angeleslantero Ángeles Lantero

Jonah Nethercutt es un hombre de treinta y siete años que ha crecido durante toda su vida en un infierno personal. Víctima de sus propios trastornos mentales, testigo de un asesinato a sangre fría y autor de una insaciable sed de venganza, divaga por la vida entre carreras clandestinas y drogas para intentar olvidar al niño interno que le ruega un poco de atención. Su camino tomará un rumbo distinto cuando conozca a una adolescente con ánimo de adulta que le recordará todas y cada una de las atrocidades que vivió dentro y fuera de su cabeza. Poco a poco, la venganza cobrará un sentido más realista que la simple idea de cuchillos que alguna vez albergó en su imaginación.


Drama No para niños menores de 13.

#carreras #drama #infierno #sangre #misterio #crímenes
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Conmigo no

En algunas religiones, el infierno es el lugar al que van las almas que mueren en pecado. Son aquellos seres que no se han arrepentido en vida de sus actos deshonestos, crueles o despiadados. Desde ese punto de vista, puede que muchos tengan un pequeño lugar del infierno reservado con su nombre.

Como metáfora contemporánea ―y según su análisis psicológico―, el infierno se asume como un estado donde se entra por propia voluntad. Es un estado de dolor agravado, sufrimiento y agonía, de donde se es perfectamente capaz de salir como de entrar. Y con este punto de vista, todos tienen su lugar en el infierno totalmente asegurado.

La siguiente historia está cargada de infierno. Se desarrolla en un infierno, se percibe como un infierno y se desencadena en múltiples infiernos. Dicen que nada que empiece mal puede acabar bien, pero también dicen que todo lo que está dicho puede revertirse. Para llegar a aquella conclusión, habrá que relatar la historia desde el comienzo. El comienzo del mismísimo infierno, o al menos el de Jonah Nethercutt.




Conmigo no


Primera madrugada del 2018.


Los gritos y las carcajadas sobrepoblaban aquella carretera, antes completamente lúgubre y desolada. Había una excepción a la regla, y era el apartado donde una gran cantidad de jóvenes alcoholizados se reunían cada fin de semana. En los barrios bajos de Ámsterdam, a las afueras de la ciudad, hombres y mujeres asistían a carreras clandestinas o participaban de ellas. Autos y motocicletas eran los vehículos designados para correr; pero, en aquella madrugada del primero de enero, las motocicletas serían las protagonistas.

La música de Yellow Claw sonaba por los altavoces, inundando aquella reunión "privada". Aunque fuera de fácil acceso, entre ellos se distinguían perfectamente; con los años, se había llegado a reconocer quién llegaba a causar conflicto, quién era el hijo de un comisario, o quién estaba en su primera vez y quería sumarse al grupo. Claro que, eso último, no solía ocurrir muy a menudo. Existían casos aislados, y fácilmente podían contarse con una mano.


—¿Qué pasa, “leyenda”?

La voz de Adrick resonó por encima de los motores que, calentando o simplemente haciendo reír a alguna chica, lograban oírse entre la fuerte música electrónica. Iba vestido con una chaqueta de cuero negro, al igual que la mayoría de los corredores. El cabello oscuro le caía recto por encima de los hombros, pero tenía la manía de dejarse un mechón detrás de la oreja para dar la ilusión de movimiento.

—¿Qué pasa? —Jonah respondió con una sonrisa brillante, blanca y perlada; era uno de los pocos que tenían hábitos ilícitos y su dentadura permanecía envidiable, digna de publicidad de ortodoncia.

—Nada, amigo. Ya sabes —Adrick restó importancia con un ademán y cerveza en mano, más congelada que si la hubieran refrigerado—, haciendo apuestas para generar dinero a tu costa. Más te vale ganar —amenazó, bajando los ojos celestes hacia el rostro del otro holandés—, mira que me he gastado el sueldo apostando por ti.

—¿Eres imbécil? —Jonah apretó los labios, y meneó la cabeza—. Claro que voy a ganar. Además, no me daría el lujo de perder delante de Mason.

Adrick soltó una carcajada. El vaho se congeló en el ambiente, creando una densa nube de vapor y olor a cerveza. En el impulso de la misma risa, trastabilló hacia delante y tuvo que sujetarse de los hombros de su mejor amigo para no caer de rostro hacia la carretera. Estaba ebrio, sin siquiera ponerlo en duda.

—Venga, va. Lo imaginé —acertó Adrick, con la voz algo pastosa.

Jonah lo acomodó de manera tal que pudiera recargarse en la motocicleta que se encontraba detrás de ellos. Adrick puso lo mejor de sí mismo para enderezarse, clavando también los talones en el cemento bajo sus botas negras. Trató de darle un sorbo a la cerveza, pero Jonah se adelantó a quitársela. Acabó el poco contenido que restaba de una sola vez.

—Qué bueno —dijo Jonah—. ¿Traes algo?

Adrick bajó la vista hacia la chaqueta y metió las manos en los bolsillos. Estaban vacíos, a excepción de un envoltorio de goma de mascar sabor menta que volvió a dejar en su sitio. De manera innecesaria, repitió aquél movimiento en la zona delantera del jean oscuro. Lo único que albergaba allí era su iPhone 7, y las llaves de vivienda. Mientras soltaba un suspiro, Jonah dejó caer la botella con un ruido seco; sorprendentemente, no se rompió contra la acera.

—Ya, ya entendí —sentenció, empujándo a Adrick en el pecho para que detuviera la búsqueda imaginaria—. Supongo que es mejor así, quiero estar centrado esta noche.


Alzó los ojos verdes hacia delante. A su alrededor todo comenzaba a consolidarse. La noche creaba formas distintas a las que se apreciaban durante el día. Las luces de los carros y las motocicletas eran las encargadas de hacer de aquel sitio algo visible; sin embargo, todavía existían sectores donde las personas se refugiaban bajo la penumbra. Al faltar todavía algunos minutos para la primera carrera, cada piloto parecía estar en su mundo con su respectivo grupo.

Por su parte, Jonah estaba alejado del tumulto. Necesitaba mentalizarse, y estar rodeado de nuevos corredores que creían tener el éxito al alcance de sus manos solo serviría para que se irritara más rápido de lo habitual. Ya no vivía en Ámsterdam, en esa ocasión estaba de paseo y aquella era una carrera de leyendas. Jonah era una leyenda, y debía ganar como tal.


—Qué frío hace, ¿eh? —Su voz, normalmente ronca y seductora, tomó un matiz divertido al señalarle con la cabeza un grupo de chicas. Se subió el cierre de la chaqueta esta que este le tocó el mentón barbudo.

—Pffff —Adrick resopló, cubriéndose a sí mismo en acto reflejo—. A eso le llamo valentía. Pero gracias a Dios que lo son.


Jonah ladeó la cabeza. Adrick tenía razón en un par de cosas: aquellas señoritas eran valientes por estar enseñando tanta piel a 1°C en la madrugada. Pero también era cierto que, gracias a aquella valentía, hombres solteros como Adrick y Jonah tenían un amplio catálogo para escoger de mejor modo a su próxima conquista. Porque eso eran, conquistas de una noche y nunca más.

En aquél ambiente todos sabían cómo funcionaba, por lo mismo existían normas y códigos que cada quién cumplía; allí no eran los hombres quienes solo buscaban tener conquistas de una noche, por diversión y placer. Las mujeres también lo hacían por su cuenta, y nadie estorbaba al respecto. Se trataba de personas adultas, mayores de edad, entre veintidós y cuarenta años que, técnicamente, sabían lo que querían y con quiénes lo buscaban. Además, existían consecuencias costosas en exceso para quienes decidían abusar de una bonita sonrisa o propasarse con las mujeres que frecuentaban el ambiente. Los códigos nunca podían romperse, porque entonces las cosas tomaban un tono desagradable, oscuro y grisáceo que nadie quería contemplar.


—Mira quién está ahí. —Adrick se levantó de la moto, enderezó su cuerpo para mostrar cierta presencia y alzó el brazo para llamar a alguien. Jonah simplemente le siguió con la mirada—. Quiero presentarte a alguien.

—Okay.

Sin darle demasiada importancia a aquello de la presentación, Jonah retiró una cajetilla de cigarros del bolsillo delantero de su jean negro. Tomó un cigarro y lo acomodó entre sus labios, procurando no humedecerlo. Guio el encendedor de funda negra, en cuero, e hizo flamear la llama. Con ayuda de la palma izquierda creó una cubierta para proteger el fuego de la fresca temperatura, y así encender el cigarro con mayor rapidez. Una vez quemó el extremo de la columna de tabaco, dio una profunda calada y guardó el encendedor dentro de la cajetilla; luego, directo a su bolsillo nuevamente.

Adrick había desaparecido por escasos segundos, así que cuando regresó Jonah apenas se retiraba el cigarro utilizando el pulgar e índice para sostenerlo. Envió el humo directo a sus pulmones, sintiendo un ligero cosquilleo en su garganta. Un hombre, de aproximados cuarenta años, lo acompañaba. Adrick llegaba riéndose, mientras que el hombre parecía más bien resignado.

—He traído un colega que quería conocerte, ¿sabes?

—¿A mí? —escéptico, Jonah los observó con un gesto de intriga. Ladeó el rostro pocos centímetros para poder exhalar el humo restante.

—Pues sí, hombre. Claro que a ti.

Jonah observó a Adrick, y al hombre. Robusto, metro noventa y una barba vikinga de un naranja atrevido que, en la noche, se percibía como castaño; en su cabeza no había más que tatuajes, probablemente se había quedado calvo porque en su piel no existía rastro de rasuradora. Portaba una camiseta negra sin mangas, donde algunos tatuajes de mala calidad seguían una enredadera de colores. Las tetillas se percibían a través de la tela.

El contraste era asombroso con Adrick, quien con el corte moderno que portaba se rasuraba los laterales y bastaba con peinarlo de lado para que el cabello lo cubriera todo. Sus ojos celestes les daban luz y contrariedad a los ojos marrones del otro hombre, serio y sin ánimo de querer conocer a Jonah en lo absoluto. Adrick, sin aparentar los treinta y ocho años que se cargaba, sonreía como todo un crío. Ese era el toque personal, además de la vestimenta y el corte, que le restaba por lo menos quince años.

—¿Estás preparado? —prosiguió.

Jonah se encogió de hombros y frunció el ceño, dedicándole a su amigo una mirada de desconcierto.

De pronto, detrás del hombre se asomó una silueta más pequeña, probablemente de metro ochenta y de contextura mucho más delgada, aunque saludable.

—No inventes… —murmuró Jonah, comenzando a extender una sonrisa inhabitual en su rostro.

Matthew salió detrás de la robusta espalda y extendió los brazos, mostrándose como una gran sorpresa. Su mandíbula cuadrada era inconfundible en conjunto con las pecas que salpicaban el puente de su nariz, además del color verde de sus ojos y el cabello color chocolate. Era un rostro que no se veía habitualmente por allí, y la última vez que habían coincidido debía ser, por lo menos, hacía quince meses atrás.

Ambos soltaron una grave exclamación al reencontrarse. Se fundieron en un abrazo, automáticamente, y alzaron las comisuras de sus labios en grandes sonrisas mientras se oía el ir y venir de las palmadas en la espalda. Matthew olía a avellanas, se desprendía su perfume a través de la chaqueta negra y de la nuca, o quizá del cabello oscuro. Jonah, en cambio, tenía un aroma natural en la piel que algunas personas habían definido como «bombón», o malvavisco.

—Joder, macho. —La voz de Matthew sonaba alegre y vibrante.

Al separarse, Jonah le apretó el hombro y lo observó con un brillo en los ojos que mostraba todo el entusiasmo que su boca no enfatizaba. Se llevó el cigarro a los labios para dar otra calada, y contuvo el aire mientras hablaba, sonando ligeramente más gangoso.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, evaluándolo rápidamente de arriba abajo. Aquél gesto le llevó a alzar la mirada hacia un lado, y solo entonces recordó al vikingo barbudo junto a él—. ¿Y este qué?

Al hombre no le hizo gracia el distintivo, y lo mostró endureciendo aún más sus facciones. Jonah estaba tan feliz en ese momento que no le importaba la opinión que pudiera llevarse de él. En realidad, eso no le importaba nunca.

—Lo he traído para disfrazar la sorpresa —sentenció Adrick.

—¿Ya me puedo ir?

El vikingo tenía una voz ruda y ronca como el mismísimo infierno, tanto así que cuando Jonah quiso expulsar el humo que había estado conteniendo, se ahogó a mitad de una risa visiblemente burlona. El pelirrojo parecía sacado de una película, un cliché motoquero, un europeo clase antigua, un matón rudo por fuera y —como todo estereotipo— sensible por dentro.

—¿De qué te ríes, Barbie girl?

El vikingo dio un paso hacia delante, en dirección a Jonah. Este simplemente volvió a reír entre dientes, con un sarcasmo innato.

—Epa —musitó, ladeando la cabeza.

No era el primero que hacía referencia a él con aquella intención de feminizarlo, quizá por su cabello rubio y perfectamente acomodado, los rasgos que favorecían su imagen y la claridad verdosa de sus ojos, su estatura de casi uno noventa o, probablemente, la apariencia siempre impecable y limpia. Incluso la barba que se dejaba, rodeando la mandíbula, el mentón y los labios, a medio crecer, era exacta a su imagen pulcra.

—Harry, venga. No vas a pelearte con él, ¿verdad? —inquirió Adrick, poniendo una mano en el pecho del vikingo. Jonah solo continuó viéndolo con una expresión divertida en el rostro, y se llevó el cigarro a los labios— ¿Sabes quién es? Correrá hoy.

Harry hizo silencio durante un instante, como si a fuerza estuviera intentando recordar el rostro del holandés. Simplemente no lo tenía de ningún otro sitio.

—Si corre hoy, debe ser un clásico. Y no lo reconozco como tal, ¿de qué alcantarilla salió esta rata?

Jonah soltó una carcajada involuntaria, tan fuerte que Matthew no pudo hacer más que contagiarse y Adrick, a duras penas, apretó los labios para no reírse también. Sin embargo, el rubio rehusó a responder al insulto. No le importaba defenderse, pues Harry no presentaba para él ningún tipo de amenaza; le hacía gracia que lo rebajara, o que intentara hacerlo. Ni siquiera le interesaba buscarle algún defecto a simple vista, sabía que podía callar a cualquiera con solo subirse a la moto.

—Rata… Más respeto, hermano. ¿Sabes quién es esta máquina? —intervino Matthew. Llevó un brazo al hombro de Harry para dirigirse a él, y se apoyó con una confianza digna de toda la vida, aunque no se conocieran—. Es el Hércules de Ámsterdam.

Nuevamente Harry hizo silencio, aunque solo por escasos segundos. Entrecerró los ojos y juntó las pobladas cejas coloradas.

—¿Hércules? ¿Qué demonios es eso? —preguntó finalmente.

—Nada que valga la pena, créeme —sentenció Jonah, acabándose el cigarro mucho antes de lo habitual.

—Hércules, amigo. “De cero a héroe”, ¿nunca escuchaste hablar de él?

—Ya, Matt.

—Oh, es que al idiota le da vergüenza —añadió Adrick—. No le creas, es más vanidoso que tú y yo juntos. —Apretó los labios, examinándolo rápidamente y ladeó la cabeza—. Quizá solo sea más vanidoso que yo y… alguien más, juntos. Pero, en fin, el asunto es que mi amigo aquí, Jonah Ross Nethercutt, ha sido de los pocos que llegan desvalidos y logran hacer historia, ¿sabes?

Adrick continuó hablando, pero Jonah dejó de escuchar por propia voluntad. Tiró el cigarro, lo aplastó con la suela de su bota hasta apagarlo y se hizo a un lado. Su amigo y Harry parecían entenderse bien, y no lo juzgaba. Adrick se había quedado viviendo toda la vida en Ámsterdam, mientras que Jonah se había mudado de allí a Los Ángeles a la edad de veintisiete años. Y ahora, diez años más tarde, seguían siendo amigos, aunque Jonah se hubiera apartado un poco del círculo que Adrick frecuentaba.

Matthew notó el cambio y se acercó mientras guardaba las manos en su propia chaqueta para intentar darle calor a los dedos helados. Adrick y Harry comenzaron a alejarse.

—Así que a ganar hoy también, ¿eh?

—La verdad es que estuve esperando bastante esta carrera. Pero ni siquiera corro con mi moto, que está en casa. Afortunadamente la de Adrick es el mismo modelo, pero ya sabes, las mañas.

—Sí, perfectamente —respondió el ruso, esbozando una pequeña sonrisa. Un escalofrío le recorrió la espalda, logrando una sacudida involuntaria a los hombros—. Joder, qué frío hace. ¿Has visto las falditas?

—Sí.

Jonah soltó una risa corta, y su mirada volvió a posarse en las cortísimas faldas que dejaban largas piernas al descubierto. La mayoría solo escogía llevar un top, y muy pocas acompañaban la vestimenta con alguna chaqueta propia o prestada.

—Pero está bien, ¿sabes? —continuó Jonah, desviando la mirada hacia su amigo por un instante; luego, volvió a enfocar los ojos verdes en ellas—. Aquí todo se toma con bastante naturalidad. Quiero decir, no verás a ningún imbécil mirar demás solo porque lleven poca ropa. Me gusta eso, en Los Ángeles a veces es… —hizo una pausa, y ladeó la cabeza—, a veces es un poco más complejo que aquello. En América en general.

—Ni que lo digas en Rusia —aportó Matthew, sonriendo de nueva cuenta—. Pero siempre hay algún idiota.

—No lo dudes. Mason es el que siempre anda generando problemas de braguitas —afirmó—, porque no respeta.

Un silencio cómodo se creó entre ambos. Ni Matthew ni Jonah eran personas muy habladoras, no existían las conversaciones forzadas. Ese era uno de los puntos a favor entre ellos, la comodidad, el entendimiento, la sencillez.

Dos minutos después, fue Jonah quien decidió hablar nuevamente.

—Oye, y entonces, ¿qué haces por aquí?

—Por decirlo de alguna manera… —presionó los labios, pensativo—, aproveché la última oportunidad que tenía para salir de Londres. Luego de este viaje tengo que quedarme allí por un largo, largo tiempo.

El rubio frunció el ceño, y le dedicó una mirada confundida.

—¿Por qué? ¿Todo está bien?

—Sí, pero por asuntos de trabajo no tendré tiempo de salir. Así que aproveché para saludar aquí, verte correr y en un par de días regresar a Inglaterra.

Cuando Harry se dio media vuelta y comenzó a marcharse, Adrick meneó la cabeza y acortó el escaso metro de distancia que había entre sus amigos.

—Lo ofendiste.

Jonah sonrió ampliamente, desvergonzado.

—No fui yo quien lo llamó rata de alcantarilla.

—Y Barbie girl —añadió Matt.


El público comenzaba a aglomerarse en un semicírculo donde había seis motocicletas alineadas. El séptimo lugar, aún vacío, correspondía a Jonah. Algunas personas se percibían relativamente enteras, tanto como Matthew, Harry o Nethercutt; otros, más similares a Adrick, estaban en un estado de ebriedad en el que solo podían tambalearse y trastabillar. Pero existía un tercer grupo, mucho peor que el segundo, y estaba compuesto por aquellos que iban drogados hasta la médula. Jonah perfectamente podría estar dentro de ese grupo, pero aquella noche era diferente, especial. Aquella noche había que estar limpio para una jugada brutal.

Dentro de las personas a las que se clasificaba como “enteras”, había una chica. Jonah la vio por casualidad en cuanto alzó la vista más allá de sus amigos, y observó su andar relajado —y no por eso menos femenino— hacia el semicírculo. Sus botas negras llegaban hasta por debajo de las rodillas, donde se encontraban con un jean negro perfectamente adherido a su silueta de ensueño. Cuando volteó a lo lejos, una ráfaga de viento alborotó su larga cabellera lacia y castaña que le cubrió el rostro; sin embargo, el holandés pudo detallar una camiseta de Nirvana bajo la chaqueta de cuero negra, abierta. Estrechó los labios, contemplándola, y de inmediato decidió que tenía que ir a conocerla.

—¿Quién es ella?

Con un movimiento de cabeza, Jonah la señaló. Sus dos amigos voltearon para verla, sin disimulo, pero Matthew desistió casi de inmediato. Adrick, por el contrario, se detuvo a analizarla unos cortos segundos.

—Es menor, mira hacia otro lado —respondió.

Jonah frunció el ceño. No parecía tener la actitud ni el físico de una menor.

—¿Qué tan menor?

Adrick hizo una pausa, como si realmente estuviera haciendo un esfuerzo en recordar. Aun así, el alcohol le estaba jugando una muy mala pasada a su memoria.

—Menor… Menor, no lo sé.

—Yo digo que tiene dieciocho —apostó Matt.

—Sí, como mínimo tiene dieciocho —coincidió Jonah—. Y eso, amigo mío, no me parece tan menor —finalizó, dándole una fuerte palmada al ebrio.

Matthew sonrió, y aquél gesto se vio irrumpido por la pregunta de Adrick.

—Oye —frunció el ceño, y señaló en dirección a las rodillas. La tela del jean estaba rasgada, dejándolas al descubierto—, ¿esos tatuajes son nuevos?

Jonah bajó la vista a las rodillas de Matthew, y él también. Nueve estrellas negras en cada una, organizadas en forma de rombo. Era un diseño extraño, aunque le sentaba bien. Nunca lo había visto con anterioridad.

—No, qué va —respondió Matthew, encogiéndose de hombros—. Los llevo desde hace añares.

—¿Hora? —preguntó Jonah, con la mente en la carrera.

—Dos cuarenta.

La voz masculina que respondió no provenía de ninguno de ellos. Mason pasó por al lado, justo detrás de Jonah. Los tres le dedicaron una mirada inexpresiva, que contrastaba con la sonrisa burlona de aquel holandés. Antes de alejarse, escupió a un lado de los pies de Jonah. Luego, continuó su camino directo hacia el interior del semicírculo.

Jonah se quedó observando su espalda, cubierta por una chaqueta negra que citaba “DOOD[1]. El bordado era naranja y blanco, muy holandés y excesivamente estúpido. La melena negra del contrincante caía por debajo de los hombros, llegando a rozar las letras en una cursiva similar a la de Coca Cola.

—Tengo ganas de romper una botella y clavársela en la garganta —masculló Jonah. A pesar de la creciente rabia, su voz sonaba serena.

—Ahórrate las declaraciones en la comisaría y gana esa puta carrera —tranquilizó Matthew. Le dio un apretón al hombro y palmeó su espalda cuando Jonah comenzó a alejarse.


Era la hora. La primera carrera de la noche, en aquel nuevo año, estaba por dar comienzo entre las leyendas que Ámsterdam había visto crecer, desarrollarse y triunfar una y otra vez. Solo por eso, todos sabían que se trataba de una carrera complicada y sucia. El riesgo de accidentes era mucho más alto cuando las expectativas estaban al mismo nivel; el hecho de ganar parecía de vida o muerte. Además, muchos de los siete históricos eran rivales entre sí. Eso incrementaba la necesidad de salir victorioso.

Uno de los ejemplos más claros era el de Jonah y Mason. Desde que ambos tenían veinticinco años, se había creado una enemistad de ámbito clandestino que hacía latir sus corazones de manera tan intensa como si se tratara del amor más puro. Era la última semana del mes de agosto cuando Jonah consiguió una racha total de quince victorias consecutivas, destronando automáticamente a Mason de su podio de catorce. Había ocurrido lo impensado: un joven de clase media-alta, sin conocimiento de motocicletas, con manchas violetas bajo los ojos, una depresión que le consumía hasta los huesos y un gran temor por lo clandestino, había ganado quince veces seguidas en el último mes.

Las primeras victorias eran calificadas como “suerte de principiante”, incluso Jonah Nethercutt se acreditaba a sí mismo dicha suerte. Sin embargo, Adrick y otros colegas que lo habían incorporado en aquel mundo nocturno, comenzaban a ver un potencial pocas veces descubierto en las carreras. Jonah y Mason se convirtieron en los principales corredores de la liga juvenil, en dicho orden, y una aspiración para muchos que recién llegaban.

Mason no lo había podido soportar. Su ego —rasgo con el que Jonah también se había quedado— le reclamaba el podio, el primer puesto y la racha de victorias de nueva cuenta. Fue entonces cuando Jonah estaba por llegar a su victoria número veinte, que Mason lo destronó de la manera más sucia y sin códigos que en aquél ambiente se podía permitir: durante la carrera, se le había echado encima y lo había derribado entre cajas y cubos de basura. Mason llegó al final de la línea, sin sospechas, y Jonah acabó en cuarto lugar.

En aquel entonces, Jonah no tenía nada en su contra. Pero fue desde ese momento que el aborrecimiento se convirtió en algo mutuo. Después de la carrera, Mason recibió tantas patadas y puñetazos de su parte que habían tenido que sacarle a Jonah de encima porque estaba fuera de sí: completamente cegado por la rabia, su habitual y pésimo genio explotando, el ataque de ira y las secuelas de cocaína en su organismo. Una bomba para cualquiera.


Don’t Stop de Yellow Claw comenzó a sonar por los altavoces. Aquella señal fue una de las tantas, entre la multitud aglomerándose y el vitoreo, que indicó la hora de alinearse. Jonah extendió los brazos hacia delante un par de veces, flexionándolos para poner a prueba el cuero de la chaqueta que volvió a desprender; antiguos tics que permanecían con él, y que expresaba en cada carrera.

—Cuídala —pidió Adrick.


Jonah asintió y se subió a la motocicleta. En aquella ocasión correría con la de Adrick, una BMW R NineT Pure en color negro. Para su fortuna, compartían exactamente el mismo modelo y ambos podían manejarlas a la perfección, conociendo su mecanismo como la palma de su mano. Pero no era su motocicleta, y la superstición de Jonah tenía aquel pensamiento latente; podía ser el mismo modelo, pero aquello no aseguraba que fuera la misma sensación. Especialmente, porque no había otra en el mundo que le hiciera sentir igual. Pero, viviendo al otro lado del mundo, no había posibilidad de correr en su vehículo.

Subió el pie de la moto, movió la manecilla derecha y dio una vuelta en U para dirigirse al interior del semicírculo de personas. Había tanto jóvenes como veteranos, todos unidos por la misma causa. Entre el gentío se escuchaban distintas aclamaciones, cada leyenda tenía su propio grupo de fanáticos; y aquello no se trataba tanto de fanatismo en sí, sino de las apuestas que habían hecho y de cuánto sería lo que ganarían —o perderían— a costa del corredor designado.

Las aclamaciones por Jonah eran constantes, él podía distinguirlas con facilidad al escuchar su nombre o alguno de los tantos apodos con los que allí lo conocían, la mitad ni siquiera aprobados por él. Estaba acostumbrado, en cada carrera a la que asistía se generaba cierta hinchada por el corredor con más rachas acumuladas a lo largo de su vida: Jonah tenía incontables. Tanto en Estados Unidos como en Países bajos —y alrededores—, triunfaba. Sabía cómo hacerlo, tenía talento y un puñado de suerte cada vez que se enfrentaba a cualquiera sobre una moto.

Una vez alineado en el séptimo lugar, su concentración se convirtió en un mantra donde repasaba una a una la mayoría de las primeras victorias de Ámsterdam. Podía hacerlo, necesitaba hacerlo y sentía una obligación casi mortal a vencer aquella carrera sólo para que Mason sintiera la humillación sobre sus mejillas una vez más.

Los aceleradores comenzaron a oírse en el amague previo, todavía detrás de la línea imaginaria y aún con las botas clavadas en el cemento del suelo. Una adolescente de cabello rubio se posicionaba de pie sobre una caja de madera. Estaba vestida con lencería de color rojo, botas negras hasta la rodilla y chaqueta. Un escalofrío recorrió la espalda de Jonah con solo imaginar lo helada que debía estar su piel; atractiva desde luego, pero demencialmente fría. Y, aun así, aquel y otras tantas faldas cortas se presentaban como un incentivo a la hora de ganar. Muchas mujeres preferían, por seguro, irse con el ganador antes que con cualquiera de los demás perdedores.

Los gruesos labios de la rubia, de un rojo carmesí, se alzaron en una sonrisa amplia; el pañuelo blanco que sostenía en su diestra también se elevó. Lo agitó poco a poco, comenzando a menear las caderas entre más vítores. La música aceleraba, aproximándose peligrosamente al drop[2] de la canción. Jonah la ignoró. Ignoró a la rubia, ignoró la música e ignoró los vítores. Bajó la vista, y la enfocó en sus dos manos. La piel blanca se aferraba a ambas manecillas de la BMW, la fuerza —innecesaria— era tanta que los nudillos comenzaban a perder todo rastro de tonalidad viva, y se tornaban de un amarillo tenue. Todo lo demás estaba cubierto por tatuajes, al igual que el resto de su cuerpo. Tenía un total de cincuenta tatuajes, abarcando desde los pies hasta el cuello e, incluso, una alineación planetaria detrás de su oreja que crecía hasta la cabeza. Aquel tatuaje solo era visible cuando se rasuraba el lateral izquierdo.

En los dedos de la mano derecha tenía las siglas ROSS repartidas, de manera equitativa, una en cada dedo. En los de la izquierda, las siglas que se leían eran las de BOSS[3]. Aunque este último tatuaje se le hacía tan estúpido como llevar la palabra “dood” en la espalda, lo llevaría por el resto de su vida gracias a una apuesta que había perdido a sus veintiocho años. Al juntar ambos puños de lado, podía leerse “Ross boss”; ese era uno de los principales motivos por los cuales nunca enseñaba ambos puños al mismo tiempo.


Jonah tomó una profunda inhalación, cerró los ojos, contuvo el aire por escasos segundos y lo soltó con tranquilidad. Cuando volvió a abrirlos, la canción todavía no llegaba al drop. Su rostro se ladeó, sin mucho que observar mientras esperaba, y entonces volvió a verla. La castaña se posicionaba en primera fila, en silencio, inexpresiva y con los brazos cruzados delante de su pecho. Parecía incluso aburrida, aunque el brillo en sus ojos almendrados delataba que aquello le hacía bastante ilusión.

Durante unos cuantos segundos se quedó observándola. Clavó la vista en ella con tal intensidad que sabía que se vería obligada a verle en algún momento. Pasaron cinco segundos, contados por él, hasta que lo hizo. Cuando sus miradas se encontraron, el holandés atrapó su labio inferior entre dientes, justo en el centro, sin hacerlos visibles. Esbozó una sonrisa al mismo tiempo, sintiendo como si pudiera comérsela solo con los ojos. La chica alzó una ceja, escéptica, y tuvo que apretar sus labios para no sonreír. Jonah se sintió complacido por aquel gesto. Por el rabillo del ojo divisó el pañuelo blanco bajar por completo, y desapareció de su vista al instante.

Ahora, la imagen de la castaña, la rubia sobre la caja y el público solo eran un recuerdo. Lo único que tenía delante era una carretera vacía, oscura e inundada por el rugido de siete motocicletas emprendiendo la marcha.

Al comienzo, Jonah nunca destacaba. Era pura estrategia por su parte, y tenía claro que la clave estaba en destacar al final del trayecto. Tampoco le parecía sano acelerar a tope al primer instante, puesto que la moto —en aquél caso— sólo tenía un máximo de 220 km/h. Durante los primeros ochenta segundos se mantuvo a una distancia prudencial, relajando la BMW hasta llegar a 100 km/h. Cuando el velocímetro marcó aquellos tres números, fue el momento de comenzar a acelerar y hacer rugir la motocicleta entre los barrios bajos de Ámsterdam.

Poco a poco comenzó a dejarlos atrás, con una sonrisa burlona en el rostro y la mano derecha acelerando en la manecilla. Los edificios que permanecían a su alrededor, ahora como manchas nubosas al pasar, los conocía de memoria. Una arquitectura europea y conservadora, elegante y antigua. Sin embargo, la poca iluminación de madrugada hacía que, de vez en cuando, Jonah se sintiera vagamente desorientado en aquella carretera. Esos barrios eran los menos vistosos de Ámsterdam, o a los que los turistas nunca llegaban; por eso, el descuido era un poco mayor que en toda la ciudad, a la que comúnmente llamaban Venecia del Norte. Los canales que recorrían la ciudad facilitaban las carreras muchas veces, puesto que los caminos ya estaban diseñados para recorrerlos a pie o en bicicleta; y, en aquel caso, en moto.

Serían dos vueltas completas a la redonda para poder llegar a la línea de salida otra vez. En la primera vuelta, Mason iba a la cabecera. Jonah permanecía detrás, a una velocidad de 190 km/h. Su vista estaba centrada con fijeza en la calle oscura, iluminada por algunos focos amarillentos y la propia luz central de su motocicleta, alumbrando los próximos metros. Mason parecía estar gastando el acelerador, cada vez iba más deprisa y, a juzgar por su desesperación, se trataba de tener a su contrincante a diez metros de distancia.

Jonah aceleró al acabar la primera rotonda. El sonido fue hueco y chispeante en el silencio de la ciudad, donde —a pesar de ser año nuevo— no había gran escándalo en aquella zona impopular. Con constancia volvió a acelerar, y en un vistazo llegó junto a Mason. Las probabilidades de tener un accidente al estar lado a lado eran altas, en especial porque ya se sabía que las artimañas de Mason nunca fueron precisamente limpias. Jonah quería zafarse de aquella instancia cuanto antes, acelerar y perderlo de vista.

Mason se acercó a su lado, y Jonah apretó los dientes con fuerza mientras sentía su rabia crecer. Aunque aún no hubiera hecho nada, era fácil leerlo. Cuando aceleró, Mason hizo lo mismo. Cruzarse parecía una locura a la velocidad que iban, pues era prácticamente imposible acabar ileso de una línea tan poco precisa como aquella. Jonah intentó sostener aquel ritmo sin avivar sus nervios, pero entonces el otro se inclinó sobre su moto y todo lo demás ocurrió demasiado deprisa.

Mason extendió el pie y pateó con toda la fuerza que fue capaz, empujando la BMW en dirección contraria. Jonah perdió la precisión que lo caracterizaba, y el equilibrio. La moto llegó a inclinarse a un punto donde el rubio pudo imaginarse estrellado y con la piel en carne viva. Cuadró la mandíbula, se aferró a las manecillas para no perder la moto y se atrevió a bajar uno de los pies de los pedales; con la punta de la bota izquierda, rápidamente y casi como una luz pateó la carretera para generar un impulso hacia arriba. Al coger estabilidad, se enderezó y rezó por mantener la compostura. La moto volvió a su posición inicial, y el pie también.

Endureciendo las facciones y con el corazón desaforado, Jonah gritó con toda la rabia de la que fue capaz. Sentía lava correr por sus venas, una ira que comenzaba a cegarlo y una necesidad de venganza que le hervía la sangre. Mason había recuperado la compostura de inmediato, y conseguía ir a la cabecera. Jonah no se lo permitió.

Aceleró a la velocidad máxima, fijó la vista hacia delante con el ceño fruncido. La próxima rotonda los esperaba a unos escasos veinte metros, y no tenía ánimo de bajar la velocidad. Con la misma predisposición, Jonah se cruzó hacia delante para encerrarlo durante unos cortos segundos en los que logró quedar a la cabecera en la carrera. La rotonda estaba casi a sus pies, y el corazón golpeaba en su pecho con una intensidad que no se debía únicamente a la adrenalina. Era momento de decidir, y aquello podría acabar bien… o terriblemente mal.

La curva estaba bajo sus ruedas. Era momento de bajar la velocidad, o su estabilidad flaquearía. Por el retrovisor, Jonah vio a Mason a sus espaldas. No le agradaba tenerlo detrás, y tampoco le agradaba tenerlo a su lado; pero menos, mucho menos, le agradaba tenerlo por delante.

Forzó el acelerador y contuvo la respiración mientras comenzaba a atravesar la curva. Sus ojos se centraban en mantener una línea fija, imaginaria, que poder seguir si todo se salía de control. Las fracciones de segundos pasaban, la curva parecía infinita y Mason daba batalla; aparentemente, él tampoco había reducido la velocidad. Aquella carrera era un todo o nada, y Jonah debía obtener el todo.

En los últimos metros, exhaló el aire contenido. La tensión comenzó a disiparse cuando la curva perdió forma y volvió a convertirse en una carretera recta. Los últimos cien metros eran tan fáciles como básicos; a lo lejos se oía el retumbar de los altavoces y una multitud que poco a poco comenzó a hacerse más definida a medida que la distancia se acortaba. Jonah los observó, miró el retrovisor y supo que esa carrera, nuevamente, era suya. A lo lejos, la silueta de Adrick profirió un grito y alzó los brazos; saltó junto a un hombre, irreconocible en la distancia, y ambos se unieron a un cántico generalizado. Estaban festejando porque habían ganado la apuesta, y el dinero iría a sus bolsillos.

Jonah redujo la velocidad poco a poco, hasta atravesar el semicírculo ahora deformado. Los espectadores se habían abierto para formar un camino lo suficientemente espacioso como para que las motocicletas avanzaran. Aunque Jonah ya había llegado, y ahora la música se hacía insoportablemente pesada para su rabia —al igual que los gritos—, avanzó unos cuantos metros más a lo lejos. Dejó la moto en marcha, pateó el pie de la misma para estabilizarla y se bajó en un solo movimiento. Algunos caminaban hacia él para felicitarle, entre ellos Adrick a la cabecera, pero los ignoró.

Con un solo movimiento, el rubio se quitó la chaqueta de cuero y la dejó caer con fuerza sobre la acera. Mason apenas llegaba, y estaba bajándose de su motocicleta con evidente rabia cuando Jonah, sin más, acudió a él y se le abalanzó encima. Pudo escuchar los vítores y los abucheos por igual formándose alrededor sin ánimo de separarlos.

Jonah lo derribó de un empujón, y clavó la rodilla derecha justo en el centro del pecho ajeno. Con la mano izquierda le sujetó el hombro, sin fiarse de él ni por un instante, y empuñó la mano derecha. El primer golpe fue sobre el pómulo derecho, volteándole el rostro de una sola vez. El segundo fue del lado contrario para emparejar las marcas. El tercero, justo sobre el tabique de la nariz. El crujir de sus huesos fue música para los oídos de Nethercutt, en medio de su ira ciega y la cólera que le invadía los sentidos.

—¿Eres la gran cosa por jugar como una puta rata? ¿Ah? —inquirió. Le sujetó el rostro por el mentón, y comenzó a darle bofetada tras bofetada en la mejilla derecha— ¿Qué pasa? ¿No puedes hablar? —continuó, llenándose de placer ante el chasquido de cada palmada en la mejilla.

La sangre roja y espesa comenzaba a aparecer por todo el rostro de Mason, y no le importaba. Quería desfigurarle la cara, quería golpearlo tanto que no pudiera olvidar aquella carrera nunca en su repugnante vida. Quería dejarle cicatrices que indicaran que había querido joder a Jonah, y que eso no podía suceder. Por pocos centímetros, Jonah no se había borrado medio rostro en el cemento ardiente de la carretera. Mason pagaría por aquel susto, por aquella aproximación. Pagaría por cada jugada sucia que había hecho a lo largo de su vida.

—Estás sangrando mucho, hijo de puta —siseó, con la respiración agitada. Las bofetadas se convirtieron en puñetazos—. Y yo que pensé que no tenías sangre.

Jonah sintió una presión en el hombro, pero se sacudió. Nuevamente, una mano volvió a apretarle, jaló de él e intentó quitarlo de encima de Mason, pero repitió la sacudida para librarse de él. Pudo sentir la voz de Adrick a sus espaldas, pero no prestó atención a lo que decía. Estaba enceguecido.

—¡Déjame! —bramó, ante el tercer intento de su amigo en retirarlo.

—¡Jonah! ¡Venga ya! —gritó.

El sonido de su voz parecía alarmante. Adrick jamás se preocuparía tanto por Mason.

Una fracción de segundo después, se oyó el característico sonido de las sirenas de patrullas. Jonah respiró por la boca varias veces, y observó toda la piel cortada en el rostro de Mason.

—La próxima te mato —masculló.

Y antes de levantarse, escupió en su dirección.


Cada vez que la policía hacía acto de presencia en las carreras, todo se convertía en un “sálvese quien pueda”. Aunque allí había códigos y todos procuraban cuidarse entre sí, cuando la ley entraba en juego el ambiente se hacía individualista. Y eso estaba bien, el tiempo corría y no se podía demorar en recoger a personas desconocidas para salvarles el pellejo. Ni siquiera en caso de amistades fuertes como la de Jonah y Adrick, puesto que este último ya se había montado en el carro donde había venido y estaba por desaparecer. Los códigos se cumplían, como por ejemplo en el aviso que Adrick le había hecho a Jonah. Le había salvado, una advertencia a tiempo le había salvado de una estadía en la comisaría y ahora solo debía aprovecharla.

Jonah volvió a montarse en la BMW, y en un solo movimiento cogió del suelo la chaqueta que había arrojado. Las personas iban y venían; los más antiguos del ambiente ya habían desaparecido, mientras que los novatos se demoraban un poco más entre idas y vueltas. Una de ellas era la castaña que había visualizado previamente, aunque no tuviera apariencia de novata en las carreras clandestinas. Estaba de pie junto a un grupo de personas que comenzaban a pelear, probablemente por los espacios dentro del carro. Ella empezó a alejarse poco a poco, y evaluó en todas las direcciones otra posibilidad.

En un par de segundos, él llegó hasta ella. Las personas que probablemente la acompañaban comenzaron a amontonarse en el vehículo, y quedó apartada. Se cruzó de brazos, la sirena se intensificó por sobre la música y Jonah paró a su lado.

—Anda, sube —ofreció. No le dio espacio ni para pensárselo cuando asintió vehemente— ¡No tengo toda la noche! —apresuró.

[1] Dood: significa “muerte”, en neerlandés.


[2] Drop: punto de ruptura de una canción, donde se acumulan distintas melodías y aquel quiebre conduce al punto máximo (o clímax) de la misma.


[3] Boss: Jefe, en inglés.

29 de Marzo de 2020 a las 20:38 0 Reporte Insertar 2
Continuará… Nuevo capítulo Todos los viernes.

Conoce al autor

Ángeles Lantero Me percibo de agua, fuego, letras y estrellas. Soy escritora, pero terminar las "novelitas" me da mucho trabajo.

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