jagonvald13 Javier González

Novela recreada en la historia del Grial en Aragón. Un caballero esconde el cáliz de cristo en tierras del joven y emergente Reino de Aragón. Una orden secreta custodia un tesoro sagrado e inimaginable para la cristiandad en lo mas remoto de los montes, los monasterios y los bosques aragoneses. Así hasta nuestros días. Una atractiva mujer, directiva de una multinacional. Un licenciado en historia medieval en paro. Aragón y sus leyendas, sus piedras románicas sus paisajes y un secreto que ha llegado hasta nuestros días sin levantar sospechas, pero ahora la casualidad hará que todo corra peligro; El grial, el secreto de la orden y la misma cristiandad.


Histórico Sólo para mayores de 18.

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La Ventisca.

Jacetania- Reino de Aragón en el año de Dios de 1117.-


La prolongada marcha los llevaba a todos cabizbajos sobre sus corceles.

La nieve racheada por la ventisca les golpeaba en el rostro, como si miles de vidrios hubiesen estallado desde algún lugar de las alturas de aquellas cimas heladas. No se oía ni un solo ruido que no fuese el del cruel viento. Las cabalgaduras bajaban sus testas para evitar que toda aquella furia impactase en sus ojos. Relinchaban, heladas y exhaustas en suplica resignada a sus amos que se protegían con sus capuchas de el inhóspito invierno aragonés.

Ramiro se elevó ligeramente sobre su montura. En seguida se giró hacia la comitiva que lo seguía en línea de a dos y a corta distancia. Era una compañía de ocho caballeros que le acompañaban. Todos ellos vestían una sobrevesta de color azul añil en la que destacaba en blanco la cruz de Iñigo Arista, primero de los reyes de Navarra, madre del reino de Aragón. Los hombres de Ramiro llevaban todos la misma insignia, aunque solo la suya erade grandes dimensiones y lucía en el centro del pecho.

Con un gesto de la mano les azuzó a animar el ritmo. Tras la cortina blanca grumosa dela ventisca, se dibujó la imagen de un molino y una estructura adosada a este de la que salía humo. Junto al conjunto del molino, se adivinaba una pequeña aldea, una pequeña iglesia con un campanario bajo y varías casas en semicírculo mirando hacia la torre de esta.

Se escucharon gritos de júbilo acallados por el vendaval.

La estructura junto al molino no era otra que la posada. Aquella aldea estaba justo en el camino desde Pamplona hasta Jaca, a las faldas del Monte de la Santa Cruz. Undués parecía un oasis de esperanza en un mar de nieve y viento al Sur del río Aragón y cerca del monasterio de Leyre y de la villa aragonesa de Javierre con su castillo. Tierras ganadas a sangre por cristianos a los sarracenos que se replegaban hacia el sur en un avance imparable del joven Reino de Aragón.

Para fortuna de los caballos, la posada disponía de un refugio junto a los muros de la edificación que le resguardaba de los vientos del N. Los caballos apenas cabían, pero los animales no tenían problemas por compartir el reducido espacio después de la dura travesía que habían soportado desde los limites del reino, bajo techo y compartiéndose el calor de sus cuerpos.

Las bisagras del portón sonaron cuando este se abrió bajo el peso de sus añejas maderas. AL fondo, un hogar daba un cierto calor a la estancia en la que apenas cinco mesas alargadas se repartían dejando cierto espacio entre ellas. A la derecha, una ventana cerrada por robustas hojas de madera y pasador de hierro dejaba colarse por sus rendijas el viento helador del exterior.

Ramiro observo que solo una de las mesas estaba ocupada, la mas próxima a hogar, por un caballero y su acompañante. Tenía en sus ropas bordado en azul y oro un escudo con un par de leones rampantes uno sobre el otro. Ramiro los saludo con un leve gesto de inclinación de la cabeza que respondieron imitándolo. Conocía a ese linaje; se trataba de caballeros de la casa Navarro, de la villa de Exeya* al sur de Undués conquistada apenas 12 años atrás a los infieles bajo el mando de Alfonso I- Batallador.

Alejada del fuego pero también de la ventana y de la puerta por la que se colaba el frío, localizó una tabla a la que se dirigió seguido por sus caballeros. El mesonero quedó sorprendido por el numeroso grupo y se frotó las manos al ver que iba a haber aquella noche mas ingresos de los que había imaginado.

Los nueve se sentaron a la mesa, apretados unos contra otros.

Ramiro presidía una de las cabeceras.

Bienvenidos caballeros al mesón de Undués.- Saludó el mesonero. Un hombre alto y robusto con cara de bonachón y sonrisa inteligente.- Que puedo ofrecerles?.

-Vino y algo caliente que llevarnos a la boca buen hombre- Contestó Ramiro.

-Vino no me falta para todos, pero caliente y a estas horas ya de la tarde cuando la noche casi se nos ha echado encima... Tengo un caldo de puerros y zanahorias que hizo mi esposa ayer y aún queda para saciarles. Quizás algo de carne seca de cerdo.

-Será suficiente si está caliente.

Los caballeros guardaban silencio, pero las sonrisas se dibujaban en sus rostros. A buen refugio, con sus corceles a cubierto y a esperas de un buen vino y caldo caliente era difícil no dejarlas asomar.

Otro de los caballero, Rodrigo, dejó reposar delicadamente el zurrón del que nunca se separaba. Lo abrió con sumo cuidado, parecía incluso que con respeto. Examinó su contenido desenredando una maraña de trapos que lo envolvían y protegían cuidadosamente de los golpes. Sonrió al comprobar su perfecto estado. Miró a Ramiro, su amigo y superior, y asintió con la cabeza cerrando la comunicación con una sonrisa.

Ramiro miró alrededor, temeroso de que alguien los observase. Los del estandarte de la casa Navarro no parecían muy interesados en el nuevo grupo. Hablaban jocosamente entre ellos. El mesonero se esmeraba en lo que fuese que estaba preparando y de resto no había nadie mas que una joven y descarada moza que no había dejado de mirar a Rodrigo desde que entraron. Supuso por su temprana edad que debía ser la hija del mesonero.

Rodrigo era un apuesto caballero. Su melena, aunque ya grisácea y sus ojos negros, su estilizada figura y una sonrisa encantadora hacía que las mujeres se desarmasen ante sus encantos. Sin embargo, lo mejor de Rodrigo era la nobleza de su interior. No era un niño ya, había superado los 30, pero su actitud jovial y su energía le dotaban de un carácter alegre y joven que engañaba. Su vida había sido intensa y sufrida, interesante y llena de aventuras, pero nadie lo diría al verle hablar e interactuar con los demás. Ramiro le había nombrado portador. Sabía que su ingenio, su actitud y su experiencia, rodeados de ese halo de lealtad que tintaba cada uno de sus actos lo hacían el candidato ideal para llevar consigo al Secreto Sagrado.

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Cruz de Iñigo Arista.

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*Exeya: Hoy Ejea de los caballeros, al N de Zaragoza cerca de Navarra y Huesca, villa medieval perteneciente a la comarca de las cinco villas.

9 de Abril de 2020 a las 10:15 0 Reporte Insertar Seguir historia
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