laura-a Laura A.

La mercenaria había conseguido mantener su cordura dentro del escuadrón gracias a una única y sencilla norma auto-impuesta, mantener sus manos alejadas de sus compañeros. Nunca, bajo ningún concepto, podía tocarlos. Ellos estaban prohibidos. Sin embargo, por un absurdo enredo, había cometido un error. Había roto la norma inquebrantable, algo que nunca debía suceder. Ahora estaba en problemas. Sus peligrosos compañeros tenían todas las de ganar, y ella, todas las de perder.


Erótico Sólo para mayores de 18.

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La norma inquebrantable


Las últimas luces del día abandonaban ya la lúgubre estancia y Elissa Muin, mercenaria experta, se ve obligada a encender una de las pequeñas velas repartidas estratégicamente por las mesas para proseguir con su labor.


—Menuda faena... —masculla entre dientes mientras intenta recomponer las afiladas puntas de sus maltrechas flechas con la paciencia propia de los artesanos.


En realidad, su presencia allí se debía a un egoísta acto de cobardía pues ese mismo día, y aunque todavía le resultara increíble, cumplían ya tres años desde su alistamiento con el equipo. Quizás, pasar el poco tiempo libre del que disponía en la mercería del puerto, no era la celebración que debería estar haciendo, pero por desgracia, las fiestas y la gente no eran mucho de su agrado y su carácter introvertido tampoco ayudaba demasiado. Además, para quienes no lo supieran, ella tenía una gran reputación que mantener como mercenaria pues era nada más, ni nada menos, que la ladrona estrella de su escuadrón. En verdad, éste era el segundo escuadrón en su carrera profesional ya que no encajó demasiado bien con el primer equipo que le asignaron. O mejor dicho, Elissa no supo hacer lo que le pedían, lo que pedían en todos los equipos en realidad. Y es que después de mucho intentarlo, fue incapaz de tener relaciones íntimas con ellos, algo vital y necesario para su pequeño y particular gremio.


Todos aquellos ajenos a sus normas pensaban que la forma de actuar de la Academia de Instrucción era muy inusual ya que desde un buen inicio, se les enseñaba a los novatos mercenarios la importancia de intimar con los demás, algo reservado tradicionalmente a las parejas sentimentales. Eso, por curioso que resultara, mejoraba enormemente la conexión con el resto de compañeros. Aquel simple acto hacía que sus vidas se convirtieran en una sola. Así era como los mercenarios se protegían, como conseguían sobrevivir a las arduas tareas impuestas, y también, como se convertían en amantes de por vida. Ese era su destino, pasar toda su existencia unos al lado de los otros.


Por descontado, el famosísimo y a la vez temido vínculo de sangre facilitaba muchas cosas, y es que todos los miembros que conformaban los escuadrones, sin excepción alguna, llevaban un tatuaje mágico allí dónde ellos eligieran que ligaba para siempre sus almas con las de los demás. Las esquivas brujas arcanas regalaron este potente e intrincado hechizo a la Academia de Mercenarios mucho tiempo atrás como agradecimiento, y este pacto perfecto diseñado para que nadie se quedara atrás, se usaba sistemáticamente desde entonces para asegurar su bienestar. El hechizo era sumamente poderoso, intenso y muy pero que muy preciado. Aunque para algunos, estar ligados de esa forma con otros seres les podría resultar un precio demasiado alto a pagar, pero es que así era su trabajo. Existían numerosos peligros y riegos a diario, solos no podían llegar muy lejos y se necesitaban los unos a los otros, por eso el vínculo mágico se encargaba de asegurar su éxito. Así pues, cuando más cercanos y cuando más contacto físico hubiera entre los compañeros, más fuerte se hacía el vínculo y más opciones había de sobrevivir.


Según la férrea filosofia de la Academia, se podía defender con uñas y dientes a un compañero, pero por un amante, si era necesario, se mataba. Así que impulsados por sus costumbres, ese tipo de relaciones personales eran de lo más habituales entre el gremio de mercenarios del puerto de Elittes, lugar del cual ella formaba parte. Pero para Elissa, era un tarea imposible cumplir esa orden primaria. Ella, simple y llanamente, no podía hacerlo.


Por eso su primera incursión fracasó miserablemente, sin embargo, los chicos del nuevo equipo la habían entendido a la primera y le había mostrado todo su apoyo. Tenía el vínculo de sangre con todos ellos y con eso les bastaba y les servía. Nunca le tocaban ni un solo pelo, ella hacía bien su trabajo, no juzgaba a nadie y respetaba siempre sus decisiones y ellos las de ella. Habían funcionado así durante años sin problemas y no tenían porque cambiarlo ahora. No señor... cumplir años juntos sólo era algo natural, nada más.


—Toc, toc... —retumba una impresiona voz de repente por toda la sala acompañada de tres sonoros golpes que la sacan con un susto de su trance.


Entonces Lori Wess, su compañero principal del escuadrón, entra de repente en la habitación del armamento de corta distancia.


—Así que estabas aquí... —dice él tocando su cabeza suavemente—. Ya pensaba que te habrías metido otra vez en la maldita biblioteca con tus queridos libros —ríe con sorna pero con un deje de preocupación cruzando por sus hechizantes ojos.


Para aquellos que no lo supieran, los equipos de mercenarios estaban formados comúnmente por cuatro personas. No obstante, estos se dividían a su vez en grupos de dos para así poder moverse con más agilidad y Lori, quien pertenencia a la orgullosísima raza de los fénix, era el compañero designado para ella. El fénix era un tipo alto con un cuerpo extremadamente fuerte y marcado. Tenía unas piernas largas como un día sin fin y el pelo lacio y oscuro como la noche más profunda. Éste le llegaba hasta la cintura y siempre lo llevaba recogido en una cola alta. Sus ojos, quizás de las cosas más llamativas en su persona, eran dorados como el propio sol y siempre resplandecían en cualquier situación. Pero sobre todo, aquello que más le gustaba de él, eran sus gruesos labios de caramelo.


¡Eso sí que era su perdición!


Elissa siempre se quedaba absorta por la forma en que se movían cuando hablaba ya que además, su blanca y perfecta sonrisa contrastaba con su piel color caoba resaltado tal atributo. A más a más, su impresionante compañero siempre estaba de buen humor, un juguetón innato vaya, aunque teniendo en cuenta el contraste entre sus caracteres, eso era en realidad algo bueno. Ella era más sosa que una alga de mar y él, por el contrario, era una criatura echa de fuego y llamas. Un guerrero de pura raza, la primera línea de defensa del escuadrón. Así que en definitiva, Elissa y Lori eran como la noche y el día.


—Sí... eso es exactamente lo que iba a hacer ahora mismo... —refunfuña Elissa ignorando su comentario y el incómodo calor que se formaba en su estómago cada vez que estaban juntos.


—¡Oh vamos, Lizzi! —exclama. Así es como ellos la llamaban siempre, para el escuadrón no era Elissa, era simplemente Lizzi—. Si hasta te he traído un pastel. Ves, me he acordado, hoy hace tres años que estás con nosotros —anuncia su compañero con evidente entusiasmo haciendo relucir su blanca dentadura.


No obstante, Lizzi mira al pastelito y luego a Lori sin mostrar ninguna expresión. A veces él la trataba como si fuera una niña pequeña, aunque a sus ojos, seguramente debía serlo. Ella apenas llegaba a su pecho aún estando de pie debido a la gran altura del fénix. Además, su cuerpo tampoco es que estuviera muy desarrollado. Sus piernas y músculos eran fuertes sí, y aunque tenía caderas, sus pechos eran prácticamente inexistentes, casi como una tabla rasa. Así que en general, su aspecto era pequeño y un poco infantil. Todo lo contrario a lo que solían ser los amantes de Lori. Lo sabía de sobras porque su compañero principal tenía a muchos. No le importaba la edad, ni la raza, ni el género. Si alguien le gustaba, iba a por él. Y pobres aquellos que intentaran resistirse pues sus acciones estaban abocadas a un fracaso inminente. Lizzi no conocía a nadie con la fuerza de voluntad suficiente para no caer ante los encantos del fénix. Nadie en absoluto.


—Gracias, pero era innecesario —responde ella arrebatando el pastelillo de su fuerte mano y comiéndolo de un solo bocado mientras se levanta de la silla.


Lizzi no quería su estúpido pastel. Sabía de sobras por qué había venido y no era por el aniversario de su llegada al escuadrón.


—Estoy cansada, nos vemos mañana —le espeta sin más a su compañero.


—¿Te encuentras bien? —pregunta él de todos modos siguiéndola por el ahora vacío pasillo de la mercería pues era ya muy tarde cuando había ido a recomponer sus maltrechas armas.


—Perfectamente —responde Lizzi poniendo los ojos en blanco y sin aflojar el paso.


Qué pesado era el fénix a veces...


—¿Qué ha dicho el doctor? —inquiere Lori a continuación.


Allí estaba, eso era lo que él quería saber con tanta urgencia... pero en vez de contestar a su pregunta, Lizzi resopla sonoramente y sigue caminando.


En su última misión, la mercenaria no se había encontrado nada bien. En realidad, Lizzi ya llevaba un tiempo teniendo actuaciones un poco pobres, pero fue en esa donde Lori se dio cuenta de que algo iba realmente mal. Sobre todo cuando ésta fue incapaz de esquivar la flecha que alguien le había lanzado justo en el momento de robar uno de los cofres del capitán de otra embarcación, una acción a la que estaba más que acostumbrada. Su especialidad no era la lucha cuerpo a cuerpo, como Lori o los demás, sino que ella se mantenía siempre en la retaguardia. Sus ataques eran a distancia, flechas, puñales, bombas de humo, ese tipo de cosas... pero en caso de emergencia, no le quedaba más remedio que usar la lucha cuerpo a cuerpo, aunque lo evitaba todo lo posible.


—Si no hubiese sido por Maya esa flecha te hubiera atravesado por completo y lo sabes... — le recuerda él con el rostro muy serio.


Maya era otro de sus compañeros, de la raza de los druidas, al igual que ella.


No obstante, y curiosamente, Maya Tuein era con el que menos se entendía. Quizás porqué al ser ambos druidas, él podía ver cosas que los demás no entendían y eso no le gustaba ni un pelo a Lizzi quien siempre había sido muy celosa de su propia intimidad. O quizás, la razón de su recelo hacia Maya era porqué le resultaba odiosamente atractivo, con sus ojos verdes como el musgo, su pelo corto y oscuro, su piel como si fuese hijo de la mismísima Luna y su maldito misterio. Cómo si éste se tratara de un salvaje dios pagano. Además, Maya era un guardián, entregado y entrenado al cuidado, protección y satisfacción de las sacerdotisas, las más preciadas entre los druidas. Aunque quizás, el verdadero motivo por el que a veces Lizzi no podía con él, era por qué muy a su pesar, Maya siempre iba un paso por delante de ella.


—Me lo has dicho mil veces, ya me he enterado —responde ella bufando.


—Sí, pero parece que no escuchas —rechista éste a su vez—. ¡Lizzi, tu magia esta menguando! ¿Acaso no lo ves? —intenta explicar Lori con rabia quien iba a atraparla por el codo para parar sus rápidos pasos. Sin embargo, por puro instinto, ella se aparta de inmediato y lo mira con ojos desafiantes.


Esa era su norma principal, nunca tocaba a sus compañeros bajo ninguna circunstancia, pasase lo que pasase. Jamás.


—Perdón... —se disculpa el mercenario al acto alzando las manos al aire al ver su error—. Sólo estoy preocupado por ti, cada vez estás más débil —insiste Lori con sus ojos ardiendo.


El fénix se estaba mosqueando de lo lindo pero a Lizzi le daba bastante igual.


—El vínculo entre nosotros también se está debilitando... sabes que es muy peligroso... —insiste con apremio su compañero.


El mágico vínculo que les obligaba a permanecer juntos también podía detectar el estado físico de los demás, y por lo tanto, saber si su vida corría algun tipo de peligro.


—Dime qué está ocurriendo de una maldita vez. No podemos ayudarte sino hablas con nosotros, Lizzi...—exige de nuevo su compañero principal.


—Te preocupas por nada, y no metas a los demás en tus paranoias. Maya debe estar esperándote, lárgate de una maldita vez —le espeta ella saliendo del armamento a paso ligero y todavía sin responder a ninguna de sus preguntas dejándole allí plantado.


Estaba realmente harta de que Lori insistiera tanto...


Ni doctores ni nada, Lizzi sabía de sobras lo que le ocurría. Su magia estaba desapareciendo porque nunca antes había realizado el Ritual de la Luna, una tradición centenaria y obligatoria para los druidas. El Ritual era en verdad una noche designada para venerar a su Diosa Luna. Básicamente, consistía en entregarse en cuerpo y alma durante todo una noche entera a un amante. Uno dejaba de ser consciente de quien era o de con quien estaba, y en su lugar, la Diosa decidía qué hacer con sus cuerpos. Era el caos y el desenfreno echo sexo. Una experiencia extracorpórea que muchos anhelaban durante mucho tiempo, y que muchos otros, temían.


Por supuesto, ella pertenecía más al segundo grupo. Lizzi en realidad tendría que haber hecho el ritual hacía mucho tiempo atrás, pero la druida lo posponía y lo posponía una y otra vez. Nunca se sentía segura o suficiente convencida y su tiempo estaba llegando al límite. Como consecuencia, y también como castigo, la diosa le estaba retirando su querida magia. Por eso sus reflejos y sus instintos estaban afectados, ese era el motivo por el cual había sido incapaz de retirarse de la línea de la flecha en la misión. Su cuerpo simplemente no respondía como ella quería.


Sin embargo, no sabía a quién acudir para solucionar su pequeño problema. Quería que su elegido para el Ritual fuera un completo desconocido. Ninguno de sus compañeros mercenarios le servía. Aún menos, “sus” compañeros, eso lo muy tenía claro. A ellos no debía ni podía tocarles, sino, estaría completamente perdida para siempre.


Así pues, después de huir despavorida del armamento, la reservada Lizzi encabeza callejón arriba en dónde se encontraba su residencia. Ella nunca dormía con el resto del tándem y eso que Renedel Magnus, el último del escuadrón, y también su capitán, había comprado una casa sólo para que todos ellos la compartieran. Sin embargo, al enterarse de la noticia, Lizzi se negó en rotundo. Vivir con un fénix y un druida era complicado, pero vivir con un elfo era simplemente imposible. Y es que Renedel, como todos los elfos del mundo, era sofisticado, serio, etéreo, hermoso, letal y peligroso. Éste poseía una belleza irreal, de esas que te hacen girar la cabeza varias veces sólo para comprobar que no estás viendo un espejismo. El elfo era todo plata y fantasía, cabellos plateados, ojos plateados, piel translúcida, orejas puntiagudas y movimientos elegantes. Una criatura del cielo. Y él, junto con Maya, formaban el segundo equipo de su escuadrón.


Lizzi le tenía un respeto enorme al capitán Renedel ya que el elfo le dio una oportunidad con el equipo cuando todos los demás le dieron la espalda. Por eso la druida no quería fastidiarla, no podía permitirse tal cosa. Y mientras su mente navegaba confusa y aturdida a causa de sus compañeros y del dichoso Ritual, la druida atraviesa la puerta de la residencia velozmente justo a tiempo para ser invadida por otra fuerza de la naturaleza. Dedenus, su fiel amiga de la residencia de mujeres.


—¡Te lo has perdido! —estalla muy exaltada Dedenus nada más cruzar la puerta.


Su querida amiga era una terrenal, una especie de duendecillos pequeñitos de tonos azules y blancos que resultaban adorables para las otras razas.


—¿El qué? —pregunta Lizzi teniendo un mal presentimiento por su enérgico comentario.


—Ha venido mi ángel a traer los medicamentos. ¡Es tan, tan, generoso! ¡Y hermoso! ¡Oh, es magnífico! Y su trasero es perfecto, tiene un trasero de... —enumera como un metralleta.


—Un trasero de diez... —acaba la frase por ella sabiendo de memoria lo que iba a decir.


—Exacto... —confirma Dedenus sonriendo tontamente y juntando las manos en su pecho.


Ese ser que tenía a su amiga tan fascinada no era nadie más que Renedel, su capitán. La terrenal estaba un poco demasiada pillada de él. No pasaba un día sin que no hablara de lo perfecto que era, y sobre todo, de lo perfecto que era su trasero. Era casi cómo decir una bendición para ella. Y por su culpa, Lizzi alguna vez había tenido que disimular en alguna misión por estar mirando un poco demasiado las posaderas de su capitán. Cosa que no le hacía ningún bien a su ya alterado estado.


—Espero que tu nombrado 'ángel' haya traído mis medicamentos. Los necesito con urgencia... —se queja Lizzi soltando un pequeño y cansado suspiro.


Curiosamente, Dedenus tenía un mote para cada uno de sus compañeros. Renedel era un ángel, Lori un pecado con piernas y Maya un sensual misterio. Elissa no tenía ningún nombre porqué, para empezar, ni Dedenus, ni nadie, sabía que ella también formaba parte del escuadrón. Habitualmente, los ladrones solían conservar su identidad en secreto, precisamente por qué eran ladrones. Así que en todas sus misiones, Lizzi iba cubierta de pies a cabeza y sólo sus ojos eran visibles. Además, solía llevar ropa de hombre, primero porque le resultaba más cómoda y segundo, para ocultar su identidad.


—Aquí los tienes... —comenta Dedenus resignada y entregándole una bolsita de papel.


—¡Oh! ¡Mi salvadora! —exclama Lizzi contenta mientras agradece a la Diosa.


Ya empezaba a preocuparse por si llegaba el próximo ciclo lunar y estaba sin la medicina. Dedenus creía que era por el dolor de cabeza, pero no, era para bajar su calentón. Así es, cada luna llena su cuerpo se descontrolaba y se pasaba el día pensando en sexo, pero no porqué quisiera, sino por el maldito Ritual que le evocaba perversas imágenes constantemente. La medicación dejaba su cuerpo y su mente aturdida y había sobrevivido los últimos años gracias a ella. No podía ser una mercenaria si estaba siempre pensando en cuerpos desnudos y erecciones... ¿verdad?


—Sigo sin entender porque viene él a traer los medicamentos. Seguro que tiene algo con el doctor Tinissel, es decir, yo si pudiera lo tendría, lo digo por los dos claro...—comenta su amiga distraídamente.


El doctor Tinissel, del puerto de Elittes, también era un elfo como su capitán. Éste llevaba largos años viviendo en el puerto costero y como bien decía Dedenus, de vez en cuando los dos elfos caían uno en los brazos del otro. El buen doctor le debía un poco de dinero a su capitán ya que cuando quiso montar su consulta, el banco no le ofreció un buen acuerdo y Renedel no dudó ni un instante en ayudarle. Así que Tinissel pagaba su cuenta como bien sabía o como podía... compañía, sexo y atención médica. ¡Todo un lujo al alcance de muy pocos!


—A mí, mientras alguien los traiga, como si es el mismísimo diablo — comenta Lizzi feliz de no volverse loca—. Siento mucho abandonarte compañera, pero me muero de sueño... —le suelta en un largo bostezo.


—Señor... tienes que dejar este trabajo, no te hace ningún bien. Mírate, cada vez vas a peor... —dice la terrenal negando con la cabeza en desacuerdo.


Dedenus pensaba que Lizzi trabajaba en el infame servicio postal del pueblo. Imagínate entregar cartas y paquetes a piratas, mercenarios y demás rufianes, ¡un mal trabajo sin duda!


—¡Ah! Y tienes que hacerte mirar esa animadversión que tienes por las criaturas hermosas —añade con total dramatismo—. Es preocupante, te lo digo de verdad —la riñe Dedenus.


Lizzi se ríe con ganas ante el comentario de su querida amiga.


Ella no tenía ninguna animadversión por nadie, simplemente era que sus compañeros daban demasiado de que hablar y no podía más. Todo el mundo los conocía, todo el mundo hablaba de ellos, todo el mundo quería acabar en su cama.... todo el mundo menos ella. Sobre todo en la residencia. No había día que no escuchara cuchicheos sobre ellos y sus aventuras heroicas o amorosas, daba igual lo que fuera. Muchas eran inventadas, por supuesto, Lizzi lo sabía porque en varias ocasiones habían estado de misión y era imposible que hubiesen pasado una de esas noches locas que se les atribuía. ¡Hasta había cuchicheos sobre el ladrón encapuchado y sus conquistas! ¡Ja! Menuda locura. Lo único que llegaba a conquistar ella era la cama y la comida.


—Nos vemos mañana, amiga... —se despide la mercenaria de la terrenal sintiéndose muy agotada.


—Hasta mañana. No olvides que hemos quedado para ir al mercado —le recuerda Dedenus antes de que desaparezca por las escaleras.


—No lo olvido nunca... —le responde Lizzi en una ligera sonrisa.


A veces odiaba mentirle a Dedenus sobre su trabajo real pero era para protegerla. Quizás esa era de las pocas veces en las que Lizzi se sentía agradecida por su aspecto ya que aunque fuera de élite, ella simplemente no parecía una mercenaria y por eso era capaz de engañar a todo el mundo. Incluida a su mejor amiga.


Así pues, una vez en su habitación, se desnuda para darse una ducha rápida pues estaban en época de lluvias y la humedad era repugnante, y una vez se halla bien aseada, se pone una camiseta vieja con unos pantalones cortos y se deja caer muerta en la cama pero no sin antes tomar su medicación. El sueño vence a la pequeña druida rápidamente mientras su mente le da vueltas a su conversación anterior. Era cierto lo que les había dicho a Dedenus y a Lori. El descenso de su magia la dejaba cada vez más y más cansada, y aunque durmiese horas, no llegaba nunca a recuperarse del todo... Lizzi tenía que ponerle un remedio pronto... muy pronto... si no, de lo contrario, iba a ser su fin como mercenaria...


******


(A la mañana siguiente)


El sol tempranero se filtraba por la ventana de la habitación anunciando el inicio de una nueva jornada y Lizzi se despierta ligera como una pluma. Hacía semanas que no se sentía tan bien. El resto de días notaba su cuerpo pesado como si tuviese sacos de arena en vez de músculos, pero no esa mañana, era más bien todo el contrario, sentía su cuerpo liviano, cálido y protegido.


Al abrir los ojos despacio, la pequeña druida ve el perfecto rostro de Lori delante de ella y un pellizco interno inunda su estómago.


«Otra vez...», masculla en su interior. «Otro sueño...», expresa.


Lizzi solía tener sueños húmedos con sus compañeros muy a menudo, Lori con el que más. Suponía que era por qué pasaba demasiado tiempo con él. Y aunque en la vida real no tocaba nunca a sus tentadores compañeros de escuadrón, en el mundo de los sueños no había consecuencias ni responsabilidades para su persona. En resumen, nada ni nadie podía pararla y sabía muy bien cómo aprovechar aquellos deliciosos momentos.


Así pues, en esa ocasión, su subconsciente había decidido que un muy desnudo Lori se encontrara recostado boca arriba en la cama mientras ella estaba a su lado con su cabeza apoyada sobre su pecho y sus piernas restaban enredadas entre los poderosos muslos del fénix. El brazo de su compañero sostenía su cintura como si tuviese miedo de que cayera y de inmediato, Lizzi clava sus ojos en los carnosos y tentadores labios de Lori.


¡Cuanto los adoraba!


Tenía que admitir que sus sueños eran cada vez más lucidos y precisos. Y mientras la mercenaria da las gracias a su mente y a su imaginación para que le produjera imágenes tan perfectas, Lizzi muerde sus propios labios un instante ante la visión de su caliente compañero desnudo para acto seguido, moverse hacia adelante y atraparlos traviesamente en un deseado beso. Lizzi gime despacio al igual que él ante el cálido contacto.


¡Eran tan suaves, tan perfectos, tan deliciosos! Una embriagadora combinación de sándalo y miel. Y sin poder controlarse, la druida mueve su boca sobre la de Lori queriendo que ese momento no acabase nunca mientras él le responde con suavidad y sumo control. Lizzi sonríe ampliamente satisfecha con su beso, y a continuación, se despega de él un instante sólo para seguir un explorador camino por su escandaloso cuerpo. La druida pasea sus manos por toda la piel de satén que encuentra a su paso aunque, en realidad, no tenía ni la menor idea de cómo se sentía la piel de Lori. No obstante, su mente lo imaginaba así y a Lizzi ya le estaba bien. Así que, en modo exploradora total, le proporciona pequeños besos a su cuello para después ir bajando hacia su pecho dónde sus perfectos músculos parecían estar esculpidos en puro mármol, mármol de color caramelo.


«Eres magnífico, magnífico...», canturrea de forma ocupada en su mente.


Sus inquietas manos siguen su camino hacia su vientre del fénix mientras que su boca encuentra uno de sus pezones y lo saborea con gusto. Alguna vez había oído que a Lori le gustaba mucho que se los mordieran, aunque la mercenaria no sabía si era verdad o un simple bulo. Sin embargo, a Lizzi le gustaba morderlos con fuerza en sus sueños para atormentar así a su dueño ya que siempre estaban bien erectos y dispuestos para ella. El portentoso fénix gime otra vez al sentir su húmeda boca jugando con su pezón y ella vuelve a sonreír de forma triunfal.


¡Era tan divertido recrearse con sus infinitos encantos!


Sin perder el tiempo, la druida sigue bajando por el vientre de su compañero hasta localizar el suave vello público que marcaba el camino hacia su delicioso sexo. En esos momentos, el pene de Lori estaba caliente, grande, erecto y preparado para ser acariciado. Pero por desgracia, sabía que su sueño estaba a punto de terminar ya que sólo faltaba un pequeño detalle antes de volver a la realidad...


La druida, sin acobardarse, agarra con fuerza el fabuloso pene de su compañero quien por tercera vez consecutiva, gime sin poder evitarlo. Lizzi pasa su dedo gordo por la húmeda cabeza de su sexo que estaba completamente lleno de pre-semen, y mientras acaricia su ardiente erección despacio y sinuosamente, levanta la cabeza para murmura un pequeño 'Buenos días' contra sus deliciosos labios.


¡Y allí terminaba todo!


Justo cuando estaba en la mejor parte, la druida siempre despertaba de su sueño. Deseaba algún día poder alargarlo un poco más, y aunque sólo fuera en su mente, poder disfrutar de él.


—Buenos días, Lizzi —responde sorpresivamente la voz de Lori contra su oído—. Si llego a saber que me atenderías tan bien hubiese hecho esto muchísimo antes... —murmura él con la excitación tiñendo su profunda voz.


Lizzi se congela por un instante y todo su cuerpo se tensa. Eso no pasaba en su sueño, en ese punto ella simplemente despertaba, nada más. Así que ligeramente confundida, la druida mira a los hipnóticos ojos dorados de su compañero por un segundo intentando descubrir qué iba mal.


—Oh, ya veo que no hablo en tus sueños —aclara su compañero con divertimiento mientras acaricia su rostro—. Culpa mía… —continúa bajando un poco su cabeza para besar así sus labios sin tan siquiera pensárselo.


Entonces, en ese preciosa momento, todo se vuelve muy pero que muy real. El calor de su cuerpo, su olor, la sensación de su mano en su caliente erección, sus suaves labios en ella...


«¡Mierda, mierda, mierda!», maldice Lizzi con un silencioso grito en su mente.


No era un sueño, Lori estaba de verdad en su cama, desnudo, con ella. Estaba pasando, era real.


«¡Qué desastre!¡Qué absoluta catástrofe!», se lamenta entrando en pánico absoluto.


¡Lizzi acababa de romper su norma inquebrantable, acababa de tocar a su compañero! Esa era la única cosa que tenía prohibida. ¡La única!


¿Y ahora qué? ¿Qué se supone que debía que hacer con Lori?


******

10 de Septiembre de 2021 a las 14:09 4 Reporte Insertar Seguir historia
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JD Julia Delgado
Me alegro que lo volvieras a poner¿Tiene unos ligeros cambios y está mas explicado?
September 10, 2021, 17:40

  • Laura A. Laura A.
    ¡Y yo! Así es, lo he reescrito un poquito 😊 September 10, 2021, 21:20
Lyd Macan Lyd Macan
Interesante inicio, me deja con interrogantes de por qué está él en su cama
April 07, 2020, 19:49

  • Laura A. Laura A.
    Seguramente ya voy tarde pero en el siguiente capítulo lo explica ;) ¡Gracias por el comentario! April 08, 2020, 21:34
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