Cuento corto
0
891 VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

LA MIRADA DE UN AMIGO

Se acercaba navidad, a diferencia de los años anteriores en los que pedí un tren eléctrico, el auto de carreras con el que llenaban de publicidad la TV, el cual recuerdo que lo rompí a las pocas horas, al intentar que saltase sobre la ventana de la planta baja de casa, cosas de niños, pensaba que si iba con la velocidad suficiente atravesaría la ventana abierta sin problemas y tendría un aterrizaje forzoso pero exitoso.

Mi hermano había crecido y sentía vergüenza que sus amigos le vieran jugar con juguetes de niños.

La última vez que hicimos algo divertido juntos, fue con los juguetes de dinosaurios, yo imaginaba que era el velociraptor que llevaba en mis manos, estaba cerca de mí presa, un microraptor que bebía del río blanco, cuando salte para atraparlo, éste se alejó en las manos de mi hermano, lo guardó en su bolsillo derecho porque vio que sus amigos venían por un trabajo en equipo de su colegio -Tú ganas- me dijo, intente jugar con él los días siguientes pero solo ponía pretextos, tenía la esperanza de que volvería a ser el niño de antes con el que la imaginación era el límite de la diversión. Dejé de intentar cuando me dijo –Esos juegos son para niños estúpidos-.


Ese año pensé que tener una mascota sería una buena decisión.

-¡Guau! ¡Guau!- los ladridos en la mañana de navidad me hicieron sentir un gran cúmulo de felicidad.

-Míralo, creo que serán buenos amigos- Dijo Daniela, mi madre, siempre llevaba marcada una sonrisa en su blanco rostro en el que recorrían tiernas arrugas.

-Creo que le gustaría más el otro perro.- Respondió mi padre, riendo, mientras se acercaba a darme un abrazo. –Debes cuidarlo como si fuera un hermano.-

-¡Es la mejor mascota del mundo! ¡Son los mejores padres del mundo!- Grite, acariciando su negro pelaje como las nubes nocturnas. Ladraba y movía su cola dando pasos en toda la habitación.

Le enseñe a traer objetos con su boca y de esa forma jugábamos por mucho tiempo, aunque a veces traía algo diferente a lo que lanzaba, era divertido.

-Mamá, papá, miren- dije y llame a mi perro por su nombre, Nenje, llegó a la cocina y dije –¡Siéntate!- mis padres aplaudieron lo rápido que había aprendido, decían que yo era un buen maestro.

Todos los días sus ladridos me levantaban a las seis de la mañana, era la hora de ir a la escuela, se convirtió en un despertador personal, se convirtió en mi amigo.

-Nenje, hora de comer- Saltaba sobre mí para que le diera el tazón que mi madre me entregaba con su comida. –Debes ser paciente- le decía, bajando su comida para que desayune.

Antes de salir del auto Nenje lamía mi rostro, por suerte nunca me faltaba una toalla para quitar su pegajosa saliva.

-Nos vemos en la tarde, pórtate bien- Le decía, mirando el brillo que escondían sus pequeños e impacientes ojitos.


Recuerdo perfectamente aquella mañana, hacía mucho frío, las nubes impedían que los rayos solares lleguen a su destino, en la noche había llovido a cántaros, como en las películas de terror.

-¡Vamos Nenje! -Dije, usualmente solía estar tumbado cerca de mí, pero pensé que seguramente estaría ocupado con algún hueso, a los pocos segundos escuche sus pisadas que provenían desde las escaleras, se dirigía hacia mí para emprender otro viaje a la escuela.

-Estoy tarde, hoy hay clases de dibujo artístico- Juraría que me entendía, cuando le gritaba por una travesura podía ver como sus ojos me decían <perdón>.

¡Buenos días queridos alumnos!- Lorena, fue la mejor maestra que he tenido hasta ese momento, decía que cuando se dibuja la mente olvida el mundo exterior y el alma se expresa en forma de pinceladas.

-Hoy vamos a dibujar a nuestra familia, recuerden que lo importante es el corazón y amor con que hacen sus dibujos, el amor es la base del arte- sin duda la profesora Lorena nació para enseñar, eso debe ser lo que dicen “Busca tu vocación, lo que quieres hacer con tu vida”, apuesto que ella lo encontró.

Aquel día papá me trajo de la escuela y se fue a una reunión de trabajo. Note que Nenje no salía a saludarme como de costumbre.

-Mamá, ¿Dónde está Nenje?- exclamé, esperando que mi perro bajará las escaleras.

-Debe estar durmiendo en tu habitación, debo salir a traer a tu hermano de su partido de fútbol del colegio- Pórtate bien, aquí te dejo tu almuerzo.

-Puedes bajar a Nenje ma...- Antes de que terminará, se cerró la puerta. Nunca me gusto el futbol, admitó que mi hermano tenía talento para ello, al menos es mi opinión de lo que le he visto jugar con sus amigos.

No podía comer sin su compañía. Subir las escaleras parecía todo un reto, llegar al sexto escalón con el almuerzo me pareció un largo camino, de repente, antes de llegar a la mitad de la escalera, apareció en la cima Nenje, movía su cola en muestra de felicidad, pero no era el mismo, estaba algo cansado, bajó lentamente, era evidente el esfuerzo que hacía para llegar a mí, finalmente lamió mi rostro. Nenje mordió mi camiseta e intentó ayudarme a subir. Me pareció algo gracioso pero la risa desapareció en el instante en que sentí que su cuerpo estaba ardiendo, solo olía la comida pero no tenía intención alguna de comer.

-Tranquilo, solo debes descansar- acaricie su caliente nariz para que se acostará sobre la alfombra de la entrada a mi habitación, no recuerdo en que momento me dormí.

Al despertar Nenje estaba viéndome directamente a los ojos, su mirada me decía que confiaba en mi.

Al día siguiente no quise ir a la escuela, quería cuidar a mi perro, quería seguir enfriando su cabeza con toallas de agua fría.

-Ve a la escuela, nosotros lo llevaremos al veterinario- Prometió Daniela, hincándose en el suelo y pasando su mano entre mi negro cabello.

-¿Me lo juras mamá?- pregunté, entre tanto tocaba la patita derecha de Nenje.

-Sí, vas a ver que estará mejor cuando regreses- La voz de mi madre calmó un poco mi angustia.

Fue extraño ver el asiento trasero vacío, el silencio rellenó los ladridos que solía salir de Nenje.

Ese día el tiempo en la escuela fue una eternidad. Llegó la campanada que indicaba el fin de las clases, mi padre entró en silencio a llevarme en brazos.

-¿Nenje fue al doctor, papá?- Dije, al mismo tiempo que mi padre recorría el pasillo con las luces blancas que daban directamente al exterior.

-Lo siento hijo... - Mi padre se detuvo y tragó saliva -Nenje fue un perro muy fuerte, debe estar en el cielo- Los ojos de papá soltaron un par de lágrimas, los míos querían despertar, eso debía ser solo un sueño, una pesadilla.


Ha pasado ¿quién sabe cuánto? Subir las escaleras ya no supone un problema, siento que él me espera cada vez que debo llegar a la cima, si tuviera un deseo no lo usaría para poder caminar como los otros niños, lo usaría para escuchar nuevamente sus ladridos. La tarea de la clase de dibujo artístico cuelga de la pared de mi habitación, ha perdido un poco su color, pero el color de los ojos de Nenje continúan brillando.

30 de Marzo de 2020 a las 06:39 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~

Más historias

Ángel Ángel
Pobre America Pobre America
Frágil Frágil