diego-leiva1576353990 Diego Leiva

¿Volver de la muerte para recuperar un amor? De la fría ciudad, nace un amor entre Leo, un paseador solitario y Lupe, una joven desamparada. Ellos iniciarán un romance que los perderá y los alejará en una travesía imaginaria por el mundo. En aquella fantasía sin límites ¿Podrán controlarlo todo? Solo un puñado de hombres en todo el mundo podrían ayudarlos y Efraín es uno de ellos, el es un loco fugitivo que buscando su redención se verá involucrado en restablecer el amor de estos soñadores. «Los capítulos avanzan, algunos en paralelo, entrelazándose de a momentos y con más frecuencia a partir de la mitad de la narración» *SECUELA>>>> "LA VOZ DEL NAUFRAGIO" ©Todos los derechos reservados - Lic. 1912172697867


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El desembarco

Al mismo tiempo que yo dejaba mi querida profesión, que dejaba de ser el Doctor Fournier para pasar a ser un simple jubilado, mi entrañable gran amigo y más estimado paciente Efraín enterraba las cenizas de su hija y de su esposa.

¿Por dónde empezar? Cuando colgué el guardapolvo por última vez pensé «Ahora sí, voy a entrar en la vejez y comenzará ese…desembarco de recuerdos…»

Mas que un Psiquiatra me he considerado un incansable investigador de la vida. ¿Por dónde empezar a narrar mi versión de estos hechos recientes? ¿Empiezo por esos dos locos enamorados que nunca conocí? ¿O empiezo por la historia de Juan, que tampoco conocí? También está mi querido Efraín, el puente de toda esta locura.

En esos días que colgué los guantes, creo que en la misma semana, hubo un terrible accidente ferroviario, tal vez el más trágico de este país.

Juancito era un veterano de Malvinas, un loco sin miedo a nada, un hombre curtido que caminaba por Buenos Aires y se rebuscaba vendiendo en los trenes. Aquella generación de veteranos había sido bastardeada por la sociedad y el gobierno. Estaba la carpa en la Plaza de Mayo recuerdo, esta pobre gente se la pasaba reclamando una digna subvención y reconocimiento que nunca se completaba. Entre locos, suicidas y pobres, estos jóvenes que habían sido enviados a una incomprensible batalla deambularon en los años de post guerra en una suerte de olvido y algunos a cuestas con su propia autodestrucción.

Ahora que lo pienso, el mes pasado se cumplieron diecisiete años de la tragedia del tren, hicieron una marcha o algo así, obviamente todavía no han encontrado responsables.

Juan era un alcohólico que transitaba una lucha constante para recuperarse. Él residía en el Bajo Flores con una joven mujer y el pequeño hijo de ella. Aparte, Juan cargaba con un inmenso dolor desde antes de Malvinas, su novia embarazada de esa época había sido secuestrada durante la dictadura de los 70´s y nunca más apareció. Juan pasó un gran tramo de su vida en viejos bodegones de Barracas y en algún que otro momento de lucidez iba a vender a los trenes.

El día del accidente, Juan se encontró con otro veterano amigo en la estación de Lemos. Desde allí se repartían la mitad del tren cada uno para vender escarapelas y prendedores, pero como siempre, un vinito al paso no venía mal antes de arrancar. Salieron en el tren de las nueve rumbo a Lacroze.

Mientras tanto, la otra protagonista de aquél desastre, jugaba con su amiguito en la vereda. Guadalupe tenía unos ocho años según me contaron. Los padres de la nena salieron muy apurados ese día porque temían perder el tren de menos diez y la estación estaba a unas cuadras. Era el mismo tren en el que venía Juan pero ellos lo tomaban a mitad del recorrido en la estación Bosch. Los padres de Guadalupe, apurados y cargados de bolsos, le gritaron para que se apure y se despida rápido de su amigo. Guadalupe le dio un beso al niño y este tímidamente la miró y después se trepó al árbol al que estaban por subir. Desde arriba del joven Sauce, entre las ramas, el pequeño observó a su amiga alejarse con sus padres.

Finalmente, Guadalupe arribó a la estación con sus padres, entre las corridas y el tumulto abordaron un vagón y el tren arrancó. Los asientos estaban colmados así que tuvieron que permanecer de pie. Rápidamente una voz muy fuerte les llamó la atención a los tres, era Juan proclamando su estudiado discurso: « Mi nombre es Juan Ayala, soy veterano de Malvinas, solo voy a robarles unos minutitos…sepan disculparme, no crean que esto es algo que nos gusta hacer, ya que…ni este gobierno ni los anteriores nos reconocen…Salimos a los trenes y no se nos caen los anillos por hacer esto. Tenemos familia, tenemos necesidades y no podemos vivir con esas miserables pensiones que nos dan. ¡Parece que el país entero se olvidó que fuimos obligados a ir a una guerra tan sucia y corrupta! Todos se olvidan de las atrocidades que allí se cometieron….»

Guadalupe, observando el mundo desde abajo, oía a ese señor tan virulento y gritón. Sus padres lo ignoraban como casi la mayoría del pasaje. Juan cerraba su pedido: «Perdón, solo buscamos dignidad y un mayor subsidio y también…una ayudita de ustedes…una colaboración, una monedita que al final del día suma para llevar un plato de comida a casa, perdonen, no los molesto más…voy a entregarles estos artículos y su donación es a voluntad…gracias, que tengan un buen día y un feliz retorno a sus hogares…»

Juan, con su camperón militar y un caminar simiesco, pasó entregando sus artículos relacionados con la guerra, prendedores y escarapelas con los colores argentinos. Pasó junto a Guadalupe y se miraron, Juan le lanzó una pequeña sonrisa y le guiñó el ojo. El papá de Guadalupe se rehusó a recibirle los artículos a Juan y este le dejo un prendedor a Guadalupe que si lo tomó. Así que el pobre veterano recorrió el vagón recogiendo la indiferencia de casi todos. A los pocos minutos, pasó por al lado de Guadalupe y observó que la niña se había colocado la banderita sobre su suéter.

—Lupe, dale eso al señor—Le solicitó el padre sintiéndose incómodo. Lupe se lo tapó y se negó a devolverlo. Juan solo sonrió y el padre gesticulando su fastidio sacó dinero de su billetera e intentó pagarle a Juan.

—No maestro…deje, es un regalo…quedatelo chiquita—Le dijo a Lupe. Ella lo miró y se sonrieron.

El tren seguía su trayecto y el cansado Juan se fue hacia el furgón. En un tramo recto el tren había tomado su velocidad máxima permitida y traqueteo hacía trastabillar al bueno de Juan. Entró al furgón y vio que estaba vacío, ni una bicicleta había, así que aprovechó y se sentó en el piso. Mientras acomodaba un par de cosas en su bolsito, peló una petaca y le dio unos besos. De pronto se acercó Lupe, pasó al furgón con un poco de timidez y llevaba sus manos atrás. Juan la vio y le sonrió, Lupe, algo avergonzada, extendió su mano y le ofreció unos billetes.

—No mami…te dije que era un regalo…no pasa nada, no te preocupes…—Le dijo Juan.

Y ese fue el instante en que el tren colisionó con otra formación que estaba detenida. ¿Un error humano?...Seguro, todos los errores son humanos. Negligencia, etc…etc. Cuanto se dijo. En fin, los vagones se arrugaron como un acordeón. En milésimas de segundos varios vagones, incluido el furgón, se destruyeron retorciendo todo el fierrerío y haciendo una auténtica carnicería humana en su interior. Entre el polvo, el humo y los chispazos, Juan se arrastraba en su propio charco de sangre. Observaba agitado, buscaba su pierna que había sido amputada por el impacto. Finalmente la vio en un rincón y no dudó demasiado en su proceder. Se quitó la campera y un buzo que traía, con este improvisó un torniquete. Lo ató fuertemente sobre la rodilla de la pierna mutilada y mientras lo hacía vio el cabello de Lupe asomando sobre los pedazos de tren. Se escuchaban gritos en el vagón contiguo, se escuchaban quejidos del más puro dolor. Juan respiró fuerte y templó su frialdad, con sus brazos se arrastró como pudo y corriendo partes del piso y de las paredes del vagón llegó a Lupe. La pequeña niña estaba inconsciente y cubierta de sangre, era un panorama aterrador pero no para Juan que tenía ni más ni menos que una guerra sobre su espalda. Así que, Juancito anestesió su dolor y tomó a la niña entre sus brazos. Como el vagón estaba literalmente partido, por ese hueco, Juan logró salir con Lupe desvanecida en sus brazos y ambos cayeron al andén. Juan nunca la soltó, la llevaba con un brazo y con el otro se arrastraba. La sangre fluía de su pierna y marcaba un camino fatal en aquél ordinario día. Juan se desplomó con la pequeña sobre su pecho mientras las primeras sirenas comenzaron a oírse. Allí solo existieron los instintos y la supervivencia, salir hacia la luz, desplomarse y contemplar el cielo nadando en sangre y buscando el aire, buscando que la vida no se apague. Juan, en su tremendo estado, ya con pocas fuerzas sacudía a la niña sobre su pecho pero ella no respondía.

—Chiquita, chiquita…despertate mami…—Le decía el pálido hombre con sus últimos suspiros.

Llegaron los bomberos, las ambulancias…todo el mundo llegó. Empezaron a sobrevolar un par de helicópteros buscando donde aterrizar. Se trataba de una catástrofe de dimensiones nunca vistas por acá. Solo se escuchaban los quejidos de unos pocos malheridos.

Los paramédicos se acercaron primero a estos dos convalecientes que yacían fuera del tren y colocaron a ambos sobre unas camillas. Juan, que tenía la mano sobre el pelo de Lupe, cuando se la sacaron de encima se quedó con su colita del pelo frotándola y entre su visión borrosa observó como se la llevaban. Ahí la luz se apagó para él y volvió a prenderse unos días después.

Juan y la pequeña Lupe habían sido derivados a un convulsionado hospital que desbordaba de pacientes provenientes de la tragedia del tren.

Semanas después de lo sucedido, Juan obtuvo su alta, pudo recuperarse tras la operación en su pierna. Antes de salir del hospital, se paseó por los pasillos preguntando por Lupe hasta que al fin alguien lo llevó hasta la sala donde estaba la niña. Estrenando sus muletas, Juancito llegó hasta un ventanal y allí el médico que lo acompañaba le dijo que no podía pasar a verla, que la observara desde allí. También le comentó que Lupe seguiría en un coma inducido debido a su estado. Juan atravesó el vidrio con su mirada estremecida y tambaleándose un poco asentía compungido.

Juancito, un cuarentón con mucho kilometraje, siguió su vida en picada como ya venía pero ahora sin una pierna y sin esperanzas. Como engendro de esa generación desorbitada, él supo trepar y trepar hacia la oscuridad alentado por una existencia sin matices. Con la pulsión de muerte amplificada, Juan pateó su pequeña vida hasta lo más alto que pudo y no hizo más que consumirse, él solo era un despojo de aquella guerra que solo había enviado de regreso su cáscara.

Un día, en uno de esos bodegones, Juan observaba las noticias de la televisión y de pronto clavó su mirada. Se paró muy rápido y casó las muletas. En un par de horas llegó al barrio de Lupe. Dicen que el pequeño amiguito de la niña observó a Juan parado frente a la casa, con su chaqueta militar y apoyado en sus muletas. El chiquito lo miraba desde el árbol, dijo que Juan parecía dudar, que algo pensaba y que estuvo solo un par de minutos y se fue, Juancito otra vez cabizbajo se perdió por el camino. Yo creo que él llevaba la colita del pelo entre sus dedos.

No sé mucho más de eso, hace días vengo desmemoriado… ¡Ah! No hablé de Efraín ni de que tengo que ver yo en todo esto.

Efra…un loco fantástico, era mi paciente y terminó analizándome a mí...y nos volvimos muy compinches. Él lo había perdido todo, así que andaba por la vida sin juicio. Nuestros últimos encuentros los hacíamos en “Nuestra oficina” que era un arbolito junto a las vías, en frente teníamos un plato volador y un gran espacio verde para pasar las tardes charlando y debatiendo nuestras locuras. Entre mates y alguna que otra vez un tintito que Efra se encanutaba, buceábamos profundamente sobre la conducta humana. ¡Qué lindas épocas! Había un agujero en el tejido que era la entrada principal y teníamos un par de tronquitos como asientos. El San Martin pasaba cada veinte minutos y los tipos que limpiaban al costado de las vías de vez en cuando nos querían rajar pero Efraín los chamuyaba y estaba todo bien. Atrás nuestro pasaba una calle en la que vivía una tía de Efraín, en ese tiempo él vivía con ella.

¿En qué estábamos?... ¡Ah! Resulta que ante mi inminente jubilación había decidido formar parte de un proyecto bastante atípico, un plan secreto que involucraba a personajes de la ciencia de todo el mundo y yo que por aquél momento había sido acreedor de un vasto reconocimiento debido a unos ensayos que escribí era uno de los elegidos.

En realidad, yo le conté a alguien que le contó a alguien más, y ese alguien a un científico mundialmente reconocido sobre Efraín, sobre este paciente diferente. Lastimosamente, Efraín era incontrolable y a veces le perdía el rastro por meses, entonces cada vez que lo veía intentaba convencerlo de sumarse a este proyecto pero su negativa era rotunda. El proyecto avanzaba lento pero las investigaciones arrojaban resultados cada vez más increíbles. Por mi parte, tuve varios viajes a Canadá donde estaba la sede principal en un lugar inhóspito e inaccesible. Yo me involucré hasta ser parte oficial de este mega revolucionario invento que llevaría al hombre al paso más importante de la evolución.

Perdón…pero se me escapan detalles, tengo que apurarme, hace unos días el señor Alzheimer tocó a mi puerta…que le vamos a hacer.

Y como era de esperar, un día le perdí definitivamente el rastro a Efraín. Me dijeron que se había ido a un retiro espiritual por Córdoba primero y después de ahí cayó en un manicomio en Santiago pero se escapó…no sé, me dijeron muchas cosas por mucho tiempo, también lo dieron por muerto. La única familia que tenía era su tía y esta mujer no sabía nada. Después supe que se refugió por años en el mar, que fue ayudante en un solitario buque pesquero. Me dijo que allí estaba más tranquilo, que las figuras que lo atormentaban casi no las veía estando lejos de tierra firme. Y así fue que este loquito se me escabulló por casi diecisiete inviernos.

Hace pocos meses, todos los personajes que fui enumerando se encontraron, incluido yo que estaba muy cerca del arpa pero manoteé la guitarra una vez más al reunirme con ellos.

¡Qué vida la que se ha ido…! Creo haber soltado todo, todo lo que me hizo ser quien soy. Siento al niño que fui al otro extremo de este viaje…pero hoy me toca residir en este cuerpo anciano y me conformo asistiendo a una delicia visual…un infinito desfile de Jacarandáes. Mis queridas tardes porteñas…fui tu más fiel amante y ya me voy despidiendo.

14 de Diciembre de 2019 a las 20:21 0 Reporte Insertar Seguir historia
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