anathymic_5683 Isabel Orozco

Un olor que ahora susurraba repugnancia, vergüenza y perversión. Un olor que ya no era solo mío, sino de la zorra bajo mis pies.


Cuento Todo público.

#crimen #378 #245
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Muerte de una amante

Su cuerpo yacía sobre la alfombra persa de mi madre, la que mi padre había optado por comprarle debido al remordimiento que le causaba tener un amorío con el cadáver frente a mí.

Su sangre comenzaba a esparcirse entre los delicados bordados blancos de flores, grecas y diferentes adornos de los que nunca podría sacar más que el olor nauseabundo de su perfume.

No me sentía asustado, incluso sentía un extraño alivio que parecía querer hacerme sonreír, pero por alguna razón no podía dejar de estremecerme. Sentía como si el mango del abrecartas en mi mano estuviera a punto de quebrarse por la fuerza con la que lo sostenía.

Podía sentir como la sangre goteaba desde la punta de la hoja y hasta la alfombra, escuchando ese ligero golpeteo como si fuera un estruendo, rompiendo con ese silencio de muerte.

Cuando logré reaccionar, lo único que hice fue dejarme caer sobre mis rodillas, soltando mi arma para poder sostenerme sobre mis manos. Apenas podía respirar.

Mi sombra hacía que el rojo de su sangre se viera de un carmín casi negro, y el olor de esta parecía aún más fuerte que el de mi sudor, el de las flores sobre el piano de cola y el del vino derramado de la copa que alguna vez mi víctima sostuvo.

Al fin logré levantar la mirada hacía el cuerpo de la amante, hacia sus ojos ahora sin vida perdidos en la nada. Sin brillo. Ese brillo que sedujo a mi padre y que lo llevó a ceder ante la tentación, dejando a su esposa, triste y menopáusica, pasar las noches esperando a que regresara, sentada en el pequeño comedor en medio de la cocina, bajo una tenue luz anaranjada; esperando a que regresara del motel en el que mi padre y su zorra solían encontrarse cada vez que alguno de los dos quería tener sexo. Ese brillo venenoso que reconocí reflejado en los ojos de mi padre la vez en la que lo encontré en la puerta, a medianoche, con la corbata desanudada, la camisa arrugada, el saco en la mano, su cabello sudado y grasoso y su cara roja. Agitado. Excitado.

Pensé que, si me deshacía completamente del cuerpo, mi padre solo pensaría que ella, con toda su promiscuidad, su frivolidad y su sensualidad, se habría cansado de él e ido con algún otro hombre, más joven, más guapo, adinerado y quizá soltero. Pero el hilo blanco. Los malditos bordados persas con hilo blanco estaban ahora cubiertos en sangre, vino, maquillaje y sudor.

Ahora puedo recordar cómo soltó la copa para sostenerse de mi camisa. Sollozando. Tratando de contener cada aliento en sus pulmones mientras yo mantenía el arma enterrada debajo de sus costillas, empujando con fuerza, como si quisiera hacer desaparecer el abrecartas dentro de sus órganos.

Ahora puedo ver claramente como poco a poco caía sobre sus rodillas hasta que, como un arrebato, saqué la hoja de entre su piel. Como ella se desplomó al suelo, terminando con una mano sobre la herida y su cabello teñido cubriendo sus labios rojos, humedecidos por una mezcla de sangre, licor y lápiz labial.

Tenía que deshacerme de ella. Tenía que lograr que su ausencia en nuestras vidas pasará desapercibida.

Comencé a pensar en cómo me desharía del cuerpo y de la alfombra. Podía tomar el auto de mi madre, conducir hasta salir de la ciudad y quemar toda la evidencia en cualquier terreno, o bien podría buscar las llaves del auto de la casquivana y prenderle fuego. Conducir hasta salir de la ciudad y tirar el auto a un río. Podría lavar la alfombra con agua caliente, vinagre y bicarbonato de sodio, y enterrar el cadáver en nuestro patio trasero. Enterrar al cadáver envuelto en la alfombra. Enterrarlo y cubrirlo de cemento, para construirle a mi madre la terraza que siempre ha querido y que mi padre siempre pospuso.

Tomé los tobillos de la pelinegra teñida, rasgando sus medias al tratar de juntar sus piernas. Tomé sus pendientes, anillos, reloj y la gargantilla con diamantes que llevaba en el cuello. Arrojé todo en el bolso de cuero negro que había dejado sobre el piano de cola y saqué su teléfono cubierto en una funda de terciopelo rojo con una ostentosa bola de peluche blanca que colgaba de una cadena dorada. Tan pronto como lo había logrado sacar de su cubierta, se encendió la pantalla por un mensaje de alguien a quien había guardado en sus contactos con el nombre de << Osito_47 >>, acompañado de iconos de corazones, besos y osos. Era más de un mensaje, así que no podía saber lo que había escrito. Por supuesto que sabía que se trataba de mi padre tratando de agendar un revolcón para esa noche. Lancé el aparato contra el suelo y vi como sus pedazos volaban por la habitación. Recogí todos los pedazos de celular y de copa que podía tomar con mis dedos y los puse sobre el estómago del cuerpo.

Sujeté sus manos y sus piernas con cinta de vinil. Corté varias bolsas de basura en el suelo, me quité la camisa azul que llevaba y la dejé sobre el piano para levantar el cadáver y ponerlo sobre las bolsas. Me aseguré de que nada se moviera con más cinta de vinil, sujetándolo tan fuerte que sus tacones atravesaron el plástico. Enrollé la alfombra y la dejé junto al umbral de la sala para después sacarla al patio trasero de nuestra casa. La sangre estaba en mi camiseta, en mi pantalón, en mis brazos y debajo de mis uñas.

Fui a la cocina a sacar todas las ollas que pudiera encontrar, las llené con agua y encendí la estufa. Mientras esperaba a que comenzaran a brotar las burbujas desde el fondo de las ollas pensé en cómo me desharía del auto azul que había fuera de la casa. Pensé que podría venderlo junto con las joyas, y con el dinero pagaría lo que fuera necesario para construir la terraza que planeaba construir para mi madre, de cualquier forma, hacía poco que había comenzado a trabajar en una cafetería y en una tienda de autoservicio desde que terminé la preparatoria, ya que aún no había decidido lo que iba a estudiar, aunque en realidad ni siquiera estaba seguro de querer ir a la universidad. Falsificaría la factura para poder vender el auto, y con algo de suerte habría algo en su bolso de donde pudiera sacar su firma. Me veía algo más joven de lo que en realidad era, así que, si en los primeros intentos no podía venderlo yo mismo, se lo pediría a mi maestro de literatura universal de la preparatoria. Ese hombre estaba en deuda conmigo por no haber reportado al supervisor que escondía marihuana y un ánfora licorera llena de aguardiente. No le pedí que me aprobara en su materia ya que era demasiado simple, así que dejé pendiente ese secreto para utilizarlo en otro momento a mi conveniencia, aunque se mantuvo así hasta que salí de la escuela.

Miraba por la ventana de la cocina el Ford Mustang azul marino que relucía a la luz del sol de verano. Parecía estar en perfectas condiciones, solo debía entrar para quitarle el olor a su horrible perfume, el cuál había reemplazado la semana anterior, cosa que sabía ya que la había estado siguiendo desde hacía unos meses. Estaba al corriente de los gastos del automóvil y de las multas que le daban por maquillarse o usar el teléfono al conducir, pero era mi padre el que las pagaba por lo que no me sorprendió al encontrarme aquello. Rentaba la habitación de un hotel en el que básicamente solo guardaba su ropa, todo lo demás lo había dejado en casa de sus padres cuando cumplió veintiún años, pero no busqué información acerca de eso. Trabajaba vendiendo cosméticos y zapatos por catálogo. Sus ingresos no eran tan bajos ya que venían de su empleo y de mi padre, además de que en lo único en lo que ella gastaba era en comida, siempre de la misma cafetería, en la que obtenía descuento por coquetearle al personal.

Cuando escuché el burbujeo del agua al fuego, tomé los guantes para horno que mi madre guardaba en el gabinete sobre la estufa. Cuando había llevado todas las ollas, tomé la pequeña caja de bicarbonato, la botella de vinagre y el cepillo de una escoba vieja del cuarto de servicio, volví a la habitación ahora llena de vapor de agua y derramé el agua sobre la alfombra. Vacié todo el bicarbonato y el vinagre sobre esta y comencé a tallar con fuerza utilizando el cepillo, viendo cómo se iba quitando ese carmín de nauseabundo, aunque puede que preferible sobre el olor a vinagre que tenía justo frente a mi nariz.

Por fin terminé de limpiar la maldita alfombra sobre la que pondría el piano de cola para disimular un poco los hilos que quedarían manchados y maltratados para la eternidad, por mucho que me hubiera esforzado en no arruinar por completo los bordados, pero siempre había parecido algo imposible no romper y deshacer algunos hilos cuando se están limpiando desesperadamente con las cerdas gruesas de un cepillo de escoba.

Volví al cuarto de servicio para sacar una pala del mismo armario de donde había tomado la escoba, tomé la pala que había en un rincón junto al apagador y el par de guantes que estaban sobre una vieja cubeta de pintura amarilla que habían usado para la fachada de nuestra casa, amarillo que cambiaron después de unos meses porque a mi padre no le agradó que los vecinos pintaran su fachada del mismo color, aunque de un tono de amarillo más agradable a la vista que el nuestro, un amarillo que era más un grito desesperado a que vieran a la mujer que tenía por esposa, delgada, hermosa, y aun así totalmente insuficiente debido a su inestabilidad emocional y psicológica. Que vieran su hermoso auto siendo lavado cada fin de semana por su educado, bien portado y bien parecido hijo único, que parecía nunca haber probado el alcohol o el cigarro y que todas las madres quieren como esposo para sus hijas, como si estuviéramos en pleno siglo XVIII.

Comencé a cavar a pocos pasos de la puerta corrediza que llevaba al patio trasero. Con la pala, cortaba pequeños cuadros de césped para poder reacomodarlos una vez que hubiera llenado la tumba que habría cavado, dejándolos a un lado mientras iba formando varios montículos de tierra al comenzar la excavación. Definitivamente me desharía de esa camiseta y de los pantalones, aunque mis botas cafés aún tenían arreglo.

Dejé la pala a un lado para salir del agujero e ir por el cadáver. Lo cargué junto con el bolso negro de piel y no fue hasta que estaba a medio camino de vuelta que pensé que habría sido una mejor idea haber llevado el cuerpo al patio antes de que comenzara a cavar y a llenarme de tierra, ya que ahora tendría que limpiar mis huellas de lodo del suelo.

Arrojé el cuerpo dentro del hueco de tierra junto con la bolsa, antes habiendo sacado las joyas y el documento con el que lograría falsificar los papeles necesarios para vender el auto, dejándolos sobre una pequeña banca de madera que mi padre y yo habíamos construido hacía dos años cuando nuestra familia decidió que celebraríamos las fiestas decembrinas en nuestra casa de ahora en adelante.

Vaciando el último pequeño montón de tierra sobre la tumba, escuché como se abría la puerta detrás de mí. Rechinando. Removiendo todo ese polvo y tierra acumulados en todos estos años.

Pude oler su colonia. Tan familiar. Esa colonia que siempre que me abrazaba era como un estruendo contra mi pecho, removiendo todos esos recuerdos compartidos, las peleas y los llantos. Ese aroma que podía volver de la nostalgia algo asfixiante. Un olor que ahora susurraba repugnancia, vergüenza y perversión. Un olor que ya no era solo mío, sino de la zorra bajo mis pies.

9 de Abril de 2020 a las 22:09 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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