gastohn Gastohn Barrios

¿Si tuvieras que optar entre poner a salvo tu vida y vivir tu más grande amor, qué elegirías? Han pasado 20 años y Santiago está volviendo a Ruca Curá, un lugar al que juró jamás regresar y al que había llegado, por primera vez, a finales de la década de los setenta, durante la dictadura militar de Argentina, pretendiendo huir de su país y mientras intentaba perderse de quienes lo perseguían y de su pasado. Su paso por este pequeño pueblo de la Patagonia, iba a ser breve, pero se prolongó por mucho más tiempo de lo que podía permitirse. Allí conocerá a Andrés, un militar retirado que vive junto a su esposa y su hija en una estancia remota, llamada Escondido. Lo hostigaban por fuera, se sentirá acorralado por dentro. No estaba preparado para lo que le aguardaba en aquel lugar. Él era un joven de veinte años, acostumbrado a las luchas, pero que terminará siendo incapaz de luchar contra sus propios sentimientos. A orillas de un lago idílico, encontrará su primer amor en la persona que menos sospechaba. Al tiempo, que terminará dándose cuenta que muchas veces perderse, es la mejor manera de encontrarse a uno mismo. Pero, ¿será suficiente el amor para vencer al irracional odio que lo acorrala? ¿Puede una pesadilla terminar convirtiéndose en el sueño de toda una vida?


Romance Suspenso romántico No para niños menores de 13.

#romance #amor #homosexual #chicoxchico #yaoi #bl #amor-prohibido #argentina #dictadura-militar #dictadura #primer-amor #gay #lgbt
0
734 VISITAS
En progreso - Nuevo capítulo Todos los viernes
tiempo de lectura
AA Compartir

Volver

El tango nos dice que veinte años no es nada, pero puedo asegurarles que eso no es verdad.

Para mí, esos últimos veinte años habían sido toda una vida.

Una larga vida y dolorosa vida.

Imposible de vivir.

Una eternidad inaguantable, por haberla transitado escapando, añorando y haciendo preguntas que quizá jamás obtendrían respuestas.

Nueve mil cuatrocientos kilómetros, pueden parecer para cualquiera, una distancia enorme, pero no; nunca es suficientemente lejos cuando has dejado media parte de tu ser del otro lado del mundo. Nunca es suficiente el tiempo transcurrido cuando, cada mañana, despertás con un vacío en tu cama, en tu vida y en tu alma. Aunque no estés solo y haya una persona durmiendo a tu lado.

Recordaba ese regreso. Recordaba haberlo imaginado un millón de veces; haberlo vivido una y otra vez, en pesadillas y sueños, en el que esa vuelta podía tener incontables desenlaces y siempre, indefectiblemente, me despertaba con la misma sensación de miedo y de impotencia. Miedo a lo que me podía encontrar. Miedo al olvido y a la indiferencia. Miedo a que todo lo sucedido tiempo atrás, únicamente continuara con vida en mi cabeza y en mis recuerdos. Y ese mismo miedo, fue el que me contuvo todos esos años, en los que preferí la incerteza a la verdad, y en los que, aferrado a mi cobardía, pretendí que podía ir hacia otro lado; y, mientras huía, tenía la fantasía de que un día despertaría y que todos esos fantasmas habrían desaparecido; se habrían esfumado como lo hacía el eco en aquellas majestuosas montañas patagónicas.

Eso jamás sucedió.

Muy por el contrario, los fantasmas y las sombras crecieron y crecieron con el correr de los años; hasta que un día, llegaron a hacerse tan grandes y fuertes que fueron ellos mismos los que me terminaron empujando a hacer lo que juré mil veces que jamás haría.

Fueron esos fantasmas los que me obligaron a desandar tantos kilómetros, a buscar respuestas e intentar cerrar heridas.

En ese momento de mi vida, sólo anhelaba poder perdonar o, quizá, perdonarme.

Las agujas del reloj parecían no haberse movido desde la última vez que las había mirado. El tiempo parecía suspendido, como lo estaba en el aire el avión que me transporta.

La ansiedad y los nervios hacían que tuviera la sensación de que había pasado un siglo desde que salí de Toronto. Como si mi destino final, se hubiera estado alejando mientras estaba en viaje. Cual vengador, huyendo de mí, por haber escapado de él durante tanto tiempo.

En la ventanilla del avión pude ver, en el reflejo, a un hombre que también me miraba. Su cabello se ha agrisado, en partes. Observé, detalladamente, cada marca que el tiempo había dejado en su piel, junto a sus ojos, en su entrecejo. Pero me detuve especialmente en sus ojos pardos, cuyo antiguo brillo era casi inexistente. Parecían vidriosos, ausentes.

¿Quién era el hombre en mi reflejo?

No lo reconocía.

Llegó a mi mente un recuerdo, otro más de los miles que me habían azotado en las últimas horas.

Era tan vívido, tan real.

Casi podía sentir el viento golpeándome la cara, haciendo que mi pelo desdeñado ondulara con él, mientras se deslizaba por debajo del vidrio, apenas abierto, de la ventanilla de un viejo tren.

Vi también su rostro reflejado.

Era el de un joven de veinte años.

Santo cielo, sus ojos eran tan diferentes.

Él también sentía miedo; pero su miedo era distinto al que yo estaba sintiendo. Era menos agobiante, porque no provenía de sí mismo o de sus fantasmas. Era todo lo externo a él lo que lo asustaba.

Me hubiese gustado poder advertirle, hubiese querido que supiera lo que estaba por venir; pero eso no era posible.

Lo seguía viendo, nervioso, intentando disimularlo. Aunque no podía evitar que esa intranquilidad se vislumbrara en cada movimiento que realizaba. El último año, no le había sido fácil. Aun así, podía sentir cierta esperanza que lo empuja; es esa esperanza inexplicable e intrépida que solamente la juventud es capaz de brindarnos.

Alguien me llamó, tocándome el hombro.

Era una azafata que me devolvía al presente. Estábamos por aterrizar.

Me sudaban las manos. Pude sentir cómo mi corazón se aceleró de repente. Escuché sus latidos tan fuertes, que me avergonzaba pensar que alguien más también pudiera oírlos.

Había llegado el momento.

Una sofocante sensación me inundó. Era arrepentimiento. Los viejos miedos se apoderaron de mis sentidos. Ya no quería estar sentado en esa butaca y, sin embargo, nada podía hacer para cambiarlo.

No había vuelta atrás.

El avión atravesó una gruesa capa de nubes y junto con los picos nevados, aparecieron la cadena de lagos, el bosque; una inmensidad de tierra que sentía mía.

Todo parecería estar tal cual lo recordaba y, sin embargo, internamente, sabía que todo era diferente.

Sentí que había estado a bordo de ese avión los últimos veinte años de mi vida, justo desde el exacto momento en que me fui. Como si, en realidad, hubiese estado volviendo desde siempre, en un ciclo infinito en el que, de alguna manera, estaba intentando alejarme.

Había jurado, hasta el hartazgo, que no lo haría, y, sin embargo, desde el maldito momento en que ese ferry zarpó del embarcadero, supe que llegaría ese instante. A medida que el muelle se iba haciendo más y más pequeño, supe que, más tarde o más temprano, el momento que estaba viviendo sería inevitable.

Mi mente lo negaba, pero cada célula de mi cuerpo sabía, que un día debería volver.

9 de Abril de 2020 a las 19:08 0 Reporte Insertar 0
Leer el siguiente capítulo Ruca Curá

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~

¿Estás disfrutando la lectura?

¡Hey! Todavía hay 39 otros capítulos en esta historia.
Para seguir leyendo, por favor regístrate o inicia sesión. ¡Gratis!

Ingresa con Facebook Ingresa con Twitter

o usa la forma tradicional de iniciar sesión