randuril Romy de Torres

Jonathan Morgan es un cazador, uno de los mejores en su profesión, encargado de proteger a la sociedad de los monstruos que ella misma ha creado y la ha llevado a una nueva época oscura. Un día recibe una inesperada visita que lo llevará a emprender el que quizá sea su último trabajo.


Post-apocalíptico Todo público.

#viaje #caballero #espada #aventura #guerrero #distópico #dama
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El guerrero de Korforth

La era tecnológica dio paso a un período oscuro.

Los grandes avances hicieron a las personas cada vez más dependientes de las máquinas, hasta que, cuando el sistema colapsó y el planeta fue incapaz de seguir abasteciendo a sus habitantes de recursos que generaran energía, todos fueron obligados a aprender a vivir de nuevo sin electricidad. «El gran apagón» llamaron al día en que todo dejó de funcionar. Una ola de caos y saqueos arrasó las ciudades, matando a los pobres, arruinando a la clase media y haciendo que los más ricos se refugiaran en sus mansiones o sus yates de lujo, alejándose de la sociedad y provocando que las diferencias que ya existían se marcaran todavía más.

La ingeniería genética también había avanzado, en muchos casos con experimentos secretos y antiéticos. Científicos de todo el mundo investigaban una manera de mejorar la raza humana, dotando a hombres y mujeres de mejor sistema inmunológico, fuerza sobrehumana y longevidad increíble. Los experimentos habían comenzado, como suele suceder, con animales antes de pasar a su etapa de testeo en seres humanos. Las consecuencias habían sido similares, las bestias creadas a través de la cruza de especies impensadas para intentar lograr la mejora de genes, dio como resultado monstruos, seres sanguinarios, alados, con la ferocidad de los osos y el instinto de ataque del tiburón blanco. Los datos fueron falsificados o mejorados para que los laboratorios aprobaran la etapa de experimentación en humanos. Los especímenes nacidos de la cruza de animales se mantuvieron bajo custodia, en secreto, y la opinión pública no supo de ellos hasta mucho después.

Los experimentos con seres humanos se encontraron un escollo insalvable, los aumentos empequeñecían el cerebro cuando se hacían desde el útero y probados en especímenes de edad adulta hacía que se volvieran agresivos y más estúpidos de lo normal, lo que unido a la fuerza bruta descomunal que poseían, los volvía asesinos inescrupulosos. La cifra total oficial de científicos atacados por estos superhombres (que luego pasaron a llamarse popularmente bestias) fue diez; la real era quinientos.

El día del gran apagón, cuando se cortó la electricidad, cayó masivamente internet y las redes de celulares del mundo dejaron de funcionar, fallaron todos los protocolos de seguridad. Ante la alarma, varios laboratorios fueron evacuados y los científicos llevados a zona segura, pero no sucedió lo mismo con los secretos que se mantenían ocultos en instalaciones subterráneas.

Los monstruos y las bestias se liberaron y sembraron el caos.

.

.

Con el paso de los años, la vida en el planeta se estabilizó, aunque las personas comenzaron a vivir como lo hacían sus ancestros: sin electricidad, sin agua corriente y rodeados de peligros.

En pleno siglo XXII, las casas se alumbraban con velas, la gente mendigaba en las calles u ofrecía sus servicios como sirvientes en las grandes mansiones de los ricos o en sus plantaciones. Quienes controlaban los suministros podían acumular riquezas desmedidas y ser señores de pequeñas regiones como latifundios, dando a la tierra el nombre que quisieran. Las divisiones geográficas y políticas habían desaparecido hacía mucho y poco a poco se volvía a la antigua monarquía, o un pobre sucedáneo de esta.

Mientras los ricos llenaban su estómago en enormes casas, arropados al calor del fuego y el resto se amontonaba en las ruinas que habían quedado de las ciudades intentando sobrevivir, las bestias y monstruos estaban al acecho de día o de noche. Con cuerpos fuertes y sanos, las criaturas se reproducían cada vez más aceleradamente, matando o saqueando poblaciones enteras, intentando sobrevivir en un mundo que también les era hostil.

Por eso, la raza humana vio estupefacta el nacimiento de otra clase de gente: los guerreros. Eran en su mayoría hombres, buenos rastreadores, excelentes cazadores y con gran astucia para matar y hacerle frente a aquellos seres endemoniados.

Jonathan Morgan era uno de esos guerreros, el mejor y más cotizado de la región de Korforth.

.

.

Morgan estiró las cansadas piernas hacia la chimenea, hundiéndose en la silla y cruzando las manos sobre el vientre, dejando que sus ojos se perdieran en las danzarinas lenguas de fuego mientras sus pensamientos vagaban sin dirección. No supo cuánto tiempo estuvo absorto y en la misma posición hasta que escuchó un golpe en la puerta, pero supuso que un buen rato porque al enderezarse para responder sintió el tirón en la espalda y un entumecimiento en los glúteos.

—Adelante —gruñó sobándose la cintura y acomodándose mejor.

Su estoico criado entró en la pequeña estancia. Siendo el mejor en lo que hacía, Jonathan Morgan había logrado reunir un capital que le daba una vida pasable, con una cómoda casa de dos plantas, un pequeño jardincito donde podía cultivar sus geranios y personal de servicio, un mayordomo, una cocinera y una sirvienta.

—Ah, Enzo —saludó Morgan afable.

—Señor, tiene visita. Se trata de una jovencita.

Morgan no sabía de dónde su criado había sacado aquel acento y esa actitud flemática. Quizá tenía antepasados de Britania, todo podía ser posible.

—¿Una jovencita? —el guerrero se mostró interesado—. ¿Qué hora es, Enzo?

—Pasan de las nueve de la noche, señor —respondió el mayordomo casi sin pestañear.

Morgan lanzó un silbido apreciativo y se enderezó otro poco en la silla, cada vez más interesado.

—Una jovencita a estas horas —murmuró para sí, acariciándose la barbilla—. ¿Cuántos años le echas, Enzo? ¿Qué ropa usa?

El criado apenas levantó una ceja en señal de sorpresa por aquellas preguntas, pero respondió en el mismo tono monótono que usaba para indicar que la cena estaba servida.

—Yo diría unos veinticinco, señor, no más de veintiocho. En cuanto a la ropa, la usual de una muchacha de buena posición, cuello alto y faldas largas, el vestido que usa es de color azul marino, sin adornos llamativos. Y…

Enzo se detuvo, haciendo una pausa dramática.

—¿Sí? ¿Qué más? —lo apremió Morgan.

—No trae acompañante —sentenció el mayordomo.

—Ah…

Los ojos oscuros de Jonathan Morgan brillaron.

—¿Qué tal está, Enzo? —preguntó después bajando la voz—. Tú me entiendes…

—Me temo que no, señor.

—Quiero decir si te parece bonita, si tiene un cuerpo… agradable.

El criado parpadeó aburrido.

—Delgada, de cabello castaño, ojos verdes y piel muy clara. Tiene una voz agradable y perfecta dicción.

—Ah, sí, la dicción —repitió Morgan con una sonrisa, como si él lo primero que observara de una dama fuera su forma de hablar—. Una señorita de bien se presenta en la casa de un hombre que vive solo, sin acompañante y tan tarde por la noche. Sin duda es algo peculiar y merece mi atención.

—¿La hago pasar, señor?

Morgan hizo un gesto de asentimiento, el criado salió y él se levantó de la silla, estirando sus músculos adoloridos y haciendo crujir sus huesos. Se recordó que antes de dormir le pediría a Enzo que le llenara la bañera, su cuerpo estaba deseando un agradable baño caliente.

Mientras continuaba entretenido en esos pensamientos, la puerta de la habitación se abrió y el criado entró una vez más, anunciando con voz monótona:

—La señorita Anna Sanders.

La descripción de Enzo había sido perfecta, por supuesto, pero no se había detenido en los detalles importantes. El cabello castaño de la señorita Sanders, recogido en un abultado moño sobre la nuca, relucía a la luz de las llamas, sus ojos poseían una mirada inteligente y profunda y sus pequeños labios sonrosados destacaban en un rostro redondeado y agradable, coloreado en las mejillas.

—¿Jonathan Morgan? Buenas noches, señor —dijo ella adelantándose y ofreciéndole la mano para que la estrechara, una costumbre poco frecuente.

Morgan frunció los labios, un poco malhumorado por aquella formalidad, pero no pudo evitar notar que su voz era agradable, y su dicción… Maldición, perfecta. Le tomó la mano y descubrió que los dedos blancos y pequeños de ella desaparecían envueltos por su palma.

—¿Le traigo algo más, señor? —intervino el criado.

—Vino para mí y mi invitada, Enzo.

El criado salió de nuevo. Morgan estudió a la recién llegada con cierto descaro, dejando que sus ojos vagaran por la sinuosa curva que intentaba ocultar el vestido de cuello alto. Ella, increíblemente, hizo otro tanto, deteniéndose en sus hombros anchos bajo la chaqueta y las piernas musculosas enfundadas en pantalones; luego observó su rostro, sus ojos y al final sus manos, y lo que vio pareció dejarla satisfecha pues hizo un imperceptible asentimiento.

—Por favor, tome asiento —ofreció Morgan mientras volvía a su silla que estaba paralela a la chimenea.

Anna se acomodó en un sofá que estaba un poco más alejado del fuego.

—Sanders —comentó Morgan apoyándose en el respaldo de la silla—, no me suena el nombre.

—No soy de Korforth —replicó Anna muy sucinta.

—Comprendo.

Enzo entró en la habitación de forma silenciosa, con una bandeja y dos copas de vino. Ofreció una a la señorita y la otra a su señor, y volvió a salir del cuarto.

—Brindo por usted, señorita Sanders —dijo Morgan sonriente, alzando la copa—, y por habernos conocido esta noche.

Morgan dio buena cuenta del vino, paladeándolo a gusto. Anna dejó la copa en la mesita que tenía a un costado, sin tocarla.

—¿Suele beber con frecuencia, señor Morgan? —preguntó después frunciendo el ceño.

Jonathan se atragantó un poco y tuvo que carraspear.

—No sabría decirle, nunca me lo han preguntado —respondió—. ¿Qué significa «con frecuencia»?, puede ser algo diferente dependiendo de la persona, ¿no? —sonrió intentando mostrarse agradable, incluso intrigante y atractivo.

—Pensaba que la bebida dificultaba su trabajo, señor Morgan —dijo Anna.

Ahora fue Morgan el que frunció el ceño. Pero después se relajó, volviendo a sonreír.

—Por favor, llámeme Morgan, o Jonathan, como hace todo el mundo, no son necesarias las formalidades.

Anna deseaba la formalidad, que era un escudo necesario, o lo sería si es que aquel hombre resultaba adecuado, pero estuvo de acuerdo en mostrarse más agradable.

—Morgan —dijo.

Él sintió un leve estremecimiento al oírla. Acercó un poco más los pies a la chimenea.

—Cuando trabajo estoy perfectamente sobrio, señorita Sanders, si es lo que le preocupa —dijo—. Supongo, entonces, que vino aquí como una clienta. ¿Su esposo se encuentra indispuesto? —indagó, buscando solamente hacerla contradecirse.

Anna Sanders se sonrojó y se removió en el sofá.

—No soy casada.

—Ah, entonces su padre debe ser muy anciano —agregó Morgan.

Ella inclinó la cabeza a un costado de una forma graciosa que le gustó. Parecía sorprendida.

—¿Qué tiene eso que ver? —preguntó la muchacha—. Mi padre es viejo, pero no anciano, y no está indispuesto tampoco.

—Disculpe, pero no es normal que quienes vengan a contratar mis servicios sean mujeres —explicó Morgan—. ¿Acaso ha heredado recientemente unas tierras?

—Comprendo —dijo la muchacha. Se aclaró la garganta—. Morgan, si es el dinero lo que le preocupa, no tema, estoy en condiciones de pagarle lo justo e incluso un poco más por el trabajo que le daré. Aunque… en este caso no son sus servicios como cazador los que requiero.

Morgan alzó las cejas sorprendido. Después dio otro sorbo a la copa y la miró intrigado, incluso entusiasmado.

—¿Y qué trabajo es ese, señorita Sanders? —preguntó lentamente—. Debo decirle… ¿puedo llamarla Anna?

—De acuerdo.

—¿Y tutearla? —agregó en seguida Morgan, usando un tono seductor.

Ella se sonrojó de nuevo.

—Preferiría que no —respondió en voz baja.

Morgan la observó con tranquilidad, hasta que ella apartó los ojos un instante para posarlos en el fuego.

—Anna… confieso que estoy muy intrigado —dijo al final—. No hay muchas mujeres de su posición que se atrevan a salir a estas horas solas, las bestias y monstruos no suelen atacar poblaciones grandes como Korforth, pero siempre cabe la posibilidad.

—Sinceramente, no me había dado cuenta de la hora —replicó ella—. No estoy como para pensar en nimiedades como esas, me urge contratar a alguien como usted.

—Un cazador, un guerrero.

—Sí.

—Pero no para trabajar como cazador —siguió Morgan con una sonrisa.

—Eso… Bueno, no exactamente. Necesito que usted sea mi acompañante, como un escolta.

Morgan frunció el ceño.

—¿Por qué necesitaría algo así, Anna?

—Tengo que viajar hasta Byden, con urgencia.

—¡Eso está al menos a una semana de aquí! —se asombró Morgan—. ¿Por qué querría ir hasta allá? ¿Y usted sola?

—Mi hermana… ella… —Anna apretó los puños sobre su regazo— fue llevada a Byden para casarse por la fuerza y tengo que impedirlo. Naturalmente, mi padre no me permitiría ir, y mucho menos me daría acompañantes, por eso debo encontrar por mí misma un escolta.

—¿Su padre fue quien entregó en matrimonio a su hermana? —inquirió Morgan.

—Así suele ser la costumbre —respondió Anna secamente.

—¿Y no le impediría su padre salir de su ciudad? ¿O se escapó?

—Eso puedo decidirlo por mí misma.

—¿Y por qué su hermana no decidió no casarse? —quiso saber Morgan después de dar otro sorbo al vino.

—Aún no tiene la edad para oponerse.

—Entonces… ¿por qué su padre no encontró marido para usted en su momento, Anna?

—¿No le parece que son demasiadas preguntas, señor Morgan? —replicó Anna en tono cortante—. Le estoy ofreciendo un trabajo, que me acompañe hasta Byden y me proteja de los monstruos que pudieran atacarnos por el camino. Cuando lleguemos, sanos y salvos, le pagaré una suma considerable por sus servicios prestados y le diré hasta luego y buena suerte. No se necesita saber más, señor, ninguna otra cosa es relevante para nuestro viaje.

Morgan la notó tensa y exaltada, así que sonrió conciliador y levantó la mano en la que no tenía la copa.

—Lo siento, lo siento —dijo—. No es que quiera entrometerme, pero no deseo estar en el medio de una disputa familiar. ¿Qué tal si su padre envía un par de matones detrás de mí creyendo que la secuestré? Soy un guerrero cazador de monstruos, no me bato a duelo con delincuentes, y nunca he matado a ningún ser humano, solo a las bestias, pero ellos no son como nosotros.

—Eso no sucederá, se lo garantizo Morgan —afirmó Anna.

Jonathan volvió a observarla, meditando. Aquel era un trabajo peligroso, normalmente lo contrataban para deshacerse de un monstruo o una bestia en particular, que asolaba una determinada región; pocas veces se trataba de un grupo de aquellos humanos bestias. Jamás había recorrido grandes distancias trabajando de escolta. Enfrentarse a diferentes monstruos a campo traviesa era casi una locura, nadie lo hacía, la gente normalmente se quedaba en las cercanías de su condado, protegidos por el señor del latifundio que contrataba los servicios de un guerrero cuando las bestias comenzaban a molestar. Solo los grandes señores se trasladaban a sitios alejados cuando debían hacer negocios, y lo hacían siempre acompañados de un nutrido grupo de matones de cuchillo rápido, que asesinaban cualquier cosa que se les pasara por delante. Eso sí, el carruaje no se detenía más que para cambiar de caballos y al destino llegaban siempre la mitad de los matones, el resto no lo lograba.

Byden quedaba demasiado lejos para su gusto, ¿qué loco comprometería a su hija con alguien de otro condado? No tenía sentido, tampoco lo tenía el traslado de la novia, que podía llegar en trozos, si es que llegaba. Mucho menos que la hermana, ofuscada, corriera detrás de ella para salvarla de aquel destino. ¿Acaso no era preferible el matrimonio a la muerte?

—Comprendo —dijo después Anna, interpretando el silencio del guerrero como una negativa. Se levantó del sillón de inmediato y se alisó la falda—. Lamento haberle hecho perder el tiempo. Buenas noches.

—Espera, Anna —Morgan se levantó y la detuvo cuando ella ya estaba en mitad de la habitación. No se había dado cuenta de que en su apuro la había tuteado—. ¿Adónde vas?

La mirada verde de Anna volvió a recorrerlo de arriba abajo.

—Ya que usted no acepta el trabajo tengo que buscar a alguien que sí lo haga —respondió—. Le expliqué que debo ir a Byden con urgencia.

—Pero, ¿durante la noche?

—Así es. —Anna asintió—. ¿Podría recomendarme a algún colega que esté dispuesto a aceptar el trabajo?

—¿Colega? —Morgan casi se ríe.

—Sí, alguien que trabaje en su mismo rubro —explicó ella con cierta lentitud, para que él pudiera comprender.

Morgan entrecerró los ojos. Él no tenía colegas, no por allí, y sin duda no conocía a ningún otro cazador que estuviera dispuesto a acompañarla a Byden, por mucho dinero que hubiera en juego. Además, con ningún otro Anna podría llegar hasta allí. Él era el mejor, el único que podría garantizarle la vida. Pero… maldición, acababa de matar a un monstruo sumamente difícil el día anterior, todo el cuerpo le dolía aún, quería descansar por una semana completa, cuidar sus geranios, tomarse una taza de té, continuar escribiendo su compendio sobre monstruos y bestias y pensar en el retiro, pues cada día se daba más cuenta de que ya no era un jovencito de veinte.

Suspiró. Siempre podía recomendarle a Elliot, era competente, más joven y ágil que él, aunque de dedos también demasiado ágiles, sobre todo cuando había damas presente. A Morgan no le gustó imaginar a Anna sola en el pequeño espacio de un carruaje durante cinco días con Elliot.

No, no podía dejarle a Elliot aquel trabajo, sobre todo porque Anna Sanders era un misterio, un acertijo refrescante en aquella época decadente y sin esperanza, y él quería descifrarlo.

—¿Morgan? —habló Anna para sacarlo del ensimismamiento.

—No se apresure, todavía no dije que no —comentó Morgan sonriendo despacio—. Además, no hay nadie que pueda recomendarle, ninguno tan bueno como yo.

—En ese caso… —dijo ella dubitativa.

—Aceptaré, pero hablaremos del precio primero —indicó Morgan.

La señorita Sanders tomó aire y propuso una cifra. Exorbitante. Pero Morgan mostró un estoicismo digno de su mayordomo y quedó conforme, como si aquel fuera el pago normal por sus servicios.

—Entonces, está hecho, señorita Anna Sanders —acordó el guerrero—. La escoltaré hasta Byden. Saldremos mañana al alba. ¿Tiene donde pasar la noche? Mi casa es modesta, pero tiene una habitación extra para invitadas ocasionales… Es decir, invitados.

Anna sonrió ampliamente.

—Sí, le pediré al cochero que me deje en la posada —respondió. Después le tomó la mano a Morgan estrechándola entre las suyas, pequeñas y blancas, con gran entusiasmo—. Gracias, Jonathan, muchas gracias. No se imagina… no se imagina lo importante que es esto para mí.

Morgan se sorprendió, más aún cuando vio pequeñas lágrimas de emoción que se habían formado en las esquinas de los ojos de Anna, y que brillaban a la luz del fuego. Sintió una ternura cálida que se extendió por su pecho, y las palabras vinieron a su boca directamente desde el corazón.

—Su hermana es una persona muy afortunada —dijo— de que usted la quiera con tanta fuerza.

Anna asintió sonrojada.

—Gracias —repitió—. Buenas noches, Morgan.

Retiró las manos, dejando a Morgan sintiéndose desprotegido, helado y solo. Sí, ya era edad de jubilarse. Con los ojos siguió a Anna hasta que abrió la puerta y salió, siempre con la espalda recta y la cabeza alzada.

Cuando estuvo de nuevo solo, Morgan recordó el tono de ella pronunciando su nombre.

Jonathan.

Una palabra espontánea y emocionada.

Las inseguridades lo invadieron. ¿Y si no podía garantizar la supervivencia de Anna hasta Byden?, ¿y si él moría por el ataque de algún monstruo y no podía protegerla? Había mucho más detrás de aquella historia de la hermana, estaba seguro. ¿Qué secretos ocultaba Anna? ¿Y si había algo más, algo muy peligroso que lo llevaba a la muerte?

Pensó en su jardín seco y descuidado, con la hierba invadiendo los parterres si él ya no volvía. Pensó en su libro a medio escribir y sus papeles, con la tinta desgastada, volviéndose secos y amarillentos si él moría y ya no podía acabar su gran obra, el Pequeño compendio de monstruos y bestias y cómo matarlos.

¿Y si moría allí en el camino junto a Anna?

¿Y si era su último trabajo?

—Bah, si es la última aventura —murmuró para sí mismo, fingiendo que aquello lo traía sin cuidado—, mejor vivirla intensamente hasta el final.

Y para sellar su propia promesa, tomó la copa que Anna había dejado sin tocar y se la bebió hasta el fondo de un solo trago.



FIN

6 de Marzo de 2020 a las 13:59 0 Reporte Insertar 2
Fin

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Romy de Torres Escritora, fanficker, amante de la música, procrastinadora profesional. Si quieres invitarme un café: https://ko-fi.com/randuril

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