La Sombra Seguir historia

u15743948391574394839 Francisco Solís González

Nunca debemos desconfiar de aquella silueta oscura que se irá con nosotros a todas partes, sólo dejará de ser proyectada cuando nos vayamos a ese descanso eterno, no seremos un simple cuerpo dentro de un ataúd, porque en realidad dentro de ese cajón de madera, estarás tú y “ella”. Nunca se irá.


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La Sombra

-Llegamos al fin, el viaje me tiene sofocada. - exclama Isidora.

-Bajemos las maletas y apreciemos el aire de este bello lugar -respondo a sus palabras, buscando comprobar mi bello y noble “experimento” que consiste en la atención y perdida de la percepción humana ante palabras previas traducida en una acción futura ¿largo el titulo? Tal vez, pero no importa.

Bajamos del automóvil, que me costó un ojo y parte de mi oreja izquierda, debido al exagerado precio del lujurioso coche. Realmente es una mierda sobre cuatro ruedas, es como las personas, pero ellas andan sobre dos pies dejando huellas de esa mierda que plantan donde sea, esparciendo esta misma a través de sus manos, envenenando a esa gente noble que trabaja horas y horas, esas personas que viven sobre un piso que solo alcanzan a tener, pero no a disfrutar, contaminan soltando palabras, que ni siquiera merecen ese título, simplemente es la esencia de “la mierda”, a esa gentuza la denomino, “toxicas”. Volviendo a hablar del por qué compré este coche, fue gracias a ella, es increíble hasta qué punto influye la mujer en la mente psicoanalítica del hombre. Divagando, me pregunto: ¿Por qué los varones estamos locos por ellas? Puede ser que estás doncellas sean realmente el único y más bello MISTERIO que nadie puede resolver, ni siquiera la ciencia, ni Dios, ni ellas mismas pueden explicarnos la complicidad y complejidad en sus actos, sentimientos y pensamientos.

Sería una reverenda estupidez dar ejemplos y antecedentes del comportamiento de las mujeres o de los hombres. Todos sabemos en general esos comportamientos. Nuevamente reflexionando conmigo mismo, aparece reventada como una bola de pintura sobre una pared, la siguiente frase sobre ellas: “diosas pasionales del amor, que, a merced de tus ojos, encantas al hombre, bajo tu canto de sirena, él se pierde en tu colmena de amor”. Pienso en mi esposa Isidora (sublime nombre) quien ha sido la mujer más caritativa y solidaria que he conocido, auxiliándome y resguardándome sobre su pecho, como aquel niño que llora por todo y por nada, dando de beber esperanzas y sueños a esta alma naufragante carente de ilusión, permitiendo el privilegio de empapar mi espíritu con las frías gotas de su cariño, rellenando el vacío, de este vil humano, lleno de traiciones y decepciones, como aquel marinero que desvía su barco, haciendo caer a toda su tripulación al mar, pero sólo concentrado y encantado con ese hermoso canto de sirenas, que lleva al hombre a la hermosa perdición, una esencia única y arriesgada, que se traduce en morir en el intento o vivir estando muerto.

-¡Qué ambiente tan limpio y acogedor! –exclamo.

-Me permito el mismo privilegio – murmura Isidora.

-Hemos llegado a nuestro nuevo hogar –digo mirando hacia la casa.

-Te quiero –musita con voz quebrada.

-Yo también, mujer de mis sueños – dije, abrazándola, me apoyo en su hombro, miro hacia el cielo buscando alguna respuesta del porque tanto bienestar. El ambiente es perfecto. Un hogar, dos personas, una nueva vida para afrontar: proyectos, objetivos y metas. Todo un futuro predestinado al éxito, o eso por lo menos creía.

24 de Diciembre de 2019 a las 00:22 0 Reporte Insertar 0
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