Ramón recostado sobre la camilla blanca del Hospital Juárez.

Ramón y Miguel habían tenido una noche especialmente difícil tras haber discutido en la reunión de fin de año que la empresa conmemora cada primera semana del último mes del año, esperar que los eventos dentro de una convivencia característica de esa empresa de impresión particular terminaran en saldo blanco era simple y llanamente mentirse y hacerse falsas especulaciones; esa noche el disturbio lo protagonizó Ramón en compañía de Miguel en un arrebato de celos por parte de este último. Los ojos de todas y todos en el salón de fiestas apuñalaron a la pareja madura ya haciéndoles sangrar la más pura de las vergüenzas, ninguno de los dos creyó jamás pertenecer al salón de la fama, y no sólo eso, sino ganar el premio mayor, la pelea número uno dentro de un variado ranking del cual cualquiera podía elegir. La vergüenza de Ramón había sido cien veces más intensas de lo que había creído cualquiera y con las llaves de su auto en mano caminó a la salida principal del salón mientras la música se reiniciaba y un alguien en el centro de la pista gritaba al micrófono: «Aquí no ha pasado nada, señoras y señores, ¡qué siga la fiesta!»

Miguel con un trago amargo pasando por los adentros de su garganta, se apresuró en tomar el sacó que había descansado sobre una de las sillas olvidando por el calor del momento, trotando intentó escapar de sus amigos que únicamente se burlaron de la situación en cuanto la pareja no daba rastros más de seguir allí.

―Ramón, ¡ven acá! ―ordenó temeroso siendo testigo de que aquel que era su novio se marchaba sin mediar palabra.

Ramón se detuvo frente a la puerta del conductor del auto color celeste oscuro y teniendo de fondo la música del salón se repuso y se ajustó el saco que le adornaba el vestir.

―Acabamos de ser humillados por una de tus tonterías y por mi pésimo humor que tengo especialmente a tus ataques de celos sin sentido. ¿Qué razón tendría engañarte, Miguel?, ¿qué sentido tendría?, si no quisiera una relación de pareja sencillamente te lo diría, jamás me han gustado los amoríos. ¡Jamás! Y lo sabes.

―¿Y aún quieres estar conmigo? ―preguntó Miguel bañándose en las aguas frías de la pena, y del arrepentimiento―. Yo no he aprendido a querer como tú lo has hecho toda tu vida, esta relación es la primera que es tan grande y no quiero perderte, me asusta, sé que está mal, pero no tengo en mis manos la guía del novio perfecto.

Miguel decía la verdad, sus emociones colapsaban dentro de sí emanando una serie de pensamientos que nada tenían que ver con la realidad, pero las sentía como tales, sin embargo sus problemas por “aceptar” los gustos que tenía dentro de una familia clásica y conservadora le truncaron el camino de la exploración y del autodescubrimiento, Ramón había tenido otra clase de suerte, sus ánimos por «vivir la vida» le dotaron de indiferencia ante las opiniones ajenas, incluso si dichas opiniones salieran escupidas de su propia familia.

―Pues lo estoy pensando ―respondió Ramón a la pregunta de su pareja―, nadie aquí tiene el manual de nada, Miguel, pero ¿en una fiesta?, ¿en un lugar en donde de por sí sabes que nos tratan como una basura todavía?, ¡No hace falta ninguna clase de manual del buen novio para saber que allí y así causarás un problema!

Entre más hablaba Ramón más se enfadaba queriendo terminar con la conversación por temor a decir algo de lo que se arrepentiría al día siguiente abrió la puerta de su auto y se adentró en él con furia trasportada a las energías con las que cerró la misma puerta que abrió.

―¡Ah, muy bien! ¿Y dejarme solo aquí no causará igualmente un problema?, no sé si sepas, pero mi dinero lo gasté junto contigo allá adentro.

Miguel gritaba, pero Ramón escuchó únicamente los murmullos de su pareja fuera del auto y con las manos aferradas con fuerzas al volante deformó su rostro intentando canalizar la rabia que le nacía del pecho y que resentía en el estómago con el fin de poder aceptar a Miguel de vuelta en el auto y llevarlo a su hogar. Le tomó unos segundos que para él parecieron minutos enteros haciendo de la espera una muy liosa y cansada.

―Sube pues ―dijo Ramón bajando el ventanal de su lado.

Miguel giró los ojos y subió al asiento del copiloto.

―¿Y después qué fue lo que pasó? ―preguntó el Doctor que atendía a Ramón.

―Ambos nos desahogamos dentro del auto, ambos lloramos y cuando estaba por llegar a la calle de su casa al dar la vuelta en su calle me di cuenta que todo el tiempo sólo estaba acelerando, pero no porque yo lo quisiera o nos quisiera matar, sino porque los frenos jamás funcionaron y jamás me di cuenta ―explicó con lágrimas en los ojos―. Fue cuando caí en cuenta que todo iba de mal en peor y no quería que nuestra última conversación fuera peleando, le pedí que me sostuviera fuerte mientras hallaba la manera de disminuir el impacto del accidente.

―¿Cómo? ―volvió a preguntar el hombre de la bata blanca arrugada y un tanto descuidada.

―Sabía que terminaría chocando con algo, pero no quería que fuera con una casa o, peor aún, con alguien. Así que, no sé cómo, pero entré a un callejón estrecho y lo que sigue debe saberlo ya; el auto estampó contra el muro pintado. Lo que yo tampoco sabía fue que él jamás se puso el cinturón de seguridad hasta el momento en que… pues que… ―se interrumpió a sí manteniendo una de sus manos en el rostro a punto de quebrar en llanto.

―Lo sabemos, no te preocupes. Lo lamento mucho, Ramón, pero necesitamos que procures mantenerte en calma y no alterarte por ahora, todo puede complicarse.

―Ya no quiero recuperarme siquiera, ¿sabe? Está muerto por mi culpa.

―No lo es, no es así.

―¡Lo es!, si yo tan sólo no me hubiera enojado con él seguiría vivo, conmigo, pequeñito celoso, ¡pero conmigo y no muerto! ―exclamó con energía al mismo tiempo en que lloraba de pena―, no supe cómo tratarlo esta noche.

Ramón en menos de cinco segundos miró de reojo cómo el cuerpo de Miguel fue expulsado del auto rompiendo el parabrisas para colapsar directamente frente al mural de concreto rompiéndose el cráneo en múltiples partes. Después de ello el impacto terminó de suceder dejándolo inconsciente.

A quien todos llamaban con respeto Doctor Álvarez, reconfortó a Ramón sobre la cama en compañía de un enfermero más que sólo escuchaba con lamento el llanto del hombre lisiado postrado sobre la cama del cuarto número 304. Una vez afuera, el enfermero fue quien abrió el hilo de la conversación.

―Qué pena por el muchacho ―dijo bajando la mirada con cansancio.

―Lo sé, su novio llegó aquí muerto con el rostro completamente roto, necesitarán hacerle pruebas para que la familia obtenga su cuerpo, es irreconocible.

La madrugada corría junto al movimiento de las manecillas del reloj emparejando las puertas de par en par a las horas de mayor quietud del hospital, el Doctor Álvarez cumplía horas extras y con el alma rota en cansancio decidió recostarse en una silla plegable de color negro extendiendo las piernas y subiendo sus pies sobre el escritorio de una de sus pasantes.

―Espero no le moleste a Brenda, pero no está, lo limpiaré en veinte minutos y además mis pies me están matando ―dijo el médico poniéndose lo más cómodo que se le permitiera.

El enfermero tomó su propio camino deseando por un momento encontrarse en el lugar del Doctor que, aunque adolorido, gozaba de veinte minutos libres para una siesta exprés, caminando desapareció en el pasillo del que se adentró en la puerta de recepción en donde se encontraría con una serie de tabletas con la información de más de una decena de pacientes a quienes atender a lo largo de la madrugada hasta el amanecer.

El silencio ayudó enormemente en que el Doctor Álvarez conciliara el sueño por más de media hora, el enfermero que lo acompañó hacía unos minutos atrás rondaba de piso en piso por todo el edificio teniendo imposibilidad de vigilar las acciones de su acompañante, después de todo no tenía por qué hacerlo con tanta carga de trabajado saturándole y asfixiándole el cuello.

―Doctor Israel ―habló una enfermera despertando a aquel que dormía sobre el escritorio de una de sus pasantes.

Abriendo los ojos casi violentamente casi provocó que el cuerpo se le fuera sobre la espalda por poco cayendo empujando con su espalda la silla hacia atrás.

―¿Qué ocurre? ―respondió él con el susto acelerándole el corazón.

―Estaba a punto de caer, discúlpeme, tuve que despertarlo yo o lo haría el golpe con la esquina del reposo que tiene atrás de usted.

Girando la cabeza el Doctor se dio cuenta del daño que pudo haberse hecho si la enfermera frente a él no le hubiera despertado, suspirando fuerte y llevándose ambas manos al rostro para alejar al resto del sueño de sí agradeció a la mujer de blanco por su consideración. Su voz le parecía salida de un amplificador, como si su garganta fuera realmente una bocina poderosa con el volumen alto, el silencio era tal que las pisadas podían sonar cual canicas rebotando sobre el piso pulcro y brillante.

―¿Cómo se llama? ―preguntó una vez más él poniéndose de pie.

―Lourdes, Doctor, Lourdes Eulalia ―se presentó la mujer.

Aquella lucía como si la noche no le causara ninguna clase de fatiga, el uniforme perfectamente liso le dotaba de una presencia sin igual que Israel ―siendo éste el nombre de pila del Doctor― notó tan pronto la miró por unos segundos, de vuelta a sus cinco sentidos, los zapatos de ella que estaban diez niveles más limpios y brillantes que los suyos.

―¿La había visto por aquí antes, Lourdes?

―Parece estar usted lleno de preguntas ―respondió ella con una semi sonrisa que hizo a Israel extrañar.

La sonrisa había sido natural, claro, sin embargo, en sus ojos noto una incapacidad mortal por expresar gusto o siquiera humor.

―Trabajo aquí desde hace muchísimo tiempo, Doctor, mi turno es el nocturno, quizás por eso nunca me ha notado por aquí.

―No se ofenda Lourdes…

―Para nada, Doctor, todos aquí estamos muy ocupados para notar detalles del personal.

Eulalia había atinado al clavo; la realidad que se presentaba frente a frente en la inmensa mayoría del personal de todo el hospital era esa; la atención no podía desviarse en los detalles de los demás que no fueran los propios pacientes.

―Tiene usted toda la razón.

―Su paciente parece estar realmente muy triste, lo escucho llorar desde aquí.

―¿Sigue llorando?

Israel terminó de reincorporarse y caminó hasta la habitación con el número 304 dejando detrás de sí a la enfermera. La puerta abierta del cuarto permaneció intacta y en cuanto puso un pie dentro, el llanto de Ramón sonaba aún más, él había conseguido darse la vuelta dándole la espalda a la puerta por donde su umbral pasaba toda la luz blanca del pasillo.

―Ramón ―habló el médico―, necesitas poder dormir, si lo haces bocarriba será mejor.

―¿Por qué no me lo dijo? ―preguntó el hombre incrustado a una cama.

Israel supo inmediatamente a qué se refería, tenía que serlo, al forzarse a quedar de lado tuvo que descubrirlo de algún modo.

―No pude darte más malas noticias, con lo que ha pasado y con lo que has visto había creído y creo aún que tienes suficiente, no quise aumentar más tu pesar. Discúlpame.

Ramón se dio vuelta y encaró al Doctor del que miró un rostro con evidente penar, las palabras sonaban vacías, pero su rostro iluminaba su verdad, Conmovido no puedo evitar llorar de nuevo con las mismas energías que al inicio de todo su martirio.

―¿Jamás volveré a caminar? ―preguntó secándose en vano los ojos, las lágrimas del pobre hombre desesperado tenía su par de piernas igual de destrozadas que su corazón.

―Es casi seguro que no podrás. No quiero y no puedo mentirte.

Por inercia y azares del destino, Ramón giró la cabeza a otro lugar, el que fuera que no perteneciera a la horrorosa habitación oscura y sin gracia, su mirada penetró fuera de ella hacia el pasillo iluminado en el que pudo distinguir a la enfermera de pie bajo el marco de la puerta de su cuarto. Su rostro pasó por una transición que jamás imaginó tener en aquel momento cuando secó las últimas lágrimas de sus ojos para poder ver mejor. Ramón gozaba de una extraordinaria vista, pero en aquel especial momento quiso no creerle a su sentido rescatado por la vida.

―¡Qué carajos! ―expresó confundiendo al médico que lo miraba con lástima.

Sus ojos contemplaron a aquella mujer pulcra y perfectamente peinada llorar con el mismo sentir que él, pero el detalle que le congeló la sangre fue verla sin piernas, su uniforme perfectamente planchado color blanco no le cubría por completo el lugar en donde debería haber carne y Ramón lo supo en cuanto limpió por segunda vez sus ojos y miró el mismo horror que antes, había olvidado la razón de todas sus penas y su pavor terminó por clavar su misma posición para admirar la escena.

―No, no puede ser verdad ―intentó convencerse en voz alta.

―Te entiendo, Ramón, sé que no es fácil, pero poco a poco lo asimilarás y nosotros te vamos a acompañar en todo el proceso ―respondió el Doctor en un fallido intento por retomar el hilo de la desafortunada conversación.

―Esa mujer no tiene piernas ―interrumpió Ramón con el corazón a punto de salirle del pecho―, llora tanto que sus ojos son rojos ―terminó con la voz quebrada del miedo.

Israel no supo exactamente qué decir, y se limitó únicamente a dirigir la mirada al mismo sentido que su paciente desdichado.

El pasillo se encontraba vacío, la enfermera que había conocido Israel hacía unos minutos no se encontraba más, la luz principal del pasillo parpadeo un par de veces en menos de un segundo y fue el único detalle que pudo sobresalir de una realidad tan cotidiana como el despertar con el cantar de pajarillos al borde de la ventana todas las mañanas.

―Insisto, Ramón, necesitas descanso, conseguiré que te traigan algo para que puedas dormir tranquilo, mientras tanto por favor inténtalo.

Estando solo no tenía a más acompañante que su atormentada conciencia, Ramón tenía un mar de pensamientos que le atravesaban la cordura al mismo tiempo que la lastimaban y casi la pulverizaban, el Doctor Israel hacía una hora que salió del cuarto y no había rastro de sus calmantes, de cualquier forma, no los esperaba, la ansiedad de terminar con su propia vida corría por sus venas recorriendo cada rincón de su cuerpo esparciéndose como un virus mortal que carcome la carne. El silencio terminó cuando la perilla de la puerta del cuarto se dejó escuchar.

«No entiendo, terminarán despertándome cada hora, ¿de qué sirve que duerma?», pensó sin emitir una sola palabra mirando fijamente al techo sin intenciones de devolver la mirada al marco de la puerta, que momentos atrás le alteró los nervios de muchas formas. La puerta se abrió y dejó entrar poca de la luz del pasillo, ésta inmediatamente se cerró en manos de la enfermera que con un cubrebocas se acercó al cuerpo de Ramón.

―Buenas noches, Ramón ―saludó ella sin temor a interrumpir nada.

―Buenas noches, ¿cómo sabe mi nombre? ―preguntó al azar.

La enfermera del rostro cubierto, pero de poderosa y encantadora mirada le giñó el ojo mostrándole la tabla que poseía la información del paciente en la habitación número 304.

―Comprendo… ―repuso él.

―Es hora de tus medicinas ―dijo ella con voz calmada.

―No quiero nada de eso ―contestó furioso con la vida.

La enfermera se tomó un momento y suspiró con fuerza, a lado de la cama de Ramón descansaba un sillón individual en que las visitas, cualquiera que fuera, podían sentarse y pasar la noche con su enfermo, aquella noche oscura y fría no había nadie que acompañara al hombre lisiado por accidente, la soledad le tocó el corazón desde el momento que vio partir al amor de su vida inhumanamente de su auto gritando en el proceso.

―Jamás vamos a acostumbrarnos a la muerte, ¿sabes, Ramón? ―habló la mujer del uniforme blanco sentándose en la silla en el momento en que Ramón aún miraba el techo con el alma rota―, perder a nuestro gran amor será siempre una tragedia que no muchos sabemos controlar. Yo también perdí a alguien, no de la manera en que tú, claro, todos y cada uno de nosotros vive diferentes circunstancias, pero muchas pertenecen a la misma esencia.

Ramón parpadeó por primera vez un par de ocasiones seguidas y una lágrima fría le recorrió la mejilla blanca.

―No puedo decir que sé lo que sientes ―siguió la mujer―, pero sí puedo decirte que lo entiendo.

La voz de la enfermera le dotó al hombre postrado inerte en la cama de cierta calma y quietud que revitalizaron una parte mínima de su corazón, aquella en especial de ser la más frágil, emocional y tremendamente amorosa.

―¿Quién es usted? ―preguntó él de nuevo con la voz hecha pedazos.

―Me llamo Lourdes y voy a cuidarte esta noche hasta que me pidas lo contrario ―contestó seria.

Ramón miró “por primera vez” a Eulalia y dejó escapar una leve sonrisa.

―¿En qué año vives, querida? ―preguntó con humor al mirar el estilo de su vestir.

―Te sorprendería ―respondió.

Con el corazón en las manos Ramón habló:

―Me conozco, Lourdes, toda mi vida me encargué de encontrarme, de caer en adversidades y de levantarme también, encontré al amor de mi vida, no éramos perfectos, pero ¿sabes?; ¡Éramos! Lloré, amé, odié; viví, no estoy contento con este final, pero lo acepto. El suicidio es una cosa, pero la voluntad de morir sabiendo quién soy en realidad es otra; no tendré una buena vida como he quedado.

―… ―los ojos de Lourdes se humedecieron y Ramón creyó por un momento conocer esa mirada al sentirla tremendamente tan familiar.

―No quiero salir de esta habitación vivo, porque no dejaré de estar muerto; hoy se me escapó la vida cuando mi niño me soltó ―el llanto tocó una vez más las puertas del ambiente y sumergió a ambos en sus olas violentas de emoción.

―En todos mis años jamás había escuchado el poder de un corazón gritando tanto dejar de latir. A tu suero podré inyectar algo que por fin te hará dormir, descansar y quizás, y sólo quizás, volver a ver a aquel que murió amándote a pesar de los pesares.

Ramón cerró los ojos y depositando su alma al poder de Lourdes asintió con la cabeza, el tormento habría de acabar pronto y contrario a lo que cualquiera habría de creer, se pronunció obedeciendo a sus emociones.

―Quiero conocerte antes, ¿podrías quitarte eso del rostro?

―Por supuesto ―contestó.

La enfermera se dirigió a la mesa color hueso frente a la cama y con una solución en una mano y una jeringa en la otra preparó la dosis letal que pararía el corazón de Ramón. Ella se acercó de nuevo a la camilla lentamente sin dar paso alguno. Quitándose el cubrebocas de la mitad del rostro, Ramón no sólo pudo ver la tela de su uniforme perfectamente planchado sino el rostro que le sembró el terror momentos atrás, en cambio, su corazón latía en paz gozando de la tranquilidad que había anhelado.

Comprendiéndolo todo él decidió aun así preguntar.

―¿Quién eres?

―Eulalia, muchacho.

―¡Por supuesto!, claro que eres tú…

―La mujer que da descanso y cuida a quienes con fervor se lo piden ―se adelantó a las palabras de Ramón quien lloraba ya de eterna gratitud.

―¿Y por qué lloras?

―Porque te vas, porque todos quienes me ven se van… ―contestó Eulalia.

El corazón de Ramón se debilitaba en función de los segundos y con una mano sostuvo con fuera la mano de Eulalia.

―Puedo tocarte… ―débil habló él―, ¿por q…?

―Porque estás exactamente entre el lugar en donde estoy y el lugar a donde vas.

―¿A dónde voy, Eu…?

―Allá en donde todo es blanco, allá en donde Miguel te espera. Te voy a extrañar ―terminó Eulalia sonriendo con los ojos húmedos y rojizos.

Ramón falleció sobre la cama cubierto a medio cuerpo por la sábana blanca que lo acompañaba. El Doctor Israel abrió la puerta de la habitación 304 y junto al enfermero que lo acompañó por primera vez miraron la mano del hombre caer desvanecida del aire hacia la cama blanca. Ambos encendieron el código rojo y el médico fue el primero en reaccionar casi desesperado.

―¡Qué no le dije a Eulalia que viniera cuidarlo!, ¿NO SE LO DIJE?

El enfermero intentando inútilmente por reanimar el cuerpo de Ramón contestó a la pregunta del Doctor.

―¿Quién es Eulalia?

21 de Abril de 2020 a las 19:50 2 Reporte Insertar Seguir historia
3
Fin

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Oscar M. Jordan Autor de #MientrasEstésConmigo, #LaPrimera, y "ElJuguetero" 📚 Estudiante Fan de la música country🎶

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Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
Un relato que recuerda algunas leyendas clásicas, pero que le inyecta un drama social muy interesante. Creo que es una muy buena historia, solo podría señalar algunos tildes que faltan o sobran y algunas comas que deberías revisar. Saludos!
May 05, 2020, 20:35

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