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Miguel de Fernandez


Richard Edwards es condenado a su corta edad de quince años a la silla eléctrica por su crimen en 1961, pero cuando está empezando la sentencia a muerte todo a su alrededor se paraliza, apareciendo un ser que se transforma en una copia idéntica a él, imitado su voz, sus gestos... hablándole de cosas que no son de su época, diciéndole mientas sigue atado a la silla eléctrica que todos los crímenes que cometa ese ser dejará que le pongan su firma. Finalmente se restaura el tiempo y el Edwards original muere, naciendo ese ser que hará enloquecer a los más altos cargos policiales gubernamentales de nuestro mundo con sus característicos crímenes. Una novela de crímenes donde se mezcla el terror con la fantasía.


Crimen Sólo para mayores de 18.
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1984: Inspector collins

—Señor, una llamada para usted —dijo el agente encargado del departamento telefónico de la comisaria, interrumpiendo la conversación que mantenía con mi equipo sobre la operación que llevaríamos acabo la semana que viene para desmantelar a un grupo de traficantes de la zona.

—Ahora no Meyers, estoy muy ocupado —le respondí con forma expresiva al haber interrumpido la explicación de cómo se llevaría a cabo la operación.

—Señor inspector, es Richard Edwards. —el puntero láser de mi mano se quedó inmóvil sobre la fotografía de uno de los integrantes de la banda, como la mira láser de un francotirador antes de apretar el gatillo. En esa llamada el gatillo lo estaba apretando sobre mi comisaría, rechazando que fuese en cualquier oficina del FBI como solía hacer, diciendo el nombre, la fecha y el lugar donde encontrarían el cadáver de su siguiente víctima. Daba igual la vigilancia que tuviese el lugar donde residía la víctima, siempre cumplía con su amenaza, ridiculizando al mandamás de turno del FBI en los quince años que llevaba asesinando—. Dice que tiene a su hija—. Su tono de voz se crujía a medida que pronunciaba aquella aterradora frase a su propio inspector.

—Tiene que ser un imitador. Pásame la llamada a mi teléfono —le dije mientras el puntero láser lo dejé apoyado sobre la mesa, sin apuntar a nada al haberlo apagado. No era su modo de actuar. Siempre anunciaba el nombre de sus víctimas días antes de realizar su crimen, ocultando detalles de sus crímenes a la prensa para evitar a imitadores repletos de ansias de salir en las principales portadas de los periódicos. Esa llamada era desconcertante a su personalidad, pensando una vez más que era un simple imitador en busca de su titular en el New York Times.

—Hola inspector Collins.

Mi respiración se paralizó al confirmar que sí era él, volviendo a oír su voz de nuevo tres días después de haberlo arrestado en mi jurisdicción. Hace tres días lo esposamos y se sentó en el asiento trasero del vehículo policial bajo la vigilancia de uno de mis hombres. Marqué el teléfono para ponerme en contacto con el FBI y avisar de su arresto. No recuerdo si llegó al tercer segundo de la espera cuando se puso al teléfono un

peso pesado del FBI que me preguntó el lugar donde me encontraba. Sin colgar la llamada miré al coche policial, viendo como el cuerpo de mi hombre estaba con el cinturón de seguridad cubierto por su propia sangre. Ninguna puerta estaba abierta ni había huellas de pisadas de la huida, pero Edwards no se encontraba ya en el interior del vehículo... solo quedaban las esposas rotas sobre el asiento. Se realizó una búsqueda exhaustiva junto al FBI y la interpol sobre varios kilómetros a la rotonda. Se cortaron carreteras y se cerraron la venta de billetes de cualquier medio de transporte. Pero tres días después estaba en la otra línea telefónica diciendo que tenía a mi hija—. Espero que le gustase tanto como a mí su intensa búsqueda la manera que dejé a su amigo en el coche de su comisaría. Le puse el cinturón de seguridad después de degollarle; el cuerpo de policía tiene que dar ejemplo.

—¿Dónde la tienes? —mis palabras no pudieron camuflar como mi tono se elevaba y mi respiración se exaltaba al pensar que ese asesino sanguinario tenía a mi pequeña de catorce años. Por más que intenté hacer respiraciones profundas para evitar excitarle y que hiriese a Carol, no lo conseguí.

—¿Tan pronto quieres saber dónde la tengo? ¿Dónde se ha dejado la magia de la incertidumbre inspector? ¿No me quiere preguntar primero donde he estado estos tres días? Muy mal inspector. Interpone su vida privada antes que su deber policial al estar hablando con el asesino más buscado.

—Sí, es cierto, soy un mal policía. ¿Cómo sé que está contigo? — la máquina rastreadora de llamadas en los años ochenta no era tan eficaz como las de hoy día, teniendo que alargar varios segundos más aquella perturbadora conversación con el asesino cuyo nombre llevaba encabezando durante más de quince años todas las listas planetarias de los mayores buscados, y ahora, tenía a mi hija. Había asesinado en cada uno de los cinco continentes del planeta, dejando tantas huellas en sus crímenes como en el tazón de cereales de un niño pequeño, pero no servían para nada. No tenía registrado nada a su nombre, ni un simple mechero para encenderse un cigarro. Era una sombra con vida que viajaba sin dejar rastro por todo el planeta.

—Me ha sorprendido la poca seguridad que había en su centro escolar. Creía que la hija del inspector que atrapó al célebre Edwards tendría más seguridad. Si fuese usted, interpondría una denuncia por la escasa vigilancia hacia sus alumnos.

—Hijo de puta, dime dónde la tienes. Sólo tiene catorce años —mis palabras se olvidaron de las respiraciones profundas y de la compostura de un inspector de policía, para convertirse en gotas de rabia que se transmitían a través de la línea telefónica.

—Recuerde inspector, que algunas de mis víctimas han tenido menos edad que su

hija.

—Por favor, no le hagas nada. — Las víctimas a las que hacía referencia fueron una pareja de hermanos en el país de Japón. Uno tenía doce años y otro sólo nueve. Sus cuerpos aparecieron desmembrados e hizo un puzle con sus miembros, intercambiándolos de cuerpo como los recortables de muñecas que se les regalan a las niñas.

—Me llama hijo de puta y después intenta que no le haga nada a mi víctima. ¿Suspendió las clases de negociación en la academia, inspector? Veo que no le interesa donde he estado estos tres días —volvió a repetir—. A usted quizás no, pero al FBI seguro que sí le interesa. ¿No están escuchando la llamada?

—¿Cómo lo sabes? —¿Cómo podía saber que el FBI tenía carta blanca para interceptar cualquier llamada relacionada con él?

—¿No me lo va a preguntar?

—No —fui tajante. No me importaban los lugares que estuvo esos días. Estaba jugando con la vida de mi hija haciéndome preguntas absurdas para dinamitar mi paciencia, pero no me importaba si en unas horas existía un expediente negro en mi informe, solo quería tener de nuevo a mi hija entre mis brazos y seguir viéndola crecer hasta que fuese abuelo y viese a mis nietos jugar en mi jardín.

—Bueno, ya no hace falta. Llevamos más de un minuto hablando inspector. Vuestra maquinita creo que ya ha localizado la llamada y sabe desde el lugar que estoy llamando. —De nuevo ese cabrón se había anticipado a nuestros movimientos, conociendo la última tecnología que poseía mi departamento. Era cierto. Habíamos interceptado su llamada, sabiendo su localización exacta. Se movilizaron varias patrullas hacia su localización mientras mi cuerpo se mantenía intacto en el escritorio, alargando esa conversación que lo mantendría ocupado al teléfono hasta la llegada de mi equipo para salvar a mi pequeña Carol. Se encontraba apenas unos pocos kilómetros de la comisaria, teniendo que actuar con rapidez. Su aterradora habilidad era tal que con pocos minutos le bastaba para formar un río de sangre con su víctima—. Aunque la maquinita

del FBI es mejor que la de tu comisaria. Me imagino que ya estará volando uno de sus helicópteros a mi posición. Tenemos poco tiempo inspector.

—No espera.

—Antes de colgar el teléfono y enviar sus patrullas, quiero que oiga una cosa — dijo repeliendo mi respuesta. Oí la voz de mi hija entre jadeos.

—Esta vez no te escaparás. Te vas a pudrir en una celda e iré a visitarte todos y cada uno de los días. Racionaré tu comida hasta el punto que solo podrás moverte para ir al baño y levantar el tenedor de plástico casi sin pulso para alimentarte —los jadeos de mi hija los oía cada vez más cerca, acercándose al teléfono. La tenía alejada de él varios metros.

—Sólo quería que oyeras como tu hija se despide de ti.

—¡No! —era la voz de mi hija que la oía con tanta nitidez como la suya.

—Cuando te arresten mis hombres te mataré con mis propias manos, vaciaré todos los cargadores de mis agentes en tu cuerpo. Tendrás tantas balas en tu cadáver que el forense tardará horas solo en quitártelas todas —mis palabras se mezclaban con lágrimas visibles en ellas; el hombre con el que Edwards estaba hablando no era el inspector de la comisaría del estado de Virginia, si no el padre de Carol.

—Díselo —le decía a la vez que oía como la golpeaba.

—¡Carol, te rescataré de donde estés! —le decía con rabia—. Mi equipo está llegando—. Pasaron varios segundos donde solo se oía un forcejeo y jadeos de negación de mi hija. Finalmente, la volví a oír.

—Adiós papá.

—Carol no te despi...

La llamada se cortó, dejando que oyese como mi propia hija se había despedido de mí al dejar solo el sonido de los tonos de la llamada. Cogí el coche más rápido de la comisaria y me dirigí al lugar donde hizo la llamada: Se trataba de un viejo polígono industrial abandonado de los años setenta.

Los límites de velocidad se fulminaban al paso por la interestatal en el vehículo que conducía. Era un Porsche que tenía la comisaría para fugas a alta velocidad y carreras callejeras. Al llegar al lugar pude ver a múltiples coches de mi comisaría aparcados, junto

a un helicóptero del FBI. Ya era nuestro. Su rapidez se vería ridiculizada por la vista de un pájaro del FBI en aquel polígono abandonado, sin rastros de civilización que entorpeciese su preciada vista desde el aire.

Un miembro de mi comisaria salió a toda prisa del interior de la nave industrial al oír el sonido del deportivo policial, cruzando la cinta policial que estaba colocada en la puerta de la nave. Pertenecía al equipo forense y sus guantes estaban cubiertos de sangre.

—Señor, le recomiendo que no entre —sus ojos mi miraban con la misma benevolencia que deberían tener los de un dios al mirar a un mortal, suplicándome que no entrase a buscar lo que quedase de mi pequeña. Su mirada estaba destrozada, como si el cuerpo sin vida que estaba inspeccionando fuese el de su propia pequeña.

—¿Dónde está Edwards? ¿Y mi hija? —le preguntaba incoherentemente como un padre que pregunta como está su hijo después de un terrible accidente de tráfico... como inspector sabía dónde estaba mi hija.

— Mathew —me dijo con mi nombre de pila, olvidando en esos instantes que era su superior—. Por favor, no entres. —Continuaba con la misma benevolencia en sus ojos, impidiendo que viese el estado que había dejado el cuerpo de mi hija ese carnicero psicópata.

—Mi hija... —Me derrumbé en un aterrador grito que se reprodujo a muchos metros de donde estábamos, haciendo volar a los pájaros que descansaban sobre los cables eléctricos del polígono.

—Por favor, márchate a tu casa. Ya nos encargamos nosotros —me dijo apoyando uno de sus guantes sobre mi hombro. Cada palabra que pronunciaba la oía más suave, midiendo cada una de ellas para no fraccionar más el dolor que salía de mis ojos impregnados en llanto.

—¿Es su sangre? —mi rostro estaba empapado por ese llanto que derramaba frente a la puerta de la nave cubierta con la cinta policial.

—No lo hagas más difícil Mathew. —Su rostro empezaba a humedecerse por las lágrimas de sus ojos—. Llamaré a la comisaría para que traigan un coche policial que te lleve a tu casa.

—No —le respondí a la vez que me llevé las manos al bolsillo y saqué mi placa— . No te estoy hablando como Mathew, el padre de Carol. Te está hablando el inspector

jefe de tu comisaria. —me comunicaba con ella de la única manera que me dejaron mis pulmones; débil y pausadamente por la asfixia que sentía en mi respiración, ahogando cada una de las palabras sin dejar de apuntarle con mi placa—. Como tu superior al mando te exijo que me enseñes el lugar del crimen. ¡Tengo que documentar el crimen de Edwards!

Sin decir nada me abrió paso levantando la cinta policial para que accediese al interior donde se encontraba María. No me importaba el resto de mi comisaria ni los agentes del FBI, solo tuve ojos para mi pequeña. No tardé mucho en encontrarla en el interior de la inmensa nave.

—¡Hijo de puta! —fueron las únicas palabras que pude pronunciar cuando la vi.

Dejé de respirar muchos segundos mientras la veía en silencio apoyada sobre la pared con sus ojos abiertos, como si fuese a decirme “hola papá”. Estaba completamente vestida, habiendo dejado intacta toda su vestimenta sin ningún tipo de agresión a su cuerpo. Había acabado con su vida degollándola con una gran arma blanca, dejando una enorme herida de varios centímetros de grosor en su cuello, donde su cabeza seguía pegada a su cuerpo por estar apoyado contra la pared. La forense no dejaba de contarme como había sido el crimen, oyendo su voz tan lejana que era casi imperceptible, semejándose al eco de un sueño donde estaba sumergido y estaba a punto de despertar. Me decía que había pegado sus párpados con pegamento para que no le pudiésemos cerrar los ojos, teniendo que mirarla a sus ojos marrones paralizados de vida. Él sabía que no me quedaría afuera esperando un simple informe, que usaría toda mi fuerza policial para entrar y verla por última vez antes de que la metiesen en una bolsa térmica. Un minúsculo charco de sangre en el suelo era toda la sangre que junto con algunas gotas sobre su ropa había en el lugar del crimen. El resto de sangre estaba impregnada en la pared, recreando con ella un enorme mensaje, un mural de varios metros cuadrados sobre las mugrientas paredes abandonadas. La forense me señaló un cubo de unos cinco litros de color blanco que estaba coloreado con el rojo de la sangre de mi hija. Me dijo que al degollar a su víctima sin saber cómo esparció casi los cinco litros de sangre que tenemos los humanos en el interior de aquel cubo. Más de medio cubo contenía aún la sangre de mi pequeña, tan líquida como el agua que fluye por los ríos. Entre los dedos de su mano derecha había pegado un sexto dedo, perteneciente a su mano izquierda, la cual, descansaba en el suelo con solo cuatro dedos. El dedo estaba cubierto de sangre, representando una macabra

escena donde quería interpretar que el cadáver de mi propia hija lo había escrito con una tiza.

«Hace pocos días me atrapaste y me quisiste llevar a tu pequeño calabozo. Has sido el único policía de este mundo que ha sido capaz de atraparme. Quería felicitarte inspector. Le devuelvo el pequeño calabozo donde jamás podrá salir».

Desde 1984 llevo sin poder ver a mi pequeña a los ojos, tirando o quemando todas sus fotos. Cada vez que la veía en cualquier fotografía recordaba la macabra escena apoyada contra la pared de aquella nave. Mi mujer no soportó como empezaba a romper sus fotos, impidiendo que destruyese el único recuerdo de su sonrisa adolescente. Le decía que ella no vio lo que yo vi. Pero no lo entendía, me decía que eso era parte de mi trabajo y que no quería saber nada relacionado de su muerte. Lo único que entendía que ya no la tenía. A las pocas semanas nos separamos y a los pocos meses nos divorciamos. Había encerrado mi vida en ese calabozo, tal y como había prometido escrito en ese mural. Antes de acabar el año me despidieron del cuerpo por realizar mi trabajo bajo los efectos del alcohol. Maldecía el día que atrapé por unos instantes a ese ser que destruyó mi vida en muerte, deseando haber mirado a otro lado y que hubiese sido otro policía quien lo arrestase. Al año y tres meses volví al cuerpo después de unas largas vacaciones en ninguna parte.

Todo comenzó en el año 1961 cuando Richard Edwars fue condenado a muerte en la silla eléctrica por sus crímenes a la temprana edad de quince años. Todo salió bien; el voltaje, la intensidad... pero a los pocos minutos volvió a respirar cuando dejaron su cuerpo en una de las cámaras de la morgue, saliendo con sus propios pasos de allí. Los médicos diagnosticaron que fue una rara reacción a la muerte que no recuerdo su nombre, dejando el cuerpo en un estado que se asemeja a la muerte pero su corazón sigue latiendo. Según dijeron había informes de gente que se había enterrado en vida y resucitado hasta dos días después. Desde entonces, sus asesinatos se han multiplicado y jamás se le volvió a ver... hasta el 16 de mayo del 1984, tres días antes de que asesinase a mi pequeña Carol

26 de Febrero de 2020 a las 17:55 2 Reporte Insertar Seguir historia
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Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
Es realmente una historia muy interesante. Logré notar algunos detalles a corregir, pero nada que una segunda lectura no solucione. Sigue así, es un trabajo que promete mucho.
April 18, 2020, 04:08

  • M F Miguel de Fernandez
    Gracias por indicar que te gusta. No voy a negar que es un borrador, que hay ciertos fallos a corregir. Espero que sigas leyendo cada capítulo y cada vez más se animen a comentar y reseñar 😀 April 18, 2020, 13:57
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