LOVE ME Seguir historia

lisbeth88a Lisbeth Vargas

Este escrito es un fragmento de un proyecto personal que escribo desde hace años. Es un relato corto y sugerente, que describe muchos de esos sentimientos y sensaciones que se experimentan cuando la química del amor se convierte en un potente cóctel hormonal. Contiene lenguaje sexual explicito así que se recomienda discreción del lector. Todos los derechos reservados.


Historias de vida Sólo para mayores de 18.

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Cuento corto
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IDILIO

PRÓLOGO

Y fuimos así tan felices, que nuestras almas, antes claras e inocentes, se transformaron.


*****

Amar para mí es una decisión, una que implicaba darse por entero, con la plena convicción y satisfacción de sentirse correspondido, esa que sólo puede darse con el pleno conocimiento de la persona que se dice querer.

Mi ideal del amor está estrechamente ligado a la visión de una relación en la que no existían las condiciones ni las luchas constantes, ni miedos, ni obstáculos, ni mentiras, ni nada de eso, sólo la entrega del uno al otro que se desprenda de la necesidad desinteresada de darse.

Habían pasado algunos meses desde que mi novio y yo habíamos regresado, y aparentemente todo a nuestro alrededor se comportaba extraordinariamente; parecía que por fin la relación iba a tener un poco de exclusividad, pues antes de cualquier capacidad nuestra y más allá de cualquier fracaso, existía un dato que no se alteraba, una roca firme e inamovible en la que apoyarnos: éramos hechos por el otro, éramos queridos, éramos fruto de un amor inquebrantable. Nuestra felicidad residía en ser amados y en darnos cuenta de ello.

Y yo sentía que había llegado el tiempo de avanzar y no mirar hacia atrás. No podía permitir que la duda que aun estuviera adherida a mí, me nublara la mente. Necesitaba confiar, y amar con libertad, sin limitaciones, y con la total convicción de que nuestro amor era capaz de transformarse y resurgir, incluso desde las cenizas.

Y llegaron esos extraordinarios momentos que se pueden experimentar en primera persona; del amor compartíamos con todo el corazón, la auténtica autonomía de nuestras almas; ambos habíamos alcanzado el nivel adecuado en el que podíamos valernos por nosotros mismos sin necesidad de muletas y podíamos ofrecernos libres y sin condiciones.

Y así, el amor resplandeció en la totalidad de la palabra. Esos fueron días de amor ciego, de vino y rosas, de mariposas que revoloteaban en el estómago. Vivíamos nuestro idilio con toda la pasión de nuestros sentidos; sin detenimiento, sin impedimento alguno, al margen de la influencia de los niveles de exaltación y al hilo de las sensaciones indóciles ajenas a nuestra capacidad de autocontrol, que lentamente iban seduciéndonos e induciéndonos en un mundo ignoto.

Acciones tan simples como tomarnos de la mano, sonreír tímidamente, hacer contacto visual alargado, la cercanía, el contacto físico, los besos, los abrazos y ciertos comportamientos verbales y no verbales, reflejaban en nosotros sensaciones de atracción, que posteriormente fueron transformándose en una forma de erotismo.

Hasta ese entonces, lo inexplorado nunca había sido un terreno atractivo para mí, o por lo menos no del modo en que últimamente había estado notándolo en mi cuerpo. Pensar en mi novio y en cada uno de sus besos me ponía tensa. Deliberadamente recordaba todos los detalles después de cada contacto con gran codicia; cómo me tomaba entre sus brazos y me miraba firmemente con aquellos magníficos ojos y después me besaba. Alababa su modo de centrarse en mí como si no existiera nada más en el mundo. Añoraba cómo me hacía sentir con cada mimo.

Cuando estábamos solos o en los días que hacia frío, nos acurrucábamos frente al televisor y él pasaba un brazo detrás de mi espalda y me cubría en un abrazo. Otras veces se tendía sobre la cama y recostaba su cabeza encima de mis piernas y yo lo besaba. Me perdía en la totalidad de sus labios, y cerraba los ojos concentrándome en cada fluctuación, sintiendo en lo más escondido de mis entrañas lo desmedido de sus besos.

Una necesidad constante de besarnos y abrazarnos se había apoderado de nosotros, y cuando estábamos solos, nos entregábamos a besos y oscilaciones profundamente sensuales, y aunque sin ser cien por ciento conscientes de nuestros actos, cada contacto daba cabida al deseo carnal y a la pasión física.

Y así fue que un día sucedieron los hechos que voy a relatar a continuación, que son una transcripción fiel a los acontecimientos que tuvieron lugar por el mes de Abril, y cuyos sucesos, a puño y letra están registrados en las páginas de mi diario:


ABRIL DE 2005,

DE ABRILES Y DEBUTANTES


Estoy mirando y estoy oyendo, con la mitad de mi alma en el cielo y con la otra mitad en la tierra. Veo unos preciosos ojos que me miran con ambición, poseídos e impresionados. Al unísono, escucho el golpeteo de nuestros labios estallando en un clamor lisonjero, atrevidos, explorando el deleite más perfecto. Con cada beso, con cada mirada, con cada acercamiento, la expresión de un mundo que es privado, que es oculto y secreto se insinúa en medio de nosotros.

Mientras nuestros besos se vuelven cada vez más impacientes y más vigorosos, voy sintiendo como gradualmente, el peso subyugante de su cuerpo me está venciendo. El automatismo de mi mente me impulsa y me aferro de su camisa con fuerza, después lo rodeo con mis brazos. Y lentamente, y sin ser muy conscientes, su cuerpo se recarga todo sobre mí.

Mis músculos se tensan cuando siento completamente el peso de todo su cuerpo sobre el mío. Con la espalda apoyada sobre la cama y a merced de esos ojos que me miran con una necesidad sugerente, mi corazón late agitadamente. Pienso que desea mis besos, pero eso es solo una pequeña parte de un todo más complejo.

Sus labios osados chocan contra los míos, que indefensos, aunque de forma recíproca, arden en las llamas del deseo. La carga sensual que se respira en el ambiente, nos ha sumergido en un abrupto despertar de los sentidos; y para ese momento, ninguno de los dos es consciente de ello.

Su aliento invade cada rincón de mi cuerpo, los poros de mi piel se dilatan y apenas puedo percatarme de sus palabras que llegan todas a mis oídos como un susurro. Con cada beso, las vibraciones se extienden a lo largo y ancho de mi cuerpo, mientras que mi mente razona a velocidades insospechadas, tratando de asimilar lo que estoy experimentando. Él espera una respuesta a su pregunta, con la mirada ansiosa y temerosa; pero mi garganta no logra emitir ningún sonido, porque mi cuerpo, absorto en toda clase sensaciones desconocidas, ha hecho que a mi mente le falten las palabras y tan solo puedo sonreírle.

Entonces volvemos a unir nuestros labios y yo me sumerjo en el caudal de emociones que invaden mi conciencia. Una conmoción desmesurada irrumpe violentamente en mi mente tras sentir claramente su erección rozando mi entrepierna. Su calor me cubre por completo. Tengo el corazón exaltado y el cuerpo maniatado, inflamado y poseído. Quiero huir de mi misma; pero al deseo le precede un sentimiento, y aunque cierre los ojos y me cubra el corazón enteramente, su cuerpo tiembla encima de mí, revolviendo las aguas y atormentando mis sentidos.

Siento deseos de acariciarlo, pero somos incapaces de movernos. Un temor Infantil y cobarde manipula nuestros cuerpos embriagados por el deseo, pero incapaces de llegar al intercambio sexual.

De repente y de forma intempestiva todo cambia. Entre respiraciones y sollozos veo labios rompiendo cosas cifradas, empapando lo oscuro. Veo pieles erizadas como gatos rabiosos, lenguas, sangre y medidas de mujer, y un cuerpo de hombre. Veo una cama donde gritan dos cuerpos vírgenes, veo frazadas y un cuerpo penetrado y entregado, golpeando con vehemencia el eje de anatomía sobre la cama. Y entonces hay este sonido: un crujir de carne y huesos, una gran descarga, como una avalancha que súbita y violentamente, se desprende desde nuestras entrañas, ladera abajo.

Entonces abro los ojos de un salto. Mi mente me ha transportado por un fascinante y recóndito sueño que tenía, víctima de la pasión y del deseo que rebosó la incertidumbre de nuestros cuerpos.

Estamos abrazados, tímidos y mudos, insuficientes para comprender que las sensaciones están en la base de los deseos. Nos encontramos expuestos bajo la incontenible codicia de hacer el amor, pero ninguno de los dos se atreve a amar más allá de lo que la barrera de nuestras ropas aprueba.

Estamos viviendo la iniciación de nuestra primera experiencia sexual que mucho más allá de parecer un itinerario prohibido, es algo mágico, porque a nuestra escasa edad, el deseo se ha convertido en el portavoz de nosotros mismos.


*****


11 de Febrero de 2020 a las 18:45 0 Reporte Insertar 2
Continuará…

Conoce al autor

Lisbeth Vargas Me apasionan muchas cosas… Qué puedo contarles… Que me gusta escribir desde que aprendí a empuñar un lápiz y le hallé sentido a las palabras. Que me puedo pasar horas y horas dejando volar mi imaginación y me gusta crear mundos paralelos. Que me gustan las historias de amor cliché, que me declaro fanática del misterio y el suspenso. Tal vez tenga un poco de oscuridad, un poco de esto, algo más de aquello... y aquí estoy desde mi ventana de papel

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