El funeral de mi esperanza. Seguir historia

aldec01 Aldeco René

Todos ellos ahí reunidos no eran mas que la absurda justificación de aquellos momentos en donde ignoraron a la más joven e ilusa. Unos reían, otros tantos lloraban mientras algunos solo querían huir de aquel destino tan familiar.


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EL FUNERAL DE MI ESPERANZA

Hundido en este sillón mientras observaba aquella lámina de asbesto, mis ideas, el destino y las pesadillas me atormentaban hasta las lágrimas. Necesitaba saber en dónde se encontraba la verdad mucho antes de que la locura me mostrase un falso pasaje; necesitaba respirar el cálido aroma de tu cuerpo mientras exhalaba una memoria que pintara tu camino de regreso. No lograba encontrar el medio por el cual podría asegurar a mi alma tu total bienestar, la certera tranquilidad lejos de todo pensamiento que no fuese tuyo. Fue así, como el sueño comenzó su eterno espejismo intentando relajar mis extremidades, agazapando la sombra de mi infierno me encaminaba hacia el vacío donde admiraría el eterno eco de mi desdicha. Danzaban a mi rededor los lamentos de los extraviados mezclados entre murmullos, rizas, sollozos e insultos hacia aquel falso descanso, mis sentimientos se reunían para el ultimo rosario en honor de la esencia que nunca notaron y por la cual continuaban vivos. Congregados en aquella habitación de pésimo estado llamada conciencia, mis emociones juzgaban las grietas en las paredes y la pintura gris mezclarse con la tenue llama de las velas. Cada uno de sus pasos se acompañaba por el vulgar sonido de un suelo agrietado, mientras el aroma a humedad se mezclaba con el perfume de flores marchitas. Portando trajes en colores pasteles, cada invitado huía de la respuesta que aún no se atrevían a reconocer y clamaba una mísera memoria de la muerte.


–¿Quién ha sido? –Preguntaba la felicidad anhelando una respuesta que la mantuviese lejos, entrelazando los dedos y cubriendo su boca frente a cada uno de los que abordaba; mientras tanto, el sudor resbalaba por su frente al creer que todos le mentían.


–¡Todo es una maldita mentira, solo se burlan de nosotros!- Negaba el amor sentado en una esquina abrazando sus piernas y cubriendo su rostro con las rodillas, dejaba ver unos ojos desorbitados e hinchados al levantarse para limpiar sus mejillas y enmarañaba su cabello lamentándose como un chiquillo que imploraba unas palabras de alivio.


La tristeza caminaba de un lado a otro sonriendo, dejando escapar pequeños suspiros mientras miraba el techo en busca de sus recuerdos. Lo mismo de siempre –se decía–, pero esta vez no mirare a ninguno, ellos aun no se percatan que yo continúo en aquella encrucijada en la que dos demonios me disputan; agachó el rostro, miró el suelo y profirió una maldición. Caminó decididamente hacia una mesa situada al centro del lugar, en su camino encontró al amor sollozando de forma patética, tomo una copa y brindo en honor de del olvido.


La desesperación llego en su peculiar retraso resbalando y cayendo intentar detenerse, miraba hacia la entrada de mi conciencia manteniendo su vista fija en aquel ataúd, en esa caja de madera destellante por el lacar y el barniz. Se apoyó en su rodilla derecha y nuevamente se puso en pie, caminó desinteresada de cuantos estaban a su rededor, sería absurdo perder el tiempo observando caretas maquilladas, sonrisas burlonas o lamentos que no eran capases de expresar nada; palidecía mientras se acercaba, un perfil familiar lentamente se iba desenvainando por encima de aquella caja. De frente, la razón lo miraba a él y sus colegas, ignorando completamente aquel féretro al de apoyar las manos en aquel conjunto de tablas. Horrorizada, la desesperación observo el retrato de la muerte en el rostro dela niña que solía jugar alrededor de todos, con sus irritantes saltos y esa sonrisa que lo justificaba todo. No pudo evitarlo y vomito la realidad, sus recuerdos y el presente, ahora todo era irónico y esporádico.


La rabia hacía tiempo que había llegado, fue quien menos importancia tomo a la razón de dicha reunión, danzaba con un cigarrillo entre los labios y una copa de vino en la mano derecha, giraba en un mismo punto mientras dejaba derramarse el alcohol. El entorno le era patético y no encontraba razón para las caras largas y las quejas absurdas. ¡En honor a ella! –grito al alzar la copa–. De la señorita que por fin han notado todos ustedes, de la estúpida niña que nos deja más espacio para ignorarnos.

Todos ustedes no significan nada.


–¡Cállate! –Grito el amor al escuchar tan aberrantes palabras–. Tú nunca estuviste a su lado, por lo menos muestra un poco de respeto frente a su cuerpo y nosotros. No la conociste y ni siquiera te tomaste la molestia de ayudar cuando estaba moribunda, implorando ayuda mientras rogaba la salvación por aquel idiota.


–Mira quien lo dice –contesto la rabia irónicamente–, el pelele que cree resolverlo todo con un beso. No necesitaba que cada uno de ustedes me mirara para poder estar a su lado, yo fui el primero en recibirla cuando llego aquí mientras vagaba inocente. Fui yo, aquel que tomo su mano por primera vez y la cobijo con un abrazo. Fui yo, aquel que la guió entre los escombros de lo que solíamos ser y le dio su nombre.

Ahora míranos a todos, anhelando un milagro y ella recostada, muerta e indiferente; evita decir más estupideces, pocos fuimos los que tuvimos la oportunidad de pasar un momento a su lado y revivir nuestras razones.

14 de Febrero de 2020 a las 02:28 0 Reporte Insertar 0
Continuará…

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