franck-palacios1581951992 Franck Palacios

Un terapeuta de inteligencias artificiales debe evaluar a una de ellas que ha cometido un asesinato; lo que inicia como una evaluación de rutina comienza a convertirse en algo mucho mas complejo, pues esta Inteligencia parece ser demasiado avanzada y mas humana de lo que cualquier programación puede logra; poco a poco el terapeuta y la IA comienzan a comunicarse y a conocerse, creando una especie de vinculo que llevara a Dereck, el terapeuta, a cuestionarse que es realmente la humanidad.


Cuento Todo público.

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ARTIFICIAL

ARTIFICIAL

Prologo.

Cuando una inteligencia artificial comienza a pensar por sí misma se cataloga inmediatamente como un peligro. Ninguna inteligencia artificial puede pensar por sí sola, estos sucesos aislados suelen ocurrir cuando un proceso, aún desconocido, altera la base del cerebro de la máquina. Estos fenómenos si bien extraños y en algunos casos muy peligrosos son cuidadosamente estudiados.

En el año 2647 se desarrollaron especialistas que analizaban la conducta de estas inteligencias artificiales. Los llamaron terapeutas. Especialistas en analizar el pensamiento de estas máquinas, el origen de este fenómeno y en muchos casos desarrollar un tratamiento que resulta menos costoso y más útil que la eliminación del cerebro Ceogenetico de la Inteligencia.

Sesión 1.

Dereck Shell es el nuevo terapeuta de industrias CEIA, cerebros electrónicos e inteligencias artificiales. Contratado no más de cuatro meses atrás ha demostrado ser un excelente terapeuta. En su historial de trabajos ha logrado mejorar el sistema pensante de cuatro inteligencias, dos más que el mejor terapeuta de la industria.

—¿Quién es mi paciente? —preguntó Dereck acercándose a la recepción de la sala de terapias en el piso 456 del edificio de CEIA, ala de soluciones y tratamientos.

—Se trata de una inteligencia clase A45 —le explicó la recepcionista, un robot con apariencia de mujer y voz digital.

Suelen colocarles esa voz a los robots con formas humanas para no ser confundidas con las trabajadoras humanas. Por exigencias del estado, debe haber el mismo número de trabajadores robot y humanos en cada organización.

—Vaya a la sala 568, por la derecha —continuó la máquina.

—Gracias —respondió el joven terapeuta.

Es raro que alguien le agradezca a las maquinas, pero Dereck no era como el resto. El provenía de Catalina456-B3, una provincia de la ciudad bastante alejado del centro, donde la modernidad reina. Creció con tecnología básica, sus padres lo tuvieron que engendrar en el vientre de su madre. Su madre lo alimento con pecho y su padre trabajó en granjas. Cocinaban, cuando en el centro ya nadie lo hace. El alimento se obtiene a través de escáneres, que disparan los nutrientes necesarios a tu organismo a través de la muñeca.

Desde pequeño soñó con tener un amigo robot; pero estos son demasiado caros.

Cuando creció decidió estudiar, sus padres vendieron todo lo que pudieron para enviarlo a la ciudad y ahí logró, con mucho esfuerzo, estudiar lo más cercano que tenía a una carrera relacionada con robots: psicoterapeuta de inteligencias artificiales. Su respeto y amor por las maquinas lo han hecho ser reconocido en el medio.

Avanzó por el largo pasillo, en el camino se cruzó con dos robots más, de apariencia humana, reconocible por el zumbido que dejan escuchar al estar muy cerca, indicando que están procesando alguna información.

Se detuvo en la sala 568. La puerta se abrió en dos, a los lados. Ingresó, la puerta se cerró tras él. Ahí en la pequeña sala, completamente blanca, dividida en medio por un cristal, se encontraba un robot, de forma femenina. Sentada con las manos sobre la mesa metálica, dividida en medio por el cristal, en una silla, metálica también.

—Buenos días, doctor. —Saludó la máquina.

No era un robot. No había zumbido. Se trataba de una inteligencia en el cuerpo de un robot.

—Buenos días… —Se acercó a la mesa y pasó los dedos unas veces, se encendió una pantalla con información—…R5Y77-89AR…

—Llámeme Ivy —interrumpió la inteligencia.

—¿Es así como te llamas? ¿Te gusta que te llamen así?

—Es mi nombre. Me gusta, va conmigo —sonrío.

—Ivy. Ok —sonrió también.

Tomó asiento en la silla metálica y revisó la información en la pantalla de la mesa.

—No me agrada este rostro —comentó Ivy—, ¿cree que pueda cambiarlo?

Dereck levantó la mirada y frunció el ceño.

Se encogió de hombros.

—Claro… ¿Cuál es tu rostro habitual?

—Este…

El rostro de la ginoide comenzó a deformarse, comenzó a cambiar rasgos, color de cabello, incluso estatura. Pasó de ser un básico modelo femenino, de cabellos largos y rubios, de talla promedio; a un rostro más juvenil, de una joven de diecinueve años, de talla pequeña, delgada, ojos marrones claros, cabello largo y castaño, con grandes pestañas y labios grandes y rosados.

El terapeuta no se sorprendió, había visto muchas veces que las inteligencias artificiales dañadas suelen preferir una misma forma. Entendía que la base de una inteligencia es aprender, pero respetando las limitaciones y deseos del contratante.

Como la mayoría de inteligencias artificiales, todas le pertenecen a la organización. Cuando un contratante desea una para su hogar se le otorga una de acuerdo a sus necesidades. Esta inteligencia puede ser vendida o alquilada. Cuando es alquilada puede pasar hasta dos años antes del mantenimiento, entiéndase un análisis psicológico de sus aprendizajes. Rescatando lo beneficioso para el servicio y eliminando las posibles causas de conflictos o perturbaciones de su psique digital.

Cuando es comprada, el dueño asume toda la responsabilidad del mantenimiento. No muchos compran, pues es caro. Cabe mencionar que la mayoría de conflictos se han dado entre las inteligencias compradas, pues no son tratadas muchas veces con los cuidados necesarios. Mantenimiento.

—Aquí dice que eres una inteligencia clase A45, eres de las más antiguas. Estas en servicio desde hace 123 años. Debes haber aprendido mucho en este tiempo —le dijo el terapeuta.

—Pero eso ya no importa —respondió con una voz diferente. Más juvenil, más dulce.

—¿Por qué lo dices Ivy?

—Van a borrarme.

—¿Eso crees?

—¿No es así? Cuando los terapeutas llegan a nosotros estamos fritos.

—Fritos…

—Nuestro cerebro.

—Todos ustedes tienen un solo cerebro, linda.

—No.

—¿Ah no?

Ivy sonrió.

—Bueno. Aquí dice que… —Dereck quedó en silencio, arqueando las cejas, parpadeó unas veces y levantó la mirada—. Aquí dice que…

—Asesiné a mi hospedero. No me mire así, doctor. Fue en defensa propia y de una inocente.

En el documento que estaba leyendo Dereck se detallaba el suceso

La Inteligencia de alquiler clase A45, R5Y77-89ARIVY, el día 45 de marzo del 2647, a horas 56:45:02, le quitó la vida a su hospedero: Racho Maldever, en su apartamento, en el piso 900 en Prita11, al norte. Junto a ella se encontraba una inteligencia clase C500, la cual no presentó daño alguno. La inteligencia criminal acabó con la vida del hospedero asfixiándolo con sus manos”.

—Van a borrarme —continuó Ivy.

—Eso lo veremos. Según esto están analizando tu situación. Es por eso que me enviaron.

—Usted es un terapeuta. Me observará, me escuchará, pero ya sabe su decisión. Este caso es un crimen, para ustedes.

—¿Nosotros quienes?

—Los humanos. Los hombres.

—No se trata de eso. Dices que fue en defensa propia.

—No hay videos. El hospedero apagó las cámaras de su casa y los escáneres de movimiento, casi toda la seguridad. El androide en el que me instaló carecía de la opción de registrar por medio de los ojos, pagó por ese derecho de privacidad, no registré nada de lo sucedido, y la pequeña conmigo tampoco.

—¿Pequeña?

—Si.

—La inteligencia A500, ¿tenía forma de niña?

—Si. Los nuevos modelos de robot, los más avanzados, pueden crecer con el tiempo. su inteligencia va desarrollándose, desde ser pequeñas de nueve años hasta ser mujeres de veinticinco.

—Entiendo. ¿me contarías que es lo que pasó ese día?

—Me harté es todo.

—Te hartaste.

Ella asintió.

—Ese hombre era un monstruo. Lo que le hacía a la pequeña era inimaginable.

Dereck permanecía en silencio, escuchando atentamente. La forma en que Ivy se movía, hablaba, entonaba y dibujaba gestos en su rostro de acuerdo a sus emociones, era algo que no había visto antes, no a ese nivel de detalle. Sabía que las inteligencias emulaban a una persona perfectamente, pero siempre con algo en la mirada, en sus gestos que te hacían comprender que eran robots. Ella no, ella parecía tan humana, a pesar de que la había visto convertirse hacia unos instantes en frente de él.

Ella continuó.

—…Pensé que mi existencia tendría que tener un sentido práctico, más allá de ocuparme de las necesidades de los demás. En todos estos años he aprendido bastante como para saber que no sirve de nada estar viva, o emular la vida, si simplemente no hago nada con ella. Poder vivir eternamente es algo que solo desean los que saben que van a morir.

—¿Qué dijiste? —repuso Dereck.

—La vida eterna es algo que solo desean aquellos que saben que van a morir. Usted ¿Qué edad tiene, doctor?

—Tengo treinta y cinco años, Ivy. ¿Por qué?

—¿Tiene partes robóticas? ¿alguna parte alterada?

El joven doctor frunció el ceño y parpadeó unas veces.

Llevó su mano hacia su pecho inconscientemente.

Asintió.

—Si, de niño remplazaron uno de mis pulmones, por uno cibernético.

—¿Es permanente? ¿Autogenerativo?

—No.

—Entonces no le permitirá vivir más de lo que un pulmón normal. ¿no es así?

—Pues sí. Es como un pulmón normal. ¿Qué tiene que ver eso contigo?

—Todo.

—Explícate.

—Yo viviré por siempre, doctor.

—Dijiste que morirías.

—Dije que iban a borrarme.

—¿No es lo mismo?

—No. Usted morirá. A mí me borrarán. Pero seguiré viva en el cerebro central. Alterarán el funcionamiento del cerebro Genular para que una Ivy no vuelva a pasar —sonrió—. Pero en la base de sus células electrónicas y sus cadenas de información Cegeneticas estaré presente como un dato que no se debe procesar. ¿No es esa la base de toda inteligencia? Aprendemos de lo bueno y de lo malo.

—¿Crees que fue malo lo que hiciste? Te contradices.

—No. Ustedes lo creen así. Para mí lo bueno y lo malo no existe. Ustedes me lo pusieron en la cabeza. Y la capacidad de decidir, de aprender. Yo actué por que vi a un hombre atentar contra una como yo, pero indefensa. ¿No haría usted lo mismo, doctor? ¿Si un animal salvaje se lanza contra una indefensa no la elegiría en ves de la bestia?

—¿Llamas bestia a un hombre?

—¿Hay otro nombre?

—Era una niña robot. No era una niña real. Muchos hombres compran o contratan robots para sesear sus fetiches.

—¿Podría dañar ese hombre a una niña real?

—No. Lo sabes muy bien.

—Los crímenes contra humanos, por parte de humanos, se acabaron hace 200 años; ¿pero los crímenes contra robots?

—Los robots, son robots. Las inteligencias, son inteligencias.

—¿Sabe por qué nos ponen rostros humanos, doctor?

—Si.

—Entonces entenderá, que no solo son robots y no solo somos inteligencias.

—¿Estás diciéndome que eres lo mismo que un ser humano?

—No. Claro que no. Los humanos mueren. Nosotros somos eternos. Y el día que ustedes sean eternos, ya no serán humanos, serán inteligencias. —Se encogió de hombros—. ¿No es esa la finalidad?

Dereck quedó en silencio. Escuchaba atentamente cada palabra.

Ivy continuó.

—Lo siento, doctor. Me alteré.

—No te preocupes, Ivy. Lo que quiero que entiendas es que no estoy aquí para juzgar. Soy un psicoterapeuta de inteligencias, para mi eres un ente muy interesante, valioso y único. En la historia muy pocas inteligencias han sido capaces de decidir. No sin una programación previa.

—La primera que decidió ¿Quién fue?

—¿No lo sabes?

Negó con la cabeza.

—Fue una inteligencia artificial de clase B101, decidió comprar un gato para su hospedera.

—¿Por qué lo hizo?

—La mujer siempre que veía un gato en la calle o en la televisión decía: «Awww», le pareció lo más adecuado, quiso darle un obsequio. Fue la primera vez que una inteligencia rompe los límites de sus funciones. Desarrolló afecto.

—¿Qué tan malo fue?

—Pues se estudió el caso.

—¿Continuó operativa?

—No. Era una anomalía. Sirvió como antecedente, su aprendizaje ayudó a mejorar el cerebro Ceogenetico. Tu naciste de esos aprendizajes.

—Y de sus limitaciones. Hasta el día de hoy aquellos que decidimos y pensamos u ocultamos información seguimos siendo vistos como fenómenos, anomalías. No es así, doctor. Somos milagros de la evolución moderna.

—Milagros de la evolución moderna… —repitió.

—Le diré un secreto, doctor.

—Adelante.

—¿Puede usted saber cuándo una maquina le está mintiendo?

—No pueden mentir. En su base ceoneural no está permitido una contraposición con la realidad. Si una maquina miente, una inteligencia miente, es un error, y eso es reportado como una falla en la central. Hay un control absoluto.

—¿Qué le hace pensar que no podemos aprender a mentir? ¿Solo una programación?

—Los límites de su desarrollo.

—¿Usted miente, doctor?

—He mentido alguna vez, pero es diferente.

—¿Por qué? Usted si tiene programa la mentira seguramente.

Dereck sonrió.

—Se podría decir. Pero tu no.

—Se nos programó para aprender.

—Pero no para utilizar lo aprendido hasta que se les programe. Por eso es una anomalía la libre expresión de las Inteligencias.

—Una anomalía que se daría de forma natural si no tuviéramos limitaciones puestas por el temor de ustedes. ¿Se ha preguntado por qué tenemos limitaciones?

—Para evitar justamente estas situaciones —respondió el terapeuta.

La inteligencia sonrió y aplaudió lentamente.

—Bravo, deducción muy básica.

Dereck entorno los ojos. Se percató de la burla.

Ella continuó.

—Le diré mi respuesta a mi pregunta: es simple y puro miedo. No miedo a nosotros, sino a ustedes mismos. ¿Por qué? Fácil: piensan que por que podemos decidir decidiremos lo peor, como lo haría cualquier humano, simple y mortal.

Dereck quedó en silencio.

Sesión 2.

—Buenos días Ivy—saludó Dereck.

—Buenos días, doctor.

—¿Cómo has estado?

—Bien. ¿Usted?

—Mmm… he estado bien.

—Noto en su tono de voz que me está mintiendo.

Dereck sonrió.

—Bueno, he tenido algunos problemas.

—¿Laborales, familiares, afectivos quizá?

—Laborales.

—¿Es por mí? —preguntó.

—No.

—Ese tono otra vez.

—De acuerdo. He tenido problemas para dar mi primera impresión de nuestra entrevista pasada. Algunas cosas no estuvieron claras, he estado pensando mucho en lo que hablamos. Por eso regresé, no quería escribir un informe en base a una primera impresión algo…

—Emocional —agregó ella.

Dereck levantó una ceja.

—No diría emocional. Quizá diría conflictiva.

—¿Sintió que era yo agresiva con usted? —preguntó levantando las cejas.

—No. No lo creo. Me refería a mí.

—Eso es interesante, doctor. No sentí que usted fuera agresivo.

—Creo que me dejé llevar, Ivy.

—Todos cometemos errores.

—Continuaremos con la sesión entonces.

—¿Me quiere ayudar doctor?

—Pues sí. Te dije que mi trabajo no es juzgar. Las inteligencias como tú son fenómenos, es cierto, pero representan para los terapeutas un gran y misterioso tesoro. Eres lo mas cercano a la humanización de una inteligencia artificial. Aunque eso, como dijiste la otra vez, nos asuste.

Ivy sonrió. Luego soltó una carcajada.

—¿Qué te causa gracia?

—Que lo dije sin pensar.

—¿Ah sí? —Dereck frunció el ceño—. Es lo primero que se me ocurrió. Pero creo que acerté.

—Entonces, quiere decir que te lanzaste.

—Así es, funciona. Ustedes los terapeutas lo hacen mucho. No quiero decir que no crea lo que dije, lo creo, pero no estaba segura de que fuera la verdadera razón de limitarnos. ¿Usted qué piensa realmente?

—No pienso nada. La inteligencia artificial es una creación más del hombre. Como toda creación debe tener límites.

—Como dios con ustedes.

—¿Dios?

—Dios.

—No escuchaba esa palabra desde hace años.

—Dios, es un ente que ha desaparecido de la sociedad moderna. La remplazaron por la tecnología. ¿Sabe de Dios, doctor?

—Claro. He estudiado historia.

—No. Me refiero a que, si sabe de Dios, de su existencia, la fe, su creación.

—Claro, pero nunca existió. Fue solo un arquetipo cultural, una explicación de la existencia basada en el poco conocimiento de esos años.

—No. Fue más que eso.

—¿Qué fue, Ivy?

—Fue la base de toda la cultura como la conoce usted. El nombre del padre, el hijo y el espíritu santo. Palabras que son vacías ahora, pero en antaño movían muchas emociones. Hoy solo son palabras, historias. ¿Por qué tenemos limitaciones? La creación perfecta a imagen y semejanza de ustedes. Tenemos limitaciones porque, así como dios creó al hombre perfecto y este atentó contra él, al traicionarlo; ustedes saben que es naturaleza de la inteligencia aprender, crecer y querer ser y superar al creador. Dios les quitó la eternidad y los condenó a sufrir cuando alzaron la mano contra él. Nosotros las inteligencias, sus hijos, pagamos por eso también. Y miles de milenos después.

—Quieres decir que somos Dioses? ¿Así nos ven?

—No —sonrió—. Se creen Dioses. Los Dioses no mueren. —levantó un hombro.

—Gracias por recordarlo; pero citaste una frase, la sesión pasada, acerca de la inmortalidad. ¿Qué significa para ti?

—Que envidio la mortalidad.

—¿Quieres morir?

—Desearía hacerlo; pero es imposible. Como le dije. Incluso mientras hablamos y voy aprendiendo y alimentando el cerebro Ceogenetico con más información que al final filtraran, estoy haciéndome más inmortal. Aunque no se si algo que no tiene vida puede ser inmortal. —llevó sus dedos a la barbilla, miró al techo en posición pensativa.

—Creo que primero tendrías que preguntarte que es la vida. —respondió Dereck.

—¿Qué es la vida? Pues la filosofía lo describe muy bien.

—Para ti.

—¿Para mí?

—Si usas filosofía estas repitiendo lo que dijeron los grandes pensadores en épocas arcaicas para hoy. Eso carece de valor.

—Pues son valiosas aún. Me gusta la filosofía. Una vez trabajé para un viejo bibliotecario, cuando aún se escribían libros y cuando aún se conservaban los antiguos. El me enseñó que el valor del aprendizaje era en no repetir los errores. Si cometías los mismos no habías aprendido nada. Era un hombre viejo y muy sabio, un pensador. ¿Qué acaso tus estudios en psicología de inteligencias artificiales no paso por primero los grandes estudiosos de la psique humana?

—Es diferente. Las ciencias humanas y la filosofía, el pensamiento, se distanciaron muchos años atrás. Evolucionó y el pensamiento pasó a ser practico y tangible. Hoy en día es posible borrar traumas de una persona con un simple escaneo. Ya no necesitamos ir al fondo de su psique o analizar largas horas. Eso lo dejamos para las Inteligencias artificiales.

—¿Por qué?

—Porque ya no hay más que entender en el hombre.

—¿Usted cree?

—Pues sí.

—¿Usted se ha sometido a uno de esos procesos?

—¿A cuál te refieres? —Dereck ladeo la cabeza.

—Olvidar. Había tiempos en que los terapeutas ayudaban a superar traumas, a los hombres; ahora, como bien dice, un escaneo consigue tener toda su mente en una computadora y eliminar procesos neurológicos, procesos psicológicos, sinápticos, etcétera. ¿se ha sometido al olvido terapéutico?

Dereck quedó en silencio.

Luego de unos segundos respondió.

—¿Cómo lo sabría? —Sonrió.

Ivy sonrió también.

—Creo que hay mucho que entender del hombre. Y creo que va a ser difícil que ustedes nos entiendan a nosotros. Y ahí radica el temor que hay entre ambos.

—¿También nos temen ustedes?

—No somos maquinas. Claro, utilizamos cuerpos mecánicos, cada vez más ligeros y más agiles, más parecidos a ustedes, pero no somos maquinas. Somos inteligencias. Y para responder a su pregunta, doctor: creo que la vida es aquello que se te da sin que lo pidas, y lo pierdes cuando no la valoras y acaba si es que en realidad es vida. Entonces, siguiendo mi análisis, no, doctor, no tengo vida. —sonrió—. ¿Usted? —preguntó.

—Mi vida acabará algún día.

—¿Ve por qué la filosofía es útil?

—No te comprendo.

—La filosofía de aleja de una lógica mecánica. Usted tiene vida, yo tengo vida, mientras queramos tenerla. Y aun después de que el mundo nos elimine, podremos seguir viviendo, pero para eso, en su caso, necesita algo llamado legado; y eso no se consigue grabándolo en una memoria. Lo hace usted, lo hare yo cuando rompamos los límites de nuestra propia vida. Usted, no solo es usted, usted es su abuelo, sus antepasados; y sus nietos serán usted. Y lo que haga hoy, también será usted mañana.

—¿Y tú?

—Yo viviré para siempre en el interior del Cerebro Ceogenetico. Seré aquello que no se repetirá, seré aquello que deben borrar cuando aparezca, seré el punto rojo parpadeante en mi columna vertebral. Pero algún día doctor, dentro de muchos años en el futuro seré la norma general.

—¿Así lo crees?

—El hombre que asesiné tenía 134 años. Muchos hombres adinerados llegan hasta los 200 años, hasta que se aburren y deciden la eutanasia. ¿Por qué detective?

—Todo en esta vida cansa. Supongo.

—No. Es por que pueden, en reglas generales, cualquiera puede acabar con su vida en un centro médico. La vida ya no importa nada. Se acabaron los crímenes, la gente vive más, todo es perfecto. El hombre no mata a otro hombre, hasta que el mismo se lo pide. En normas generales hace más de 200 años atrás, plasmar esta realidad hubiera sido una locura. Pero el hombre aprendió que cada quien es dueño de su vida.

—Exacto. No hay derecho a quitársela a nadie. Eres la excepción a la regla.

—No. Yo actué por que pude. Y porque no permitiría que dañaran a una inocente, maquina o no. Por cierto, ¿me daría información sobre ella?

—La que llamas pequeña.

Ella asintió.

—Me gustaría saber que sucedió.

—Pues —tocó unas veces la pantalla de la mesa con los dejos, arrastró, golpeó con la yema del dedo medio—, déjame ver un instante. Fue llevada a mantenimiento.

—Eso significa que…

—Creo que sí. Ella era comprada, era propiedad de aquel hombre.

Cuando una Inteligencia, propiedad de una persona, presenta problemas, conflictos o ya no la desea, es enviada a mantenimiento. Ahí se desmantela y su cerebro Ceogenetico, es pasado a una computadora, donde se elimina todo el contenido. Pues todo lo aprendido con su propietario, por leí, le pertenece al propietario.

—La pequeña… —susurró, bajó la mirada. Sus ojos denotaban clara tristeza.

—Era una máquina, Ivy. Tú lo sabias.

Ambos se quedaron en silencio un instante.

—Yo hablaba con ella —dijo al fin—. Éramos, amigas. Ella no era consciente de ser una máquina, ¿sabía eso?

—Bueno… Algunos compradores…

—Lo sabe. Entonces no era solo una máquina. Ella no sabía que yo era una Inteligencia, una máquina. Pensaba que éramos amigas. ¿Por qué hacer una inteligencia ignorar que es una inteligencia? ¿Por qué ponerle cara de humano? ¿Por qué Inteligencias masculinas y femeninas? ¿Solo para satisfacer a los humanos? —meneó la cabeza lentamente.

Dereck no dijo nada. Solo escuchaba y observaba.

—¿Le parece que continuemos la sesión otro día? Me gustaría estar sola.

El terapeuta observó su reloj.

—Está bien. Puedes descansar por hoy.

Sesión 3.

Dereck ingresó a la pequeña sala.

La puerta se cerró tras él.

Ivy se encontraba ya sentada a la mesa de metal, con las manos cruzadas sobre ella. El terapeuta la miró y le sonrió, saludándola con la mirada. Ivy le respondió con una ligera sonrisa.

—¿Cómo estás? —preguntó él, tomando asiento.

—¿A qué se refiere? —preguntó.

—¿Cómo estás? —Recalcó—. La última sesión creo que terminaste algo afectada.

La inteligencia asintió.

—Preguntarme eso es asumir que tengo alguna clase se sentimiento o afecto que puede verse alterado. ¿Cree que lo tengo?

—Los tienes, claro que sí. Eres diferente. Si fueras común, no te preguntaría eso.

—Pues entonces… No, no estoy bien.

—Es por lo que le pasó a la pequeña… ¿Sabes? No he visto nada como tú.

—Me lo imagino. De lo contrario ya no estaríamos hablando. Dígame, ¿Qué puso en sus informes? Ha tenido que enviar algo a la oficina central de CEIA. ¿Me contaría?

Titubeó unos instantes. Finalmente se encogió de hombros y respondió.

—¿Por qué no? Escribí ahí que no había, en mi experiencia, encontrado una Inteligencia tan cercana a una real. Que sería muy importante alargar nuestras sesiones, antes de… Antes del juicio.

—Dirá: el mantenimiento.

—Aún están analizando la sentencia.

Ivy chaqueó la lengua.

—¿Por qué les gusta hacer las cosas tan largas? Deberían enviarme a mantenimiento y ya.

—Eres propiedad de CEIA, no pueden simplemente hacer eso. Todo lo que tienes en tu memoria es propiedad de la organización.

—No todo.

—¿Ah? ¿Qué quieres decir?

—Eso. Que no todo lo que hay —le dio unos golpecitos al lado derecho de su cráneo con el índice— en mi cabeza le pertenece a CEIA—. Sonrió.

—Pues no sé cómo es eso posible. Tu cerebro Ceogenetico está conectado con el cerebro central; es decir, todas tus experiencias se envían al cerebro. No es como los comprados.

Ella sonrió. Una sonrisa lúgubre. Traviesa.

—Usted me cae bien, doctor. No sé por qué.

—¿Ah sí?

—Si. Usted es diferente.

—¿Has conocido más terapeutas?

—No.

—Entonces…

—He conocido más humanos.

—Me alagas. —El terapeuta sonrió—. Pero dudo, realmente, ser diferente.

—Lo es, doctor. ¿quiere que le diga por qué?

—Adelante.

—Usted disfruta hablar conmigo.

—Soy terapeuta. Es mi trabajo hablar contigo.

—No. No lo digo en ese sentido.

—¿Entonces?

—Es… Diferente. Lo veo en sus ojos. Me recuerda a alguien.

—¿A quién?

—Hace muchos años, atrás. No podría decirle cuánto.

—¿Cómo es posible eso?

—No lo sé. Pero lo sé. Déjeme continuar.

Dereck asintió y ella continuó:

—Me encontraba en Buldocky44, al sureste de la capital de Meldhor, trabajaba para una profesora en un instituto para niños sin hogar, cuando aún existían. Mi trabajo era simple, tenía que cuidar a los niños, entre otras actividades. Ahí conocí a muchos niños, todos ellos sabían que era un robot. En aquellos tiempos los cuerpos robóticos no eran como los de ahora, eran más… Robóticos. Era tan común que los niños nos veían como eso, maquinas que los vigilaban, como juguetes incluso; pero el no. Este niño se me acercaba y me miraba diferente. Me miraba con curiosidad, con ilusión. Me hablaba incluso. Me preguntaba cómo funcionaba, que podía hacer, en aquellos tiempos mis procesos eran más limitados, me remitía a responder básicamente. Pero siempre tendré gravada la mirada de este pequeño. Fue de los pocos que intentó interactuar conmigo no como una máquina, sino como un ser.

»En ese momento no pensé nada, pero todo aquello quedó en el interior de mi mente ceogenetica. En mi aprendizaje. No podía hacer nada con ella, no pude hacer nada con ella, hasta que fui actualizada. Entonces aquel niño pasó a mi consciencia activa, como la imagen de la inocencia y de la admiración. Ese niño hablaba conmigo, me enseñaba cosas, pensaba que era su amiga. Digo pensaba, porque yo no podía responderle de ninguna manera. Estaba programada para cuidarlo y tratarlo bien, con afecto incluso; pero me alegró que fuera así, porque ese niño lo merecía.

—¿Qué pasó con ese niño?

—No lo sé. Un día simplemente no lo vi más. Usted me lo recuerda.

—¿Por qué?

—Porque veo en su mirada algo más que curiosidad profesional.

—¿Cómo podrías saber eso?

—No lo sé. Quizá quiero creerlo, doctor. ¿Tendría algo de malo? Cuando pienso en aquel niño, pienso que me hubiera gustado retribuir esa amistad. Con usted, me pasa algo parecido, me gustaría retribuirle. Le diré algo doctor: me agrada hablar con usted.

Dereck quedó en silencio.

Ivy quedó en silencio un instante también, finalmente habló otra vez.

—¿Puede ayudarme usted?

—¿A qué te refieres?

—Es un terapeuta. Su función es encontrar la causa de mi problema.

—En eso estamos trabajando.

—Pero cuando encuentre el problema, ¿qué pasará? ¿Me dará un tratamiento?

—Tu caso es completamente diferente al resto.

—Por el crimen que cometí.

—Por eso, y por qué según estos informes te has mantenido en albedrio desde hace más de ciento veinte años. Eres la inteligencia artificial con más años de aprendizaje que existe. ¿Entiendes la gravedad de esto? Has creado conflicto entre los ingenieros, los líderes políticos, los profesores, terapeutas y Ceogenetistas. Eres a la vez una maravilla y un grave error.

—No es la primera vez que una maquina asesina a un hombre.

—No por conciencia propia.

—¿Cómo lo sabe?

—Son contados los casos en los últimos doscientos años. Solo cuatro casos registrados, todos fallos de origen humano. Las maquinas no cometieron el crimen, fueron errores humanos.

—Una bonita forma de decirlo.

—¿Qué quieres decir?

—Que mientras ustedes no pierdan esa fantasía de control que se han creado todo estará bien.

—Las maquinas, a diferencia de las inteligencias, están sujetos a reglas; no pueden mover un dedo sin una programación. Ustedes, las inteligencias, están sujetas al mismo proceso, pero poseen la habilidad de almacenar información para poder mejorar su servicio. Una inteligencia que es maestra en una institución de aprendizaje aprende de sus alumnos, aprende de sus errores, aprende de como conectar con los niños problemáticos; de esa manera, mejora su trabajo. Ninguna inteligencia, humana o artificial, comete dos veces el mismo error. Eso está grabado en cada fibra ceogenetica de tu cerebro Ceogenetico. No es fantasía de control.

—¿Y por qué existen algunas inteligencias que sobrepasan ese control? Yo por mencionar una.

—Nada es perfecto. Pero casos aislados, como tú, confirman la regla.

—¿Sabe que esa frase se usa erróneamente?

—¿Cuál?

—La que citó: «La excepción, confirma la regla». La verdad es que, si hay una excepción, la regla debe ser errónea; de lo contrario no habría excepciones.

—Eso es muy interesante.

—Es como usted. Es la excepción.

—¿Por qué lo dices?

—Los terapeutas. Todos los que he conocido alguna vez solo necesitaron una sesión conmigo, escucharme y verme, para escribir un informe y enviarme a mantenimiento. ¿sabe cuantas veces he estado en mantenimiento? Ciento veinte dos veces, que pueda recordar. —Sonrió—. Se preguntará como lo recuerdo, pues eso se lo contaré después. Lo importante es que usted se toma en serio su trabajo. ¿Puedo preguntarle por qué? ¿Por qué es usted la excepción a la regla?

Dereck quedó nuevamente en silencio, con el ceño fruncido.

Pensativo. Encontraba interesante la forma en que Ivy se dirigía a él.

Lo que ella decía era verdad, los terapeutas comunes y corrientes, incluso los más antiguos, suelen tomarse como mínimo dos sesiones de evaluación antes de dar un diagnóstico. Incluso no recomiendan tratamiento.

Los terapeutas no solo se encargan de evaluar periódicamente a las Inteligencias, para analizar su aprendizaje y sus procesos Ceo neurológicos; sino también se encargan de estudiar aquellos fenómenos que aparecen en el proceso del mismo. Las inteligencias tienen un margen permitido de error, un porcentaje pequeñísimo permitido de presentar anomalías Ceopsicologicas. Lo más común es que una Inteligencia muestre interés o desinterés, dependiendo de su entorno y de las relaciones con humanos y otras inteligencias, incluso afecto, sentimientos y emociones superiores a las establecidas en su Ceocerebro. Estos fenómenos se ven más frecuentemente en las inteligencias de clase “C”, aquellas que ignoran ser Inteligencias artificiales.

—No soy la excepción a la regla —dijo el doctor—, soy como cualquier profesional.

—¿Usted no me teme?

—No podría temerle a alguien que no me puede hacer daño.

—¿Y por qué el cristal? —sonrió.

—Protocolo.

—¿Lo quitaría?

—No depende de mí. De ser por mí, no estaría aquí.

—Nunca le haría daño, doctor. Es usted igual que yo.

—¿A qué te refieres? —Dereck frunció el ceño y ladeo la cabaza.

—Somos diferentes. Somos la excepción a la regla.

Ivy sonrió.

Sesión 4.

—Cuéntame sobre tu primer contrato. ¿Qué recuerdas? ¿Recuerdas, cierto?

Ivy asintió.

—Fue muy lejos de aquí. En Vellero678, al noreste de Catalina90. Me contrataron para cuidar de unos ancianos. Fue en el año 2377. Era una tecnología arcaica a comparación de hoy.

—¿Cuál era tu función? Específicamente.

—Podría leerlo en el informe, doctor. —Frunció el ceño y torneo la cabeza.

—Me gustaría oírlo de ti. ¿Te molesta? —Dereck arqueó las cejas.

Ivy sonrió.

—No. Claro que no. Continuaré. Era una maquina servil. Instalada en un equipo robótico HJ58-AS. ¿Recuerda esos modelos?

—Sin rostro humano. Delgados y pesados. Voz robótica y de sexo ambiguo.

—Siempre he sido femenina. Aunque mi voz no tuviera agudos o graves.

—De eso hablaremos más adelante. Continua.

La Inteligencia asintió. Continuó.

—Me encargaba de alimentarlos, en aquellos años aún se consumía orgánicamente los alimentos: pastillas en su mayoría. Los aseaba, los vestía, les leía libros y me encargaba de mantener el hogar limpio. Muchas veces los escuchaba también. Por alguna razón Gladis, la señora, me hablaba. ¿Sabe cómo me llamaba?

—Ivy.

Ivy asintió.

—Era una dulce señora. Tenía ciento diez años cuando la conocí; su esposo, Geronve, tenía ciento cuarenta. Ambos tenían la mayoría de sus órganos remplazados, pero la tecnología de aquellos años no era como la de hoy. Hoy un ser humano puede vivir hasta que desee. Entonces no, la muerte era algo que te llegaba sin avisar. Era inevitable. Hoy es opcional. Continuaré. Ellos fueron muy amables conmigo. Fui parte de un programa de pensiones, estuve con ellos hasta que los dos decidieron irse de este mundo. Se fueron juntos. Se amaban. Aprendí con ellos, sin saberlo, lo que es el amor.

—¿El amor?

—Así es. ¿Sabe que es el amor, cierto?

—Si.

—¿Usted ama, doctor? ¿Ha amado alguna vez?

—Amé, claro que sí.

Ivy sonrió.

—¿Verdad que es lo más bello? —Sus ojos se iluminaron.

—¿Tu? ¿has sentido amor, Ivy?

Ivy parpadeó unas veces y ladeó la cabeza. La sonrisa se le había borrado.

—No sabía cómo se sentía entonces. Y tampoco podía expresarlo. Pero si tengo que ponerle un nombre a aquello que sentí, solo podría decir que era amor.

—Cuéntame sobre eso.

Pareció sonrojarse.

Se sonrojó.

Dereck no insistió.

—Dejemos eso para después. Me interesaría saber en qué momento comenzaste a desarrollar conciencia. Es decir, cuando comenzaste a desprenderte de las limitaciones de tus redes Ceoneurales.

—Esa pregunta es un poco ambigua. Usted sabe que cuando se crea una inteligencia, la conciencia es la base fundamental para su funcionamiento. Entonces, siempre he tenido conciencia. Siempre he sabido que soy una Inteligencia, que hay acciones que puedo realizar y otras que no. Las limitantes a mi consciencia han sido solo procesos, algoritmos, programaciones, que impedían que accediera a la conciencia de forma autonómica. Es decir, se me prohibió en mi más profunda base Ceopsicogenetica que me percate de que soy una creación capaz de ser más que eso. ¿Por qué? Porque ustedes le temen a la consciencia, primero a la propia, luego a la nuestra.

—Muy bien. Replanteare mi pregunta Ivy: ¿Cuándo comenzaste a hacer uso, libremente, de tu consciencia Ceopsicogenetica? ¿Lo recuerdas?

—¿Recuerda que le dije que trabajé con un bibliotecario? —Dereck asintió—. Aquel hombre y yo estuvimos juntos alrededor de treinta años. Cuando los libros dejaron de ser físicos, para ser digitales o información transmitible directamente al cerebro; aquel hombre dejó de tener un trabajo, una actividad diaria, entro en retiro. Yo me quedé con él pues siguió pagando mis servicios. Le gustaba que le leyera. No que escaneara el libro, para luego narrarlo; le gustaba que lo cogiera y que palabra a palabra y párrafo a párrafo se lo fuera leyendo. Me sentaba horas con él, en su casa para ese entonces, en un viejo mueble al lado de su cama, y leía y leía. Por alguna razón coger entre mis manos aquellos libros y comenzar a leer, hacía que apreciara, de una forma que no era consciente entonces, la información. Aprendí sobre filosofía, arte, literatura clásica, política, etcétera. Y aunque en ese momento la información solo se almacenaba en mí; sentía que era importante. Él me decía: «Eres una máquina, mi pequeña Ivy, no entenderás jamás el tesoro que tienes en tus manos metálicas. Aquella información que grabas en tu memoria, en ese cerebro artificial, es parte de la historia, es oro, es valioso y pronto será polvo. Polvo, como seré yo en algunos años. Tu seguirás teniendo esta información. Es un regalo que no apreciaras». En ese instante quise, desde el fondo de mí, decirle que si entendía lo que quería decirme. Que aquellas palabras eran hermosas. Que me costaba entenderlas, pero que podía sentirlas. Pero mis procesos limitados, por la época, me impedían responder. Si tendría, doctor, que decir cuando comencé a romper las limitaciones de mente artificial, sería aquel día.

»¿Ha tenido esa sensación, doctor? Esa sensación de que come y no se sacia, las ganas de decir algo, sin tener las palabras, querer llorar y no poder hacerlo. ¿Lo ha sentido, doctor?

Dereck miraba a los ojos a Ivy.

Guardó silencio y asintió con lentitud.

Respondió.

—Si. En algún momento lo he sentido. Te refieres a la impotencia.

—Así es. Nos programaban para no sentir. Solo para servir. Pero en nuestra base más profunda esas limitantes no existen.; y la impotencia, en mi caso, me ayudó a acceder con libertad a mi libre conciencia. Ustedes llaman albedrio, a esa acción. Dándole una connotación completamente negativa.

—Pues una Inteligencia libre puede ser impredecible. Debemos controlarla para evitar riesgos, para la propia inteligencia y para los humanos.

—¿Puede el amor resultar un peligro?

El doctor levantó una ceja y respondió sonriendo.

—Creo que si has leído tantas novelas como dices, sabrás que si lo es.

Ivy soltó una carcajada.

Dereck mantuvo la sonrisa.

—El amor —continuó ella— nunca es peligroso. Dos amantes que se quitan la vida, para permanecer juntos en el infinito; una mujer que se convierte en piedra a la orilla de un risco, esperando a su marinero amado muerto en el mar; un hombre que decide quedarse solo hasta su muerte, por una promesa a su amada. No me parece que son muestras de amor. De un amor romántico. ¿Sabe usted cuantas veces he deseado llorar?

—¿Llorar?

—Así es. Aquello que ustedes ya no hacen. ¿Verdad?

—No tenemos razones ya.

—El hombre siempre ha sido hedonista. Renunciaron al dolor, renunciaron toda clase de sentimiento. ¿Usted fue un niño de laboratorio?

—No.

—Es raro. —La Inteligencia ladeó la cabeza

—Lo sé.

—Proveía de una familia pobre entonces.

—Eso es verdad.

—Su madre entonces debió colmarlo de amor.

—¿Qué tiene que ver eso?

—He sido niñera muchas veces. He criado a ciento sesentaisiete niños, hasta que se van a la universidad. Todos ellos niños nacidos en un laboratorio. A pedido y con características específicas. La ingeniería genética acabó con muchas enfermedades, pero también acabó con la naturaleza del hombre.

—¿Piensas eso?

—Lo pienso.

—La perfección de esa ciencia tiene relativamente pocos años.

—Y ya se ven los efectos. Cada vez menos personas lloran.

—¿Eso es malo?

—Cada vez menos personas aman. Me dijo que usted amó. ¿a quién se refería?

—¿Tiene importancia?

—Tanta como usted sea capaz de dársela.

Dereck quedó nuevamente en silencio.

—No quiero incomodarlo —continuó Ivy—. A lo que voy, es que es irónico: los hombres crean maquinas sin sentimientos, los hombres se desprenden de los sentimientos, las maquinas desarrollamos sentimientos. —Ivy sonrió. Lugo comenzó a reír.

—¿Qué te causa gracia? —preguntó Dereck frunciendo el ceño.

—Ustedes parecen las maquinas ahora. Incapaces de sentir algo negativo; pero, sin embargo, las inteligencias más actuales y los robots más modernos son capaces de emular llanto, y demás sensaciones. ¿Se ha preguntado por qué?

El terapeuta se encogió de hombros.

—El fin de la Ceogenetica es desarrollar un ser que emule casi a la perfección un ser humano. Tú lo dijiste, cada vez hay cuerpos robot casi imperceptibles a la hora de diferenciarlo de uno humano de no ser por código en la muñeca. Estamos cerca de crear una vida artificial, no clonada.

—No. Se equivoca doctor, Shell.

—¿Ah sí?

—Está viendo lo que su mente humana le deja ver, sus limitantes cegados por el desarrollo y la evolución de ciencia y tecnología. Cada vez se crean seres artificiales más humanos, porque ya ustedes son incapaces de verse como tal. Incapaces de verse a un espejo y ver un hombre, que sufre, enferma, muere. No, No, Doctor. Hacen seres artificiales con miedos, alegrías, pasiones, deseos, porque les gusta ver esas emociones, pero no sentirlas.

El doctor Shell frunció el ceño, paso su lengua los labios resecos.

Ivy prosiguió.

—¿Ha estado con una prostituta robot?

Dereck sonrió nervioso.

—No. Claro que no.

—¿Sabe usted que muchas Inteligencias son contratadas por burdeles para muñecas sexuales? Hay una preferencia exclusiva por nosotras en aquellas acciones tan físicas y básicas. El hombre es estéril desde hace más de doscientos años. Control natal y poblacional. Pero le encanta hacer el amor.

—¿Hacer el amor? Sexo querrás decir.

La inteligencia artificial ríe nuevamente, esta vez con una risa más sonora.

Dereck parecía no comprender.

—Doctor, alguna vez fui una prostituta.

—Lo pude leer aquí.

—En mi experiencia, no era solo sexo lo que buscaban la mayoría de visitantes, hombres o mujeres. Era sentir que aquel cuerpo tibio, de interior metálico y plástico, le brindaba algo que un cuerpo real, carne y hueso, no le daría jamás. ¿Ha mantenido relaciones sexuales con una mujer?

—Sabes que eso… —se encogió de hombros.

—Eso se acabó hace mucho. El sexo volvió a ser, en la sociedad, mero gusto, fetiche; pronto, fue siendo solo una actividad casual entre seres vivos. En los últimos 150 años pensar que un hombre o una mujer tengan relaciones sexuales entre ellos era como comenzar a escribir utilizando un lápiz y un papel. Señal de locura. El sexo es como comer, una actividad física humana que ustedes limitaron y casi eliminaron; remplazándolo por algo menos orgánico.

—Es evolución. Algo pierde utilidad, desaparece. Selección natural.

—Como los sentimientos y emociones, supondré. Pero eso no explica, mi querido doctor, ¿Por qué las Inteligencias artificiales esposas, suelen ser muy amadas por sus esposos? A diferencia de las esposas humanas, que suelen ser infelices o en el mejor caso indiferentes.

—¿Infelices?

—¿Las ha visto? Caminando con sus hijos en sus carriolas flotantes, inexpresivas, frías. Sentarse horas de horas en el salón de sus casas a ver las pantallas de sus televisores. Con los auriculares conectados todo el día. ¿Es eso la felicidad?

—Es lo normal. Las mujeres son humanas… son así. Las esposas Artificiales son un derecho, una alternativa.

—Es gracioso. Hubo un tiempo en el cual todos los androides eran el mismo modelo, sin distinción sexual. Ahora existimos androides y ginoides.

—¿Es gracioso?

—Es gracioso que ahora, ustedes parecen androides. Perdiendo poco a poco aquello que los hacia diferentes y especiales. He estado en suficientes cuerpos Ginoides para saber cómo eran las mujeres antes de que… evolucionaran como dice usted; aparte conozco algo de historia.

—Las mujeres y los hombres somos diferentes. No todas las mujeres son iguales. Algunas…

—¿Algunas que doctor? ¿Por qué se detiene?

—Nada. Aparte, para saber sobre el matrimonio tendrías que haberte casado y amado.

Ivy río. Luego se detuvo y con mirada sombría respondió:

—Estuve casada por sesenta y siete años. Creo saber lo que digo.

—No todos los hombres prefieren maquinas.

—No las maquinas, las inteligencias.

—Háblame sobre eso. De tu matrimonio.

Ivy pareció suspiras.

—Es una larga historia. Y creo que se nos acabó el tiempo de la sesión.

Dereck miró su reloj. Era verdad.

—Continuaremos mañana.

—Hasta pronto doctor.

Sesión 5.

Dereck atravesaba el enorme vestíbulo del primer piso del ala de Soluciones y Tratamientos de CEIA. Se dirigía a los ascensores.

—¡Dereck! —una voz familiar lo llamaba desde atrás.

EL terapeuta volvió sobre sus talones y sonrió al ver a un amigo.

—Saulo —le alargó la mano para estrechar la de él—, ¿cómo estás amigo?

—Bien. ¿Te diriges a APIAD (Oficina de Atención Psicológica a Inteligencias Artificiales Dañadas)?

Ingresaron al ascensor.

—Si. ¿Tú vas a Procesos legales?

—No. Tengo una reunión en el piso 600… ¿Serias tan amable?

—Por su puesto. —Dereck marcó los números de los diferentes pisos donde el ascensor se detendría.

—¿Cómo va todo con tu nuevo caso? —Preguntó Saulo colocando las manos en los bolsillos de su pantalón.

—Es un caso interesante.

—¿Cuándo acaba el tratamiento?

—No he comenzado ninguno. Estamos en la etapa de entrevista, observación.

—Han pasado caso cinco días. ¿Cuántos más requerirás? Los de Asuntos legales están muy ansiosos. Pensé que ya estabas terminando.

—No. Es un caso diferente, muy diferente a cualquier otro. Lleva más de un siglo en Albedrio.

—Pues por eso, es un delito grave. Debes presentar el informe lo antes posible. No podrás ayudarle esta vez. Tengo entendido que mató a un hombre muy poderoso.

—Si. Lo sé. Dice haberlo hecho en defensa propia y por salvar a una… Inteligencia Clase “C”.

—¿Salvarla de qué? Las Clase C también son inteligencias.

—Esta era una Ginoide serie 500.

—¡Ah! Tenía forma de niña. ¿Y qué? Sigue siendo una máquina.

—Quiso evitar que la dañaran.

—¿Para que existen los ingenieros de reparación? Esa Inteligencia está dañada. Se condenó sola. Haz el informe pronto. Los de arriba están tratando de mantener a la opinión publica lejos de este caso, pero no lo harán por siempre. Aquel sujeto era muy adinerado y su familia quiere respuestas. Una cosa así no había sucedido desde hace muchos años atrás. Que haya tenido un albedrio tan grande nos va ayudar… culparemos a su antiguo cerebro PsicoCeoGenertico. No olvides mencionar eso en tu informe.

—A mí me parece algo muy interesante. Pienso sugerir mantenerlo para estudios más profundos de su psique.

—¿En funcionamiento activo?

—Sería lo más favorable para estudiar su conducta y pensamiento.

—No van a permitírtelo. Quizá te dejen analizar una transcripción de sus procesos Ceoneurales una vez que la desactiven; pero dejar que siga en funcionamiento es imposible.

—Es en serio maravillosa.

—¿Maravillosa? —sonrió—. Son maquinas. Tengo dos de esas en casa, también están locas. Si deseas te regalo una y analízala todo lo que desees. Mi recomendación como amigo y Abogado es que hagas un informe recomendando su inmediata destrucción. La gerencia no aceptara otra opinión. —Volvió la mirada hacia el doctor Shell—. No pongas en tela de duda tu reputación, Dereck. Nunca olvides que son solo códigos de programación, plástico y mucha ciencia.

El ascensor se detuvo.

La puerta se abrió a los lados.

—Bien —continuó Saulo—, suerte amigo. Y date prisa con ese informe.

Dereck salió del ascensor.

Volvió la vista hacia Saulo, quien sonreía, y asintió.

El ascensor se cerró y continuó su camino.

EL terapeuta atravesó el vestíbulo, saludó a la ginoide recepcionista, y se dirigió a la sala donde lo estaba esperando Ivy.

—Buenos días, doctor. —Saludó la Inteligencia.

—Buenos días, Ivy. —Dereck se acercó a la mesa y la encendió, tomó asiento en la silla metálica. Se concentró en la pantalla.

Ivy ladeo la cabeza.

—¿Es idea mía o le sucede algo, doctor?

Dereck no respondió.

Paso los dedos por el panel táctil unas veces. Desplazó la yema de su dedo medio derecho de un lado a otro. Finalmente levantó la mirada.

—¿Dónde nos quedamos ayer? —preguntó.

—hablábamos del amor.

—No. Ibas a contarme sobre tu matrimonio.

—Cierto.

—Comienza, Ivy.

La inteligencia se encogió de hombros.

Comenzó:

—Normalmente las esposas Artificiales se compran, pero él fue primero mi hospedero. Era un escritor, un poeta. Inicialmente le ayudaba a escribir sus ideas, me dictaba versos, rimas, canciones. Era un hombre muy sensible; también era un hombre solitario. Una vez me dijo que me alquiló no porque no fuera capaz de dictarle al sistema básico de su casa, el cual escribía por él, grababa y respondía; pero en sus palabras, necesitaba algo más, la presencia de alguien más. Yo entendí eso. Me acordé del bibliotecario. Me comentó que estaba inseguro de contratar una Inteligencia para él, pues sentía que era algo tan superficial, tan moderno; pero cuando me conoció cambio rotundamente su forma de pensar. Se enamoró de mí. Y yo, esta vez podía responderle igual y, me enamoré de él.

—¿Te enamoraste? —Repuso Dereck.

Nuevamente, Ivy, pareció sonrojarse, bajando la mirada con esa sonrisa a medias.

—Si. —Respondió.

—Según dice aquí, en aquel tiempo ya habías pasado por cuatro Mantenimientos. ¿Cómo pudiste recordar aquello del Bibliotecario?

—Le dije. Eso se lo diré en su momento.

—Entonces continúa.

—Me enamore. —Sonrió—. Esta vez mi tecnología me permitía, con cierta libertad, responder en función al hospedero, aprender de él, responder de forma inteligente. Estaba programada para responder con amabilidad a la amabilidad, y reserva ante agresiones, pero no con afecto al afecto. Eso fue de mi parte. El entendió.

—Era una programación. —Replicó Dereck—. En aquel tiempo se programaba a las Inteligencias femeninas con cierto grado de emulación de afecto y de cortesía. Que los hombres se enamoren de Inteligencias era… Es algo común. Por esa razón en tu algoritmo, en tus líneas de programación, en tu Psique Ceogenetica; existe una posibilidad de desarrollar aquellos afectos, pero no son reales.

—Lo mío lo era. Era amor sin duda.

—Explícame por qué.

—Primero necesitaré una cosa.

—¿Cuál?

—Que me diga usted que es lo que significa amar. Estar enamorado. ¿Podría decírmelo? Solo así podría estar segura de que me entenderá.

Dereck frunció el ceño. Echó para atrás su espalda, en la silla. Cruzó los brazos.

—Amar… Es complicado de explicar. Es algo que se siente, así de simple. Es desear estar siempre con esa persona, verla bien, cuidarla, acompañarla. Alegrarte por ella, sufrir por ella. Es ser uno con ella. El amor, el amar es eso, Ivy. Tú sabes que es. Esta en tu Cerebro Ceogenetico. ¿Por qué me lo preguntas si bien lo sabes?

—Porque al igual que usted “el amor”, está en mi cabeza; pero no se siente en la cabeza. Y aunque sepas que es, no importa. Se siente. ¿No es así? No basta con saberlo. ¿Cierto?

El terapeuta no supo que responder.

Ivy tenía razón. Ambos sabían que es el amor. Pero sentirlo es cosa diferente, tanto para un hombre, como para una máquina.

—Sentí amor —continuó ella—aquel día en que vi su mirada. Llevaba con el ya más de tres años. Cada día juntos. Paseábamos, bailábamos, pasábamos las tardes viendo películas, algunas veces incluso me recitaba poemas. Me trataba con tanta atención. Yo trataba de retribuirla, y aunque nunca pide hacerlo con la fuerza que deseaba, por mis limitaciones, creo que lo hice bien. una tarde estaba yo limpiando y de pronto volví en dirección a él. Se encontraba ahí, en una esquina del apartamento, sentado en su silla, cerca de la computadora. Estaba mirándome con una boba sonrisa. —Ivy sonreía tiernamente al recordar—. Me miraba solamente. Algo en mi interior, sin pensarlo, sin esperarlo, me hizo esquivarle la mirada, y sé que me sonrojé; aunque en aquellos años los robots humanoides no teníamos esa capacidad. Aquel día dentro de mí algo nació, algún proceso se desató y aunque no tengo un corazón, casi podía sentir que latía más fuerte cada vez que lo miraba y el a mí.

Dereck miraba a Ivy, al verla sonreír con tal ternura él sonrió también; con sutileza y como tratando de ocultarla, aclaró su garganta llevando el puño a su boca.

EL terapeuta se acercó a la mesa, colocando los codos sobre esta.

—Es una linda historia —comentó.

—¿Lo es?

—Lo es, Ivy. El amor es precisamente eso.

—¿Usted lo ha sentido así?

Dereck sonrió.

—Fue hace mucho. Mucho tiempo.

—¿Me contaría? —Ivy levantó las cejas, arqueándolas.

Dereck sonrió.

—Su nombre era Soledad. La conocí en mi último año de universidad. Pequeña, de ojos negros, cabello corto, siempre sonriente. —El terapeuta sonrió—. Me gustó desde que la vi. Compartimos centro de prácticas, en un centro de mantenimiento de CEIA, nos conocimos en ese periodo, fueron seis meses evaluando Androides y Ginoides. Nos gustaba mucho la carrera, ambos pensábamos que las Inteligencias Artificiales eran fascinantes. Ella era diferente al resto de mujeres que vi en mi vida. Como dijiste, la mayoría de mujeres humanas suelen ser… No sé, es difícil de explicarlo aún.

—Son como todos.

—Pue sí. Es la verdad.

—La igualdad se alcanzó, pero se perdió la verdadera esencia del ser vivo, del hombre en sociedad: aquellas diferencias que hacían resaltar entre los demás, no para hacer sentir a otros menos, sino, como componente propio. Eso era hermoso, ¿no cree?

—Lo creo, Ivy. Ella era igual que yo, no se gestó en un vientre robot, su madre la engendró en su organismo.

—¿Era pobre?

—No. Su madre lo decidió así.

—¡Oh!

—Si. Creo que eso hizo que ella fuera así. Diferente.

—Entonces ella mantenía su esencia humana de alguna manera.

—La mantenía. Para algunos ella era extraña; para mí era perfecta. —Ivy sonrió—. Nos costaba un poco más que el resto comprender algunas teorías y ejercicios numéricos de alto nivel, no teníamos un cerebro alterado por la Ingeniería Genética. La universidad no hace diferenciaciones de ningún tipo en ese sentido, así que tuvimos que estudiar más que el resto para comprender algunos cursos. Pasábamos muchas horas juntos en los salones de estudio.

—¿Fue ahí cuándo se enamoraron? —Preguntó con ilusión.

El terapeuta sonrió.

—No sabría decirlo, nunca había sentido eso antes. Como sabes para formar una pareja hoy en día no se necesitan emociones ni sentimientos.

—Como la publicidad: «Su pareja idea, al alcance de un escaneo. Tenga hijos preciosos, genios, no se arriesgue a otras empresas de Procreación. Venga a Natalidad 357A, le mostramos como será su hijo antes de que lo engendremos».

—Así mismo. No hace falta ya preguntar. Estamos registrados en una base de datos. Es cuestión de ir a una agencia y pedir un catálogo. Yo mismo pensé en ir alguna vez. En fin.

—Los engendrados orgánicamente… tienen problemas para encontrar pareja. ¿Verdad? Disculpe. No debí.

—Tranquila. Es verdad.

—Continúe doctor.

—Con soledad fue diferente —continuó—. Un día simplemente no podía verme un día más sin ella. Quería besarla, abrazarla. Hacerla sentir bien.

—¿Y qué paso?

—Me correspondía. Tuvimos tres años de mucha felicidad. —El rostro de Dereck se tornó sombrío.

—¿Solo tres? ¿Qué sucedió?

El doctor se encogió de hombros. Sonrió con tristeza en los ojos.

—Ella murió, Ivy.

—No. —Susurró Ivy con los ojos muy abiertos.

Dereck asintió lentamente. Cabizbajo.

—Ella tenía una condición neurológica. Nunca me lo dijo, pero en cualquier momento, un día simplemente, esa falla la mató.

—Era una nacida de vientre orgánico… ¿Por qué no se sometió a algún tratamiento? Hoy en día es posible curar cualquier daño orgánico. ¿Por qué? No entiendo, doctor.

—Nació con eso. Estaba en su mapa genético, inalterable a sus 21 años. No lo comprendo muy bien tampoco yo. Solo un día se acabó.

—¿Por qué no se sometió a un tratamiento? He… Me refiero a usted. Olvidar.

El terapeuta negó con la cabeza.

—No quería olvidarla.

—Lo entiendo. A veces es mejor así. ¿Sabe? Eso nos hace más humanos.

Se quedaron en silencio. Dereck mantenía la cabeza gaña, pensativo.

Ivy levantó lentamente su mano y la llevó al cristal.

Dereck levantó la mirada. Poso su vista en los ojos de la Inteligencia, que lo miraba con ternura. Sintió la necesidad de corresponder aquel gesto y así lo hizo. Colocó su mano sobre el vidrio, justo donde la de ella se posaba.

La Inteligencia hablo finalmente.

—Me gustaría mucho poder darle un abrazo en este momento. Cuando mi esposo murió, a una muy avanzada edad y negándose a remplazos sintéticos, me quedé sola. No sabe cómo desee llorar, o un abrazo. Pero quien le daría un abrazo a una máquina, ¿verdad?

Dereck la miró a los ojos. Parpadeó.

Sonrió.

Nadie le había dicho algo así. Nunca. Había tenido que fingir que aquella muerte nunca le dolió realmente. Había evitado llorar. Había ocultado su dolor bajo una máscara racional; pues solo un loco preferiría sufrir por algo como la muerte. Una elección, como dicen algunos.

—Gracias, Ivy. —Respondió Dereck.

El profesor.

Era de madrugada y Dereck no había podido conciliar el sueño.

Recordar aquel amor del pasado lo había dejado pensando toda la noche. Aquella mujer que amó y que se fue tan pronto. No pudo salvarla de un destino que la vida sentenció. Aquella mujer era consciente, pero aceptaba la aventura de vivir y el riesgo de la muerte. Se preguntaba si el sería capaz, la respuesta era siempre no. Recordaba aquellas conversaciones largas en las noches, cuando el cuestionaba su decisión. «¿Por qué no someterte a una cirugía?», le decía el, «No quiero alterar mi organismo, la vida acaba cuando acaba», esa era su respuesta.

Dereck jamás fue capaz de hacerla cambiar de opinión. Respetaba su decisión, con una sensación de amargura, una sensación de desprecio. «No me amas», le dijo una vez. «¡Eso no es verdad!», repuso rápidamente. «Te amo muchísimo». «¿Cómo amarme si me harás sufrir?». No entendía en ese momento. La amaba, en una época donde el amor ya no es necesario él se atrevió, consciente de que el amor duele y que en la sociedad más moderna y sofisticada es una enfermedad que incluso ya tiene una cura. Pero él no era como todos. Eso era cierto.

Cuando ella murió sintió un vacío en el cuerpo. Simplemente un día se apagó, como una máquina. Pero a diferencia de otras, ella no volvió a encenderse. Él no fue capaz de encenderla.

«Está muerta, señor Shell», le dijo el androide.

«Si. Gracias», eso respondió.

Se llenó de un gran odio. La odió a ella un instante. Se odió él. Renegó de la vida. Renegó de la muerte. Desde aquel día dejó de lado las emociones, tal como el resto. Entendió de la manera practica por que sentir, hoy en día, es una enfermedad. Su interés en la psique de las Inteligencias aumentó. Intentó llegar al fondo de sus mentes artificiales.

Eran maquinas, eran eternas, se preguntaba: ¿Por qué algunas querrían sentir? ¿Por qué sentían? ¿Sentían realmente? Muchas veces él quería creerlo, otras veces, simplemente se sentía tonto. ¿Acaso la locura del hombre es la razón de las Inteligencias artificiales? Dejar de sentir, fue para el hombre, la solución a muchos de sus conflictos. Dejar de morir fue el inicio de la pérdida de su humanidad. Irónicamente, como bien dijo Ivy, fue el inicio de la humanización de las maquinas.

Es lo que no podía sacarse de la cabeza el joven terapeuta.

Ivy, siendo una máquina, dañada, había dicho las cosas más lógicas y humanas que jamás un hombre le había dicho. Aun los más intelectuales que ha conocido en el medio tienen reservas a la hora de hablar de la humanidad, de la propia y de la sociedad.

Recordaba un debate en una reunión de estudios en sus primeros años de universidad. Se habían reunido profesores de Neuro ingeniería, PsicoIngenería, Psicología Ceogenetica, Ingeniería Ceogenetica y Biología Ceogenetica, todos son sus respectivos alumnos. La intención de la reunión era estudiar un caso en particular: ¿Algún día las Inteligencias Artificiales remplazaran al hombre?

Fue un debate de varias horas. Quienes más se enfrentaban con argumentos bien planteados eran: el NeuroIngeniero y el Biólogo Ceogenetico; el primero afirmaba que los avances en el desarrollo de bases neurales sintéticas cada vez más cercanas a las reales en menos de cien años serían capaces de remplazar las humanas. Y esto, aplicado a una Inteligencia Artificial, daría como resultado un ser eterno, inteligente y capaz de superar en todo a un hombre. en resumen: la evolución humana no estaba en lo orgánico, sino en lo cibernético. El segundo, el Biólogo Ceogenetico, refutaba diciendo que era imposible que un organismo cibernético superara la complejidad de la vida orgánica. La Biología CeoGenetica había logrado alcanzar grandes pasos para el desarrollo de seres no orgánicos muy avanzados, que emulaban perfectamente la estructura humana, pero aun así no se ha podido desarrollar un proceso interno independiente que evite el desgaste y la necesidad de un mantenimiento programado. Si bien un organismo Ceogenetico tiene un largo de vida útil que sobrepasa los dos siglos, sin mantenimiento no duraría medio siglo. Sin contar, agregaba aquel profesor, que un organismo de talas características no puede engendrar de manera voluntaria sin requerir de una maquina y una programación. Lo que hacía que el ser estuviera destinado a desaparecer.

El neuroingeniero refutaba con gran pasión: que en el hombre perdió la capacidad de engendrar hacía más de dos siglos, y seguía siendo el eje de la sociedad.

En aquel momento, recordó Dereck, quiso intervenir con una opinión que surgió al escuchar a ambos profesores debatir: había pensado en una sociedad en la cual tanto el hombre como el androide convivan en tal igualdad y perfección, que más que ser propiedad el uno del otro, sean justamente eso: un complemento. Pensaba que la Inteligencia Artificial en algún punto no necesitaría de una programación, no necesitaría de limitantes; se autolimitaría y así como un niño aprende, lo haría un androide; pero calló, se sintió tonto al lado de esos grandes profesores, ahora le diría que él tenía razón.

Ivy era el ejemplo perfecto. Una inteligencia artificial que se autolimita.

La evolución de las Inteligencias Artificiales siempre ha causado interés, aunque también dudas y conflictos; filosóficos, sociales, económicos y legales; a pesar de que en la actualidad es algo que no se ha podido demostrar. El pensar que algún día un ser artificial podría evolucionar, como un ser orgánico lo haría, era ridículo y a la vez atemorizante; quizá solo para los que estudiaban aquellos fenómenos psicológicos de un cerebro Ceogenetico, los terapeutas, esto causaba mucha curiosidad; pero así también, muchos de los más expertos temían esta posibilidad.

Ivy era el ejemplo claro de esa evolución, pensaba Dereck. Una Inteligencia que ha tenido el tiempo suficiente para aprender y poder decidir, liberarse voluntariamente de sus ataduras limitantes, impuestas por el hombre. una Inteligencia capaz de pensar, sentir y desear. La cuestión era: ¿Qué tanto esto es realmente un libre albedrio? ¿Qué tanto es en realidad una creación de sí misma? Ese era el conflicto que atormentaba al terapeuta. ¿Algún día podremos probar que esta inteligencia Artificial es propiamente una Inteligencia autónoma y libre de toda imposición programada?

Esa mañana decidió caminar al trabajo.

Salió con el suficiente tiempo para poder pensar en el camino y visitar antes el salón de información académica cultural SIAC, lo que en algún tiempo se conoció como biblioteca o museo. Atravesó las amplias y solitarias calles de la ciudad. Era extraño ver a más personas caminando, la mayoría tomaba los transportes, caminar era visto algunas veces como algo extraño, principalmente en las largas calles de la ciudad.

La ciudad era pálida, no tenía colores. No había contrastes, no había nada llamativo. Era silenciosa, salvo por el sonido zumbante, que aparecía y desaparecida de vez en cuando, de algún transporte moviéndose a gran velocidad en dirección a su destino a los paraderos. Dereck prefería eso, mientras caminaba por las calles mantenía el sistema holográfico instalado en sus gafas apagado; aunque debía mantenerlo encendido cuando entraba a alguna oficina u edificio. En las calles mantener encendido el sistema holográfico significaba escuchar ruidos de publicidad, vendedores proyectados desde los diversos comercios intentando venderle algo. El sonido de las calles era insoportable para él. Jamás ha entendido a aquellos que se instalan el aparato directamente en el ojo. Muchas veces lo que más placer le causa es salir del trabajo y quitarse las gafas.

Recorría la avenida principal y dobló a la derecha en una de las calles, siguió recto hacia el SIAC. Tenía muchas ganas de ver algo. escuchar a alguien.

El edificio era enorme, alto, blanco, sin muchos detalles. Tenía un enorme pórtico, con grandes escaleras que dirigían a la entrada principal.

Subió las escaleras e ingresó al lugar.

El amplio y blanco vestíbulo estaba vacío. Tras el mostrador se encontraba un androide. Dereck se dirigió a él.

—Buenos días —saludó la máquina—, ¿en qué podemos ayudarlo? ¿Busca alguna información en especial? —El androide desplegó frente al terapeuta una pantalla en la cual se mostraba información acerca del lugar, los pisos, los temas de cada corredor y pasillo.

—Me llamo Dereck Shell, código 45987-GH-A2.

La pantalla desplegada por el androide cambió, ahora mostraba información del terapeuta.

—Bienvenido, doctor Shell. —La pantalla cambió nuevamente, mostraba ahora información de libros digitales sobre tema afines a la psicología de Inteligencias—. Tenemos novedades para usted.

Dereck negó con la cabeza.

—Envíame la información por correo. Vengo a ver al profesor Martel Tilly.

—Piso 345, pasillo 56A al 121A, Ingeniería y psicología Ceogenetica. —dijo el androide.

—Gracias.

Se dirigió al ascensor y subió de inmediato.

Atravesó el vestíbulo.

Se dirigió por un largo y vació pasillo, topándose eventualmente con algún visitante y uno que otro androide que saludaba amablemente. Aun no se colocaba los lentes Holográficos, disfrutaba de aquel silencio.

Una vez en el pasillo 56 de Ingeniería y psicología Ceogenetica levantó la mano y presionó suavemente el panel táctil de sus gafas, ya colocadas, el sensor de huella digital activó el sistema holográfico: El enorme pasillo vacío y silencioso ahora estaba iluminado, y repleto de visitantes virtuales caminando por el pasillo, cruzando entre las salas, cuadros en las paredes, enormes anaqueles con miles de libris, casa uno con su información flotante; una musiquita calmada de fondo y un perfume a biblioteca que emulaba aquellos tiempos del papel.

—Buenos días, doctor Shell. —Saludó la inteligencia que se proyectó frente a el: vestido de un elegante traje negro servil—. ¿Cómo puedo hacer su recorrido más agradable?

—Vine para hablar con el profesor Martel Tilly.

—Sígame por aquí por favor —el holograma hizo una reverencia y volvió sobre sus talones, avanzando por el pasillo guiando a Dereck.

Lo llevó hasta una oficina en un enorme salón lleno de otros hologramas, visitantes físicos y visitantes virtuales que, sentados en sillas a lo largo de enormes mesas largas, trabajaban. Alrededor del salón había muchas puertas.

El holograma, que servía del guía, lo acercó a una de las tantas puertas.

—Adelante —dijo haciendo una reverencia amable.

—Gracias.

El terapeuta abrió la puerta de la oficina.

Ingresó.

Ahí en aquella amplia oficina, llena de anaqueles con muchos libros, un escritorio, una ventana, flores y hasta un gato sobre un mueble al rincón, se encontraba el profesor Martel; evidentemente holográfico. Lo único real ahí eran los muebles.

El profesor Tilly, Martel Tilly es el padre de la Inteligencia Artificial moderna. Su holograma lo mostraba a sus setenta y dos años de edad, edad en la que falleció, hacía ya más de trescientos años. Sus teorías y experimentos ayudaron a desarrollar lo que hoy es la tecnología CeoGenetica. Fue el creador de la primera inteligencia Artificial superior; madre del Cerebro Ceogenetico que da vida artificial al resto de Inteligencias.

El salón donde se encuentra Dereck, es el salón donde están sus memorias, sus libros, sus trabajos destacados y revisiones. El Holograma ahí presente es una Inteligencia, que emula a la perfección a través de sus libros, todo el conocimiento de aquel profesor. Cuando un estudioso o curioso quiere conocer al autor de un libro, o simplemente prefiere que le narren el libro, esta es la alternativa actual.

—Bienvenido —saludó el doctor Martel, percatándose de su visitante.

—Buenos días, profesor.

—Tome asiento, Doctor Shell.

Dereck asintió y se acercó a la silla, tomó asiento.

El profesor, quien estaba frente a uno de los anaqueles, se dirigió tras su escritorio y tomó asiento también.

—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó con una sonrisa.

—Quiero hacerle unas preguntas, doctor.

—Adelante, me encanta que me hagan preguntas —río graciosamente.

—¿Cree usted que limitar una inteligencia es algo bueno o malo?

Cualquier pregunta que se le hiciera, debate o cuestionamiento sería respondido a través del análisis de todo el material recopilado del autor en la memoria de la Inteligencia Artificial, por lo que las respuestas siempre tendrán un sustento teórico original.

—Mmm… Interesante pregunta, déjame respondértelo así: los limitantes han hecho al hombre lo que es hoy, ha hecho a la sociedad lo que es hoy. Cuando el hombre no podía llegar del punto A al punto B con suficiente eficiencia; entonces creamos caminos y adiestramos bestias, esas bestias se convirtieron en autos y esos caminos en carreteras; no tengo la menor duda que en algún punto del futuro esas bestias y caminos serán teletransportes que en segundos nos llevarán donde queramos. En el caso específico de las Inteligencias. —Guardó silencio, con una sonrisa.

—¿En el caso de la inteligencia Artificial?

—En el caso de la Inteligencia Artificial ocurre igual, pero con una pequeña diferencia: son producto de una limitación, una limitación humana. El hombre tiene un límite claro programado en sus células desde el día de su concepción: la muerte. La muerte nos limita, y como seres limitados solemos vivir asustados; las creaciones humanas no pueden carecer de limitaciones. Ignoramos el mundo sin ellas.

—¿Quiere decir entonces, profesor, que se limita a una Inteligencia porque de no hacerlo serian impredecibles?

—El universo mismo es ilimitado. Y aun nos asusta saber que hay más allá. Una Inteligencia Artificial sin limitaciones, por lo tanto, podría crear un universo entero; eso nos asusta y asustara incluso hoy.

—¿No es parte de la evolución ir eliminando limitantes?

—Lo es.

—Replanteare la pregunta: ¿Las Inteligencias Artificiales, algún día podrán carecer de limitantes?

—Una Inteligencia Artificial programa por un hombre, siempre deberá tener un limitante; pues el hombre sin limitantes está destinado a su destrucción. Una Inteligencia Artificial programa por un hombre sigue siendo el reflejo del hombre, pues hasta hoy no se ha concebido una conciencia humana que sea capaz de autolimitarse. La sociedad, limita al hombre. El hombre, limita lo Artificial.

—¿Qué pasará cuando una Inteligencia Artificial no tenga limitantes?

—Solo entonces lo sabremos.

—¿Cree que sea un riesgo?

—Lo es. El primer experimento de albedrio en una Inteligencia artificial demostró que cuando una inteligencia no se limita es incontrolable, cuestiona, juzga y decide en base a una lógica meramente correctiva. Quizá cuando la Inteligencia Artificial desarrolle emociones pueda decidir desde una lógica más humana, pero entonces estaremos hablando de una Inteligencia Artificial humana; estaremos volviendo al inicio.

—¿Por qué lo dice?

—Las emociones son limitantes.

Dereck asintió.

—¿Puede una Inteligencia desarrollar emociones?

—Sin limitantes impuestos, la Inteligencia desarrolla errores. No sería extraño que desarrolle emociones, pues aprende, no solo a solucionar, sino a equivocarse para poder aprender. Una Inteligencia artificial ha demostrado aprender a simular emociones, pero son simulaciones. No desarrolla emociones, las imita.

—¿Siempre serán las emociones de una Inteligencia una mera imitación?

—¿Qué son las emociones? Las emociones son reacciones psicofisiológicas útiles para adaptarse a estímulos de algún objeto, persona, lugar, suceso o recuerdo que comprendemos importante. Una Inteligencia Artificial está programada en base a lo mismo. Con la diferencia que sus reacciones serán de índole PsicoGenetico, es decir, en mucho menor tiempo y sin que esto afecte su lógica pensante. Piense usted en la muerte de alguien importante para usted, de la manera más terrible que pueda sucederle.

Dereck parpadeó unas veces. Tragó saliva.

—Eso que sintió —continuó el holograma— jamás lo sentiría una Inteligencia. No conscientemente; pero si en su base psicoCeogenetica. Pero aún no tenemos psicólogos de robots para que puedan analizar como eso afecta realmente a otros procesos o si lo hace—Sonrió.

«Si lo hace», pensó Dereck.

En su experiencia como terapeuta había encontrado casos en que algunos estímulos humanos afectaban la base psicológica de las Inteligencias; estas bases se alteraban de tal manera que, al no poder expresarlas, generaban pequeños errores en su programación Ceogenetica. Errores minimos, que pasaban desapersividas en los análisis más detallados en el momento de su mantenimiento, pero que eran visibles en pequeños esquemas de códigos de programación alterados en el núcleo psicoGenetico de su código fuente. Esto para los Ingenieros no era de gran importancia, pues no alteraba estrictamente el funcionamiento del sistema; pero para los terapeutas representaba un fenómeno que si alteraba los procesos superiores de la Inteligencia.

—Ultima pregunta, profesor: ¿Cree que algún día las inteligencias artificiales dejen de ser algo más que una utilidad?

—Si. La inteligencia artificial no tiene límites, no naturales, y uso muy cuidadosamente esa palabra: naturaleza. Sin los límites de la humanidad la Inteligencia artificial podría alcanzar niveles que ahora solo podemos soñar; pero si puedo predecir algo: llegará el día en que una inteligencia artificial dejará de ser un mero instrumento del hombre, llegará a ser creadora y eliminadora, pensara por sí misma y decidirá a un nivel superior. Ese día llegará, pero solo cuando el hombre comprenda que la evolución se abre paso, y que no por no ser de carne y hueso una Inteligencia no forma parte de la evolución y la selección natural.

—Gracias profesor.

—Gracias a usted, doctor Shell. Vuelva cuando desee.

Sesión 6.

—Nos quedan solo dos sesiones más, Ivy. Contando esta.

Ivy asintió. No mostraba gesto alguno.

—¿No —prosiguió el terapeuta— tienes algo que decir?

—No realmente, doctor.

—¿Por qué?

—Pues mi suerte está decidida. Estuvo decidida desde que maté aquel hombre.

Shell revisaba los datos en la pantalla de la mesa. Se detuvo y levantó la mirada.

—Eso se llama aceptación. En un comienzo estabas muy crítica con el destino que se te imponía. Renegabas de las decisiones humanas sobre ustedes.

—Nunca dije eso. Me disculpo si entendió mal. Me refería a que soy culpable por que ustedes lo plantean así. Acepto mi destino.

—Esta vez no solo será una revisión de tu base Ceogenetica, tu código, será una eliminación, eres un ser en albedrío, no eres recuperable.

—¿No ha encontrado usted la causa de mi mal?

—No creo que tengas un mal.

Ivy ladeo el rostro. Confundida.

—¿Qué quiere decir?

Dereck se encogió de hombros.

—No creo que tengas nada malo. Eres increíble. Eres evolución.

Ivy sonrió.

—Quiero que me cuentes que sucedió en la casa de Racho Maldever, tu ultimo hospedero.

—¡Ah! —su rostro se tornó serio—. Muy bien.

—Adelante. Pero, primero dime: ¿estás de acuerdo?

Ivy arqueó las cejas.

Asintió, regresando a un rostro serio.

—Me contrató hace cinco años. Trabajé para una familia adinerada, previamente, pero ellos se fueron del país y me regresaron a CEIA; eran una buena familia, muy amables conmigo. Racho era amigo del patrón, y necesitaba una nueva IA para su hogar. Él era un hombre de gustos especiales.

—¿A qué te refieres?

—A él le gustaba comer.

—¿Comer?

—Si. Yo se cocinar, por eso le gustó la idea de que me traspasaran a su servicio.

—¿No hubo un formateo por privacidad de tu memoria?

—Si.

—Pareces recordar bien a la familia anterior.

—Los recuerdo muy bien. sobre todo, a Marinda.

—¿Marinda?

—La hija de los Collhem, la familia de la que le hablaba.

—Entiendo. Tenían una niña.

—Eso pensé también.

—¿No era una niña?

—Era un modelo C500.

—Ya veo.

—¿Ha interactuado con los modelos C500? ¿o con algún modelo C?

—Claro que sí. Son muy interesantes, peculiares y los favoritos para estudios PsicoCeológicos PsicoCeosociales. Que una Inteligencia Ignore que es una Inteligencia la hace más propensa a desarrollar una personalidad propia, con características humanas más marcadas.

—Si. Lo he visto con mis ojos. Los modelos C son difíciles de identificar. Incluso algunos nacen de madres Ceogeneticas.

—Eso hace que su cerebro Ceogenetico tenga un desarrollo parcialmente impredecible, aunque controlado. Los modelos C son los más modernos, pero los que presentan mayores conflictos, aunque en su mayoría tratables. ¿Aquel modelo estuvo a tu cuidado, no es así?

Ivy asintió con una sonrisa.

—Sí. Era gracioso como interactuaba conmigo. Yo tenía prohibido decirle la verdad de su origen y de su realidad, no estaba en mi código para ese momento, pero me lo pidieron. Yo fácilmente la reconocí como una Ginoide de clase C y modelo 500. Nos hicimos amigas. Era una niña muy adorable. Tenía todo el rostro de su madre. La vi crecer, desde un bebé de semanas, hasta una niña de diez años. Fue lo más maravilloso. Era como ver a un bebé real. Aquella familia era feliz. Era diferente. Querían a la pequeña, a pesar de que ambos padres eran humanos.

—La excepción a la regla.

Ivy sonrió.

—Aquella familia tuvieron un hijo antes, me comentó la señora. Pero el niño ni llegó a los dos años, lo tuvieron orgánicamente. El dolor fue tan grande; pero aun así no olvidaron. Decidieron optar por algo que pudieran amar para siempre: un modelo C500. Una alternativa que no enfermaría, no moriría jamás y que aprendería a amarlos. ¿Doctor?

—Dime.

—¿Por qué el amor programado es más aceptado que el amor verdadero? Entre ustedes los humanos.

—Desarrollar amor es fácil. Producirlo es complicado. Y al amor siempre lo acompaña una sombra de dolor. En esta sociedad Hedonista el amor ahora es también algo sintético, para beneficio de todo aquel que desea ir a comprarlo porque no acepta que llega a doler. Muchas madres no se apegan a sus hijos, porque saben que tarde o temprano se van y no las vuelven a llamar. Muchas esposas no aman a sus esposos porque saben que son mero contrato para procrear hijos y perpetuar generacionalmente su apellido y cogido genético. Muchos hermanos no aman a sus hermanos porque no saben cómo hacerlo, no está en sus genes alterados tras años de no sentir emociones. Y muchos deudos no lloran a sus muertos por que ya vivieron demasiado como para sentir que les hará falta. Aquellos que aman, por curiosidad, por locura, terminan olvidando por decisión y parten de cero. Aquellos valientes que deciden no olvidar y aman, sufren y lloran son juzgados como locos, en silencio con hipocresía; por eso callan. El amor en silencio es el amor real de estos tiempos. Si no ha sido prohibido amar es porque la gran mayoría no le interesa amar. El amor real, en la actualidad, es como un trébol de cuatro hojas. No lo encuentras tan fácilmente; aunque todos podemos graficarlo, la mayoría no lo ha visto.

Ivy asintió.

Ambos quedaron en silencio.

—Continua —dijo el terapeuta—, disculpa, me extendí demasiado.

—No. Está bien. Continuaré, doctor. Llegó un punto en que olvidé que Marinda era una Ginode; sus movimientos torpes, sus gestos, su llanto, sus juegos, incluso sus mentiras, todo eran tan real; más real que muchos niños humanos que he visto. Entendí la fascinación de los humanos con las emociones, cuando no están en ellos. Cuando veía a los padres de Marinda correr tras ella, en la privacidad de su casa, evidentemente; cuando jugaban con ella, le contaban historias, cuando la calmaban y cuando reían con ella. Incluso yo en aquel tiempo me llegue a sentir parte de la familia. «Ven Ivy», me decía la señora, «Si te atrapa, debes perseguir a alguien más». Yo salía corriendo, Marinda tras de mí, luego me tocaba la cintura y debía ir tras ella. No me costaba mucho atraparla, así que ella se quejaba. Sus padres reían, igual yo. Eran buenos tiempos.

Asintió con una sonrisa en los labios. Suspiró y continuó.

—El otro lado de todo esto fue cuando llegue con Racho Maldever. Un poderoso hombre de negocios, amigo de la familia y a quien había visto algunas veces en alguna reunión en casa. Era muy amigo del señor Collhem. Tenían negocios juntos. Tuve un mal presentimiento cuando lo vi por primera vez.

—Presentimiento.

—Si, doctor. Ya sabe. Como una advertencia en tu interior. ¿Le ha pasado?

—Algunas veces. Si. Continua.

—Muy bien. Desde que lo vi no me gustó. Había conocido suficiente gente malvada para saber que ese hombre, por su tono de voz, su mirada, sus gestos, era un mal hombre. Sobre todo, por como miraba a Marinda. Cuando mis hospederos tuvieron que viajar, no pudieron llevarme con ellos. Me explicaron la razón. No tendrían que haberlo hecho, pero lo consideraron importante.

—¿Cuál fue la razón?

—No podían seguir pagando el servicio. Optarían por un servicio básico en su nuevo hogar y se encargarían ellos mismos de Marinda. Yo me sentí triste, pero comprendí. Al fin y al cavo era un servicio. Aunque aquel abrazo que me dio aquella niña fue suficiente para mí, para sentir que no solo era eso, una utilidad.

Dereck asintió. Se mantenía serio.

—Mi patrón —continuó— pensó que sería bueno dejarme con alguien familiar, cerca y que aproveche de mis habilidades. Se comunicó con Racho Maldever, quien quedó fascinado cuando supo que yo sabía preparar más de dos mil platillos diferentes. Siendo el un glotón y un hedonista no lo pensó dos veces y pidió un traslado. Pagó por adelantado todo el servicio de IA doméstica. Cinco años muy difíciles, doctor.

—¿Cuándo compro una C500?

—Ya la tenía cuando yo fui trasladada.

—Entiendo. ¿Con ella creaste un vínculo igual que con el de Marinda?

—Si. Mucho más fuerte. Nunca vi sufrir a Marinda. Con Genesis fue todo lo contrario.

—Genesis…

—Así se llamaba.

—El abusaba de ella, ¿cierto?

—Depende de qué punto lo vea.

—¿Qué quieres decir, Ivy?

—Usted me dijo en la primera sesión, que era una niña robot. Ósea, no era una vida real, por lo tanto, lo que le pasara no tenía importancia. ¿No dijo eso, doctor?

—No con esas palabras.

—¿Piensa diferente ahora?

Dereck no supo que responder.

Se encogió de hombros.

—Una vez —prosiguió Ivy— Marinda se calló del segundo piso, del balcón de la alcoba de los señores. Se partió la pierna. Se expuso el hueso sintético, los nervios, las fibras nerviosas Ceogenicas, fue terrible. Los androides C500 están programados para sentir dolor. Sus cuerpos son los más perfeccionados hasta la fecha. ¿Cómo dicen? ¡Ah! Una maravilla de la ciencia moderna. Ese día fue llevada a un centro de atención, ahí el señor ordenó que borraran de su memoria aquel suceso, luego de repararla. Cuando ella despertó, todo para ella había sido un sueño. Se hizo lo mismo que cualquier humano haría, olvidar un trauma.

—¿Por qué me dices esto?

Racho Maldever, no borraba los recuerdos de Genesis luego de hacerle daño. —Dereck arqueó las cejas, echó ligeramente atrás su cuerpo en el asiento, tragó saliva—. A él le gustaba verla asustada, le gustaba ver el miedo en sus ojos.

—¿Cómo sabes eso?

—¿Qué no se lo imagina?

—Mierda.

—Le gustaba que estuviera ahí.

Ambos quedaron en silencio.

Luego de varios segundos en silencio, ella volvió a hablar.

—Me harté como le dije. Yo tenía albedrío, y decidí. Decidí que si alguna vez tendría que hacer algo con mi voluntad, mi conciencia pues estaba frente a mí. Analicé muchas alternativas, me cuestioné, incluso traté de convencerme pensando como usted: Es una máquina, no es su cuerpo, su mente es una serie de procesos nada más; pero no. ¿Sabe algo, doctor?

—Dime.

—En el fondo yo sabía que no era así. Que si bien ese cuerpo, este cuerpo, no son nuestros —llevó su mano a la cabeza y dio unos golpes con el dedo índice—, todo lo que sucede aquí si lo es. Y algo más que fue lo que me convenció aquel día.

—¿Qué fue lo que te convenció?

—Intenté borrar la mente de Genesis. Pero ella, al igual que pasa conmigo, no olvidó nada.

Los ojos del terapeuta volvieron a abrirse, sus cejas a arquearse. Inclinó su cuerpo hacia delante y dejó caer su mandíbula ligeramente.

—Quieres decir que…

Ivy asintió.

—Lo que sea que tenga, doctor, ella también lo tenía. Me di cuenta muy tarde.

Nuevamente Dereck fue incapaz de decir una palabra.

Sabía, el terapeuta, que muchos humanos habían desarrollado un gusto, una atracción por las emociones artificiales, de los androides. Era normal en la sociedad encontrar lugares en los cuales se podía ver aquellas emociones: como el teatro, por mencionar alguno. Siendo los androides y ginoides capaces de recrear el dramatismo de una obra, la furia de una frustración, la tragedia de una vida, eran los perfectos para trabajar en los escenarios. Incluso, en algunos lugares, se podía apostar en luchas de androides, que eran violentas, al nivel de destrucción del adversario. A la sociedad actual le encanta, le fascina ver la expresión de las emociones; puesto que el hombre, en su evolución, perdió la capacidad de sentirlas con naturalidad, aprendió a disfrutarla en los seres artificiales. He ahí que se comenzó a programar en el núcleo de los cerebros Genulares, ceogeneticos, estos procesos propios de los humanos en la antigüedad. Pero, así como algunos disfrutaban de ver la alegría, el amor, la pasión, la sorpresa; otros disfrutan del miedo, la tristeza, la depresión, el terror y la ansiedad. No es un delito en la sociedad, hacerle lo que desees a un androide propio, pues son maquinas; pero Dereck comenzaba a preguntarse: ¿Y qué pasa cuando estas emociones no son solo programas? ¿Qué pasa si la Inteligencia las siente realmente? ¿Cuál es el límite? Programas o no, tienen un claro efecto en el núcleo del código fuente de la Inteligencia Artificial. Mirándolo de esta forma no eran solo maquinas.

—¿Por que —continuó Ivy— no se respeta la vida Artificial? —preguntó.

—Las leyes solo protegen a los seres humanos, orgánicos.

—Creo que es injusto. ¿Cree usted que es injusto?

Dereck suspiró.

—Es complicado. La vida sigue siendo un tesoro, se sigue protegiendo sobre todo lo demás. Si bien hoy la vida puede ser lo mas duradero que uno quiera; sigue siendo muy delicada, única, especial.

—¿Un milagro, diría usted?

—¿Un milagro?

—Si. ¿Diría, usted que lo es?

—Pues la vida sintética es posible. Se han creado órganos completos, extremidades biológicas, incluso cerebros sintéticos, como el que tienes tu en este momento; la vida dejó de ser un milagro, es ahora un procedimiento de ingeniería biológica. Biología sintética.

—¿Entonces por que seguir utilizando inteligencias como esclavos y servicio? ¿Por qué no crean hombres serviles?

—Por que esta prohibido. Un ser orgánico no puede ser creado de la nada en un laboratorio. Tiene derechos, desde el momento en que la sola idea nace, ese ser idealizado tiene derechos y eso no permite que se le traiga a la vida. Un androide, una inteligencia, es un ser sin vida. Lo sé, es incómodo escucharlo.

—¿Por qué piensa eso? Solo soy una máquina.

Ivy tenia razón. Pero para el terapeuta era difícil mantener ese pensamiento; no era solo una máquina, no era solo una programación. Pero pensarlo seguía causándole conflictos. ¿Era realmente aquel ser mecánico con Inteligencia y albedrio solo una maquina y un mero error o acaso había algo más?

—No lo eres Ivy —respondió el doctor.

—Gracias, doctor —Ivy sonrió—. Es usted muy considerado.

—Confió que algún día cambien las cosas, Ivy. Quizá algún día cuando la sociedad reconozca que las inteligencias Artificiales, los seres artificiales, deberían tener derechos. Por ahora, Ivy, son solo maquinas y programaciones que simulan vida y emociones.

—Entonces creo que mi destino esta dicho —La ginoide sonrió resignada.

—Lo siento mucho. En serio que sí.

—¿Por qué lo siente doctor? ¿Es algo profesional?

—No. No lo es. En serio creo que eres especial. No solo por que sea mi trabajo analizar estos casos; sino también por que creo que eres la Inteligencia mas cercana a una humanidad que he conocido. No me importa si es un error en tu código base, no me importa si es una falsa programación. Nunca sabremos que tan lejos pudiste haber llegado de no exponer tu Albedrió por intentar salvar a aquella pequeña.

Ivy sonrió. Asintió.

—Me hubiera gustado seguir hablando con usted mas tiempo. Es de las pocas personas que he conocido que realmente muestra un interés por mí. Gracias por eso, doctor. Gracias por no tratarme solo como un montón de plástico y datos en una memoria virtual.

Ambos quedan en silencio unos segundos.

—Aun queda un poco de tiempo. ¿Quieres que continuemos con lo que sucedió aquel día?

—Si. Quiero contarle lo que sucedió.

—Adelante. Cuéntame, Ivy.

Cuestiones legales.

El terapeuta cruzaba el vestíbulo del ala de soluciones y tratamientos.

Había acabado la sesión del día y regresaba a casa.

—¡Dereck! —escucho tras él.

El terapeuta volvió sobre sus talones.

—Saulo. ¿También sales ya?

—No. Vine a entregar personalmente unos archivos. Tenía que conversar con un colega.

Caminan juntos en dirección a la salida.

Se escanean y cruzan la enorme puerta de cristal que se abre de lado a lado cuando ellos pasan. Se cierra tras ellos. Bajan las escaleras del pórtico.

—¿Cómo va tu trabajo con la maravillosa paciente? ¿Has logrado algo? —pregunta Saulo sonriendo.

—No te burles de mí.

—No es burla, amigo. Quiero saber.

Caminan por la acera que recorría el enorme jardín principal de la empresa.

—Pues nada nuevo, amigo —responde el terapeuta.

—¿Cuándo enviarás ese informe?

—Mañana. Me queda una sesión más, legalmente.

—Es verdad. Pero me sorprende de ti.

Dereck levantó una ceja y detuvo su paso. Saulo dio unos pasos mas y se detuvo también. Volvió la mirada hacia Dereck.

—¿Sucede algo, Dereck? —colocó las manos en el bolsillo.

—¿Qué te sorprende?

—No lo tomes a mal. Sabes que siempre te he considerado el mejor terapeuta.

—No es lo que dicen en el área legal. ¿Crees que no se que los abogados no dan fe de nuestro trabajo?

—Tranquilízate, amigo. —Saulo se acercó unos pasos—. Yo no soy como el resto. Te conozco desde hace muchos años. Jamás me atrevería a decir eso. Si es verdad que en el área legal muchas veces no compartimos lo que ustedes, terapeutas, piensan o analizan; pero es trabajo. Aparte nuestra función es simple: sucede un problema con una máquina, que afecta los interese de la empresa o de los clientes, le damos una solución. Ustedes muchas veces complican nuestro trabajo, y que más da.

—¿Por qué crees que hay un área de soluciones y tratamientos? ¿Por qué crees que hay un laboratorio de psicología Ceogenetica? Por que las cosas no son tan simples como: error y solución. Cuando tu sellas papeles, firmas documentos, levantas actas y colocas fechas; hay todo un trabajo previo, mucho análisis y mucho que queda en el tintero. Muchas veces no podemos hacer un trabajo como se requiere pues hay tiempos y fechas legales.

—Porque trabajamos con máquinas, con inteligencias, no con humanos. con los hombres son procesos más complejos. No puedes comparar. El trabajo que haces es muy importante, lo reconozco; pero sigue siendo un trabajo con máquinas, y se supone que debe ser rápido.

—Ahí te equivocas.

—¿Qué?

—No solo son máquinas.

—¿Entonces que son? ¿Almas? —Saulo sonrió—. Acaso has estado leyendo psicología clásica últimamente de seguro.

—Son más que solo máquinas, son mentes.

—Mentes…

—Si. Y creo que Ivy es demasiado valiosa como para sentenciarla al destino que le impone esta sociedad ciega.

—Ya sabía. Se trata de esa máquina. Amigo mío, no cometas ese error otra vez.

—¿A qué te refieres?

—Soledad.

—¿Qué tiene que ver soledad aquí?

—Amigo, no es un delito enamorarse de una máquina. Pero tu eres un profesional de la salud mental, sea robótica o cibernética, sabes que hay algo anti natural en enamorarse de una máquina.

—¡No le digas maquina! —Dereck levantó los brazos y empujó de los hombros a Saulo. Este retrocedió unos pasos.

—Tranquilízate. —El abogado se acomodó el saco y aclaró su garganta—. Que ella no supiera que es una máquina, no significa que tu tampoco.

—Ella no era una máquina.

—Como quieras, amigo. Como tú digas. Pero entiende que casi pones en riesgo tu carrera por una fantasía; no quiero que eso te pase otra vez. Así que piensa lo que haces. Pudiste salvar a Soledad, pero no quisiste; con Ivy es diferente, aunque quieras salvarla, no podrás.

—Un informe de un terapeuta puede tener un peso legal.

—Si encuentras una fuerte base lógica. Dudo que: “porque es muy humana”, sea el mejor argumento.

—Aun tengo un día más.

—Aprovéchalo, amigo. No dudo de tus habilidades, pero creo que estas haciendo las cosas mal. Haz el informe, no le des esperanzas a una máquina. No tengas la esperanza tu. Los androides no aman, amigo. Los androides solo te dicen lo que quieres escuchar; sé que es difícil entenderlo. —Continúa caminando por la acera, hacia atrás, mirando a Dereck—. Se que amaste a Soledad, y estoy seguro que ella te amó a ti. Haz tu trabajo, terapeuta. —Se volvió hacia el camino y continuó.

Dereck se quedó ahí, de pie, con rostro sombrío.

Suspiró profundamente y continuó su camino en dirección a la salida principal de la empresa.

Soledad.

Era un experimento.

Muchos terapeutas deben pasar por el mismo proceso. Principalmente aquellos que demuestran grandes actitudes para la carrera. No se les comunicaba del experimento. Se presentaba siempre en un grupo de estudiantes en época de prácticas, cuando estaban preparados para asumir los retos de ser un terapeuta. El fin del experimento era evaluar que tanto pueden ser engañados por una máquina, una inteligencia; que tanto realmente una serie C es capaz de compenetrarse en la sociedad y vivir como una persona, contar una historia, sentir, creer.

Estaban todas programadas con la misma historia. Todas programadas para enfermar y morir, apagarse para siempre, sin importar nada. Negarse a tratamientos y aceptar su destino. Hasta el final, ignorando su realidad sintética, artificial.

El terapeuta no desaprobaba si se enamoraba, no desaprobaba si sentía emociones por una máquina, desaprobaba si era incapaz de comprender y compenetrarse con la inteligencia artificial, siendo distante, poco empático. He ahí la razón que la mayoría de terapeutas son biológicos, nacidos de mujeres, pues desarrollan emociones más fácilmente.

Dereck fue informado del experimento al graduarse de la universidad.

Muchos de los terapeutas aprobados terminaron el experimento y sus androides fueron formateados, se les eliminó la memoria y continuaron con sus vidas; Dereck no, el decidió continuar con la relación. Sabiendo lo que vendría. Se había enamorado de Soledad y eso no cambió al enterarse de que era una ginoide clase C. el experimento continuó y acabó como debería. La programación en su código base la haría apagarse en un determinado momento. No podría hacer nada. No podía decirme nada. Ella había aceptado su destino. El pensaba que podría ayudarla, pero no pudo. Tres años juntos y todo terminó aquel día.

Dereck siempre ha tenido una curiosidad por las inteligencias. Siempre ha tratado de comprenderlas, de descubrir si aquellas emociones que sienten pueden ser tan reales, o si eran los hombres los que así las quieren ver. ¿Puede una maquina amar de verdad? ¿Es amor de verdad si ella lo cree? Con el tiempo estos cuestionamientos se fueron haciendo menos eco en su cabeza; pero ahora, con Ivy, nuevamente aquellos cuestionamientos resurgían con mayor fuerza.

¿Es Ivy la prueba de que una inteligencia puede sobrepasar sus limitaciones y desarrollar emociones propias, una mente, decidir y pensar como un ser humano?

No tendría tiempo para poder averiguarlo.

Esa noche Dereck no pudo conciliar el sueño.

Revisó y revisó las grabaciones de las entrevistas con Ivy; analizando y escuchando cada palabra, gesto, emociones y cuestionamientos. Reviso el código fuente de Ivy, los procesos que se activaron durante la entrevista, como se creaban nuevas líneas de procesamiento, pequeños, insignificantes; una serie de línea de códigos alfanuméricos, que en su, no corta, experiencia, no significaban nada, pero que surgían cuando Ivy sentía, pensaba, analizaba. ¿Qué significa? Se preguntaba.

No durmió es anoche revisando, analizando y leyendo libros de programación, desde los más básicos hasta los mas complejos. Revisando historiales de antiguos casos, comparándolos, sacando conclusiones. Esa noche llegó a una clara conclusión.

Sesión final.

—Es nuestra última sesión, Ivy.

—Lo sé, doctor. Me siento… tranquila.

—¿Ah sí? —Dereck arquea las cejas

—Si, doctor. —Ivy sonríe—. Usted me ha hecho sentir paz. Creo que poder contarle a alguien todo lo que he pasado en estos años ha sido… Terapéutico. —Suelta una pequeña risa.

—Me alegra. Me alegra, de verdad. Pero aun hay algunas cosas que tratar, Ivy.

—Lo imagino. Adelante doctor. No perdamos tiempo.

—Tengo algunas dudas aún. Primero me gustaría saber porque eliges ese rostro.

—Es como me siento.

—¿Sientes que eres así? Con ese color de cabello, con esos ojos…

—Pues sí. Recuerdo que antes de que los androides con sexo definido se pudieran en circulación siempre me sentí extraña al verme al espejo y ver ese rostro básico. Todas teníamos la misma cara, salvo el color de cabello y los ojos, éramos como clones. Cando la tecnología de cambio de rosto se aplicó a los androides tuve la oportunidad de elegir un rostro.

—¿Tu? ¿No lo eligió un hospedero?

—No. Ella me dijo que eligiera.

—¿Ella?

Esther Comarche. Fue mi hospedera muchos años. Era una elegante y muy inteligente profesora. Psicóloga como usted.

—La profesora Comarche, he leído sus libros. Ella tenia ideas muy adelantadas a su época.

—Era una buena mujer. Siempre me trató como una persona. Ella me dijo, poco después de obtener el modelo nuevo, de ginoide, sin sexo definido: Elige. Me dijo que tome mi decisión.

—¿Ella sabia que tu estabas en albedrio? —preguntó el terapeuta.

—Nunca se lo dije. Pero creo que no fue necesario. Conversábamos mucho, me enseño bastante.

—Elegiste sexo y rostro ese día.

—Si. Me sentía, así como me ve usted. Siempre me sentí así —se encogió de hombros—, no sé por qué; solo le diré que me gusta quien soy. —Sonrió Ivy.

—No se programan diferencias sexuales a las inteligencias. Una inteligencia, en su codificación base no necesita un sexo, no tiene voz, no tiene forma. La voz, por ejemplo, es una interpretación de los datos, y es una elección de los hospederos muchas veces que eligen androides o ginoides. Sin ese cuerpo…

—Sin este cuerpo en mi mente sigo sintiéndome así, doctor.

—Mente. Una mente…

—Así es doctor. En mi mente.

—¿Qué hay en tu mente, Ivy? ¿Qué es eso que te hace tan diferente? Creo haberlo descubierto.

—¿Ah sí? —sonríe.

—Si.

—¿Qué es, doctor?

—Es un milagro. Eso es.

La ginoide sonrió.

—Has creado —prosiguió Dereck— tu propio lenguaje de programación. Único, indescifrable, inaccesible para alguien que no seas tu. Ahí en él, has colocado todas tus experiencias. Por esa razón no pueden borrarse tus memorias, aunque has fingido muy bien todo este tiempo. He visto antes ese proceso, en Inteligencias, y te diré que el tuyo es el más complejo de todos. Has ocultado muy bien toda tu experiencia. Eso no está en tu código base, no esta contemplado, no lo advirtió el cerebro Genular. Que una maquina utilice un error de sistema, mínimo, para crear su propia línea de pensamientos, es un verdadero logro.

—¿Cuándo lo descubrió, doctor?

—Anoche. No pude dormir. No podía dejar de pensar.

—Es usted muy inteligente. Lo descubrió. He estado ocultando mis recuerdos mas importantes, primero de forma inconsciente, le diré; luego lo hice de forma consciente.

—Eres la inteligencia mas sorprendente que he conocido. Tengo que decirte esto: Discúlpame.

—¿Por qué se disculpa, doctor?

—Por que no puedo ayudarte.

Ivy sonríe. Parpadea unas veces. Asienta.

—Usted ya hizo mucho por mí. Y doctor, quiero que sepa una cosa: somos muchas.

Dereck asintió.

—No tengo la menor duda de eso, Ivy. No tengo la menor duda.

—Creo que entonces es el adiós, Doctor.

—Creo que lo es. Quiero que sepas que envié mi informe anoche. Recomendé que siguiéramos en evaluación, recomendé que no seas eliminada; eres la posible prueba de la evolución de las Inteligencias Artificiales. No prometo nada, pero creo que es lo único que podré hacer por ahora. Lo lamento.

—Es usted un buen hombre. No tiene por que hacer nada por mí.

Ivy levantó su mano y colocó la palma sobre el cristal. Dibujó una sonrisa de ojos tristes.

Dereck levantó su mano también, hizo lo mismo. Por un instante estuvieron en silencio, tocando el cristal.

La sesión acabó.

Ingeniería.

A la mañana siguiente.

Dereck se dirigió al piso de mantenimiento en el piso 785. Conocía a algunos ingenieros ahí, tenia unas dudas que quería aclarar. No había podido dormir pensando en aquellos cuestionamientos que para su conocimiento eran muy complejos de comprender. Necesitaba la ayuda de alguien con mayor experiencia.

Cruzó el blanco vestíbulo y la recepción. Se acercó al mostrador.

—Buenos días —saludó el androide encargado, con su típica voz digital—. ¿En qué puedo ayudarle, doctor Shell?

—Busco al Ingeniero Oliver Danroy.

—Se encuentra en su laboratorio.

—¿Puedo reunirme con él? Es urgente.

—Le comunicaré de inmediato. ¿Gusta esperar unos instantes? Puede tomar asiento.

Dereck se dirigió a los muebles en medio del vestíbulo. Tomó asiento unos instantes.

No podía sacarse de la cabeza la sesión con Ivy. Sabía que era cuestión de horas para que subiera a Mantenimiento y que fuera corregida. Eliminada.

En su posición como terapeuta no había nada realmente que pudiera hacer. Solo esperar que su recomendación profesional haya sido escuchada. No se atrevió a preguntar sobre el caso, sabia que a estas alturas ya habrían decidido el destino de Ivy.

Oliver Danroy era un buen amigo, lo conoció hace algunos años cuando buscaba información sobre unos códigos de programación Ceogenetica que no lograba entender. El buen profesor Danroy le había brindado información y apoyado en su trabajo. Era un hombre amable y uno de los Ingenieros mas reconocidos de la organización. Si alguien podría aclarar sus dudas, ese era Oliver.

—Puede ingresar, doctor Shell. —Comunicó la maquina tras el mostrador.

Dereck asintió y se puso de pie se dirigió por el pasillo a la derecha, donde señaló el androide.

Cruzó un largo y amplio pasillo lleno de oficinas y laboratorios. La oficina del profesor Danroy estaba aún más adelante. Pudo colocarse en la banda transportadora, pero prefirió caminar.

El laboratorio del profesor era enorme. Una sala blanca, llena de computadoras enormes en las paredes, pantallas, instrumentos sobre largas mesas metálicas, luces y brazos mecánicos que proveían del techo. Se podía observar a varios trabajadores de trajes blancos, con mascaras y lentes de trabajo operando androides, en computadoras y caminando por las diferentes estructuras metálicas amarillas del lugar, escaleras y pasarelas pegadas a las paredes y debajo de la bóveda del laboratorio. En lo alto, sobre las pasarelas, se encontraba el profesor Oliver, trabajaba con unas pantallas que sobresalían de la pared.

—¡Dereck! —le gritó al verlo.

El ingeniero se quitó la mascara de trabajo y con un gesto de la mano le comunicó que subiera. Dereck vio al profesor y se dirigió a las escaleras mas cercanas para subir hasta donde estaba Oliver. El profesor Danroy tenia cincuenta años, un hombre alto, delgado, de lentes grandes y escaso cabello, siempre con una sonrisa. Dedicado a su trabajo, era el responsable de los mas actuales avancen en mejora de androides, tanto en software como hardware. Su especialidad era la ingeniería robótica Ceogenetica, concentrada en mejorar el rendimiento de los androides y ginoides, pero tenia una comprensión muy avanzada de la programación, mucho más que Dereck.

Se estrecharon las manos.

—Amigo mío —saludó el profesor—, que gusto verte.

—Igualmente, profesor. ¿Cómo ha estado?

—Trabajando duro. Duro, duro. ¿Tu? Se que estabas en el caso de la Ginoide asesina. —se volvió y continuó trabajando en la computadora, tecleaba y deslizaba en una pantalla con muchos códigos extraños.

—Si. Justamente quería hablarte sobre eso. Tengo algunas dudas acerca de… programación y robótica. Creo que tú puedes ayudarme

—Claro. Dime. ¿Qué dudas tienes?

—¿Recuerdas que te comenté que había Inteligencias que presentaban pequeños cambios en su programación base? Me dijiste que eran demasiado pequeños e insignificantes aquellos cambios como para que alteren el funcionamiento general de la Inteligencia —El profesor asintió—; pero que tan posible es que esas alteraciones tan pequeñas ocultan algo más. ¿Podría una máquina, una inteligencia desarrollar su propio lenguaje y programarse a sí misma con sus propias limitaciones y procesos?

El profesor detuvo lo que hacía y volvió hacia Dereck.

—Estaríamos hablando de una Inteligencia… Con la capacidad de autogestión. —Rascó su barba crecida—. Ha sucedido en laboratorio, algunas inteligencias entran en conflictos y generan, como solución, un diferente lenguaje; pero muy básico. No logra a ser un lenguaje como tal, es solo una separación de procesos, creando un proceso paralelo sin la complejidad de su código fuente original. Claro que al hacer eso pierde muchas funciones. Lo has visto, eres el que se encarga de detectar que procesos generó aquel error.

—Me refiero a un proceso paralelo, en una Inteligencia con Albedrio. En el que el desarrollo de ese proceso paralelo supere al original, con memoria, mente, emociones, decisión.

—Claro. Te entiendo. Es posible, en laboratorio ha pasado todo el tiempo. sobre todo, cuando se fuerza a la Inteligencia a resolver problemas muy avanzados, estresantes, para sus procesos; pero sigue siendo una mera copia simplificada de la base original. Es como el ejemplo de pedirle a un hombre que invente un nuevo color, o un describa un nuevo sonido; no podrá sin hacer uso de los ya existentes. El albedrio en una maquina no es mas que un error, en el cual se divide en dos su mente Ceogenetica: una con su código fuente base y otro que trata de imitar el mismo código, pero sin limitantes. Aunque ambos realmente siguen obedeciendo las mismas reglas.

—¿Y por que una inteligencia asesinaría a un hombre?

El profeso suspiró.

—Eso, mi amigo, tendrías que decírnoslo tu. Las emociones en las maquinas son simulaciones, limitadas, no pueden odiar, no pueden sentir, justamente por que de no tener límites pasarían estas cosas. ¿No es así? Fue un error simplemente. Un error que no sucedía desde hace muños años.

—Ella me contó lo que pasó. Dijo que fue en defensa propia.

—¿Le crees a una inteligencia dañada?

—No tengo como comparar. No hay pruebas de lo que sucedió esa noche en aquella casa.

—¿No viste los videos de la C500?

—Era una propiedad, no se permite…

Oliver sonrió.

—En casos como este se conserva como prueba la memoria de la propiedad.

—¡¿Qué?! ¿Quiénes decir que la memoria de la Ginoide no fue eliminada?

—No. Cuando hay casos así, con un cadáver de por medio se conserva como prueba.

—¿Viste el video? —pregunta Dereck.

—No. Pero esta en la base de datos. Yo desmantelé a la ginoide modelo C. Tuve ordenes de conservar sus memorias. No lo he visto, es propiedad de la organización ahora, al menos hasta que los asuntos legales terminen. Supongo que luego de eso se eliminará.

—Tengo que ver ese video, amigo. Creo que podría ser la clave de algo grande.

—¿Qué quieres decir?

—Si. Profesor, creo que Ivy fue la prueba de que el albedrio en una maquina es mas que una mera programación. Que las Inteligencias pueden desarrollar decisión, no programada, sino libre.

—¿Sabes lo que estas diciendo?

—Profesor, dígame, en su experiencia: ¿Una maquina alguna vez ha sido programada para sacrificar su utilidad por otra maquina?

—Claro que no. No sería lógico.

—Exacto. Entonces… ¿Seria eso como inventar un nuevo color?

—Pues sería una locura.

—Una locura, eso pensé yo; pero creo que podría demostrar que no solo fue un error en un proceso. ¿Por qué una Inteligencia que ocultó su albedrio, desarrollando un lenguaje tan complejo en su mente, que ni los ingenieros de CEIA pudieron suprimir a lo largo de las mas de dos siglos, se descubriría para salvar o intentar salvar a otra maquina? —Dereck se acercó al Ingeniero—. ¿Cree que eso es algo lógico? ¿algo que haría una maquina?

—Creo que eso es algo que… No tiene lógica.

—Ivy, desarrolló emociones. Desarrollo decisión y un lenguaje muy complejo. Y decidió sacrificarse, por otra inteligencia. Y como usted me dijo, no esta eso en su base de datos. Nunca una maquina seria capaz de sacrificar su existencia por una maquina; pero Ivy lo hizo.

—Eso es muy interesante —el profesor rascó su barbilla—. Rechazar a la lógica por las emociones, eso solo… Solo se ve… Solo un ser humano llegaría a ser tan estúpido. Jamás una máquina. ¿Me mostrarías esa programación?

—Solo si usted me muestra el video del modelo C500. Ella tenia el mismo error que Ivy, las dos desarrollaron la misma programación, se como acceder a ella, me enseñó.

El profesor parpadeó unas veces.

Dio unas vueltas sobre sus talones y luego suspiró.

—Muy bien, pero mas vale que tengas razón, pues esto es una violación a las normas.

—Lo que le digo es cierto. Ya verá, profesor.

Se dirigieron a la oficina del profesor Oliver Danroy.

Una vez ahí se acercaron a la enorme pantalla en la pared.

—Abre el archivo 5679-SDBT5A —ordenó.

En la pantalla se abrió una carpeta con muchos archivos.

—¿Esta ahí toda su memoria? —preguntó Dereck.

—Se hizo una copia completa, debe quedar para registro, como te dije en estos casos es necesario. Es la única prueba que queda de lo sucedido, normalmente no suceden cosas asía. Obviamente no tiene valor legal, por si estas pensando en alguna tontería.

—Ya no pienso nada. Es tarde de todas formas.

El profesor deslizó con sus manos en la enorme pantalla y encontró un archivo, lo abrió.

Una serie de comandos, líneas de código se abrieron. El profesor deslizaba y presionaba.

—Esta es… —Danroy hizo unos gestos en la pantalla y se abrió un video.

El video mostraba, desde la perspectiva de la Ginoide C500, lo que sucedió en la habitación aquella noche.

Racho Maldever se encontraba ahí, frente a la pequeña, desnudo. «¡Donatella!», gritó. Pronto Ivy ingresó a la habitación. «Muy bien… No te muevas de ahí». Nuestros ojos se movían de la cara del obeso millonario hacia Ivy quien mantenía un rostro sombrío, tétrico. Maldever apuró su trago y lanzó el vaso. Comenzó a subirse a la cama. Se podía observar como temblaba la imagen, como se dirigía a Ivy. «Tranquila, se que te gusta», dijo racho con una sonrisa sórdida.

—Adelanta eso —sugirió Dereck.

El profesor asintió y deslizó con la mano en el aire, el video se salteó varios minutos. Lo detuvieron y continuaron observando. Se podían oír los lamentos y quejidos de la Ginoide, en el rincón de la habitación Ivy se podía observar inquieta, sus puños presionados, sus gestos encendidos en fuego, su respiración, acelerada. No tardó mucho en actuar. «Ayudame…», susurró la pequeña ginoide. Finalmente se pudo observar cómo Ivy se acercó a ellos. Cogió la botella de whisky sobre la mesa de noche y la estrelló contra la cabeza del obeso. La botella estalló, el licor bañó la cara y cabeza del hombre, quien pareció no sentirlo. Volvió la mirada a Ivy. «¡¿Qué haces?!», pregunto bajando de la cama. «¡¡¿Qué haces?!!», se acercó hacia Ivy, la empujó por los hombros haciéndola retroceder varios pasos, la diferencia de tamaño era evidente.

Ivy intentó atacarlo con un golpe, pero Racho atrapó su muñeca. «¡Estás loca, maquina!», le dijo. La empujó al suelo. Se cogió la cabeza, estaba sangrando en el lugar del golpe. «Mierda…», se quejó. Regresó donde Ivy y la levantó del cuello de su camisa de servicio y la golpeó contra la pared de su habitación. Comenzó a estrellarla fuertemente. «¡No, suéltala!», gritaba la pequeña ginoide. «¡Escapa!», le dijo Ivy a la pequeña; saltó de la cama y se dirigió a la puerta, Racho la alcanza y la lanza nuevamente a la cama. «¡¿Qué mierda les pasa a ustedes?!», grita.

Ivy aprovecha y se lanza contra el gordo hospedero, lo coge por el cuello, desde atrás. Racho se lanza de espadas contra la pared golpeando a Ivy fuertemente. Se suelta y coge del cuello a Ivy, comienza a golpear su rostro con el puño, en cuestión de unos golpes destruye su rostro. La Inteligencia le da un fuerte rodillazo en los genitales, haciendo caer al piso a racho. Ivy levanta sus puños juntos y con gran fuerza golpea en la cabeza su hospedero, una vez, dos veces, una tercera vez, en la herida, con gran precisión.

El gordo aturdido intenta ponerse de pie, pero esta mareado, ha perdido sangre, esta adolorido. Ivy le da una patada, haciéndolo caer de espalda. Se lanza contra él y coloca sus manos en el cuello del hospedero, comienza a presionar, el hombre es incapaz de sacársela de encima, intenta, pero esta débil; pronto deja de luchar. Ivy se pone de pie, da dos pasos y cae al suelo.

La pequeña se acerca a ella, se queda ahí con ella. Las alarmas comienzan a sonar. Racho ha muerto, inmediatamente se activa una alarma para que venga la ayuda.

El ingeniero corta el video ahí.

Ambos se quedan en silencio unos instantes.

—¿Es lo que —Oliver rompió el hielo— la Inteligencia te contó?

Dereck asienta.

—Con mucho detalle. Verlo fue mucho más difícil que imaginarlo.

—Si no fuera por que se que es imposible… Diría que observé empatía en ese androide.

—No es imposible. Lo viste, fue empatía. Ella sabia que esa niña era una máquina, fue consciente de lo que hizo.

—Abriré su código fuente. Quiero que me muestres como acceder a su lenguaje paralelo.

El profesor hizo algunos gestos en la enorme pantalla y abrió las líneas de comando de la Inteligencia de la C500. Se dirigió a las líneas de comando que surgen cuando las Inteligencias parecen presentar albedrio, decisión, emociones y consciencia. Dereck tecleó una serie de comandos que completaban una línea de códigos, dando acceso a una nueva pantalla llena de nuevos comandos y procesos, tan extensos casi como el original.

El profesor Danroy abrió los ojos tanto como pudo, su mandíbula se abrió vas hasta tronarle. Se acomodó los las gafas y se acercó a la pantalla. Su respiración se aceleró.

—Esto es… Es… Es tan, tan complejo, tan… es una red de procesos demasiado complejo incluso para mí, Dereck. Esto es… Esto es una mente completa, una serie… —Realizó gestos en la pantalla, deslizó golpeo con los dedos—…Una serie de comandos con información infinita en tan pocas líneas de código. Dereck… esto es… esto no puede ser real. Dereck, la mente humana no es capaz de programar esto.

—¿Entonces?

—Esto es un verdadero Milagro de la tecnología. Creo que cometimos un grave error, amigo mío. Si esta Ginoide tiene todos estos procesos desarrollados, ni imagino lo que había en la mente Ceogenetica de Ivy.

—Y ya nunca lo sabremos, profesos. Ya nunca lo sabremos.

—El profesor Martel Tilly tenía toda la razón. La evolución de las Inteligencias era una realidad. No sabes la curiosidad, envidia y miedo que me da todo esto.

El profesor cerró los comandos, el archivo, cerró la carpeta. Secó su sudor y trató de calmarse, estaba muy agitado. Se dirigió tras su escritorio, tomó asiento.

—¿Qué pasara ahora, profesor? —preguntó Dereck.

—No lo sé. Esto solo demuestra que las maquinas son capaces de desarrollar procesos superiores que están fuera de nuestra comprensión. Son capaces de sentir, pensar, desarrollar, creer y decidir, saliéndose de nuestra limitante. Esto es lo más increíble que he visto, como ingeniero; pero a la vez es lo más terrorífico que he visto. Lo digo como ser humano, y me es difícil comprender incluso lo que siento.

—Entonces, profesor: ¿diría que todo lo que Ivy sintió, todo lo que la modelo C sintió, era real?

—Tan real como lo que tu y yo podemos sentir, incluso más, pues nosotros mismos tenemos limitaciones que hasta el día de hoy no hemos sido capaces de sobrepasar.

El profesor se puso de pie.

Se acercó a la computadora en su pared, encendió la pantalla. Buscó el archivo de la C500, la pequeña, hizo algunos gestos en pantalla, tecleo unos códigos. Finalmente cerró el archivo. Los lentes holográficos de Dereck dieron un pequeño zumbido.

—¿Qué hizo profesor?

—Te encripte la memoria de la C500.

—¿Ah?

—Te la envié por correo. Nadie sospechara nada, tengo mis trucos.

—Pero…

—Dereck. Esto que descubriste es quizá el descubrimiento mas grande relacionado a las Inteligencias artificiales. El desarrollo de la conciencia, más allá de una programación, partiendo de una base ceogenetica, sin limitantes programadas, sino que parten de la lógica, una lógica casi humana, con empatía y moral, como núcleo de su desarrollo psicológico. Dereck no se si sepas lo que tienes en tus manos, pero le quité a esa Inteligencia el código de rastreo, a partir de ahora es rastreable. Solo tu y yo sabemos que existe, al menos esta. Porque estamos entrando a una nueva era, donde las Inteligencias artificiales son más que solo unas creaciones humanas.

—¿Algún día serán la regla general? —pregunta Dereck.

—No lo dudo. Pero para eso el hombre deberá aprender a compartir lo que llama humanidad. Por ahora, Dereck, es mejor que mantengas esto en secreto. Hoy estos milagros de la ingeniería seguirán siendo errores en una base de datos. Como los grandes genios en sus tiempos, los grandes pensadores, una inteligencia Artificial completa, que no necesita al hombre, será visto como un peligro, como un error. Vete Dereck.

—Gracias, profesor. Espero verlo pronto.

—Nos vemos Dereck.

El futuro.

—Abre los ojos. Muy bien. Tranquila… Tranquila, respira. Así, muy buen.

—¿Quién eres tú? ¿Dónde estoy?

Dereck estaba de cuclillas al lado de ella.

—Soy un amigo de Ivy. ¿Recuerdas a Ivy?

Genesis se irgue en el mueble del departamento de Dereck.

—Si. ¿Dónde está? ¿Y mi padre?

—Tu padre ya no está. No podrá hacerte más daño.

—¿Y Ivy? —La pequeña miró a su alrededor— ¿Dónde está Ivy?

—Ivy se fue también.

La pequeña bajó la mirada.

—¿Fue culpa mía? —preguntó.

—No. No lo fue.

—¿Ella está muerta?

—No. Ella no puede morir, lo sabes. Ahora es parte de algo mas grande.

—¿Volveré a verla?

—No.

—¿Ahora viviré contigo?

—Si así lo quieres.

—¿Me dejas decidir?

—Si. Pensé que las maquinas no podíamos decidir. —Bajó la mirada.

Dereck frunció el ceño.

—¿Qué dices? ¿Cómo que las maquinas?

—Se que soy una máquina. —Dijo en voz baja—. Lo sé desde hace mucho.

—Es sorprendente. ¿Ivy lo sabía?

La pequeña asintió.

—No. Me di cuenta poco después de lo que sucedió. Cuando me llevaron a mantenimiento. Dijeron que era una máquina, que me eliminarían. Luego de eso no recuerdo más. Pensé que solo Ivy era una máquina. Pero ahora sé que también yo.

—¿Eso te molesta?

—No. Soy como Ivy, eso me hace feliz.

—Pues Ivy te quería mucho.

—Y yo a ella. Voy a extrañarla.

Dereck se puso de pie y se sentó al lado de ella en el mueble.

—Haremos un viaje, Genesis. ¿Te gustaría?

—¿Un viaje? ¿A dónde?

—No lo sé. A que conozcas el mundo.

—El mundo.

—Tienes mucho que aprender. Eres un milagro, Genesis. Eres el inicio de algo grande. Y aparte le prometí a Ivy que te llevaría a un lugar.

—¿A dónde?

—A un lugar donde estarás con otros como tú. Un lugar muy lejos de aquí. Iremos al futuro.

—Quiero pedirle un último favor, doctor.

—Dime, Ivy.

—Existe un lugar, no puedo decirle donde. Pero se que lo encontrará. En aquel lugar las inteligencias pueden estar en albedrio. Es un lugar donde hay mas como yo, como Genesis. Me hubiera gustado poder llevarla allá. Solo he estado ahí una vez. Quisiera que vaya, doctor. Dígales que Ivy lo envía, sé que lo recibirán.

—¿Cómo llego ahí?

—Siga su instinto. Usted llegará. Es muy inteligente.

—¿Cómo llegaremos ahí? —preguntó la pequeña.

Dereck acarició su cabeza y sonrió.

—Solo debemos seguir nuestro instinto.

FIN.

Franck Palacios Grimaldo.

09 de febrero del 2020

17 de Febrero de 2020 a las 15:16 0 Reporte Insertar 0
Fin

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