Días de Otoño Seguir historia

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El Humano siempre ha temido a lo desconocido. Lo extraño le repele, causa miedo. El mundo ha perdido su brillo, Madre ha reclamado tierras y las ha hundido en su abrazo azul. El reino de Silán es el único que ha sobrevivido la fuerza de la naturaleza y gobierna el último continente en vida. Muchas razas han nacido y muerto bajo la garra del tiempo, ahora sólo cuatro prevalecen: los Humanos ―quienes nombraron a las demás como animales―, buscan controlar a los otros pueblos y asegurar su supervivencia; los Lobo, hartos de la opresión, están al borde de una rebelión; los Murciélago, se esconden en las cimas de las montañas; y los Araña, considerados extintos, florecen protegidos bajo el ala de la Madre. Son tiempos de inconformidad y repulsión, la paz artificial que ha mantenido al reino virgen de guerra por mucho tiempo se desmorona. Días de horror anuncian su llegada con cánticos negros que retumban en lo más profundo de la tierra, en el corazón de la Madre misma. Son días de cambio también, y el destino de los últimos grandes pueblos se muestra desconocido hasta para la propia naturaleza.


Fantasía Épico Sólo para mayores de 18.

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Prólogo

Tan pronto la noche dio paso al día, el grupo cabalgó fuera del pueblo. El encuentro había sido acordado al mediodía, pero Nuligan insistió en ir mucho antes para asegurarse que los Lobo no prepararan ningún truco. El rey estaba desesperado, su razón de llegar temprano no era realmente para conseguir alguna ventaja improbable, sino que era impulsado por simple ansiedad y temor. Quaios había crecido con él, y a través de los años aprendió a leerlo. Además, era algo obvio, qué otra reacción se podía esperar de un padre cuya hija había sido secuestrada por bestias.

La Gran Comandante Quaios Solé se bajó la capucha, ya no había ojos mirones, y el viento de Bahía Caracol era una fresca caricia que deseaba disfrutar. Dentro de un par de horas deberían encontrar una asta clavada en el suelo con un estandarte de los Lobo, así esa gente había marcado el lugar de encuentro. «¿Desde cuándo tienen insignia?» se preguntó la guerrera. No era buena señal.

Miró a sus compañeros. Contando a Quaios, eran cuatro en total. T’rinch ―Señora de Vuelo de Sirena, la fortaleza donde se asentaba el poder del pueblo lobo― había indicado que el rey fuera solo, y todo el consejo le prohibió hacerlo. Quaios no esperó ni un segundo en anunciar que lo acompañaría, ella era su mano derecha y su amiga más cercana, así como su protectora. Dos de los soldados en los que más confiaba la comandante acabaron uniéndose de igual manera. Ambos ahora lucían determinados, serios, sus ojos fijos hacia el frente; vestían una armadura simple, no la real para evitar atención indeseada. Nuligan se veía enfermo y pálido, apenas y había comido desde el secuestro de la princesa.

La populación humana crecía notablemente cada año, el espacio en Copa de Árbol ―la capital del reino― no era suficiente, y tuvieron que desplazar gente. La mayoría del consejo había insistido en ubicarla al sur, junto a Pradera Síli, pero el rey fue un idiota y decidió reclamar tierras en área de lobos. Nuligan se había estado dejando influenciar por Erraq, quien se dejaba llevar por su desprecio hacia las bestias y no pensaba antes de actuar. Quaios tenía tan poco aprecio por aquellos seres como cualquiera, pero provocar a los Lobo simplemente por joderlos era una gran estupidez. Aquella situación la enfureció mucho, y cuando la princesa Dunira fue secuestrada de sus propios aposentos tuvo el impulso de ir con Nuligan y decirle “aquí están los resultados de tu maldita idea”, pero cuando vio lo débil que el hombre se puso, Quaios se ablandó. Desde entonces apenas habían cruzados palabras.

Llegaron al punto de encuentro, al sol todavía la faltaba un rato para centrarse en el cielo. El estandarte lobo azotaba con el viento del estrecho de agua a la derecha. Por donde la vista alcanzaba no había nada, se había acordado este lugar vacío por neutralidad. El pueblo más cercano era aquel en el que pasaron la noche, y más al norte debería haber otro. Quaios desmontó y sintió la mirada de Nuligan sobre ella. Caminó hacia la derecha, donde más allá del suelo verde se extendía la costa. El estrecho de agua llegaba hasta el horizonte, pero al otro lado, no muy lejos, se alzaba Copa de Árbol y las decenas de pueblos que lo rodeaban. La mujer se enfocó en el eterno azul. El agua le traía paz, le recordaba a cierta mujer que amó una vez y cuya sabiduría aún le acompañaba en sus pensamientos.

Alrededor de una hora pasó antes de que escucharan algún ruido. Los soldados se habían puesto de acuerdo y vigilaban los alrededores. Nuligan se había mantenido arriba de su montura, con la mirada fija al norte, claramente esperando la llegada de los lobos. El sonido creciente vino con una sensación extraña, desde que reemprendieron el viaje ese día ninguna palabra había sido musitada. Quaios ya había comenzado a acostumbrarse al silencio.

Una loba se hizo visible a lo lejos, avanzando a pie, detrás de ella dos lobos la seguían, uno de ellos cargaba sobre sus hombros un saco largo. «Dunira» entendió Quaios. Volteó hacia Nuligan, sus dos soldados se habían reunido a los lados del rey, pero él no dijo nada, ni les dedicó una mirada, sólo desmontó con los ojos sobre los recién llegados y caminó. Quaios y los otros le siguieron.

Los tres lobos medían alrededor de metro y medio, vestían ropas que les cubrían la mayoría del cuerpo ―sus brazos y piernas resaltaban como troncos de músculos―, lo poca piel marrón que mostraban estaba cubierta de pelo. La mujer se detuvo a unos metros del rey.

―¿Dónde está T’rinch, la maldita traicionera? ―gruñó el rey.

Quaios suspiró exhausta.

La loba rio con una expresión sorprendida, casi ofendida. Al abrir la boca unos caninos afilados relucieron.

―Me llamo Lho-Ree. Mi pueblo decidió que sería mejor si yo viniera en lugar de nuestra señora.

―La perra se esconde entonces ―escupió Nuligan, evidentemente temblando y con el rostro drenado de color―. Se atreve a romper el acuerdo de paz y ahora no tiene el coraje de mostrar su maldito rostro peludo.

Quaios se acercó rápidamente al lado del rey y lo agarró por el brazo. Estaba caminando por tierra peligrosa. Lho-Ree frunció los labios y le hizo una seña al lobo que cargaba el saco, éste se lo quitó de los hombros y lo aventó bruscamente al suelo. Un fuerte gemido hizo a Quaios erizarse. Nuligan se apresuró hacia su hija, pero la loba fue rápida y lo detuvo, daga en mano, presionó la punta contra el pecho del rey para moverlo hacia atrás.

―¡Dijimos no armas! ―gritó Quaios.

«Qué carajo» pensó. Sacó sus sai y se acercó a Lho-Ree, quien presionó más con la daga como advertencia. Los soldados sacaron sus propias dagas y se posicionaron frente a los dos hombres bestia, que se habían puesto en posición de ataque.

―Nuestra señora no ha roto nada ―rugió Lho-Ree, exhibiendo sus caninos―, tú lo has hecho. Ya hemos aguantado por mucho a tu gente, y a tus insultos. Nos has quitado tanto, ¡ahora quieres quitarnos nuestras tierras! ―sonrió sin humor―. Que esto sea una advertencia de lo que haremos con toda tu plaga si llegas a pensar que Vuelo de Sirena te pertenece.

Lho-Ree gritó algo en el antiguo idioma de su gente. Uno de los lobos embistió a un soldado, lo tiró al suelo y destruyó su coraza con una facilidad increíble. Las garras que sobresalían de sus dedos se hundieron en el metal y luego la carne, abriéndole el torso y despedazándolo como si fuera un muñeco de paja. El arma del soldado intentó entrar en la cabeza de la bestia, el único lugar donde podría matarlo, pero todo fue tan rápido. El otro soldado se acercó veloz hacia la cabeza del lobo, pero su brazo fue directamente recibido por una dentadura voraz.

Sai empuñados, Quaios corrió hacia Lho-Ree, se lanzaría sobre ella. Con una acción de respuesta rápida ―imposible para el Humano―, la bestia hundió la daga en el muslo del rey y éste cayó al suelo. La loba giró hacia la comandante, justo en el momento para recibir su ataque. La fuerza del choque entre las guerreras hizo que las armas de Quaios se desviaran, los sai se enterraron debajo de la clavícula y la bestia gritó de dolor. Tan pequeña como fuera, la fuerza de sus brazos vencía a la otra.

Lho-Ree intentaba perforar a Quaios con sus garras, y ésta buscaba recuperar sus armas enterradas. Un grito femenino sonó sobre el forcejeo de las mujeres, y luego un lobo gritó algo incomprensible. Pareciera que Lho-Ree había sido llamada, pues una nueva determinación se dibujo en su rostro, decidida a acabar con Quaios. Abrió su enorme boca buscando arrancarle el rostro, pero la otra mujer arrojó la cabeza tan lejos como pudo de los dientes afilados. Sintió cómo cuchillas atraparon su oreja izquierda, y también cómo se desprendía cartílago de piel. Con el acercamiento aprovechó la oportunidad y arrancó un sai del pecho de la loba para hundirlo con fuerza en su estómago. Lho-Ree puso sus manos sobre el rostro de Quaios y le empujó la cabeza contra el suelo, dando un salto lejos de la humana. Se apretó la herida, un río de sangre su abdomen.

Quaios sintió que la cabeza le giraba, no tuvo la fuerza para levantarla. Siguió con la mirada a la loba y la vio irse con sus hombres, poniéndose en cuatro y echándose a andar como animales.

Vio un camino de sangre a su lado. Terminaba junto al asta, el estandarte de los Lobo ondeaba alto con ímpetu. Debajo Nuligan yacía llorando sobre la princesa Dunira, muerta. Se percató que el rey había intentado sacar del saco a su hija, pero el mango de una daga que sobresalía de su pecho mantenía la tela manchada de sangre unida al cadáver.

Cuando Nuligan se percató de la mirada perdida de Quaios, le gritó entre temblores:

―¡Mátalos! ¡Ve por ellos! ¡Ahora!

Quaios Solé sintió como si la tierra la acariciara mientras oía los gritos entre goteos de sangre.

­―¡Quaios, mátalos!

17 de Enero de 2020 a las 03:31 0 Reporte Insertar 0
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