didygarcia Didy Garcia

Parece que el dinero, el trabajo o los estudios son cada vez más prioritarios en la sociedad, más, incluso, que el amor. Esta sociedad que poco a poco va sustituyendo los fuertes lazos personales por fugaces encuentros, creando mil formas de amar a alguien, incluso sin ver a esa persona, en un vano intento de limitar esas relaciones a las partes que nos interesan o son más positivas. ¿Pero realmente eso es amor? ¿Sólo las partes buenas? Los que me habéis entendido, sabéis a qué me refiero. Mi nombre es Dylan, y estoy cursando primero de carrera de Administración de Empresas. Mi familia tiene dinero, demasiado a mi gusto. Soy, sin querer sonar pretencioso, el mejor de mi promoción en clase. Y sé, a diferencia de millones de personas, que al terminar tendré un buen trabajo esperándome, con un futuro asegurado. Pero cuántas cosas de éstas cambiaría por tener lo que me falta: amor. Y ese amor tiene nombre, Amy. Llevo enamorado de ella desde que la conocí, desde que volví a casa aquel dia y me sorprendí varias veces pensando en ella durante toda la tarde, comenzando una obsesión que me lleva a observarla durante las clases. Esta podría ser la típica historia de un chico rico, guapo y listo que intenta enamorar a una tímida chica… Pero no. Soy un cobarde introvertido que tiembla cuando está cerca, que tiene que tener cuidado para no balbucear si esa belleza le dirige la palabra, que siente auténtico terror de sólo imaginar en expresarle lo que siente… Y además, tiene novio. Aunque, ¿qué más da? Nunca tendría el valor de hacer nada… ¿No?


Romance Romance adulto joven No para niños menores de 13.

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Lago


— ¿Cada vez está más guapa o es mi imaginación? —digo en voz suave mirando a la chica pasar por delante de dónde estamos sentados mis amigos y yo.

— Puede, pero olvídate ya de ella que tiene novio. —responde uno de mis amigos cotilleando el móvil—. Jamás te haría caso.

— Ya... —contesto levemente mientras mi mente divaga en fantasías, como siempre suele ocurrir cuando la veo.

Las siguientes dos horas de clase me las paso observando a la chica, mirando cada uno de los movimientos que hace: recolocarse la ropa, removerse en el incómodo asiento, peinarse con la mano cada vez que se le escapa un mechón... Pero hay algo diferente a otros días, está como ausente.

Cuando veo que agarra el teléfono aprovecho para dejar de mirarla y atender un poco al profesor, pero una mueca en una de mis continúas ojeadas hacia ella llama mi atención. Está disgustada. Sin saber cómo reaccionar y con un sentimiento incómodo en mi pecho, veo cómo su ceño se frunce mientras sigue chateando por su teléfono con bastante rapidez y sin preocuparse apenas en ocultarse de las miradas del profesor.

Finalmente, con un rostro triste, guarda el teléfono y echa una mirada a su alrededor, conectando durante unos segundos con mis ojos provocando que me quede con cara extraña sin saber cómo actuar, pero el timbre que anuncia el fin de las clases me ayuda a escapar de la situación. En pocos instantes el aula es un bullicio de gente caminando de un lado a otro. Con calma recojo mis cosas y cuando la clase está algo más vacía, vuelvo la mirada hacia su asiento vacío que me indica que ya se ha ido.

Con un ligero suspiro, me acerco a mis compañeros y juntos salimos del instituto. Durante el camino en la pequeña ciudad donde vivo, voy pensando en que podría haberle pasado a Amy para verla tan disgustada. ¿Podría ser una pelea con su novio?

— ¡Hey, Dylan! Despierta de una vez. —dice un amigo haciéndome volver a la realidad—. ¿Qué te parece? ¿Vas a venir con nosotros o no?

— Perdón, estaba distraído. —me disculpo mirando a los demás—. ¿Ir con vosotros a dónde?

— A la fiesta de esta noche en el lago. —dice observándome atentamente para asegurarse de que lo he entendido—. Irán todos los de clase y lo de segundo año.

— Sí claro, iré. —respondo caminado más cerca de él.

— Perfecto, éstos dos irán en coche por su lado. —dice señalando a dos de mis amigos—. Paso a buscarle a él y luego a ti, ¿vale?

— Vale, envíame un mensaje cuando le hayas recogido a él y te digo el lugar. —digo parándome con el resto.

Después de una sencilla despedida sigo caminando recto mientras los demás giran a la derecha. A la vez que paseo tranquilamente, voy revisando con la mirada diferentes restaurantes y bares como hago diariamente, decidiendo finalmente comer en alguno distinto a los de siempre. Sin prisa me meto por una calle secundaria, e inmediatamente encuentro varios lugares, Eligiendo a uno con escasa publicidad en el escaparate, cosa que llama mi atención.

El lugar está bastante concurrido y, para mi sorpresa, casi todas las mesas están ocupadas. Viendo que las camareras estás demasiado desbordadas como para recibirme, localizo una mesa vacía en una esquina y me siento dejando mi mochila a un lado. Después de recibir un asentimiento por parte de una de las trabajadoras conforme ha visto mi llegada, mis ojos repasan con curiosidad el local, intentando encontrar aquello que provoca la gran afluencia de gente en él. Pero la llegada de la camarera interrumpe mis pensamientos al poco tiempo.

— ¿Sabe ya lo que va a pedir? —pregunta mirándome con cara de cansancio, pero intentando aún brindarme una sonrisa.

Desviando mis ojos momentáneamente al menú que hay encima de la mesa, el cual se me ha olvidado mirar, rápidamente devuelvo mi atención a la chica a la cual no quiero hacer perder el tiempo visto lo atareada que está.

— El menú del día. —digo simplemente haciendo que escriba deprisa en su bloc de notas.

— ¿Y para beber? —responde asintiendo con la cabeza.

— Agua sin gas.

— Perfecto, enseguida estará listo. —contesta girándose y yendo hacia lo que supongo que será la cocina.

Aburrido, miro la carta para saber al menos lo que acabo de pedir. Y no me sorprende mucho ya que más o menos es lo que en todos los restaurantes: estofado de primero, y filetes con patatas de segundo. Aburrido, agarro mi teléfono y aprovecho para revisar mis redes sociales, hasta que diez minutos después, la camarera vuelve con un plato y mi botella de agua, provocando que guarde el móvil mientras lo coloca todo en la mesa.

— Que aproveche. —dice la chica yéndose hacia la barra.

Hambriento miro el estofado, disfrutando del apetitoso olor que desprende, llevándome el cubierto a la boca para probarlo. Está bueno, pero nada del otro mundo. Relajadamente continúo con el plato sumergido en mis pensamientos hasta que, al terminar la camarera, atenta, se acerca para llevárselo.

Mientras espero al segundo plato, aprovecho para servirme un poco de agua, dándole otra repasada al lugar con la mirada. Quizás sólo es casualidad que esté tan lleno hoy. Apenas tengo tiempo para desarrollar mis pequeñas teorías mentales cuando la camarera vuelve y me deja otro plato delante, retirándose a otra mesa rápidamente.

Mirando algo dubitativo los filetes, que tienen una especie de salsa de hierbas aceitosa por encima, corto un trozo y me lo llevo a la boca, haciendo un gesto involuntario con el rostro al llevarme la sorpresa. ¡Esto está buenísimo! ¿En serio esto lo han hecho aquí? No sé lo que lleva, pero está delicioso.

Ya con el hambre apaciguada, saboreo el plato tranquilamente disfrutando del sabor, levantando únicamente la mirada cuando una voz conocida atraviesa la puerta del local. Con algo de prisa, Amy habla mínimamente con la camarera que me ha servido la comida y desaparece por una puerta cerca de la barra. Con la curiosidad matándome por dentro, me termino el plato mientras mi mirada no se despega de la puerta, esperando ver de nuevo salir a Amy.

— ¿Qué querrá de postre? —pregunta la camarera cuando regresa a por mi plato vacío.

— Nada, un café con leche por favor. —digo mientras estoy tentado de preguntarle dónde lleva la puerta por la que ha desaparecido Amy.

Contestándome con un cabeceo, vuelve a la barra y va preparando lo que le he pedido, cuando de golpe se abre la puerta a su lado y sale Amy con un uniforme de camarera. Yo, estúpidamente, me medio escondo en mi mesa intentando pasar inadvertido, pero no sirve de nada. La otra camarera se quita el trapo que tenía colgado y después de señalarle mi mesa y el café, se va por la puerta por la que había aparecido mi compañera de clase.

Amy, con una velocidad que demuestra que no es la primera vez, agarra el café dejando un par de sobres de azúcar en el platillo, y con un equilibrio sorprendente viene hasta mi mesa para servírmelo, temblándole ligeramente la mano cuando se da cuenta que soy yo. Durante unos segundos que se me hacen eternos, nos quedamos en silencio mirándonos algo incómodos, hasta que finalmente ella me hace un pequeño cabeceo nervioso y se va con rapidez.

Con los nervios a flor de piel, la sigo con la vista hasta que vuelve a la barra y se pone al hacer otras cosas. Quiero desaparecer de allí. ¿Y si piensa que soy un acosador? Aunque no debería pensarlo, ya estaba allí antes de que llegará. Pero, ¿y si lo piensa igual? Continuo un rato mortificándome con lo que hacer, hasta que oigo el sonido de algo romperse que me hace mirar en dirección a Amy, que está agachada recogiendo los restos de un vaso. Intentando hacer ver que no lo he notado para no avergonzarla más, voy vaciando los sobres de azúcar en el café y comienzo a remover con la cucharita. Al acabar de recoger el vaso, se levanta tirándolo en una basura cerca de la barra, parando un segundo sus ojos en mi con la cara roja, provocando que yo desvíe la mirada y comience a beber el café para hacer algo.

Al terminármelo, después de un pequeño rato que se me hace eterno, me quedo horrorizado al pensar que hacer ahora. ¿¡Ahora qué hago con la cuenta!? ¿Cómo la trato? ¿Cómo si la conociera o finjo que no la conozco? ¡Joder! Esto solo me puede pasar a mí. Finalmente me decido a llamarla sin tener vergüenza, yo soy un cliente y ella la camarera, es normal que la llame... ¿No? Con un pequeño gesto de mano en un momento que miraba hacia mi zona, la llamo y ella algo asustada viene hacia mí.

— ¿Me puedes traer la cuenta, por favor? —digo intentando sonar amable y sin parecer que la trato como sino la conociera.

Ella asiente y se va hacia la barra, donde comienza a apuntar cosas de una nota a la caja registradora. Unos segundos después llega con el pequeño papel encima de un platito y se queda en silencio, mientras miro el pequeño recibo y pongo un billete de los que llevo en la cartera. Con velocidad, ella se lo vuelve a llevar y agarra el cambio antes de volver a la mesa e irse de nuevo. Algo nervioso, guardo el billete sobrante en la cartera y dejo todas las monedas como propina, aunque sea bastante alta. Pero por suerte, el dinero no es uno de mis problemas.

Sintiendo que me está observando, agarro mi mochila y me voy hacia la salida, notado una placentera liberación al cruzar la puerta, permitiendo que respire con más tranquilidad. ¿Cómo puede afectarme tanto ella?

Lentamente me pongo a pasear por la calle, aprovechando para que baje la comida y las pulsaciones de mi corazón vuelvan a tener un ritmo normal. Mientras voy caminando entre la marea de gente que aún queda por la zona, mi mente no deja de visualizar la imagen de Amy vestida de camarera. No sabía que tenía un trabajo de medio tiempo…

Cuando me canso de caminar sin rumbo, saco mi teléfono y envío un mensaje con la dirección, encarándome a la carretera donde pocos minutos después aparece un largo coche negro al cual me subo con velocidad.

— Buenos tardes, señorito Dylan. —dice el conductor haciendo que me tense un poco cuando ocupo mi asiento habitual, en el copiloto. Si me ha llamado de ese modo significa que hay alguien más en el coche.

Mirando hacia atrás y haciendo real mi suposición, veo a mi padre observándome atentamente por encima de la pantalla de su portátil, el cual descansa directamente sobre sus piernas. Joder, y yo que quería tener el dia tranquilo…

— Hola papá. —digo mientras desvío la mirada hacia la mochila que dejó entre mis pies.

— Hola hijo, ¿qué tal el día hoy? ¿Quieres que paremos a comer algo? —dice animado bajando la pantalla del portátil.

— Bien, supongo. Y no hace falta, acabo de comer en un restaurante. —respondo abriendo un poco la ventanilla para que pase el aire.

— ¿Vas a comer cada día fuera? Las cocineras de casa están para algo. —replica intentando no reprochármelo.

— Lo hago por comodidad, cuando salgo del instituto ya es tarde. —contesto aburrido mientras el conductor arranca.

— Está bien, pero ve alguna vez a comer a casa. —dice mi padre acomodándose en el asiento y dejando el ordenador a su lado.

— Sí, sí... Por cierto, esta noche saldré a una fiesta con mis amigos. —murmuro centrando la vista en la carretera.

— ¿Y me estás pidiendo permiso?

— No te estoy pidiendo permiso, te estoy informando. —respondo un poco borde.

— Está bien hijo. —dice suspirando antes de dejar el papel de padre del año para volver al trabajo.

El resto del camino se desenvuelve en un absoluto silencio, oyendo únicamente el sonido de mi padre al teclear en su ordenador. Cuando finalmente las rejas del perímetro de la casa aparecen delante nuestro, el teléfono de mi progenitor suena, haciendo que los pocos metros desde la verja a la mansión nos los pasemos escuchándole hablar con alguien de negocios.

Nunca entendí la necesidad de una casa tan grande para tan pocas personas viviendo, pero fui acostumbrándome a ella con los años, aunque dentro de mi seguía sintiendo que eso era demasiado, sólo una manera más que tuvo mi padre de fanfarronear.

En cuanto el coche se detiene, mi padre se baja sin decir nada y entra a la casa, pasando junto a las sirvientas que han abierto las grandes puertas de la entrada para que mi progenitor no tuviera ni que llamar.

— Venga, hasta luego Dy. —dice el chófer chocando la mano conmigo.

— Hasta luego, ya te avisaré de a qué hora voy a la fiesta. —respondo con una ligera sonrisa.

— Está bien. —contesta mientras salgo del coche y entro en la casa, oyendo cerrar a las sirvientas tras de mí.

Saludándolas con una sonrisa, subo rápidamente las escaleras gigantes de la entrada y voy directamente a mi habitación, tirando la mochila lejos de mi vista y lanzándome con cansancio encima de la enorme y mullida cama.

Esto es lo que necesito, paz, soledad, tranquilidad... Y en ese mismo instante alguien se atreve a profanar mi santuario, llamando insistentemente a la puerta. Con pesadez y algo de mal humor, me levanto de la cama y me acerco para abrir, haciendo que desaparezca mi carácter en cuanto veo a mi hermanita al otro lado.

— ¿Qué pasa Nora? —digo inclinándome inconscientemente para ponerme un poco a su altura.

— ¿Me puedes ayudar con los deberes? —pregunta poniendo una carita de ángel.

— ¿Y la profesora que te puso papá no te puede ayudar?

— No está. —dice pasando dentro de la habitación sin permiso y tumbándose en la cama, dejando un libro y una libreta encima.

— Curioso, porque me ha parecido verla cuando he llegado. —respondo sonriente cerrando la puerta, y situándome a su lado.

— ¿Cómo se hace esto? —pregunta Nora intentando cambiar de tema.

— Déjame ver. —contesto agarrando el libro.

La siguiente hora me la paso explicándole las cosas del libro, mientras ella las va anotando en la libreta palabra por palabra. Finalmente, cansado de las matemáticas básicas, cierro el libro dejándolo a un lado.

— ¿Por qué haces eso? —me recrimina Nora mirándome algo enfadada.

— Ya es suficiente, es importante descansar cuando estudias. —respondo haciendo lo mismo con su libreta y utensilios.

— Ya descansaremos luego.

— Cuando seas mayor, no te entrarán tantas ganas de estudiar. —digo riendo mientras me apoyo en la almohada.

— ¡Ya soy mayor! Ya tengo casi 8 años. —contesta sacando pecho.

— Entonces yo con 18, ¿qué soy? —pregunto riéndome de lo cómica que parece.

— ¿Tú? ¡Un viejo! —responde riéndose escandalosamente.

— Anda, vamos a dormir un poco, ¿sí? —digo tumbándome cómodamente y cerrando los ojos.

Puedo oír a Nora acercarse un poco más y acurrucarse de cara hacia mí. Durante unos minutos un placentero silencio rodea la habitación, en el que se oyen únicamente nuestras respiraciones, pero poco a poco, voy notando como Nora se inquieta, moviéndose en la cama y cambiando de postura cada poco tiempo.

— ¡Ah! Vamos a jugar, ya dormirás de noche. —dice finalmente rompiendo el silencio y agarrándome la mano. Desde luego los niños tienen más vitalidad que yo.

— Lo siento, jugamos otro día, ¿vale? —respondo abriendo los ojos y guiñándole un ojo—. Estoy algo cansado.

— Está bien, pero la próxima vez jugaremos todo el día. —contesta con algo de autoridad, bajándose de la cama y yéndose hacia la puerta.

— Vale. —acepto riendo mientras la oigo salir de la habitación refunfuñando.

En pocos minutos caigo rendido al sueño, y no sé cuántas horas o minutos pasan hasta que oigo de nuevo la puerta de mi habitación. Viendo que la persona no tiene intención de irse con rapidez, abro pesadamente los ojos para mirarla, enfocando a una de las sirvientas.

— Dylan, ¿quieres algo para merendar? —pregunta una de las criadas.

— No gracias. —respondo tranquilamente—. ¿Qué hora es?

— Las siete de la tarde. Si no quieres nada más, me voy. —contesta la chica.

— No nada más, gracias. —murmuro sentándome en la cama y estirándome, viendo a la joven deslizarse por la puerta para desaparecer.

Ésta es otra de las tonterías que hizo mi padre, contratar criadas para cuidar de la casa y de nosotros. Si no fuera la casa tan grande, no tendríamos por qué tener personal y gastar dinero, pero mi padre sentía la necesidad de sentirse importante incluso dentro de su casa. Patético. Ni que fuera esto la época medieval.

Poniéndome en pie, me acerco a la ventana que hay al lado del gigantesco escritorio, abriéndola antes de asomarme a ésta. Mirando abajo veo como los aspersores riegan mínimamente el césped que hay en el patio trasero, mientras noto como varias criadas están en una esquina de éste, fumando tranquilamente cerca de la piscina y hablando entre ellas. Las observo aburrido un rato hasta que me decido a pasear un poco también.

Saliendo de la habitación y agarrando de paso el teléfono, bajo por las escaleras amenamente hasta llegar a la enorme sala que funciona como salón, encontrándome a Nora sentada en el sofá más grande viendo la televisión junto a Helena, la más antigua de las criadas. Notando como brevemente sus miradas se dirigen a mí antes de regresar a la pantalla, me aproximo a ellas y me sitúo por detrás del sofá cerca de Nora, que está bebiendo tranquilamente lo que parece ser un batido de fresa, su favorito.

— ¿Me das un poco? —pregunto señalando el vaso con una sonrisa, apoyándome en el sofá mientras ella tiernamente se lo piensa con el ceño fruncido.

— ¿Quieres que te traiga uno, Dylan? —propone Helena a punto de levantarse.

— No, sólo quiero probarlo. —respondo poniéndole mi mano en el hombro para evitar que se levante.

Después de una breve discusión mental, Nora finalmente me ofrece el vaso, al que le doy un pequeño sorbo bajo su atenta mirada, que calcula cuanto le quedará. Teniendo que separar mis labios para reírme, se lo devuelvo dándole una caricia en la mejilla como despedida, yéndome de nuevo hacia el recibidor. Escuchando unos pasos bajar por la escalera, mi sonrisa se apaga al ver descender a mi padre, que no pierde la oportunidad de dirigirse a mí.

— Oh, Dylan. —murmura guardando en el bolsillo el teléfono que tiene en la mano—. ¿Qué te parece si vamos al cine o algo?

— Esta noche salgo, ¿no te acuerdas? —rechazo con algo de brusquedad.

— Bueno, pues ya iremos otro día. Diviértete. —contesta ignorando mi actitud para repasar con la mirada todo el lugar—. ¿Sabes dónde está Nora?

Haciéndole un breve gesto señalando el salón, continúo mi camino subiendo por las escaleras, distrayendo un poco mi molestia con el dulce sabor del batido que aún ronda en mi paladar, y que despierta mi apetito hasta el punto de parar a una de las sirvientas que pasa cuando voy en dirección a mi cuarto.

— Perdona, ¿me puedes traer un batido a mi habitación? —pregunto señalando mi puerta a la vez que me quedo mirando a la joven, la cual no me suena de haberla visto antes.

— Claro señor, ¿de chocolate, vainilla, fresa…? —responde muy formal evidenciando que debe ser nueva por aquí.

— Chocolate, el de fresa está casi exclusivamente reservado para mi hermana. —contesto con una ligera carcajada antes de encarar ya la dirección de mi puerta.

— Está bien señor, ahora mismo se lo llevo. —asiente con una sonrisa dando dos pasos antes de que mi voz la vuelva a parar.

— Y por favor, no me llames señor, tutéame o llámame Dylan. —digo haciéndole una mueca—. Soy demasiado joven para que me hablen así.

— Está bien se… Dylan. —rectifica la joven con una tímida sonrisa.

Respondiéndole de igual forma me voy hasta mi habitación, sentándome en el escritorio al entrar y encendiendo el portátil para ojear mis redes sociales. Pocos segundos después de entrar a mi cuenta, escucho unos toques en la puerta, agradeciéndole a la joven cuando me deja un vaso de lo que le he pedido a mi lado antes de que comience a chatear con mis amigos para organizar lo de ésta noche. Viendo a Adam conectado, me termino el batido y me estiro para agarrar los auriculares que descansan en mi mesita antes de hacerle una llamada por la aplicación, siendo aceptada unos momentos después, teniendo que esperar unos segundos hasta finalmente escuchar su voz.

— Hey. —saluda escuetamente Adam mientras lo oigo moverse antes de soltar un suspiro, seguramente yendo con el portátil a la cama igual que yo.

— Hey. —devuelvo el saludo de la misma manera.

— ¿Preparado para lo de esta noche? —pregunta mientras me pongo a curiosear la feed de últimas noticias.

— Claro. —digo asintiendo, aunque él no pueda verme.

— Ya he hablado con el resto, pasaré a buscarte sobre las once y media. —responde su voz mientras lo escucho teclear.

— Perfecto, pues estaré en la parada de bus que hay delante de la pastelería que te gusta tanto. —contesto después de pensar un punto que esté a medio camino de mi casa y en dirección a la fiesta.

— ¿No prefieres que te pase a buscar a casa? No me cuesta nada ir, si me dices dónde vives paso en un momento y… —propone como siempre Adam antes de que le interrumpa.

— No tranquilo, no quiero hacerte dar tanta vuelta. —le corto con una ligera mueca que él no puede ver—. Estaré en la parada a la hora que me has dicho.

— Está bien, pero a ver cuándo me invitas a tu casa, que tengo mucha curiosidad de saber cómo es. —dice sin andarse por las ramas.

— Es una casa normal. —digo mientras, como si el destino me lo quisiera reprochar, una sirvienta llama a la puerta, obligándome a silenciarme para permitirle el paso y que se lleve el vaso vacío que reposa en mi escritorio.

— Si tú lo dices… —escucho su voz dubitativa a la vez que de fondo oigo una voz femenina—. Me tengo que ir, mi madre quiere que la acompañe a comprar.

— Está bien. —murmuro con una tenue carcajada.

— Hasta luego Dy. —se despide mientras lo escucho levantarse.

— Hasta luego. —repito instantes antes de que la llamada se corte.

Algo aburrido al no haber nadie más con el que quiera hablar, termino bajando la pantalla del portátil antes de dejarlo encima de la mesita con un suspiro. Mirando el reloj que decora una de las paredes, me levanto de la cama con una mueca al ver que aún queda mucho para salir, a la vez que salgo de la habitación y bajo de nuevo las escaleras, cruzando esta vez la puerta principal para ir al exterior.

Echando una ojeada al perfecto césped, me desvío dirigiéndome al enorme garaje con dos puertas metálicas, las cuales suelen estar abiertas durante el día. Buscando con la mirada detrás de los cuatro coches que hay, encuentro a Víctor sentado en la silla que hay en la pequeña garita leyendo, en la cual se queda cuando tiene que esperar para llevar a alguien a algún lado.

— No sabía que te gustara la ciencia. —digo algo sorprendido mirando su revista al mismo tiempo que me acerco y me apoyo sobre la especie de mostrador que da al garaje.

— Y no me gusta, pero es la única revista que he encontrado que tape totalmente la que de verdad me interesa. —responde tranquilamente levantando sus ojos hacia mí, mientras continúa tumbado relajadamente en la silla.

— En fin… —contesto poniendo los ojos en blanco y dejando escapar una ligera sonrisa—. Tengo que estar a las 11 en la parada de bus que hay delante de una pastelería viniendo hacia aquí, ¿sabes cuál es?

— Sí, se cual dices. —asiente con su cabeza decorada por un corte de pelo casi militar—. ¿Necesitas que vaya a recogerte también?

— No, ya pillaré un taxi para volver. —digo enderezándome de nuevo.

— Muy considerado de tu parte Dy, así podré dormir más. —responde riendo mientras vuelve a dirigir la mirada a la revista.

Sin intermediar más palabras, salgo de garaje y me pongo a pasear por el jardín sin nada mejor que hacer. Si hay algo que odio de verdad, son las esperas antes de algún plan divertido, siempre se me hacen eternas…



*******



Repasándome con la mano el cabello aún húmedo por la ducha, salgo de mi habitación con paso ligero, palpando en mis bolsillos para asegurarme de haber agarrado mi móvil y la cartera. Bajando las escaleras busco a Nora con la mirada, entrando al salón para encontrarme a mi padre hablando en una mesa por teléfono, cosa habitual en él sea la hora que sea.

Girándome sin responderle si quiera al gesto que me ha hecho con la mano a modo de saludo, me voy hasta la cocina, sorprendiéndome de encontrar a mi hermanita aún cenando en la gran mesa que hay, en compañía de la cocinera. Acercándome a ella, le acaricio la cabeza rápidamente, al mismo tiempo que me siento a su lado.

— ¿Quieres cenar? —pregunta la mujer de mi izquierda levantándose.

— Ponme un poco de sopa también, por favor. —respondo con una sonrisa.

Aunque no tengo hambre y no voy muy bien de tiempo por el largo rato que me he pasado en la ducha, no quiero que Nora cene sola y en silencio, como tantas veces me tocó hacer a mí en el pasado.

— Ahora mismo. —asiente la cocinera yéndose hacia una alacena para extraer un plato hondo—. ¿Quieres algo de beber?

— No gracias, con la sopa me vale. —contesto mirando como Nora se va acabando el plato.

En unos segundos la cocinera me pone el plato delante, retirándose sigilosamente por una de las puertas del servicio, aprovechando seguramente que ya estoy ahí con mi hermana para poder irse a descansar un poco. Aunque no tengo mucha hambre, en cuanto pruebo una cucharada rápidamente se me abre el apetito, teniendo presente también que prefiero no ir de fiesta con el estómago vacío.

— ¿Qué te pasa? —pregunto apurando mi plato, sintiendo la mirada curiosa de Nora desde que se ha terminado el suyo—. ¿Tienes más hambre?

— No. —niega con la cabeza moviendo su larga y clara cabellera castaña recogida ahora por una simple coleta—. ¿Dónde vas ahora?

— Voy a divertirme con unos amigos. —respondo apartando un poco el plato cuando me lo termino.

— ¿Ahora? ¿Puedo ir contigo? —contesta con voz esperanzadora, aunque no puede evitar soltar un bostezo al terminar la frase.

— No, es sólo para mayores, o viejos como tú dices. —digo riendo y levantándome para dejar los platos en uno de los fregaderos—. Además, tú ahora tienes que irte a dormir que ya es tarde.

— Pero mañana es sábado. —protesta, aunque note su sueño en la cara.

— Vamos, que te acompaño a la cama. —contesto agarrándole la mano y saliendo de la cocina escuchándola refunfuñar.

Tranquilamente la llevo hasta su habitación y la meto en la cama mientras la veo intentar ocultar un nuevo bostezo. Ocupando su cama de un pequeño salto, se tumba de lado mirándome, haciéndome soltar una ligera carcajada cuando se pone a reír rehuyendo la manta que intento ponerle por encima.

— Buenas noches Nora. —digo acariciándole la mejilla suavemente, yéndome hacia la puerta.

— Buenas noches. —responde acurrucándose dentro de la manta sin dejar de mirarme—. Mañana jugaremos, me lo has prometido.

— Sí, pero por la tarde. —contesto apagándole la luz y cruzando el marco de la puerta—. Hasta mañana.

Mirando el reloj que decora mi muñeca con una mueca, me apresuro a cerrar la puerta e irme al exterior en dirección al garaje, donde encuentro a Víctor esperando aburrido al lado del coche negro situado al principio.

— ¿Vamos? —pregunta Víctor entrando al coche cuando recibe un cabeceo afirmativo de mi parte.

En cuanto me abrocho el cinturón de seguridad, el coche arranca desplazándose lentamente mientras salimos de la propiedad, adentrándonos finalmente en la carretera. Cuando estamos los suficientemente lejos de casa, Víctor baja las ventanillas de nuestros asientos y pone música del CD habitual que tiene, a un volumen un poco alto.

Durante la casi media hora que dura el trayecto, voy hablando amenamente con él como habitualmente hacemos, al mismo tiempo que la música poco a poco me va animando y me van entrando más ganas de llegar ya a la fiesta.

— Ya estamos aquí. —dice finalmente Víctor cuando aparca en la desierta parada del bus.

— Gracias. —respondo chocándole la mano y saliendo del coche con una sonrisa.

— Diviértete Dy. —contesta sonriente acelerando nada más cerrar la puerta y alejarme unos pasos.

Sentándome en el banco de la parada para esperar a mis amigos, puedo oír claramente como Víctor sube de nuevo la música cuando frena en un semáforo a unos pocos metros, pero bastante más alta que cuando estaba yo con él. Poniendo los ojos en blanco, escucho lo que parece ser Víctor cantando a pleno pulmón mientras se aleja, haciendo que no pueda evitar reírme.

Escuchando los últimos alaridos de su voz a lo lejos, saco el teléfono para mirar la hora antes de volver a guardarlo, teniendo que esperar casi diez minutos hasta que finalmente el viejo coche de Adam aparece por la esquina de la calle, frenándose delante de mí.

— Ya estoy aquí. —murmura Adam señalando a mi otro amigo cuando entro a la parte de atrás del coche y me abrocho el cinturón—. He tardado porque el mendrugo éste se había olvidado de agarrar la cartera, y ya íbamos por medio camino.

— No importa, en realidad yo también he llegado algo tarde. —confieso bajando la ventanilla para combatir el calor que tengo, aunque ya es de noche—. ¿Vamos?

Entre conversaciones y risas, el trayecto hasta el lugar se me hace muy corto, disminuyendo nuestras palabras conforme más alto vamos escuchando la música al acercarnos, procedente de algún coche con un sistema de sonido envidiable.

— Vamos, a divertirse. —dice Adam con una sonrisa mientras aparca el coche en uno de los huecos libres, que forman una especie de semicírculo entre el lago y la carretera, como si fuera una frontera.

Bajando todos del coche casi al mismo tiempo, nos vamos hasta el maletero del Adam, el cual parece un supermercado de bebidas alcohólicas. Agarrando uno de los vasos rápidamente comenzamos a beber hasta que se nos une el resto de nuestro grupo de amigos, llevándonos los vasos de la mano hasta la hoguera que decora el centro del lugar.

Conversando y bromeando entre nosotros y compañeros de clase que encontramos eventualmente, la fiesta va pasando de manera perfecta, riéndonos por cualquier tontería y sacándonos algunas fotos para publicarlas más tarde en las redes sociales.

— Claro que sí. —murmura una voz cerca de mí que podría reconocer estando sordo. Amy.

Girando mi cabeza en su dirección, la veo a unos metros a la derecha de donde estamos yo y mis amigos, hablando con un par de compañeras de manera relajada. Escuchando su conversación me sorprende notar en su voz que ha bebido un poco de más, pronunciando de manera más lenta, pero sin llegar a estar borracha.

Aunque intento seguir concentrado en las cosas que dicen mis amigos, mis ojos se desvían cada pocos segundos a su melena castaña con tonos pelirrojos, curioseando sus movimientos y conversaciones. En uno de mis regulares vistazos, observo como sus dos amigas parecen despedirse de ella, confirmándolo cuando se van dejándola sola.

Antes de que pueda reaccionar y repensar la tontería que el alcohol en mi organismo está pidiendo que haga, mi cuerpo se mueve hacia ella y me planto a su lado, atrayendo su confusa mirada. El alcohol me ha hecho ir hasta allí, pero ahora no sé qué decir.

— Hola. —digo finalmente después de exigirle a mi cabeza el esfuerzo de pensar.

— Hola. —responde mirándome algo temerosa. Debo tener una pinta de acosador ahora mismo...

— Qué gran noche, ¿no? —contesto levantando los ojos para ver el cielo. Genial, ahora encima de acosador, pirado.

— Sí. — asiente mirando también hacia arriba.

— Por cierto, ¿hace mucho que trabajas allí? —pregunto de golpe recordando el momento del restaurante.

— Hace cerca de un año. —contesta con un rostro y un tono que denota que no quiere hablar de eso.

— Perdón. —me disculpo rápidamente.

— No pasa nada, pero te agradecería que no se lo contarás a nadie. —dice ella con algo de súplica en la mirada. Sus ojos verdes resaltan más con el reflejo del fuego…

— No te preocupes, no contaré nada. —asiento intentando poner un rostro serio—. Aunque tengo que decirte que la comida está buenísima, me he sorprendido bastante.

— Sí, el cocinero es un artista, aunque alguna vez se le va un poco la mano. —dice riendo brevemente, pero provocándome que de inmediato sonría. Tiene una risa peculiar, pero muy agradable.

— Entonces procuraré andar con ojo si vuelvo a ir. —comento sin perder la sonrisa.

— Está bien. —responde riendo de nuevo. Joder, podría escucharla el día entero…

Justo cuando mi mente empieza a formular otra pregunta que hacerle, veo a un chico bastante más alto que yo y, desde luego, más fuerte que yo, acercarse a nosotros tambaleándose un poco al caminar. Éste sí que se ha pasado bebiendo.

— Nos vamos, Amy. —dice el chico mientras me fulmina con la mirada con una cara de pocos amigos.

— Pero aún es pronto Ryan. —responde ella perdiendo la sonrisa, a la vez que me sucede lo mismo al escuchar el nombre de su novio.

— Nos vamos. —repite agarrándola del brazo, casi arrastrándola.

— Suéltala, ¿no ves que le haces daño? —digo actuando por el alcohol y viendo el gesto de ligero dolor de Amy.

— No te metas donde no te llaman. —amenaza el chico frenándose y señalándome con un dedo mientras da un paso en mi dirección.

— Sólo te digo que la sueltes porque le estás haciendo daño. —repito casi sin inmutarme por su mirada asesina.

— ¿Tú quién te crees que eres para decirme a mí lo que puedo o no puedo hacer con mi novia? —murmura de golpe acercándose más amenazadoramente.

— Déjalo por favor, déjalo. —comenta Amy agarrándole la mano, intentando calmar el carácter de su novio.

— Quita, métete en el coche. —espeta Ryan soltando la mano hacia atrás un poco fuerte y golpeando sin mirar a Amy en la mejilla, que se tambalea un poco.

Sobándose inconscientemente la cara con una mezcla de lastima y vergüenza, se aleja y se va hacia uno de los coches ante la atenta mirada de Ryan, que nada más verla subirse se acerca a mí para agarrarme del cuello de la camiseta y levantarme de suelto hasta casi ponerme a su altura.

— Que no te vuelva a ver cerca de ella. —dice pegándome su cara demasiado y haciéndome poner una mueca por el desagradable olor a alcohol que tiene su aliento.

Sin quedarse contento con la amenaza, me agarra con fuerza del cuello y al instante me lanza al suelo. Aunque freno un poco la caída con las manos, no puedo evitar rascarme la piel con las piedras que hay en la tierra, haciendo que rápidamente me comience a salir un poco de sangre y note un gran escozor en los codos y en el costado con el que he caído.

Mirándome con desprecio, Ryan se gira y se va hasta el coche en el que se ha metido Amy, permitiéndome ver como arranca y se aleja mientras mis amigos me rodean para ayudarme a levantar.

— ¡¿En qué demonios pensabas, Dylan?! —exclama Adam a mi lado—. ¡Ése monstruo te puede destrozar!

— Sólo le he dicho que estaba haciendo daño a Amy. —murmuro mientras agarro la botella de agua que me ofrecen y tiro parte de su contenido sobre mis heridas para lavarlas—. No podía dejar que le hiciera daño.

— ¿Y qué ibas a hacer contra él? Es su novio y al final el que has salido herido eres tú. —protesta Adam sacudiendo mi ropa para quitar la tierra.

— Pero no podía dejarlo pasar, no podía. —digo mirándole con lástima.

— Te lo he dicho varias veces, olvídate de ella. —responde con un suspiro Adam hasta que me ofrece una sonrisa compasiva final—. Venga Romeo, volvamos a casa ya, que es tarde.

Sin decirme nada más nos despedimos del resto, y Adam, yo y otro amigo, volvemos al coche yéndonos de allí. El camino pasa diferente a cuando habíamos ido, quedándonos casi en un sepulcral silencio hasta que llegamos a la parada de bus donde me bajo.

— ¿Estás seguro que no quieres que te acerque a casa? No me cuesta nada. —propone Adam mirándome desde la ventanilla.

— No, pero gracias. —rechazo chocándole la mano y yéndome hacia la calle principal que hay al lado—. Buenas noches.

— Buenas noches. —contestan los dos ocupantes del coche.

Oyendo el sonido del motor alejarse voy me voy adentrando en la oscura calle, sólo iluminada por las farolas que le dan un aspecto algo tétrico. Finalmente, llego a una carretera donde hay varios taxis parados, y según me acerco los conductores me observan. Entrando en el primero de la fila, me siento en el copiloto mientras que el conductor rápidamente tira el cigarrillo que se estaba fumando por la ventanilla.

— ¿Dónde te llevo? —pregunta el hombre mirándome de arriba a abajo.

— A la Avenida Grimunnland, y desde allí ya te guiaré. —respondo sin muchas ganas de hablar.

— Está bien. —contesta mirando las heridas visibles de mis codos y arrancando el coche—. ¿Cómo te has hecho eso?

— Supongo que por intentar ir de príncipe que salva a la princesa. —digo malhumorado bajando la ventanilla para respirar aire limpio, sin olor a tabaco.

— Oh. —responde el hombre observándome con curiosidad.

El resto del camino me lo paso en completo silencio, escuchando de fondo la tertulia deportiva que tiene puesta el taxista en la radio, mientras él tampoco dice nada más hasta que llegamos al lugar que le he indicado.

— ¿Y ahora a dónde? —pregunta con bastante sequedad.

— Sube por ahí hasta la urbanización. —contesto señalando sin casi mirarlo.

— ¿Estás seguro de que es por ahí? —responde observando de nuevo mi ropa, que está en peor estado por la caída.

— Sí, creo que sé dónde vivo. —murmuro algo borde al tiempo que él comienza a subir por la zona rica de la ciudad.

Volviendo a quedar en silencio mientras el conductor va mirando las exuberantes casas con curiosidad, finalmente llegamos hasta donde las propiedades comienzan a estar más separadas y son más grandes, haciéndole aparcar al final de la carretera, donde se encuentra la última y más grande de todas, mi casa.

En cuanto el taxista frena delante de la verja de la propiedad, Raúl, el guardia de seguridad, se asoma, mirando con recelo el vehículo, comenzando a abrir la puerta cuando me ve en el asiento del copiloto.

— ¿Cuánto es? —pregunto al taxista que está admirando la casa.

— ¿Eh? ¡Ah! Pues, incluyendo la tarifa por salir de la ciudad y entrar en la urbanización. Esto. —dice pulsando algunos botones y señalando la abultada cifra del taxímetro. Puto estafador…

— Toma, quédate el cambio. —respondo dándole el dinero y saliendo del coche, sin ganas de ponerme a discutir dado mi mal humor.

— Muchas gracias, que tenga una buena noche. —contesta el hombre acelerando nada más cerrar la puerta, huyendo antes de que me dé tiempo a repensarme lo del cambio.

Suspirando con una mueca de dolor viendo al coche alejarse, me acerco hasta donde está Raúl, que me permite el paso y me saluda con una sonrisa hasta que ve mis heridas, más aparatosas de lo que son por la sangre que ha tocado la camiseta.

— ¡Dylan! ¿Estás bien? —pregunta algo alarmado interesándose por mí y revisando las heridas.

— Estoy bien, sólo necesito dormir. —respondo intentando huir de él pero siendo frenado cuando su mano me agarra del hombro para detenerme.

— Antes de eso, vamos a limpiarte y vendarte las heridas. —murmura apoyando su mano en mi espalda y señalándome la pequeña caseta desde donde controla la puerta—. Si tu hermana o tu padre las ven, se preocuparán.

Convenciéndome por la parte de Nora, me dejo llevar hasta la pequeña garita, donde me sienta en una silla y busca un pequeño botiquín entre los cajones hasta finalmente encontrarlo. En un silencio que agradezco, Raúl limpia y desinfecta las heridas antes de vendármelas, sin preguntarme nada.

Al terminar me da brinda una pequeña sonrisa y me da una pequeña palmadita en la espalda cuando salgo de la caseta, despidiéndose de mí en pocas palabras mientras hago lo mismo y le doy las gracias.

Caminando hasta la casa, entro viendo la luz del salón encendida, asomándome mínimamente para ver a mi padre hablando por teléfono rodeado de papeles. Silenciosamente para que no me note, me giro y subo a mi habitación, donde me desvisto y me coloco un pijama con cuidado de no mover las vendas de mi costado ni de mis codos. Con la misma delicadeza, me tumbo en la gigantesca cama y me quedo mirando el techo de mi habitación durante unos minutos.

Y aunque siento dolor por mis heridas, no es ni comparable al dolor que siento por no haber podido ayudar a Amy.

7 de Enero de 2020 a las 13:40 2 Reporte Insertar 5
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💞Jennevith7💐 Recorded Memories 💞Jennevith7💐 Recorded Memories
Es la primera historia que leo en esta plataforma y realmente a pesar de que tarde una eternidad leyendo el primer capitulo, me gusto mucho❣
February 23, 2020, 16:40

  • Didy Garcia Didy Garcia
    Muchas gracias, me alegro de que te gustase el capítulo :D Y sí, quizá me pasé un poco con la longitud del primer capítulo xD Gracias por comentar <3 1 week ago
~

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