dan-aragonz1552556782 Dan Aragonz

Un cazador se desvía de su camino cuando regresa a casa.


Suspenso/Misterio No para niños menores de 13.

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LA MALDICIÓN DE WESTON



Henry Dalton solo atrapó tres conejos la última noche de cacería en el bosque de Weston. Aunque sabía que sacaría algo de dinero por los animales que llevaba en la parte trasera de la camioneta, no le hacía ninguna gracia que sus compañeros del círculo de cazadores se burlaran de él y su gran danés. Sobre todo su colega Charles Wax, con quien había perdido el último dinero que tenía disparando a unas botellas de cerveza, y quien, además, insistía en que debía deshacerse de ese viejo perro bueno para nada.
Aceleró a fondo y se concentró en la carretera.
Si no se daba prisa, pronto los conejos olerían mal y no podría venderlos en la feria del pueblo. Lo único que ansiaba, después de una semana de caza a la intemperie, era llegar a su cabaña y descansar, profundamente. Al igual que lo hacía Dexter, a su lado, quien parecía soñar algo agradable por cómo se lamía.
Sin embargo, no podía dejar de pensar que su compañero tenía razón. Dexter ya no estaba en condiciones de seguir acompañándolo a cazar porque ni siquiera podía perseguir a un par de conejos heridos.
Cuando vio, a unos doscientos metros, a un costado de la autopista, que una abertura se acercaba, bajó la velocidad.
Cogió el desvío aunque estaba a punto de oscurecer. Pero confiaba en su orientación y en el tiempo y gasolina que podía ahorrar si continuaba por ese atajo. Sin embargo, a poco de dejar a atrás la carretera e internarse en un camino, rodeado de árboles que parecían llevar ahí una eternidad, un excéntrico reino de vegetación negruzca apareció delante.
— ¿Qué rayos es esto?—dijo a su perro que continuaba dormido.
Estaba seguro que el paisaje fosilizado parecía sacado de una película de la edad de piedra. Había escuchado historias sobre un volcán dormido en Weston. Pero nunca imaginó que fueran ciertas y que toda esa zona estuviera cubierta por roca volcánica.
Dexter despertó asustado por un rayo que estremeció el cielo.
Ambos se miraron preocupados. Henry no había escuchado nada en la radio sobre una tormenta en Weston. Pero un grupo de nubes negras, que oscurecieron lo que quedaba de tarde y una leve lluvia que comenzó a agarrar fuerza, lo hicieron entender que no era su día.

Detuvo la camioneta y se quitó el cinturón.
Las gotas sobre el parabrisas se convirtieron en delgados riachuelos que trataban de filtrarse como delgados tentáculos por el cristal. El agua que entró mojó la cabeza de Dexter y el animal soltó un desagradable aullido que enfadó a su amo.
—Tiene razón mi compañero—y, enfadado, estiró su brazo por sobre su gran danés y le abrió la puerta para que saliera— ¿Qué esperas?—le dijo recordando el momento en que sus compañeros vieron como el perro había dejado escapar a un zorro— ¡Vete y no vuelvas nunca perro inútil! ¡Lo único que haces es quejarte!— y le gritó enfadado, y Dexter de un salto se pasó a los asientos traseros sin que su amo pudiera hacer nada al respecto.
Se bajó enojado cargando una larga cadena en su mano derecha, mientras la lluvia empeoraba.

Apenas abrió la puerta y lo tuvo delante se la enganchó al cuello. Arrastró a Dexter hasta un árbol fosilizado que vio fuera del camino y mientras trataba de atarlo al tronco negro caído posiblemente por el viento, Dexter se escabulló y regresó corriendo al vehículo.
Henry, furioso, estuvo a punto de darle con la cadena cuando lo alcanzó. Pero cuando vio que su gran danés erizó su pelaje y le ladró, se contuvo de castigarle por su desobediencia. Sin embargo, estaba tan alterado, que Dalton se dio cuenta que no le ladraba a él sino que a alguien más.
Siguió al perro que echó a correr hacia el bosque. Cuando alcanzó al can que llegó hasta un colchón de hojas secas, en mitad de la vegetación negruzca, que se volvía más abundante, encontró una serie de cosas de camping; había una carpa deshecha, ropa podrida y una vieja caña de pescar, que de seguro había sido utilizada en el río que se escuchaba a lo lejos.
Sin embargo, su sorpresa fue mayor al levantar la mirada.

Colgada de la rama, de un gran árbol fosilizado, una extraña figura llamó su atención.
Una pila de huesos atados con alambre, que no sabía si eran humanos, emitían un desagradable ruido al moverse con el viento. Henry recordó a los Craven y se le puso la piel de gallina. Se decía que aquella pareja desaparecida, de la cual no se pudo comprobar si se trataba una historia real o un invento de las personas del pueblo, practicaba la brujería.
Como no quería pensar en eso, trató de concentrarse en otra cosa. Sin embargo, se dio cuenta que no era la única pila de huesos y que estaba rodeado de una decenas de esos extraños símbolos que colgaban de los árboles.
En ese momento, deseó no haber cogido nunca aquel desvío. Pero no podía hacer nada.
Echó a caminar hacia la camioneta para dejar de imaginar cosas. Algo le decía que la desaparición de los jóvenes no era más que un viejo cuento de pueblo. Aunque no solamente Charles Wax le había narrado las excentricidades de los Craven. También lo había hecho el viejo Gunnar, quien aseguraba que los jóvenes habían tratado de invocar a una misteriosa entidad, venida de las estrellas, que después de su caída dese otro mundo nunca más abandonó esa zona de Weston.
—Pero que tonterías estoy pensando—dijo en voz baja y abrió la puerta y se sentó al volante.
Acomodó el retrovisor y puso marcha atrás. Aunque por alguna extraña razón, no conseguía mover la camioneta, que solo salpicaba barro en su intento por salir de allí cuanto antes. Al tratar de avanzar le pasó lo mismo.
Sacó la cabeza por la ventanilla y se dio cuenta que estaba atascado en una grieta y como no quería pasar la noche allí, continúo acelerando sin poder evitar pensar en los Craven.
Dejó de sugestionarse y mantuvo el pedal a fondo. Pero el neumático, dentro de la grieta, que veía por el espejo, patinaba.
La lluvia cesó y los árboles, a su alrededor, tomaban extrañas formas producto de la dirección en que se había disparado su imaginación. No podía concentrarse y su sentido de la orientación se había convertido en una brújula rota. Más cuando volvió a escuchar que Dexter cerca de la camioneta, que ladrada en dirección a los arboles fosilizados; Henry Dalton sabía que su gran danés podía ver algo, que él no.
Con el corazón, acelerado, tanteó la escopeta sobre los asientos traseros para sentirse seguro. No creía en fantasmas, aunque sabía que no había explicación racional para todo. Como nunca encontraron huellas de los Craven, después de esfumarse de la tierra sin dejar rastro, la idea que algo se los había llevado, se volvía real en la mente de Henry.
Asustado por los ladridos de Dexter, que se volvían más fuertes, dejó caer todo su peso sobre el pedal y la camioneta salió disparada entre los arbustos.
Varios metros más adelante, mientras las botellas vacías de cerveza chocaban bajo su asiento, reconoció el camino de regreso a la carretera. Pero su envidiada vista en el círculo de cazadores, no anticipó el árbol que se le vino encima.
La rama atravesó el parabrisas y rozó su oreja. Por suerte solo le produjo un corte en la frente. Algunos de los diminutos pedazos de cristal que volaron hacia afuera en un movimiento antinatural, quedaron incrustados en el tronco que deformó el capot de la camioneta.
Metido bajo el volante y con un zumbido catatónico, en su oído izquierdo, escuchó a Dexter ladrar a lo lejos y recuperó el conocimiento. Abandonó la cabina, mareado, y su gran danés le puso las patas delanteras sobre el pecho y le lamió la cara cuando lo tuvo cerca.
Sin embargo, su amo como pudo se apoyó del vehículo, para no caer, y le lanzó una patada que Dexter esquivó con facilidad.
— ¡Aléjate de mí perro estúpido!— y la lluvia, de pronto, se desató.
Otro rayo cayó. Pero Henry estaba concentrado mirando el grueso tronco que casi lo mata. Ni siquiera podía intentar mover su vehículo en las condiciones en que había quedado. Necesitaría la fuerza de varios hombres o de una bestia para moverlo. Pero eso no era todo. Cuando buscó su radio en la guantera para comunicarse con alguno de sus compañeros del círculo de cazadores, vio que la batería estaba a punto descargarse.
— ¿Charles, me escuchas?—dijo, apresurado, cuando se acercó el radio a la boca—Habla Dalton ¿Me escuchas?—y le dio un par de golpes al aparato, pero no consiguió más que interferencia como respuesta.
Sacó un chubasquero que guardaba bajo el asiento trasero, se alejó de la camioneta y sentó bajo un árbol junto al camino. Estaba seguro que cogería un resfriado, al igual que su perro que se metió debajo de la camioneta porque estaba todo empapado.

Fue entonces, que su barriga reclamó y recordó que llevaba varias horas sin comer. Aunque le preocupaba más que el seguro de su vehículo no creyera en su historia. El nivel de alcohol que llevaba encima sobrepasaría con creces lo permitido, aunque solo habían sido unas cuantas cervezas. Esta vez, no solo le quitarían su licencia de conducir, sino que anularían también su permiso de por vida.

Henry alzó la vista a través de la copa de un árbol y se dio cuenta que ya era de noche. Las estrellas brillaban como nunca y un viento tibio rugía entre los árboles. Luego un silencio incómodo se instaló en el bosque. Fue cuando supo que Dexter también sentía hambre por cómo se saboreaba.

Encendió un cigarrillo y las gotas que caían de las ramas se lo apagaron. Arrugó la cajetilla vacía y la lanzó cerca de la camioneta. Dexter la siguió como si fuera una varilla. Henry al ver su estúpido comportamiento se levantó y le tiró otro puntapié, aunque falló.
Fue entonces que, gracias a la luz de la luna, observó que el tronco sobre su coche no parecía un simple accidente; la gran abertura del árbol había sido cortada por una sierra o algo parecido. No podía ser otra cosa. Aunque Henry prefería pensar que el viento lo había hecho ceder y no los Craven, que pensaba podían andar por ahí como almas en pena.

Sacó una linterna de la guantera y acercó a mirar con detalle la marca del tronco fosilizado. Algo filoso y grande lo había rasgado como si fuera un trozo de cartón. Parecía hecho por el zarpazo de un enorme animal y esperaba, por su bien, que no fuera lo que acababa de escuchar moverse entre los matorrales.
— ¿Dexter? — y apuntó el rayo de luz hacia las ramas que continuaban moviéndose—¿Eres tú?

Se apresuró. Cuando estuvo cerca de los arbustos, el ruido cesó. Había algo atascado entre los espinos que trataba de zafarse. Apuntó la linterna entre las ramas y se quedó en silencio. Pero se quedó paralizado cuando vio, que algo que no alcanzó a distinguir lo que era, se alejó gruñendo en la oscuridad.
Las piernas le temblaron. Su corazón latía tan rápido que pensaba que aquella cosa blanca y peluda regresaría con tan solo escuchar sus latidos.
—Ve por esa cosa— le dijo a Dexter cuando lo vio aparecer moviendo la cola— ¡Ve tras él!— Pero el can, en vez de ladrar, se echó en el piso.

Henry recogió una piedra y se la lanzó en el hocico.

— ¡Largo de aquí, cobarde!— y Dexter chillando se metió en el bosque y desapareció.

Como Henry no quería seguir allí se encaminó en busca de la carretera. El silencio tras caminar durante varios minutos bajo la noche, se volvió eterno para Henry Dalton. Deambuló durante media hora por el bosque petrificado, sin rumbo. El frío viento que soplaba desde la montaña le calaba los huesos. Sus botas se mojaron por dentro y una seca tos, se apoderó de su garganta. Cansado de andar, sin encontrar ayuda, se echó junto a un viejo árbol y se quedó dormido.
Sin embargo, se despertó, sin saber cuánto tiempo había pasado, cuando escuchó la bocina de su camioneta a lo lejos.

Echó a correr, en su malogrado estado, y regresó por el bosque siguiendo el sonido que no paraba. Sabía que alguien había encontrado su vehículo varado. Pero cuando llegó, siguiendo el rastro auditivo, se encontró con que no había nadie cerca.
Con un puñetazo detuvo el claxon.
De seguro, el tronco, que descansaba sobre el coche, había activado la bocina. Se dejó caer, exhausto, en el asiento del piloto, y notó de lleno el cansancio.
No obstante, despabiló al ver por el retrovisor que la manta que cubría los conejos muertos que llevaba atrás no dejaba de moverse.

Extrajo la escopeta con la punta de sus dedos y abandonó la cabina. La historia de los Craven lo tenía sugestionado. Si se trataba de las almas en pena de los dos jóvenes sabía que no conseguiría nada disparando.
Rodeó el vehículo y apuntó a la manta que continuaba sacudiéndose. La silueta en movimiento era la de un hombre y esto lo hizo dudar de apretar el gatillo. Pero bastó que sacara el dedo del percutor para que, de un salto, la extraña criatura blanca abandonara la camioneta con dos conejos muertos colgados del hocico y corriera en cuatro patas hacia el bosque.
Henry echó a correr tras la criatura, sin perderle de vista. Avanzó a paso lento entre los árboles, esperando el momento oportuno para darle un tiro. Sin embargo, solo logró ver su larga cola blanca cuando esta desapareció entre los arbustos.

Le pareció ver una rata gigante y eso le puso la piel de gallina. Nervioso, revisó que el arma estuviera cargada y echó a correr detrás de la bestia aunque no pudo alcanzarla. La idea de ganar dinero llevándosela a casa se apoderó de él. Aunque sabía que para eso debía dejar el miedo de lado y conseguir ayuda.

Las nubes se reorganizaron en lo alto y el viento se calmó. Nuevamente, empezó a llover.
Dalton se cobijó bajo el primer árbol que tuvo cerca y se quedó allí en silencio. Exhausto, apoyó su espalda y se dejó caer junto al árbol. Pero era presa fácil para aquella horrible criatura si se quedaba dormido allí. Solo el canto moribundo de un grillo lo acompañaba en la oscuridad.

Pasado un par de minutos se reincorporó, nervioso. No quería que la bestia lo sorprendiera. Por seguridad, se acomodó la escopeta en el hombro y se encamino entre los árboles a paso lento. Estaba decidido a encontrar la carretera principal para regresar y conseguir ayuda de sus colegas para atrapar al extraño animal.
Sin embargo, el problema era que debía encontrar a alguien que lo aventara hasta el pueblo.
Fue entonces, que el cielo crujió y una torrencial lluvia se dejó caer, repentinamente.

— ¡Ayuda!— gritó Henry, con las fuerzas que le quedaban. Pero incluso el coro de grillos que cantaba era más potente que el grito ahogado que salió de su garganta.

A lo lejos, en su desesperación, vio bajo una loma, llena de arbustos, una pequeña una cueva. No era muy grande. Pero parecía un buen sitio donde cobijarse hasta el amanecer.
Apenas estuvo dentro del improvisado refugio, no resistió más el cansancio. Apoyó su espalda en la irregular pared de la cueva y se dejó caer. Sus ojos empezaron a cerrarse solos. Había dormido en sitios gélidos e incómodos, pero ese no parecía que lo fuera del todo. Apoyó el rifle junto a su pierna. Esperaría hasta el amanecer para caminar tranquilo hasta la carretera.
Sin embargo, tras su primer ronquido espontáneo, se despertó al escuchar un ruido que venía de fuera de su escondite.

Se agazapó, contuvo la respiración y cómo pudo cogió el rifle. Luego se arrastró hasta la boca de la grieta y solo asomó la mitad del rostro. Su corazón se aceleró cuando vio que aquella bestia blanca y enorme se acercaba sigilosa a él.
Empuñó con fuerza el rifle y se metió más adentro para recibirla con un disparo. Claramente, podía ver el pelaje largo y blanco, similar al de un lobo siberiano, que tenía la criatura. Además de un hocico negro y unos dientes que brillaban en la oscuridad. Pero además estaba cubierto de una capa de hielo que se derretía y eso desconcertó a Dalton. Dedujo que quizás ese horrible engendro se había comido a los Craven.
Acostado en el suelo trató de apuntarle, sin moverse. Pero las piernas le temblaron cuando vio que la criatura olfateaba la boca de su guarida. El miedo se apoderó de su cabeza y cerró los ojos. Sin embargo, los abrió, de forma inmediata, cuando algo que se acercaba por entre los arbustos, provocó que el animal blanco se alejara corriendo y desapareciera entre los árboles.
No vio venir lo que entró a su refugio y le saltó encima. Dalton comenzó a gritar como un loco, mientras sentía unas garras sobre la cara. Fue entonces, que se dio cuenta que el líquido que caía por su rostro no era su sangre como imaginaba, sino la saliva de Dexter.
— ¡Casi me da un infarto perro infame!—y se sacó a su mascota de encima de un manotazo y lo lanzó fuera de la guarida.
Dexter lo miraba jadeando con la lengua afuera y meneaba la cola. Se notaba que estaba muy contento de verle. Pero Henry, en cambio, salió de su guarida sin decir una sola palabra. Cuando a lo lejos escuchó el río, se encaminó entre los arbustos siguiendo el sonido de las turbulentas aguas. Dexter, que no quería perderle de vista, lo siguió y avanzaron juntos en silencio hasta que encontraron el caudal.
En la orilla, Henry se agachó y con ambas manos, simulando un cuenco, consiguió beber agua, sin problema. Luego se alejó sin decir nada. Estaba desorientado y las fuerzas ya no le acompañaban. Solo quería comer algo y Dexter también, por como el hocico le babeaba.
Henry, asustado, pensó en que podría terminar siendo la comida de su perro. Y para que eso no le sucediera se le ocurrió darle un tiro. Aunque desechó esa opción porque no quería que aquella criatura horrible oyera donde estaban. Se le ocurrió una mejor idea.
Cogió una roca y la lanzó por sobre el río. La piedra cayó del otro lado y antes que se diera la vuelta, Dexter ya nadando contra la corriente pensando que era un juego.

El perro estaba a punto de llegar al otro lado cuando la fuerte corriente lo arrastró y se lo llevó. Henry lo escuchó aullar una última vez y se alejó de la zona.
Tras caminar entre los árboles sus tripas reclamaron como si se lo fueran a comer por dentro. Llevaba horas con el estómago vacío y la falta de energía en sus movimientos, era la principal prueba. Sin embargo, no encontró nada comestible en su camino sin rumbo. Ni siquiera un fruto seco. La zona estaba cubierta casi por completo por roca volcánica.
El paisaje fosilizado, a su alrededor, parecía sacado de una época remota a la civilización humana. Le daba la impresión que las amorfas ramas que lo rodeaban, en lo alto, querían agarrarlo para saborear su carne humana. Aunque sabía que su delirio era por el golpe que se había dado en la cabeza.
Tambaleándose, de un lado a otro, con el rifle, que le parecía cada vez más pesado, cruzó unos matorrales. Fue allí que encontró su linterna en el suelo y la camioneta frente a sus narices.
Como pudo se acercó a la parte trasera del vehículo y cogió al conejo, que quedaba, de las patas. Estaba tan hambriento que nada le importaba. Pero al oler al animal supo que estaba descompuesto. Con asco lo lanzó lejos. No quería morir intoxicado y menos que sus compañeros se enteraran que no sabía diferenciar la carne podrida cuando lo encontraran muerto.
Entregado a su mala suerte, se metió a la cabina para descansar y trató de encender la radio para relajarse y quedarse dormido. Pero en vez de eso, escuchó que algo se acercaba entre los árboles.
Bajó de la camioneta y apuntó a la criatura blanca que había vuelto. En su boca llevaba el conejo podrido que había desechado. También parecía estar hambrienta por como jadeaba. Le disparó dos veces, mientras esta corría por el bosque. Pero su puntería no valía de mucho en su agónico estado.
Sin embargo, el horrible quejido de la bestia, que asustó a los pájaros que volaron en todas direcciones, avisó que le había dado. Podía verla huyendo herida por el bosque a menor velocidad. En un par de segundos, recompuso el ritmo de su respiración y echó a correr tras la bestia blanca en un último intento.
Exhausto, porque la había perdido de vista, se detuvo jadeando. Pero fue solo avanzar un par de metros y observar varias manchas de sangre regadas sobre unas hojas, para encontrar el cuerpo peludo de la bestia, sin vida.
Henry no era un sujeto a quien se pudiera engañar fácil y nadie le sacaba de la cabeza, cuando se agachó junto a la criatura, que acababa de asesinar a un hombre.
Tocó el grueso pelaje y pensó que era un traje para el frío o algo similar, como el que usan los esquimales en la nieve. Sin embargo, para su sorpresa, los largos pelos blancos eran propios del cuerpo de la bestia. Nunca había visto nada parecido en sus años de cazador. Encontrar una respuesta en su cabeza no fue opción. Lo que estaba frente a sus ojos parecía sacado de la prehistoria. Tenía el rostro cubierto de abundante pelo blanco y sus garras eran enormes como una sierra. Pero tenía rasgos humanos.
Lo agarró con cuidado de las patas, evitando clavarse las garras de la criatura y se empapó las manos del hielo que de su velludo cuerpo que se había derretido.
—Me haré millonario con este animal—dijo entusiasmado, Pero trató de arrastrarle sin conseguir avanzar demasiado.
Decidió dejarlo donde estaba y regresar por la bestia más tarde. Si juntaba unos cuantos hombres, lograrían subirlo a algún vehículo y llevarlo al centro del pueblo. No obstante, cuando se disponía a marcharse, decidido a encontrar la carretera, sintió que alguien lo observaba escondido detrás los árboles.

Como pudo cogió la escopeta entre sus dedos y se puso en guardia. La criatura que salió de detrás del árbol lo miró a los ojos y cuando iba a presionar el gatillo, desistió al verse rodeado de una decena de ellas. Eran horribles y, a pesar que todas tenían el mismo pelaje, había algo que las diferenciaba en su rostro. Quizás los ojos humanos y ese insoportable gruñido que emitían para comunicarse.

Aunque sabía que le cantidad de municiones para defenderse no eran suficientes, con rápidos movimientos apuntó a cada uno de los engendros para intentar escapar, pero adquirieron una postura de cuatro patas y lo rodearon.
Entregado a su fatal destino, cerró los ojos y se puso la escopeta bajo el mentón. No había posibilidad de salir de allí con vida y no quería por nada del mundo que sus compañeros se enteraran que se había convertido en la presa. Sin embargo, en un silencio que le pareció una eternidad, abrió los ojos esperando lo peor y observó que las criaturas se alejaban arrastrando a la bestia que él había matado hacia el bosque.
No atinó a moverse hasta que estuvieron lo suficientemente lejos. Sin embargo, antes de largarse de ese horrible lugar, un fugaz pensamiento, que a esa altura, rozaba la locura, hizo que cambiara de idea y los siguió. Pensó en todo el dinero que ganaría con aquella manada y a una distancia prudente se mantuvo hasta que lo oyó detenerse.
Se quedó escondido detrás de un grueso tronco. Fue entonces que dedujo que la enorme cueva iluminada por la luz de la luna, donde se detuvieron, parecía ser el nido donde se resguardaban durante el día.
Sin hacer ruido, movió las ramas que le impedían ver con claridad a los extraños seres. Apuntó a la distancia a pesar que tenía pocas balas y, cuando puso el dedo en el gatillo y estaba a punto de disparar, vio que las criaturas entraron a la cueva arrastraron a la que estaba muerta.
Se enganchó la correa del rifle en la espalda. En cuclillas se acercó para no fallar su tiro. Sin embargo, cuando iba a disparar vio salir de la cueva dos conejos blancos que se perdieron en el bosque. Aunque su asombro fue mayor cuando vio salir andando en cuatro patas a la criatura, que minutos antes había entrado sin vida. Esta salió y se reunió con su manada. La criatura tenía la herida, pero por alguna razón había vuelto a la vida.
Se agarró la cabeza y se puso a reír como un loco. Pero no era por miedo sino porque sentía que delante tenía una verdadera mina de oro. Si lograba cazar a todas esas criaturas se haría rico vendiéndolas a un circo o a un zoológico.
Echó a correr y disparó todo lo que tenía. Pero la manada se dispersó tras la balacera en todas direcciones y en la oscuridad del bosque fosilizado las criaturas desaparecieron. En su intención de comprobar si alguna había sido alcanzada por sus disparos, se llevó una gran decepción. Ya que no le había dado a ninguna. Sin embargo, en su decepción, algo extraño se le vino a la mente. Una necesidad compulsiva por comprobar la macabra teoría que acababa de nacer en su cabeza.

Se sentó en la entrada de la cueva y se quedó en silencio, hasta que un rayo cayó desde lo alto y lo iluminó.
—Si esos animales entraron muertos y salieron vivos—dijo en voz alta y comenzó a reír como un demente—Yo viviré para siempre—y se levantó y corrió hacia la cueva.

Al principio, le fue difícil ver formas concretas debido a la persistente oscuridad. Pero al adentrase, más y más, avistó un asomo de luz al final de la cueva. Una sensación extraña en las piernas lo invadió a medida que avanzaba. Pero la idea de ser eterno lo impulsaba a continuar, aunque una extraña fuerza le hacía sentir que nunca llegaría del otro lado. Un peso antinatural sobre su cuerpo que lo aprisionaba contra el piso fosilizado.
Pensó que se había vuelto loco de remate y había imaginado todas esas horrendas criaturas por el hambre. Quizá pensar en los Craven había detonado su falta de cordura. Pero no estaba seguro de nada. Estaba tan confuso y cansado que cambió de opinión y decidió regresar. Pero ya era demasiado tarde. Le costaba moverse y los músculos de sus miembros no le respondían. La gravedad dentro de la cueva era diferente. Como si su peso fuera diez veces mayor de lo normal. Fue entonces, que se tocó el rostro y se dio cuenta que el dolor en sus huesos y las múltiples arrugas de su cara eran producto de haber envejecido unos ochenta años, sin explicación.
Asustado, en un desmedido movimiento para su longevo cuerpo, volvió la vista a la entrada. El sol se asomaba y de seguro alguien lo encontraría si conseguía salir de allí. Aunque cuando intentó dar un paso, los huesos de sus piernas no soportaron más su peso y se quebraron como una torre del cristal que se viene abajo. El dolor de su agónico grito se escuchó en un eco que viajó a través del túnel. Sin embargo, cuando quería que todo fuera una horrible pesadilla, escuchó un par de ladridos que hicieron que sonriera en su lenta agonía.
Aquel sonido era su última esperanza y la razón por la que se arrepentía de haber sido un patán con Dexter. Sobre todo cuando su gran danés llegó a su lado y le lamió una oreja.
—Gracias amigo—le dijo Henry, y Dexter le mordió el cuello del chubasquero y como pudo, comenzó a arrastrarlo hacia la salida donde los rayos del sol querían entrar.
Sin embargo, cuando lograron llegar a la entrada, escucharon un horrible rugido que provenía del fondo de la cueva. Henry, al ver que sus manos ya no eran longevas, se levantó asustado por el rugido y el movimiento de la tierra lo desestabilizó. Lo primero que pensó era que el volcán estaba a punto de hacer erupción.
A su alrededor pudo ver como las criaturas, que estaban escondidas observándolos desde los árboles, salieron disparadas corriendo en cuatro patas en todas direcciones cuando otro bramido salió de la cueva. Pero antes que Henry pudiera darse cuenta, que no se trataba del despertar del volcán, sino de algo peor, fue alcanzado por un enorme tentáculo que salió del agujero y lo arrastró dentro de sin que pudiera reaccionar a defenderse con su escopeta.
Intentó gritar, pero no pudo. Los diminutos bichos amorfos, que parecían parasitar aquel gelatinoso tentáculo, le cortaron las cuerdas vocales con sus pequeñas mandíbulas. La sangre de su garganta, que salía a borbotones, mientras era transportado por el aire sin dejar huella, lo ahogó.
Al salir del otro lado, lo último que vio antes que le devoraran los ojos, fue un paisaje ártico, sin límites, adornado por una serie de enormes montañas de huesos humanos que parecían llevar ahí una eternidad.

6 de Febrero de 2020 a las 15:31 0 Reporte Insertar Seguir historia
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