El Príncipe del Hielo Seguir historia

didygarcia Didy Garcia

¿Alguna vez habéis imaginado que sois de la realeza? ¿Disfrutando del dinero y de la posición social conseguida únicamente por herencia? Pues a veces lo que resplandece, brilla más para ocultar sus fallos. Guillermo de Alcázar y Nobrieza es el príncipe de apenas 18 años de un pequeño país del sur de Europa, el cual repugna su título por todo lo que, ése maldito cargo, le ha robado a su vida. Con unos padres que no saben lo que significa el amor, tendrá que intentar liberarse de toda la falsedad que le rodea oculta detrás de sonrisas y sábanas de seda. Poco a poco irá enfrentándose al destino que le han elegido, comenzando por el mayor problema de todos: su boda. El romance, el drama y los, cada vez más insistentes, intentos por deshacerse del yugo de su apellido, se mezclaran para crear la historia de una vida, con nombres y apellidos.


Romance Romance adulto joven No para niños menores de 13. © Todos los derechos reservados

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Corazón Helado

¿Alguna vez os habéis imaginado que sois de la realeza? ¿Tener dinero, títulos nobiliarios, etc.? Supongo que pensaréis que debe ser lo mejor, recibir todo eso por el simple hecho de tener la suerte de nacer en una familia real, pero os puedo asegurar que cambiaría eso por tener una vida normal.

Me llamo Guillermo de Alcázar y Nobrieza, tengo 17 años, soy castaño claro, ojos del mismo color, bastante alto y, por casualidades del destino, he nacido en la familia real de mi pequeño país. No soy el heredero de la corona, ése castigo lo ha recibido mi hermano mayor, pero aun no siéndolo, no me puedo librar de la carga que supone mi apellido.

¿Para qué quiero el dinero si no lo puedo disfrutar libremente como quiero? ¿De qué me valen mis títulos nobiliarios si ni siquiera puedo escoger la mitad de lo que sucede en mi vida? Todo a mi alrededor está manchado por el aura de la realeza, que me va a perseguir de por vida. Mis diecisiete primaveras se han basado en estudiar y conocer todos los protocolos. Nunca he podido emborracharme, ni fumar, ni hacer cualquier tipo de locuras que los chicos de mi edad hagan. Mi vida lleva controlada y guiada desde antes de nacer.

Los primeros años de mi vida los pase siendo educado en casa, por profesores privados, y al comenzar la secundaria me internaron en un colegio con la flor y nata de la sociedad, encontrando únicamente chicos en una situación parecida a la mía. Lo más interesante que hemos podido hacer, es gastarles bromas infantiles a los profesores…

Siento que no tengo ni voz ni voto en mi vida, teniendo que obedecer los estándares sociales y la vida que me han preparado. No puedo salir de casa y pasear por la calle como haría una persona normal, no tengo ése privilegio… Y lo peor de todo, es que ni siquiera voy a poder escoger con quién casarme.

Actualmente no está bien visto en los países europeos que se preparen compromisos forzados entre la realeza, pero ojos que no ven, corazón que no siente. Aunque suene muy bestia, tanto mi hermano como yo tenemos asignadas nuestras parejas por decisión de nuestros padres, haciendo que el mundo piense que es un amor real, que Elisabeth de Salariego y yo nos enamoramos con 15 años en uno de los viajes protocolarios de mi familia a su país. Cosa que tiene gracia ya que apenas hemos hablado 3 veces en nuestra vida.

¿Pero cómo me voy a oponer? Ni ella ni yo tenemos voz ni voto. Somos únicamente un método de establecer lazos con la realeza de otro país, por si algún dia uno de los dos territorios decide prescindir de la monarquía. Me encantaría ver lo que sucede, viendo obligada a mi familia a mudarse de país para mantener su estatus social... Pero sé que no va a suceder. Por mucho que lo desee o no, tendré que casarme con ella, ser el heredero de la corona de su país y fingir durante toda mi vida que soy feliz mientras tengo hijos para que hereden mí mismo castigo, el castigo Alcázar y Nobrieza.

Sé que mucha gente desearía estar en mi lugar, simplemente por la belleza de Elisabeth que hasta yo sé reconocer, pero ni aunque sea guapísima, pueden hacer que me enamore de una persona que apenas conozco. Desde que se decidió nuestro compromiso, lo único que sé de ella es lo que he podido sacar de nuestras escuetas 3 visitas: su nombre, su edad, su patrimonio, y que desde pequeña tuvo que estudiar mi idioma, asi como a mí me tocó aprender el suyo para cuando me llegue el momento de reinar.

Ya he expresado varias veces a mis padres que no quiero casarme con ella, que mientras mi hermano continúe con el legado, ¿qué importa si yo me caso con alguien a quien quiera? Pero ellos carecen de sentimientos paternales.

Y aquí me encuentro, en un jet privado camino del país de mi futura esposa con mi familia, para empezar a planear la boda que se celebrará cuando cumpla 21. ¿Para qué prepararla cuando aún quedan casi 3 años? Pues porque si una boda de gente normal se prepara con meses de antelación, imaginaros lo que supone una para alguien de la realeza…

— ¿Todo listo? —pregunta mi madre mientras revisa con sus ojos que, tanto a mi hermano como yo, estemos perfectamente arreglados para bajar del jet.

Cuando finalmente salimos con una falsa sonrisa al frío de ese maldito país casi nórdico, nos unimos a mi padre y somos recibidos por un comité de bienvenida, con una banda musical tocando el himno mientras tenemos que hacer todo el maldito protocolo de salutaciones antes de poder sentarme en una limusina negra, situada en medio de una comitiva que nos abre paso en dirección a la casa real. Mis ojos miran tristemente el paisaje frio que hay al otro lado de las tintadas ventanillas, fijándome en las caras de las personas que han salido a la calle a mirar el espectáculo junto a cientos de fotógrafos que, inútilmente, intentan pillar una instantánea interesante que puedan vender luego.

— La cara. —exige mi progenitor haciendo que con un suspiro tenga que poner mi habitual cara de póker.

Después de casi media hora de viaje, finalmente nos detenemos delante de la verja que rodea el palacio, teniendo que salir y acercarnos a ésta, donde la familia real nos espera para recibirnos junto a una legión de fotógrafos. Usando todas mis capacidades de interpretación, saludo protocolariamente a los presentes, deteniéndome por último delante de Elisabeth.

Como siempre, su larga cabellera dorada está impecablemente peinada, decorando unos ojos azules preciosos y unos labios carnosos que muestran una perfecta y blanca sonrisa, luciendo el gran trabajo de algún prestigioso dentista. Su tez blanca y sin imperfecciones le da un aspecto demasiado perfecto, cosa que siempre me hace preguntar: ¿cuántas personas habrán colaborado a crear tal belleza?

Fingiendo conversar alegremente con ella, avanzamos lentamente hacia la casa, si es que se la puede llamar así a la gran mansión que está situada en el centro de un terreno del tamaño de un campo de fútbol.

— Hace frío, ¿no? —le digo sonriendo como si le estuviera realmente feliz de estar ahí.

— Un poco sí. —contesta ella riendo como si le hubiera contado algo gracioso.

— Siempre que vengo hace mal tiempo. —respondo riendo falsamente.

— Bueno, es el tiempo que suele hacer aquí. —comenta la princesa con un rostro divertido.

Puede parecer extraño pero fingir hablar de algo realmente interesante es más habitual de lo que parece en la realeza, además que al apenas conocerla, no sé de qué temas hablarle. Escuchando a mi hermano y mis padres hablar tranquilamente con los padres de Elisabeth, cruzamos por fin la puerta del palacio, dejando de sonreír al instante de ver que ya no hace falta hacer teatro.

Con la excusa de descansar del largo viaje mi familia se retira a los cuartos que nos asignan, que desprovistos de personalidad, cuentan con todos los lujos que os podáis imaginar. Normalmente nos quedaríamos en un increíble hotel, o tendríamos alquilada alguna casa extravagante en alguna zona pudiente de la ciudad, pero la nueva estrategia de mi familia es parecer menos ostentosa de lo que en realidad es y, al fin y al cabo, las dos realezas se unirán cuando me case…

— Adelante. —digo cuando alguien llama a mi puerta, sin darme apenas tiempo a sentarme en la enorme cama.

— Su majestad me ha pedido que le informe que mañana a las 9:00 tiene que acudir con el resto de la familia a una visita oficial a la embajada. —responde uno de los asistentes de mi padre, entrando mínimamente al cuarto.

— Está bien, gracias. —contesto haciéndole un ademán de que puede retirarse, obedeciendo casi al instante.

Cuando veo la puerta cerrarse finalmente, me tumbo en la mullida cama con un suspiro, mirando el techo de la elegante y refinada sala. No puedo más, estoy harto de éste estilo de vida, y eso que ni siquiera he probado otro. Todo lo que sé de la forma de vida “mundana” es gracias a uno de mis dos únicos pasatiempos, la televisión. Para mí es la única ventana a la realidad, donde veo de verdad cómo es el mundo fuera de las sábanas de seda y los objetos carísimos...

Realmente no sé si el resto de realezas o gente noble sufre lo mismo que yo, pero tener amigos siendo príncipe es imposible. Mis horarios y constantes viajes, mis casi inexistentes salidas de casa, y sobre todo el hecho de que un equipo de seguridad investigue y controle todas las personas que tienen contacto conmigo, lo hacen muy difícil. Esto me obliga a tener como “amigos” a mi hermano y los compañeros de clase que tuve, los cuales se encuentran casi en la misma situación. Y aun así no los considero amigos, ni creo que ellos me los consideren a mí. La mayoría de ellos están orgullosos de su linaje y su modo de vida, y no pueden entender mi aborrecimiento a la realeza, aunque claro, muchos de ellos no tienen las prohibiciones y limitaciones que yo tengo impuestas ya que pertenecen a familias nobles o influyentes, pero en mi caso es la casa real.

Pero no soy totalmente sincero si digo que no tengo amigos, los tengo, pero jamás les he visto la cara. El mundo de los videojuegos siempre ha supuesto un perfecto modo de comunicarme con el exterior, pudiendo hablar con personas en los juegos sin necesidad de que sepan quién soy. Además, el hecho de poder jugarlos en la privacidad de mi habitación, hacen que no supongan una amenaza a la imagen de chico perfecto que mis padres y la vendida prensa han creado de mí, permitiendo que mis progenitores aprueben ése capricho.

Levantándome de la cama, me acerco a mi equipaje que descansa a los pies de ésta, donde previamente la ha colocado alguien antes de que llegara. Rebuscando entre mis cosas, saco ropa más cómoda y mi consola portátil, cambiándome a la velocidad de la luz para meterme luego debajo de las sábanas, empezando a jugar mientras mis ojos se desvían hacia la ventana, donde puedo ver que la luz de la tarde comienza a dar paso a la noche.



*******



Mientras uno de los asistentes de la familia termina de arreglarme delante del espejo, mi mirada se mueve de la ventana por donde entra ya la luz matutina a la puerta, escuchando a alguien llamar y entrar sin esperar a mi respuesta. Mi rechazo inicial al ver la larga cabellera castaña de mi madre, se oculta cuando Elisabeth aparece detrás de ella.

— Déjanos a solas. —le ordena mi madre al asistente haciendo que haga un leve cabeceo y se vaya por la puerta, cerrando tras él.

— Buenos días. —saludo terminando de arreglarme y girándome para encararlas.

— Vamos a posponer la visita a la embajada hasta esta tarde. —me informa mi progenitora a la vez que intento no mostrar mi confundido rostro.

— Entendido. —respondo sabiendo que seguramente se debe a algún otro plan igualmente odioso—. ¿Y cuál es el plan?

— Tenéis que dar un paseo por el recinto, para sacar algunas fotografías. —contesta haciendo que centre por primera vez la mirada en Elisabeth que tiene un rostro impasible—. Luego a las 11:00 tendremos un desayuno las dos familias en el exterior.

— Está bien. —digo recibiendo una corta despedida suya antes de verla irse, quedándome a solas con la princesa.

Viendo que ella no parece inmutarse en lo más mínimo por la situación, me reviso en el espejo un segundo antes de acercarme a ella, con la misma cara de póker que tiene, pero sin poder ocultar un suspiro.

— ¿Vamos? —pregunto recibiendo un seco movimiento de su cabeza en respuesta.

En silencio abandonamos mi cuarto para empezar a caminar por el palacio, aunque más bien diría que la sigo por el enorme lugar que no conozco. Notando como la poca gente que nos cruzamos abre paso con ligeras reverencias, llegamos hasta la planta baja, deteniéndonos delante de la puerta que da al exterior. Viéndola poner una falsa sonrisa a la misma vez que yo, salimos afuera, empezando a hablar por primera vez mientras lentamente vamos deslizándonos por los cuidados jardines.

— ¿Quieres jugar a un juego? —dice de golpe Elisabeth cuando llevamos un par de minutos.

— ¿Cuál? —respondo bastante sorprendido y sonriendo casi de verdad ya que se me estaban empezando a acabar los temas. Ni se cuántas veces le habré comentando el clima o algún detalle del recinto…

— Veamos quien descubre más fotógrafos. —contesta agarrándome tímidamente la mano, y aunque sé que es parte de la actuación, no puedo evitar ponerme algo tenso.

— Está bien. —digo caminando algo incómodo por nuestras manos unidas—. ¿Pero cómo sabremos quién gana?

— Por las fotos que se publiquen. —comenta ella sonriéndome.

— Entendido, ¿quién comienza?

— Las damas primero, ¿no? —dice haciendo que asienta—. ¿Ves la zona de las enredaderas que hay a nuestra derecha? Yo digo que ahí hay uno detrás del muro.

— ¿Tú crees? Es bastante alto, son más de dos metros. —respondo desviando muy disimuladamente la mirada a esa zona.

— Un muro de dos metros no es nada para los paparazzi de éste país. —contesta ella haciendo ver que me enseña el lugar.

— Está bien.

— Te toca. —me dice retomando nuestra caminata, adentrándonos en los jardines traseros.

— En el segundo piso, cuarta ventana por la derecha. —respondo varios segundos después—. Ése es de los nuestros.

— Has ido muy a lo fácil. —reprocha Elisabeth haciéndome sonreír de verdad.

— Lo importante es ganar, no cómo. —argumento comenzando a buscar a otro de las decenas de fotógrafos que nos deben estar observando, ocultos—. Te toca.

— Muy bien. —contesta ella riéndose para luego revisar con la mirada nuevamente el lugar—. A tu espalda, en la zona de las columnas, en la tercera por la izquierda.

— Ése ni siquiera está ocultándose, no debería valer.

— Has dicho que lo importante es ganar, ¿no? —dice haciendo ver que comentamos las flores que hay plantadas.

— Si vamos a esas... —respondo volviendo a analizar el sitio—. Detrás mio a la izquierda, en la zona que el muro tiene figuras esculpidas, se le ve el reflejo de la lente.

— No tiene forma de lente. —comenta haciendo un rápido vistazo.

— Bueno, yo creo que sí. —digo levantando los hombros, comenzando a caminar hacia la parte delantera del recinto—. Te toca.

— Sin necesidad de verlo, debe haber uno en la verja principal. —responde Elisabeth acercándose ligeramente más a mí, permitiéndome notar el dulce perfume que lleva.

— Eso también lo había pensado yo, pero ése sí que no tendría que valer, es obvio que habrá allí.

— Pues haberlo dicho tú. —contesta levantando casi imperceptiblemente los hombros.

Con ese ligero pique continuamos el juego, paseando extendidamente por todo el recinto, haciendo que me sorprenda cuando mi reloj marca que llevamos casi una hora y media de paseo. Al menos ésta vez he podido entretenerme mientras finjo…

— ¿Volvemos ya? —pregunto viéndola asentir con una sonrisa.

— Creo que les hemos dado tiempo a llenar varias tarjetas de memoria. —responde empezando el camino de regreso al palacio.

Yendo terriblemente despacio en dirección a la puerta, no puedo parar de pensar que quizás tenía una idea equivocada de ella. Desde que la conocí siempre he pensado que era como el resto de jóvenes en nuestra situación, que disfrutaba de su estatus teniendo que pagar únicamente el precio de casarse con alguien que no conoce. Pero después de éste juego, me queda la duda de si verdaderamente le importa.

— ¿Puedo hacerte una pregunta? —digo haciendo que sus celestes ojos se centren en mi con curiosidad, dando permiso—. ¿Qué opinas tú del tema de nuestro compromiso?

— ¿A qué te refieres? —contesta ella con el rostro algo más serio.

— ¿Estás de acuerdo con ello?

— ¿Realmente crees que importa lo que yo opine? —responde haciendo que su sonrisa falsa me impida ver lo que piensa—. Ambos estamos en la misma situación.

Sin darme tiempo a decir lo que estoy pensando, nada más cruzar la puerta hacia el interior, nuestras manos se separan y uno de los asistentes de mi familia aparece para guiarnos hasta donde están reunidas las dos realezas, en una especie de negociación. Situándome en el asiento que me indican, me quedo en silencio escuchando todos los planes que tienen pensados para estas dos semanas, los cuales son en su gran mayoría actos protocolarios y varias representaciones más del amor entre Elisabeth y yo.

Finalmente cuando el reloj gigante de la sala marca las once en punto de la mañana, uno de los asistentes de la familia Salariego nos recuerda el almuerzo en el exterior, provocando que se paralicen las conversaciones para salir todos juntos al jardín trasero, donde han preparado una larga mesa repleta de manjares.

— Siéntate al lado de ella. —me indica mi padre haciendo que abandone el lugar que iba a ocupar a la derecha de mi hermano para ir junto a Elisabeth.

Unos minutos después, los comensales nos encontramos comiendo y hablando entre nosotros con falsas sonrisas, mientras tenemos que fingir que no nos damos cuenta de los dos fotógrafos que no paran de sacar instantáneas alrededor nuestro, además de los posibles paparazzi que hay en torno al recinto.

— Habla más con Elisabeth. —dice mi madre a mi derecha, sonriéndome como si me comentara algo de verdad.

Dejando escapar un leve suspiro sin perder mi cara de póker, le doy un trago a mi zumo para agarrar fuerzas antes de dirigirme a la rubia de mi izquierda, la cual habiendo oído a mi progenitora ya está preparada para que inicie la conversación.

— Creo que es la primera vez que veo que da el sol en éste país. —comento alegre recurriendo como siempre a hablar del tiempo. Supongo que en un futuro tendré que preguntarle por sus gustos, así al menos podré dejar de opositar a hombre del tiempo…

— Siempre nos vistáis en las peores épocas del año. —responde Elisabeth dándole un trago también a su zumo.

— Ya veo ya. —contesto mirando a mi hermano que conecta mínimamente sus ojos con los míos antes de devolver su atención a la conversación que mantiene con nuestro padre.

— Hay escasas épocas del año que se esté bien fuera, pero las hay. —añade la rubia sonriéndome. Genial, seré rey de un país frio y yermo…

— ¿Y qué pasatiempos tienes? —pregunto intentando recolectar información para nuevos temas de conversación.

— Leer, escribir y pintar, no sé, ése estilo de cosas. —contesta riendo. Vamos, cualquier cosa que no implique salir afuera. ¡Qué puto frío! Ha sido esconderse el sol detrás de una nube y que una brisa de aire helado me roce la nuca, y ya siento un ligero temblor incontrolable en el cuerpo.

— Empieza a refrescar, ¿entramos dentro? —propone el padre de Elisabeth atrayendo mi agradecida y sincera mirada.



*******



Varias horas después mi familia regresa al palacio de su visita a la embajada, y aunque lo único que quiero hacer es ir a darme un baño caliente, uno de los asistentes nos informa que ya está preparada la cena conjunta de las dos familias, impidiendo mi deseo. La cena transcurre con normalidad gracias a no tener cámaras delante de las que fingir, haciendo que mis padres y los de Elisabeth dejen los temas oficiales para poner a parir a miembros de otras casas reales europeas.

— Por cierto, mañana a las once iréis a una feria. —me informa mi madre sorprendiéndome y asintiéndole. Nunca he ido a un sitio así, repleto de gente normal…

— ¿Sólo nosotros? —pregunto viendo que no parecen incluir a nadie más.

— Sí, montaros en alguna atracción o jugad a algo. —responde mi progenitora—. Que se os vea divirtiéndoos con pasatiempos normales.

— ¿No puede ser peligroso? —pregunta ahora Elisabeth.

— Habrán escoltas de paisano y el lugar venderá la mitad de entradas para que no esté muy lleno. —contesta mi madre—. Si hubiera muchas personas sería difícil sacar fotos.

— Y mostraros más cariñosos, daros algún beso o algo. —añade la madre de Elisabeth haciendo que tenga que esconder mi indignación y sorpresa detrás de una cara de póker. ¿Ya hemos llegado hasta el punto en el que nos dirán la velocidad que debe llevar nuestra relación?

— Entendido. —dice la rubia haciendo que no pueda evitar fruncir el ceño ante la impasibilidad con la que acepta.

Devolviendo mi mirada al plato, pierdo la poca hambre que tenía, levantándome el primero cuando finalmente se termina la cena. Subiendo a mi habitación, mis ojos se centran en Elisabeth la cual se dirige a su cuarto situado al fondo del pasillo donde está el mio, provocando que me dirija hacia su puerta y llame poco después de que ella haya entrado.

— Adelante. —dice su voz permitiéndome entrar y notar su sorpresa cuando aparezco y cierro tras de mí—. ¿Qué pasa?

— ¿Qué opinas de todo esto? —pregunto ligeramente molesto.

— ¿En qué sentido? —responde con cara de indiferencia, sabedora de que es lo que le estoy preguntando.

— En el sentido de que quiero saber realmente lo que piensas, me molesta la manera que tienes de aceptar tranquilamente y no posicionarte en un asunto que nos compete a los dos.

— ¿Quieres saber lo que de verdad pienso? —contesta frunciendo ligeramente el ceño.

— Sí, porque si no parece que te guste ésta situación. —respondo notando al instante su dura mirada llena de rabia, cosa que evidencia que he hablado más de la cuenta.

— ¿Gustarme? Si ahora vas, me tiras a esa cama y me violas no pasaría nada, no podría oponerme ni quejarme ya que, a fin de cuentas, lo quiera o no, nos casaremos. Y es más, seguramente mi familia se alegraría de la posibilidad de tener tan pronto un nuevo heredero, incluso te incentivarían a forzarme cada noche hasta que me dejes embarazada, ¿tú crees que me puede gustar encontrarme en una situación asi? ¿En la que soy únicamente un objeto? ¿Un trozo de carne con el único valor de unos apellidos? —espeta dejándome sin habla por su directa y agresiva sinceridad—. Yo no sé tu familia, pero la mía me odia, desearían que fuera un hombre para no tener que dar la corona a alguien extranjero, ya que en mi país no está permitido que las mujeres reinen. Si no fuera por los problemas de mi madre después de tenerme a mí, hubieran estado teniendo hijos hasta que les saliera un varón.

Viendo por primera vez su verdadero rostro y personalidad, me quedo en silencio pensando en todo lo que ha dicho. En el fondo sé que está en mí misma situación, viéndose obligada a aceptar lo que se nos impone. Quizás he sido algo egoísta enojándome por su actitud, a fin de cuentas, yo tampoco me atrevo a llevarles la contraria a nuestros progenitores…

— Eso es lo que pienso y ahora que ya lo sabes, viólame o déjame sola. —añade casi escupiendo las palabras—. Tengo que irme a dormir para no salir con ojeras en las fotos de mañana.

Algo noqueado por la conversación la veo girarse con el ceño fruncido hacia la cama, provocando que me vaya de la misma manera hacia la puerta, despidiéndome brevemente antes de volver a mi habitación.

— Creo que me he pasado, debería haberme disculpado. —digo en voz alta para mí mismo cuando cierro la puerta de mi cuarto.

7 de Enero de 2020 a las 00:13 4 Reporte Insertar 8
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JheLOve CasKiss JheLOve CasKiss
Me enamoré de la historia, a la primera nada más, pensé que no me iba ha atraer, pero termine de leer hasta el más mínimo punto. Y la verdad que yo también estoy tratando de escribir, pero no soy tan buena ,pero al leer tu escrito, me incentiva a intentar a escribir y no dejarme vencer por mis miedos.

  • Didy Garcia Didy Garcia
    Muchas gracias por comentar, me alegra de que te guste tanto mi historia y que te incentive a algo tan positivo como no dejar de escribir :D Si todos abandonasen por miedo a hacerlo mal, todos los futuros escritores abandonarían al escribir su primera historia. Nadie empieza sabiendo, es cuestión de aprender y evolucionar. Mucha suerte <3 3 days ago
Elías Rei Elías Rei
¡Hola! Estaba leyendo y noté que por aquí agregaste "planning" haciendo referencia al plan de la mamá, pero PLANNING es un verbo presente continuo, no un sustantivo, en todo caso, PLAN es la palabra correcta en Inglés, y termina siendo un cognado puesto que se escriben igual en inglés y español y significan lo mismo :) fuera de eso escribes muy bien! Ojalá te sirva mi observación.
January 12, 2020, 23:56

  • Didy Garcia Didy Garcia
    Oh, muchas gracias. Supongo que es de esas palabras que llevo diciendo mal desde siempre y no me he dado cuenta. Gracias, en cuanto pueda lo arreglo <3 January 12, 2020, 23:58
~

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