criseme Cris Eme

Yuzuki Haru pertenece a una familia onmyouji al servicio del Gobierno japonés, especializados en la protección del Imperio contra demonios y fantasmas malignos. Sin embargo, su vida se ve truncada cuando, por una negligencia suya, su padre es herido de muerte en una misión por Akiyama Kouki, un onmyouji oscuro acusado de terrorismo, que logra escapar de Japón hacia un destino incierto. Decidido a enmendar su error y así recuperar el honor de su familia, abandona su hogar dispuesto a dar caza al asesino de su padre y a descubrir sus oscuros planes. Siguiendo los pasos de Kouki, llega a España donde se cruza en su camino Xana Coto, una joven bruja que parece tener la clave para descubrir lo que con tanto ahínco buscaba su enemigo.


Fantasía No para niños menores de 13. © Todos los derechos reservados

#magiacelta #demonios #españa #japon
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Capítulo primero


El silencio estaba cada vez más presente en aquel bosque a medida que la medianoche se iba aproximando. Tomó aire mientras se acomodaba en la rama de un árbol, tratando de pasar lo más desapercibido posible y cerró los ojos serenándose, controlando que toda la energía de su qi se mantuviese bajo mínimos para no ser captado por su presa.

Yuzuki Haru levantó el brazo lentamente hasta alcanzar la empuñadura de su katana, perfectamente sujeta a su espalda, que, con un suave movimiento, podría desenfundarla.

Entonces notó algo y sonrió, era el qi que durante todas aquellas semanas había estado rastreando, por fin daría un desenlace a toda aquella pesadilla.

Sentía cómo se aproximaba su objetivo y abrió los ojos, reconociendo el terreno gracias a la fuerte luz que proyectaba la luna llena a través de las ramas de los árboles. Aproximándose a él, vio una figura oscura moviéndose lentamente en su dirección y sintió cómo el júbilo le invadía. Había caído en su trampa.

Oyó susurrar a su invitado con aquella voz en forma de graznido en la que pronto reconoció un solo nombre, Akira. Era la señal, era el momento de actuar.

Saltó del árbol y aterrizó justo a espaldas de aquella figura que no le había siquiera sentido, haciéndole darse la vuelta sorprendido y reconociendo a su enemigo. Era un tengu, un demonio de las montañas de color rojo, nariz alargada y extenso plumaje, su último objetivo en las últimas semanas:

—Lo lamento, pero yo no soy quien buscas —fue lo último que dijo antes de liberar su katana y arremeter contra el tengu.

Sin embargo, la criatura también desenfundó su arma y ambos aceros se encontraron a medio camino formando un gran estrépito. El tengu era un gran espadachín que blandía su arma con maestría y adivinaba todos sus movimientos y fintas como si hubieran luchado toda la vida.

Haru se veía en problemas, notando cómo retrocedía un paso incapaz de retener el embiste de su enemigo y concentró su qi en las piernas para darse impulso en un salto que le alejó momentáneamente del demonio.

—Akira —susurraba el ser, volviéndose en su dirección otra vez con la katana en guardia.

Vio cómo corría en su dirección dispuesto a continuar la pelea y él tuvo el tiempo suficiente para desprender de su hakama un artefacto que tenía sujeto y lo lanzó a los pies del tengu que explotó en cuanto tocó el suelo, formando al instante una gran humareda que cubrió por completo el cuerpo de su enemigo.

Oyó el alarido del demonio perdido en la nube de humo que había formado a su alrededor y él se colocó una mascarilla sobre la cara para protegerse, lanzándose de inmediato contra él.

Sin embargo, la katana del tengu cruzó el aire y le golpeó en un costado hiriéndole de inmediato y haciéndole soltar un aullido de dolor y de sorpresa. Aquello no lo había previsto.

Cayó al suelo gritando por el dolor y pronto notó la sangre impregnado su kimono, poniéndole nervioso. Se llevó la mano a la herida y concentró su qi en aquella dirección tratando de aliviar el dolor y acelerando la curación para no poder tiempo, pero el tengu volvió a golpearle, no dándole más tiempo que para rodar por el suelo y evitar el ataque.

Se alejó y se incorporó muy lentamente con la mano aún sobre la herida. El humo comenzaba a disiparse y podía ver perfectamente al tengu volverse hacia él apuntándole con aquel pico rojo que coronaba su cara y con la katana en alto. Le dolía horrores, pero no podía abortar la misión, tenía que terminar su trabajo.

Sin embargo, cuando el tengu dio el primer paso para lanzarse contra él, algo apareció por encima de su cabeza, impactando con fuerza contra la cara de su enemigo, haciéndole retroceder y dejándole de prestar atención por unos segundos. Craso error.

Con un último esfuerzo, Haru concentró todo el poder de su qi en su katana y corrió en dirección al tengu, lanzando su ataque con toda la fuerza que aún mantenía en su maltrecho cuerpo.

Atravesó el pecho del demonio de lado a lado con su arma, sacando un profundo alarido de él. Con la espada aún dentro de su cuerpo, Haru sacó un sello purificador que mantenía dentro de su kimono y lo estampó en la cara del tengu. El efecto fue inmediato y pronto el poder reparador del sello invadió el cuerpo de su enemigo, haciéndole desaparecer ante sus ojos, no dejando más que restos de sangre ennegrecida sobre la hoja de su katana. El tengu había sido eliminado.

Agotado, Haru se dejó caer de espaldas al suelo sintiendo el dolor en su costado mucho más intenso y la pérdida de sangre haciendo mella en él.

—¡Haru-kun! —una voz que conocía bien sonó muy cerca de él— ¡Haru-kun, levántate! ¿Estás bien?

Haru trataba de recuperar el aliento y volvió a llevar su mano en dirección al costado para terminar de curar la herida, pero no estaba teniendo mucho éxito y se le empezaba a nublar la vista:

—Bake-san… Llama al monje, por favor —le rogó—. El tengu me ha herido y no tengo fuerzas para curarme yo solo…

Después de aquel último ruego, todo se volvió negro a su alrededor.


La consciencia le encontró en una habitación iluminada por los rayos del sol de la mañana. Abrió los ojos de forma pesada y tardó unos segundos en reconocer el lugar donde se encontraba, pero, en cuanto lo hizo, sonrió y trató de incorporarse sobre el futón donde había estado tendido.

Sin embargo, un repentino dolor que nacía de su costado le recorrió todo el cuerpo y provocó que se lo pensase mejor. Había olvidado la herida que le había provocado la batalla.

—No haga esfuerzos, Yuzuki-san, por favor —la voz de uno de los monjes del templo provocó que su vista se volviese hacia la entrada—. Su herida aún está reciente y podrían saltarse los puntos.

Él se destapó para observarla y descubrió una venda cubriéndole a la altura del vientre junto con la sensación de tirantez de los puntos bajo las gasas, luego volvió a mirar al monje:

—Le agradezco sus servicios —contestó inclinando ligeramente su cabeza en señal de respeto y agradecimiento.

El monje se acercó hacia él y se arrodilló a su lado. Haru supuso que aquel hombre deseaba saber cómo había ido toda la misión por la que había sido enviado hasta allí, pero no pudo. En ese mismo momento, la puerta se abrió de forma escandalosa y unas fuertes pisadas se escucharon en dirección a su futón hasta que descubrió la identidad del recién llegado:

—Bake-san —dijo con una sonrisa al ver allí a su amigo más leal.

Al principio, los monjes del templo no habían estado de acuerdo con su presencia allí junto a él y no los había culpado. Al fin y al cabo, Bakesori —su amigo Bake-san— era un Tsukumogami, una sandalia que había pertenecido a uno de sus bisabuelos y que había adquirido vida después de cumplir cien años en el seno de la familia Yuzuki. Era un demonio que, por lo general, hostigaba y castigaba a sus dueños por no haberle cuidado de forma adecuada mientras había sido un objeto inanimado, pero Bake-san era diferente: había sido el guardián protector de su abuelo y de toda su descendencia, hasta llegar a él. Por ello, aunque comprendía los reparos hacia un demonio en un lugar sagrado como aquel, que le acompañase había sido su única e inamovible condición para aceptar la misión.

—¿Cómo te encuentras, Haru-kun? —le preguntó acercándose hasta tocar su brazo.

—He estado mejor, la verdad —contestó volviéndose a reincorporar, cansado de estar recostado—. Pero muchas gracias, Bake-san. Me salvaste de un buen apuro.

Vio a su amigo bajar la mirada mientras farfullaba alguna regañina que siempre reservaba para esos momentos más emotivos entre ellos y sonrió al recordar aquel preciso instante en que Bakesori se lanzó contra el tengu, golpeándole con violencia en el rostro, otorgándole el tiempo necesario para poder darle el golpe final. Estar vivo seguramente se lo debía a él.

—Yuzuki-san —el monje reclamaba su atención de vuelta sacándole de sus pensamientos—. Lo mejor será que descanse y, cuando se sienta mejor, hablaremos.

Acto seguido, el monje se alejó de allí dejándoles solos, agradeciéndoselo en silencio ya que se sentía completamente incapaz de decir una palabra más.

Iba a volver a recostarse de la mejor forma posible para que su herida no le resultase un infierno cuando, de pronto, escuchó el tono inconfundible de su teléfono móvil en la bolsa de viaje.

El bufido que emitió al escucharlo y el acto seguido de echarse de espaldas contra el futón pareció ser señal suficiente para Bakesori de ser él quien cogiese el móvil y viera de quién se trataba:

—Es Yuzuki-san —le informó.

Haru maldijo para sus adentros y le indicó con la mano que se lo acercase, siendo obedecido al instante. Cuando tuvo el móvil en la oreja, dijo tratando de que no se notase que se encontraba tumbado:

—Padre…

—Haru-kun —la voz grave y apresurada de su padre llegó a sus oídos en cuanto le reconoció—. Te hemos llamado varias veces, ¿qué ha pasado?

—Bueno, un pequeño percance —le explicó él frunciendo el ceño—. El tengu me hirió con la katana cuando creía que no podía verme, pero logré acabar con él y purificarlo.

Acto seguido, le contó cómo había ido la misión y su intención de terminar cuanto antes con todos detalles que faltaban antes de volver a Tokio. Sin embargo, su padre no parecía conforme con el relato:

—Haru-kun, sigues sin saber ocultar el qi mientras luchas, eso provocó que el tengu te pudiera localizar a pesar de la bomba de humo —le explicó con un tono de decepción que no le pasó desapercibido—. Tienes que entrenar más o acabarás peor que esta vez.

—Lo sé, pero lo he conseguido, ¿no? —contestó disgustado.

—Antes de colgar, Haru-kun —dijo su padre de pronto ignorando su queja—. Tenemos novedades, en tres días hemos convocado la reunión y tenemos que estar todos. Espero que esta vez seas puntual.

Acto seguido, le colgó dejándole con la palabra en la boca. Se quedó mirando la pantalla del teléfono en negro sin decir ninguna palabra y decidió que no quería estar más tiempo tendido en aquel camastro.

Se incorporó pesadamente siendo ayudado por Bakesori y tomó su ropa de calle habitual para vestirse. No decía ni una palabra, pero tampoco tenía ganas de hacerlo, esa era la sensación que siempre le quedaba después de hablar con su padre.

Su vida siempre había estado sometida a mucha presión desde que era muy pequeño. Ser un onmyouji nunca había sido fácil. Era una doble vida que requería muchos sacrificios y trabajo duro. Proteger al país de todos los demonios o espíritus malignos que le asolasen era un duro cometido, pero a la vez un gran privilegio con el que contaban muy pocas familias en Japón. Entre ellas, la suya.

Pertenecía a un clan muy antiguo que trabajaba al servicio del gobierno japonés para el exterminio de demonios y para mantener el equilibrio entre las fuerzas del bien y el mal. Para ello, requería de un fuerte entrenamiento al que había sido sometido —como todas las generaciones Yuzuki— desde niño para, cuando cumpliera la mayoría de edad, comenzar a prestar sus servicios al Estado. Además, dominaba las artes místicas del control de espíritus poderosos llamados shikigami y de las fuerzas y elementos de la naturaleza.

Aquel era un cometido con el que nunca se había sentido a la altura y siempre muy lejos de las altas expectativas de su estricto padre y del resto de su familia. A sus veintidós años, sentía que era incapaz de soportar tanta responsabilidad y le hacía sentirse un fracasado.

—Deberías descansar por hoy, Haru-kun —le advirtió Bakesori a sus espaldas.

Se volvió hacia su amigo y no hicieron falta palabras entre ellos. Bakesori conocía esa batalla que siempre se libraba en su interior entre el deber que se le había impuesto y su deseo de ser un joven normal y corriente. Él sólo le sonrió de forma triste y dijo:

—Acabemos con esto cuanto antes, Bake-san.

No le llevaron mucho tiempo las últimas transacciones antes de partir de vuelta a la capital. El hombre que había ido a verle al templo budista donde había estado hospedado junto a los monjes, era Ashika Akira, uno de los hombres más poderosos de Sapporo, que había sido el objetivo del tengu y principal precursor de su estancia allí.

No le había sorprendido cuando lo conoció, días antes. Era un hombre vanidoso e iracundo que le había hecho muy complicada la misión por su necesidad imperiosa de ser un héroe, a pesar de que el tengu podría haberle matado en más de una ocasión por su continua inconsciencia. Ese tipo de personas eran las preferidas de los tengu para hostigar, se parecían demasiado a ellos.

Cuando Ashika quedó conforme con la idea de que aquel demonio no volvería a molestarle, se marchó de allí sin darle un mísero gracias. Sin embargo, no le importó, lo único que había querido todo aquel tiempo era perder a ese impresentable de vista.

Le vio partir en dirección al centro de la ciudad de Sapporo y él se quedó mirando al horizonte sin pensar en nada. Hacía frío y kogarashi soplaba helador, era el viento que anunciaba que pronto se acercaría el invierno y aquella región tan nórdica era la primera en sufrir los achaques de aquella estación.

Suspiró al pensar que dentro de dos horas partiría de vuelta a Tokio en avión y que no había tenido tiempo de visitar la capital de Hokkaidō. Siempre era lo mismo, nunca viajaba por ocio ni se quedaba lo suficiente para conocer el lugar en el que se encontraba, siempre de paso, siempre por obligación.

Trató de espantar los malos pensamientos antes de que su qi se descontrolase y decidió entrar en el templo una vez más. No tenía tiempo que perder, aún debía terminar su equipaje y empacar todas sus armas de una forma que no pudiesen llamar la atención de otros. Ya dejaría sus demonios para la soledad de su vivienda de Tokio.

En esas reflexiones se encontraba cuándo reparó en que aún no había encendido su teléfono móvil personal desde que había abandonado Tokio y sintió que se le helaba la sangre. No había tenido tiempo ni para acordarse de él.

Lo buscó entre sus pertenencias y lo encendió, encontrándose justamente con aquello que esperaba: veinte llamadas perdidas y varios mensajes cada vez más hostiles hacia él. Suspiró ante la que se le venía encima y decidió pulsar el número que tan insistentemente había querido comunicarse con él:

—Yuko-san —susurró él con un hilo de voz al escuchar el sonido del descuelgue.

—¡Haru-kun! —la voz alterada de su novia inundó sus oídos, aunque no parecía muy enfadada con él— Estaba tan preocupada. Sé que me dijiste que los retiros espirituales con tu familia te obligan a estar incomunicado, pero tantos días sin hablar contigo, me pone un poco nerviosa.

Cerró los ojos, sintiéndose culpable. Llevaba saliendo con Yuko dos años y aún no le habían permitido revelarle su verdadero oficio. Ella siempre había aceptado sus constantes mentiras o ausencias con buena cara y completa predisposición, algo que a él le enfurecía. Hubiera deseado que alguna vez Yuko se hubiera enfadado con él de verdad o le hubiera gritado, porque así, al menos, no se sentiría tan mal por estar haciendo daño a una persona que se merecía algo mejor que él.

—Perdóname, Yuko —soltó con un hilo de voz la enésima disculpa que siempre tenía reservada para ella—. Volveré hoy por la noche. Te invito a cenar.

—¡Vaya, lo siento! —contestó ella con un tono de voz— Hoy no voy a poder. Creo que no podremos vernos hasta el día del concierto. Es esta semana, ¿no estás emocionado?

Claro que lo estaba. Era su grupo favorito de rock visual kei y apenas quedaban unos días para poder disfrutarlo, aquello era lo único que le había hecho verdadera ilusión desde que tenían las entradas.

—Claro que sí —contestó con una sonrisa en los labios.

—Te echo de menos, Haru-kun —dijo ella finalmente—. Llámame en cuanto hayas llegado, por favor.

Haru aceptó y se despidieron. Cuando cortó la comunicación, siguió sintiendo el mismo vacío de antes de la llamada, ya nada parecía que fuera a levantarle el ánimo ese día.

Decidió que aquel era un buen momento para marcharse y recogió todo el equipaje que había traído con él. Bake-san se encontraban durmiendo dentro de su mochila y se la colocó despacio para no molestarle, pero el movimiento le hizo daño en el costado y tuvo que reprimir un grito al sentirlo.

Se llevó de forma inconsciente la mano a la herida y cerró los ojos, tratando de concentrar su qi en esa dirección para aliviar tanto dolor, pero no tuvo éxito. Parecía que aquel día ni siquiera era capaz de controlar su propio cuerpo.

Resignado y frustrado, salió del templo por fin donde le esperaba el taxi que le llevaría al aeropuerto. Una ráfaga de aire frío le sorprendió y despeinó los mechones de su cabello negro, sintiéndose un poco más despejado. Contempló el atardecer entre las nubes oscuras un segundo antes de entrar en el coche y cerrar la puerta sin más miramientos. Sólo quería volver a su casa cuanto antes.

29 de Marzo de 2020 a las 00:00 0 Reporte Insertar 0
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