lucadomina Luca Domina

En la Deep Web puedes adquirir lo que desees, incluso tus peores pesadillas.


Paranormal Todo público.

#youtube #sectas #deep-web #miedo #371
Cuento corto
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La web oscura


Mariano abrió los ojos y examinó el reloj en la mesa de noche; las 8 de la mañana. No había dormido en toda la noche. Y ya iban tres noches.

Se despegó de la cama. Tenía la piel pegajosa por el sudor. Le dolía la cabeza. Eso estaba bien, el dolor evitaba su presencia. Se levantó. Con pasos inestables se dirigió hasta el baño. En el trayecto golpeó un vaso y derramó su contenido; el líquido transparente se deslizó sobre el suelo. Mariano no lo notó. Junto a una de las patas de la cama había una botella vacía; en la etiqueta se leía Vodka. El olor a alcohol inundaba la habitación.

Al segundo intento consiguió encender el foco del baño. La luz le quemó en los ojos. Parpadeó hasta poder mantenerlos abiertos; pequeñas manchas rojizas flotaron en su visión y desaparecieron. El baño se hallaba descuidado. Pequeños frascos de plástico convertían el suelo en un campo minado; las etiquetas rezaban, VENTA BAJO RECETA. Mariano no les prestó atención, tampoco a la ducha, iban cinco días sin ducharse. Si alguien lo oliera, sentiría nauseas. Se apoyó sobre el lavamanos. El óxido corroía las canillas y el grifo goteaba. Se inclinó hacia el espejo. El pelo se le apelmazaba en la frente; necesitado de una visita a la peluquería; el tinte azul se había descolorido y las raíces asomaban en su negro natural. Estaba pálido como un cadáver. Las arrugas que le surcaban el rostro eran las de un anciano; tenía 25 años. La piel se le adherida a los huesos; el resto de su cuerpo era más de lo mismo. Y los ojos se hallaban perdidos en sus cuencas. Si se presentara a un cásting para una película de zombis, sin duda conseguiría un papel; viendo la hora, El amanecer de los muertos sería la más adecuada. Se acercó un poco más a su propio reflejo; su aliento opacó el espejo. Se llevó una mano al rostro, el cristal reflejó cinco dedos amarillentos y descuidados, y se abrió los párpados. ¿Había perdido color en los iris? La semana anterior eran azules, ahora grises. No le extrañó. Ya nada le parecía extraño.

Se estremeció; sintió que le susurraba desde lo más profundo de su mente.

Se tapó los oídos con las manos y apretó los dientes con ahínco. Volvió a sentirlo. Mariano golpeó el espejo con la cabeza. Una, dos, tres, cuatro veces. El cristal se resquebrajó deformando su imagen. Un hilo de sangre brotó de su frente y fluyó por el rostro. Se relajó; el susurro había desaparecido. Pero pronto regresaría. Debía hacer algo. Y lo haría.

Abandonó el baño; no se limpió. Salió de la habitación y fue a la cocina, en el camino dejó tras de sí un rastro de migajas sangrientas.

De nuevo tuvo que habituarse a la luz; se sentía como un animal nocturno. Ese simple pensamiento le provocó un escalofrío. Los platos sucios se mantenían en un frágil equilibrio. El cesto de basura rebosaba de desperdicios y las moscas, gordas y verdosas, revoloteaban alrededor. Abrió el refrigerador; sin comida a la vista. El estómago le rugió en protesta. Mariano daba la bienvenida a cualquier dolor, pero el hambre no era suficiente. Reparó en un pack de cervezas Quilmes con la leyenda EL SABOR DEL ENCUENTRO. Extendió el brazo, pero se detuvo. La situación requería algo más potente y que actuara con mayor rapidez; Mariano deseaba evitar un encuentro. En su lugar, tomó una botella de vodka. Se la llevó a la boca y la empinó. Al mismo tiempo que su nuez de adán subía y bajaba, la botella se vació poco a poco hasta ser solo un cascaron. Mariano eructó y arrojó la botella al suelo; rebotó tres veces antes de romperse. El alcohol le incendió la garganta y las vísceras ardieron como una hoguera. Cerró los ojos y esperó el efecto colateral. No llegó.

Se echó contra la pared a esperar. Bajó la vista; a sus pies había una caja de arena. Las piedras estaban impecables, sin rastro de excrementos. Su gato, LEÓN, ya no estaba en éste mundo. El animal había sido el primer en sentir el peligro. Si tan solo hubiera visto las señalas


—2—


El paquete no parecía para nada extraño. Era una simple caja de cartón. Igual a la anterior. Pero a partir del momento que cortó la cinta de embalar con el cuchillo, las cosas se tornaron extrañas.

Al abrir la caja, la piel se le erizó. Quedó paralizado observando dentro. Hasta que un bufido le hizo dar un respingo. León se hallaba a su lado. El gato tenía el pelo crispado. Enseñaba los filosos dientes y bufaba. Mariano quiso acariciarlo para que se calmara, pero retrocedió sin dejar de maullar amenazas. Decidió ignorarlo y se concentró en el objeto dentro de la caja. Esperaba que fuera algo bueno, y vaya que lo fue. Una puta maravilla; su caja de pandora.

Antes de sacarlo, algo captó su atención. Un papel. ¿Una nota de su dueño? Genial, mientras más real mejor. El papel evocaba vejes, con ese tono amarillento del paso del tiempo; como un pergamino antiguo. Lo sujetó de una de las puntas con dos dedos en forma de pinzas; no se arriesgó, quién sabe en manos de qué bicho raro estuvo. Había algo escrito. Mariano no conocía el idioma, pero le resultaba familiar. Las letras estaban en cursiva y la tinta, reseca, era de un color cobrizo (pobre iluso).


“ET ERITIS MIHI CARNEM ET ANIMAM MEAM”


Mariano dudó, se lamió los labios, y tragó. Lo leyó en voz alta.

No ocurrió nada.

Se rió de sí mismo por ponerse nervioso y dejó la extraña nota a un lado. El objeto que había recibido no le resultó amenazador, es más, era una puta mierda. Se había imaginado algo terrorífico, o por lo menos tétrico. No una vasija de barro con un tapón de madera; ni siquiera decorada con dibujos extravagantes.

Intentó ser positivo, en su interior podría descubrir un tesoro. La sostuvo entre sus manos. Suspiró, el peso la declaraba vacía.

—Me pudieran haber mandado un poco de sangre de carnero. —protestó.

La dejó sobre la mesa y buscó la nota. El gato merodeaba alrededor de la sala de estar endemoniado; con su pelaje oscuro se asemejaba a una pantera al acecho. Aunque el ambiente minimalista dictaba mucho de ser una selva. Pero León se las ingenió y se enredó en los cables del televisor; éste se tambaleó. Eso fue suficiente, Mariano lo encerró en la habitación. ¿Qué diablos le sucedía? El veterinario le aseguró que al castrarlo se tranquilizaría. Parecía más excitado que nunca.

Mariano se acomodó en el sillón y miró sobre la mesa dubitativo. Pensó en buscar la cámara, pero ¿para qué? La nota le deba curiosidad, pero solo eso, la vasija era inútil, y la caja era una caja. Lo único notable en el paquete eran los tres idiomas en su embalaje; ingles, castellano y serbio. Cómo un paquete de Serbia llegaba hasta la Argentina implicaba un misterio; a la aduana no debía interesarle impedir el paso de un adorno de barro.

Se llevó las manos a las sienes; tenía un problema. No poseía material suficiente para un vídeo. Había tirado dinero a la basura. Tendría que inventarse un montón de cosas para crear un contenido espeluznante. Y arriesgarme a que me señalen como un fraude.

En un arrebato, dio un manotazo a la caja. Ésta salió disparada, pero no aterrizó muy lejos. Mariano escuchó un repiqueteo; plástico golpeando el suelo. Investigó los alrededores de la caja con la mirada. Se irguió de un salto.

Se acercó. Los ojos se le iluminaron.

—Genial. —exclamó.

Se agachó y la sostuvo en la palma de la mano; una pequeña memoria USB. Mariano casi sale corriendo hacia su computadora, ansioso por descubrir el contenido. Pero tuvo un presentimiento:

Si se me escapó una memoria, aun puedo tener suerte y tropezar con algo interesante dentro de la jarra.

Se guardó la memoria en el bolsillo del pantalón y regresó al sillón. Más tarde investigaría el contenido.

Y dándole la razón a sus padres; eres demasiado impulsivo y siempre terminas estrellándote la cabeza contra un muro, le reprochaban. Mariano corrió a destapar la vasija. En veinticinco años de decisiones apresuradas y poco precavidas, esa fue sin dudas la peor de todas…

—3—

Pegó un oído a la vasija y la sacudió arriba abajo. Nada. Ni un simple repiqueteo. ¿Y si hay otro mensaje dentro? Un mensaje dentro de una botella, muy original. La apoyó sobre la mesa. El contenido de la vasija era resguardado por un simple tapón de madera. Mariano la sostuvo por el cuello y aferró el corcho con el índice y el pulgar.

La sala de estar comenzó a dar vueltas y Mariano se hundió en el sillón como si se tratara de arenas movedizas. Se le nubló la visión. La mesa, junto con todo lo demás, se convirtió en un lienzo abstracto. Se tambaleó y soltó la vasija. Poco a poco el mundo regresó a la normalidad. ¿Qué diablos acababa de suceder? Mariano notó algo extraño; el brazo derecho se le había entumecido. El cosquilleo, como una débil corriente eléctrica, despareció al cabo de unos segundos.

¿Había algo en el corcho? Tiene veneno, burundanga, la droga de los violadores. Lo descartó, era solo su paranoia. Debía existir una explicación racional para lo ocurrido. Uno no se marea como en una borrachera monumental porque sí. Mariano tuvo una idea. Tres días atrás había concurrido a una fiesta privada, y para decirlo de una manera delicada, la pasó bomba. Se recordaba bebiendo, pero más importante, fumando marihuana. Fumó como si no hubiera un mañana. Esa era la causa. Jamás le había sucedido, pero amigos le contaron que el efecto de la marihuana podía regresar un breve momento días después de su consumo. Mariano opinaba que se trataba de una leyenda urbana, pero no podía negar que acababa de tener un episodio; algo para contar en la próxima fiesta.

Se enfocó en la vasija, sin dinero no habría otra fiesta, y para el dinero necesitaba un vídeo. Volvió a aferrar el tapón.

Sintió las garras de una bestia luchando por escapar de su encierro.

—Ya voy, espera un segundo. —le gritó al gato.

León arañaba la puerta de la habitación.

No salía. El corcho estaba bien apretado y se le resbalaba de los dedos. Apretó con ímpetu hasta que los dedos se le pusieron blancos. Y tiró.

La destapó.

Una voluta de polvo le abofeteó el rostro.

Un alma impura lo agredió.

Mariano alejó la cara y sacudió una mano para diseminar la polvareda. No pudo impedir que penetrara en la nariz y la boca.

Su cuerpo fue corrompido.

Carraspeó. Los ojos se le enrojecieron como cuando se drogaba y el ardor le robó unas lágrimas. Sintió que las vías respiratorias se le helaban; el aire viciado parecía refrigerante. Se levantó para alejarse del cumulo de suciedad.

Los restos del miasma de la infame entidad.

Respiró aliviado. Sus pulmones volvían a estar limpios.

Había conseguido alojarse.

Mariano quiso regresar al sillón, pero quedó paralizado. Una fuerte jaqueca le aporreó el cráneo. El dolor era intenso; nunca había sentido nada igual. Se mordió la lengua y el sabor metálico de la sangre le bañó la boca. En ese momento, pensó en su nombre; MARIANO.

En ese momento, le susurró a su portador.

Era como si le apuñalaran la cabeza con un millar de alfileres. Insultó al aire y comenzó a gemir de dolor. Y el gato continuaba arañando la puerta. Mariano oía su nombre una y otra vez, cada vez más rápido, más intenso, más enloquecedor. El picaporte de la puerta chillaba y se mecía; León trataba de salir. Con la cabeza inclinada como un jorobado, y deslizándose por la pared, Mariano llegó hasta la habitación y liberó al gato.

El animal salió disparado como alma que la lleva el Diablo.

El Diablo atormentaba a su amo; la voz en la mente de Mariano le recordaba al idioma de las serpientes en Harry Potter, pero distorsionada. La voz le hacía chirriar los dientes. Y no se detenía. Ahora, se lo que sea, le gritaba. El gato bufaba desde alguna parte, pero Mariano no lo escuchaba. Buscó el sillón con las manos; el dolor no le permitía abrir los ojos. León subió al sillón de un salto y se enfrentó a Mariano. Un zarpazo cruzó el espacio entre ambos y le desgarró el cuello, al Bart Simpson estampado en la remera de Mariano.

No conseguía pensar, cada idea era opacada y machacada por la voz infernal. A penas percibía al gato, pero su inquietud le ponía aún más nervioso. Mariano se dirigió a la ventana que daba al balcón. En el camino se golpeó la pierna con la mesa. El dolor fue intenso, pero por un ínfimo momento la voz en su cabeza despareció. Con un esfuerzo descomunal, logró elevar las persianas. El murmullo de Buenos aires invadió el departamento. Mariano se desplomó en el sillón rezando porque todos se callarán. El rostro se le perló de sudor y la frente le ardía. La cabeza le palpitaba como un tambor. Cuando no creía resistir más, se desmayó.

Si Mariano hubiera tenido una cámara de seguridad en la sala de estar, podría haber visto lo que sucedió en el momento de su desmayo:

León corría y saltaba hasta casi trepar por las paredes. El pobre animal deseaba escapar, sus sentidos de supervivencia estaban en alerta roja. Cada fibra de su ser salvaje temblaba de miedo; se hallaba a pocos metros de una criatura peligrosa, sumamente peligrosa. El gato estaba desesperado. En el momento en que vislumbró el balcón a su disposición, sus patas lo dispararon hacia la libertad. Con un corazón desbordado y sus sentidos aturdidos por el terror, no pudo detenerse y se precipitó al vacío; el departamento se ubicaba en el octavo piso del edificio.

El murmullo de la ciudad fue roto por el grito de una mujer, quien presenció la muerte del animal. Para afirmar la destreza de su especie, León cayó de pie, pero la gravedad lo adhirió al suelo como en un dibujo animado.

Mariano descubrió la muerte de su mascota varias horas más tarde, y aunque quería a León, otra preocupación le apremiaba.


—4—


El susurro regresó.

Mariano se llevó las manos al cuello y comenzó a rascarse. ¿El vodka ya no le emborrachaba? ¿es posible hacerse alcohólico en una semana? A Mariano le constaba que sí. Oía la voz con mayor claridad. Las uñas se clavaban en la carne como las garras de un animal salvaje. La sangre le manchó los dedos y se escurrió hasta el pecho. La voz adquirió forma. Mariano cayó de rodillas. Necesitaba opacarlo, necesitaba dolor. Miró su antebrazo; las marcas no habían cicatrizado. Algunas estaban infectadas y supuraban una sustancia amarillenta y nauseabundo. Tenía que volver al baño y buscar las hojas de afeitar. Debía cortarse.

Se irguió. Dio un paso y trastabilló. Se sostuvo apoyándose contra la pared. Mariano sonrió. El mareo llegó justo a tiempo, estaba borracho. El alcohol nubló su mente y opacó la voz. Sin abandonar la seguridad de la pared, fue hasta el living. Más de lo mismo; el departamento era un basurero. Las persianas de la ventana balcón estaban cerradas a cal y canto. Los estridentes rumores de la ciudad eran casi imperceptibles. La tenue oscuridad lo calmaba. Se separó de la pared, y a trompicones, se depositó en el sillón. Frente a él, la mesa ratona se hallaba desbordada de papeles, platos, y colillas de cigarrillo. Rebuscó entre una pila de papeles hasta encontrar un paquete de tabaco Marlboro. Tomó uno de los cigarros, lo colocó entre sus labios y lo encendió. La primera calada fue profunda y le provocó dolor de cabeza; una verdadera maravilla. Se recostó y contempló la mesa. Junto a los platos repletos de colillas, también había inciensos ya consumidos.

Masculló un insulto.

Supuestamente los inciensos purificaban el ambiente de las malas vibras. Y una mierda. Fueron completamente inútiles. Y qué decir del agua bendita; la botella, en una esquina de la mesa, había sido otra decepción. Mariano la consiguió por internet; todo se podía conseguir en la red, lamentablemente. Primero se lavó el rostro y rezó (rezo que buscó en google) al final la terminó bebiendo. No surtió efecto. En las pilas de hojas impresas había escritas docenas de soluciones que investigó en la computadora cuando el problema recién empezaba; y su cerebro funcionaba por más de un minuto. Como siempre, intentó solucionar el problema por su cuenta; ahora era demasiado tarde para llamar a un sacerdote. Le quedaba un último as bajo la manga.

Al otro lado de la mesa, el televisor de pantalla plana Sony estaba apagado. Debajo, cubierta de polvo, pero lista para ser usada, la PlayStation 5. Mariano soñaba con poseer una, pero no contaba con el dinero suficiente. Al final, la obtuvo de la forma menos pensada. Lo que emprendió como una manera de matar el aburrimiento, terminó siendo un trabajo sumamente redituable. La placa dorada de YouTube colgaba en la pared como un recordatorio de su suerte. En el nombre del canal se leía, EXPLORADOROSCURO666.

El día que colgó su primer vídeo, con la temática de exploración urbana, no se esperaba lograr tanta repercusión. Los suscriptores y los likes no se hicieron esperar. Al parecer, grabarse en una fábrica abandonada a las dos de la mañana, gustaba a las personas. Que las paredes estuvieran repletas de pintadas satánicas ayudó mucho. Y qué decir de la rata que se cruzó de imprevisto. Le dio un susto mortal.

De inmediato, se vio quebrantando la ley y colándose en los lugares más lúgubres que pudo encontrar; cementerios, hospitales, fabricas, y todo sitio abandonado digno de una película de terror de serie B. No siempre conseguía un buen vídeo, pero se las ingenió; con un poco de ayuda de Photoshop y otros programas de edición; una falsa voz espectral elevaba el contenido (y las visitas). No se sentía del todo bien al engañar a sus suscriptores, pero no podía darse el lujo de que sus ingresos bajaran y verse de regreso en la casa de sus padres. Padres que no tuvieron pelos en la lengua a la hora de señalar su disgusto a con su hijo y su elección de vida.

Mariano siempre se mantuvo en un frágil equilibrio entre la suficiencia financiera y el terminar en la calle. Pero eso cambió en poco tiempo; con el boom de la Deep Web y las cajas misteriosas. Su canal era perfecto para ese tipo de contenidos, y sin pensarlo, se vio adquiriendo una de esas cajas. El vídeo simplemente había sido fantástico. Recibió un paquete desde algún lugar de Europa del este que no podía ni pronunciar; dentro le llegó una muñeca grotesca, fotos de una niña, y mechones de cabello. Mariano se armó un guion y creó una historia horripilante sobre una niña asesinada y convertida en un muñeco maldito. Como resultado, el canal creció como nunca antes. Y lo normal era continuar con la misma temática; comprar otra caja misteriosa. Y bienvenido al infierno, nuestra oferta de hoy; un demonio profanador de mentes a domicilio.

Sujetó una hoja. Entrecerró los ojos para poder leer. Era la traducción de la maldita frase que leyó en voz alta:

“TE ENTREGO MI CARNE Y MI ALMA”


Hizo un bollo con la hoja y la arrojó. Se puso de pie; quería observar el vídeo por última vez. Del otro lado de la sala había una puerta. Tenía un cartel pegado con la advertencia, PROHIBIDO PASAR, ZONA RESTRINGIDA. Era su cuarto de edición; una habitación de dos por dos, con paredes abarrotadas de hueveras para el sonido y una potente computadora con todos los programas de edición.

—MARIANO, deja de resistirte y déjame salir a jugar.

Mariano recibió las palabras como un martillazo en las sientes. Se tumbó en el sillón y apretó los puños hasta que le empalidecieron. No había tiempo para el vídeo. Había llegado la hora.


—5—


Se arrastró por la sala de estar como un animal; los ojos cerrados y la frente rozando el suelo. A cada paso sentía un martillazo que le rajaba la frente. Ya no había dolor que lo distrajera. La voz creció en volumen hasta convertirse en un pitido constante y enloquecedor. Entonces lo tocó.

Las puntas de sus dedos se toparon con una superficie rugosa. Se sentó en una pose de meditación y depositó el objeto entre sus piernas. Abrir los ojos conllevó un esfuerzo sobre humano para Mariano, pero la vista fue gratificante; si todo hubo comenzado con un paquete, terminaría con un paquete. La caja no había sido enviada de Europa, sino de Argentina. Mariano se valió de uñas y dientes para abrirla. Y aferró su pedido con anhelo. Arrojó la caja a un lado y se concentró en el objeto; un oso de peluche. Mariano sonrió, pero de inmediato la mueca se transformó en agonía.

—Se terminó el tiempo, es hora de acabar con esto.

—Ya lo creo, es hora de acabar —susurró Mariano—. Llegó el final.

Se puso de pie y dio vuelta el oso entre sus manos. Deslizó la cremallera oculta en la espalda en el animal de juguete y rebuscó en su interior. Encontró lo que necesitaba.

—No seas estúpido Mariano, ya nada puede ayudarte. En unos segundos desparecerás y tu cuerpo será mío.

—Cállate. —gritó, con una sonrisa en los labios.

Mariano sentía su peso en la mano. Era aterrador lo que uno podía conseguir por la Deep Web. Demonios a domicilio. Pero también otro tipo de objetos peligrosos. Cualquier arma que te imagines; incluso una 9mm con silenciador incluido y con las balas cargadas. Mariano dejó el oso en el suelo. Buscó en su bolsillo y sacó un pedazo de papel amarillento. Miró la nota en latín. La oprimió con furia.

Se llevó la pistola a la cara y la introdujo en su boca. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y le estrujó el estómago cuando el cañón le acarició los labios. Dudó. Cerró los ojos como trampas y sacudió la cabeza de lado a lado hasta despejarse las dudas. El tormento debía terminar, sea lo que sea que hallara al morir, sin duda sería mucho mejor que el tormento de la última semana.

—No te atreves.

Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla.

—Hicimos un pacto, tu cuerpo es mío.

Mariano apretó el gatillo.

La pistola se disparó con un estruendo sordo. La voz demoníaca se esfumó.

La oscuridad lo envolvió y Mariano se sintió aliviado.

En el instante antes de morir, tuvo un último recuerdo; las imágenes de la memoria que tendría que haber visto antes de leer la nota…


—6—


La cámara estaba desenfocada, pero la imagen mejoró al cabo de unos segundos. Revelando una estancia oscura, tenuemente iluminada por el fulgor de pequeñas velas puestas en cada recoveco. Las paredes eran mohosas y descuidadas. No había sonido; el silencio era sepulcral. En el suelo se vislumbraba un pentagrama satánico trazado con pintura cobriza. No se observaba a nadie, hasta que una figura entró en escena. Parecía ser un hombre envuelto en una túnica negra. Llevaba algo entre las manos, pero no se distinguía. Se arrodilló en el centro del circulo y a continuación se alejó. Una vasija, eso es lo que depositó en el suelo. La imagen se amplió.

Hombres o mujeres, las túnicas no revelaban sus facciones, rodearon el círculo en silencio. Silencio que se rompió por un murmullo. Éste creció hasta transformarse en gemidos, y luego los gritos de terror no se hicieron esperar. Apareció una mujer. Se sacudía y luchaba por liberarse de los dos hombres que la arrastraban a través de la sala. Su piel se resguardaba por un simple camisón blanco. Los agudos chillidos de desesperación distorsionaban el sonido del vídeo. Sus captores la arrastraron hasta la pared frente a la cámara. La pusieron de pie a la fuerza y le extendieron brazos y piernas. La ataron con grilletes a la pared y quedó inmovilizada. Los encapuchados se retiraron y la pudo observar mejor. No es una mujer, es una niña, de largos cabellos rubios y tez pálida. Los hombres se unieron a sus compañeros. Todos agacharon la cabeza y se tomaron las manos, en un círculo de paz trastornada.

Una nueva figura se hizo presente. Era diferente a los demás; sostenía en sus manos un grueso libro; la cubierta era roja como la sangre. Se detuvo junto a la niña, que lloraba y se retorcía en inútil esfuerzo. Abrió el libro y comenzó a leer. El latín brotó de su boca. A cada oración, se interrumpía y esperaba a que sus acólitos repitieran lo dicho.

Los versos se extendieron por varios minutos. El sacerdote del terror cerró el libro y lo sostuvo con una mano. Con la otra rebuscó dentro de la túnica; los demás continuaban con sus oraciones. De pronto, algo brilló en su mano. Lo elevó sobre su cabeza. El acero de una daga resplandeció a luz de las velas. La hoja era extraña; poseía una forma serpenteante. Empuñó el arma en dirección a la niña. Los ojos se le abrieron como platos al entender lo que le esperaba. La intensidad de sus alaridos era desgarradora. Intentaba alejarse fundiéndose con la pared, pero era inútil, no tenía escapatoria. En un ágil movimiento, la daga desapareció en su vientre. El hombre la extirpó con la misma rapidez. En el blanco camisón nació una flor rojiza, se deterioró, perdió la forma, y se deslizó por debajo de la cintura. La sangre salpicó el suelo al mismo tiempo que la chica cerró los ojos. Las sacudidas y gritos cesaron cuando la cabeza se derrumbó inerte sobre su pecho.

El hombre que empuñaba la daga ensangrentada entró al círculo y se paró junto a la vasija. Volvió a elevar la daga y pronunció unas palabras. A continuación, apuntó a la vasija; del filo se desprendió una gota de la sangre, y con una precisión milimétrica, cayó dentro.

El hombre se retiró y abrió el libro. Las oraciones cambiaron y aumentaron en vigor. Los encapuchados recitaban y se sacudían con la exaltación de un poseído. Al cabo de unos minutos nada sucedía, pero en ese momento, la imagen se tornó negra; las velas se apagaron como con un soplido. Los hombres enmudecieron.

La imagen regresó. Las velas ardieron con un fulgor azulado. Algunos de los encapuchados se sobresaltaron. El silencio se rasgó. Una voz extraña susurró palabras en un idioma irreconocible. Una estela de polvo descendió en espiral desde el techo. Los hombres de las túnicas se arrodillaron y pegaron las frentes al suelo. El polvo danzó lentamente hasta la vasija. Y se deslizó dentro. El hombre del libro se acercó y predicó unas palabras; parecía apremiado por terminar. Con sumo cuidado colocó el tapón de madera. Las azules llamas se extinguieron y las velas regresaron a la normalidad. El hombre depositó el libro en el suelo y sujetó la vasija. Se dio la vuelta hacia la cámara; en la oscuridad de la capucha se vislumbró el brillo de una sonrisa macabra.

El vídeo se cortó con esa última imagen.


—7—


Tres días después la policía derribó la puerta del departamento.

Se podría suponer que los padres de Mariano, al no recibir señales de su hijo, se preocuparan y denunciaran su desaparición. No fue así. Ellos se enteraron horas más tarde, cuando fueron visitados por un oficial en su domicilio; en búsqueda de Mariano o información de su paradero.

Quien denunció a las autoridades la desaparición de Mariano fue DARKMEME999. Mejor conocido por su mamá como Manuel; un niño de 13 años. Él mismo se definía como fanático de las películas de terror y ferviente seguidor de DROSS (otro youtuber con contenido de terror) y EXPLORADOROSCURO666 (Mariano).

Manuel había conocido a Mariano una tarde mientras saltaba de un vídeo de YouTube a otro sin nada mejor que hacer (la pila de tareas escolares no contaba). De inmediato se enganchó con los vídeos de exploración urbana, tardó un segundo en hacerse suscriptor del canal. Esperaba cada viernes con anhelo, expectante por el contenido de un nuevo vídeo. La nueva temática de las cajas misteriosas de la Deep Web le habían hecho flipar.

Al pasar dos viernes seguidos sin su droga diaria, a lo primero se había enojado, pero después el enojo dio paso a la preocupación. Sentado en la mesa de la cocina (y sin nada mejor que hacer) comenzó a imaginar teorías perturbadoras sobre por qué desapareció Mariano. Cada escenario resultaba peor que el anterior; desdé que se había topado con un psicópata en un hospital abandonado, hasta que de la Deep Web había recibido una bomba de algún terrorista con un torcido sentido del humor. Manuel, que se parecía a Mariano (no pensaba en las consecuencias de sus actos), robó el móvil de la cartera de su mamá y llamó a las autoridades; como buen fan, y con ayuda de Google, conocía el nombre verdadero y la dirección de EXPLORADOROSCURO666.

Al final, no sólo había sido duramente castigado por su madre, sino que también, fue visitado por dos oficiales que se aseguraron de que el chico aprendiera la lección. De todas maneras, Manuel tuvo razón; nadie sabía nada de Mariano en las últimas semanas.

El hedor a muerte golpeó a los policías en cuanto pusieron un pie dentro del departamento. Tuvieron que cubrirse la boca para no vomitar. En la sala de estar, los oficiales hallaron al desaparecido; estaba tendido en el suelo con un orificio en la cabeza y rodeado por un charco de su propia sangre. El arma homicida aún estaba sujeta entre sus dedos.

Uno de los policías, Gonzalo Moreno, se arrodilló junto al cadáver y lo escudriñó con la mirada. Su compañero, Guerra, dio un repaso al departamento sin tocar nada y regresó junto a él. Los oficiales dieron aviso a la central y esperaron al arribo de los especialistas.

—¿Qué piensas, drogas? —preguntó Guerra, desde el respaldo del sillón, donde había tomado asiento.

—Tiene toda la pinta. —contestó Moreno, aun arrodillado junto al muerto.

Cuando se estaba por levantar, algo captó la atención del policía.

—¿Qué tenemos aquí?

Contempló la mano cerrada del muerto; apenas se observaba el pedazo de un papel amarillento. Moreno, utilizando un bolígrafo para no dañar la escena, abrió los inertes dedos uno a uno. En el papel, vislumbró algo escrito.

—¿Una nota de suicidio?

Guerra abandonó la comodidad del sillón y asomó la cara por detrás de Moreno.

—No tengo ni idea. Parece escrito con sangre.

Ambos compartieron un escalofrío. Moreno no conocía el idioma en el papel y pensó que serían los delirios de un loco. Se aclaró la garganta, y, palabra a palabra, recitó la oración. Tuvo un extraño presentimiento y las gélidas garras del miedo apresaron su corazón.

Dio un respingo.

Se calmó. Guerra le apretaba el hombro con una mano. Éste lo miró a los ojos y le dijo:

—No entendí un carajo.

Moreno soltó una carcajada. El corazón le volvió a latir con normalidad.


—8—


Horas más tarde, los investigadores se habían hecho cargo de la situación, y una ambulancia retiraba el cadáver de Mariano en una bolsa plástica.

Los oficiales Moreno y Guerra dieron por finalizado su turno. Abandonaron el departamento y caminaron hasta el final del pasillo para subir al ascensor. El ruidoso aparato llegó a su piso y abrieron sus puertas. Dentro, Moreno apretó el botón de la planta baja.

GONZALO.

El oficial Moreno dio media vuelta y miró a su compañero.

—¿Qué sucede? —preguntó.

—Nada, por qué.

—Acabas de llamarme por mi nombre.

—Yo no dije nada. El cadáver debe haberte contagiado la locura. —Guerra soltó una carcajada.

Gonzalo Moreno rió junto a su compañero. Pero para encubrir los nervios que le brotaban por todo el cuerpo como un sarpullido. Podía jurar por su madre, que una seseante voz había susurrado su nombre al oído…


2 de Marzo de 2020 a las 17:28 11 Reporte Insertar 9
Fin

Conoce al autor

Luca Domina Tengo 28 años. Lector a tiempo completo. Abierto a todos los géneros, pero en especial al terror. Mi escritor favorito es Stephen King. Intento de escritor. Escribo todos los días y me esfuerzo por mejorar. Mi sueño es ser escritor profesional. Gracias por leerme. Aprecio las críticas constructivas.

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MR María Ramìrez
Oye muchacho que envidia! De la sana LO JURO. De más está decir que lo adoré. Es precioso en su estilo espelusnante...

  • Luca Domina Luca Domina
    Gracias, María, es todo un halago! Me alegra mucho que lo disfrutaras. Saludos!! 1 week ago
Is Bel Is Bel
No pude evitar recordar historias como "El cementerio de animales" al leerlo. Espero llegar a leer tus relatos en papel algún día. Son geniales. Solo una duda ¿Por qué siempre todo lo malo viene de Europa del este? -pregunto como persona de Europa del este- Aunque, he de decir que, a pesar de haber acalarado después que provenía de Argentina, aquella frase de ¨sacerdote del terror¨ si me suena a algún paisano jajaja. ¡Nos leemos!

  • Is Bel Is Bel
    ¡Y por cierto! La historia me parece tremendamente original y me encanta que introduzcas pizcas de humor e ironía, me recuerda mucho a nuestro amigo King. 2 weeks ago
  • Luca Domina Luca Domina
    Wow muchas gracias! Ojalá, escribo para conseguir eso! jajaja Porque soy de las época de la película Hostel! y que Drácula sea rumano no ayuda jajaja De nuevo, gracias! King tiene mi narrativa preferida (espero ir logrando una propia con el paso del tiempo) Saludos! Nos leemos! 2 weeks ago
Andrés Díaz Andrés Díaz
Es un relato muy entretenido y bien logrado. El suspenso se siente de inicio a fin. El desenlace es algo cliché pero sirve bastante bien porque no deja de abonar a la historia. Me sentí identificado como seguidor de canales con material "paranormal". Eso se agradece. Es una historia que juega con un poco de todo. Sigo leyendo tus escritos, se nota que hay mucho en ti para hacer obras increíbles de terror. Te hago amistosas observaciones: hay pequeños errores de redacción a lo largo del texto, desde escasas letras faltantes, nombre propios escritos con minúscula, comas sobrantes, algunos usos inadecuados de la raya de diálogo — Son minucias que se corrigen con una lectura pausada y atenta, nada de qué preocuparse. Saludos desde México! Te invito a leernos!
March 31, 2020, 21:18

  • Luca Domina Luca Domina
    Hola, gracias por comentar! Me alegra que te gustara! Aprecio las observaciones, son la mejor forma de mejorar. Las tendré en cuenta. Saludos!! March 31, 2020, 21:43
Francisco Rivera Francisco Rivera
Amigo Luca Domina, interesante, denso de suspenso y pasajes de horror derivando en terror sostenido; se agradecen como lector y se disfrutan desde tu narración como escritor. A no dudarlo, estás en el camino y seguiré tus escritos. Adelante y encuentro elementos de posible guión cinematográfico, aunque, aclaro, hay además, escritor en ascenso: ¡Felicidades!
March 17, 2020, 00:01

  • Luca Domina Luca Domina
    Muchas gracias, Francisco! Confío en continuar mejorando como escritor hasta alcanzar mis objetivos. Aprecio tu comentario! Saludos!! March 17, 2020, 02:37
Sebastian Silvestri Sebastian Silvestri
Gran historia! Muy buena la estructura, la trama y la narrativa. Felicitaciones!
March 05, 2020, 13:54

  • Luca Domina Luca Domina
    Hola, muchas gracias por comentar! Me alegra que te gustara! Saludos. March 05, 2020, 15:11
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