Hambre Seguir historia

soykenwilde1581532510 Ken Wilde

A continuación se narra una historia donde podrás vivir en cada palabra el grado de desesperación al que puede llegar un ser humano cuando sus experiencias vividas superan el límite propio de cada persona, llevándolo a cometer actos ajenos a su alma y corazón. Esta es la historia de Richard Miller un hombre que vivió su propio horror cuando su mente llegó al límite.


Horror No para niños menores de 13.

#sangre #gore #hambre #horror
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HAMBRE

Richard Miller no podía dormir, se sacudía de un lado a otro en su lecho.

Con sus manos apretaba desesperado su estómago; le dolía mucho y burbujeaba febril. Sentía como su panza había aumentado casi cuatro tallas, convirtiéndose en una grotesca bola que contrastaba con su escuálida apariencia. Richard sabía que la maldita dolencia, se debía a una acumulación de gases que lo tenían asqueado de eructos con un nauseabundo olor parecido al de los huevos podridos, pero la verdad es que su última comida (hace ya dos días), no tenían huevos en su menú. Entonces, llegó a concluir que su indigestión era causada por ingerir carne mal cocinada. Pero era improbable pues otrora, Richard había sido cocinero del ejército, por lo tanto, estaba más que entrenado para conocer el punto de cocción perfecto de la carne, la cual cortaba con mucha precisión y no con cualquier cuchillo de la malsana cocina del cuartel. Cada corte de los bifes, los hacía con su propio cuchillo de campaña, el cual con un suave movimiento destazaba la carne separando bien la grasa del solomillo. Sus compañeros del pelotón siempre tuvieron en buena estima la comida preparada por el sargento Miller, lo cual era una suerte, pues de lo contrario tendría que sufrir molestas rutinas de ejercicios por provocar indigestión a sus superiores.

La razón de su propia indigestión, debía ser emotiva, se sentía abatido por la soledad, es probable que el vacío de su corazón se conectara de alguna forma con sus intestinos hinchados, y según su propia lógica, esta no era una filosofía muy compleja, pues siempre había escuchado el dicho popular “amor con hambre, no dura”, y por la puta virgen María que tenía razón quien haya inventado esa frase. Fue el maldito hambre que le había arrebatado a su bella Gina, que en paz descanse. Ella fue víctima de los estragos del hambre que inundo la ciudad, sumergiéndola en la desolación. Los gobernantes pomposos y regordetes hablaban (con la barriga llena y el corazón contento) que la escasez de alimentos, solo era una invención de los medios, y por lo tanto la hambruna solo era producto del imaginario colectivo. Pero Richard y su familia, habían experimentado en carne propia la realidad.

La familia Miller había sido testigo de la locura y el desespero que se produjo en la población al no poder adquirir los alimentos, tal era el desequilibrio de la gente que después de saquear cualquier lugar donde se almacenaran suministros, terminaron finalmente por asaltar las casas de sus vecinos, únicamente para poder robar un pan duro. Bienaventurados los que roban pan para poder comer, un dicho que Richard había escuchado en una canción, quizás quien la escribió tenía hambre en ese momento, y por ello se podría autojustificar, llamándose a sí mismo “bienaventurado” al arrancar de la boca el alimento de otro ser humano, con tal de poder alcanzar su propio sustento. Es pensamiento reconfortante para Richard Miller, quien no sintió ni un ápice de odio cuando se enteró que una horda famélica de bienaventurados irrumpió en su casa, dejando como resultado una esposa muerta que no quiso dejarse robar unos cuantos panes que él había podido negociar unos días antes para alimentar a su hijo Dylan, un pequeño de 4 años quien no se resistió al robo porque posiblemente en su infantil razonamiento él sí logró entender que las personas que violaban a su madre eran bienaventurados que necesitaban saciar su hambre voraz.

La noche entraba en su apogeo y los cólicos continuaban, en su ardor el sargento notó que el reloj de su mesa iluminaba las 11:50 PM. Fue entonces cuando sintió como los jugos gástricos quemaban su garganta, se propuso a levantarse rápidamente de su cama (la cual queda mejor definida al llamarla apestoso catre). Corrió hasta su cuarto de baño donde vomitó pequeños trozos calientes.

Estando de rodillas frente al inodoro, el alivio llegó poco a poco.

Limpiándose la boca con sus manos, tomó conciencia del silencio de su casa, más silenciosa que de costumbre, pues claro, todo estaba silencioso porque normalmente a esa hora Dylan estaría dormido “justo como ahora”. Una lagrima rodeaba su mejilla, su indigestión si era emocional. Nunca nadie tendrá un mejor hijo, como le encantaba verlo correr, y oírlo decir, “te quiero papá”. Sus pensamientos entonces se vieron opacados por el hambre, a pesar que había vomitado hace menos de diez minutos, comenzó a sentirse hambriento, que molesta sensación, un tormento que no se termina, un dolor en la mandíbula que no se calma, y la única solución es que los dientes mastiquen el jugoso alimento.

Resuelto a saciar su apetito, caminó desde su cuarto de baño al refrigerador, fue entonces cuando el silencio fue roto por el reloj que con un pitido anunciaba la medianoche. Quizás ya era muy tarde para comer, aunque sentía mucha ansiedad, ¿Qué tan mal podía caer un pequeño refrigerio nocturno? De todas maneras, no tenía por qué cuidar su figura, él estaba solo, viejo y calvo. No obstante, el hambre, es inclemente, no la puedes ignorar cuando ruge en tu estomago como una criatura en medio de la oscuridad.

Richard sabía que debía atender sus más profundos deseos, después de todo, complacer esos mundanos lujos era algo que no todos podían hacer en estos tiempos de hambruna.

Se acercó al refrigerador, saboreando en su mente todo lo que podía preparar con las sobras. Abrió la puerta de su congelador, que antes era blanca y reluciente como los pensamientos de un niño inocente, pero que ahora solo exhibía oxido y un opaco color crema. Al abrir la puerta del congelador, un hedor dulce como la canela lo abrazó.

De pie frente al refrigerador descompuesto, desnudo desde la cintura para arriba, exhibiendo una execrable y abultada panza, el sargento Richard aspiraba la nauseabunda peste de los pocos trozos a medio comer de la carne putrefacta que otrora fue su amado Dylan.

Sin duda, la indigestión, era emocional, pues él era un gran cocinero, sabia como preparar cualquier platillo, y hace dos días atrás cuando el hambre lo atacó, lo volvió a comprobar. Recordó como enloquecido o bienaventurado por el hambre, asió su cuchillo de campaña, y lo insertó en la pancita de su hijo, mientras el pequeño gritaba, “¡No papá, no!”, para luego cerrar sus ojos para siempre, con una horrenda mueca en su rostro sanguinolento, la cual aún conserva mientras su cabeza reposa en ese último plato en el congelador de su heladera.

12 de Febrero de 2020 a las 20:05 1 Reporte Insertar 1
Fin

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Aoshin Kuzunoha Aoshin Kuzunoha
Me gustó mucho esta historia. La imaginé como si estuviera en sus zapatos. Desde un inicio lo esperaba, pero de igual forma fue impactante ése final.
March 04, 2020, 13:39
~

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