esteban-joaquin-ururi828 Esteban Joaquin Ururi

Sejuani se ve forzada a tomar una decisión que cambiara el destino de la garra invernal para siempre, pero esta ella realmente dispuesta a pagar el precio?...


Cuento Todo público.

#Legaueofleguends #relato-corto #cuento
Cuento corto
0
707 VISITAS
En progreso
tiempo de lectura
AA Compartir

Silencio Para Los Condenados

Al otro lado del río congelado, las luces distantes y relucientes auguraban calidez y comida. Udyr se imaginó un fuego crepitando dentro de una de las casas de la ciudad. Junto al fuego reposaban montones de pieles caldeadas por las llamas.


El fuerte crujido del hielo del río despertó al chamán de su fantasía. Udyr profirió una maldición y tiritó. El aguanieve le había calado las pieles y el sol poniente indicaba que se avecinaban temperaturas gélidas y peligrosas. Sería difícil convencer a Sejuani de que cambiase el rumbo. Prefería evitar esa conversación y al resto de su ejército.


En el valle de más abajo, se aproximaba el grueso del ejército de Sejuani. Victoria tras victoria, la tribu Garra Invernal había absorbido a docenas de clanes y a toda la tribu Colmillo Piedra. Sejuani se había convertido en una auténtica comandante, pues lideraba a miles de guerreros sanguinarios, guerreros blindados, jinetes de mamuts e Hijos del Hielo.

Al frente de la tropa principal, los guerreros de la vanguardia de Sejuani estaban montando yurtas para alojar a los progenieros y establecer el puesto de mando para los exploradores del ejército. La tienda de Sejuani, vigilada por guardianes azules y cubierta de cuero bordado con runas, se alzaba imponente en el centro del campamento.


Conforme Udyr se acercaba, no paraba de salivar, la baba le resbalaba por la enorme mandíbula y los dientes le rechinaban con un hambre insaciable. Estaba totalmente ensimismado cuando, de pronto, vio pasar a un sabueso trotando. Le gruñó al perro, intentando recuperar el control de su propia mandíbula y liberarse del impulso animal que lo invadía.


Al poco, encontró a Sejuani ayudando a sus progenieros a construir una yurta.


Udyr sonrió con orgullo. Esa era su forma de hacer las cosas. No importaba qué tarea fuese; ella estaba siempre al frente. Montar tiendas de cuero de mamut en la tierra empapada era una ardua tarea. Mientras Sejuani golpeaba un clavo colmillo en el barro, se tambaleó y cayó sobre una rodilla. Muy cerca, los guerreros progenieros sufrían la gélida lluvia, y sus maldiciones sucedían a las de Sejuani.


Al verla levantarse, Udyr volvió a recordar que había crecido hasta convertirse en una mujer fanfarrona de espalda ancha. Para él, Sejuani siempre sería la niña menuda que había conocido hacía ya muchas estaciones; no estaba seguro de si quería verla de otra forma. Por aquel entonces, le había pedido consejo desesperada. Udyr temía que, quizá en tan solo unos años, se convertiría en una carga inútil para ella.


—Las condiciones meteorológicas han acabado con esta discusión, Udyr —vociferó por encima del aguacero.


—La tribu Vargkin está a unos días al oeste de aquí —comenzó Udyr—. Podríamos evitar cruzar el río, cogerlos por sorpresa y... —Las mentes de una docena de caballos cruzando inundaron la mente de Udyr. Sintió la tensión de sus músculos congelados cuando se estremecían en el frío—. ¡Cállate! ¡Nada de avena! —le gritó Udyr al caballo más cercano.


Los progenieros de Sejuani, atónitos, intercambiaron miradas nerviosas. Sejuani les dirigió a sus hombres una mirada de advertencia. Volvieron al trabajo inmediatamente. Ni siquiera ellos tenían derecho a cuestionar las peculiaridades de su chamán.


Ocultando las manos tras la espalda, Udyr cogió un pequeño pincho de plata de un saco que tenía escondido. Presionó el clavo metálico contra la palma de su mano. No fue el alivio de la meditación, sino el dolor del metal lo que le despejó la mente y le permitió centrarse en hablar como un humano.


—Los Vargkin solo están a seis días de marcha —resopló Udyr—. Y sus aldeas no están amuralladas.


Sejuani dejó que los ojos le volvieran a su sitio antes de responder.


—No nos queda tiempo, Udyr —Sejuani apuntó a las yurtas a su alrededor—. ¡Debemos tomar esa ciudad del otro lado del río, o moriremos congelados!


Señaló a algunos de los viejos guerreros que estaban cerca.


—La mayoría de colmillos largos se saltan comidas para alimentar a los jóvenes de la tribu. Ayer ayudé a Orgaii a enterrar a su hija —gruñeron los labios de Sejuani, amoratados a causa del frío y apretados con crudeza—. La niña tenía dos veranos pero era pequeña y frágil como si estuviera en su primera primavera —espiró y apartó la mirada antes de proseguir—. No seré responsable de que otro niño crezca con tal delgadez que no sea capaz de sobrevivir al frío.


—Pues ataca ya —dijo Udyr señalando la ciudad distante al otro lado del río—. Confiad en nuestras hachas y nuestra fuerza. Garras y dientes. A la antigua usanza.


—La antigua usanza es usar a los mejores guerreros —le interrumpió ella—. ¿Qué clan o tribu conocemos que sea más fuerte que los Ursinos? ¿Cuántos de nosotros morirían cruzando ese río sin su ayuda? No dejaré que el hambre diezme a mi ejército, no cuando he prometido a mi gente fuerza y victoria.


Le sujetó a Udyr el hombro con firmeza.


—Sé que tienes una buena razón para temer lo que...


—Temo al ejército de Ashe —replicó Udyr—. Todos los días, nuevos clanes se arrodillan ante el estandarte de tu rival. Cada luna, los avarosanos absorben tribus enteras. ¿Dices que quieres que la tribu Garra Invernal se vuelva más fuerte? Si trabajamos con los Ursinos.... no habrá esclavitud. Ningún guerrero que renazca como hermano del clan. Los Perdidos no se detendrán hasta que acaben con toda la vida de ese pueblo.


—Nuestro nombre es Garra Invernal. Son sangre de nuestra sangre —explicó—. Yo declaré esta guerra, y pararemos cuando...


—¡Los Ursinos no obedecen! —más que el dolor del metal que sostenía, fue la certeza de Udyr lo que terminó por despejarle la mente. Bajó la voz—. Su sed de sangre se propaga como una enfermedad. Nos consumirá.


—He apreciado tu consejo toda mi vida —afirmó Sejuani, tratando de medir sus palabras—. Pero debemos arrasar con esa ciudad mañana —concluyó.


—Hemos superado situaciones más complicadas que esta. —Udyr perdió el hilo de lo que decía cuando la consciencia de jabalíes, caballos, lobos, hombres y elnük fluyó por él. Luchó contra ellos, porque sabía que esta sería la última oportunidad de hacerle cambiar de opinión.


—Sejuani —dijo finalmente—, Kalkia fracasó muchas veces. Era demasiado propensa a arriesgarse, aceptaba la derrota demasiado pronto. Sé lo mucho que te falló tu madre. Pero tu abuela fue la auténtica cobarde de la tribu, siempre con el temor de parecer débil. Temerosa de...


—No toleraré que hables mal de Heljian —le advirtió.


—Incluso Kalkia era lo bastante inteligente para evitar los errores de tu abuela. —Mientras decía esto, Udyr supo que se había pasado de la raya.


—¿Fue un error que Hejian me separase de mi madre? —Los ojos de Sejuani reflejaban un brillo de furia—. ¿Habría sido mejor convertirme en una arpía del sur como mi madre? ¿Debería haber retozado en el trono como hizo ella? ¿Abrirme de piernas con el estómago lleno de hidromiel? Los inútiles en la batalla no se merecen gobernar —pronunció Sejuani con frialdad—. El único error de mi abuela fue tolerar el decreto de mi madre.


—Hejian te crio siguiendo sus propias ambiciones.


—Y yo le rindo honores por ello.—Toda cercanía y respeto que Sejuani había mostrado hacia Udyr habían desaparecido—. Convocaré a los Perdidos. Puedes ayudarme a negociar con los Ursinos, o puedes pudrirte en esta tormenta.


Las esperanzas de Udyr se desvanecieron.


—Entonces debería irme —dijo admitiendo su derrota—. El Señor Sabueso no se alegrará de verme.


Y a Udyr tampoco le hacía gracia aquel desafortunado encuentro.


La cara de Sejuani se transformó y se tranquilizó antes de mostrar una sonrisa ingeniosa.


—No —sonrió—. Por eso precisamente te necesito conmigo, viejo amigo.


--------------


Sobre él, las hojas del árbol-canción eran del color de la sangre. Al ver caer una hoja escarlata, Udyr se dio cuenta de lo mucho que había malinterpretado el color rojo. En su tierra natal, solo había visto su tonalidad salpicada en la blanca nieve. En Freljord, el rojo era el color de la violencia. En Freljord, el color rojo indicaba que se acercaba la muerte. Pero, en realidad, era el color de la vida. Siempre que la vida no los abandonase, todo hombre y toda bestia lo portaban.


Udyr abrió los ojos.


El punto rojo ardiente de la vela de la meditación fue lo primero que vio. La lluvia siseaba contra las llamas cada vez más pequeñas de su hoguera. El viento sacudió las paredes de cuero hundidas de la cabaña que, probablemente, no resistirían la noche. En el suelo a su alrededor, una escasa corriente de agua helada fluía entre el cuero del suelo de la yurta. No se encontraba con monjes en lo alto de una colina de las tierras lejanas de Jonia; estaba en la periferia del campamento de Sejuani.


"Este es mi hogar", pensó con un orgullo resentido.


Hacía semanas que Udyr no lograba meditar, pero no había tiempo de mortificarse por ello. Cuando su entorno volvió a centrarse, las voces volvieron.


La cacofonía ineludible dejó sin aliento al chamán. Los pensamientos ajenos de los elnük, drüvasks y caballos cercanos inundaron su consciencia con sentimientos ajenos: un paisaje estruendoso que solo él y los caminantes espirituales más poderosos alcanzaban a oír, pero nunca acallar del todo. Las emociones del hombre llegaron después. Eran bestias como otras muchas. Miles de pensamientos dispersos: ira, miedo, amargura, frío...


Udyr no era capaz de oír su propio grito. Tan solo era consciente de la aspereza en su garganta. Las voces no desaparecían; nunca lo hacían. Rebuscó en su saco el pincho de plata. El metal le quemaba entre los dedos cuando Udyr lo encontró. Se lo clavó en la palma de la mano una y otra vez. El impacto del metal agravó sobremanera el dolor, pero haría cualquier cosa para acallar las voces. Cualquier cosa.


---------------


Sejuani se preguntó cuántas provisiones del ejército estaba arriesgando para intentar contactar con los Ursinos. Las enormes hogueras crepitaban con llamas tres veces más altas que un hombre. El ejército de Sejuani las rodeaba, hambriento y frío, con una mirada vacilante que reflejaba agotamiento. La madera seca era un lujo que determinaba la vida o la muerte en este clima. Y no había ninguna garantía de que los Perdidos viniesen.


Los leños de las hogueras se habían colocado de modo que formasen el diseño de triángulos entrelazados del nudo de la muerte. Apilada una encima de otra, la madera formaba una serie de torres ardientes. Alrededor de los fuegos se habían colocado unas altas estacas de hierro, forjadas con los símbolos de los Ursinos. Cada estaca estaba rodeada de una pila de armas y huesos, como si de leña se tratara. Todo estaba listo. Los guerreros que se preparaban para canalizar el juramento solo necesitaban la bendición roja para iniciar el ritual.


Sejuani hizo una señal al acólito del espíritu del oso para que comenzase. Este levantó un enorme cuenco de madera sobre los que recitaban el juramento y lo vertió. La sangre de oso los cubrió de hileras pegajosas de la sustancia que se aferraban a los rasgos y el pecho de los hombres. Luego, uno por uno fueron asiendo el tótem de garra de oso, se lo frotaron por el pecho y rugieron de dolor al abrirse heridas en la piel.


La última oradora, una niña de solo diez veranos, se puso a temblar cuando el acólito del espíritu del oso le ató el tradicional manto de pluma de cuervo alrededor del cuello. Seguidamente, se unió al coro de guerreros que rodeaba la hoguera principal. Puso los ojos en blanco cuando emitió un ruido que aguantaba en la garganta, como el viento que llora en la tormenta. Ahora era el turno de los otros oradores. Todos superpusieron varios tonos al mismo tiempo para crear un canto fúnebre gutural y antinatural que armonizaba con el rugido del fuego. El miedo inundó a Sejuani al escuchar el sonido, como si de un hambre insaciable se tratase.


—Llamad a Udyr —ordenó a un par de progenieros. Hipnotizados por el fuego, asintieron sin hablar, incapaces de apartar la mirada de la ceremonia—. ¡Encontrad a nuestro chamán! —gritó.


Su voz los hizo salir del trance y los guardias se dirigieron con dificultad hacia la oscuridad, fuera del alcance de la luz del fuego.


Sejuani fue desde la hoguera hasta Bristle, su montura. Sabía, a pesar de la incertidumbre, que su pueblo necesitaba sentir que ella estaba lista para guiarlos a la batalla.

Se subió a la silla colocada sobre el lomo de la gigantesca montura, un enorme drüvask de aspecto similar a un jabalí. Sus hombros la doblaban en altura y pesaban más que una docena de hombres. Cuando la criatura bufó inquieta, no necesitó el entrenamiento del gran chamán para saber lo que había sentido.El hielo crujió alrededor de las garras de aquel corcel ligado a su alma, y la inquietud de Sejuani resonó con la suya. Estaba arriesgando algo más que las provisiones del ejército.


Sobre Sejuani, las ascuas del fuego flotaban hacia el cielo. Puntitos de luz titilante se elevaban balanceándose, indicando una tormenta inminente. Un relámpago distante iluminó brevemente el grupo de nubes feroces que se agitaba hacia ella. Frente a esta poderosa vorágine, Sejuani volvió a sentirse como la niña pequeña que un día había sido.

Un rayo destrozó una estaca de hierro con un gran estruendo. Sejuani se inclinó hacia adelante en su montura y pasó los dedos por el pelaje oscuro y áspero de Bristle. A un caballo, o a otra montura inferior, Sejuani le habría mentido pronunciando palabras reconfortantes.


—A mí tampoco me gusta —dijo en su lugar—. Pero ahora todo depende del gran chamán...


------------------------


La mañana no llegó.


Nubes negras y revueltas bloquearon el regreso del sol.


Udyr se estremeció en el frío. La lluvia se había congelado durante la noche. La escarcha de sus ropajes dificultaba todo movimiento. Su mente se retorcía y divagaba sin control. Demasiadas criaturas, demasiados hombres, lo rodeaban, y el clamor de su miseria aullaba en su mente.


Sejuani había organizado a sus tropas en una formación de doble cuerno al borde del bosque y junto a la ribera. Los campamentos y los guerreros hogareños estaban situados en la colina tras las huestes de vanguardia. Todos habían desenvainado sus armas y estaban preparados, esperando la llegada de la tribu Ursina. Los guerreros sanguinarios se golpeaban los escudos y los tambores resonaban.


Así se hacían las cosas en Freljord. Había que demostrar que eras aliado antes de que cualquier bando desenfundara las armas.


Chispas diminutas de electricidad estática comenzaron a chasquear en las armaduras, espadas y hachas de la Garra Invernal. Udyr observó la reacción de los guerreros de la tribu frente a este desconocido fenómeno que saltaba entre las armas. Podía sentir su miedo.


Al frente de su ejército, Sejuani se quitó la capa con un ademán ostentoso. No cabía duda de que lo hacía para recordarle a su tribu que su comandante era una auténtica Hija del Hielo. La batalla era el único calor que necesitaba; la magia de hielo corría por su sangre. El ejército la aclamó.


Udyr la siguió hasta el borde del bosque. Los rasgos de su cara se estiraron y transformaron. Le salieron colmillos, que se convirtieron en unos más largos y luego volvieron a amoldarse a sus rasgos. Le creció vello por toda la piel hasta formar un pelaje que lo cubrió por completo. Luego, como las olas de una bahía, el cambio se revirtió hasta volver a la normalidad. Gruñó, farfulló y salivó. De repente, los ojos de Udyr se ensancharon.


—Han venido.


Se hizo el silencio.


El primero de los Ursinos surgió de entre los árboles del oscuro bosque sin hacer ruido. Salvajes, con la piel teñida de marrón por la sangre. El pelo cubierto de mugre. Algunos estaban desnudos, otros llevaban pieles de oso o los restos deteriorados de las vestimentas.


Luego llegaron las bestias, osos sobre todo, de varios tamaños y colores. Udyr conocía algunas de las razas, pero otras no las había visto nunca. Eran caminantes espirituales atrapados en la forma del oso implacable. Hombres que habían olvidado que un día fueron hombres.


Después llegaron los monstruos.


Constituían una extraña mezcolanza de osos y otras criaturas pertenecientes a las leyendas, los sueños y el folclore. Todos habían sido hombres antaño, pero ahora, tan consumidos por el verdadero espíritu, habían sobrepasado el aspecto normal de los animales. El más grande, una especie de oso inmenso, salió lentamente del bosque. En lugar de cabeza tenía un cráneo de alce descompuesto sobre una melena de plumas negras. Un fuego azul le brillaba en los ojos. Abrió la mandíbula para revelar la cara de un niño dentro de las fauces. El niño abrió también la boca y escupió un líquido marrón y repugnante. Siguieron saliendo pesadillas del bosque. Cojeaban, se arrastraban y se movían con pesadez, acercándose.


Los Ursinos se juntaron en una línea de batalla irregular frente al ejército de Sejuani. No hicieron ademán de atacar ni emitieron una sola palabra. Tan solo aguardaron.


La respiración entrecortada de Udyr se ralentizó y sus temblores dejaron paso a un balanceo hipnótico. El dolor de las manos desapareció. Reconoció a algunas de las almas a lo largo del campo: pupilos, maestros y antiguos oradores. Chamanes de clanes que había conocido en tabernas, guerreros que había conocido en refriegas. Conservaban poco de su consciencia; la mayoría habían olvidado su pasado humano. Algunos habían desgarrado sus almas hasta que solo les quedó la pura emoción del espíritu del oso implacable, una confianza descontrolada que rozaba la ira.


Un hombre salió caminando de entre los árboles, ataviado tan solo con una capucha de plumas de cuervo y una capa de piel de oso. El Señor Sabueso.


—Soy Ursino. Vengo en nombre de Volibear —anunció.


Udyr lo recordaba de años atrás. Antaño respondía al nombre de Najak, un chico problemático y un caminante espiritual sin entrenar con un gran potencial. El primer pupilo de Udyr, del que solo quedaba la voz de Ursino. A pesar de su empeño y de recurrir a la magia que lo rodeaba, Udyr apenas obtenía sonidos del espíritu o la mente de Najak. Ya no quedaba nada de aquel chico.


"Cuánto te he fallado", pensó Udyr, recordando demasiado tarde que Najak podía escuchar su mente con tanta claridad como si lo hubiera dicho en voz alta.


—La cobardía es tu verdadera debilidad —rugió el Señor Sabueso en respuesta al pensamiento de Udyr—. Te torturas intentando controlar nuestro don. Negando su auténtico poder.


El viento aulló brevemente a través de los árboles cubiertos de hielo que tenía a sus espaldas; parecían repiques fantasmales.


—¿Por qué nos habéis llamado, Garra Invernal?


—Solicito la fuerza de Ursine. —entonó Sejuani—. Te pido que luches junto a mi ejército, Señor Sabueso.


El joven caminante espiritual giró la cabeza, y pasó de mirar a Udyr a Sejuani sin mover los ojos inertes.


—Te equivocas al pedírmelo a mí. Yo solo soy la voz de Volibear.


—Como su representante, tomaré tu juramento por...


—No puedo hablar en su nombre. Solo soy un intermediario —dijo el Señor Sabueso interrumpiéndola. Parecía estar escrutando fijamente a Sejuani—. Nuestro señor camina con nosotros.


Udyr sintió su poder antes de que hiciese acto de presencia. Las voces y los espíritus de los hombres en torno a él que lo habían atormentado una y otra vez en su mente empezaron a calmarse. Hasta la voz de Sejuani, que estaba a su lado. La impaciencia e irritación de Sejuani se esfumaron. Volibear había llegado.


En el bosque detrás de Najak, los grandes árboles de hojas negras crujieron y temblaron. La criatura, más alta que un mamut, emergió del bosque. Los bloques de músculos, más grandes que un hombre, impulsaban a la bestia hacia adelante. Su armadura ancestral rota, de corazas oscuras de metal estaba embarrada de sangre reseca de cientos de batallas. Armas destrozadas, oxidadas por el paso del tiempo, le sobresalían de la espalda y los hombros. La piel de una de las mitades del rostro estaba arrancada, donde se entreveían huesos grasientos, dientes y cuernos. De su boca goteaba una sangre antinatural de color negro. Sus cuatro ojos, extremadamente antiguos, extraños y despiadados, pasaron por Sejuani hasta Udyr.


A medida que la personificación del espíritu del oso se acercaba, parecía la calma que reina en el centro de la tormenta. La concentración de Udyr se unificó. Ya no quedaban sonidos en su cabeza. Ni animales. Ni sentimientos. Ni siquiera los propios pensamientos de Udyr se escuchaban. Solo sentía a Volibear. Su silencio no se parecía en nada al de un hombre ni animal. La consciencia de Volibear lo desolaba todo con su pureza.


---------------------


A pesar de que el ejército de Sejuani superaba en número a los Ursinos por cien a uno, los guerreros se apartaron ante la presencia de Volibear. Mammuts de guerra enormes, veteranos de innumerables batallas libradas contra hombres, troles y los vastaya skard temblaban de miedo.


Sejuani se quedó sin aliento al ver a la increíble criatura ante sí. No había considerado la posibilidad de que la personificación del espíritu del oso respondiese a su invocación en persona. Poco importaba el valor que los Perdidos pudiesen ofrecer, su maestro valía mil veces más.


Entonces, se armó de valor en su montura y se mantuvo firme ante el lento avance de Volibear. En lugar de miedo, su cara reflejó un atisbo de ambición.


-----------------------


Udyr luchó contra el silencio, tratando de hablar, para recordar las historias de su infancia. Algunos decían que incluso Volibear había sido un hombre. Un gran chamán y caminante espiritual que se había entregado por completo al espíritu del oso, tanto que era capaz de manifestarse a través de él. Pero viendo el tamaño del monstruo, dudó que aquella cosa hubiese sido un hombre alguna vez. Cuando Volibear se detuvo delante de Sejuani, un rayo restalló en la espalda de la criatura.


La pregunta de Volibear penetró en la mente de Udyr. Lo abrumó. Udyr sintió como si las palabras explotasen dentro de sus ojos y le atravesasen las puntas de los dedos.


—¿Qué batalla es digna de nosotros, niña guerrera?


La voz reverberó en cada Ursino y caminante espiritual que había en aquel terreno.

Sejuani había contemplado como los ojos del Señor Sabueso se le ponían en blanco, y a continuación se oscurecían antes de inclinar la cabeza hacia atrás. Ahora el pequeño hombre habló con una voz más parecida a una avalancha. Era como si una tormenta hubiese tomado el control de su garganta y se hubiera transformado en aquellas palabras. No obstante, lo que sorprendió a la matriarca fue escuchar que el susurro de Udyr formulaba la misma pregunta.


Sejuani se recuperó pronto, sonrió y contestó con una voz que ambos ejércitos pudieron oír.


—Quemaré las granjas del sur. Cazaré a sus hijos como si de un juego se tratase. Aplastaré sus muros y sus casas de piedra para que nadie vuelva a alzarse contra nosotros —señaló hacia el sur—. Todo lo que toca la nieve será nuestro. Temerán mi nombre y nuestra tribu dominará para siempre.


Durante unos instantes, solo el sonido de la capa de Udyr ondeando en el aire siguió a su proclamación. Por encima de Sejuani, unas nubes negras se arremolinaban cual tempestad.


—Solicita nuestra fuerza —dijo la voz.


Con toda la fuerza de su voluntad, Udyr metió la mano en la bolsa. Sacó su clavo de plata; el frío ardiente del metal le adormeció el brazo. Si pudiese hablar antes de que Sejuani aceptase el trato... si pudiese conseguir articular palabras humanas... Tenía tiempo...


Aún no era demasiado tarde.


—Te pido tu fuerza —respondió Sejuani, antes de que su mentor consiguiese moverse hacia adelante. Temblando y con las piernas rígidas, se tropezó entre ella y el gran espíritu del oso.


Udyr se clavó el pincho de plata en la mano, pero no sintió nada cuando atravesó la carne. No sintió dolor, ni siquiera pudo notar la energía del metal. Abrió la boca para hablar, pero no logró emitir palabra. En su lugar, la conciencia de Volibear lo sacudió, y cayó de rodillas.


—¿A quién ofreces como sacrificio? —Udyr y el Señor Sabueso hablaron con la voz del espíritu.


Udyr cerró los ojos y se imaginó la colina de Jonia y las hojas rojas cayendo a su alrededor. El recuerdo de haber aprendido meditación y a controlar sus poderes parecía estar vacío en aquel momento. Una tierra lejana a la que nunca podría llamar hogar y que nunca volvería a ver. Luego, Udyr recordó su regreso a Freljord, cuando conoció a la joven Sejuani y los años que pasó viéndola crecer hasta convertirse en una comandante bajo su tutela.


Desde fuera de su cuerpo, Udyr escuchó su voz resquebrajarse del esfuerzo.


—No te jurará lealtad, espíritu del oso —tragó saliva mientras avanzaba hacia la monstruosa criatura—. Solo ofrecemos la guerra y su muerte.


Volibear rugió con furia. La fuerza del aullido empujó a Udyr hacia Sejuani cuando el hechizo de la bestia se rompió.


-----------------------


Sejuani había cazado dracónicos de hielo ella sola. Se había hecho un nudo de la muerte con su pelo antes de combatir una docena de veces en el pasado rigiéndose por los mismos juramentos: una victoria garantizada o su propia muerte. Se había adentrado en la completa oscuridad y había derrotado a troles sin ver nada. No obstante, el momento en que el hechizo de Volibear se rompió, cuando vio a esa monstruosa cosa cernirse sobre ella, conoció lo que era el verdadero horror. Se le erizó el pelo. Desprendía furia desde dentro de su carne. Le brillaban las cicatrices. De la boca le surgía electricidad, como si fuera a explotar. La inundó el terror más intenso que había sentido nunca; había estado a punto de jurar su lealtad y la de su pueblo a los Ursinos.


Este era el verdadero poder de Volibear.


Miró a su antiguo mentor boquiabierta. De alguna forma, había dado con la fuerza para enfrentarse a su poder.


—¿Le temes a nuestra guerra, gran espíritu de oso? —le gritó Udyr al monstruo.


La inmensa criatura, que cada vez se parecía menos a un oso, rugió de nuevo: parecía que la carne se le despegaba: los músculos, el pelaje y la carne se separaron y empezaron a flotar, y quedaron vinculados únicamente por el incesante chisporroteo lumínico de su interior. Volibear se movió con la intención de atacar. Antes de que pudiese golpear, Sejuani cabalgó hacia adelante y bloqueó el camino que conducía a Udyr.


—¿Lucharás a nuestro lado, oso de tormentas y territorios salvajes? —bramó Udyr—. ¿O le teméis a nuestra guerra?


Tras unos instantes, el monstruo respondió.


—No le tenemos miedo a nada.


-----------------------------


Udyr caminó por los restos de las puertas en ruinas de la ciudad. Con lo que había quedado de la ciudad del río, no habría suficiente calidez humana para deshacerse del frío de la noche. Las estructuras a su alrededor habían quedado reducidas a esqueletos chamuscados. Por encima de las pilas de escombros puntiagudos solo quedaban vigas quemadas y chimeneas de piedra.


Mientras se dirigía al centro de la ciudad, las pisadas de Udyr dejaban un rastro gris pálido en la calle cubierta de hollín. Paredes de humo negro se desplazaban a su alrededor, oscureciendo las calles y los edificios de piedra demolidos a su paso. Cuando una nube oscura se hizo a un lado unos instantes, dejó ver una docena de guerreros del clan Garra Invernal. Habían formado una línea alrededor de una torre de guardias en llamas, y empujaban a los pocos supervivientes hacia el fuego. Los guardias de la ciudad restantes intentaban escapar con desesperación y desamparo, pero fueron recibidos con hachas y muerte.


Cerca de ellos, un Ursine descuartizaba los restos de un tendero. Giró su cara salvaje para mirar a Udyr. La sangre le cubría el pelaje mientras clavaba salvajemente un par de hachas en el cadáver del hombre. Sin parar, el Ursine profirió un rugido, y los guerreros que estaban a su lado dieron alcance a los últimos guardias y los lanzaron sin piedad a las llamas.

Eran los primeros supervivientes que había visto Udyr. Los Ursine habían atravesado las defensas de la ciudad primero. Las fuerzas de Sejuani los siguieron, pero igualaron la brutalidad de los Perdidos. Incluso ahora, Udyr podía sentir la seguridad cruel e incuestionable del espíritu del oso colarse en los pensamientos de todas las criaturas que lo rodeaban. El poder de los Ursine estaba en aumento.


Udyr subió por los escombros de una escalera hasta una plaza en ruinas. Rodeado por altos edificios de piedra, encontró al monstruo que lo esperaba. Solo y en medio de la ciudad, la personificación del espíritu del oso había empalado a los cadáveres en estacas colocadas con un patrón inescrutable. De los cuerpos alanceados alrededor de la bestia crecían ramas y raíces negras cual gusanos que van surgiendo poco a poco de la tierra. La carne y el pelaje del rostro de Volibear se habían recuperado, y ahora parecía tener unos músculos más gruesos, sin duda más fuertes que antes.


Los ojos de Volibear se volvieron hacia Udyr cuando el chamán se aproximó. En su rostro apareció una docena de ojos nuevos, cada cual tan oscuro y frío como los de una araña. Puede que percibiera la magia extraña en el chamán de la Garra Invernal, y pasó a considerarlo digno de análisis. De alguna forma, Udyr supo que esta vez le hablaba solo a él.


—Renaceré. No puedes detenerme, hijo de hombre —declaró la bestia.


Udyr se quitó la capa. Y entonces, preparado gracias a su meditación del ocaso, fue pasando por la forma de sus diferentes aspectos: el águila inmortal, el astuto lince, el jabalí de hierro y muchos más espíritus de bestias. Se detuvo un momento cuando asumió el aspecto del espíritu del oso. Con un control perfecto, imitó la apariencia de la bestia gigantesca que se cernía sobre él. Por último, Udyr abandonó el aspecto de oso y se transformó en su peor enemigo, el espíritu del fuego, el hogar y la forja: el gran carnero.


A Udyr no le daba miedo la lucha que inevitablemente mantendría con esta criatura. No le daba miedo nada. Tenía la mente despejada. Y en aquella certeza... sabía que aquello era mala señal. Volibear lo consumiría tan fácilmente como a Sejuani. Pero su determinación no flaqueaba. Había jurado proteger a Sejuani, como lo haría un padre. El precio que tuviera que pagar no importaba.


—No te la llevarás —espetó Udyr.


El silencio fue la única respuesta que ofreció la bestia mientras volvía a su siniestra tarea.

7 de Abril de 2020 a las 20:40 0 Reporte Insertar 0
Continuará…

Conoce al autor

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~