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Christian García


Después de ser diagnosticado con un tumor cerebral terminal que acabará con su vida en un plazo máximo de seis meses, el vendedor de seguros Mark Kuningam, se transforma en una suerte de héroe nocturno que aplica contra los delincuentes de su ciudad la misma brutalidad que ellos aplicaron contra sus víctimas. EL ÚLTIMO SAPIENS narra la historia de un tipo desencantado con su vida, con el mundo, con la realidad que le rodea, que encuentra en el diagnóstico de un tumor cerebral terminal la excusa perfecta para dar rienda suelta a sus más oscuros instintos asesinos.


Horror Sólo para mayores de 18.
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CAPITULO I

Vamos, sé sincero.

¿Cuántas veces en tu vida has fantaseado con coger un enorme y afilado cuchillo de cocina y con hundir esa brillante hoja de metal en las costillas de tu jefe?

¿O de ese vecino mal educado que no te saluda al cruzarse contigo en el ascensor?

Sé sincero.

¿Cuántas veces has soñado con manipular los frenos del autocar en el que viajas cada día y en el que cada día tienes que aguantar el mal humor y los malos modales del conductor?

¿Lo has imaginado volcando, con gente volando de un lado a otro, con sangre por todos lados y casi alcanzas un orgasmo al sentir la masa encefálica de ese idiota resbalando por tus mejillas?

Pues no te sientas culpable: yo también lo he sentido.

¿Y qué me dices de esa dependienta de la panadería que cada mañana te despacha con un jodido “¿qué quieres” sin apenas levantar la mirada del móvil?

¿A caso no te has imaginado estrellando su jodida cabezota contra el mostrador?

También yo.

Y aquí uno de mis preferidos: ese compañero de trabajo lameculos, ese insecto asqueroso que te invita un viernes por la tarde a su fiesta temática sobre “La Guerra de las Galaxias”, y que el lunes a primera hora de la mañana le enseña a tu jefe las fotografías en las que apareces esnifando cocaína sobre el culo de alguna zorra.

¿Cocaína, grandes culos y el puto maestro Yoda en la misma habitación?

Pues créeme: puede pasar.

Y seguro que lo imaginaste con la cara hinchada y amoratada, con los ojos a punto de salir disparados de sus cuencas mientras le rompías la tráquea con tus propias manos.

Y es liberador, sí.

Pero aún más liberador resulta cortarle la garganta a una rata con traje que se dedica a violar a sus compañeras de oficina después de drogarlas durante la cena de navidad.

Y yo lo he hecho.

Acecharle en la parte trasera de un edificio mientras echa una meada a cuatro bajo cero y observa su minúscula polla como la trompa de un bebé elefante, y le sonríe y le promete que esa noche lo pasarán genial.

Que van a follarse el conejo de una becaria.

O quizá su culo.

Y entonces apareces por su espalda, sigilosamente, con un cúter en la mano, tan afilado que puedes incluso sentir como corta el viento a tu paso.

Y entonces le rodeas con tu brazo y le seccionas la garganta.

De un solo corte.

Tan limpio que dudas incluso de haberle arañado.

Así que cortas otra vez.

Y otra.

Y otra vez más.

Hasta que la sangre, caliente, fluyendo a borbotones, funde toda la nieve bajo tus pies.

Y después de sacudirte el polvo y de esnifar un par de rayas de la mejor cocaína colombiana de la cuidad en unos lavabos llenos de meadas secas y de vómitos, te refrescas la cara y te unes a tus embriagados compañeros de nuevo.

Y te siente entonces como el jodido amo del mundo.

Y esa noche te follas a la chica a la que probablemente ese fiambre habría asaltado.

Y mientras te hace una mamada imaginas la cara de idiota que se le quedó al morir.

Y es que cuando una fantasía deja la seguridad de tu mente para trasladarse a una realidad en la que los actos tienen irremediables consecuencias, sientes entonces tanto miedo como deseos de que tus fantasías sigan tomando forma hasta casi adquirir vida propia.

Pero antes de todo eso, antes del éxtasis de la sangre, antes de la orgásmica imagen de ti mismo seccionando gargantas de alimañas nocturnas, antes de todo eso, despiertas una buena mañana y un Dios en el que nunca has creído te desposee de todo lo que amas y lo transforma en un asqueroso mejunje de mierda, vómitos, y sangre menstrual coagulada.

Pierdes tu trabajo.

Pierdes a tus amigos.

Pierdes a tu chica: ganas un cáncer.

Todo aquello por lo que llevas toda tu vida luchando se desmorona ante tus ojos como un castillo de naipes bajo las pegajosas manos de un bebé gigante que se tambalea amenazante hacia tu reconfortante y monótona realidad.

Y sientes tanto miedo como cuando empezaste a construir ese castillo, cargando una mochila llena de buenas intenciones y de mucha ingenuidad.

Cuatro años de exámenes se transforman en un trabajo que te esclaviza y del que no puedes escapar.

Seis meses de poesías y rosas blancas se convierten en una relación de la que quieres escapar.

Una casita blanca de madera con ventanales azules se torna irremediablemente en una cárcel de madera de la que no puedes escapar.

Quieres huir, pero no puedes.

Todos los sueños que has tenido a lo largo de tu vida se transforman en las cadenas que te atan a una realidad que poco tiene que ver con todo aquello que soñaste.

Con aquello que planeaste.

Proyéctalo y reza para que no se materialice, porque solo las cosas inesperadas son las cosas que merecen la pena de esta vida.

¿Vida?

Después de diez años trabajando en una oficina bajo cegadoras luces blancas te aseguro que lo único que quieres es arrancarte la camisa y salir corriendo por la puerta.

O volando por la maldita ventana.

Y cuando viajas de camino a casa en el transporte público porque tu coche nuevo lleva cuatro meses en el taller mecánico, mientras escuchas tintinear la lluvia sobre el óxido del capó del autobús, observando a personas yendo y viniendo de sus rutinarias y vacías existencias, de sus sueños rotos, piensas en las ganas que tienes de que todo acabe.

Pero resulta que suicidarse conlleva sus riesgos, y el miedo a un Dios en el que nunca has creído te paraliza.

Y guardas la vieja hojilla de afeitar de nuevo.

Quizá otro día, piensas.

O quizá nunca.

Porque quizá acabes en un infierno que quizá no exista y del que quizá no puedas escapar.

¿O quizá sí?

28 de Marzo de 2020 a las 18:23 1 Reporte Insertar 2
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Tania A. S. Ferro Tania A. S. Ferro
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