taty_mc Esthela M.C.

Dime, ¿aún no lo sabes? Estás por sufrir una agobiante pesadilla. Portada: diseñada por mí. Leer bajo tu propia responsabilidad emocional.


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Piedra Blanca

En aquel entonces los habitantes de la ciudad de Catacamas conjeturaron varios escenarios inciertos para la imponente Montaña Piedra Blanca, que debe su nombre a la piedra escarchada blanquecina que sostiene entre sus brazos, terrosos y arbolados, protegiendo el valle de Catacamas, como una majestuosa protectora, o amenaza latente.


Entre estos se hacía mención que la montaña, agotada por las quemas que intimidaban su territorio, se desprendería de su abrazo maternal para dejar rodar la inmensa roca sobre la población de aquella ciudad, popular, en ese entonces, por sus calles históricas, con edificios de aspecto pueblerino, que se profesaban semejante a un recóndito lugar europeo en la que, hoy en día, es la antigua parte central de Catacamas, sumada una exquisita variedad turística, que sólo los extranjeros se dignaban a apreciar.


Estanques de sangre, miembros triturados, ningún sobreviviente, ni animal, ni humano. Pero Camila sabía que ese cálculo es improbable, e inexacto. Como máximo, la Piedra Blanca sólo eliminaría a la mitad de la población en general. Así que, mientras los oyentes hacían visión de una devastación donde ni ellos tendrían escapatoria, ella prefería imaginarse a sí misma como una espectadora de tan atroz, pero secretamente estimulante, acontecimiento. Los cuerpos… la sangre, y una línea divisora que acaba justo donde ella se encuentra parada. Del otro extremo, el cuadro terrorífico de un escalofriante suceso.


En contexto, no importa de qué lado de la cama duerma, ni la posición en que se encuentre. Ya sea boca arriba, en posición fetal, de lado, o desparramada, una vez que los fragmentos de su realidad se alteran en diminutas descomposiciones distorsionadas, es como si nunca fuese a escapar.


Esa parte de su cerebro, escogía las peores horas de la madrugada, para volverla consciente de que su cuerpo dormía. Tres de la madrugada. Tres un cuarto de la madrugada. Tiempo insignificante que para ella es una eternidad. Para Camila, es una señal. El diablo eligió su alma, por sobre las demás, para derrumbar sus noches, atormentando su frágil espiritualidad.


Camila tembló. Quizás esos pensamientos tan retorcidos que tuvo de niña era lo que la llevaba a experimentar el peso de la Piedra Blanca sobre las extremidades de su flacucho cuerpo, ahora adulto.


Por sus venas corría hierro espeso. Está despierta. Pero sus extremos, superiores e inferiores, no están al tanto. Ni tampoco sus parpados. Sus manos no están atadas, mucho menos sus pies, eso significa que puede escapar. Utilizó toda su capacidad mental para ordenarle a su cuerpo que obedezca, pero dicha desesperación sólo agitó su forzosa espiración. Olvidó cómo se respira. Sabe que debe contener oxígeno en sus pulmones y luego desecharlo, pero ejecutarlo es más difícil que comprender la teoría básica del mecanismo humano.

Tiene que pedir auxilio, alguien tiene que escuchar su tan desesperado clamar. Pero su garganta esta comprimida. Ni siquiera un gemir se vacila por sus labios. “Mantén la calma”. Sostiene un compás funcional para respirar. No entiende lo que está sucediendo. Opta en que debe levantar sus parpados, quizás estos sí respondan, pero no es tarea fácil. Es como si alguien hubiese grapado la bolsa de sus parpados, en ambos ojos, mientras dormía.


Se enfrentaba a dos opciones: seguir combatiendo, o presenciar en su inconsciente cómo deja de pertenecer al mundo de los vivos para dejarse arrastrar por el de los muertos.


“Tú tienes el control, tú tienes el control. ¡Tú tienes el control!”, gritó lo más fuerte que pudo, con la voz de su cabeza. Sus parpados se abrieron. Por el esfuerzo sobrehumano que tuvo que ejercer, nuevamente su respiración entra en desequilibrio con los latidos de su corazón.


Sus pupilas se proyectaron a todas direcciones, estudiando hasta el rincón más disimulado de la habitación. Las mismas cuatro paredes en las que vivió su infancia, ahora se sentían impropias. Ajenas a ella. Camila es la invasora de su realidad.


Algo la observa. Lo siente. Pero no desde la ranura de la puerta entre abierta del baño, tampoco está a sus pies. No lo alcanza a observar por su hombro izquierda. La escasa luz que se filtra por la ventana, muestra un vacío sillón de lectura, que se encuentra a sus espaldas. La sensación es persistente. Viene de la parte más oscura de la habitación, situado a su derecha, lado en que se rige su inmóvil figura. Sobresale entre las tinieblas una sombra con imposición inhumana. Levita a tres metros del suelo, pero no tiene pies, su rostro carece de boca y ojos, pero Camila sabe que la está observando fijamente, desde donde se supone estarían sus glóbulos oculares. Su cuerpo no se define por una silueta, pero su presencia se asemeja a una demoníaca masculina. No hacía más que mirarla.


Camila, frenéticamente, obligó a cada parte de su cuerpo entrar en razón, recordarles a quién pertenecen, pero apenas y consiguió que su dedo meñique, de la mano, se irguiera unos milímetros. Esto no le agradó a su acompañante.


La figura deforme se extendió sobre su cuerpo, a medio metro de altura, incrementando el peso que, de por sí, Camila soporta. ¿Cómo es que yacía boca arriba, si hace unos momentos, reposaba de lado? “Tranquilízate, tú dominas la situación”, se mintió, vilmente.


Miró sus propios labios, intentando averiguar por qué no podía gritar. Su pecho subió y bajó con violencia, sus ojos casi se salieron de órbita, y sus lagrimales derramaron los gritos que sus cuerdas vocales se negaban a liberar. Su boca estaba cocida en forma de zigzag, por un hilo negro grueso, de contextura áspera. Entró en pánico. Nadie la sacaría de ese estado tan espeluznante. Su cuerpo interpuso las reglas. Camila es su prisionera.


Una parte de la sombra se desprendió, adquiriendo forma de garras, a medida se acercaba a la mano derecha de Camila, misma en la que había movido su meñique. A Camila le estremeció, que aquella criatura nocturna y deforme, tuviese un tacto tan suave, pese a tan escalofriante apariencia. “Quizás no me haga daño”. Otro fragmento de la sombra se desglosó, cerrada, aparentemente, en puño, para exponer las cuatro cuchillas de doble filo que de sus nudillos derivaban. El horror de Camila se disparó. No pudo apartar su mano, aunque practicó toda la voluntad del mundo para hacerlo. Nunca dejó de llorar, pero su rostro no emite expresión alguna, a excepción de la que se produce en su mirada.


Las cuchillas se enterraron en sus dedos, desgarrándole la piel. La estructura de sus tendones y la exposición de los huesos ensangrentados, le revolvieron los ácidos estomacales y la doblegaron, mentalmente, de dolor. Sus pulmones se destrozaron en agonía. Se sacudió. ¡Su cuerpo se movió!


El hilo costurado en sus labios estaba rasgándole la sensibilidad de la piel. Camila conseguiría abrir la boca, y gritar, por ayuda, por dolencia, por consternación, por terror. La entidad se percató. Desapareció. Entonces, ella despertó.


Sentada en la cama, con las sabanas enredadas entre las piernas y su cuerpo empapado en sudor, sus manos fueron directamente a la boca. Tenía la lengua desabrida de resequedad. Vio el bulto a su izquierda y lo removió para despertarle.


— ¡Robert! ¡Robert, tuve una parálisis del sueño!


Pero su compañero, de esa noche, no contestó. Camila salió de la cama y sacó una cajetilla de cigarros del gavetero, junto a un encendedor. Se sentó en el sillón de lectura, a la luz de la luna, y con el cigarro entre dientes, intentó poner la flama arder, pero la ansiedad se interpuso en su propósito, volviendo sus deseos de fumar, una auténtica batalla de torpeza. Los echó a un lado y encendió la energía eléctrica.


La viscosidad carmesí goteaba del lado derecho de la cama, dejando un charco de sangre en el piso. Los parpados del bulto habían sido grapados repetitivamente, hasta que no volvieron a abrir más. Sus dedos de la mano derecha, esparcidos por distintos puntos de la habitación, como si quien se los arrancó los hubiera arrojado festejante de excitación. Donde debían estar sus labios sólo quedaba carne mascada, seca, que comenzaba a emanar un olor repulsivo en la habitación.


—Debiste verlo, Robert. Sentí que no saldría esta vez. Era como si tus heridas se reflejaran en mí. Tuve miedo, pero me tranquiliza saber que sigues aquí, sin importarte mi trastorno del sueño. Por cierto, la sutura me quedó bonita, ¿no crees? Seré una buena enfermera. Mientras tanto, seguiré practicando. Gracias por escucharme, Robert, mis manos dejaron de temblar. Fumaré ahora. Espero que el humo no te moleste.


Aquel hombre, de cuarenta y tantos años, dejó de respirar hacía varias horas atrás. Pero nadie se enteraría de su terrible, y agonizante, desaparición, en aquella remota ciudad de Catacamas.

26 de Mayo de 2020 a las 05:56 0 Reporte Insertar 1
Fin

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Esthela M.C. Una soñadora que pretende convertirse en programadora, aunque eso le tome un par de años en oficializar, desahoga los pensamientos que la aturden por medio de relatos próximos a publicar.

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