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Daniel Abeleira


Un proyecto sin terminar. Aun así, supongo que a alguien podría interesarle. ¡Disfrutad la lectura!


Acción No para niños menores de 13. © Propiedad intelectual de Daniel Abeleira López de Eguílaz
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Capítulo I (Incompleto)

Cuando se disponía a empezar a escribir, la periodista vaciló. Dejó el bolígrafo suspendido en el aire a medio camino del papel y se puso a pensar con qué comenzar. Le habían encomendado la tarea de resumir los sucesos acontecidos en todo el país durante el último año en un solo artículo. A primera vista, parecía una labor sencilla; sin embargo, la joven descubrió que no sabía por dónde empezar. Al reflexionar, se dio cuenta de que, en un solo año, habían ocurrido más cosas que en los cincuenta anteriores.

Al principio, la mayor preocupación de los ciudadanos había sido la epidemia en el país vecino, con las cuarentenas, el cierre de las fronteras, los miles de afectados…, una nimiedad comparado con cómo afectaron al país los problemas sucesivos. Unos meses más tarde, nada más erradicarse el brote, sobrevino la crisis económica mundial y millones de personas perdieron sus trabajos, sus ahorros e incluso sus casas al quebrar varias de las mayores empresas del mundo. La gente culpaba de esto al gobierno, y en verdad tenían algo de razón, ya que los líderes nacionales habían estado demasiado ocupados con la primera crisis como para advertir las señales de ralentización económica. Por último, sin haberse superado aún la crisis y, en parte, como consecuencia del enfurecimiento de la población por esta, comenzó el conflicto interno con las Provincias del Sur, que reclamaban su independencia de la República —como de costumbre— pero esta vez con un ánimo renovado por su frustración tras las dificultades económicas que muchos no habían logrado superar todavía. Los disturbios y levantamientos habían sido muy frecuentes durante semanas, y los líderes separatistas sostenían que no iban a parar hasta que sus pueblos tuvieran total independencia del gobierno.

Tras analizar la situación y darse cuenta de que ya había pasado casi media hora desde que se había sentado a trabajar, la periodista comenzó a escribir. Escribió sobre los conflictos, dificultades y disturbios, sobre cómo la ciudadanía se vería perjudicada si no se solucionaban los problemas, y sobre los argumentos a favor y en contra de la independencia de los sureños, que hablaban un idioma diferente y solo habían formado parte del territorio de la República durante poco más de un siglo. Al terminar, se dio cuenta de que había escrito más de mil palabras, lo cual casi seguro no era una buena síntesis, pero cuando se disponía a acortar el texto separó en que ya eran las ocho y media de la tarde y se tenía que ir a casa, así que se levantó y se dirigió al despacho de su jefe. Cuando se disponía a abrir la puerta, esta se abrió desde dentro y un compañero casi se dio de bruces con ella en su afán por salir de ahí cuanto antes, mientras el jefe vociferaba:

—¡…y como vuelvas a faltar al trabajo sin una excusa, despídete de tu puesto! —amenazó— ¡No podemos permitirnos pagar a gente por no hacer nada con la de personas buscando trabajo que hay en el país! —añadió. El joven balbuceó una disculpa y salió corriendo. El jefe pareció advertir la presencia de la periodista y su expresión se suavizó.

—Pasa, Amanda —dijo afablemente.

—Gracias. Venía para hablarle del último artículo que me mandó escribir, aquel sobre la situación del país —su jefe asintió con la cabeza sin mirarla mientras removía entre unos papeles—. El caso es que no me ha dado tiempo a terminarlo —su jefe la miró y alzó una ceja— pero lo tendré listo mañana a primera hora —añadió antes de que él pudiera decir nada.

—Confío en ti —dijo levantándose de su silla—. Buenas noches —dijo, y la acompañó hasta la puerta. Amanda, aliviada pero todavía dándole vueltas al asunto del artículo, se encaminó hacia la estación para coger el metro que la llevaría a su casa.

Al tumbarse en la cama, la joven vio que era incapaz de conciliar el sueño, en parte porque seguía preocupada por el artículo y en parte porque no había tranquilidad suficiente ya que, pese a tener la ventana cerrada, entraba ruido de la calle, que probablemente se debía a una manifestación independentista. Aun estando lejos del sur, cada vez había más manifestantes en todas partes, a los que por supuesto se unían siempre personas dispuestas a romper cosas y provocar enfrentamientos sin ningún motivo en concreto. No obstante, la joven pensó que quizá la causa de su insomnio no era el escándalo que provenía de fuera, sino que no podía parar de darle vueltas abrumada a la situación que se vivía últimamente en todo el país. Ella no se había sentido especialmente afectada ni por la crisis económica ni por el conflicto con los separatistas, pero muchos de sus compañeros habían perdido su trabajo y la redacción parecía bastante más vacía que antes. Se quedó mirando el techo de su habitación, y decidió ir un momento a la cocina a por un vaso de agua. De camino, se detuvo ante una ventana para tratar de averiguar de dónde venía todo el jaleo.

La primera imagen de la calle era desoladora. Al fondo de la calle, a tan solo unos bloques de distancia, unos contenedores ardían con llamas del tamaño de árboles, mientras algunos vecinos trataban en vano de apagar el fuego desde sus balcones. Más cerca de su casa, frente al portal, se podía apreciar a un grupo de policías en formación que intentaban dispersar a la multitud que se había congregado de forma que bloqueaban la calle. No debían de ser más de medio centenar de personas, pero estaban destrozando sillas y lanzando todo tipo de objetos a los agentes. Muchos de ellos probablemente eran radicales con ideologías muy distintas unidos por el objetivo común de comportarse como animales y para sentir que forman parte de algo mayor. Se oían también voces ininteligibles, seguramente gritos cánticos acerca de la libertad, la democracia y contra el gobierno. Al ver como un furgón policial doblaba la esquina, oliéndose problemas y una oportunidad para su periódico, la joven corrió a por su cámara, que estaba en el vestíbulo, y volvió dispuesta a grabar lo que ocurriera para tener algo que publicar al día siguiente. Consiguió capturar cómo los agentes abrían la formación para dejar pasar al furgón y se colocaban detrás de él, preparándose para abrirse paso entre el gentío. Esto no pareció disuadir a los manifestantes, sino más bien lo opuesto. Los radicales —porque ya no quedaba ningún manifestante pacífico en la calle— formaron una pared humana frente a los policías, solo rompiendo la formación de vez en cuando para arrojar algún objeto, envalentonados por el anonimato del que gozaban en la multitud. Este anonimato no les serviría de mucho a varios de ellos, ya que la policía rápidamente los identificó como los lanzadores y los arrestó.

Tras unos minutos de provocaciones, el furgón comenzó su avance hacia la muchedumbre, y con él los agentes. Ambos grupos estaban separados tan solo por una decena de metros, por lo que los agentes no tardaron en toparse con los primeros radicales. Los antidisturbios comenzaron a repartir porrazos, pero, sobrepasados por el número de radicales —que curiosamente parecía haber superado el centenar— se vieron obligados a retroceder. Desgraciadamente, el vehículo policial no tuvo tanta suerte retirándose, y tiró al suelo a varias personas. Se abrió un claro en la multitud, y la periodista enfocó rápidamente con la cámara el punto alrededor del que se concentraban. A través de la lente, pudo ver que uno de los derribados no se había recobrado aún y no parecía ir a hacerlo pronto. Enfurecidos por el daño que le habían hecho a uno de sus camaradas, el frente de los radicales arremetió de nuevo contra los antidisturbios con energía, mientras que los agentes se sujetaron a los lados del furgón, que rápidamente retrocedió hasta el principio de la calle. La mayoría de los radicales cargaron hacia ellos, mientras que unos pocos se quedaron a socorrer al herido. La periodista, que había sido testigo de todo esto y lo había grabado, estaba a punto de llamar a una ambulancia cuando vio aparecer una al otro lado de la vía, pasando a través de los contenedores ya casi apagados dirigiéndose hacia él. La joven volvió a apuntar con la cámara y consiguió captar la extracción del manifestante lesionado.

18 de Enero de 2020 a las 11:51 0 Reporte Insertar 1
Fin

Conoce al autor

Daniel Abeleira Estudiante, nacido en 2004. De niño leía mucho, a veces incluso un libro al día, ahora ya no tanto. Maestría en castellano, nivel muy alto de inglés y nivel intermedio de alemán y francés. Las mejores obras que he leído han sido las de Isaac Asimov, Terry Pratchett, Cristopher Paolini, Laura Gallego y Rick Riordan. Siempre dispuesto a recibir críticas y comentarios y a conocer gente nueva.

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