phtrespalacios Fred Trespalacios

Ela Rodríguez, una chica trabajadora, nos narra en su siguiente relato su experiencia y su peripecia a través de la santería. De cómo se internó en un juego tan peligroso como es el de invocar espíritus y en el que por poco vida inocente muere...


Horror Historias de fantasmas No para niños menores de 13.

#paranormal #espiritus #brujeria
Cuento corto
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El relato de Ela

Esto es un mensaje para todos, la santería, no es un juego.


Resulta que hace unos cuantos meses atrás, trabajaba para una casa de familia como profesora privada de una niña de diez años. Estaba al tope de mis deudas, y mi país no es el clase de país donde se consigue empleo todos los días, por lo que tuve que optar por un método menos oficial si quería seguir pagando la renta de mi apartamento. Mi prima, una mañana cualquiera, me llamó para una oferta de trabajo disponible. Pensé que se trataba de otras de sus chorradas. Que si en otro bar indecente o en otro restaurante con compañeros tóxicos, pero no. Yo no es que hubiese sido la mejor alumna de mi colegio, pero recordaba al menos cómo se operaba un mínimo común múltiplo, y así que, no me pareció problemático ganar suficiente dinero con algo tan sencillo.


Acepté obviamente, y seguido me dio la dirección y a qué hora debía presentarme. No digo que aquí empezaron a suceder las cosas, puesto que cuando alguien posee al menos un poco raciocinio, no hay cabida para esta clase de cosas. Al tocar a la puerta donde mi prima me había indicado, conocí el desamor encarnado. Si me permiten hacer una rápida descripción de Robert, como quiero llamarlo por aquí, algunas chicas comprenderán de lo que estoy hablando. Era alto, de tez blanca, brillante; de carnes duras y fornidas, una severidad que se le notaba en la cara, pero demasiado amable; tenía el cabello negro, una sonrisa con frenillos pero que a cualquiera la mataba, es decir, no era el hombre más atractivo que hubiera visto en mi vida, pero lo era en su momento. Quedé suspendida que todas mis neuronas se removieron. No daba crédito que un chico de ese talante, se fijara en mí.


La niña en su primer día fue muy tranquila conmigo. Hicimos tareas, le expliqué algunas dudas y nos pusimos a dibujar. Esto pasaba con habitualidad, ya que era una niña solitaria y sus padres siempre se encontraban trabajando. En esa mayoría de días, Robert y yo esquivábamos miradas cómplices. Él estudiaba en la universidad y en las tardes tenía por hobbie tocar la guitarra. Desde el cuarto de la niña, su voz traspasaba las paredes y mi pecho retumbaba desesperada a un hecho que parecía ser inminente. Me estaba enamorando, pero era algo que no podía, que no debía suceder. Estaba en una situación ética que me dividía, era mi primer trabajo donde no me habían echado. A él también se le notaba, las idioteces que utilizaba para que yo captara su atención, era el tipo de cortejo que una esperaba de un hombre, y, me resigné. Nunca le dirigí la palabra mientras pisara esa casa y busqué otros rumbos con que sacarlo de mi cabeza.


Por supuesto que no lo logré. La niña terminó su año escolar y mantuve fe que las vacaciones me ayudarían a delirarme por otras cosas. Terminé buscando sus redes sociales y de vez en cuando que me mataba la soledad, lo materializaba por las noches. Sí, fui una verdadera estúpida. Fue allí entonces donde surgió el motivo con que inicié esta confesión, ya que, cuando me llamaron para volver de nuevo, descubrí que Robert ya tenía una novia. Sentí como si me hubieran quitado todas las vísceras. Mis amigas eran las que soportaban mi frustración, el lamento de no obtener lo que en su momento la vida me había ofrecido y el odio y el rencor hacia Robert y a sus supuestas correspondencias. Pero una en especial, con la que muy poco conversaba, formé un vínculo solidario.


Habíamos estudiado en el mismo colegio y siempre fue una chica muy sociable, aunque no tan agraciada. Doce años después que observé sus fotos de redes sociales, publicaba viajes a Europa y al Caribe, cenas en sitios exóticos y de mano de compañías demasiado envidiables. Lo más extraño para mí es que la veía con el mismo color de ropa, blanco. Supuse que formaba parte de alguna secta o religión, y me explicó que desde que se unió a la santería su suerte había dado una completa transformación. La santería es una religión, un estilo de vida, un acto de devoción eterno el cual no se impone. Y, no, no formé parte de ella, pero me interesó a diferencia del catolicismo en el que había nacido, que era rápida e instantánea con sus rituales. Cada santero tenía su proceder, Yesenia, mi amiga, había iniciado a través de un padrino, o babalosha, como le llaman, y pasó por una rigurosa ceremonia de varios meses. Era ofrecida a un dios yoruba, el cual era su guía y patrón que la protegía de todos los males. Le prohibieron ciertas andanzas y le ordenaron otras nuevas. No podía tomar, no podía tener sexo. Y aunque no tengo nada en contra de ellos, cuando me enteré de lo que le hacían a los animales, no me pareció correcto, pero Yesenia me lo explicó. Dijo que era fundamentalmente necesario, ya que a cambio de la vida del animal se ofrecía la restauración de la salud de una persona que ha sido embrujada o conjurada con una maldición. En mi familia sin embargo, existía algo más o menos parecido, pues se nos acostumbró a tener perros o gatos en la casa para que el mal que fuera arrojado sobre nosotros lo atraparan las mascotas, y bueno, no tenía mucho que reprocharle. La cosa es que cuando se enteró de mi dilema, me ofreció la oportunidad de tener a Robert tal como lo había deseado desde un principio. Rezarlo, separarlo de su novia, lo que sea. Pero el miedo a lo desconocido fue tan pequeño contrastado con la diferencia de los resultados. De tal manera que accedí.


A Yesenia no había que pagarle nada, pero los implementos, o ingredientes, para los rituales debían correr por mi propia cuenta. Lo primero se basó en realizar baños de purificación. Aguas concentradas de romero, canela, manzanilla y un fuerte olor a amoníaco que se suponía iba a abrir mis caminos al éxito. Admito que no fueron del todo patrañas. Con un aceite que había preparado, el atractivo femenino se me acentuó, conocí a muchos hombres, varios durante ese período. Aprendí que escribir tu nombre completo en treces líneas sobre un pergamino, era efectivo para conjurar el amor más deseado. Pero Robert, ni la novia, no se separaban. Nada rebasaba a las miradas, y no quería creer que Yesenia me estuviera con mentiras. Tomé la grandiosa idea de practicar la santería, sin ser santera. Un hecho verdaderamente contraproducente, pues para practicarla, por supuesto, hay que hacerse como uno de ellos, ya que sin la venia de los dioses a los cuales uno se entregaba, la efectividad era casi nula. Por igual escatimé su importancia.


En internet había toda clase de rituales. En cualquier situación, terminaba recitando la oración a María Lionza, la cual memoricé sin demasiado esfuerzo. Encendía velas a Santa Bárbara, deidades como a Yemayá y San Roque, a seres de los que no sabía con quién me estaba metiendo. Yo no era fumadora, jamás supe lo que era prender un cigarrillo, pero para elaborar ceremonias que se trataban de invocación, el primer material que se requería era el de utilizar un tabaco. Existía sin embargo la norma que no podía invocarse a nadie mientras se encontraba nublado el cielo. En el cubículo de mi baño, muchas veces mareada por el humo, jugaba a la hechicera invocando Oshun o Abita para que me quitara a la novia de Robert del medio. Aquí mis estimados lectores, comenzó mi verdadero calvario. Porque a pesar de las figuras de yeso y los rituales que hice al pie de la letra, los orishas, el panteón santero, lo tomaron como una burla.


Esa era mi suposición, ya que cuando iba de camino al trabajo, me atacó un fuerte dolor estomacal como si hubiera comido vidrios o clavos. De tal manera que al regresar a mi casa, le encendí otra vela a María Lionza por mi salud, pero eso solo agravó el asunto. Una noche que había terminado de cenar, tuve que correr directo al retrete por unas náuseas repentinas. Lo más inaudito, fue la tonalidad que había adquirido el vómito. Negro. Yo me aterré. En mi familia no tenía registro de cosas parecidas, era inusual que me estuviera sucediendo esto. Acudí a un puesto de salud, pero allá solamente me ofrecieron antibióticos y antieméticos para erradicar la supuesta gastroenteritis. Los días posteriores me sentí estable, ya no presentaba dolores y todo lo que comía no me producía un sabor repugnable. Otra tarde cualquiera, mientras ayudaba a la niña a colorear una tarea de biología, ocurrió otro hecho extraño. Me descubrí un brote de burbujas en las manos, una serie de llagas con líquido que me invadían tanto en las costillas como en los pies. Supe entonces que algo iba mal. En la clínica me rasparon las pústulas, y eso no se lo deseo a nadie, el ardor, el quedarte inútil me sumergió en la profunda depresión. No pude continuar trabajando, y solo esperaba a que los santos hicieran algunas de sus promesas. Si esto era un castigo, era la peor forma de ofrecer una muerta lenta. No solo sucedió eso, yo vivía sola, y a pesar que del único que recibía visitas era de mi hermano, este solo venía para fechas especiales. Era constante que un plato o un sartén volaran despedidos de la cocina mientras observaba la televisión. Cuando me bañaba, sentir que alguien me vigilaba por la cortina o escuchar un susurro, lindaba ya en la locura. Decidí desechar los ídolos y arrojarlos por la basura. Una noche, mi prima preocupada de mi silencio me convidó a tomarnos unos capuchinos cerca de su trabajo, creía que era lo que necesitaba, respirar aire fresco. Nos pusimos al día y discutimos trivialidades, pero juro por Dios y mi madre que esta en los Cielos que estoy segura de lo que vi. En el momento en que mi prima se dirigió al baño, al frente de nosotras se encontraba un pequeño campo de fútbol donde no jugaba nadie. Y detrás de un montón de ramas secas, había una figura de mujer de túnica con una especie de corona que me dejó paralizada. Era alta, le llegaba al primer tronco, con un cabello pesado y brillante que se le arremolinaba por el viento; su cara no era visible, pero su complexión parecía la de una señora todavía conservada; estaba parada, sin ninguna intención aparente, pero sentí un frío apoderarse dentro de mí. Mi pecho se encogió como una bola de papel y al aire a mi alrededor se me hizo cada vez más escaso. No supe por cuánto tiempo me le quedé viendo, pero para cuando mi prima hubo vuelto, ya no estaba de nuevo allí. No podía imaginar que en verdad me estaba volviendo loca. Esto, ya no era de médicos. Entonces hablé con Yesenia, porque no podían ser meras proyecciones psicológicas. Algo ella había hecho, no lo sabía, pero dentro de los rezos o los baños, algo había salido mal, y, lo recordé. Aunque Yesenia y yo nunca fuimos tan unidas, sí acompañé a participar en el bullying que las chicas le hacían en el colegio, y por supuesto, era un modo de descobrársela. Por eso, cuando me enteré que Robert había sufrido un accidente en la autopista, supe que era ella.


Pero no. Todo era solamente culpa mía. Yesenia con la lectura del tabaco me informó, que durante las invocaciones que realicé en el cuarto del baño, había solicitado la presencia de un muerto. Avergonzada, pero más horrorizada de lo hice, lo admití. Había en una página de santeros, una oración para atormentar al ser amado, y requería, bajar, como ellos le decían, a las ánimas para que obtuviera una efectividad mucho más rápida. Como al resto de ceremonias, me pareció increíblemente inofensiva. Ahora no me dejaba tranquila, que un espíritu hubiera estado durante todo este tiempo detrás de mí. Así me dijo Yesenia, que cuando un espíritu era bajado, éste debía ser devuelto al mundo al que pertenece. Me alegré sin embargo cuando me explicó que existía la posibilidad de regresarlo, y me sentí agradecida por lo que hizo. Fue una ardua ceremonia que hasta su babalosha tuvo que intervenir, ya que, no solo había sido yo la afectada. Visité a Robert y vi cómo se recuperaba. Dejé de pronto de padecer vómitos y mis manos poco a poco se restablecieron. Algunos que otros platos se seguían cayendo, pero cada vez eran menos frecuentes. Luego me enteré que Robert iba a ser papá, y lo comprendí. Amé la experiencia como profesora y forjé un lazo más afectivo con los niños, así que, me retiré y busqué otros caminos. Dos años más tarde de esto, puedo decir, que no soy feliz del todo, pero ahora me siento satisfecha conmigo misma. Trabajo en una agencia de envíos y hoy salgo con un chico que es mi compañero. Todo va bien, tal como hubiera querido que sucediera siempre.


A la santería, no le temo, pero la respeto. Lo que uno hace, bien o mal, se le retribuye, y nunca me hizo falta introducirme en ella para entenderlo. Yesenia y yo seguimos siendo amigas, salimos casi todos los fines de semana con Julián, mi compañero de trabajo, y hablamos la gran mayoría del tiempo. A veces, cuando me asomo hacia el parque, suele estar parada detrás de los árboles, la misma mujer de túnica mirando con dirección a mi ventana. Pero ahora, ya no tengo miedo.

2 de Abril de 2020 a las 07:26 1 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Fred Trespalacios Escritor, estudiante de publicidad y amante de la nueva literatura https://www.instagram.com/phtrespalacios/

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German Martinez German Martinez
Muy buena historia, Fred. Felicidades
November 16, 2020, 08:29
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