joakin-herrera1586471064 Joakin Herrera

Una fría tarde de invierno, Josh es testigo del desenlace hacia el triste, doloroso y trágico final de su querido amigo Bartolomé Javert.


Cuento Todo público.
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I

Todavía no sé cómo ni por qué -y no creo que en un futuro lo vaya a saber-, me da miedo investigarlo. No quiero tener el mismo fin que Bartolomé Javert.
Fue una tarde de invierno, cuando recibo la llamada de Bart. Aquella llamada se volvió la responsable de que mis sueños jamás fueran como antes, y que aquella cosa, fuera fiel compañera de mi subconsciente para el resto de mis días.
-Jolsh, len a cala lo mál lápido que puelas. La voz de Bartolomé estaba ronca, seca y angustiada. Además, no pronunció bien ninguna de las palabras que dijo, pareciera que su boca estuviera llena de algodón.
Tampoco es que tuviera que demorar mucho, yo vivía en la casa de enfrente.
Mi habitación tenía una ventana bastante amplia, y desde ella se podía observar (si Bart lo permitía, dejando sus cortinas abiertas) todo el cuarto del entrañable Bart. Y sinceramente, jamás pensé que una ventana me iba a producir tantas pesadillas.
-Enseguida voy Bart, ¿está todo bien? Aunque ya sabía la respuesta, nunca están demás las preguntas retóricas en situaciones que lo meritan.
-Tu olo ven lo mál lápilo que puelas.
Y fui, les juro que fui sumamente rápido, solamente me puse una campera -porque el invierno es Joinville es cruel, y este año era peor de lo habitual- y crucé la calle.
Nunca había tenido esa sensación, pero entrar a la casa de Bartolomé en esa tarde fría, donde la nieve caía incesantemente como lágrimas de un desconsolado, me despertó una tristeza que surgió desde lo más profundo de mis entrañas.
La casa tenía un olor a putrefacción muy grande, sinceramente amigos, el olor era muy fuerte -y miren que debido a mi trabajo estoy bastante acostumbrado a ello, pero ese olor no tenía igual, era simplemente insoportable-. Miré toda la planta baja antes de subir al cuarto de Bart, para intentar descubrir de donde salía ese olor, pero no lo descubrí.
Entrando al cuarto de Bartolomé, mis ojos fueron testigos de una imagen que, para serles sinceros, no le deseo ni a mi peor enemigo -aunque no tengo, pero es para darles una idea de lo horrible que era aquello-.
Bart, si es que seguía siendo el mismo, estaba tendido en su cama, con los ojos sumamente rojos, grandes y lagrimosos; desde su boca salía un líquido que imitaba un pus, pero era más cremoso y amarillento, su pelo estaba totalmente mojado del sudor, y su lengua, ¡Oh Dios!, estaba completamente llena de gusanos.
Aunque solamente esa imagen era de por sí perturbadora y sumamente asustadora, lo peor se encontraba en el vientre del pobre Bart.
- ¡Santo Dios!
El pobre ya no podía hablar, solamente me miraba con una tristeza profunda, y de sus ojos, además de lágrimas, comenzaron a salir pequeños gusanos amarillos, que poco a poco, fueron devorando sus ojos como si fueran dulces naranjas en épocas calurosas.
Reconozco que en ese momento lo que debería haber hecho sería correr, salir de ahí lo más rápido que pudiera porque, aunque sabía que mi querido Bart no haría nada -ni que su situación se lo permitiera-, esa imagen del pobre era muy asustadora, ¡MUY!
Pero no lo podía dejar así, no a Bart, y me acerqué hacia su cama, para utilizar su celular que se encontraba al lado de la almohada. ¡Oh amigos, cuánto me arrepiento de haber hecho eso!.
Cuando estiré la mano para agarrar su celular, fue la mano de Bart la más veloz, y me sostuvo el brazo con una fuerza desgarradora, haciendo con que el mismo quedara morado en cuestión de segundos. Hice fuerza hacia atrás, para liberarme de esa cosa -porque no se le podía llamar mano a eso-, y finalmente lo logré. Me retiré hacia la puerta de la habitación, con un miedo que por poco era más fuerte que el dolor que sentía en mi brazo derecho.
- ¿Qué carajos sucede Bart? ¿Qué carajos?
- ¡Agggggggggh!
En ese momento me di cuenta que no estaba frente a Bartolomé Javert, estaba frente a una cosa, a una entidad, a algo que jamás supe lo que era.

Mis ganas eran de salir de ahí, porque mi alarmismo ante la situación me decía que era lo más prudente, pero… por más que sabía que mi amigo ya no estaba, no podía, no podía dejarlo, algo dentro de mí no me lo permitía.
Poco a poco mi brazo fue recuperando su color normal, el dolor fue cesando, y mi corazón comenzó a funcionar en un ritmo “tranquilo y sereno”. Me acerqué nuevamente a la cama de Bart, y le hablé, le hablé porque era lo único que podía hacer en ese momento; sabía que no podía ayudar al pobre Bart, lo sabía.
- ¿Qué te ha sucedido? ¡Santo Dios! ¿Qué te ha sucedido?
- ¡Agggggggggh!
Sabía que lo que un día se llamaba Bartolomé Javert, ahora era simplemente un pedazo de carne que poco a poco se transformaba en alimento de gusanos.
Por los costados de la cama, chorreaba sangre mezclada con lo que parecía pus -muy parecido a lo que salía desde su boca-, y desde esa mezcla asquerosa y con olor insoportable, surgían gusanos sin cesar. Los pisé a todos -aún eran chicos y fáciles de eliminar- y reventaron como pequeñas espinillas de adolescente.
Bart estaba tapado con una frazada blanca -que poco a poco se convirtió en roja-, se la retiré, y… ¡Oh amigos!
Lo que un día era el vientre de Bart, ahora era un agujero completamente repleto de gusanos, que poco a poco iban aumentado en tamaño y cantidad.
Corrí, ¡Oh amigos!, como corrí. Salí de esa habitación lo más rápido que pude, el miedo se convirtió en mi mayor aliado, y me ayudó a bajar las escaleras tan deprisa como pude.
Llegué a mi casa, corrí hacia el baño y vomité como nunca antes. La imagen de aquellos gusanos, conjuntamente con el olor que había quedado impregnado en mi ropa, hacía imposible que mi estómago soportara, aunque fuera un segundo más.
Fui a la cocina, tomé un vaso de agua, pero lo vomité en cuestión de segundos.
El miedo y mi consciencia no me permitían ir nuevamente a la casa de Bartolomé -o a la casa de aquella cosa-, pero por más insoportable que fuera, algo en mí quería seguir viendo aquello.
Subí hacia mi habitación, abrí las cortinas, y me puse a observar el cuarto de Bart.
¡Oh, pobre hombre!
Se había convertido en algo indescriptible, grosero y asqueroso.
Lo que un día fue su cara, hoy era solamente gusanos amarillos, sangre y pus. Su vientre era prácticamente una colonia de gusanos, y sus piernas, ¡Oh, sus piernas!, eran gusanos, muchos gusanos, que se alimentaban de lo que restaba de ellas, y poco a poco reventaban como pequeños globos repletos de pus y sangre.
Cerré la cortina, no podía seguir presenciando aquello.
Corrí nuevamente hacia el baño, y vomité. Vomité hasta que me dolió el vientre. Y ese es mi último recuerdo de aquella fría tarde.

Me desperté sobresaltado, había soñado toda la noche que me iba convirtiendo poco a poco en un gigante gusano, que al final, reventaba, expulsando pus, sangre y vísceras desde su interior, que manchaban todas las paredes de mi habitación.
Miré a mi alrededor y me di cuenta que me había dormido sobre la alfombra de mi baño, seguramente un desmayo había desencadenado en un profundo sueño.
Sacando fuerzas de dónde podía, me levanté y fui hacia mi habitación -quería ver cómo iba aquello de enfrente, pero no me animaba a ir hasta allí-. Abrí las cortinas y observé.
Aquello que ayer era un conjunto de miles o millones de gusanos, hoy era uno solo; un único gusano, grande y gordo.
¡Santo Dios! ¡Qué imagen!
Absorto ante lo que veía, y rehén de mi propio pánico, no me podía mover de mi lugar -y les juro que lo intentaba-.
Deben de haber pasado 10 segundos -que para mí fueron horas-, y lo que antes era el querido Bart Javert, luego un conjunto de gusanos, y ahora uno solo, grande, amarillo y gordo, reventó. Reventó y expulsó pus, sangre y vísceras por toda la habitación, machando por completo todas las paredes -inclusive la ventana-, haciendo imposible que pudiera seguir viendo aquello.
Corrí, nuevamente, hacia el baño, y vomité lo poco que tenía dentro mío.
No me animé nunca más abrir las cortinas de mi habitación, mucho menos dormir en ella.

Ya se pasaron siete meses desde aquella tarde y mañana, donde fui testigo del trágico final de mi querido Bart Javert. Y aún en el día de hoy, la misma imagen se me aparece constantemente como fiel habitante de mis sueños.
Jamás me animé a investigar que fue aquello, el porqué de lo sucedido con el pobre Bart.
¡Oh, pobre Bartolomé Javert! Qué triste y doloroso final.

FIN

9 de Abril de 2020 a las 22:43 0 Reporte Insertar 0
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