Crónicas del sol negro VOL I : La malnacida fe Seguir historia

G
Guillermo Gómez


El imperio del sol negro ha conseguido la totalidad del mundo conocido. Bajo el liderazgo del emperador Krauss se dirigen a la ultima ciudad libre registrada en un mapa, Ozo'o, en la ultima guerra librada para conquistar la ciudad el enemigo usara un arma nueva, la pólvora, parece que el sueño de Krauss sera parado por un invento militar nuevo solo conocido por esta ciudad, pero en medio del campo de batalla aparecerá un ser humanoide con alas doradas en la espalda que acabara la batalla incendiando el campo de batalla. Allen nuestro protagonistas quedara herido de muerte en esta guerra siendo solo un militar novicio. Llegaran noticias desde la capital que ese ser es un dios y que el imperio le deberá devoción tras la muerte del emperador Krauss. Allen tendrá un crisis de fe ya que encontrara a otro ser como el anterior pero esta vez con grandes astas de madera que sobresaldrán de su cabeza, este le enseñara lo que es la religión y como era su mundo.


Fantasía Épico Todo público.
1
632 VISITAS
En progreso - Nuevo capítulo Cada 10 días
tiempo de lectura
AA Compartir

Prologo: El valor de una guerra perdida

La hoguera se empezó a extinguir, los soldados que estaban de guardia comenzaron observaron cómo se marchitaban las ultimas ascuas, muchos de ellos parecían cansados y además nerviosos, llevaban semanas en este páramo desértico acampados al lado del río Cobeck, en el cual habían construida una presa para evitar que los recursos que llegarían a la ciudad de Ozo’o de sus granjas provinciales.

Ozo’o era una ciudad grande como si cincuenta poblados se hubieran unidos para formar una metrópoli gigantesca, construida en los cimientos de antiguos poblados haciendo pisos como una ciudad castillo con colosales murallas y un gran rio que lo bañaba, en medio de un desierto de arena como casi todo de estas tierras, por eso el emperador Krauss decidió tras el examen de susespías infiltrados, provocar la hambruna y la enfermad tras un asedio.

El sol nació por el horizonte, mientras besaba el valle de dos montañas, negro como el fondo del océano al mismo tiempo un haz de color rojizo apagado crecía ahora en el cielo de color negro anaranjado, la verdad es que no había mucha diferencia en la luz respecto cuando el sol despertaba que cuando dormía, pero se agradecía el calor que abrazaba la piel. La luz del amanecer llegó al campamento del ejército, ahora se distinguían los soldados unos de otros, todos con sus uniformes, unas túnicas de color ocre que llegaban a cubrir la pelvis, encima de ellas lo cubrían unos arneses de cuero con placas de metal que se extendían sobre el pecho de los soldados y brazos, unas perneras de cuero con engarces de metal en las partes blandas y articulaciones, por último, unas botas de cuero y metal oscuro terminaban el uniforme.

Tres cuernos tocaron al unísono indicando que la hora de un nuevo día había llegado. El cuerpo militar salió de sus tiendas como si unas aves empezaran a volar cuando hay fuego en un bosque, ya vestidos con sus uniformes y en formación de cuadrantes enfrente de un gran pabellón, que albergaba al emperador Krauss, con paso firme abandono su tienda y se colocó delante de su ejército con una armadura de color negro impoluto y a diferencia de sus soldados no llevaba yelmo, tal vez lo hacía para que su ejército viera que lo que tenia de viejo era de experto, por las incontables cicatrices en su rostro y parte del cuello quemado que llegaba hasta su oreja derecha. El emperador se marchó por delante de su ejército alzando la vista y exigiendo un saludo militar de parte de sus sargentos y después del resto de sus soldados.

El emperador se dirigió a ellos.

-¡Por el Sol negro!

Estalló un grito al unísono de orgullo.

-Llevamos mucho tiempo con esta ciudad. El tiempo apremia. - Advirtió Krauss. - Pero hoy regresaron nuestros espías, afirman que la situación de Ozo’o es insostenible, las enfermedades y la hambruna son devastadoras para su pueblo, hoy atacaran, puede que dentro de una hora o puede que antes que el Sol negro vuelva a esconderse, lo que, si está claro, es que hoy ganaremos, y por fin, mi sueño, nuestro sueño se cumplirá.

Al acabar este pequeño discurso el ejército se volvió y comenzó a seguir las ordenes de sus superiores, unos empezaron a afilar las armas, otros llegaron al lugar donde concretaron qué sucedería la última batalla.

Admiraron las barricadas que habían construido meses atrás, ellas estaban repletas de bolsas de comida y agua, armas afiladas cubiertas en tela para que el polvo del desierto no hiciera mella en el acero. El grupo de soldados se acercó a una de las ultimas barricadas para el reconocimiento, aún estaban trabajando en ellas, un soldado sin uniforme, estaba cavando con sus propias manos, si te fijabas en el verías que apenas le quedaban uñas y estas estarían bajo un brote incesante de sangre, lo más seguro es que este soldado cometiera algo imperdonable para el campamento, como robar comida o pelearse con algún superior.

El mismo grupo observó si todo marchaba como debería, un soldado empezó bajar a las barricada y a encender los faroles de aceite, agarró dos piedras negras con una película plateada, se agachó en uno de los faroles que se encontraban ras de suelo y las chasqueó, las chispas saltaron de las piedras con el movimiento del soldado e iluminaron con un destello la trinchera, a los segundos, el farolillo alumbraba casi como el mismo sol, este proceso lo hizo repetidas veces hasta que todas las trincheras del campo de batalla quedaron encendidas.

El campamento quedó vacío, si no fuera por los pasos diminutos de unos niños, los cuales también iban uniformados, pero ni de cerca a la exquisitez de colores amarillos de los soldados, estos eran amarillos tan apagados que se confundían con un blanco sucio.

Los críos inundaron el campamento militar rápidamente, como cuando un vaso vierte su contenido encima de una mesa y esta queda empapada, en una abrir y cerrar de ojos los pequeños soldados estaban en cada una de las tiendas, limpiándolas por dentro y sacando los sacos donde habían dormido los militares. Las pequeñas hormigas llevaban los sacos a rastras, los más pequeños apenas podían desplazar uno de los enormes sacos, mientras que los más altos y fornidos cargaban con dos a la vez, por último, todos se reunieron todos en el borde del río.

Se formaron grupos de estos pequeños para aligerar la carga de trabajo, no más de cinco niños, solamente había un sargento vigilando detrás de todos los niños para que no perdían el tiempo, pero la larga fila de niños era imposible para vigilar de una pasada, así que recorría todos los puestos donde los niños limpiaban.

Estos aprovechaban para escaquearse y hablar cuando la atenta mirada del sargento no estaba en su nuca, y por tanto no podían ser castigados.



-Te digo yo que ganaremos la guerra. -

-No seras tu un adivino, es la última ciudad libre, ¡Imbécil! - Contesto uno de los críos mayores.

La carcajada estallo en el aire.

-¡Callaos! Alertareis al guardia.

Las risas pararon de inmediato, pero al ver que el sargento se encontraba a la lejanía volvieron a reírse del niño, él se ruborizó de la vergüenza.

-Vamos no te pongas así, Allen. - Advirtió uno de los chicos más grandes mientras le empujaba suavemente el hombro. -Pero deberías bajar la voz, si nos pones en problemas a mí, o mis amigos, o si es peor, a mi hermana, no dudare en cortarte la lengua.

Un escalofrió recorrió la sangre de Allen, sabía que las palabras de Shaender no eran en broma, una noche recuerda que le ayudo a enterrar el cuerpo de un soldado renombrado por robarle su ración de comida. El mismo día que le robo la comida se adentró en la tienda de ese soldado con un cuchillo de limpiar la carne del pescado en su tienda, y mientras dormía le corto el cuello, Allen podía jurarlo, ya que cuando tiraron el saco al río no paraba de sangrar donde estaría la cabeza.

Descubrieron el cadáver antes de que amaneciera, Shaender se quedó sin su ración de comida durante tres días y le obligaron a mirar como la cuadrilla comía, al cuarto día solo se pudo alimentar del estiércol de los animales que traían para el asedio y el quinto ya pudo comer normal, ni si quiera su hermana Balinser se acercó a él durante una semana por el olor que desprendía su boca del estiércol.

-Está bien. -

-Ahora acabemos con esto y volvamos a .... - Las palabras del chiquillo se enmudecieron tras un atronador ruido que rompió el silencio del tiempo. Un ruido tan fuerte y corto seguido por la sintonía de un desprendimiento, pero no había montañas cercas, solo dunas.

Una columna de arena y roca se elevó tanto que algunos escombros llegaron hasta el río donde estaban el pequeño pelotón haciendo sus misiones de limpieza, el ruido de la explosión penetró en los oídos de todos, cada uno de ellos se llevó las manos a las orejas en un intento de parar el chillido agudo que se guardaba en sus tímpanos.

Allen fue de los primeros en recuperar la compostura, consiguió mantener el equilibrio, aún desorientado se alejó de la orilla del río, pero con cada paso recuperaba poco a poco la audición, se escuchaban gritos de su sargento más adelante, pero también gritos de sus amigos y conocidos algunos de ellos cayeron dentro del río y sus manotadas indicaban que estaban ahogándose. Toda esta situación daba como resultado un dolor de cabeza insoportable.

El chico comenzó a correr torpemente, sus músculos no reaccionaban bien a las decisiones que quería tomar, antes de llegar a la orilla golpeo su pie izquierdo con su derecho y cayó al suelo, a solo unos centímetros de la orilla, el sabor a arena se mezcló con su saliva y un nuevo sabor entro en juego.

Sangre.

Se puso nuevamente de pie, aun tambaleándose, alzo la vista y vio como algunos compañeros salían del agua. Se limpio la sangre que le salía de la comisura de sus labios con el final de la manga de su chaqueta militar, entre todo el caos volvió a sonar cerca otro sonido que rugía como un trueno, pero esta vez más de uno pudo contener la compostura, el ruido solo fue un momento, pero tras este llegaron los gritos, chillidos llenos de furia de soldados más allá del río.

Un fuerte impulso agarro del cuello de la camisa a Allen, re coloco sus ojos totalmente negros hacia al frente hasta chocar con los ojos de su amigo Shaender, la mano de su amigo se aferró tan fuerte que hasta un botón de su camisa se descosió y salto hacia el suelo, el impulso frenó al llegar al pecho de su compañero.

-Cuida de mi hermana – Grito con la boca casi desencajada ya parecía que el tampoco escuchaba bien. - Yo iré a las trincheras, hay que traer los suministros médicos del campamento, ¡Vamos Allen, reacciona!

-¿Donde esta ella?

- En la orilla - Seguía gritando mientras corría torpemente colina arriba. - Intenta que entre al campo de batalla. -

Siempre fue demasiado protector con ella.

- Tranquilo. Nos encargaremos de ayudar en el campamento médico.

Volvió a escucharse el ruido que atravesó el viento hasta hacer retumbar el sonido, esta vez a Allen pareció no afectarle, ya que mantenía la compostura y tenía un paso firme hacia la orilla del río, consiguió distinguir la figura de Balinser a unos cuatro metros de la orilla, ella estaba desorientada, con cada rugido que provenía del campo de batalla se violentaba y sus extremidades fallaban, se estaba ahogando.

Del agua turbia emergieron su escuadrón, empapados siguieron las órdenes del sargento que con la máxima rapidez que se le permitía acudían al campamento para ir en apoyo a la guerra. Balinser aun sentada al lado de la orilla estaba conmocionada, Allen se dirigió hacia ella como podía. Un intento de salir del río de uno de sus compañeros acabo con el colapso de la chica, al salir de las aguas agarro fuerte del uniforme de Balinser y la arrastro hacia la corriente.

-¡No!

Paso a paso, el camino no fue fácil, mientras mezclaba sus pies con el barro de la orilla, el camino no fue fácil, ya que decenas de sus compañeros aun salían del agua como podían, choco contra varios de ellos con el hombro que casi lo derriban, él tenía una complexión mucho más pequeña que la que tendría que tener para su edad, pero pudo mantenerse erguido y continuar caminando.

Sus rodillas tocaron el agua, estaba helada, más fría que de costumbre. El río le sumergió casi todo el cuerpo y nado, no estaba profundo, pero su corta estatura no le permitía ir andando, y por supuesto tampoco a Balinser.

-Ayu... - Intento decir mientras agua se metía dentro de su garganta. -

Mas tarde solamente se escuchó un intento de meter aire en sus pulmones violentamente.

-Aguanta, ya casi estoy. -

Pareció sorprendida.

-Vengo ayudarte, agárrate a mi espalda. -

Balinser se agarró con la poca fuerza que le quedaba, había estado luchando contra la fuerza del río y el pitido incesante durante unos pocos minutos, pero suficientes para hacer que cualquier persona se cansara.

-Gracias. - Soltó entre bocanadas de aire. - Pero, recuerda, no somos amigos, solo compañeros, no podría tener amistad de un paria como tú.

Ella se fue corriendo como podía, dejando atrás a Allen perplejo, el sabía que su condición de nacimiento le causaría problemas, pero… que le recordaran que no era querido ni por las personas por las cuales, el moriría, le hizo estar triste.

No había demasiado tiempo para ponerse a llorar, el sargento seguía dando órdenes, y cada vez con más énfasis para que cada uno fuera a su puesto.


El campo de batalla se había convertido en un auténtico caos, las trincheras que servían para ocultarse, preparar emboscadas y resguardar los alimentos y armas ahora se convirtieron en fosas comunas del ejército imperial.

Cuando Allen llego al campo de batalla el ruido rugía con más fuerza, se unió la orquesta un sonido nuevo, golpes atronadores que nacían de lo alto de las murallas de Ozo’o, acompañadas de humo y destellos.

El joven intento reunirse con los médicos de campo, pero incluido el centro médico que se encontraba en la retaguardia fue destruido. En medio de los escombros vio una brillante bola de bronce quemada.

-¿Esto es lo que nos están lanzando? Pero ¿¡Como!? -

¿Como podían lanzar esos soldados que según los espiás ya casi no tenían para comer y sufrían enfermedades lanzarnos unas bolas de ese tamaño a tan larga distancia?

- ¡Mierda! -

Al rededor de los escombros había cadáveres, de su escuadrón novicio de hecho.

-¡Balinser!

No la encontraba.

- Maldita sea … ¡Balinser! -

Su chillido lo apagó una explosión no más de cinco metros a su lado, la onda expansiva lanzo por los aires a Allen un par de metros y cayó al suelo.

Tenía la cara cubierta de arena, sus ojos no se podían abrir bien, necesitaba agua, corrió, ciego y ahora de nuevo sordo, sin rumbo.

No paraba de frotarse los ojos para provocarse el llanto, con suerte sería capaz de recuperar la visión de un ojo, pero no tuvo esa fortuna, lo que fue recuperando poco a poco fue la oída, el sonido estridente que no le permitía escuchar se fue apagando y se volvieren fuertes los de gritos y los golpes de hierro contra hierro.

Una mano paro la carrera de Allen, le agarro bien fuerte.

- ¡Soldado, agarra esto y sigue corriendo con todas tus fuerzas! - Le ordeno firmemente.

La voz era de uno de los comandantes de los escuadrones de caballería, Gluttcher.

- ¡Vamos! - Volvió a ordenar mientras gritaba y su saliva le salpicaba a Allen.

El último contacto que tuvo el soldado fue un empujón en la espalda hacia la dirección que tenía que correr.

Allen corrió, sentía las espadas cortar la carne y escuchar como salpicaba la sangre a su alrededor, poco a poco el sudor de su frente se fue mezclado con la sangre que llego a su cara, esta mezcla fue disolviendo las motas de arena que aún tenía en sus ojos, permitiendo ver borrosamente.

El fuego inundo el campo de batalla, él no sabía hasta donde tenía que correr, aun no era capaz de ver bien que era esa vasija de barro, pero el continuó.

En su mala visión pudo ver algo con claridad, en medio de su camino se encontraba algo extraño, era como él, pero un poco más bajo y más corpulento, tenía la piel de color negro, no blanquecina como el, iba vestido totalmente de dorado, sus ojos eran del color amarillo anaranjado de su fuego, y tenía unas alas con plumas enormes doradas que le nacían de la espalda.

Allen se asustó, cayo de espalda, la vasija que transportaba se rompió en mil pedazos, dejando al descubierto su contenido, alquitrán.

Rápidamente se propago por el campo de batalla, se unió con más alquitrán que ya estaba tirado en el suelo, era como una línea, que separa los campos de batalla, había llegado a campo enemigo, estaba rodeado de soldados de Ozo’o.

Aquella figura desapareció, Allen se puso rápidamente en pie, no quería estar allí, sabía que si quedaba moriría y comenzó la carrera en sentido contrario, hasta que paro en seco, su corazón se estremeció, una lluvia incesante de flechas ardientes iluminó el cielo oscuro del día. Sabía que estaba acabado.

Las flechas dieron en los charcos de alquitrán, y el fuego de la guerra brillo con más fuerza que el sol.

17 de Febrero de 2020 a las 22:44 1 Reporte Insertar 0
Continuará… Nuevo capítulo Cada 10 días.

Conoce al autor

Comenta algo

Publica!
Pauly Thide Pauly Thide
Me gusto tu capitulo. Pero hay ciertos errores aqui y alla. Pero el más notable es el uso del guión que usas. ( - ) Usas ese, cuando deberías usar el guion de dialogo ( — ) Como veras son mas largor y tiene su uso. Te recomiendo ver : https://www.youtube.com/watch?v=E8X4Oyr604k Esto explica muy bien eso; a mi me ayudo. Una vez hagas eso, tu historia se verá mucho mejor. Un gran saludo y abrazo.
February 25, 2020, 11:43
~